Origen

Origen


Capítulo 99

Página 104 de 113

99

En el hospital de El Escorial, el príncipe Julián cubrió afectuosamente con las sábanas los hombros de su padre y lo arropó para la noche. Pese a la insistencia del médico, el rey había rechazado con amabilidad toda continuación del tratamiento, incluido el monitor cardíaco y la vía intravenosa para los nutrientes y calmantes.

Julián intuía la proximidad del fin.

—Padre —susurró—, ¿le hace sufrir mucho el dolor?

El médico había dejado un frasco de solución de morfina oral con un pequeño aplicador en la mesilla de noche, como precaución.

—Un poco, pero no me importa. —El monarca sonrió débilmente a su hijo—. Estoy en paz. Has dejado que te revelara el secreto que llevaba guardando tanto tiempo. Te lo agradezco.

Julián le cogió una mano y la mantuvo entre las suyas, por primera vez desde la infancia.

—Todo está en orden, padre. Ahora duerma.

El rey dejó escapar un suspiro de satisfacción y cerró los ojos. Al cabo de unos segundos, su respiración delató que se había quedado dormido.

El príncipe se levantó y bajó las luces de la habitación. En ese momento, el obispo Valdespino se asomó desde el pasillo, con expresión de inquietud.

—Está durmiendo —lo tranquilizó Julián—. Puedes pasar a hacerle compañía.

—Gracias —respondió Valdespino, y entró. Su cara demacrada adquirió un aspecto fantasmagórico a la luz de la luna que se filtraba por la ventana—. Julián… —susurró—, lo que te ha dicho tu padre esta noche… Ha sido muy difícil para él.

—Y para ti también, supongo.

El obispo asintió.

—Quizá más incluso para mí. Gracias por tu comprensión —añadió, dándole al príncipe una suave palmada en el hombro.

—En realidad, siento que soy yo el que debería darte las gracias a ti —dijo Julián—. Durante todos estos años, después de la muerte de mi madre… mi padre no volvió a casarse… y yo creía que estaba solo.

—Tu padre nunca ha estado solo —dijo Valdespino—, ni tú tampoco. Los dos te queremos mucho. —El obispo dejó escapar una risa triste—. Es curioso. Aunque el suyo fue un matrimonio acordado, tu padre sentía un profundo afecto por la reina. Sin embargo, cuando ella murió, supongo que comprendió que finalmente podía ser fiel a sí mismo.

«No volvió a casarse —pensó Julián—, porque amaba a otra persona».

—Tus creencias religiosas… —dijo el príncipe—, ¿no te creaban un conflicto?

—Un conflicto enorme. —Suspiró el obispo—. Nuestra fe es muy clara en ese sentido. Mi juventud fue un tormento. Cuando fui consciente de mi «inclinación», como lo llamaban entonces, caí en la desesperación. No sabía muy bien qué hacer con mi vida, hasta que una monja me salvó. Me hizo ver que la Biblia enaltece todos los tipos de amor, con una condición: que sean espirituales, y no carnales. Por lo tanto, el voto de celibato me permitió amar a tu padre con todo mi corazón y conservar al mismo tiempo la pureza ante los ojos de Dios. Nuestro amor ha sido del todo platónico y, aun así, profundamente satisfactorio. Rechacé un cardenalato para no alejarme de su lado.

En ese instante, Julián recordó algo que su padre le había dicho mucho tiempo atrás: «El amor pertenece a otra esfera. No podemos fabricarlo por encargo, ni tampoco controlarlo cuando aparece. El amor no depende de nuestras decisiones».

De pronto, el príncipe sintió una opresión en el corazón y pensó en Ambra.

—Te llamará —le dijo Valdespino, observándolo.

A Julián no dejaba de asombrarle la pasmosa capacidad del obispo para leer su alma.

—Quizá sí —contestó—, o quizá no. Es muy independiente y tenaz.

—Y su firmeza de ánimo es una de las cosas que te atraen de ella. —Valdespino sonrió—. El trabajo de rey es muy solitario. Tener a tu lado a una persona fuerte puede ser muy importante.

Julián sintió que el obispo se estaba refiriendo a su relación con el monarca… y también, al mismo tiempo, que el anciano acababa de bendecir su relación con Ambra.

—Esta noche, en el Valle de los Caídos —dijo el príncipe—, mi padre me ha pedido algo que no me esperaba. ¿A ti te ha sorprendido?

—No, en absoluto. Te ha pedido algo que siempre ha deseado para España. Para él habría sido demasiado complicado conseguirlo, dadas las circunstancias políticas. Puede que para ti, que no eres de una generación tan cercana a la época de Franco, sea más fácil.

A Julián le emocionaba la perspectiva de cumplir de ese modo la voluntad de su padre.

Menos de una hora antes, desde su silla de ruedas en el santuario del dictador, el rey le había expuesto sus deseos:

—Hijo mío, cuando seas rey, te pedirán a diario que destruyas este lugar de vergüenza, que lo dinamites y lo sepultes para siempre en el interior de la montaña. —Su padre lo observó atentamente—. Pero yo te suplico que no sucumbas a esas presiones.

Las palabras del monarca sorprendieron a Julián. El rey siempre había despreciado el despotismo de la época franquista y consideraba ese santuario una desgracia nacional.

—Demoler esta basílica —prosiguió el monarca— sería fingir que nuestra historia no ha existido. Sería una manera fácil de seguir nuestro camino, convencidos de que es imposible volver a tener otro dictador. Pero ¡no es así! Lo tendremos si no estamos alerta. Seguramente conoces las palabras de nuestro compatriota Jorge Santayana…

—«Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo» —dijo Julián, que había estudiado en la escuela el conocido aforismo.

—Exacto —contestó su padre—. Y la historia ha demostrado en repetidas ocasiones que siempre habrá lunáticos deseosos de hacerse con el poder, en sucesivas oleadas de nacionalismo agresivo y de intolerancia, incluso en lugares donde tal cosa habría parecido imposible. —El monarca se inclinó hacia su hijo, y el tono de su voz se volvió más intenso—. Julián, hijo mío, pronto ascenderás al trono de este maravilloso país: un Estado moderno y en constante evolución, que como muchas otras naciones ha atravesado períodos oscuros, pero ha salido nuevamente a la luz de la democracia, la tolerancia y el amor. Sin embargo, esa luz se apagará si no la usamos para iluminar las mentes de las generaciones futuras.

El rey sonrió y sus ojos se iluminaron con una vitalidad inesperada.

—Julián, rezo para que cuando seas rey puedas convencer a nuestro glorioso país de que es preciso convertir este lugar en algo mucho más poderoso que un santuario polémico o una curiosidad para turistas. Este complejo debe ser un museo viviente, un símbolo vibrante de la tolerancia, al que los escolares puedan acceder, entrar en la montaña y aprender acerca de los horrores de la tiranía y de las crueldades de la opresión, para no tolerarlas nunca.

El rey siguió hablando, como si hubiera esperado toda una vida para pronunciar esas palabras.

—Lo más importante de todo —dijo— es que este museo deberá difundir la otra lección que nos ha enseñado la historia: que la tiranía y la opresión nunca podrán derrotar a la compasión…, que los gritos fanáticos de los bravucones del mundo siempre acaban silenciados por las voces unidas de la decencia, que se elevan en su contra. Espero que esas voces, esos coros de empatía, tolerancia y compasión, entonen algún día su canto desde esta montaña.

Mientras los ecos de la voluntad expresada por su padre moribundo reverberaban aún en su mente, Julián miró la habitación de hospital iluminada por la luna y vio al monarca, que dormía en silencio. El príncipe se dijo que nunca lo había visto tan tranquilo y contento.

Levantó la mirada hacia el obispo Valdespino y le indicó la butaca junto a la cama de su padre.

—Siéntate a su lado. Le gustará. Pediré a las enfermeras que no os molesten. Yo volveré dentro de una hora.

Valdespino le sonrió y, por primera vez desde la infancia de Julián, desde el día de su primera comunión, dio un paso al frente y lo abrazó con afecto. Durante el breve instante que duró el abrazo, Julián se sorprendió al sentir la fragilidad del cuerpo del obispo bajo los hábitos religiosos. Le pareció que el envejecido clérigo estaba más débil todavía que el rey, y no pudo evitar pensar que los dos amigos se reunirían en el cielo antes de lo que imaginaban.

—Estoy muy orgulloso de ti —le dijo el obispo, apartándose de él—. Sé que serás un buen rey. Tu padre te ha dado una buena educación.

—Gracias —respondió Julián con una sonrisa—. Creo que tuvo un buen ayudante.

El príncipe dejó a su padre y al obispo a solas, y salió a los pasillos del hospital, donde se detuvo un momento para admirar a través de un ventanal las magníficas vistas del monasterio iluminado.

«El Escorial.

»El lugar sagrado donde reposan los miembros de la realeza española».

En un destello, Julián volvió a ver la Cripta Real, que había visitado con su padre mucho tiempo atrás, y recordó que mientras contemplaba los sarcófagos dorados había tenido una extraña premonición: «A mí nunca me enterrarán en esta sala».

Conservaba en la memoria con una claridad meridiana el momento de la intuición, y aunque el recuerdo nunca se había desvanecido, siempre había pensado que la premonición no tenía sentido, que había sido simplemente la reacción visceral de un niño atemorizado por la idea de la muerte. Esa noche, sin embargo, su inminente ascensión al trono de España lo llevó a considerar una idea sorprendente.

«Quizá yo era consciente de mi destino, ya desde niño.

»Tal vez he sabido siempre cuál sería el propósito de mi reinado».

Cambios profundos se abrían paso en su país y en el mundo. Una época moría y otra nueva estaba naciendo. Quizá había llegado el momento de abolir de una vez por todas la vieja monarquía. Por un instante, Julián se vio a sí mismo leyendo una proclama real sin precedentes.

«Soy el último rey de España», se dijo.

La idea le resultaba perturbadora.

Por suerte, su ensoñación se vio interrumpida por la vibración del teléfono móvil que le había prestado el agente de la Guardia Real. Se le aceleró el pulso al pensar que podía tratarse de Ambra.

—¿Diga? —contestó con impaciencia.

La voz al otro lado de la línea era suave y parecía cansada.

—Julián, soy yo…

Sintiendo un torrente de emociones, el príncipe se dejó caer en un sillón y cerró los ojos.

—Amor mío —susurró—, ¿qué tendré que hacer para conseguir que me perdones?

Ir a la siguiente página

Report Page