Origen
Capítulo 97
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Con la espalda apoyada en la pared del fondo del despacho de Mónica Martín, el comandante Diego Garza miraba la pantalla con expresión vacía. Todavía estaba esposado y lo vigilaban dos agentes de la Guardia Real que, a instancias de la propia coordinadora de relaciones públicas, habían aceptado dejarlo salir de la armería para que pudiera ver la presentación de Kirsch.
Garza había presenciado el espectáculo del futurólogo junto a Mónica, Suresh, media docena de guardias y diversos miembros del personal nocturno del palacio, que habían abandonado sus puestos para correr al sótano a ver la retransmisión.
Para entonces, la imagen del científico había sido sustituida en la pantalla por un mosaico de programas de noticias de todo el mundo, con diversos periodistas y expertos que resumían las afirmaciones del científico y desarrollaban sus inevitables análisis, hablando todos a la vez, en una cacofonía ininteligible.
Al otro lado de la sala, uno de los agentes de mayor graduación a las órdenes de Garza recorrió con la mirada al grupo, localizó a su comandante y se dirigió hacia él con grandes zancadas. Sin ninguna explicación, le retiró las esposas y le entregó un teléfono móvil.
—Una llamada para usted, señor. De monseñor Valdespino.
Garza miró el aparato. Teniendo en cuenta que el obispo se había marchado del palacio en secreto y que en su teléfono había aparecido un mensaje que lo incriminaba, Valdespino era la última persona de quien Garza esperaba una llamada esa noche.
—Aquí Garza —respondió.
—Gracias por ponerse —dijo el obispo con voz cansada—. Soy consciente de que debe de haber pasado una noche muy desagradable, comandante.
—¿Dónde están? —preguntó Garza.
—En la sierra. Delante de la basílica del Valle de los Caídos. Acabo de reunirme con don Julián y con Su Majestad.
Garza no imaginaba qué podía estar haciendo el rey en el Valle de los Caídos a esa hora de la madrugada, sobre todo considerando su precario estado de salud.
—Supongo que ya sabe que Su Majestad ha ordenado mi arresto…
—Sí. Ha sido un error lamentable, que ya ha corregido.
El comandante se miró las muñecas, libres al fin de las esposas.
—El rey me ha pedido que le transmita sus disculpas. Voy a quedarme a su lado, aquí, en el hospital de El Escorial. Me temo que se aproxima su fin.
«Y también el suyo, monseñor», pensó Garza.
—Si me permite, debo hacerle saber que Suresh ha encontrado un mensaje en su teléfono, con un texto bastante incriminatorio… Creo que ConspiracyNet.com planea hacerlo público dentro de poco y, cuando eso suceda, lo más probable es que lo arresten.
Valdespino dejó escapar un suspiro.
—Ah, sí, el mensaje… Debí llamarlo, comandante, en cuanto lo recibí. Créame, por favor, cuando le digo que no he tenido nada que ver con el asesinato de Edmond Kirsch, ni con la muerte de ninguno de mis dos colegas.
—Pero el mensaje lo incrimina claramente…
—Me están tendiendo una trampa —lo interrumpió el obispo—. Alguien está haciendo todo lo posible para señalarme como culpable.
Aunque Garza no consideraba a Valdespino capaz de asesinar a nadie, la idea de que alguien quisiera incriminarlo en falso tampoco le parecía lógica.
—¿Quién puede querer acusarlo?
—No lo sé —respondió el obispo, con una voz que de pronto le pareció la de un hombre muy anciano y abatido—. Pero creo que todo esto ya no tiene importancia. Han destrozado mi reputación, y mi mejor amigo, el rey, se está muriendo. Ya no me queda mucho más que pueda perder esta noche.
Un espeluznante tono de fatalidad dominaba las palabras del obispo.
—¿Se encuentra bien, monseñor?
Valdespino suspiró.
—No del todo. Estoy cansado y dudo que sobreviva a la investigación que se abrirá próximamente. Y aunque lo haga, tengo la impresión de que el mundo ya no me necesita.
Garza percibía un profundo dolor en la voz del obispo.
—¿Puedo pedirle un pequeño favor? —añadió Valdespino—. En este momento, estoy intentando servir a dos reyes: uno que abandona el trono y otro que asciende. Don Julián lleva toda la noche tratando de hablar con su prometida. Si pudiera encontrar la manera de ponerse en contacto con Ambra Vidal, comandante, nuestro futuro rey le estaría muy agradecido.
Desde la amplia explanada que se abría delante de la iglesia en la montaña, el obispo Valdespino contempló el oscuro valle. Una neblina precursora del alba envolvía los barrancos poblados de pinos. En algún lugar, a lo lejos, el grito agudo de un ave de presa desgarró la noche.
«Un buitre negro», pensó Valdespino, que curiosamente encontró agradable el sonido. El quejumbroso gemido del ave le pareció apropiado para el momento y le hizo preguntarse si tal vez el mundo intentaba decirle algo.
A escasa distancia, unos agentes de la Guardia Real estaban llevando al agotado monarca hacia su vehículo para trasladarlo al hospital de El Escorial.
«Iré a acompañarte, amigo mío —pensó el obispo—, si me dejan…».
Los agentes tenían la vista fija en las pantallas de sus móviles, pero en varias ocasiones levantaron la cabeza y miraron a Valdespino, como si sospecharan que pronto recibirían la orden de arrestarlo.
«Y sin embargo, soy inocente —pensó el obispo, que aunque no se lo había dicho a nadie, estaba convencido de que uno de los impíos seguidores de Kirsch, uno de sus admiradores expertos en informática, le había tendido una trampa—. En las crecientes filas del ateísmo, nada produce más satisfacción que presentar a un hombre de la Iglesia en el papel de villano».
Sus sospechas se habían intensificado tras saber cómo acababa la presentación de Kirsch que habían difundido esa madrugada. A diferencia del vídeo que el futurólogo les había enseñado en la biblioteca de Montserrat, la versión definitiva finalizaba con una nota de esperanza.
«Kirsch nos engañó».
La presentación que habían visto Valdespino y sus colegas unos días antes terminaba abruptamente… con la imagen de un gráfico aterrador que pronosticaba el exterminio de la humanidad.
«Una extinción catastrófica. El Apocalipsis tantas veces profetizado».
Aunque el obispo estaba convencido de que la predicción era falsa, sabía que innumerables personas la aceptarían como prueba de un cataclismo inminente.
A lo largo de la historia, infinidad de fieles temerosos habían sido víctimas de profecías apocalípticas, y numerosas sectas que anunciaban el fin del mundo habían promovido suicidios colectivos para eludir los horrores futuros, por no hablar de los creyentes que habían agotado el crédito de sus tarjetas, pensando que no tendrían que pagar la deuda, ante la proximidad del juicio final.
«No hay nada más perjudicial para los niños que la pérdida de la esperanza», pensó Valdespino, mientras recordaba que la combinación del amor de Dios y la promesa de una recompensa en el cielo había sido la fuerza inspiradora de su infancia. «Dios es mi creador —había aprendido de niño— y algún día conoceré la vida eterna en el reino del Señor».
Kirsch había proclamado lo contrario: «Soy un accidente cósmico y pronto estaré muerto».
Al obispo lo preocupaba profundamente el daño que el mensaje de Kirsch podía causar a las personas humildes que carecían de la riqueza y los privilegios del futurólogo, a las personas que a diario se veían obligadas a luchar solo para comer o cubrir las necesidades más básicas de sus hijos, a aquellos que necesitaban vislumbrar un destello de esperanza divina para levantarse cada día y hacer frente a las dificultades de la vida.
La razón por la que Kirsch había decidido mostrar el final apocalíptico solo a los líderes religiosos siempre sería un misterio para Valdespino. «¿Quizá para no revelar antes de tiempo su gran sorpresa? —pensó—. ¿O tal vez simplemente para atormentarnos?».
En cualquier caso, el daño ya estaba hecho.
En el otro extremo de la explanada, el príncipe Julián estaba ayudando cariñosamente a su padre a acomodarse en su vehículo. El joven había asimilado bastante bien la confesión del monarca.
«El secreto que Su Majestad guarda desde hace décadas».
Como era lógico, el obispo Valdespino conocía desde hacía muchos años el secreto del rey y lo había guardado bajo el más estricto silencio. Esa noche, el monarca había decidido sincerarse con su único hijo y, al hacerlo en ese lugar —en ese templo de la intolerancia—, su acción había adquirido un carácter de desafío simbólico.
En ese momento, mientras contemplaba el profundo valle que se abría a sus pies, el obispo se sintió profundamente solo… y notó en su interior el impulso de dar un paso más y sumirse para siempre en aquella oscuridad acogedora.
Sin embargo, sabía que si lo hacía, la banda de ateos de Kirsch proclamaría con júbilo que Valdespino había perdido la fe tras el anuncio científico de esa noche.
«Mi fe nunca morirá, señor Kirsch, porque está fuera del alcance de su ciencia».
Además, si la profecía sobre el predominio tecnológico se cumplía, entonces la humanidad estaba a punto de entrar en un período de ambigüedad ética casi inimaginable.
«Necesitamos más que nunca la fe y su guía moral».
Mientras Valdespino atravesaba la explanada para reunirse de nuevo con el rey y el príncipe Julián, una abrumadora sensación de cansancio se le asentó en los huesos.
En ese momento, por primera vez en su vida, habría deseado simplemente acostarse, cerrar los ojos y quedarse dormido para siempre.