Origen

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Capítulo 81

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La cruz más alta del mundo está en España.

Erguida en la cima de un monte, a unos trece kilómetros del monasterio de El Escorial, la colosal cruz de hormigón alcanza ciento cincuenta metros de altura sobre un árido valle y se puede divisar desde más de cien kilómetros de distancia.

En la garganta rocosa que se abre bajo la cruz —que recibe el nombre de «Valle de los Caídos»— yacen enterradas más de cuarenta mil personas que combatieron en la sangrienta guerra civil.

«¿Qué estamos haciendo aquí? —se preguntó Julián mientras seguía al guardia hacia la explanada que se extendía al pie del monte, bajo la cruz—. ¿Es aquí donde quiere verme mi padre?».

Caminando a su lado, Valdespino parecía igualmente perplejo.

—Esto no tiene sentido, Alteza —le susurró—. Su padre siempre ha aborrecido este lugar.

«Millones de personas lo aborrecen», pensó el príncipe.

Concebido en 1940 por el propio Franco con la «noble aspiración» de convertirse en «un acto nacional de expiación», el Valle de los Caídos seguía siendo objeto de encendida controversia, entre otras cosas porque la fuerza de trabajo que lo había construido incluía presos políticos contrarios al régimen dictatorial, muchos de los cuales habían muerto en condiciones extremas o de hambre durante las obras.

Algunos diputados habían llegado a comparar el lugar con un campo de concentración nazi, y Julián sospechaba que su padre compartía esa opinión, aunque nunca la había expresado abiertamente. Para la mayoría de los españoles, el monumento era un homenaje a Franco, construido por el propio dictador: un colosal santuario en su honor. Y el hecho de que sus restos estuvieran sepultados allí mismo no hacía más que alimentar las críticas.

Julián recordó su única visita al monumento: otra excursión de su infancia de la mano de su padre para conocer mejor su país. Tras enseñarle el lugar, su padre le había susurrado:

—Míralo todo muy bien, hijo mío, porque algún día lo derribarás.

Mientras subía la escalinata hacia la austera fachada tallada en la ladera del monte, siguiendo los pasos del guardia, el príncipe empezó a comprender hacia dónde se dirigían. Una ornamentada puerta de bronce se erguía ante ellos, un portal abierto sobre la pared misma de la montaña, que Julián recordó haber franqueado siendo niño, profundamente inquieto por lo que pudiera encontrar al otro lado.

Después de todo, el verdadero milagro de esa montaña no era la cruz que la coronaba, sino el espacio secreto que ocultaba en su interior.

Excavada en las entrañas del monte granítico, había una caverna artificial de proporciones colosales. La cripta se internaba más de doscientos metros en la roca, como un túnel, para abrirse finalmente en una cámara gigantesca de majestuosos acabados, con un suelo de baldosas reluciente y una bóveda altísima de casi cincuenta metros de diámetro, decorada con frescos.

«Estoy dentro de una montaña —había pensado el pequeño Julián en su primera visita—. ¡Debo de estar soñando!».

Ahora, muchos años después, había regresado.

«Acatando la voluntad de mi padre moribundo».

Mientras se acercaban a la puerta de bronce, Julián levantó la vista hacia la Piedad que dominaba el pórtico. Junto a él, el obispo Valdespino se santiguó, pero al príncipe le pareció que el gesto obedecía más al nerviosismo que a la fe.

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