Origen

Origen


Capítulo 83

Página 88 de 113

83

Langdon y Ambra recorrieron con la vista la fachada de la espaciosa capilla y localizaron la entrada del Centro Nacional de Supercomputación en el extremo sur de la iglesia. Allí, un ultramoderno vestíbulo de cristal se superponía al exterior de la fachada antigua, confiriendo a la iglesia el aspecto híbrido de un edificio a caballo entre diferentes siglos.

En un punto del jardín cercano a la entrada se alzaba una escultura curiosa: una cabeza de guerrero olmeca de tres metros de altura. Langdon se preguntó qué podía hacer ese objeto en los terrenos de una iglesia católica; pero, conociendo a su amigo, no le extrañó que el lugar de trabajo de Edmond estuviera lleno de contradicciones.

Ambra se dirigió con rapidez a la puerta principal y llamó al timbre. Cuando el profesor la alcanzó, una cámara de seguridad situada por encima de sus cabezas giró para enfocarlos y procedió a continuación a escudriñar minuciosamente todo el ambiente durante un largo rato.

Por fin, la puerta se abrió con un zumbido.

Los dos se apresuraron a atravesar la entrada y accedieron a una amplia recepción, instalada en el antiguo pórtico de la iglesia: un espacio vacío de paredes de piedra desnudas, tenuemente iluminado. Langdon esperaba que alguien saliera a recibirlos —quizá un empleado de Edmond—, pero el vestíbulo estaba desierto.

—¿No hay nadie? —le susurró Ambra.

De pronto, percibieron unos débiles retazos de música medieval: un coro de voces masculinas entonaba una melodía vagamente familiar. Langdon no habría sabido decirlo con certeza, pero la espectral presencia de la música religiosa en un ambiente sin duda tecnológico le pareció muy propia del travieso sentido del humor de su amigo Edmond.

Toda la iluminación de la sala procedía de una pantalla de plasma gigantesca que había encendida sobre la pared del vestíbulo, frente a ellos. En ese instante, estaba emitiendo lo que solo podía describirse como un juego de ordenador primitivo: varios conglomerados de puntos oscuros se movían sobre una superficie blanca, como enjambres de insectos que volaran sin propósito alguno.

«Pero sí que tienen un propósito», se dijo Langdon, que acababa de reconocer las imágenes.

Se trataba de una famosa simulación generada por ordenador, conocida como el «juego de la vida», que el matemático británico John Conway había inventado en los años setenta. Los puntos oscuros —las «células»— se movían, interactuaban y se reproducían, obedeciendo a una serie de reglas establecidas por el programador. Invariablemente, con el tiempo y utilizando esas reglas iniciales como única guía, los puntos empezaban a organizarse en cúmulos, secuencias y patrones recurrentes, que a su vez evolucionaban, se volvían más complejos y empezaban a parecerse de manera sorprendente a otras estructuras similares presentes en la naturaleza.

—El juego de la vida, de Conway —dijo Ambra—. Hace años vi una instalación basada en esa idea: una obra de técnica mixta titulada Autómata celular.

Sus conocimientos impresionaron a Langdon, que había oído hablar del juego de la vida solo porque su inventor también había sido profesor en Princeton.

La música coral volvió a captar su atención.

«Tengo la sensación de haber oído esta pieza antes. ¿Es una misa renacentista?».

—Robert —dijo Ambra, señalando con el dedo—. Mira.

En la pantalla, los movedizos puntos habían invertido la dirección de su progreso y estaban acelerando, como si el programa se desarrollara en sentido contrario. La secuencia siguió retrocediendo cada vez más rápidamente, remontándose hacia atrás en el tiempo. El número de puntos empezó a disminuir… En lugar de dividirse y multiplicarse, las células comenzaron a recombinarse… Sus estructuras se transformaban en otras cada vez más simples y al final solo quedó un puñado de células, que siguieron fundiéndose entre sí… Primero fueron ocho, después cuatro, a continuación dos y al final…

Una.

Una sola célula, que parpadeaba en medio de la pantalla.

Langdon sintió un escalofrío.

«El origen de la vida».

La célula solitaria desapareció, dejando únicamente un vacío: una pantalla desierta.

El juego de la vida se había desvanecido y sobre la superficie blanca comenzó a materializarse un texto apenas visible, que poco a poco se fue volviendo más claro y definido, hasta que pudieron leerlo:

Si admitimos una primera causa,

la mente aún anhela saber

de dónde vino aquella y cómo se originó

—Es de Darwin —murmuró Langdon, al reconocer la elocuencia con que el gran naturalista había expresado el mismo interrogante que inquietaba a Edmond Kirsch.

—¿De dónde venimos? —dijo Ambra con entusiasmo, tras leer el texto.

—Exacto.

La mujer le sonrió.

—¿Intentamos averiguarlo? —preguntó, mientras se dirigía hacia una puerta que había entre unas columnas y que parecía conectar con la nave de la iglesia.

Cuando aún estaban atravesando el vestíbulo, la cita de Darwin se desvaneció de la pantalla y su lugar lo ocuparon unas cuantas palabras sueltas, que siguieron surgiendo de manera aparentemente arbitraria. Su número iba en aumento y aparecían términos nuevos, que se transformaban y combinaban entre sí, en intrincadas series de frases en inglés.

… «crecimiento»… «brotes tiernos»… «hermosas ramificaciones»…

Mientras la imagen se expandía, Langdon y Ambra vieron que las palabras evolucionaban hasta formar la figura de un árbol.

«¿Qué es eso?».

Se quedaron mirando fijamente el gráfico, mientras a su alrededor resonaba cada vez con más intensidad el coro de voces a cappella. Langdon se dio cuenta de que no cantaban en latín, como había pensado en un principio, sino en inglés.

—¡Dios mío! ¡Las palabras de la pantalla! —exclamó Ambra—. ¡Creo que se corresponden con la música!

—Es verdad —corroboró Langdon, al ver en la pantalla nuevas frases que coincidían con la letra de la pieza coral.

… «por causas de acción lenta»… «y no por actos milagrosos»…

Langdon no dejaba de escuchar y mirar, sintiéndose extrañamente desconcertado por la yuxtaposición de la letra y la música. De hecho, no había duda de que esta era religiosa, mientras que el texto parecía todo lo contrario.

… «seres orgánicos»… «sobreviven los fuertes»… «mueren los débiles»…

El profesor se sobresaltó.

«¡Yo conozco esta pieza!».

Varios años atrás, Edmond lo había llevado a escucharla en un concierto. Se titulaba Missa Charles Darwin y era una composición inspirada en las misas cristianas, en la que el autor había sustituido el texto tradicional en latín por pasajes de El origen de las especies, la obra de Darwin, creando así una inquietante combinación de música religiosa y voces que cantaban a la brutalidad de la selección natural.

—¡Qué extraño! —comentó Langdon—. Edmond y yo escuchamos esta pieza juntos, hace mucho tiempo. A él le encantaba. ¡Qué coincidencia encontrarla también aquí!

—No es ninguna coincidencia —dijo una voz familiar desde unos altavoces en lo alto de la pared—. Edmond me enseñó a recibir a los invitados con música que pudiera gustarles y con una proyección de algún tema interesante, para abrir la conversación.

Langdon y Ambra levantaron la vista hacia los altavoces con expresión de incredulidad. La cordial voz que les daba la bienvenida tenía un inconfundible acento británico.

—Me alegro mucho de que hayan encontrado el camino —afirmó la voz sintética—. No tenía ningún medio para ponerme en contacto con ustedes.

—¡Winston! —exclamó Langdon, asombrado por el alivio que sentía al reanudar la comunicación con una máquina.

Ambra y él le contaron brevemente lo sucedido hasta ese momento.

—Es muy agradable oír sus voces —dijo Winston—. Pero, díganme, ¿hemos localizado lo que buscábamos?

Ir a la siguiente página

Report Page