Origen
Capítulo 96
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«¿La otra especie nos absorbe?».
Sumido en el silencio y perplejo, Langdon intentó adivinar qué pretendía decir su amigo. La frase invocaba imágenes aterradoras de las películas de ciencia ficción de Alien, donde una especie dominante utilizaba a los humanos como simples incubadoras para reproducirse.
Langdon se volvió para mirar a Ambra, que estaba acurrucada en el sofá, con las rodillas recogidas contra el pecho y la vista fija en el diagrama de la pantalla. El profesor trató de imaginar otra interpretación posible de los datos, pero la conclusión parecía inevitable.
Según la simulación de Edmond, la raza humana sería engullida por una nueva especie en el transcurso de las décadas siguientes. Y lo más espeluznante de todo era que esa especie ya vivía en la Tierra y no dejaba de crecer en silencio.
—Obviamente —dijo el científico desde la pantalla—, no podía revelar esta información hasta averiguar cuál era esa nueva especie. Por eso, ahondé en los datos y, al cabo de innumerables simulaciones, conseguí identificar al misterioso recién llegado.
En la pantalla apareció entonces un diagrama sencillo, que Langdon reconoció enseguida porque lo había estudiado en la escuela. Era la jerarquía taxonómica de los seres vivos, dividida en los «seis reinos de la vida»: animales, plantas, protistas, hongos, eubacterias y arqueobacterias.
—Cuando identifiqué este organismo nuevo y floreciente —prosiguió Edmond—, comprendí que asumía formas demasiado diversas para ser una sola especie. Desde el punto de vista taxonómico, era demasiado variado para considerarlo un orden. Ni siquiera me pareció apropiado clasificarlo como un filo. —El científico miró directamente a la cámara—. Me di cuenta de que nuestro planeta estaba siendo ocupado por algo mucho más grande, algo que solo podía clasificarse como un nuevo reino.
En un instante, Langdon comprendió a qué se refería su amigo.
«El séptimo reino».
Sobrecogido, vio cómo el científico revelaba la noticia al mundo. Langdon ya había oído hablar de ese reino emergente en una conferencia TED que había impartido no hacía mucho el periodista especializado en cultura digital Kevin Kelly. El nuevo reino, profetizado por algunos de los primeros escritores de ciencia ficción, tenía un aspecto que lo diferenciaba de todos los demás.
Sus miembros no estaban vivos.
Esas especies inanimadas evolucionaban casi exactamente como si tuvieran vida: se volvían cada vez más complejas, se adaptaban, se propagaban a nuevos ambientes y ponían a prueba nuevas variantes, algunas de las cuales sobrevivían, mientras que otras se extinguían. Esos nuevos organismos, espejo perfecto del cambio adaptativo darwiniano, se habían desarrollado a una velocidad vertiginosa y habían formado un nuevo reino —el séptimo—, que ya ocupaba un lugar junto al de los animales y todos los demás.
Tenía un nombre: «Technium».
Edmond se embarcó entonces en una descripción deslumbrante del reino más reciente de la vida en el planeta, que abarcaba toda la tecnología. Explicó que las nuevas máquinas prosperaban o desaparecían obedeciendo a la ley darwiniana de la supervivencia del más fuerte. Tenían que adaptarse constantemente a su ambiente, desarrollar rasgos nuevos para sobrevivir y, si tenían éxito, reproducirse con la mayor celeridad posible para acaparar los recursos disponibles.
—El fax ha corrido la misma suerte que el pájaro dodo —prosiguió Edmond— y el iPhone tan solo sobrevivirá si ofrece mejores prestaciones que su competencia. Las máquinas de escribir y el motor de vapor murieron en entornos cambiantes, pero la Enciclopedia británica evolucionó: sus gruesos treinta y dos volúmenes desarrollaron patas digitales, como los peces pulmonados, y se expandieron hacia territorios desconocidos, donde actualmente prosperan.
Langdon visualizó la cámara Kodak de su infancia, que entonces era el tiranosaurio de las cámaras fotográficas familiares, pero había sido barrida en un abrir y cerrar de ojos por la fotografía digital.
—Hace unos quinientos mil millones de años —continuó Edmond—, la vida en nuestro planeta experimentó un auge repentino: la explosión del Cámbrico, cuando la mayoría de las especies del mundo aparecieron casi de la noche a la mañana. Ahora somos testigos de una explosión comparable del Technium. Todos los días surgen especies tecnológicas nuevas, que evolucionan a un ritmo trepidante, y cada tecnología se convierte en instrumento para crear más tecnologías nuevas. La invención del ordenador ha hecho posible la construcción de instrumentos asombrosos, desde teléfonos inteligentes hasta naves espaciales y robots cirujanos. Estamos presenciando una explosión de la innovación mucho más rápida de lo que puede abarcar nuestra mente. Y nosotros somos los creadores de ese nuevo reino, el reino del Technium.
La pantalla volvió a enseñar la perturbadora imagen de la expansión de la burbuja negra, que absorbía a la azul.
«¿La tecnología está matando a la humanidad?». Aunque a Langdon la idea le parecía aterradora, su intuición le decía que era sumamente improbable. En su opinión, la idea de un futuro distópico al estilo de Terminator, donde las máquinas empujaran a los humanos a la extinción, era contraria a las leyes de la evolución darwiniana. «Los humanos controlamos la tecnología y tenemos un instinto de supervivencia muy arraigado; por lo tanto, nunca permitiremos que la tecnología nos elimine».
Incluso mientras esa secuencia de conceptos lógicos desfilaba por su mente, el profesor sabía que estaba siendo demasiado ingenuo. La interacción con Winston, la inteligencia artificial que había diseñado Edmond, le había ofrecido una rara oportunidad de conocer de cerca los últimos avances en ese campo. Y aunque esa inteligencia artificial en concreto ansiaba satisfacer los deseos de su creador, Langdon se preguntaba cuánto tiempo pasaría antes de que otras máquinas semejantes a Winston comenzaran a tomar decisiones en su propio interés.
—Evidentemente, muchos pensadores antes que yo han pronosticado la aparición de este reino de la tecnología —prosiguió Edmond—, pero yo he conseguido generarlo en un modelo informático… y mostrar lo que hará con nuestra especie.
Señaló la burbuja más oscura, que para el año 2050 ocupaba toda la pantalla, lo que indicaba un predominio total en el planeta.
—Debo reconocer que, a primera vista, esta simulación pinta un panorama bastante sombrío… —Hizo una pausa y su mirada recuperó el brillo habitual—. Pero es necesario que observemos un poco más de cerca este fenómeno.
La burbuja oscura se fue ampliando cada vez más, hasta que Langdon pudo observar que su tono ya no era negro, sino morado.
—Como pueden ver, al absorber la burbuja azul de la humanidad, la burbuja negra de la tecnología adquiere un tono diferente, un matiz violáceo, como si los dos tonos se hubieran combinado.
Langdon se preguntó si eso sería bueno o malo.
—Lo que estamos viendo aquí es un proceso evolutivo poco frecuente, denominado «endosimbiosis obligada» —explicó Edmond—. Por lo general, la evolución es un proceso de bifurcaciones sucesivas: una especie origina dos especies nuevas. Pero a veces, en raras circunstancias, cuando dos especies se necesitan la una a la otra para sobrevivir, el proceso se invierte… y en lugar de que una especie se bifurque en dos nuevas, dos especies se fusionan en una sola.
Ese concepto de fusión le recordó a Langdon el sincretismo, según el cual dos religiones diferentes se combinaban para originar una fe totalmente nueva.
—Si no creen que los humanos y la tecnología se fusionarán —dijo Edmond—, miren a su alrededor.
Por la pantalla desfiló una rápida sucesión de imágenes de personas que sostenían teléfonos móviles, usaban gafas de realidad virtual o se ajustaban auriculares conectados a dispositivos con Bluetooth. También había gente que corría con reproductores de música sujetos al brazo, una familia cenando con un altavoz inteligente en el centro de la mesa y una niña que jugaba en la cuna con una tableta electrónica.
—Esto no es más que el comienzo de la simbiosis —anunció Edmond—. Ahora empezamos a implantarnos chips informáticos en el cerebro y a inyectarnos en la sangre nanobots consumidores de colesterol, que convivirán con nosotros toda la vida. Fabricamos brazos y manos artificiales que podemos controlar directamente con la mente y utilizamos herramientas de ingeniería genética, como el CRISPR, para modificar nuestro genoma y conseguir versiones mejoradas de nosotros mismos.
Para entonces, la expresión de Edmond casi resplandecía de felicidad e irradiaba pasión y entusiasmo.
—Los humanos estamos evolucionando hacia algo diferente —anunció—. Nos estamos convirtiendo en una especie híbrida, una fusión de biología y tecnología. Los mismos instrumentos que hoy viven fuera de nuestros cuerpos, como los teléfonos móviles, los audífonos, las gafas correctoras y todo tipo de fármacos, dentro de cincuenta años estarán incorporados en nuestros organismos, hasta el extremo de que ya no podremos considerarnos Homo sapiens.
Una imagen familiar reapareció detrás de Edmond: la representación gráfica de la evolución humana.
—En un abrir y cerrar de ojos —prosiguió el científico—, pasaremos a la siguiente página del libro animado de la evolución. Y cuando lo hayamos hecho, echaremos la vista atrás y veremos al actual Homo sapiens del mismo modo que ahora vemos a los neandertales. Nuevas tecnologías, como la cibernética, la inteligencia sintética, la criónica, la ingeniería molecular y la realidad virtual alterarán para siempre lo que significa ser humano. Sé perfectamente que muchos de ustedes, como Homo sapiens, se consideran la especie elegida de Dios, y comprendo que esta noticia pueda parecerles el fin del mundo. Pero les ruego que confíen en mí: el futuro será mucho más radiante de lo que imaginan.
Con una efusión repentina de esperanza y optimismo, el gran futurólogo se embarcó en una descripción exaltada del porvenir, una visión del futuro diferente de cualquiera de las que Langdon se había atrevido a imaginar.
De manera sumamente convincente, Edmond describió un futuro donde la tecnología había llegado a ser tan barata y omnipresente que había eliminado la brecha entre ricos y pobres; donde las tecnologías ambientales suministraban agua potable, comida nutritiva y acceso a energías limpias a miles de millones de personas; donde las enfermedades como el cáncer de Edmond habían sido erradicadas, gracias a la medicina genómica; donde el impresionante poder de internet se canalizaba al fin para llevar la educación a los rincones más remotos del mundo, y donde las líneas de montaje robotizadas liberaban a los trabajadores de las tareas repetitivas, para que pudieran dedicarse a ámbitos más gratificantes, que a su vez abrían nuevos horizontes previamente imposibles de imaginar. Y, por encima de todo, describió un futuro donde las tecnologías avanzadas creaban tal abundancia de recursos básicos que ya no era necesario ir a la guerra para disputarse su control.
Mientras escuchaba la visión del mañana de Edmond, Langdon sintió una emoción que no había experimentado en muchos años y supo que en ese preciso instante muchos millones de espectadores estarían sintiendo lo mismo que él: una oleada inesperada de optimismo y fe en el futuro.
—Solo lamento una cosa respecto a esta nueva era de los milagros. —La voz de Edmond se quebró con repentina emoción—. Lamento que no estaré aquí para verla. No se lo he dicho ni siquiera a mis amigos más íntimos, pero desde hace un tiempo padezco una enfermedad bastante grave… Por desgracia, no viviré eternamente, como había planeado —añadió, con una sonrisa conmovedora—. Cuando vean esto, probablemente me quedarán pocas semanas de vida…, quizá tan solo unos días. Quiero que sepan, amigos míos, que dirigirme a ustedes esta noche ha sido el mayor honor y el placer más grande de mi vida. Les agradezco su atención.
Ambra se había puesto de pie junto a Langdon. Los dos escuchaban con admiración y tristeza el discurso que su amigo dirigía al mundo.
—Nos encontramos en un extraño punto de inflexión de la historia —prosiguió Edmond—, una época de agitación mundial en la que nada parece ser como habíamos imaginado. Pero la incertidumbre siempre precede a los grandes cambios. Siempre hay inquietud y miedo antes de las transformaciones más profundas. Debemos depositar toda nuestra fe en la creatividad humana y en el amor, porque esas dos fuerzas, cuando se combinan, tienen el poder de iluminar las tinieblas.
Langdon miró a Ambra y notó que la mujer estaba llorando de emoción. Con cuidado, le pasó un brazo por los hombros, mientras escuchaba las últimas palabras de su amigo agonizante:
—En nuestro progreso hacia un mañana aún por definir, nos transformaremos en algo muy grande que ni siquiera podemos imaginar, con capacidades que superarán todas nuestras fantasías. Mientras tanto, no olvidemos nunca la sabia advertencia de Churchill: «El precio de la grandeza… es la responsabilidad».
Esas palabras resonaron en la mente de Langdon, que con frecuencia se había preguntado si la humanidad sería lo bastante responsable para manejar las potentísimas armas que estaba creando.
—Aunque soy ateo —dijo Edmond—, voy a pedirles, antes de despedirme, que me permitan recitarles una oración que escribí hace poco.
«¿Edmond escribió una plegaria?».
—La he titulado Oración por el futuro. —Cerró los ojos y comenzó a hablar despacio y con una convicción asombrosa—: «Ojalá nuestra tecnología nunca deje atrás nuestra filosofía. Ojalá nuestro poder nunca supere nuestra compasión. Y que el motor del cambio no sea el miedo, sino el amor».
Entonces Edmond Kirsch abrió los ojos.
—Adiós, amigos. Muchas gracias —dijo—. Hasta siempre.
Miró un momento a la cámara y después su rostro desapareció en un agitado mar del ruido blanco de la señal audiovisual. Langdon se quedó mirando la pantalla, abrumado por el increíble orgullo que le había hecho sentir su amigo.
De pie junto a Ambra, imaginó a los millones de personas de todo el mundo que acababan de presenciar el conmovedor momento estelar de Edmond. Curiosamente, se sorprendió pensando que quizá la última noche de su amigo en el mundo se había desarrollado de la mejor manera posible.