Origen
Capítulo 5
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La sinagoga más grande de Europa se encuentra en la calle Dohány de Budapest. Este templo, construido en estilo neomorisco y que cuenta con dos torres gemelas enormes en la fachada, tiene capacidad para más de tres mil fieles (los bancos de la planta baja están reservados para los hombres y los de la galería superior para las mujeres).
En una fosa común del jardín se encuentran enterrados los cadáveres de cientos de judíos húngaros que murieron durante los horrores de la ocupación nazi. El lugar está señalizado con el Árbol de la Vida: una escultura de metal que representa un sauce llorón y en cada una de cuyas hojas está grabado el nombre de una de las víctimas. Cuando sopla el viento, las hojas de metal se golpean entre sí emitiendo un escalofriante repiqueteo que se extiende por todo el camposanto.
Durante más de tres décadas, el líder espiritual de la Gran Sinagoga había sido el rabino Yehuda Köves, un eminente erudito talmúdico y cabalista que, a pesar de su avanzada edad y pobre salud, seguía siendo un miembro activo de la comunidad judía tanto en Hungría como en el resto del mundo.
En cuanto el sol se puso al otro lado del Danubio, el rabino Köves salió de la sinagoga y enfiló la calle Dohány, repleta de tiendas y de misteriosos «bares en ruinas». Se dirigía a su casa, en la plaza Március, número 15, a tiro de piedra del puente Elisabeth, que unía las antiguas ciudades de Buda y Pest, formalmente unificadas en 1873.
Faltaba poco para las vacaciones de Pascua. Y esa solía ser una de sus épocas favoritas del año, pero, desde que la semana anterior había vuelto del Parlamento de las Religiones del Mundo, no había sentido más que una profunda intranquilidad.
«Desearía no haber asistido».
El extraordinario encuentro con el obispo Valdespino, el ulema Syed al-Fadl y el futurólogo Edmond Kirsch había ocupado sus pensamientos durante los últimos tres días.
Al llegar a casa, el rabino se dirigió directamente al jardín y entró en el házikó, el cobertizo que le servía de santuario privado y estudio.
El cobertizo consistía en una única estancia repleta de altas librerías con los estantes combados a causa del peso de los numerosos libros religiosos que soportaban. Una vez dentro, el rabino se sentó al escritorio frunciendo el ceño ante el caos que tenía delante.
«Si alguien viera mi mesa esta semana pensaría que he perdido el juicio».
Desperdigados por toda la superficie de trabajo había media docena de libros religiosos con las páginas abiertas y docenas de notas adhesivas. Detrás de estos y apoyados en atriles de madera, había tres pesados volúmenes abiertos por la misma página. Eran versiones en hebreo, arameo e inglés de la Torá.
«El Génesis.
»En el principio…».
Por supuesto, Köves podía recitar el Génesis de memoria en las tres lenguas. Normalmente, estaría leyendo comentarios académicos sobre el Zohar o teorías de cosmología cabalística avanzada. Para un erudito del calibre de Köves, estudiar el Génesis era como para Einstein volver a recibir clases de aritmética elemental. Aun así, eso era justo lo que había estado haciendo esos últimos días, y el cuaderno que descansaba sobre el escritorio parecía haber sido asaltado por un salvaje torrente de notas manuscritas tan caóticas que apenas él mismo podía entenderlas.
«Es como si me hubiera vuelto loco».
El rabino había comenzado con la Torá, el relato del Génesis que compartían judíos y cristianos. «En el principio, Dios creó los cielos y la tierra». A continuación, había seguido con los textos educativos del Talmud y había releído las elucidaciones rabínicas sobre el Ma’ aseh Bereshit, el acto de la Creación. Después de eso, había ahondado en el Midrash y se había enfrascado en la lectura de los venerados exégetas que habían intentado explicar las contradicciones inherentes en el relato tradicional de la Creación. Finalmente, se había sumergido en la mística ciencia cabalística del Zohar, según la cual el Dios incognoscible se manifestaba como diez sefirot o estados dispuestos alrededor de unos canales llamados el «Árbol de la Vida» y de los cuales surgían cuatro mundos diferenciados.
A Köves, la arcana complejidad de las creencias que conformaban el judaísmo siempre le había resultado reconfortante. Para el rabino suponía un recordatorio divino acerca de la incapacidad de la humanidad para comprenderlo todo. Y, sin embargo, ahora, después de ver la presentación de Edmond Kirsch y contemplar la simplicidad y claridad de lo que este había descubierto, tenía la sensación de que esos últimos tres días había estado repasando una colección de caducas contradicciones. En un momento dado, empujó a un lado sus textos antiguos y salió a pasear por la ribera del Danubio para intentar poner orden en sus pensamientos.
El rabino había aceptado al fin la dolorosa verdad: el trabajo de Kirsch tendría unas repercusiones devastadoras para las almas creyentes de todo el mundo. La revelación del científico contradecía con rotundidad casi todas las doctrinas religiosas establecidas, y lo hacía de un modo rematadamente simple y persuasivo.
«No puedo olvidar la última imagen —pensó Köves, recordando la desarmante conclusión de la presentación que Kirsch les había mostrado en la pantalla de su móvil extragrande—. Estas noticias afectarán a todos los seres humanos, no solo a los devotos».
Ahora, a pesar de los esfuerzos intelectuales que había realizado esos últimos días, el rabino Köves no estaba más cerca de saber qué podía hacer respecto a la información que Kirsch les había revelado.
Y estaba seguro de que Valdespino o Al-Fadl tampoco habían llegado a ninguna conclusión. Los tres hombres habían hablado por teléfono dos días atrás, pero la conversación no había sido productiva.
—Amigos míos —había comenzado a decir Valdespino—. Está claro que la presentación de Kirsch resultó perturbadora… a muchos niveles. Yo lo insté a que me llamara para comentar el asunto con más detalle, pero no he tenido noticias suyas. Ahora creo que hemos de tomar una decisión.
—Yo ya he tomado la mía —dijo Al-Fadl—. No podemos permanecer sentados sin hacer nada. Hemos de tomar el control de la situación. El desprecio que Kirsch siente por la religión es bien conocido y no dudo de que expondrá su descubrimiento de forma que provoque el mayor daño posible al futuro de la fe. Tenemos que ser proactivos. Debemos ser nosotros quienes anunciemos su hallazgo. De inmediato. Debemos transmitirlo del modo adecuado para suavizar el impacto y que resulte lo menos amenazador posible para los creyentes del mundo espiritual.
—Sin duda, existe la posibilidad de que seamos nosotros quienes lo hagamos público —intervino Valdespino— pero, por desgracia, no se me ocurre cómo podemos comunicar esa información de un modo que no resulte amenazador. —Exhaló un profundo suspiro—. Además de que le prometimos al señor Kirsch que mantendríamos el secreto.
—Cierto —asintió Al-Fadl—, y a mí también me causa pesar romper esa promesa, pero opino que debemos elegir el menor de los males y tomar medidas por el bien común. Estamos todos en el punto de mira: musulmanes, judíos, cristianos, hinduistas… Todas las religiones por igual. Y, teniendo en cuenta que nuestras fes coinciden en las verdades fundamentales que Kirsch pretende socavar, tenemos la obligación de presentar este hallazgo de un modo que no contraríe a nuestras comunidades.
—Me temo que no hay ningún modo de evitar eso —dijo Valdespino—. Si consideramos la posibilidad de hacer público el descubrimiento de Kirsch, la única estrategia viable sería plantear dudas sobre el mismo. Es decir, desacreditarlo antes de que pueda comunicar su mensaje.
—¿Desacreditar a Edmond Kirsch? —repitió Al-Fadl—. ¿Un brillante científico que nunca se ha equivocado en nada? ¿Estuvimos usted y yo en la misma reunión? Su presentación resultaba del todo convincente.
Valdespino protestó:
—No más que las realizadas en su momento por Galileo, Bruno o Copérnico. Las religiones ya se han visto antes en esta situación. No es más que la ciencia llamando de nuevo a nuestra puerta.
—Pero ¡a un nivel mucho más profundo que esos descubrimientos en física y astronomía! —exclamó Al-Fadl—. ¡Kirsch está poniendo en entredicho el mismísimo núcleo de las religiones, la raíz fundamental de todo aquello en lo que creemos! Puede usted citar la historia todo lo que quiera, pero no se olvide de que, a pesar de los grandes esfuerzos realizados por el Vaticano para silenciar a hombres como Galileo, finalmente la ciencia de estos ha prevalecido. Y la de Kirsch también lo hará. No hay forma de evitar que esto suceda.
Se produjo un ominoso silencio.
—Mi posición en esta cuestión es simple —dijo Valdespino—. Desearía que Edmond Kirsch no hubiera hecho este descubrimiento. Temo que no estamos preparados para lidiar con un hallazgo semejante y preferiría que esta información nunca viera la luz del día. —Hizo una pausa y luego continuó—: Al mismo tiempo, creo que los acontecimientos de este mundo suceden en base a un plan divino. Tal vez es posible que mediante nuestras oraciones podamos conseguir que Dios se dirija al señor Kirsch y lo persuada para que reconsidere la idea de hacer público su descubrimiento.
Al-Fadl dejó escapar una risa ahogada y burlona.
—No creo que el señor Kirsch sea capaz de oír la voz de Dios.
—Puede que no —dijo Valdespino—. Pero ocurren milagros todos los días.
Al-Fadl le replicó airadamente:
—Con el debido respeto, a no ser que le pida usted a Dios que fulmine a Kirsch antes de que pueda anunciar…
—¡Caballeros! —intervino Köves en un intento de apaciguar la creciente tensión—. No debemos tomar una decisión apresurada. No hace falta que lleguemos a un acuerdo esta misma noche. El señor Kirsch nos dijo que no haría su anuncio hasta dentro de un mes. Sugiero que meditemos la cuestión en privado y volvamos a hablar en unos días. Puede que mediante la reflexión consigamos ver claro cuál es el proceder adecuado.
—Sabio consejo —respondió Valdespino.
—No esperemos demasiado tiempo —advirtió Al-Fadl—. Sugiero que volvamos a hablar por teléfono dentro de un par de días.
—Estoy de acuerdo —convino Valdespino—. Pospongamos hasta entonces nuestra decisión final.
Esa discusión había tenido lugar hacía dos días y ahora había llegado el momento de mantener la conversación definitiva.
A solas en su házikó, el rabino Köves se sentía cada vez más inquieto. Deberían haberlo llamado hacía ya diez minutos.
Por fin sonó el teléfono y Köves se apresuró a descolgar el auricular.
—Hola, rabino —saludó el obispo con voz atribulada—. Lamento el retraso. —Hizo una pausa y luego continuó—: Me temo que el ulema Al-Fadl no se unirá a nosotros.
—¿Y eso? —dijo Köves sorprendido—. ¿Hay algún problema?
—No lo sé. Llevo todo el día intentando localizarlo, pero parece que ha… desaparecido. Ninguno de sus colegas tiene idea de dónde se encuentra.
Köves sintió un escalofrío.
—Esto resulta alarmante.
—Estoy de acuerdo. Espero que esté bien. Lamentablemente, tengo más noticias. —El obispo hizo otra pausa y cuando volvió a hablar adoptó un tono todavía más sombrío—: Acabo de enterarme de que Edmond Kirsch va a celebrar un evento para hacer público su descubrimiento… esta noche.
—¡¿Esta noche?! —preguntó Köves—. ¡Iba a esperar un mes!
—Sí —dijo Valdespino—. Nos mintió.