Origen

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Capítulo 88

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«Menos de cuatro minutos», pensó Langdon, mientras se sentaba en la silla del escritorio de Edmond y volvía la vista hacia las tres enormes pantallas LCD de ese extremo de la sala, que todavía estaban emitiendo la señal en directo de las cámaras de seguridad, donde podía verse la concentración de fuerzas policiales en torno a la capilla.

—¿Estás seguro de que no pueden entrar? —preguntó Ambra, retorciéndose nerviosamente las manos detrás de Langdon.

—Créame —respondió Winston—, Edmond se tomaba la seguridad muy en serio.

—¿Y si cortan el suministro eléctrico del edificio? —se arriesgó a decir el profesor.

—Tenemos generadores independientes —contestó Winston— y un circuito redundante subterráneo. Nadie puede impedirnos que sigamos adelante con la misión. Se lo aseguro.

Langdon no insistió.

«Winston ha acertado en todo esta noche… Y nos ha apoyado y protegido desde el principio».

Tras situarse en el centro del escritorio, el profesor fijó toda su atención en el extraño teclado que allí se encontró. Tenía por lo menos el doble de las teclas habituales —los signos alfanuméricos tradicionales, más un conjunto de símbolos que ni siquiera él reconoció— y estaba partido por el medio, en dos partes dispuestas en un ángulo ergonómico.

—¿Alguna indicación? —preguntó Langdon, contemplando el desconcertante cúmulo de signos.

—Se ha equivocado de teclado —respondió Winston—. Ese de ahí es el principal punto de acceso al E-Wave. Como le he dicho antes, Edmond había ocultado su presentación a todo el mundo, incluso a mí. Para desbloquearla, hay que acceder desde una máquina diferente. Deslícese hacia la derecha, hasta el final de la mesa.

Langdon miró a la derecha, donde había media docena de ordenadores de sobremesa alineados a lo largo del escritorio. Mientras hacía rodar la silla en esa dirección, le sorprendió ver que los primeros aparatos eran bastante viejos y anticuados. Curiosamente, cuanto más a la derecha miraba, más antiguas eran las máquinas.

«No puede ser», pensó, mientras pasaba junto a un viejo ordenador de color beige con sistema IBM DOS que debía de datar de varias décadas atrás.

—Winston, ¿qué son estos aparatos?

—Los ordenadores de la infancia de Edmond —explicó—. Los conservaba para recordar sus orígenes. A veces, cuando tenía un día difícil, los encendía y utilizaba viejos programas. Era una manera de volver a sentir el efecto de maravillarse que había experimentado de niño, cuando había descubierto la programación.

—Me encanta la idea —dijo Langdon.

—Es algo así como su reloj de Mickey Mouse —añadió Winston.

Asombrado, Langdon bajó la mirada y se remangó la chaqueta para dejar al descubierto el viejo reloj que llevaba siempre, desde que se lo habían regalado cuando era pequeño. Le resultó sorprendente que Winston supiera de su reloj, pero enseguida recordó haber hablado no hacía mucho con Edmond al respecto y haberle dicho que lo consideraba un recordatorio de la necesidad de mantener el espíritu joven.

—Robert —le dijo Ambra—, ¿qué te parece si dejamos al margen por un momento tu concepto de la elegancia y nos centramos en introducir la contraseña? Hasta el ratón de tu reloj te está haciendo señas para que le prestes atención.

De hecho, Mickey tenía una mano enguantada levantada por encima de la cabeza, con el dedo índice apuntando casi directamente hacia arriba.

«Tres minutos para la hora en punto».

Langdon terminó de deslizarse con rapidez a lo largo del escritorio y Ambra se le unió delante del último ordenador de la serie: una deslucida caja del color de los champiñones, con una ranura para insertar disquetes, un módem de mil doscientos baudios y un barrigudo monitor convexo de doce pulgadas apoyado encima.

—Un Tandy TRS-80 —dijo Winston—. El primer ordenador de Edmond. Lo compró de segunda mano y lo usó para aprender por su cuenta a programar en BASIC, cuando tenía unos ocho años.

Langdon se alegró de ver que el ordenador, pese a ser un auténtico dinosaurio, ya estaba encendido y a la espera. Sobre la parpadeante pantalla en blanco y negro, resplandecía un prometedor mensaje, escrito con una fuente en mapa de bits.

BIENVENIDO, EDMOND.

POR FAVOR, ESCRIBE LA CONTRASEÑA:

Detrás de la palabra «contraseña», se encendía y se apagaba un cursor negro, expectante.

—¿Esto es todo? —preguntó Langdon, sintiendo de pronto que no podía ser tan sencillo—. ¿Tengo que escribir la contraseña aquí?

—Exacto —contestó Winston—. Cuando la haya escrito, ese ordenador enviará un mensaje debidamente autentificado de desbloqueo a la partición del ordenador principal donde se encuentra la presentación de Edmond. Entonces yo tendré acceso a esa partición, podré gestionar la circulación de datos y enviaré el vídeo a los principales canales de distribución, para su retransmisión a todo el mundo.

Aunque Langdon comprendió la explicación, no podía apartar la vista del vetusto ordenador con su anticuado módem, sin salir de su asombro.

—No lo entiendo, Winston. ¿Quieres decirme que, después de planificar el acto de esta noche con tanto cuidado, Edmond confió la difusión de su presentación a una llamada telefónica realizada desde un módem prehistórico?

—Me parece típico de él —respondió Winston—. Como usted sabe, Edmond sentía pasión por el espectáculo, el simbolismo y la historia, y sospecho que le produjo una alegría enorme pensar que encendería su primer ordenador y lo utilizaría para revelar al mundo la gran obra de su vida.

«Buena observación», reflexionó Langdon, convencido de que ese habría sido el razonamiento de su amigo.

—Además —añadió Winston—, supongo que Edmond habría diseñado un plan B, por si acaso; pero sea como sea, tiene su lógica utilizar un viejo ordenador para que haga las veces de interruptor. Las tareas simples requieren instrumentos simples. Y desde el punto de vista de la seguridad, el uso de un procesador lento tiene sus ventajas: cualquier intento de piratear el sistema por la fuerza bruta requeriría toda una eternidad.

—¡Robert! —lo instó Ambra a su espalda, apoyándole una mano en el hombro para animarlo a actuar.

—Sí, lo siento. Todo listo.

Langdon se acercó el teclado del Tandy, cuyo enroscado cable se estiró como el de un teléfono antiguo. Apoyó los dedos sobre las teclas de plástico y visualizó mentalmente el verso manuscrito que Ambra y él habían descubierto en la cripta de la Sagrada Família.

Mueren las oscuras religiones & reina la dulce ciencia.

La solemne línea final del poema profético Los cuatro zoas, de William Blake, parecía la elección perfecta para desbloquear la revelación científica definitiva de Edmond, un descubrimiento que a su entender lo cambiaría todo.

Langdon inspiró hondo y tecleó con cuidado el verso, sin dejar espacios entre las letras y con el vocablo latino et en el lugar del ampersand.

Cuando terminó, levantó la vista a la pantalla.

POR FAVOR, ESCRIBE LA CONTRASEÑA:

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Langdon volvió a contar los caracteres. Cuarenta y siete.

«Muy bien. A ver qué pasa ahora».

Se volvió para mirar a Ambra y ella asintió con la cabeza. Entonces pulsó Enter.

Al instante, el ordenador emitió un breve zumbido.

CONTRASEÑA INCORRECTA

INTÉNTALO DE NUEVO

Langdon sintió que se le desbocaba el corazón.

—¡Ambra, la he escrito bien! ¡Estoy seguro!

Se volvió hacia la mujer y la miró, esperando encontrarla pálida de horror.

Pero en lugar de eso, ella lo estaba mirando con una sonrisa divertida. La mujer negó lentamente con la cabeza y se echó a reír.

—Robert —susurró, señalando el teclado—, tienes bloqueadas las mayúsculas.

En ese momento, en las profundidades de la montaña, el príncipe Julián contemplaba demudado la basílica subterránea, tratando de encontrarle un sentido a la desconcertante escena que se abría ante sus ojos. Su padre, el rey, estaba sentado inmóvil en una silla de ruedas, en el rincón más remoto y recóndito de la basílica.

De repente atemorizado, corrió a su lado.

—¿Padre?

Al percibir la presencia de su hijo, el rey abrió los ojos despacio, como si acabara de despertar de una siesta. El anciano monarca compuso una sonrisa serena.

—Gracias por venir, hijo —susurró con voz débil.

Julián se agachó delante de la silla de ruedas, aliviado al ver que su padre aún vivía, pero alarmado también ante el visible deterioro físico que había sufrido en los últimos días.

—Padre, ¿se encuentra bien?

El rey se encogió de hombros.

—Sí, dentro de lo que cabe esperar —contestó, con un buen humor sorprendente—. ¿Y tú? El día ha sido… agitado.

El príncipe no supo qué responder.

—¿Qué está haciendo aquí, padre?

—Estaba cansado de que me trataran como si estuviera en un hospital y quería salir a tomar el aire.

—Me parece bien, pero… ¿por qué aquí?

Julián sabía que el monarca siempre había detestado la vinculación de aquel santuario con la persecución y la intolerancia.

—¡Majestad! —exclamó Valdespino, casi sin aliento, rodeando el altar para reunirse con ellos—. ¿Cómo es posible?

El rey recibió con una sonrisa a su amigo de toda la vida.

—Bienvenido, Antonio.

«¿Antonio?». El príncipe Julián nunca había oído que su padre llamara al obispo por su nombre de pila. En público siempre lo llamaba «monseñor».

La inusual informalidad del monarca pareció descolocar al obispo.

—Gra-gracias —tartamudeó—. ¿Se encuentra bien, Majestad?

—De maravilla —contestó el rey, con una amplia sonrisa—. Tengo delante a las dos personas en quienes más confío del mundo.

Con gesto nervioso, Valdespino miró de soslayo al príncipe y después volvió a concentrarse en el rey.

—Majestad, le he traído a su hijo, como me ha pedido. ¿Quiere que me retire, para que puedan hablar a solas?

—No, Antonio —respondió el rey—. Me voy a confesar y necesito que mi sacerdote esté presente.

Valdespino negó con la cabeza.

—No creo que su hijo espere una explicación de sus acciones y su conducta de esta noche. Estoy seguro de que el príncipe…

—¿De esta noche? —El rey dejó escapar una débil carcajada—. No, Antonio. Lo que le voy a confesar es el secreto que llevo ocultándole toda la vida.

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