Origen

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Capítulo 87

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En el espacio principal de la capilla desierta, Langdon y Ambra seguían la voz de Winston en torno al perímetro del superordenador dispuesto en dos pisos. A través del grueso cristal, oían el zumbido vibrante y profundo que emanaba del interior de la colosal máquina. Langdon tenía la sensación de estar contemplando una jaula con una peligrosa fiera encerrada.

El ruido, según les explicó Winston, no se debía a los componentes electrónicos, sino a una extensa batería de ventiladores centrífugos, disipadores y bombas del circuito de agua, imprescindibles para que el sistema no se sobrecalentara.

—Ya sé que para ustedes es ensordecedor —dijo Winston—. Y además hace mucho frío. Por suerte, el laboratorio de Edmond está en el piso de arriba.

Una escalera de caracol adosada a la cara externa de la caja de cristal conducía a la planta superior. Siguiendo las indicaciones de Winston, Ambra y Langdon subieron la escalera y llegaron a un rellano metálico, en el que encontraron una reluciente puerta giratoria.

Langdon observó divertido, pero al mismo tiempo asombrado, que la entrada del futurista laboratorio estaba decorada como la casa de una familia de clase media: con un felpudo de bienvenida, un tiesto con una planta artificial y una pequeña butaca debajo de la cual había un par de zapatillas. El profesor dedujo con tristeza que probablemente habrían pertenecido a Edmond.

Sobre la puerta, había una frase enmarcada:

El éxito es la capacidad de seguir adelante, de fracaso en fracaso, sin perder el entusiasmo.

WINSTON CHURCHILL

—Otra vez Churchill —dijo Langdon, señalándole la frase a Ambra.

—La cita favorita de Edmond —intervino Winston—. En su opinión, describía a la perfección la principal virtud de los ordenadores.

—¿De los ordenadores? —preguntó Ambra.

—Sí, las máquinas somos infinitamente persistentes. Yo puedo fracasar billones de veces sin el menor indicio de frustración. La billonésima vez que intento resolver un problema lo hago con la misma energía que la primera. Los humanos no pueden.

—Es cierto —reconoció Langdon—. Yo suelo darme por vencido al millonésimo intento.

Ambra sonrió y se dirigió a la puerta.

—El suelo de dentro es de vidrio —dijo Winston, mientras la puerta giratoria se ponía en movimiento de forma automática—, así que tendré que pedirles que se quiten los zapatos.

Al cabo de unos segundos, Ambra ya se había quitado los suyos y cruzaba descalza la puerta. Mientras se disponía a seguirla, Langdon reparó en la curiosa afirmación que había impresa en el felpudo:

NO HAY NADA COMO ESTAR EN 127.0.0.1

—Winston, ¿qué significa la frase del felpudo? No entiendo…

Localhost —respondió Winston—, la dirección IP del propio ordenador. Su casa.

Langdon volvió a mirar el felpudo.

—Ya veo —dijo, aunque en realidad no acababa de verlo, y siguió adelante, a través de la puerta giratoria.

Cuando pisó el suelo de cristal, tuvo un momento de incertidumbre y se le aflojaron las rodillas. Ya era lo bastante inquietante estar de pie en calcetines sobre una superficie transparente, pero sentirse suspendido en el aire con el supercomputador MareNostrum en el piso de abajo resultaba doblemente desconcertante. Desde arriba, las hileras de imponentes armarios electrónicos le recordaban el yacimiento arqueológico de Xi’an y su vasto ejército de guerreros de terracota, que había visto en China.

Hizo una inspiración profunda, mientras levantaba la mirada hacia el extraño espacio que tenía delante.

El laboratorio de Edmond era un prisma transparente dominado por el cubo metálico gris azulado que ya había visto, cuyas superficies relucientes reflejaban el entorno. A la derecha del cubo, en un extremo de la sala, había un estudio ultrafuncional, con un gran escritorio con forma de herradura, tres pantallas LCD gigantescas y unos cuantos teclados empotrados en una mesa de trabajo de granito.

—La sala de control —susurró Ambra.

Langdon asintió y echó un vistazo al extremo opuesto del amplio espacio, donde distinguió un sofá, unos sillones y una bicicleta estática, dispuestos sobre una alfombra oriental.

«La cueva perfecta para el hombre de los superordenadores —pensó el profesor, convencido de que Edmond prácticamente habría vivido en esa jaula de cristal el tiempo que había estado trabajando en su proyecto—. ¿Qué habrá descubierto aquí dentro?».

Sus dudas iniciales se habían desvanecido y sentía cada vez con mayor intensidad el impulso de la curiosidad intelectual, el anhelo de conocer los misterios revelados en ese lugar y los enigmas resueltos gracias a la colaboración entre una mente genial y una máquina potentísima.

Ambra ya había avanzado por el suelo transparente hacia el cubo enorme y estaba admirando con asombro su pulida superficie gris azulada. Langdon fue junto a ella y vio el reflejo de ambos sobre la lustrosa cara exterior del poliedro.

«¿Esto es un ordenador?», se preguntó el profesor. A diferencia de la máquina de la planta inferior, el cubo estaba sumido en un silencio absoluto. Era un monolito metálico, inerte y sin vida.

El tono azulado de su superficie le recordó el nombre de un superordenador de los años noventa, Deep Blue, que había causado sensación al derrotar al campeón mundial de ajedrez, Garri Kasparov. Desde entonces, los avances de la tecnología informática eran casi inabarcables.

—¿Les gustaría verlo por dentro? —propuso Winston, desde unos altavoces, por encima de sus cabezas.

Ambra levantó la vista sorprendida.

—¿Te refieres al interior del cubo?

—¿Por qué no? —preguntó Winston—. Edmond se habría sentido muy orgulloso de enseñarles su creación por dentro.

—No es necesario —dijo Ambra, volviendo la vista hacia el estudio de Edmond—. Preferiría que nos concentráramos en introducir la contraseña. ¿Qué tenemos que hacer?

—Serán solo unos segundos y todavía nos quedarán más de once minutos para iniciar la retransmisión. Échenle un vistazo.

Ante ellos, por la cara del cubo que estaba orientada al estudio de Edmond, empezó a deslizarse un panel que dejó al descubierto un grueso cristal. Langdon y Ambra rodearon el poliedro y se inclinaron para acercar las caras a la ventana transparente.

El profesor esperaba ver otra densa maraña de cables y luces parpadeantes. Pero no vio nada semejante. Para su asombro, el interior del cubo era un espacio oscuro y vacío, como una pequeña habitación desierta. Solo parecía contener penachos flotantes de niebla blanquecina, como si se tratara del interior de una cámara frigorífica. El grueso cristal de la ventana del cubo irradiaba una frialdad inesperada.

—Está vacío —observó Ambra.

Langdon tampoco veía nada, pero percibía un pulso grave y repetitivo que emanaba del interior.

—Ese sonido rítmico —explicó Winston— proviene del refrigerador termoacústico, que suena como un corazón humano.

«Es verdad», pensó el profesor, inquieto por la comparación.

Lentamente, unas luces rojas comenzaron a iluminar el espacio interior del cubo. Al principio, Langdon no vio más que una bruma blanca entre superficies vacías en una cámara cúbica desierta por completo. Después, a medida que la intensidad de la luz fue en aumento, algo resplandeció en el aire y entonces el profesor descubrió un intrincado objeto vagamente cilíndrico que colgaba del techo, como una estalactita.

—Y eso de ahí —dijo Winston— es lo que necesita tanta refrigeración.

El objeto suspendido del techo medía más o menos un metro y medio de largo y estaba compuesto por siete anillos horizontales, cuyo diámetro se reducía progresivamente de arriba abajo, formando una columna de discos escalonados, unidos entre sí por unas barras delgadas y verticales. El espacio entre los anillos de metal bruñido estaba ocupado por una vaporosa red de delicados cables. Una neblina helada envolvía el aparato.

—Les presento al E-Wave —anunció Winston—, un salto cuántico respecto al D-Wave de la NASA y Google, si me permiten la broma.

A continuación, expuso con brevedad que el D-Wave —el primer «ordenador cuántico» rudimentario de la historia— había abierto las puertas a un Nuevo Mundo de potencia computacional que los científicos aún se esforzaban por comprender. En lugar de recurrir al método binario para almacenar la información, el nuevo sistema utilizaba los estados cuánticos de las partículas subatómicas, lo que suponía un progreso exponencial en velocidad, potencia y flexibilidad.

—El ordenador cuántico de Edmond —prosiguió Winston— no se distingue mucho estructuralmente del D-Wave. Una de las diferencias es el cubo metálico que lo rodea, revestido de osmio, un elemento químico raro y ultradenso, que proporciona mejor protección magnética, térmica y cuántica. Y sospecho que además satisfacía el gusto de Edmond por los golpes de efecto.

Langdon sonrió, porque él también había llegado a la misma conclusión.

—A lo largo de los últimos años, mientras el Laboratorio de Inteligencia Artificial Cuántica de Google utilizaba ordenadores como el D-Wave para potenciar el aprendizaje automático, Edmond superó en secreto a todos los demás con esta máquina. Y lo hizo gracias a una única y atrevida idea… —Efectuó una pausa—. El bicameralismo.

«¿Las dos cámaras del Parlamento?», se preguntó el profesor desconcertado, frunciendo el ceño.

—Los dos hemisferios del cerebro —continuó Winston—: izquierdo y derecho.

«La mente bicameral», comprendió entonces Langdon. Uno de los factores que explicaban la enorme creatividad humana eran las grandes diferencias de funcionamiento entre las dos mitades del cerebro. El hemisferio izquierdo era analítico y verbal, mientras que el derecho era intuitivo y «prefería» las imágenes antes que las palabras.

—La clave —dijo Winston— fue la decisión de Edmond de construir un cerebro artificial que imitara al cerebro humano, dividido en dos hemisferios, izquierdo y derecho, aunque en este caso se trata más bien de una división en dos estratos: arriba y abajo.

Langdon retrocedió unos pasos, echó un vistazo a través del suelo a la máquina que zumbaba en la planta inferior y a continuación volvió a contemplar la silenciosa «estalactita» suspendida en el interior del cubo.

«Dos máquinas diferentes, combinadas en una sola: una mente bicameral».

—Al tener que funcionar como una unidad —prosiguió Winston—, estas dos máquinas emplean enfoques distintos para la resolución de los problemas, experimentan los mismos conflictos y llegan a soluciones transaccionadas comparables a las que suelen adoptar los dos hemisferios del cerebro humano, lo que favorece enormemente el aprendizaje, la creatividad y, en cierto modo…, la humanidad. En mi caso, Edmond me proporcionó las herramientas necesarias para aprender sobre la naturaleza humana, mediante la observación del mundo a mi alrededor y la reproducción de rasgos humanos: el humor, la cooperación, los juicios de valor e incluso cierto sentido de la ética.

«Increíble», pensó Langdon.

—Entonces, básicamente, ¿este ordenador doble… eres tú?

Winston se echó a reír.

—Bueno, digamos que esta máquina es tan yo como su cerebro físico es usted. Si pudiera observar su cerebro dentro de un recipiente, probablemente no diría: «Esa cosa de ahí soy yo». Somos la suma de las interacciones que tienen lugar dentro del mecanismo.

—Winston —lo interrumpió Ambra, mientras se acercaba al espacio de trabajo de Edmond—, ¿cuánto tiempo nos queda para la retransmisión?

—Cinco minutos y cuarenta y tres segundos —respondió la máquina—. ¿Empezamos a prepararnos?

—Sí, por favor —contestó ella.

El panel que se había deslizado para revelar la ventana del cubo la cubrió despacio de nuevo, y Langdon se volvió dispuesto a unirse a Ambra en el estudio de Edmond.

—Winston —dijo ella—, considerando lo mucho que has trabajado aquí con Edmond, me sorprende que no conozcas el contenido de su descubrimiento.

—Tengo compartimentada la información, señorita Vidal, y dispongo de los mismos datos que ustedes —contestó Winston—. Solo puedo especular.

—¿Y adónde te llevan tus especulaciones? —preguntó la mujer, mientras recorría con la vista el despacho.

—Bueno, él siempre decía que su descubrimiento «lo cambiaría todo». Según mi experiencia, los descubrimientos más transformadores de la historia determinaron una profunda revisión de los modelos del universo. Grandes avances como el rechazo de Pitágoras al concepto de la Tierra plana, el heliocentrismo de Copérnico, la teoría de la evolución de Darwin o de la relatividad de Einstein alteraron drásticamente el modo en que la humanidad contemplaba el mundo y modificaron el modelo vigente del universo.

Langdon levantó la vista hacia el altavoz.

—Entonces ¿crees que Edmond descubrió algo capaz de transformar nuestro actual modelo del universo?

—Es una deducción lógica —contestó Winston, hablando con más rapidez—. El MareNostrum es casualmente uno de los mejores ordenadores que hay en el mundo para la creación de «modelos». Su especialidad son las simulaciones complejas. La más famosa de todas es el Alya Red, un modelo virtual del corazón humano, con una precisión que llega al nivel celular. Ahora, con el reciente añadido de un componente cuántico, esta instalación puede modelar sistemas millones de veces más complejos que los órganos humanos.

Langdon comprendía el concepto, pero no conseguía imaginar qué modelo habría podido desarrollar Edmond para responder a las preguntas «¿De dónde venimos?» y «¿Adónde vamos?».

—Winston —lo llamó Ambra desde el escritorio de Edmond—, ¿cómo se hace para encender esto?

—Lo haré yo —dijo la máquina.

Las tres colosales pantallas LCD cobraron vida, mientras Langdon se acercaba a Ambra. Cuando las imágenes se materializaron en las pantallas, los dos retrocedieron alarmados.

—Winston, ¿eso está pasando ahora? —preguntó Ambra.

—Sí, es la señal en directo de las cámaras de seguridad que hay instaladas en el exterior. He creído conveniente enseñárselas. La policía ha llegado hace unos segundos.

Las pantallas mostraban una amplia panorámica de la entrada principal de la capilla, donde se había congregado un pequeño ejército de policías, que en ese momento llamaban al timbre, intentaban abrir la puerta y hablaban por radio.

—No se preocupen —los tranquilizó Winston—. No conseguirán entrar. Y quedan menos de cuatro minutos para la retransmisión.

—Deberíamos empezar ahora mismo —lo instó Ambra.

La máquina respondió en tono sosegado:

—Creo que Edmond habría preferido esperar al horario de máxima audiencia, como prometió. Era un hombre de palabra. Además, estoy observando los índices y veo que nuestro público sigue creciendo. En los próximos cuatro minutos, si se mantiene el ritmo actual, nuestros espectadores aumentarán en un doce coma siete por ciento y nos aproximaremos a la máxima penetración. —Hizo una pausa y, cuando volvió a hablar, pareció gratamente sorprendido—. Pese a todas las incidencias de la noche, debo decir que el descubrimiento de Edmond saldrá a la luz en el momento óptimo. Creo que él les estaría profundamente agradecido.

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