Origen

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Capítulo 93

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El joven que apareció en la pantalla mural de Edmond era el físico Jeremy England. Alto y muy delgado, su barba enmarañada enmarcaba una sonrisa de aturdimiento. Estaba de pie, delante de una pizarra llena de ecuaciones matemáticas.

—En primer lugar —dijo England, en tono cordial y sencillo—, permítame aclararle que esto no es una teoría demostrada, sino solo una idea. —Se encogió de hombros con modestia—. Aunque debo reconocer que si alguna vez conseguimos probar su validez, las repercusiones podrían ser de gran alcance.

Durante los tres minutos siguientes, el físico expuso su nueva idea, que resultaba inesperadamente simple, como la mayoría de los conceptos capaces de trastrocar los paradigmas más arraigados.

Según la teoría de Jeremy England —si Langdon la había comprendido bien—, el universo funcionaba con una única directriz y un solo objetivo.

Dispersar energía.

Dicho en términos sencillos, cuando el universo encontraba energía concentrada en determinadas áreas, la diseminaba. El ejemplo clásico, que ya había mencionado Kirsch, era la taza de café caliente sobre la encimera de la cocina. Siempre se enfriaba, dispersando el calor hacia las otras moléculas de la habitación, de acuerdo con la segunda ley de la termodinámica.

Langdon comprendió de pronto por qué le había preguntado Edmond por los diferentes mitos de la Creación, todos los cuales contenían imágenes de energía o de luz que se expandía indefinidamente e iluminaba las tinieblas.

Pero England contemplaba un giro inesperado, relacionado con el modo en que el universo dispersaba la energía.

—Sabemos que el universo favorece la entropía y el desorden —afirmó el joven físico—. ¿No es sorprendente entonces encontrar tantos ejemplos de moléculas que se organizan?

En la pantalla volvieron a verse varias imágenes que ya habían aparecido anteriormente: el vórtice de un tornado, el ondulado lecho de un río, un copo de nieve…

—Todos estos —dijo England— son ejemplos de «estructuras disipativas», colecciones de moléculas ordenadas de tal manera que contribuyen a una dispersión más eficaz de la energía concentrada en el sistema.

England ilustró la idea con rapidez, señalando que los tornados eran la forma que tenía la naturaleza de eliminar una concentración de altas presiones, convirtiéndola en fuerza rotatoria que al cabo de un tiempo se agotaba. Lo mismo podía decirse de las ondulaciones que se producían en los lechos de los ríos, que interceptaban la energía de las corrientes y la disipaban. Los copos de nieve dispersaban la energía solar, formando estructuras multifacéticas que reflejaban caóticamente la luz en todas las direcciones.

—Dicho de otro modo —prosiguió el joven físico—, la materia se autoorganiza para dispersar mejor la energía. —Sonrió—. En su intento de promover el desorden, la naturaleza crea pequeñas islas de orden. Esas islas son estructuras que intensifican el caos en un sistema y, por lo tanto, incrementan la entropía.

Langdon no había caído en ello hasta ese momento, pero England tenía razón: había ejemplos por todas partes. Pensó en un relámpago. Cuando una nube se organizaba con una carga de electricidad estática, el universo producía la descarga del rayo. En otras palabras, las leyes de la física creaban mecanismos para dispersar energía. El rayo disipaba la energía de la nube hacia la tierra y la diseminaba, lo que incrementaba la entropía total del sistema.

«Para crear caos de manera más eficiente —pensó Langdon—, hace falta un poco de orden».

Abstraído, se preguntó si las bombas atómicas podrían considerarse instrumentos de entropía: pequeñas islas de materia cuidadosamente organizada, que servían para sembrar el caos. De pronto, visualizó el símbolo matemático de la entropía y se dio cuenta de que parecía representar una explosión o tal vez el big bang: una dispersión de energía en todas direcciones.

—¿Adónde nos lleva todo esto? —dijo England en la pantalla—. ¿Qué tiene que ver la entropía con el origen de la vida? —Se acercó a la pizarra—. Pues bien, resulta que la vida es un instrumento excepcionalmente eficaz para disipar energía.

England dibujó en la pizarra un sol que irradiaba energía sobre un árbol.

—Un árbol, por ejemplo, absorbe la intensa energía del sol, la utiliza para crecer y emite radiación infrarroja, una forma mucho menos concentrada de energía. La fotosíntesis es una máquina entrópica sumamente eficaz. El árbol disuelve y debilita la energía concentrada del sol, lo que resulta en un incremento global de la entropía del universo. Lo mismo puede decirse de todos los organismos vivos, incluidos los humanos, que consumimos materia organizada en forma de comida, la convertimos en energía y la dispersamos de nuevo hacia el universo con el calor que irradiamos. En términos generales —añadió England—, estoy convencido de que la vida no solo obedece a las leyes de la física, sino que además se originó a causa de esas leyes.

Langdon sintió un escalofrío mientras consideraba la lógica del argumento, que le pareció bastante sencilla y directa. Si la luz del sol incidía sobre la tierra fértil, las leyes físicas del suelo creaban una planta para contribuir a dispersar esa energía. Si las fuentes hidrotermales sulfurosas del fondo del océano creaban zonas de agua hirviente, la vida se materializaba en esos puntos para diseminar energía.

—Espero encontrar algún día la manera de demostrar que la vida realmente surgió de forma espontánea de la materia inerte… como resultado directo de las leyes de la física —prosiguió England.

«Fascinante —reflexionó Langdon—. ¡Por fin una teoría científica clara sobre la manera en que pudo generarse la vida… sin intervención divina!».

—Soy una persona religiosa —dijo England—; pero aun así, mi fe, lo mismo que mi ciencia, siempre está en constante evolución. Considero que mi teoría es agnóstica en temas de espiritualidad. Sencillamente, intento describir cómo son las cosas en el universo y dejo las connotaciones espirituales a los clérigos y a los filósofos.

«Un joven sensato —pensó Langdon—. Aunque si alguna vez se demuestra su teoría, sus efectos caerán como una bomba sobre el mundo».

—De momento —dijo England—, pueden estar tranquilos. Por razones obvias, se trata de una teoría extremadamente difícil de demostrar. Mi equipo y yo tenemos varias ideas para desarrollar modelos de sistemas disipativos en el futuro, pero todas requieren muchos años de trabajo.

La imagen de England se desvaneció y en la pantalla volvió a aparecer Edmond, de pie junto a su ordenador cuántico.

—Pero yo no necesito muchos años de trabajo. Ese tipo de modelos es justo lo que he estado estudiando en los últimos tiempos.

Se dirigió hacia su escritorio.

—Si la teoría del profesor England es correcta, todo el sistema operativo del cosmos podría resumirse en una sola instrucción que prevalece sobre todas las demás: «¡Hay que dispersar energía!».

El científico se sentó a su escritorio y se puso a escribir como un poseso en un teclado de grandes dimensiones. Las pantallas que tenía delante se llenaron de líneas extrañas de código informático.

—Me llevó varias semanas reprogramar todo el experimento fracasado, para incorporar al sistema una directriz fundamental, una razón de ser: lo instruí para que dispersara energía a toda costa. Insté a la máquina a ser tan creativa como fuera posible en su esfuerzo por incrementar la entropía dentro de la sopa primordial. Y le di permiso para que construyera todas las herramientas que considerara necesarias para conseguirlo.

Edmond dejó de teclear e hizo girar su silla de oficina para quedar de cara al público.

—Después, puse en marcha el modelo, y sucedió algo increíble. Descubrí que había acertado al identificar el «ingrediente olvidado» en mi sopa primigenia virtual.

Absortos, Langdon y Ambra contemplaban fijamente la pantalla mural, donde comenzaron a aparecer los gráficos animados del modelo informático de Edmond. Una vez más, la cámara virtual se sumergió en la turbulenta sopa primordial y amplió la imagen hasta la escala atómica, donde los elementos químicos saltaban, se combinaban y volvían a separarse, para combinarse otra vez entre sí.

—Cuando aceleré el proceso para simular el transcurso de cientos de años —dijo Edmond—, vi que los aminoácidos de Miller-Urey cobraban forma.

Los conocimientos químicos de Langdon no eran muy profundos, pero reconoció la imagen de una cadena proteica básica. A medida que la simulación avanzaba, presenció la formación de moléculas cada vez más complejas, que se combinaban en cadenas de hexágonos semejantes a las celdas de un panal.

—¡Nucleótidos! —exclamó Edmond, mientras los hexágonos seguían fusionándose—. ¡Estamos siendo testigos del paso de miles de años! ¡Y si aceleramos un poco más, podremos vislumbrar los primeros indicios de estructuración!

Mientras hablaba, una de las cadenas de nucleótidos comenzó a enroscarse para formar una espiral.

—¡¿Lo ven?! —exclamó el científico—. ¡Han pasado millones de años y el sistema está intentando construir una estructura! ¡Trata de fabricar una estructura para dispersar la energía, tal y como England ha pronosticado!

A medida que el tiempo avanzaba en el modelo, Langdon vio con sorpresa que la pequeña espiral se dividía en dos espirales gemelas y se expandía, hasta formar la doble hélice de la molécula más famosa del planeta.

—Dios mío, Robert… —susurró Ambra, con los ojos muy abiertos—. ¿Eso de ahí es…?

—ADN —anunció Edmond, mientras congelaba la simulación en un fotograma—. Ahí está. El ADN: la base de la vida. El código viviente de la biología. Y se preguntarán ustedes: ¿por qué un sistema construiría ADN en su intento de dispersar mejor la energía? Muy sencillo: porque dos cabezas trabajan mejor que una, y cuatro, mejor que dos. Un bosque difunde más luz solar que un árbol aislado. Si uno es un instrumento de entropía, la manera más sencilla de trabajar más y mejor será desdoblándose en innumerables copias de uno mismo.

La cara de Edmond volvió a aparecer en la pantalla.

—Cuando hice avanzar esta simulación más allá de este punto, fui testigo de algo absolutamente mágico: ¡el despegue de la evolución darwiniana! —Hizo una pausa que duró varios segundos—. No podía ser de otra manera —prosiguió—. La evolución es el modo que tiene el universo de poner a prueba y perfeccionar constantemente sus instrumentos. Los más eficientes sobreviven y se reproducen. Siguen mejorando y se vuelven cada vez más complejos y más eficientes todavía. Con el tiempo, algunos de esos instrumentos asumen el aspecto de árboles, y otros acaban pareciéndose… a nosotros.

En ese momento, Edmond parecía flotar en la oscuridad del espacio, con la esfera azul de la Tierra a su espalda.

—¿De dónde venimos? —preguntó—. A decir verdad, no venimos de ningún lugar… y a la vez venimos de todas partes. Procedemos de las mismas leyes de la física que han creado la vida en todo el cosmos. No somos especiales. Existimos con o sin Dios. Somos el resultado inevitable de la entropía. La vida no es el propósito del universo. La vida es solo aquello que el universo crea y reproduce con el fin de dispersar energía.

Langdon se sentía extrañamente desconcertado y no estaba seguro de haber asimilado del todo el alcance de lo que estaba anunciando Edmond. No le cabía la menor duda de que su simulación alteraría por completo el paradigma vigente del universo y causaría transformaciones profundas en muchas disciplinas científicas. Pero en lo tocante a la religión, no estaba seguro de que fuera a producirse ningún cambio en el punto de vista de la gente. Durante siglos, la mayoría de los fieles habían preferido hacer caso omiso a grandes cantidades de datos científicos y a la lógica racional, para proteger su fe.

Ambra parecía estar luchando interiormente con sus propias reacciones. Su expresión oscilaba entre la admiración más sincera y la indecisión cautelosa.

—Amigos míos —dijo Edmond—, si han seguido mi presentación, comprenderán la enorme importancia de lo que acabo de anunciarles. Y si todavía no están convencidos, no se vayan, porque este descubrimiento ha dado pie a otra revelación todavía más significativa.

Hizo una pausa.

—Saber de dónde venimos… no es ni la mitad de asombroso que averiguar hacia dónde vamos.

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