Origen
Capítulo 2
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El almirante de la Armada Luis Ávila estaba sentado en un taburete de un bar desierto en una ciudad que desconocía. El viaje lo había agotado. Había llegado en avión justo después de realizar un trabajo que lo había obligado a recorrer muchos miles de kilómetros en doce horas. Tomó un sorbo de su segunda tónica y se quedó mirando la colorida colección de botellas que había detrás de la barra.
«Cualquiera puede permanecer sobrio en el desierto —pensó—, pero únicamente los leales pueden sentarse en un oasis y negarse a separar los labios».
El almirante no había separado los labios para recibir al diablo en casi un año. Al ver su reflejo en el espejo que había en la pared del bar, se permitió a sí mismo un infrecuente momento de satisfacción ante la imagen que le devolvía la mirada.
Ávila era uno de esos afortunados hombres mediterráneos para quienes envejecer parecía ser más una ventaja que un inconveniente. Con los años, su dura barba negra de dos días se había suavizado y tornado grisácea, sus intensos ojos negros se habían relajado hasta adoptar una serena seguridad y su piel, tersa y aceitunada, estaba ahora bronceada y surcada por arrugas, lo cual le proporcionaba el aura de un hombre con la mirada puesta de forma permanente en el horizonte marino.
A pesar de tener sesenta y tres años, mantenía el cuerpo esbelto y tonificado. Un físico impresionante que se veía todavía más resaltado por el traje a medida que llevaba. En ese momento, Ávila iba vestido con el elegante uniforme de gala de la Armada, que consistía en una guerrera blanca con anchas palas portadivisas, una imponente colección de medallas al servicio, una camisa blanca con el cuello de tirilla almidonado, unos pantalones blancos y una gorra naval.
«Puede que la Armada española ya no sea la fuerza naval más poderosa del mundo, pero aún sabe cómo vestir a un oficial».
Hacía años que el almirante no lucía ese uniforme, pero esa era una noche especial y, unas horas antes, mientras caminaba por las calles de esa ciudad desconocida, había disfrutado de las miradas de admiración de las mujeres así como del trato deferente de los hombres.
«Todo el mundo respeta a aquellos que se rigen por un código».
—¿Otra tónica? —preguntó la atractiva camarera de unos treinta y tantos años con una sonrisa juguetona.
Ávila negó con la cabeza.
—No, gracias.
El bar estaba completamente vacío y el almirante había reparado en la mirada admirativa de la joven. Sentaba bien que volvieran a mirarlo a uno. «He regresado del abismo».
El horroroso acontecimiento que le había destrozado la vida cinco años atrás nunca dejaba de acecharlo desde los recovecos más profundos de su mente: ese instante ensordecedor en el que el suelo se abrió bajo sus pies y la tierra se lo tragó.
Catedral de Sevilla.
Domingo de Pascua.
Los rayos del sol andaluz se filtraban a través de los cristales de la vidriera proyectando formas caleidoscópicas de colores en el interior de la catedral, y las grandilocuentes notas del órgano retumbaban entre sus muros de piedra. Miles de fieles se habían congregado para celebrar el milagro de la Resurrección.
Ávila se arrodilló junto a la barandilla del comulgatorio con el corazón henchido de gratitud. Tras una vida de servicio en el mar, había sido bendecido con el más grande de los regalos de Dios: una familia. Esbozando una amplia sonrisa, se volvió y echó un vistazo por encima del hombro a María, su joven esposa, que se había quedado sentada en el banco a causa de lo avanzado de su embarazo. A su lado, Pepe, el hijo de tres años de ambos, saludaba a su padre agitando con entusiasmo el brazo. Ávila guiñó un ojo al niño y María sonrió afectuosamente a su marido.
«Gracias, Dios», pensó Ávila al tiempo que volvía a darse la vuelta para aceptar el cáliz.
Un instante después, una ensordecedora explosión sacudió la prístina catedral.
Y, con un fogonazo, todo su mundo comenzó a arder.
La onda expansiva empujó con violencia a Ávila hacia la barandilla del comulgatorio y empezaron a caerle encima escombros ardientes y extremidades humanas. Cuando recobró la consciencia, el espeso humo le impedía respirar con normalidad y no recordaba dónde estaba o qué había pasado.
Enseguida comenzó a oír gritos de desesperación por encima del pitido de sus oídos. El almirante consiguió ponerse de pie y cayó en la cuenta de dónde estaba. Se dijo a sí mismo que debía de tratarse de una terrible pesadilla. Retrocedió unos metros en medio del humo y reparó en las víctimas mutiladas y agonizantes. Con paso renqueante, se dirigió a la zona en la que su esposa y su hijo habían estado sonriéndole hacía apenas unos momentos.
Ahí no había nada.
Ni bancos ni personas.
Solo escombros ensangrentados en el calcinado suelo de piedra.
El espantoso recuerdo se vio misericordiosamente interrumpido por el sonido de la campanilla de la puerta del bar. Ávila se llevó la tónica a los labios y le dio un trago rápido para desembarazarse de la oscuridad tal y como se había visto obligado a hacer tantas veces antes.
La puerta del bar se abrió del todo y, al darse la vuelta, Ávila vio que dos corpulentos hombres entraban a trompicones en el establecimiento. Coreaban un cántico irlandés con voz desafinada y ambos llevaban una camiseta deportiva verde que apenas les cubría la barriga. Al parecer, el partido de fútbol de esa tarde lo había ganado el equipo visitante irlandés.
«Hora de irme», se dijo Ávila bajando del taburete. Pidió la cuenta, pero la camarera le guiñó un ojo y, con un movimiento de la mano, le indicó que no hacía falta que pagara. El almirante le dio las gracias y se dio la vuelta para marcharse.
—¡Hostia! —exclamó uno de los recién llegados—. Pero ¡si es el rey de España!
Ambos hombres estallaron en carcajadas y se acercaron a él con paso tambaleante.
El almirante intentó rodearlos y marcharse, pero el más corpulento lo agarró del brazo y volvió a sentarlo en el taburete.
—¡Un momento, alteza! ¡Venimos desde muy lejos y queremos tomar una cerveza con el rey!
Ávila bajó la mirada a la mugrienta mano que el tipo le había colocado sobre la manga recién planchada de la guerrera.
—Suéltame —le dijo en un tono de voz sereno—. Tengo que marcharme.
—No… Lo que tienes que hacer es quedarte a tomar una cerveza, amigo.
El hombre apretó con más fuerza el brazo de Ávila al tiempo que el otro tipo comenzaba a toquetearle las medallas que le colgaban del pecho.
—Parece que eres todo un héroe, abuelo.
El tipo tiró de uno de los emblemas más preciados del almirante.
—¿Una maza medieval? ¡¿Es que acaso eres un caballero de reluciente armadura?! —se burló con una risotada.
«Sé tolerante», se recordó Ávila. Había conocido a incontables hombres como esos dos tipos: almas simplonas e infelices que carecían de valores, personas que ciegamente abusaban de las libertades por las que otros habían luchado.
—En realidad —respondió Ávila con mucha paciencia—, la maza es el símbolo de la Unidad de Operaciones Especiales de la Armada.
—¿Operaciones especiales?
El hombre fingió un estremecimiento de temor.
—Impresionante. ¿Y qué hay de este otro símbolo? —dijo, señalando la mano derecha del almirante.
Ávila bajó la mirada hacia su mano. En el centro de la palma podía verse un tatuaje negro, un símbolo que databa del siglo XIV.

«Este otro emblema me sirve de protección —pensó Ávila con la mirada clavada en el tatuaje—. Aunque no la necesitaré».
—No importa —dijo el hooligan, soltando al fin el brazo del almirante y centrando la atención en la camarera—. Eres mona —dijo—. ¿Eres cien por cien española?
—Sí —respondió ella amablemente.
—¿Estás segura de que no tienes nada de irlandesa?
—Del todo.
—¿Quieres un poco?
El hombre soltó una carcajada al tiempo que golpeaba la barra con la palma de la mano.
—Déjala en paz —le ordenó Ávila.
El tipo se dio la vuelta y lo miró airado.
El segundo matón clavó un dedo en el pecho del almirante.
—¿Acaso pretendes decirnos lo que podemos hacer?
Sintiendo el cansancio del largo viaje que había realizado ese día, Ávila respiró hondo y se volvió hacia la barra.
—Caballeros, siéntense, por favor. Los invito a una cerveza.
«Me alegro de que se quede», pensó la camarera. Aunque sabía cuidar de sí misma, la tranquilidad con la que ese oficial lidiaba con esos dos matones la había impresionado y había comenzado a albergar la esperanza de que se quedara hasta la hora del cierre.
El almirante pidió dos cervezas y otra tónica para él, y volvió a sentarse en el taburete. Los dos hooligans se acomodaron uno a cada lado del almirante.
—¿Una tónica? —se burló uno de ellos—. Pensaba que íbamos a beber juntos.
El oficial sonrió con desgana a la camarera y se terminó la bebida.
—Me temo que tengo una cita —dijo Ávila bajando del asiento—. Pero vosotros disfrutad de las cervezas.
En cuanto se puso de pie, ambos hombres le colocaron al unísono una mano en los hombros y volvieron a sentarlo. Una fugaz chispa de furia cruzó los ojos del oficial.
—No creo que quieras dejarnos a solas con tu novia, abuelo.
El matón miró a la camarera y le hizo un gesto desagradable con la lengua.
El oficial permaneció un momento sentado en silencio y luego metió una mano en el interior de la guerrera.
Ambos tipos lo agarraron.
—¡Eh! ¡¿Qué estás haciendo?!
Muy lentamente, el almirante sacó un teléfono móvil y les dijo a los hombres algo en español. Ellos se quedaron mirándolo sin comprender qué les había dicho y él volvió a dirigirse a ellos en inglés.
—Lo siento, solo quiero llamar a mi esposa para decirle que llegaré tarde. Parece que voy a demorarme un rato aquí.
—¡Así se habla, tío! —dijo el más grandote de los dos, luego vació la cerveza y dejó el vaso sobre la barra con un fuerte golpe—. ¡Otra!
Mientras la camarera servía más cerveza a los matones, vio en el espejo cómo el oficial pulsaba unas pocas teclas del móvil y luego se llevaba el aparato a la oreja. Cuando le respondieron, comenzó a hablar rápido en español.
—Llamo desde el bar Molly Malone —dijo Ávila, leyendo el nombre y la dirección del local en un posavasos que tenía delante—. Calle Particular de Estraunza, ocho. —Esperó un momento y luego continuó—: Necesitamos ayuda inmediatamente. Hay dos hombres heridos. —Y luego colgó.
«¿Dos hombres heridos?». A la camarera se le aceleró el pulso.
Mientras la joven todavía estaba procesando el significado de lo que acababa de oír, Ávila se volvió bruscamente hacia la derecha y le clavó el codo al matón más grandote en la nariz, rompiéndosela. El tipo cayó de espaldas con el rostro completamente ensangrentado. Antes de que el segundo hombre pudiera reaccionar, el almirante se volvió con rapidez de nuevo hacia la derecha y le clavó el codo del otro brazo en la tráquea, tirándolo de espaldas sobre el taburete.
La camarera contempló anonadada a los dos hombres que yacían en el suelo, uno gritando de dolor y el otro con ambas manos en la garganta, haciendo esfuerzos por respirar.
El almirante se irguió poco a poco. Con una calma escalofriante, cogió su cartera y sacó un billete de cien euros que depositó sobre la barra.
—Mis disculpas —le dijo a la camarera—. La policía llegará en breve para ayudarla.
Y tras decir eso se dio la vuelta y se marchó.
Una vez en la calle, el almirante Luis Ávila aspiró una bocanada de aire nocturno. Al enfilar la alameda de Mazarredo en dirección al río, vio a lo lejos que se acercaban unas sirenas de policía y se hizo a un lado para dejar pasar a las autoridades. Tenía cosas serias que hacer y no podía permitirse más complicaciones.
«El Regente ha dejado bien clara la misión de esta noche».
Limitarse a cumplir órdenes del Regente infundía en Ávila una apacible serenidad. Nada de decisiones. Ni de culpabilidad. Solo debía actuar. Tras toda una carrera dando órdenes, suponía un alivio dejar que fueran otros quienes llevaran el timón del barco.
«En esta guerra, soy un mero soldado de infantería».
Unos días atrás, el Regente había compartido con él un secreto tan perturbador que no había tenido otra opción que ofrecer su plena disposición para la causa. La brutalidad de la misión de la noche anterior todavía lo obsesionaba, pero sabía que sus actos serían perdonados.
«El bien puede adoptar muchas formas.
»Y antes de que termine la noche tendrán lugar más muertes».
Al llegar a la plaza que daba a la ribera del río, alzó la mirada hacia la enorme estructura que tenía delante. Se trataba de un ondulante caos de formas perversas recubiertas de placas de titanio, como si dos mil años de avances arquitectónicos hubieran sido arrojados por la ventana en favor del caos absoluto.
«Algunos llaman “museo” a esto. Yo lo llamo “monstruosidad”».
Concentrado en sus pensamientos, cruzó la plaza serpenteando entre la serie de extrañas esculturas que había fuera del museo. Al acercarse al edificio se fijó en las docenas de invitados ataviados con sus mejores galas y que conversaban entre sí.
«Las masas impías se han congregado.
»Pero la noche no transcurrirá tal y como esperan».
Se colocó bien la gorra de almirante y se alisó la guerrera, preparándose mentalmente para la tarea que le esperaba. La misión de esa noche formaba parte de un cometido mayor: se trataba de una cruzada por la virtud.
Cuando atravesó el patio que conducía a la entrada del museo, acarició con suavidad el rosario que llevaba en el bolsillo.