Origen
Capítulo 3
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El atrio del museo tenía el aspecto de una catedral futurista.
Nada más adentrarse en él, Langdon levantó la mirada. Una serie de colosales columnas blancas situadas frente a una alta cortina de cristal se elevaban cincuenta y cinco metros hasta alcanzar el techo abovedado desde el que unos focos halógenos emitían una potente luz blanca. Diversas pasarelas suspendidas en el aire atravesaban las alturas y en ellas podía distinguirse a invitados vestidos de etiqueta entrando y saliendo de las galerías superiores o asomándose para admirar a través de los altos ventanales el estanque que había fuera. A un lado, un ascensor de cristal descendía silenciosamente por la pared para recoger a más invitados.
Langdon nunca había visto un museo igual. Incluso la acústica le resultaba extraña. En vez del característico silencio reverencial propiciado por las superficies insonorizadas, ese lugar estaba vivo con el reverberante eco de voces que se filtraban por la piedra y el cristal. Para Langdon, la única sensación familiar era el estéril sabor que sentía en el dorso de la lengua. El aire de los museos era el mismo en todas partes: una atmósfera meticulosamente filtrada para eliminar todas las partículas y oxidantes y luego humectada con agua ionizada hasta que alcanzaba el 45 por ciento de humedad.
El profesor cruzó una serie de estrictos controles de seguridad sin dejar de advertir la cantidad de guardias armados que había en cada uno de ellos. Al final, se encontró ante otro mostrador en el que una joven repartía auriculares entre los invitados.
—¿Audioguía?
Sonrió.
—No, gracias.
Al acercarse al mostrador, sin embargo, la mujer lo detuvo y, dirigiéndose a él en un perfecto inglés, le dijo:
—Lo siento, señor, pero el anfitrión de esta noche, el señor Edmond Kirsch, ha pedido que todo el mundo lleve auriculares. Forma parte de la experiencia de la velada.
—¡Ah, de acuerdo, en ese caso los cogeré!
Langdon extendió una mano, pero la mujer le indicó que esperara un momento y, tras buscarlo en la larga lista de invitados, le entregó unos cuyo número coincidía con el que figuraba junto a su nombre.
—Las visitas de esta noche están diseñadas individualmente, a la medida de cada persona.
«¿De verdad? —Langdon echó un vistazo a su alrededor—. ¡Hay cientos de invitados!».
El profesor examinó entonces los auriculares. Consistían en una simple tira curvada de metal con una diminuta almohadilla en cada extremo. Seguro que a causa de su expresión de desconcierto, la joven se acercó para echarle una mano.
—Se trata de un modelo muy nuevo —dijo, ayudándolo a ponerse el aparato—. Las almohadillas transductoras no van en las orejas, sino que descansan sobre el rostro.
La mujer acopló la tira metálica detrás de la cabeza de Langdon y colocó las almohadillas de forma que quedaran sujetas justo encima de la mandíbula y por debajo de las sienes.
—Pero ¿cómo…?
—Tecnología de conducción ósea. Los transductores conducen el sonido a los huesos de la mandíbula, permitiendo que llegue directamente a la cóclea. Yo ya lo he probado, y resulta sorprendente. Es como tener una voz dentro de la cabeza. Y, como las almohadillas no tapan las orejas, se pueden mantener al mismo tiempo conversaciones con otras personas.
—Muy ingenioso.
—Esta tecnología la inventó el señor Kirsch hace más de una década. Ahora está disponible comercialmente en los modelos de muchas marcas de auriculares.
«Espero que Ludwig Van Beethoven se lleve su parte», pensó Langdon, seguro de que el inventor original de esa tecnología de conducción ósea fue este compositor del siglo XVIII, cuando, al quedarse sordo, descubrió que si apoyaba un extremo de una varilla metálica en el piano y sujetaba el otro extremo entre los dientes mientras tocaba, podía oír perfectamente las vibraciones a través de su mandíbula.
—Esperamos que disfrute de la experiencia —dijo la mujer—. Dispone de más o menos una hora para explorar el museo antes de la presentación. Su audioguía lo avisará cuando llegue el momento de dirigirse al auditorio.
—Gracias. ¿He de pulsar algo para…?
—No, el aparato se activa solo. Su visita guiada se iniciará en cuanto comience a moverse.
—Ah, sí, claro —dijo Langdon con una sonrisa.
A continuación cruzó el atrio en dirección a un grupo de invitados que estaban esperando el ascensor, todos con los mismos auriculares sujetos a sus mandíbulas.
Cuando se encontraba a medio camino, una voz masculina comenzó a sonar en su cabeza.
—Buenas tardes y bienvenido al Museo Guggenheim Bilbao.
Langdon sabía que se trataba de los auriculares, pero aun así no pudo evitar detenerse de golpe y mirar a su alrededor. El efecto resultaba asombroso. Era tal y como le había dicho la mujer: parecía que hubiera alguien dentro de su cabeza.
—Mi más sincera bienvenida, profesor Langdon —dijo una voz amistosa y alegre con un marcado acento británico—. Me llamo Winston, y supone un honor para mí ser su guía esta noche.
«Pero ¿quién ha grabado esto? ¿Hugh Grant?».
—Esta noche —continuó la animada voz— siéntase libre de deambular por donde quiera y como desee, yo procuraré ilustrarlo acerca de aquello que esté contemplando.
Al parecer, además de contar con un entusiasta narrador, una grabación personalizada y la tecnología de conducción ósea, cada auricular estaba equipado con un GPS que localizaba el lugar exacto del museo en el que se encontraba el visitante para determinar qué comentario debía generar.
—Tratándose de un profesor de arte —añadió la voz—, soy consciente de que es uno de los invitados con más conocimientos en este campo, de modo que es posible que no tenga necesidad alguna de mis comentarios. ¡O, peor todavía, que esté completamente en desacuerdo con mi análisis de determinadas obras! —La voz dejó escapar una risa ahogada.
«¿En serio? ¿Quién ha escrito este guion?». No cabía duda de que el tono alegre y el servicio personalizado resultaban un gran acierto, pero Langdon era incapaz de imaginar el esfuerzo que debía de haber supuesto la adaptación de los cientos de auriculares.
Por suerte, la voz se quedó en silencio. El texto preprogramado de bienvenida debía de haber terminado.
Langdon levantó la mirada hacia una nueva y enorme pancarta que colgaba sobre la muchedumbre al otro lado del atrio.
EDMOND KIRSCH
ESTA NOCHE DAREMOS UN SALTO ADELANTE
«¿Qué diantre piensa anunciar Edmond?».
El profesor se volvió hacia los ascensores. Frente a estos había un grupo de invitados entre los que se encontraban dos famosos fundadores de empresas globales de internet, un conocido actor hindú y varias personalidades que probablemente deberían sonarle, pero que no sabía quiénes eran. Sintiéndose a la vez reacio y apenas cualificado para entablar conversaciones sobre redes sociales y Bollywood, optó por dirigirse hacia la enorme obra de arte moderno que se exhibía en una sala que había al otro lado del atrio.
La instalación se encontraba en el interior de una sala oscura y consistía en nueve estrechas cintas transportadoras que emergían de unas ranuras que había en el suelo y ascendían hasta desaparecer en otras tantas ranuras del techo. Parecían nueve pasarelas verticales en perpetuo movimiento ascendente. En cada cinta había un mensaje iluminado que recorría toda su extensión hasta llegar al techo.
Rezo en voz alta… Te huelo en mi piel… Pronuncio tu nombre
Al acercarse, se dio cuenta de que las cintas en movimiento en realidad no se movían y que la ilusión se debía a unos diodos luminosos diminutos que había en cada uno de los paneles verticales. Esas luces se encendían en rápida sucesión para formar palabras que, tras materializarse a ras de suelo, recorrían la estrecha columna hasta desaparecer en el techo.
Estoy llorando con fuerza… Había sangre… Nadie me lo dijo
Se acercó y rodeó los paneles.
—Se trata de una obra provocadora —declaró de repente la audioguía—. Se titula Instalación para Bilbao y fue creada por la artista conceptual Jenny Holzer. Consiste en nueve paneles verticales de doce metros de altura que reproducen citas en vasco, español e inglés sobre los horrores del sida y el dolor sufrido por aquellos que se han quedado atrás.
Langdon tenía que admitir que el efecto resultaba hipnótico y, de algún modo, desgarrador.
—¿Había visto antes alguna obra de Jenny Holzer?
El profesor se sentía hipnotizado por el texto ascendente.
Entierro mi cabeza… Entierro tu cabeza… Te entierro
—¿Señor Langdon? —insistió la voz en su cabeza—. ¿Puede oírme? ¿Funcionan bien sus auriculares?
Langdon volvió finalmente en sí.
—Lo siento… ¿Qué? ¿Hola?
—Sí, hola —respondió la voz—. Diría que ya nos hemos saludado. Solo estaba comprobando si podía oírme.
—Yo… Lo-lo siento —tartamudeó el profesor, mirando a su alrededor e imaginando una sala repleta de guías con auriculares y catálogos de museo dirigiendo las visitas de los invitados—. ¡Creía que eras una grabación! No me había dado cuenta de que se trataba de una voz en directo.
—No pasa nada, señor. Esta noche yo seré su guía personal. Sus auriculares también cuentan con micrófono. Este programa está diseñado para que su visita sea una experiencia interactiva en la que usted y yo podamos mantener un diálogo sobre las obras de arte que contemple.
Langdon reparó entonces en que los demás invitados también estaban hablando con sus auriculares. Incluso aquellos que habían acudido en compañía parecían haberse separado un poco y ahora intercambiaban entre sí miradas de perplejidad mientras mantenían conversaciones privadas con sus guías personales.
—¿Todos los invitados disponen de un guía privado?
—Sí, señor. Esta noche estamos guiando de forma individual a trescientos ochenta invitados.
—Eso es increíble.
—Bueno, como ya sabe, Edmond Kirsch es un gran aficionado al arte y la tecnología. Diseñó este sistema específicamente para los museos con la esperanza de que reemplace las visitas en grupo, que detesta. De este modo, cada visitante puede disfrutar de una visita privada, avanzar a su propio ritmo y hacer preguntas que tal vez le daría vergüenza realizar si se encontrara con más gente. Así la experiencia es mucho más íntima y profunda.
—No quiero parecer anticuado, pero ¿por qué no acompañarnos en persona?
—Logística —respondió la voz—. Añadir guías al evento de un museo literalmente doblaría el número de gente en las salas y limitaría a la mitad la cantidad de posibles visitantes. Además, la cacofonía que provocarían todos esos guías hablando a la vez resultaría molesta. La idea que hay detrás de los auriculares es que la visita sea una experiencia lo más cómoda posible. Como siempre dice el señor Kirsch, uno de los objetivos del arte consiste en fomentar el diálogo.
—Estoy completamente de acuerdo —respondió Langdon—. Por eso la gente suele visitar los museos con la pareja o un amigo. Desde ese punto de vista, estos auriculares podrían considerarse un poco antisociales.
—Tal vez —respondió la voz británica—. Pero si uno viene al museo con una novia o un amigo, puede asignársele el mismo guía a ambos auriculares y así pueden disfrutar de una discusión en grupo. Este software es realmente avanzado.
—Pareces tener respuesta para todo.
—Bueno, ese es mi trabajo. —El guía dejó escapar una risita forzada y luego cambió por completo de tema—: Ahora, profesor, si cruza usted el atrio en dirección al ventanal, podrá ver el cuadro más grande del museo.
Al cruzar el atrio, Langdon pasó junto a una atractiva pareja de treinta y tantos tocada con unas gorras blancas de béisbol a juego. En vez del habitual logotipo corporativo, en la parte delantera de las mismas podía verse un símbolo sorprendente.

Se trataba de un símbolo que Langdon conocía bien, pero que nunca había visto en una gorra. No hacía muchos años que esa estilizada letra «A» se había convertido en el símbolo universal de uno de los grupos demográficos que más estaba creciendo en el mundo y que asimismo más se hacía oír: el de los ateos. Estos habían comenzado a denunciar cada vez más enérgicamente lo que consideraban los peligros de las creencias religiosas.
«¿Y ahora cuentan con sus propias gorras de béisbol?».
Al inspeccionar la congregación de genios tecnológicos que lo rodeaba, Langdon se recordó que era probable que muchas de esas jóvenes mentes analíticas fueran muy antirreligiosas, como Edmond. La audiencia de esa noche no era exactamente la más afín a un profesor de simbología religiosa.