Origen
Capítulo 80
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Pese al dolor que aún lo hacía estremecerse, Robert Langdon se sentía extrañamente ligero, casi eufórico, mientras el helicóptero despegaba del techo de la Sagrada Família.
«Estoy vivo».
Sentía la adrenalina acumulada en la sangre, como si hubiera asimilado de pronto y a la vez todos los sucesos ocurridos durante la última hora. Tratando de respirar con la mayor lentitud posible, desvió su atención al mundo exterior, al otro lado de las ventanillas del helicóptero.
A su alrededor, las colosales torres de la iglesia se proyectaban hacia el cielo, pero a medida que el aparato se fue elevando, la basílica pareció caer y disolverse en la cuadrícula iluminada de las calles. Langdon contempló la extensión urbana, que no se componía de los habituales cuadrados y rectángulos de otras ciudades, sino de octágonos de aspecto mucho más amable.
«L’Eixample —pensó Langdon—. El Ensanche».
El visionario urbanista Ildefons Cerdà había creado manzanas octogonales en el nuevo distrito para mejorar la visibilidad en los cruces, favorecer la circulación del aire y dejar espacio en los chaflanes para instalar bares con terrazas.
—¡¿Adónde vamos?! —gritó el piloto, volviendo la cabeza por encima del hombro.
Langdon señaló al sur, donde una de las avenidas más anchas, luminosas y de nombre más apropiado de la ciudad atravesaba oblicuamente toda Barcelona.
—¡A la Diagonal! —gritó Langdon—. ¡Siga la Diagonal hacia el oeste!
En cualquier plano de Barcelona es imposible pasar por alto esa ancha avenida, que cruza la ciudad de un extremo a otro, desde el ultramoderno rascacielos Diagonal Zero Zero, en el frente marítimo, hasta las antiguas rosaledas del parque de Cervantes, un tributo de cuatro hectáreas al novelista más celebrado de la lengua castellana, autor de Don Quijote.
El piloto hizo un gesto afirmativo y viró al oeste, dispuesto a seguir la línea de la avenida hacia las montañas.
—¿Dirección? —preguntó—. ¿Coordenadas?
«No sé la dirección», pensó Langdon.
—Diríjase al campo de fútbol.
—¿Al campo de fútbol? —repitió el hombre sorprendido—. ¿Se refiere al estadio del Barça?
Langdon asintió. No tenía la menor duda de que el piloto sabría localizar el campo del famoso club, situado unos kilómetros más allá, muy cerca de la Diagonal.
El piloto aceleró y recorrió a la velocidad máxima el trazado de la avenida.
—Robert —lo llamó Ambra en voz baja—, ¿te encuentras bien?
Lo estaba mirando fijamente, como si creyera que el golpe en la cabeza pudiera haberle alterado el buen juicio.
—Has dicho que sabías dónde encontrar a Winston…
—Y así es —respondió él—. Hacia allá nos dirigimos.
—¿Hacia un estadio? ¿Crees que Edmond construyó su superordenador en un campo de fútbol?
Langdon negó con un gesto.
—No. El estadio es solo un punto de referencia sencillo para el piloto. Me interesa uno de los edificios que quedan cerca: el Gran Hotel Princesa Sofía.
La confusión de Ambra no hacía más que aumentar.
—Robert, no sé si tiene sentido lo que dices. Es absolutamente imposible que Edmond construyera un superordenador en un hotel de lujo. Creo que deberíamos llevarte al hospital, después de todo.
—Estoy bien, Ambra. Confía en mí.
—¿Adónde vamos entonces?
—¿Adónde vamos? —Langdon se acarició la barbilla con gesto travieso—. ¿No era esa una de las preguntas trascendentales que Edmond había prometido responder esta noche?
La expresión de Ambra se estabilizó en algún punto entre la diversión y la exasperación.
—Lo siento —prosiguió él—. Permíteme que te lo explique. Hace dos años, almorcé una vez con Edmond en el club privado de la decimoctava planta del Gran Hotel Princesa Sofía.
—¿Y Edmond llevó el superordenador al almuerzo? —sugirió la mujer entre risas.
El profesor sonrió.
—No, no exactamente. Pero llegó a pie y me dijo que comía casi a diario en el club, porque la localización del hotel le resultaba muy cómoda: a un par de calles de su laboratorio informático. También me confió que estaba trabajando en un proyecto de inteligencia sintética avanzada y que estaba entusiasmado con sus posibilidades.
De repente, Ambra pareció aliviada.
—¡Debía de referirse a Winston!
—Eso creo.
—¿Y después Edmond te llevó a su laboratorio?
—No.
—¿Te dijo dónde estaba?
—Por desgracia, lo mantuvo en secreto.
La expresión de la mujer volvió a teñirse de preocupación.
—Sin embargo —prosiguió Langdon—, el propio Winston nos ha revelado de manera un tanto enigmática su posición exacta.
Ambra recibió la afirmación con perplejidad.
—No, Robert, no nos ha revelado nada.
—Te aseguro que sí —replicó Langdon sonriendo—. De hecho, se lo ha dicho a todo el mundo.
Antes de que Ambra pudiera pedirle una explicación, el piloto anunció:
—¡Ahí está el estadio!
Lo dijo señalando a cierta distancia la mole del Camp Nou.
«¡Qué rápido!», pensó Langdon, mientras trazaba mentalmente una línea desde el campo de fútbol hasta el Gran Hotel Princesa Sofía, un rascacielos que dominaba un amplio cruce de la Diagonal. Le indicó al piloto que pasara de largo y ganara altura, para sobrevolar el hotel.
Al cabo de unos segundos, el helicóptero había ascendido un par de cientos de metros y se encontraba suspendido en el aire, sobre la torre donde Langdon y Edmond habían almorzado juntos dos años atrás.
«Me dijo que su laboratorio de informática se encontraba a un par de calles de aquí».
Desde su ventajoso punto de observación, a vista de pájaro, Langdon recorrió con la mirada los alrededores del hotel. Las calles de esa parte de la ciudad no eran tan rectilíneas como las que rodeaban la Sagrada Família, y las manzanas presentaban todo tipo de formas alargadas e irregulares.
«Tiene que estar por aquí».
Cada vez más inseguro, Langdon inspeccionó las manzanas en todas las direcciones, tratando de reconocer entre ellas la figura singular que conservaba en la memoria.
«¿Dónde estará?».
Solo cuando volvió la vista hacia el norte, al otro lado de la rotonda de la plaza de Pius XII, sintió renacer la esperanza.
—¡Allí! —le indicó al piloto—. ¡Diríjase por favor a esa zona arbolada!
El piloto inclinó el morro del helicóptero y lo condujo en diagonal hacia el noroeste, para sobrevolar el área ajardinada que Langdon le había indicado. Los árboles formaban parte de un vasto complejo, protegido por un muro que rodeaba una finca enorme.
—Robert —le dijo Ambra contrariada—, ¿qué te propones? ¡Eso es el Palacio Real de Pedralbes! Es totalmente imposible que Edmond construyera a Winston en el…
—¡Aquí no! ¡Allí!
Langdon señaló la manzana justo detrás del palacio.
La mujer se inclinó para ver mejor lo que causaba el entusiasmo de su acompañante. La manzana señalada estaba delimitada por cuatro calles bien iluminadas que trazaban una especie de rombo orientado de norte a sur. La única anomalía del rombo era su lado inferior derecho, que describía una curva caprichosa, una desviación del trazado rectilíneo que alteraba la regularidad del perímetro.
—¿Reconoces esa línea irregular? —preguntó Langdon, apuntando el borde del rombo, una calle que brillaba en la noche, perfectamente delineada junto a la oscuridad de los jardines del palacio—. ¿Ves esa calle que forma una ligera curva?
De repente, la exasperación de Ambra pareció evaporarse, y la mujer se acercó aún más a la ventanilla para escudriñar el paisaje urbano con mayor intensidad.
—Sí, esa línea me resulta familiar. Pero ¿por qué?
—Mira toda la manzana —la instó Langdon—: una forma romboidal con un lado inferior derecho un poco extraño.
Esperó, convencido de que Ambra no tardaría en reconocer la figura.
—Mira los dos parques en el interior de la manzana —añadió, indicando una rotonda arbolada en el centro y un parque semicircular a la derecha.
—Tengo la sensación de que conozco este lugar —dijo Ambra—, pero no acabo de…
—Piensa en arte —la animó Langdon—. Piensa en tu colección del Guggenheim. Piensa en…
—¡Winston! —gritó ella, volviéndose hacia el profesor con expresión de incredulidad—. ¡El trazado de estas calles coincide exactamente con el autorretrato de Winston que hay en el Guggenheim!
Langdon le sonrió.
—Así es.
Ambra se volvió otra vez hacia la ventanilla para contemplar la manzana romboidal. Langdon la imitó, mientras visualizaba mentalmente el autorretrato: la caprichosa forma que lo había intrigado desde que Winston se la había enseñado esa misma noche, un extraño homenaje a la obra de Joan Miró.
«Edmond me pidió que pintara un autorretrato —le había dicho el asistente informático—, y me ha salido esto».

Langdon ya había llegado a la conclusión de que el ojo representado cerca del centro —un elemento constante en la obra de Miró— indicaba casi con seguridad el sitio exacto donde se encontraba Winston, el lugar del planeta desde el cual miraba al mundo.
Ambra se volvió desde la ventanilla, mostrando júbilo y asombro al mismo tiempo.
—El autorretrato de Winston no es un miró. ¡Es un mapa!
—Exacto —contestó Langdon—. Y considerando que Winston no tiene cuerpo, ni una imagen corporal propia, es comprensible que su autorretrato se refiera más a su localización que a su forma física.
—El ojo —dijo Ambra— parece una copia exacta de los que pintaba Miró, pero hay uno solo. ¿Será tal vez la manera que encontró Winston de marcar su ubicación?
—Eso mismo estaba pensando yo.
Langdon se volvió hacia el piloto y le preguntó si podía tomar tierra solamente un momento, en uno de los pequeños parques de la manzana de Winston. El hombre asintió e inició el descenso.
—¡Dios mío! —exclamó Ambra—. ¡Ahora comprendo por qué imitó Winston con tanta precisión el estilo de Miró!
—¿Sí? ¿Por qué?
—El palacio que acabamos de sobrevolar es el de Pedralbes.
—¿Pedralbes? —preguntó Langdon—. ¿No es el nombre de…?
—¡Sí! ¡De uno de los dibujos más famosos de Miró! Es probable que Winston investigara esta zona y encontrara la vinculación con el pintor.
Langdon tuvo que reconocer que la creatividad del asistente informático era sorprendente y se sintió extrañamente eufórico ante la perspectiva de reanudar el contacto con la inteligencia sintética que Edmond había creado. A medida que el helicóptero descendía, vio aparecer la silueta oscura de un gran edificio situado en el punto exacto donde Winston había dibujado el ojo.
—Mira —señaló Ambra—. Debe de ser eso.
El profesor se esforzó por ver mejor el edificio, parcialmente oculto entre los árboles. Incluso desde el aire, resultaba impresionante.
—No veo luces encendidas —dijo Ambra—. ¿Crees que podremos entrar?
—Tiene que haber alguien dentro —respondió Langdon—. Edmond debía de tener personal preparado para actuar, sobre todo esta noche. Cuando sepan que hemos encontrado la contraseña, seguro que quieren ayudarnos a difundir la presentación.
Quince segundos más tarde, el helicóptero se posaba en un extenso parque semicircular en el borde oriental de la manzana señalada por Winston. Langdon y Ambra saltaron a tierra y, en ese mismo instante, el aparato levantó el vuelo en dirección al estadio, donde esperaría nuevas instrucciones.
Mientras los dos corrían en la oscuridad del parque hacia el centro de la manzana, cruzaron una callejuela interior, el paseo dels Til·lers y se adentraron por un área densamente arbolada. Un poco más adelante, entre los árboles, distinguieron la figura de un edificio voluminoso.
—No se ve ninguna luz —susurró Ambra.
—Pero hay una valla —dijo Langdon frunciendo el ceño al llegar a la verja de seguridad de tres metros de altura que rodeaba toda la finca.
Mirando a través de los barrotes, se percató de que gran parte del edificio quedaba oculto detrás de la espesa vegetación del jardín. Le pareció extraño que no hubiera luces encendidas.
—Allí —indicó Ambra, señalando un punto en la valla, unos veinte metros más adelante—. Creo que allí está la entrada.
Apuraron el paso a lo largo de la verja y llegaron a un acceso con un imponente torniquete de seguridad, que estaba firmemente bloqueado. A un costado había un intercomunicador y, antes de que Langdon tuviera tiempo de sopesar las opciones, Ambra ya estaba pulsando el botón de llamada.
Se oyeron dos tonos y a continuación se conectó una línea.
Silencio.
—¿Hola? —dijo la mujer—. ¿Hola?
No hubo ninguna respuesta, aparte del inquietante zumbido de la línea abierta.
—No sé si me está escuchando alguien —prosiguió—, pero somos Ambra Vidal y Robert Langdon, dos buenos amigos de Edmond Kirsch. Estábamos con él esta noche, cuando lo han asesinado, y tenemos información crucial para el propio Edmond, para Winston y creemos que para todos ustedes.
Se oyó un clic.
El profesor empujó de inmediato el torniquete, que cedió sin oponer ninguna resistencia.
Suspiró aliviado.
—Ya te he dicho que tenía que haber alguien.
Cruzaron rápidamente el acceso y avanzaron entre los árboles hacia el edificio en penumbra. Mientras se acercaban, las líneas de la construcción comenzaron a recortarse contra el cielo nocturno.
Ambra y Langdon se pararon en seco.
«¡No puede ser! —pensó él, contemplando el símbolo inconfundible que se erguía por encima de sus cabezas—. ¡El laboratorio de informática de Edmond no puede tener una cruz enorme en el tejado!».
Unos pasos más adelante dejaron atrás los árboles. Mientras avanzaban, la fachada del edificio se abrió ante sus ojos, y el espectáculo fue sorprendente: una antigua iglesia con un gran rosetón, dos torres de piedra y un elegante portal ornamentado con imágenes de la Virgen y de varios santos católicos.
Ambra parecía espantada.
—¡Robert, creo que hemos invadido los terrenos de una iglesia! ¡Nos hemos equivocado de sitio!
En ese momento, Langdon descubrió un cartel en la fachada y se echó a reír.
—¡No, nada de eso! ¡Creo que estamos en el lugar exacto!
Había visto ese edificio en las noticias unos años atrás, pero no había prestado atención a su ubicación. «Un laboratorio de alta tecnología situado en el interior de una iglesia católica desacralizada». Langdon tuvo que reconocer que era el mejor refugio posible para que un ateo irreverente construyera su impío ordenador. Mientras contemplaba la antigua capilla, sintió un estremecimiento al comprender hasta qué punto era visionaria la contraseña elegida por Edmond.
Mueren las oscuras religiones & reina la dulce ciencia.
Le enseñó el cartel a Ambra:
BARCELONA SUPERCOMPUTING CENTER
CENTRO NACIONAL DE SUPERCOMPUTACIÓN
Ambra se volvió hacia él con cara de escepticismo.
—¿Barcelona tiene un centro de supercomputación dentro de una iglesia católica?
—Así es. —Langdon sonrió—. A veces la realidad supera a la ficción.