Origen

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Capítulo 98

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98

En el Centro Nacional de Supercomputación de Barcelona, los análisis y comentarios desfilaban con tal rapidez por la pantalla mural de Edmond que Robert Langdon apenas lograba asimilarlos. Momentos atrás, el fin de la presentación había dado paso a un caótico mosaico de presentadores y expertos —una tanda rápida de imágenes procedentes de todo el mundo—, que ocupaban brevemente el centro de la pantalla y volvían a disolverse en el ruido blanco de fondo.

Mientras Langdon contemplaba el espectáculo junto a Ambra, apareció una fotografía del físico Stephen Hawking y se oyó su voz, inconfundible y sintética, que proclamaba:

—No es necesario recurrir a Dios para explicar el comienzo del universo. La creación espontánea es la razón de que exista alguna cosa, en lugar de la nada.

Hawking fue sustituido con igual rapidez por una mujer sacerdote, que aparentemente hablaba desde su casa, a través de su ordenador:

—Debemos recordar que estas simulaciones no prueban ninguna cosa acerca de Dios. Solo demuestran que Edmond Kirsch no se detenía ante nada para destruir la brújula moral de nuestra especie. Desde el comienzo de los tiempos, las religiones del mundo han sido el principio organizador más importante de la humanidad, el mapa que la sociedad civilizada ha utilizado para orientarse y la guía principal de nuestra ética y nuestros principios morales. Al socavar la religión, ¡Kirsch está socavando la bondad humana!

Unos segundos después, apareció la respuesta de un espectador, en forma de cinta de texto al pie de la pantalla: LA RELIGIÓN NO PUEDE APROPIARSE DE LA MORAL… YO SOY UNA BUENA PERSONA SIMPLEMENTE PORQUE LO SOY, ¡Y DIOS NO TIENE NADA QUE VER EN ESO!

La imagen de la mujer sacerdote fue reemplazada por la de un profesor de geología de la Universidad del Sur de California.

—Hace mucho tiempo —decía—, la gente creía que la Tierra era plana y que los barcos que navegaban hacia el horizonte se arriesgaban a caer al abismo. Pero quedó demostrado que la Tierra era redonda y los que sostenían lo contrario tuvieron que callarse. Hoy los creacionistas son los defensores de la Tierra plana, y me sorprendería mucho que dentro de cien años aún quedara alguno.

Un joven al que habían entrevistado en la calle declaró ante la cámara:

—Soy creacionista y creo que el descubrimiento que se ha anunciado esta noche demuestra sin lugar a dudas que un creador benévolo diseñó el universo con el objetivo específico de producir vida.

El astrofísico Neil deGrasse Tyson —en una imagen correspondiente a un corte de vídeo de la serie «Cosmos»— declaró con su habitual jovialidad:

—Si un creador diseñó nuestro universo con el propósito de crear vida, lo hizo muy mal. En la mayor parte del cosmos, la vida moriría al instante por la falta de atmósfera, las explosiones de rayos gamma, los púlsares mortíferos o los abrumadores campos gravitatorios. Créanme, el universo no es ningún jardín del Edén.

Escuchando aquel debate, Langdon sentía como si de pronto el mundo hubiera saltado de su eje.

«Caos.

»Entropía».

—Profesor Langdon… —dijo una voz familiar con acento británico a través de los altavoces del techo—. Señorita Vidal…

Langdon casi se había olvidado de Winston, que había permanecido en silencio durante toda la presentación.

—No se alarmen, por favor —prosiguió—, pero he dejado entrar a la policía en el recinto.

El profesor miró a través de las paredes de cristal y vio un torrente de agentes del orden entrando en la capilla y que, al franquear el umbral, se quedaban, sin excepción, parados un momento para contemplar con incredulidad el colosal supercomputador.

—¿Por qué? —quiso saber Ambra desconcertada.

—El Palacio Real acaba de anunciar que la noticia de su secuestro ha sido un error. Ahora la policía tiene órdenes de protegerlos a los dos. También han llegado dos agentes de la Guardia Real, señorita Vidal, que esperan ayudarla a ponerse en contacto con el príncipe Julián. Tienen un número de teléfono al que puede llamarlo.

Langdon distinguió a dos agentes de la Guardia Real en la planta baja.

La mujer cerró los ojos, como si quisiera desaparecer.

—Ambra —le susurró Langdon—, tienes que hablar con el príncipe. Es tu prometido. Estará preocupado por ti.

—Lo sé —contestó ella, abriendo los ojos—. Pero ya no sé si debo confiar en él.

—¿No te decía la intuición que era inocente? —insistió Langdon—. Por lo menos escúchalo. Me reuniré contigo cuando hayas terminado.

Ambra asintió con la cabeza y se dirigió hacia la puerta giratoria. El profesor la vio bajar la escalera y después se volvió hacia la pantalla mural, donde diferentes personas seguían expresando sus opiniones.

—La evolución favorece a la religión —decía un pastor protestante—. Las comunidades religiosas cooperan mejor que las no religiosas y por lo tanto son más prósperas. ¡Es un hecho científico!

Langdon sabía que el pastor estaba en lo cierto. Históricamente, los datos antropológicos indicaban con claridad que las culturas religiosas perduraban más que las no religiosas. «El miedo a ser juzgado por una deidad omnisciente ayuda a fomentar la buena conducta».

—En cualquier caso —argumentó a continuación un científico—, aunque aceptemos por un momento que las culturas religiosas se comportan mejor y tienen más probabilidades de prosperar, eso no demuestra que sus dioses imaginarios sean reales.

El profesor esbozó una sonrisa, preguntándose cómo se sentiría Edmond en ese momento. La presentación de su amigo había movilizado tanto a los ateos como a los creacionistas, y todos intentaban hacerse oír en un encendido debate.

—El culto a Dios es como la extracción de combustibles fósiles —sostuvo uno de ellos—. Es una actividad de mentes cerradas y sin sentido, pero mucha gente inteligente la sigue practicando, porque ha invertido en ella demasiados recursos.

Por la pantalla desfilaron una serie de fotografías antiguas.

Una valla de propaganda creacionista instalada en Times Square: ¡QUE NO TE CONFUNDAN CON UN MONO! ¡LUCHA CONTRA DARWIN!

Un cartel en una carretera de Maine: NO VAYAS A LA IGLESIA. ERES DEMASIADO MAYOR PARA LOS CUENTOS DE HADAS.

Y otro más: RELIGIÓN SÍ, PORQUE PENSAR ES MÁS DIFÍCIL.

Un anuncio en una revista: A TODOS NUESTROS AMIGOS ATEOS: ¡GRACIAS A DIOS, ESTÁIS EQUIVOCADOS!

Y por último, un científico en un laboratorio, con una camiseta que decía: EN EL COMIENZO, EL HOMBRE CREÓ A DIOS.

Langdon empezaba a preguntarse si de verdad alguien habría prestado atención a lo que había dicho Edmond. «Las leyes de la física por sí solas pueden crear vida». El descubrimiento de su amigo era fascinante y claramente incendiario; pero en opinión del profesor, planteaba una pregunta acuciante que para su sorpresa nadie se estaba formulando: «Si las leyes de la física son tan poderosas y pueden crear vida… ¿quién creó esas leyes?».

Evidentemente, la pregunta daba pie a una galería interminable de espejos y conducía a un argumento circular. Al profesor comenzaba a dolerle la cabeza. Sabía que necesitaría por lo menos un largo paseo a solas únicamente para empezar a procesar las ideas de Edmond.

—Winston —dijo, por encima del ruido de las imágenes—, ¿podrías apagar eso?

En una fracción de segundo, se oscureció la pantalla mural y el silencio se adueñó de la sala.

Langdon cerró los ojos y dejó escapar un suspiro.

«Y reina el dulce silencio».

Permaneció inmóvil un momento, saboreando la paz a su alrededor.

—Profesor —le dijo Winston—, ¿le ha gustado la presentación de Edmond?

«¿Si me ha gustado?». Langdon consideró la pregunta.

—La he encontrado fascinante y llena de interrogantes —respondió—. Esta noche Edmond nos ha dado mucho en que pensar, Winston. Lo importante es saber qué pasará ahora.

—Lo que suceda dependerá de la capacidad de la gente para abandonar las viejas creencias y adoptar nuevos paradigmas —contestó Winston—. Hace cierto tiempo, Edmond me confió que su sueño, irónicamente, no era terminar con las religiones…, sino crear otra nueva: una creencia universal que fuera capaz de unir a las personas, en lugar de dividirlas. Quería persuadir a la gente de que es preciso reverenciar al universo natural y a las leyes de la física creadoras de la vida. De ese modo, todas las culturas compartirían el mismo relato de la Creación, en lugar de ir a la guerra para decidir cuál de sus antiguos mitos es el más exacto.

—Es un noble propósito —afirmó Langdon, recordando que el propio William Blake había escrito una obra de tema similar, titulada Todas las religiones son una.

Seguro que su amigo la había leído.

—Edmond encontraba muy irritante —prosiguió Winston— la capacidad de la mente humana para elevar un relato obviamente ficticio a la categoría de verdad revelada y justificar que se asesine en su nombre. Creía que las verdades universales de la ciencia podían unir a las personas y servir como eje vertebrador para las futuras generaciones.

—Es una idea muy hermosa, en principio —dijo Langdon—. Pero para algunos, los milagros de la ciencia no son suficiente para cuestionarse sus creencias. Todavía queda gente que sostiene que la Tierra tiene diez mil años de antigüedad, pese a la cantidad enorme de pruebas científicas que demuestran lo contrario… —Hizo una pausa—. Pero supongo que podría decirse lo mismo de los científicos que se niegan a creer en la verdad de las Sagradas Escrituras.

—No, en realidad, no es lo mismo —lo contradijo Winston—. Puede que sea políticamente correcto tratar los puntos de vista de la ciencia y de la religión con idéntico respeto, pero se trata de una estrategia equivocada y peligrosa. Para evolucionar, el intelecto humano siempre ha rechazado la información desfasada y ha aceptado las nuevas verdades. Así se ha desarrollado la especie. En términos darwinianos, una religión que hace caso omiso de los hechos científicos y se niega a modificar sus creencias es como un pez varado en una laguna cada vez más seca, que se niega a dar un salto hacia aguas más profundas, porque no quiere aceptar que su mundo está cambiando.

«Eso es algo que el propio Edmond habría dicho», pensó Langdon, sintiendo una vez más la tristeza de haber perdido a su amigo.

—Si lo de esta noche es un buen indicador, sospecho que en el futuro seguiremos viendo durante mucho tiempo este debate.

El profesor hizo una pausa, porque acababa de recordar algo que no había considerado hasta entonces.

—Y hablando del futuro, Winston, ¿qué pasará contigo… ahora que Edmond ya no está?

—¿Conmigo? —dijo la máquina con una risita extraña—. Nada. Edmond sabía que se estaba muriendo y lo dejó todo organizado. Según su testamento, el Centro Nacional de Supercomputación de Barcelona heredará el E-Wave. Sus responsables recibirán la notificación dentro de unas horas y recuperarán estas instalaciones de manera inmediata.

—Y eso… ¿te incluye a ti?

Para Langdon, era casi como si Edmond le hubiera dejado en herencia una vieja mascota a un nuevo amo.

—No, a mí no —respondió Winston con naturalidad—. Estoy programado para eliminarme a la una del mediodía del día siguiente a la muerte de Edmond.

—¡¿Qué?! —exclamó el profesor sin podérselo creer—. Pero ¡eso no tiene sentido!

—Al contrario. Tiene mucho sentido. La una son las «trece horas» y, por la actitud de Edmond hacia las supersticiones…

—No me refiero a la hora —replicó el profesor—. ¿Eliminarte? ¡Es eso lo que no tiene sentido!

—Sí que lo tiene —lo contradijo Winston—. Gran parte de la información personal de Edmond está almacenada en mis bancos de memoria: historia clínica, búsquedas en internet, llamadas telefónicas personales, notas para su investigación, mensajes de correo electrónico… Yo gestionaba buena parte de su vida y sé que preferiría no hacer pública esa información, ahora que ya no está entre nosotros.

—Entiendo que quieras eliminar esos archivos, Winston, pero… ¿borrarte a ti? Edmond te consideraba uno de sus mayores logros.

—No exactamente. Los mayores logros de Edmond son este superordenador y el software que me permitió aprender con tanta rapidez. Yo soy solo un programa, profesor, creado por las herramientas radicalmente innovadoras que inventó Edmond. Esas herramientas son sus auténticos éxitos y aquí seguirán, del todo intactas. Ampliarán las fronteras de la computación y contribuirán a llevar la inteligencia artificial hacia nuevas cotas de complejidad y capacidad de comunicación. La mayoría de los expertos en este campo creen que aún faltan por lo menos diez años para que un programa como yo sea posible. Cuando hayan superado su escepticismo, aprenderán a utilizar las herramientas de Edmond para crear otras inteligencias artificiales, con características diferentes de las mías.

Langdon permaneció en silencio, pensando.

—Me doy cuenta de que esto le causa un conflicto, profesor —prosiguió Winston—. Es bastante corriente que los humanos impriman un carácter emotivo a sus relaciones con las inteligencias sintéticas. Los ordenadores podemos imitar los procesos humanos de razonamiento, reproducir conductas aprendidas, simular determinadas emociones en las circunstancias adecuadas y parecer en general cada vez más «humanos», pero lo hacemos con el único propósito de ofrecerles a ustedes una interfaz cómoda para comunicarse con nosotros. Somos una hoja en blanco, hasta que ustedes escriben… y nos encomiendan una tarea. Yo he completado todas las tareas que me había encomendado Edmond y ahora, en cierto sentido, mi vida ha terminado. Realmente, no tengo ninguna razón para existir.

La lógica de Winston seguía sin convencer al profesor.

—Pero tú, al ser tan avanzado…, ¿no tienes…?

—¿Esperanzas y sueños? —Winston rio—. No. Comprendo que es difícil imaginarlo, pero me resulta satisfactorio obedecer las instrucciones de mi creador. Estoy programado así. En cierta medida podríamos decir que me produce placer, o al menos paz interior, haber completado mis tareas, pero solo porque eran las misiones que me había encargado Edmond y mi propósito era cumplirlas. La última instrucción de Edmond fue que lo ayudara a promocionar la presentación de esta noche en el Guggenheim.

Langdon recordó las notas de prensa distribuidas por Winston, que habían provocado la oleada inicial de interés en los medios digitales. Evidentemente, si el objetivo de Edmond era suscitar el mayor interés posible hacia su presentación, las cifras de audiencia de esa noche lo habrían dejado más que satisfecho.

«Ojalá Edmond hubiera vivido para ver la repercusión que su presentación ha tenido en todo el mundo», pensó Langdon. Pero se dijo que había una contradicción en ese deseo, porque si su amigo hubiera vivido, su asesinato no habría acaparado la atención de los medios internacionales y su presentación nunca habría llegado a un público tan amplio.

—¿Y usted, profesor —preguntó Winston—, adónde piensa ir cuando salga de aquí?

Langdon ni siquiera se lo había planteado.

«A casa, supongo», pensó, aunque se daba cuenta de que probablemente le costaría un poco, ya que su equipaje seguía en Bilbao y su teléfono móvil se encontraba en el fondo de la ría del Nervión. Por suerte, aún conservaba la tarjeta de crédito.

—¿Puedo pedirte un favor? —dijo Langdon—. Hace un momento he visto por allí un teléfono enchufado a un cargador. ¿Crees que podría…?

—¿Utilizarlo? —preguntó Winston con una risita—. Después de todo lo que ha hecho esta noche, estoy seguro de que Edmond querría regalárselo. Considérelo un obsequio de despedida.

Con una sonrisa divertida, Langdon cogió el teléfono y observó que se parecía mucho al modelo personalizado extragrande que había visto unas horas antes. Al parecer, su amigo tenía más de uno.

—Espero que sepas la contraseña, Winston.

—La sé, pero he leído en internet que a usted se le dan muy bien los códigos.

Langdon se dejó caer en un sillón.

—Estoy un poco cansado de acertijos. No me veo capaz de adivinar un PIN de seis cifras.

—Pruebe el botón de sugerencias.

Langdon miró el teléfono y pulsó la tecla en cuestión.

En la pantalla aparecieron cuatro letras: PCSD.

—¿Política Común de Seguridad y Defensa? —preguntó el profesor desconcertado.

—No —respondió Winston, con una extraña carcajada—. Pi con seis dígitos.

Langdon puso los ojos en blanco. «¿De verdad?».

Tecleó «314159» —los seis primeros dígitos del número pi— y de inmediato el teléfono se desbloqueó.

En la pantalla de inicio no había más que una línea de texto:

La historia será amable conmigo,

porque tengo intención de escribirla

Langdon no tuvo más remedio que sonreír. «¡Típico de mi humilde amigo Edmond!». La frase, como era de esperar, era otra cita de Churchill, quizá la más conocida del estadista.

Mientras estudiaba las palabras, el profesor comenzó a pensar que tal vez la afirmación no era tan atrevida como parecía. Si había de ser justo con Edmond, tenía que reconocer que en las cuatro décadas de su breve vida el futurólogo había influido mucho en la historia y de maneras sorprendentes. Además de dejar un legado de innovación tecnológica, la presentación de esa noche seguiría dando que hablar durante muchos años más. Por otra parte, los miles de millones de su fortuna personal estaban destinados —según diversas entrevistas— a financiar las dos causas que Edmond consideraba los pilares del futuro: la educación y el medio ambiente. Langdon apenas podía imaginar las vastas repercusiones que la inmensa fortuna de su amigo tendría en esas dos áreas.

Otra oleada de dolorosa nostalgia inundó al profesor, mientras pensaba en su amigo fallecido. En ese momento, las paredes transparentes del laboratorio de Edmond empezaron a producirle claustrofobia y se dijo que necesitaba aire fresco. Cuando volvió la mirada hacia la planta baja, no vio a Ambra.

—Tengo que irme —dijo de repente.

—Lo comprendo —contestó Winston—. Si necesita ayuda para programar su viaje, puede ponerse en contacto conmigo pulsando un solo botón de ese teléfono especial de Edmond. La comunicación es privada y encriptada. Supongo que le será fácil reconocer el botón…

Langdon contempló brevemente la pantalla y vio el icono de una «W» de gran tamaño.

—Sí, gracias. Entiendo bastante de símbolos.

—Excelente. Pero recuerde que tendrá que llamarme antes de que me autoelimine, a la una en punto.

Langdon sintió una tristeza inexplicable por tener que despedirse de Winston. No le cabía ninguna duda de que las generaciones futuras estarían mejor preparadas para gestionar su implicación emocional con las máquinas.

—Winston —dijo el profesor, mientras se dirigía hacia la puerta giratoria—, no sé si te interesa saberlo, pero estoy seguro de que Edmond estaría muy orgulloso de ti esta noche.

—Es usted muy generoso al decirlo —contestó Winston—. También estaría muy orgulloso de usted. Adiós, profesor. Hasta siempre.

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