Origen
Capítulo 90
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Ambra Vidal se sintió invadida por una oleada de euforia cuando el arcaico ordenador emitió un alegre pitido tras el segundo intento de Langdon de teclear el verso de Blake.
CONTRASEÑA CORRECTA
«Gracias a Dios —pensó, mientras el profesor se ponía de pie y se volvía hacia ella. Impulsivamente, Ambra lo rodeó con los brazos y lo estrechó con emoción contra su pecho—. ¡Edmond estaría tan agradecido!».
—Dos minutos y treinta y tres segundos —anunció Winston.
Ambra se separó de Langdon y los dos levantaron la vista hacia las pantallas LCD. En la del centro había aparecido la misma cuenta atrás que habían visto por última vez en el Guggenheim.
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«¿Más de doscientos millones de personas? —La mujer no salía de su asombro. Al parecer, mientras Langdon y ella huían por Barcelona, el mundo entero había estado siguiendo sus movimientos—. El público de Edmond ha alcanzado proporciones astronómicas».
Las pantallas que se encontraban a ambos lados de la que retransmitía la cuenta atrás seguían emitiendo la señal de las cámaras de seguridad, y Ambra notó que de repente la actividad policial variaba en el exterior: uno a uno, los agentes que hablaban por radio o intentaban derribar las puertas, dejaron lo que estaban haciendo para sacar los teléfonos móviles de los bolsillos. Poco a poco, el exterior de la iglesia fue convirtiéndose en un mar de rostros pálidos y anhelantes, iluminados por el fulgor de las pequeñas pantallas de los dispositivos.
«Edmond ha logrado que el mundo contenga la respiración —pensó Ambra, de pronto consciente de la responsabilidad que suponía tener a todo el planeta pendiente de una presentación que se emitiría desde esa misma sala—. Me pregunto si Julián la estará mirando», se dijo, pero enseguida hizo un esfuerzo para descartar la idea.
—La presentación ya está en cola para salir —anunció Winston—. Me parece que se sentirán más cómodos si la ven desde la zona de descanso de Edmond, en la otra punta del laboratorio.
—Gracias, Winston —dijo Langdon, mientras guiaba a Ambra por el liso suelo de cristal, más allá del cubo metálico gris azulado, hacia el área señalada.
Allí, una alfombra oriental cubría el frío suelo y servía de base para el elegante mobiliario, al que se sumaba la bicicleta estática.
Cuando la mujer dejó atrás el suelo transparente y pisó la mullida alfombra, sintió que por fin comenzaba a aliviarse la tensión que había acumulado durante las últimas horas. Se sentó en el sofá, recogió los pies sobre el asiento y se puso a mirar a su alrededor, en busca de un televisor.
—¿Dónde está la pantalla?
Langdon no parecía oírla; se había alejado hacia un rincón de la sala para ver de cerca un objeto que le había llamado la atención. No obstante, Ambra obtuvo enseguida su respuesta. Cuando toda la pared del fondo se encendió de repente, apareció una imagen familiar proyectada desde el interior del cristal.
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«¿Toda la pared es una pantalla?».
La mujer fijó la vista en la imagen de dos metros y medio de altura, mientras las luces de la capilla se atenuaban poco a poco. Aparentemente, Winston les estaba preparando el ambiente para que disfrutaran al máximo del gran espectáculo de Edmond.
A tres metros de distancia, en un rincón de la sala, Langdon se había quedado boquiabierto, pero no por la pantalla colosal, sino por el pequeño objeto que acababa de descubrir, expuesto sobre un hermoso pedestal como una pieza de museo.
Ante él, un pequeño expositor metálico con una ventana de cristal al frente protegía una solitaria probeta. Etiquetada y cerrada con un tapón de corcho, el tubo contenía un líquido turbio y amarronado. Por un momento, Langdon supuso que sería alguna de las medicinas que Edmond había estado tomando. Pero entonces leyó la etiqueta.
«¡Imposible! —pensó—. ¡No puede estar aquí!».
Había muy pocas probetas «famosas» en el mundo, pero el profesor sabía que aquella era sin duda una de ellas. «¡No me puedo creer que Edmond tuviera en su poder una de ellas!». Probablemente habría adquirido esa pieza científica con la mayor discreción, y por un precio astronómico. «Del mismo modo que el cuadro de Gauguin de la Casa Milà».
Se inclinó para observar de cerca el recipiente de vidrio de setenta años de antigüedad. La etiqueta adhesiva estaba deteriorada y la tinta, desvaída; pero los dos nombres aún resultaban legibles: MILLER-UREY.
A Langdon se le puso la carne de gallina cuando volvió a leerlos.
MILLER-UREY.
«¡Dios mío…! “¿De dónde venimos?”».
Los químicos Stanley Miller y Harold Urey habían llevado a cabo un legendario experimento científico en los años cincuenta, para tratar de encontrar respuesta precisamente a esa pregunta. Su audaz intento había fracasado, pero sus esfuerzos habían sido elogiados en todo el mundo y, desde entonces, el experimento de Miller-Urey se había convertido en uno de los más famosos de la historia.
Langdon recordó la fascinación que había sentido en la adolescencia, cuando durante una clase de biología le habían contado el intento de esos dos científicos de reproducir las condiciones de la Tierra en sus comienzos: un planeta caliente, cubierto por un océano inerte de compuestos químicos en ebullición.
«La sopa primordial».
Tras reproducir los océanos y la atmósfera del joven planeta —agua, metano, amoníaco e hidrógeno—, Miller y Urey calentaron la mezcla para simular la temperatura de los mares primordiales y aplicaron descargas eléctricas para imitar la acción de los rayos. Finalmente, dejaron que la combinación se enfriara, tal y como se habían enfriado los océanos de la Tierra primitiva.
Su objetivo era tan sencillo como atrevido: encender la chispa de la vida en un primigenio mar inerte. «Simular la Creación —pensó Langdon—, utilizando solo la ciencia».
Miller y Urey analizaron la mezcla, con la esperanza de encontrar microorganismos primitivos formados a partir de la combinación inicial de compuestos químicos: un proceso sin precedentes denominado «abiogénesis». Por desgracia, sus intentos de crear «vida» a partir de la materia inerte no tuvieron éxito. En lugar de vida, solamente consiguieron una colección de probetas llenas de un líquido amarronado, que varias décadas después languidecían en un oscuro armario de la Universidad de California en San Diego.
Setenta años más tarde, los creacionistas seguían citando el fracaso del experimento de Miller-Urey como la prueba científica de que la aparición de la vida en la Tierra no había sido posible sin la intervención divina.
—Treinta segundos —resonó la voz de Winston sobre sus cabezas.
La mente de Langdon era un torbellino cuando se incorporó y contempló el espacio de la capilla en penumbra a su alrededor. Solo unos minutos antes, Winston había dicho que los grandes avances de la ciencia eran aquellos que habían abierto las puertas a nuevos «modelos» del universo. También había contado que la especialidad del MareNostrum era la creación de modelos informáticos: la simulación de sistemas complejos y la observación de su funcionamiento o evolución.
«El experimento de Miller-Urey —pensó Langdon— es un ejemplo temprano de la creación de un modelo… para simular las complejas interacciones químicas presentes en la Tierra primordial».
—¡Robert! —lo llamó Ambra desde el otro extremo de la sala—. ¡Ya empieza!
—Voy —contestó él, mientras se acercaba al sofá, sobrecogido por la sospecha de que probablemente acababa de vislumbrar parte de lo que había estado haciendo Edmond en los últimos tiempos.
De camino hacia la otra punta de la sala, recordó varios fragmentos del efectista preámbulo de Edmond, sobre el césped artificial del Guggenheim.
«Esta noche, seremos como los primeros exploradores —había dicho su amigo—. Aquellos que lo dejaron todo atrás para surcar los vastos océanos. La era de la religión está llegando a su fin y la de la ciencia acaba de comenzar. Imaginen qué sucedería si milagrosamente descubriéramos las respuestas a las grandes incógnitas de la vida».
Mientras Langdon se sentaba junto a Ambra, la enorme pantalla mural comenzó a emitir la espectacular cuenta atrás.
Ella se volvió para mirarlo, intrigada.
—¿Te encuentras bien, Robert?
Langdon hizo un gesto afirmativo, mientras una sobrecogedora banda sonora llenaba la sala y una cara de Edmond de metro y medio de altura aparecía en la pared ante ellos. El afamado futurólogo se veía demacrado y cansado, pero miraba a la cámara con una amplia sonrisa.
—¿De dónde venimos? —preguntó, y la emoción que vibraba en su voz fue en aumento, mientras la música se iba apagando—. ¿Adónde vamos?
Nerviosa, Ambra le cogió una mano a Langdon y se la apretó con fuerza.
—Ambas preguntas forman parte de una misma historia —afirmó Edmond—. Por eso, propongo empezar por el principio: el verdadero principio.
Con gesto risueño, el científico buscó en el bolsillo y sacó un pequeño objeto de vidrio: un recipiente con un líquido turbio y una etiqueta de tinta desvaída en la que podían leerse los nombres de Miller y Urey.
El profesor sintió que se le aceleraba el corazón.
—Nuestro viaje comenzó hace mucho tiempo… cuatro mil millones de años antes de Cristo… flotando a la deriva en la sopa primordial.