Origen
Capítulo 84
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—William Blake —respondió Langdon—. Mueren las oscuras religiones y reina la dulce ciencia.
Winston permaneció un segundo en silencio antes de decir:
—Es el último verso del poema profético Los cuatro zoas. Tengo que reconocer que es una elección excelente. —Se interrumpió un momento—. Sin embargo, buscábamos un verso de cuarenta y siete letras…
—¡El ampersand! —exclamó Langdon.
Y enseguida le explicó el truco tipográfico con el vocablo latino et.
—¡Típico de Edmond! —respondió la voz sintética con una risita extraña.
—¿Y bien, Winston? —lo apremió Ambra—. Ahora que sabemos la contraseña, ¿podrías desbloquear el resto de la presentación?
—Claro que sí —respondió la máquina con determinación—. Solo necesito que introduzcan la contraseña manualmente. Edmond instaló varios cortafuegos para proteger su proyecto y no me dio acceso directo; pero puedo guiarlos hasta su laboratorio e indicarles dónde introducir la información. Podremos empezar a emitir la presentación dentro de menos de diez minutos.
Langdon y Ambra se volvieron para mirarse. En el fondo, no se esperaban una confirmación tan rotunda e inmediata por parte de Winston. Después de las vicisitudes de la noche, la victoria final parecía a punto de llegar sin grandes fanfarrias y de manera totalmente imprevista.
—Robert —susurró Ambra, apoyándole una mano en el hombro—, lo hemos conseguido gracias a ti.
—Ha sido un trabajo en equipo.
—Me permito sugerirles —intervino Winston— que se trasladen de inmediato al laboratorio de Edmond. Aquí, en el vestíbulo, están demasiado a la vista, y ya he detectado que algunos medios empiezan a informar de su presencia en la zona.
Langdon no se sorprendió. Un helicóptero militar que descendía y se posaba en un parque de la ciudad tenía que llamar la atención a la fuerza.
—Dinos adónde tenemos que ir —pidió Ambra.
—Pasen entre las columnas —les contestó Winston— y sigan mi voz.
La música coral se interrumpió de forma brusca en el vestíbulo, la pantalla de plasma se apagó y una sucesión de golpes metálicos en la puerta principal señaló que una serie de cerrojos controlados automáticamente se habían cerrado.
«Edmond debió de transformar estas instalaciones en una auténtica fortaleza —se dijo Langdon, mientras echaba un vistazo a través de los gruesos cristales de las ventanas, aliviado al ver que el parque en torno a la capilla seguía desierto—. Al menos de momento», pensó.
Cuando se volvió hacia Ambra, vio una luz que se encendía en un extremo del vestíbulo e iluminaba la puerta entre dos columnas. Ambos fueron hacia allí, la cruzaron y se encontraron ante un extenso pasillo, a lo largo del cual se fueron encendiendo unas luces, para guiarlos.
Mientras Ambra y Langdon avanzaban, Winston les dijo:
—Creo que para conseguir el máximo impacto, tendríamos que publicar ahora mismo una nota de prensa para anunciar la inminente emisión de la presentación póstuma de Edmond Kirsch. Si ofrecemos a los medios la oportunidad de dar la noticia, el interés del público crecerá exponencialmente.
—Interesante idea —observó Ambra, acelerando el paso—. Pero ¿cuánto tiempo crees que deberíamos esperar? No quiero correr ningún riesgo.
—Diecisiete minutos —respondió Winston—. Es el tiempo óptimo para que nuestra retransmisión se sitúe a la cabeza de todas las listas. Aquí son las tres de la madrugada, pero en Estados Unidos saldremos en horario de máxima audiencia.
—Perfecto —dijo ella.
—Muy bien —canturreó Winston—. La nota de prensa ya se está enviando y la retransmisión comenzará dentro de diecisiete minutos.
Langdon tenía que esforzarse para seguir el ritmo vertiginoso de Winston.
Ambra iba delante de él por el pasillo.
—¿Cuántos miembros del equipo de Edmond se encuentran ahora en el laboratorio?
—Ninguno —respondió Winston—. Edmond era un obseso de la seguridad. Prácticamente no tenía empleados. Yo controlo todas las redes de computación, así como la iluminación, la refrigeración y la seguridad. Edmond solía decir en broma que en esta época de casas inteligentes, él tenía una iglesia inteligente.
Langdon los escuchaba solo a medias; de repente se sentía preocupado por el camino que estaban a punto de emprender.
—Winston, ¿de verdad crees que este es el mejor momento para difundir la presentación de Edmond? —preguntó.
Ambra se paró en seco y se volvió para mirarlo.
—¡Claro que sí, Robert! ¡Para eso hemos venido! ¡El mundo entero está pendiente de nosotros! ¡Y en cualquier momento podría venir alguien para intentar detenernos! ¡Tenemos que hacerlo ahora mismo, antes de que sea tarde!
—Estoy de acuerdo —dijo Winston—. Desde un punto de vista solo estadístico, la noticia de la presentación está alcanzando su punto de saturación. En términos de terabytes de información generados, el descubrimiento de Edmond ya es una de las principales noticias de la década, lo cual no debe sorprendernos, ya que las comunidades digitales han crecido exponencialmente en los últimos diez años.
—¡Robert! —lo apremió Ambra, mirándolo a los ojos—. ¿Qué te preocupa?
Langdon titubeó, mientras trataba de localizar el motivo exacto de su repentina incertidumbre.
—Supongo que intento ponerme en el lugar de Edmond y me inquieta pensar que todas las teorías conspirativas de esta noche sobre asesinatos, secuestros e intrigas palaciegas puedan desplazar del centro de la atención a los descubrimientos científicos.
—Una observación legítima, profesor —opinó Winston—. Pero creo que omite un dato importante: esas teorías de la conspiración son una de las principales razones por las que gran parte del público de todo el mundo está atento a estos acontecimientos. Esta noche había tres coma ocho millones de espectadores siguiendo la retransmisión de Edmond por internet; en este momento, después de los espectaculares sucesos de las últimas horas, calculo que hay alrededor de doscientos millones de personas pendientes de nuestras novedades, a través de la prensa, las redes sociales, la radio y la televisión.
A Langdon el número le pareció abrumador, pero enseguida recordó que más de doscientos millones de telespectadores habían visto la final de la Copa del Mundo de fútbol y más de quinientos habían sido testigos de la llegada del hombre a la Luna hacía más de medio siglo, cuando aún no había internet y la televisión estaba mucho menos extendida.
—Puede que desde la universidad no lo note, profesor —prosiguió Winston—, pero el resto del mundo se ha convertido en un gran programa de telerrealidad. Irónicamente, las personas que han intentado silenciar a Edmond esta noche han conseguido lo contrario de lo que se proponían. Le han asegurado la mayor audiencia que ha tenido un anuncio científico en toda la historia. Me recuerda a lo que sucedió cuando el Vaticano denunció su libro El cristianismo y el sagrado femenino, que no tardó en convertirse en un éxito de ventas.
«Casi un éxito de ventas», matizó Langdon para sí, que sin embargo reconoció la validez del argumento de Winston.
—Maximizar la audiencia era uno de los objetivos prioritarios de Edmond para esta noche —prosiguió la inteligencia artificial.
—Es cierto —confirmó Ambra, mirando a Langdon—. Cuando Edmond y yo estábamos preparando la presentación del Guggenheim, su principal obsesión era captar el interés del público y multiplicar la audiencia.
—Como he dicho antes —prosiguió Winston—, nos estamos aproximando al punto de saturación mediática y no habrá mejor momento para dar a conocer el descubrimiento.
—De acuerdo —dijo Langdon—. Solo dinos qué tenemos que hacer.
Un poco más adelante en el pasillo, encontraron un obstáculo inesperado: una escalera de mano apoyada en la pared, como si un pintor la hubiera dejado olvidada. Era imposible seguir avanzando sin retirarla o sin pasar por debajo.
—¿Qué hacemos con esta escalera? —preguntó Langdon—. ¿La quitamos?
—No —respondió Winston—. Edmond la colocó ahí deliberadamente hace mucho tiempo.
—¿Para qué? —preguntó Ambra.
—Como seguro que ya sabrán, Edmond despreciaba la superstición en todas sus manifestaciones. Le gustaba pasar por debajo de una escalera todos los días, cada vez que venía a trabajar. Era su manera de burlarse de los dioses. Además, si un invitado o un técnico se negaba a imitarlo, Edmond lo echaba.
«Siempre tan racional», pensó Langdon sonriendo, mientras recordaba que una vez su amigo lo había recriminado en público por «tocar madera» para conjurar la mala suerte.
—¡Robert! —le había dicho—. A menos que seas un druida clandestino que todavía golpea los árboles para despertarlos, deja por favor esa ignorante superstición en el pasado, que es donde debe estar.
Ambra agachó la cabeza y pasó por debajo de la escalera. Con un estremecimiento de aprensión que él mismo reconoció como irracional, Langdon la siguió.
Cuando pasaron al otro lado, Winston los guio por un recodo del pasillo, hasta una gran puerta de seguridad, equipada con dos cámaras y un escáner biométrico.
Sobre la puerta, un cartel escrito a mano rezaba: SALA 13.
Langdon contempló el famoso número de la mala suerte. «Otra manera de Edmond de burlarse de los dioses».
—Aquí está la entrada a su laboratorio —anunció Winston—. Aparte de los técnicos que lo ayudaron a construirlo, muy pocos han podido acceder a este recinto.
A continuación, la puerta de seguridad emitió un fuerte zumbido y, sin pensarlo dos veces, Ambra empujó el picaporte y la abrió. Dio un paso para cruzar el umbral, se paró en seco y se llevó la mano a la boca para sofocar una exclamación de sorpresa. Cuando Langdon miró más allá de donde ella se encontraba, hacia la nave de la antigua capilla, comprendió perfectamente la reacción de su acompañante.
El vasto espacio interior de la iglesia estaba delimitado por la caja de cristal más grande que Langdon había visto en su vida. El contenedor transparente abarcaba todo el suelo y llegaba al altísimo techo de la capilla.
El ambiente se dividía en dos pisos.
En el primero, Langdon distinguió cientos de armarios de metal del tamaño de un frigorífico, alineados en hileras, como los bancos de una iglesia orientados al altar. Carecían de puertas y su contenido estaba totalmente a la vista. Intrincadas marañas de cables rojos de una complejidad increíble colgaban de unas densas cuadrículas de conexiones y se curvaban hacia el suelo, donde se fusionaban en unas cuerdas gruesas que discurrían entre las máquinas, como una red de venas y arterias.
«Un caos ordenado», pensó Langdon.
—En la planta inferior —prosiguió Winston—, pueden ver el famoso supercomputador MareNostrum, una de las máquinas más rápidas del mundo: cuarenta y ocho mil ochocientos noventa y seis núcleos Intel, comunicados a través de una red InfiniBand FDR10. El MareNostrum ya estaba aquí cuando vino Edmond y, en lugar de trasladarlo, quiso incorporarlo a su proyecto, por lo que simplemente lo expandió… hacia el piso superior.
Langdon observó entonces que todos los grupos de cables del MareNostrum confluían en el centro de la sala, donde formaban un tronco único que ascendía en vertical, como una colosal planta trepadora, a través del techo.
Cuando levantó la vista hacia la enorme jaula de cristal de la planta superior, un panorama del todo distinto se abrió ante sus ojos. Allí, en el centro de la sala, sobre una plataforma, destacaba un voluminoso cubo metálico gris azulado, de tres metros por lado, sin cables ni luces parpadeantes, ni nada que sugiriera la presencia del avanzado ordenador que Winston les estaba describiendo con una terminología apenas comprensible.
—… dígitos binarios reemplazados por qubits… superposición de estados… algoritmos cuánticos… entrelazamiento y efecto túnel…
Langdon empezaba a comprender por qué con Edmond siempre habían hablado más de arte que de informática.
—… lo que resulta en trillones de cálculos con coma flotante por segundo —terminó Winston—. Por todo esto, la fusión de estas dos máquinas completamente diferentes entre sí ha dado como resultado el supercomputador más potente del mundo.
—¡Dios! —murmuró Ambra.
—Así es —dijo Winston—. Edmond es Dios.