Origen

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Capítulo 91

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Sentado al lado de Ambra en el sofá, Langdon estudió el demacrado rostro de Edmond proyectado en la pantalla, y sintió una profunda tristeza al recordar que su amigo había estado mucho tiempo padeciendo en silencio una enfermedad mortal. Esa noche, sin embargo, los ojos del futurólogo volvían a brillar de alegría y entusiasmo.

—Dentro de un momento, les contaré la historia de esta pequeña probeta —dijo Edmond, levantando el recipiente que sostenía en una mano—. Pero antes, démonos un chapuzón… en la sopa primordial.

La imagen de Edmond desapareció y, con el resplandor de un relámpago, se iluminó un agitado océano sembrado de islas volcánicas que escupían lava y ceniza a la tempestuosa atmósfera.

—¿Fue aquí donde comenzó la vida? —preguntó la voz de Edmond—. ¿Por una reacción espontánea en un tormentoso mar de compuestos químicos? ¿O quizá llegó en un meteorito caído del espacio? ¿O tal vez fue cosa… de Dios? Por desgracia, no podemos retroceder en el tiempo para presenciar ese momento. Solo sabemos lo que sucedió después, cuando la vida ya había aparecido. Y lo que ocurrió fue la evolución, que estamos acostumbrados a ver representada de esta forma…

En la pantalla apareció la conocida línea cronológica de la evolución humana: un fila que comenzaba con un primitivo simio encorvado y seguía con una serie de homínidos cada vez más erguidos, hasta llegar al último, erguido del todo y sin rastro del tupido pelaje de sus antepasados.

—Sí, los humanos evolucionamos —dijo Edmond—. Es un hecho científico irrefutable, que nos ha permitido construir una línea cronológica clara, basada en el registro fósil. Pero ¿y si pudiéramos observar la evolución en sentido inverso, es decir, retrocediendo en el tiempo?

De pronto, a Edmond le empezó a crecer pelo en la cara y todo su cuerpo se metamorfoseó en el de un humano primitivo. La estructura ósea le cambió y se volvió más simiesca. Y, a continuación, el proceso se aceleró hasta alcanzar un ritmo casi imposible de seguir con la vista. Solo se apreciaban los fogonazos de unas especies cada vez más arcaicas: lémures, perezosos, marsupiales, ornitorrincos, peces pulmonados que se sumergían en las profundidades y se convertían en anguilas u otros peces, en criaturas gelatinosas, plancton y amebas, hasta que lo único que quedó de Edmond Kirsch fue una bacteria microscópica: una célula solitaria que palpitaba en el vasto océano.

—Los primeros indicios de vida —continuó el científico—. Aquí es donde nuestra observación en sentido inverso se detiene, porque se nos acaba la película. No sabemos cómo se materializaron las formas de vida más primitivas en un mar de compuestos químicos inertes. No tenemos ni la más remota idea. No podemos ver el primer fotograma de nuestra historia.

«T = 0», pensó Langdon, mientras imaginaba una película similar sobre el universo, en la que se retrocediera en el tiempo hasta que todo el cosmos se contraía en un único punto. También en ese ámbito los cosmólogos se veían enfrentados a un callejón sin salida comparable al del origen de la vida.

—La «primera causa» —anunció Edmond—. Así se refería Darwin a ese esquivo momento de la Creación. El gran naturalista demostró que la vida estaba en una evolución continua, pero no pudo averiguar cómo se había puesto en marcha el proceso. En otras palabras, la teoría de Darwin describía la supervivencia de los más fuertes, pero no explicaba su aparición.

Langdon rio entre dientes, porque nunca había oído esa idea expresada de esa forma.

—Entonces ¿cómo llegó la vida a la Tierra? O, dicho de otro modo, ¿de dónde venimos? —Edmond sonrió—. En los próximos minutos, conocerán la respuesta a esa pregunta. Pero, créanme, por muy fascinante que sea, es solo la mitad de la historia que les revelaré esta noche. —Miró a la cámara y sonrió con expresión diabólica—. De hecho, averiguar de dónde venimos es sorprendente…, pero saber adónde vamos puede resultar tremendamente impactante.

Ambra y Langdon intercambiaron una mirada de desconcierto, y aunque él intuía que aquello solo se trataba de uno de los golpes de efecto que tanto gustaban a su amigo, la afirmación aumentó su inquietud.

—El origen de la vida… —prosiguió Edmond— ha sido un auténtico misterio desde que aparecieran los primeros relatos de la Creación. Durante milenios, filósofos y científicos se han esforzado por encontrar indicios de aquel instante primigenio.

Para entonces, el científico volvía a tener entre las manos la conocida probeta con el líquido turbio en su interior.

—En los años cincuenta, dos investigadores, los químicos Miller y Urey, realizaron un audaz experimento con la esperanza de revelar el mecanismo preciso que originó la vida.

Langdon se inclinó hacia Ambra.

—Esa probeta está ahí —le susurró, señalando el expositor metálico que había apoyado sobre un pedestal, en un rincón.

La mujer pareció sorprendida.

—¿Para qué la querría Edmond?

El profesor se encogió de hombros. A juzgar por la extraña colección de objetos que había visto en el apartamento de su amigo, quizá fuera solo un retazo de la historia de la ciencia que le apetecía poseer.

Rápidamente, Edmond describió los esfuerzos de Miller y Urey para reproducir la sopa primordial y su intento de crear vida a partir de una mezcla de compuestos químicos inertes.

En la pantalla apareció entonces un descolorido artículo de The New York Times publicado el 8 de marzo de 1953. Se titulaba: «Hace dos mil millones de años».

—Como era de esperar —prosiguió Edmond—, el experimento hirió algunas sensibilidades. Sus consecuencias podrían haber sido sísmicas, sobre todo para el mundo religioso. Si por arte de magia hubiera surgido vida dentro de esta probeta, habríamos podido afirmar de manera concluyente que las leyes de la química por sí solas bastan para explicar la aparición de la vida. Ya no habríamos necesitado un ser sobrenatural que encendiera desde el cielo la chispa de la Creación. Habríamos entendido que la vida aparece sin más… como un subproducto inevitable de las leyes naturales. Y, más importante aún, habríamos llegado a la conclusión de que también debía de haber surgido en otros puntos del cosmos, del mismo modo que había aparecido en la Tierra. Habríamos tenido que aceptar necesariamente que el hombre no es un ser único, que no es el centro del universo de Dios y que no está solo.

Edmond suspiró.

—Sin embargo, como muchos de ustedes quizá sepan, el experimento de Miller-Urey fracasó. Produjo unos cuantos aminoácidos, pero nada ni por asomo cercano a la vida. En repetidas ocasiones, los químicos probaron diferentes combinaciones de ingredientes y distintos patrones de temperatura, pero todo fue en vano. Era como si la vida, como siempre habían creído los fieles, requiriera efectivamente la intervención de la mano de Dios. Al cabo de un tiempo, Miller y Urey abandonaron sus experimentos. El mundo religioso suspiró aliviado y la comunidad científica tuvo que empezar otra vez desde cero. —Hizo una pausa, y un brillo pícaro le cruzó la mirada—. Y así siguieron las cosas hasta 2007…, cuando los acontecimientos dieron un giro inesperado.

El científico contó entonces cómo habían encontrado las olvidadas probetas del experimento de Miller-Urey en un armario de la Universidad de California en San Diego, tras la muerte de Miller. Los estudiantes del anciano químico habían vuelto a analizar las antiguas muestras, utilizando técnicas mucho más sensibles y avanzadas —entre ellas la cromatografía de líquidos y la espectrometría de masas—, y los resultados habían sido sorprendentes. Por lo visto, el experimento original había producido muchos más aminoácidos y compuestos complejos de los que Miller había logrado detectar en su momento. Los nuevos análisis habían revelado varias bases nitrogenadas, unas sustancias que revisten enorme importancia, porque son los componentes básicos del ARN y quizá también… del ADN.

—Fue una noticia asombrosa —dijo Edmond—, que volvía a legitimar la idea de que quizá la vida aparece sin más… sin intervención divina. Todo parecía indicar que el experimento de Miller-Urey había funcionado. Solo que necesitaba más tiempo. Permítanme que les recuerde un aspecto clave de esta cuestión: la vida evolucionó a lo largo de miles de millones de años, y estos tubos de ensayo estuvieron guardados en un armario poco más de cincuenta. Si la línea cronológica de este experimento se midiera en kilómetros, nuestra perspectiva se reduciría únicamente al primer centímetro…

Hizo una pausa, para que el público asimilara la idea.

—Como era de esperar —prosiguió—, el hallazgo suscitó un repentino resurgimiento de la idea de que era posible crear vida en un laboratorio.

«Lo recuerdo», pensó Langdon. El Departamento de Biología de Harvard había organizado una fiesta, a la cual no se instaba a los invitados a llevar bebidas, sino —en plan de broma— «ingredientes para fabricar bacterias».

—Obviamente, los líderes religiosos modernos reaccionaron de un modo tajante —dijo Edmond, entrecomillando con los dedos la palabra «modernos».

De pronto, apareció en la pantalla la página de inicio de una web —creation.com—, que Langdon reconoció enseguida como uno de los blancos recurrentes de la ira y las burlas de su amigo. De hecho, la organización se caracterizaba por hacer gala de un intenso proselitismo creacionista, pero difícilmente podía considerarse un ejemplo del «mundo religioso moderno».

Declaraban que su objetivo era: «Proclamar la verdad y la autoridad de la Biblia, y reafirmar la veracidad de todas sus afirmaciones, en particular las del Génesis».

—Esta web —explicó Edmond— es conocida, e influyente, y enlaza literalmente con docenas de blogs sobre el peligro de recuperar la obra de Miller y Urey. Por suerte para los administradores de creation.com, sus usuarios no tienen nada que temer. Aunque este experimento sea capaz de producir vida, seguro que no se conseguirá hasta dentro de dos mil millones de años.

Edmond volvió a levantar la probeta.

—Como supondrán, nada me gustaría más que avanzar rápidamente en el tiempo, para volver a analizar el contenido de esta probeta dentro de dos mil millones de años y demostrar a los creacionistas que se equivocan. Claro que para eso necesitaría una máquina del tiempo. —Hizo una pausa, y puso una expresión divertida—. Así que… la he construido.

Langdon miró a Ambra, que apenas se había movido desde que había comenzado la presentación. Sus ojos oscuros no se apartaban de la pantalla.

—Una máquina del tiempo —continuó Edmond— no es tan difícil de construir. Ahora les enseño a qué me refiero.

Entonces apareció la sala vacía de un bar, con una mesa de billar americano en el centro. Por el fondo, entró Edmond. Encima de la mesa, las bolas estaban ordenadas en su habitual disposición triangular, a la espera del golpe inicial que las dispersara. El científico cogió un taco, se inclinó sobre la mesa y golpeó con fuerza la bola blanca, que salió despedida hacia el triángulo de bolas de colores.

Entonces, Edmond exclamó:

—¡Alto!

La bola blanca congeló mágicamente el movimiento, una fracción de segundo antes de la colisión.

—En este momento —dijo Edmond, observando el instante detenido sobre la mesa de billar—, si les pidiera que predijeran qué bolas caerán en qué troneras, ¿serían capaces de acertar? Por supuesto que no. Hay miles de desenlaces posibles para esta situación. Pero… ¿y si tuvieran una máquina del tiempo que les permitiera avanzar quince segundos en el futuro, observar lo que sucede con las bolas de billar y después regresar? Aunque no se lo crean, amigos míos, actualmente disponemos de la tecnología necesaria para hacerlo.

Edmond señaló una serie de cámaras diminutas que había instaladas sobre los bordes de la mesa.

—Utilizando unos sensores ópticos para medir la velocidad, la rotación, la dirección y el eje de giro de la bola blanca a medida que se mueve, puedo obtener una instantánea matemática del movimiento de la bola en cualquier momento dado. Y esa instantánea me permite formular predicciones sumamente precisas sobre su movimiento futuro.

Langdon recordó haber utilizado en una ocasión un simulador de golf basado en una tecnología similar, que había pronosticado con una exactitud deprimente su tendencia a enviar pelotas al bosque.

A continuación, Edmond sacó un teléfono móvil de grandes dimensiones, en cuya pantalla se veía la imagen de la mesa de billar con la bola blanca virtual detenida. Sobre la bola parecían flotar una serie de ecuaciones matemáticas.

—Conociendo con exactitud la masa, la posición y la velocidad de la bola blanca —prosiguió el científico—, puedo calcular sus interacciones con las otras bolas y predecir el resultado.

Tocó la pantalla y la bola blanca virtual cobró vida, fue a estrellarse contra el triángulo de bolas de colores, las dispersó e hizo que cuatro de ellas cayeran por cuatro troneras diferentes.

—Cuatro bolas —dijo Edmond, contemplando la pantalla del teléfono—. Un tiro bastante bueno. —Levantó la vista hacia el público—. ¿No me creen?

Hizo chasquear los dedos sobre la mesa real y, una vez liberada, la bola blanca empezó a rodar, chocó ruidosamente contra las otras y las dispersó. Las mismas cuatro bolas de la simulación cayeron por las mismas cuatro troneras.

—No es exactamente una máquina del tiempo —dijo Edmond con una sonrisa—, pero nos permite ver el futuro. Además, nos deja modificar las leyes de la física. Por ejemplo, puedo eliminar la fricción, para que las bolas nunca pierdan velocidad… y sigan rodando de forma indefinida, hasta que por fin la última caiga por una de las troneras.

Pulsó unas teclas y activó de nuevo la simulación. Esta vez, después del golpe inicial, las bolas no perdieron velocidad, sino que siguieron chocando entre sí y contra los bordes de la mesa. Una tras otra fueron cayendo por las troneras, hasta que solo quedaron dos.

—Y si me canso de esperar a que caigan las dos últimas bolas —añadió Edmond—, puedo acelerar el proceso.

Tocó la pantalla y las dos bolas restantes aceleraron hasta convertirse en dos borrones de color que circulaban a gran velocidad. Al cabo de unos segundos, también cayeron por las troneras.

—De este modo, puedo conocer el futuro mucho antes de que pase. Las simulaciones por ordenador son en realidad máquinas del tiempo virtuales. —Hizo una pausa—. Por supuesto, todo esto se basa en cálculos bastante sencillos sobre un sistema cerrado como es una mesa de billar. Pero ¿qué ocurriría con un sistema más complejo?

Edmond levantó la probeta del experimento de Miller-Urey y sonrió.

—Creo que ya se imaginan adónde quiero llegar. La creación de modelos informáticos es una especie de máquina del tiempo que nos permite vislumbrar el futuro y saber lo que sucederá… quizá incluso dentro de miles de millones de años.

Ambra cambió de posición en el sofá, sin apartar la vista de la pantalla.

—Como imaginarán —dijo Edmond—, no soy el primer científico que sueña con reproducir la sopa primordial de la Tierra. Se trata de un experimento muy fácil de concebir, pero, en la práctica, es de una complejidad espeluznante.

En la pantalla volvió a aparecer el turbulento mar primigenio, con olas enormes, entre volcanes y tormentas eléctricas.

—Para reproducir la química del océano, sería necesario realizar simulaciones a nivel molecular. Algo así como predecir el tiempo atmosférico con un nivel de precisión que nos permitiera conocer la localización exacta de cada molécula de aire en cualquier momento dado. Cualquier simulación útil del mar primordial requeriría por lo tanto un ordenador capaz no solo de aplicar las leyes de la física, la mecánica, la termodinámica, la gravitación, la conservación de la energía, etcétera, sino también las de la química, para reproducir con exactitud los enlaces que se producirían entre cada átomo, dentro del caldo bullente del océano.

La cámara virtual se sumergió bajo las olas del mar digital y la imagen se fue ampliando, hasta abarcar una sola gota de agua, donde un turbulento remolino de átomos y moléculas virtuales se combinaban, se separaban y volvían a combinarse.

—Por desgracia —prosiguió Edmond—, una simulación que ha de considerar un número tan enorme de permutaciones posibles requiere una potencia procesadora colosal, muy superior a la de cualquier ordenador existente en el mundo. —Sus ojos volvieron a brillar—. De cualquier ordenador…, excepto de uno.

Un órgano comenzó a desgranar los primeros compases de la famosa Tocata y fuga en re menor, de Bach, mientras se veía una panorámica asombrosa del gigantesco ordenador de dos pisos de Edmond.

—El E-Wave —susurró Ambra, hablando por primera vez en muchos minutos.

Langdon no apartaba la vista de la pantalla.

«Por supuesto… ¡Es genial!», pensó.

Con un acompañamiento de órgano sobrecogedor, Edmond inició un entusiasta recorrido virtual por el supercomputador, hasta revelar su «cubo cuántico». La música alcanzó el clímax con un acorde atronador. Edmond sabía sacarles el máximo partido a todos sus instrumentos.

—Lo esencial —dijo por fin el científico— es que el E-Wave puede reproducir el experimento de Miller-Urey en la realidad virtual con una precisión increíble. Como no puedo modelar todo el océano primigenio, he creado el mismo sistema cerrado en cinco litros que utilizaron ellos.

Apareció entonces en la pantalla un matraz virtual lleno de sustancias químicas. La imagen del líquido se fue ampliando cada vez más, hasta llegar a la escala atómica, con átomos que se movían en la mezcla caliente y se combinaban y recombinaban por el efecto de la temperatura, la electricidad y el movimiento.

—Este modelo incorpora todo lo que sabemos de la sopa primordial desde la época del experimento de Miller-Urey, incluida la presencia probable de radicales de hidroxilo, por el vapor de agua electrificado, y de sulfuro de carbonilo, procedente de la actividad volcánica. También tiene en cuenta las teorías sobre la influencia de una atmósfera reductora.

Dentro del líquido virtual, que seguía bullendo en la pantalla, comenzaron a formarse aglomeraciones de átomos.

—Ahora aceleremos el proceso… —dijo Edmond visiblemente emocionado, mientras el vídeo avanzaba y, en una sucesión de imágenes borrosas, se formaban compuestos cada vez más complejos—. Al cabo de una semana, comenzamos a ver los mismos aminoácidos que observaron Miller y Urey.

La imagen se difuminó una vez más, a medida que el tiempo avanzaba con más rapidez aún que antes.

—Después…, en torno al límite de los cincuenta años, empiezan a aparecer indicios de los componentes del ARN que hemos mencionado hace un momento.

El líquido seguía arremolinándose en una turbulencia cada vez mayor.

—Pero ¡dejé que el proceso continuara! —exclamó Edmond, elevando más y más el tono.

Las moléculas de la pantalla continuaban combinándose y la complejidad de las estructuras aumentaba, a medida que la simulación avanzaba siglos, milenios y millones de años a un ritmo vertiginoso. Mientras las imágenes cambiaban a una velocidad imposible de seguir con la vista, Edmond preguntó invadido por la alegría:

—¿Y a que no imaginan qué apareció al final en el interior del matraz?

Langdon y Ambra se adelantaron en el asiento, expectantes.

De repente, la expresión de felicidad de Edmond dio paso a otra de decepción total.

—Nada. Absolutamente nada —dijo—. Ni rastro de vida. Ninguna reacción química espontánea; ningún instante de la Creación. Tan solo una mezcla de compuestos químicos inertes. —Dejó escapar un suspiro apesadumbrado—. Solamente cabía una conclusión lógica. —Miró con tristeza a la cámara y anunció—: Para crear vida… es necesaria la intervención de Dios.

Langdon no daba crédito a sus oídos.

«¿Qué está diciendo?».

Al cabo de un momento, una tenue sonrisa comenzó a iluminar el rostro de Edmond.

—O también podría ser —continuó— que hubiera olvidado un ingrediente esencial de la receta.

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