Origen

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Capítulo 95

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«Dios no es necesario —pensó Langdon, mientras recordaba lo que acababa de decir Edmond—. La vida surgió espontáneamente, por efecto de las propias leyes de la física».

La generación espontánea había sido muy debatida en el plano teórico por algunas de las mentes más importantes de la ciencia, y esa noche Edmond Kirsch había defendido con argumentos sólidos que realmente se había producido.

«Nadie hasta ahora había conseguido demostrarla…, ni había ideado un mecanismo para explicarla».

En la pantalla, la simulación de Edmond de la sopa primordial era un hervidero de diminutas formas de vida virtuales.

—Mientras observaba mi floreciente modelo —explicó Edmond—, me pregunté qué pasaría si permitía que siguiera avanzando. ¿Rebasaría en algún momento los límites del matraz original, para producir todo el reino animal, incluida la especie humana? ¿Y si lo dejaba avanzar más? ¿Produciría el siguiente paso de la evolución y nos revelaría adónde vamos, si le concedía tiempo suficiente?

El científico apareció de nuevo al lado del E-Wave.

—Por desgracia, ni siquiera este ordenador es capaz de manejar un modelo de tal magnitud, por lo que tuve que buscar la manera de reducir el alcance de la simulación. Y encontré una fuente de inspiración bastante inesperada para desarrollar la técnica que necesitaba: ¡las animaciones de Walt Disney!

La imagen se transformó de pronto en una antigua película en blanco y negro de dibujos animados bidimensionales. Langdon reconoció enseguida el clásico de Walt Disney de 1928: Steamboat Willie.

—El arte de la animación ha avanzado con rapidez en los últimos noventa años: desde el rudimentario sistema que permitía ver a Mickey Mouse en movimiento si se pasaban velozmente las páginas de un libro, hasta los deslumbrantes largometrajes de los últimos tiempos.

La pantalla se dividió y, junto a los dibujos animados antiguos, apareció una escena hiperrealista de acción de una película de animación reciente.

—Este salto cualitativo es comparable a los tres mil años de evolución que median entre las pinturas rupestres y las obras maestras de Miguel Ángel. Como futurólogo, me fascinan todos los ámbitos que registran avances vertiginosos —prosiguió Edmond—. La técnica que ha hecho posible este salto, según me he podido informar, se llama «tweening» y es un atajo que utilizan los artistas de la animación para generar por ordenador las escenas intermedias entre dos fotogramas. De ese modo, la primera imagen se transforma en la segunda con fluidez, sin que haya saltos bruscos entre ambas. En lugar de dibujar a mano cada fotograma, un esfuerzo que en mi caso podría compararse con el de modelar cada pequeño paso del proceso evolutivo, los artistas de hoy en día solo dibujan las escenas más importantes… y después le indican al ordenador que cree por interpolación las escenas intermedias y rellene así el resto del proceso. Eso es el tweening, una aplicación muy obvia de la capacidad de computación, que yo sin embargo no conocía. Cuando supe de su existencia, me di cuenta de que era la clave para descifrar nuestro futuro.

Ambra se volvió hacia Langdon con mirada interrogante.

—¿Adónde quiere llegar?

Antes de que el profesor pudiera considerar una respuesta, una nueva imagen apareció en la pantalla.

—La evolución humana —dijo Edmond—. Esta imagen se asemeja en cierta manera a una de esas animaciones que cobraban vida al pasar velozmente las páginas de un libro. Gracias a la ciencia, hemos podido reconstruir varios de sus fotogramas: chimpancé, australopiteco, Homo habilis, Homo erectus, neandertal… Sin embargo, las transiciones entre las especies siguen siendo poco claras.

Tal y como Langdon esperaba, Edmond describió la idea de utilizar el tweening para rellenar las lagunas de la evolución humana. Señaló que diversos proyectos internacionales de secuenciación de genomas —humano, paleoesquimal, neandertal, de los chimpancés…— habían empleado fragmentos de huesos para obtener el mapa genético completo de una docena de eslabones intermedios entre el chimpancé y el Homo sapiens.

—Sabía que si utilizaba esos genomas primitivos como fotogramas clave —explicó Edmond—, podría programar al E-Wave para que construyera un modelo evolutivo capaz de enlazarlos entre sí, como si se tratara de uno de esos pasatiempos de «unir los puntos», pero aplicado al terreno evolutivo. Para comenzar, me centré en un rasgo sencillo: el tamaño del cerebro, un indicador muy preciso de la evolución intelectual.

En la pantalla apareció un gráfico.

—Además de trazar el mapa de algunos parámetros estructurales generales, como el tamaño del cerebro, el E-Wave elaboró mapas similares de marcadores genéticos más sutiles que influyen sobre ciertas capacidades cognitivas, como el reconocimiento espacial, la amplitud del vocabulario, la memoria a largo plazo o la capacidad de procesamiento.

En la pantalla surgieron varios gráficos similares, todos los cuales reflejaban un crecimiento exponencial.

—Entonces el E-Wave produjo una simulación sin precedentes de la evolución intelectual a través del tiempo. —Volvió a aparecer la cara de Edmond—. «¿Por qué?», se preguntarán ustedes. ¿Por qué preocuparnos por identificar los procesos que hicieron de nosotros la especie intelectualmente dominante? Porque si descubrimos un patrón, una tendencia, el ordenador podrá decirnos hacia dónde nos llevará esa tendencia en el futuro. —Sonrió—. Si les digo «dos, cuatro, seis, ocho…», ustedes enseguida dirán «diez». En esencia, lo que hice fue pedirle al E-Wave que pronosticara qué será ese «diez». Si la máquina consigue simular la evolución intelectual hasta el momento presente, podemos formularle la pregunta obvia: «¿qué pasará después?», «¿cómo será el intelecto humano dentro de quinientos años?». En otras palabras: «¿adónde vamos?».

Aquella perspectiva fascinó a Langdon, y aunque no tenía suficientes conocimientos de genética ni de informática para evaluar la precisión de las predicciones de Edmond, el concepto le pareció sumamente ingenioso.

—La evolución de una especie —dijo Edmond— siempre está vinculada al ambiente donde vive. Por eso le pedí al E-Wave que superpusiera a la primera simulación un segundo modelo: una simulación ambiental del mundo actual. Fue muy fácil, porque todas las noticias sobre cultura, política, ciencia, meteorología y tecnología están ampliamente disponibles en la red. Instruí al ordenador para que prestara especial atención a los factores que pudieran afectar al desarrollo futuro del cerebro humano: nuevos fármacos, técnicas médicas experimentales, contaminación, elementos culturales y otros aspectos. —Edmond hizo una pausa—. Entonces —anunció—, puse en marcha el programa.

En ese momento, el rostro del futurólogo llenaba toda la pantalla y miraba a la cámara.

—Cuando hice avanzar la simulación… sucedió algo inesperado. —Desvió la mirada, de forma casi imperceptible, y después volvió a mirar al espectador—. Inesperado y profundamente perturbador.

Langdon notó que Ambra sofocaba una exclamación.

—Repetí todo el proceso desde el principio —prosiguió Edmond, arrugando el entrecejo—. Pero, por desgracia, el resultado fue el mismo.

Langdon percibió un trasfondo de auténtico miedo en los ojos de su amigo.

—Volví a repasar los parámetros —dijo—, reprogramé todo el modelo, cambié las variables y repetí la simulación una y otra vez. Pero el resultado siempre fue el mismo.

El profesor se preguntó si Edmond habría descubierto que el intelecto humano, después de incontables milenios de progreso, había entrado en declive. De hecho, había indicios alarmantes de que en realidad estaba sucediendo algo así.

—Los datos me preocupaban —dijo Edmond— y no acababa de entenderlos. Por eso le pedí al ordenador que los analizara. El E-Wave me presentó su evaluación de la manera más clara para mí. Me hizo un dibujo.

En la pantalla apareció un gráfico con la línea cronológica de los últimos cien millones de años de evolución animal. Era un tapiz complejo y colorido lleno de burbujas horizontales que se expandían y se contraían a lo largo del tiempo, para representar la aparición y desaparición de las especies. En el lado izquierdo del gráfico dominaban los dinosaurios, que en ese punto de la historia del planeta ya habían alcanzado la culminación de su desarrollo. Su burbuja era la más ancha de todas y se volvía todavía más extensa con el tiempo, hasta contraerse de golpe unos sesenta y cinco millones de años atrás, coincidiendo con su extinción masiva.

—Aquí pueden ver una línea cronológica de las formas de vida dominantes en la Tierra —explicó Edmond—, representadas según su población, su posición en la cadena alimentaria, su supremacía sobre las otras especies y su influencia global en el planeta. Esencialmente, se trata de una representación visual de quién manda en la Tierra en cada momento.

Langdon siguió con la vista el diagrama, a medida que las distintas burbujas se expandían y se contraían, indicando la aparición, la proliferación y la desaparición de grandes poblaciones de especies diferentes.

—El amanecer del Homo sapiens —prosiguió Edmond— se produjo hace doscientos mil años, pero no llegamos a ser lo bastante influyentes para aparecer en este gráfico hasta hace sesenta y cinco mil años, cuando inventamos el arco y la flecha, y mejoramos nuestra eficiencia como depredadores.

Langdon desvió la mirada hacia el punto correspondiente del gráfico, donde aparecía por primera vez una delgada burbuja azul con la etiqueta: «Homo sapiens». La burbuja se iba expandiendo poco a poco, casi de forma imperceptible, hasta el año 1000 a. C., cuando la expansión se volvía más rápida y pronto alcanzaba a ser casi exponencial.

Al llegar al extremo derecho del diagrama, la burbuja azul se había expandido hasta ocupar casi todo el ancho de la pantalla.

«La humanidad actual —pensó Langdon—: con mucha diferencia, la especie más dominante e influyente del planeta».

—Como era de esperar —dijo Edmond—, en el año 2000, que es el punto donde termina este gráfico, los humanos aparecemos como la especie más importante de la Tierra. No hay ninguna otra que se nos pueda comparar. —Hizo una pausa—. Sin embargo, aquí ya pueden ver indicios de la aparición de… otra burbuja.

La cámara se acercó, para enseñar un puntito negro que empezaba a formarse bajo la abultada burbuja azul de la especie humana.

—Una nueva especie ha entrado en juego —anunció Edmond.

Langdon miró la mancha negra, pero le pareció insignificante en comparación con la extensa burbuja azul: una diminuta rémora adherida al vientre de una ballena gigantesca.

—Es cierto que esta recién llegada parece inofensiva —afirmó Edmond—; pero si seguimos avanzando desde el año 2000 hasta el presente, verán que la nueva especie sigue entre nosotros y no para de crecer.

El diagrama se extendió hasta el momento presente, y Langdon sintió una opresión en el pecho. La burbuja negra se había expandido enormemente en las últimas dos décadas y ya ocupaba más de la cuarta parte del ancho de la pantalla. Era evidente que comenzaba a competir con el Homo sapiens por la influencia y el predominio.

—Pero… ¿qué es? —preguntó Ambra inquieta, en un susurro.

—No tengo ni idea —contestó Langdon—. ¿Algún tipo de virus aletargado?

Hizo un repaso mental de la lista de virus agresivos que habían causado estragos en diversas regiones del mundo en los últimos tiempos, pero no podía imaginar una especie que se extendiera con tanta rapidez sin que nadie lo notara.

«¿Una bacteria procedente del espacio?».

—Esta nueva especie es muy insidiosa —prosiguió Edmond—. Se propaga de forma exponencial y amplía sin descanso su área de influencia. Y lo más importante de todo es que evoluciona… con mucha más rapidez que los humanos. —Edmond volvió a mirar a la cámara, con una expresión terriblemente seria—. Por desgracia, si dejo que la simulación siga avanzando, aunque solo sea unas décadas en el futuro, los resultados son estos.

El diagrama volvió a expandirse y la línea cronológica llegó al año 2050.

Langdon se puso de pie de repente por la sorpresa y se quedó mirando el gráfico, sin dar crédito a lo que veían sus ojos.

—¡Dios mío! —murmuró Ambra horrorizada, llevándose una mano a la boca.

El diagrama mostraba con claridad la amenazadora burbuja negra, que se dilataba a un ritmo trepidante, y entonces, hacia el año 2050, engullía por completo la burbuja azul de la humanidad.

—Siento tener que enseñarles esto —dijo Edmond—, pero en todas las simulaciones que he programado, el resultado siempre es el mismo. La especie humana evoluciona hasta nuestro momento histórico actual y entonces, de manera abrupta, una nueva especie se materializa y nos borra de la faz de la Tierra.

Mientras contemplaba el alarmante gráfico, Langdon se repetía que no era más que un modelo informático. Sabía muy bien que ese tipo de imágenes tenía la capacidad de afectar a los humanos en un nivel mucho más visceral que los datos numéricos puros. Además, el diagrama de Edmond parecía apuntar a un hecho irrevocable, como si la extinción humana ya se hubiera producido.

—Amigos míos —dijo Edmond con expresión sombría y el mismo tono que habría empleado para anunciar la colisión inminente de un asteroide—, nuestra especie está al borde de la extinción. Llevo toda la vida haciendo predicciones y, en este caso concreto, he analizado los datos en todos los niveles. Puedo asegurarles con un elevado grado de certeza que la raza humana, tal y como la conocemos, no habitará este mundo dentro de cincuenta años.

El desconcierto inicial de Langdon se convirtió con rapidez en escepticismo y rabia contra su amigo.

«¡¿Qué estás haciendo, Edmond?! ¡Estás siendo tremendamente irresponsable! ¡Se trata solo de un modelo informático! ¡Podría haber miles de errores en tus datos! La gente te respeta y te cree… ¡Vas a provocar una histeria colectiva!».

—Una última cosa —dijo Edmond, con una expresión cada vez más apesadumbrada—. Si se fijan bien en la simulación, verán que esta nueva especie no nos elimina del todo, sino que… nos absorbe.

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