Origen
Capítulo 6
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La amistosa voz de Winston reverberaba a través de los auriculares de Langdon.
—Ante usted, señor profesor, se encuentra el cuadro más grande de toda la colección, si bien la mayoría de los invitados no lo divisan de inmediato.
Langdon echó un vistazo alrededor del atrio, pero no vio nada salvo la pared de cristal que daba al estanque.
—Lo siento, me temo que formo parte de esa mayoría. No veo ningún cuadro.
—Bueno, está expuesto de un modo poco convencional —dijo Winston con una risita—. El lienzo no cuelga de la pared, sino que se encuentra en el suelo.
«Debería habérmelo imaginado», pensó Langdon bajando la mirada y avanzando unos pasos hasta que vio el lienzo rectangular que se extendía a sus pies.
El enorme cuadro consistía en un lienzo pintado en un único color —un monocromo azul profundo— y sus espectadores permanecían alrededor de su perímetro mirando hacia abajo como si estuvieran contemplando un pequeño estanque.
—La superficie del cuadro es de casi quinientos cincuenta metros cuadrados —le informó Winston.
Langdon cayó en la cuenta de que era diez veces más grande que su primer apartamento en Cambridge.
—Es obra de Yves Klein y se la conoce popularmente como La piscina.
Langdon tenía que admitir que la arrebatadora riqueza de aquel tono de azul le hacía sentir que podía zambullirse directamente en el lienzo.
—Klein inventó este color —prosiguió Winston—. Lo llamó «International Klein Blue» y afirmaba que su profundidad evocaba la inmaterialidad y la infinidad de su visión utópica del mundo.
Langdon tuvo la sensación de que ahora Winston estaba leyendo un guion.
—A Klein se le conoce sobre todo por sus cuadros azules, pero también por una inquietante fotografía titulada Salto al vacío, que causó cierto pánico cuando fue expuesta en 1960.
Langdon había visto Salto al vacío en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. La fotografía era más que un poco desconcertante. En ella podía verse a un hombre bien vestido saltando desde un edificio como si fuera a zambullirse en el pavimento. En realidad, se trataba de un truco fotográfico brillantemente concebido y hábilmente ejecutado con una cuchilla de afeitar muchos años antes del nacimiento de Photoshop.
—Klein también compuso la obra musical Monotone-Silence, en la que una orquesta sinfónica interpreta un único acorde en re mayor durante veinte minutos.
—¿Y la gente lo escucha?
—Miles de personas lo escuchan. Y el acorde único solo es el primer movimiento. En el segundo, la orquesta permanece inmóvil para interpretar «el silencio puro» durante otros veinte minutos.
—Estás de broma, ¿verdad?
—No, hablo en serio. En su defensa diré que, probablemente, la puesta en escena no era tan aburrida como pueda parecer: en el escenario también había tres mujeres desnudas y cubiertas de pintura azul revolcándose sobre unos lienzos gigantescos.
Si bien Langdon había dedicado la mayor parte de su carrera al estudio del arte, le sabía mal no haber llegado nunca a apreciar las propuestas más vanguardistas.
—No pretendo faltarte al respeto, Winston, pero he de reconocer que a veces me cuesta saber cuándo algo es «arte moderno» y cuándo se trata de una mera extravagancia.
Winston contestó en un tono impasible:
—Bueno, esa es con frecuencia la cuestión, ¿no? En el mundo del arte clásico, las obras se aprecian en base la ejecución del artista; es decir, la destreza con la que pinta el lienzo o cincela la piedra. En el arte moderno, sin embargo, la valoración se basa más en la idea que en su ejecución. Por ejemplo, cualquiera puede componer una sinfonía de cuarenta minutos que consista únicamente en un acorde y silencio, pero fue Klein quien tuvo la idea.
—Comprendo.
—La escultura de niebla es otro ejemplo perfecto de arte conceptual. La artista tuvo una idea, instalar unas tuberías perforadas debajo del puente para verter niebla sobre el estanque, pero la obra la construyeron fontaneros locales. —Winston hizo una pausa y luego continuó—: En cualquier caso, hay que reconocerle a la artista el hecho de que utilizara su medio como un código.
—¿La niebla es un código?
—Sí. Un críptico tributo al arquitecto del museo.
—¿Frank Gehry?
—Frank O. Gehry —lo corrigió Winston—. F-O-G. Que, como ya sabe, significa «niebla» en inglés.
—Ingenioso.
Langdon se acercó al ventanal y Winston le dijo:
—Desde aquí tiene una buena vista. ¿Se ha fijado en Mamá al entrar?
Langdon miró en dirección a la enorme viuda negra que se encontraba en el exterior del museo.
—Sí. Es difícil no reparar en ella.
—Deduzco por su tono que no le ha gustado demasiado.
—Lo he intentado. —Langdon hizo una pausa y luego continuó—: Lo cierto es que, como clasicista, me siento un poco fuera de mi elemento.
—Interesante —dijo Winston—. Creía que usted especialmente apreciaría Mamá. Es un ejemplo perfecto de la noción clásica de «yuxtaposición». De hecho, podría utilizarla en clase la próxima vez que enseñe el concepto.
Langdon se quedó mirando la araña, pero fue incapaz de apreciar lo que le decía Winston. A la hora de explicar la idea de «yuxtaposición», prefería recurrir a un enfoque un poco más tradicional.
—Creo que seguiré usando el ejemplo del David.
—Sí, Miguel Ángel es el modelo de referencia —dijo Winston con una risa ahogada—. Esculpió a David en un afeminado contrapposto: la mano laxa que sostiene la flácida honda transmite una vulnerabilidad femenina y, sin embargo, sus ojos irradian una determinación letal y tiene los tendones en tensión y las venas hinchadas, señal de que se dispone a matar a Goliat. Es una obra al mismo tiempo delicada y mortal.
A Langdon lo impresionó la descripción de Winston y le habría gustado que sus alumnos pudieran apreciar con la misma claridad la obra maestra de Miguel Ángel.
—Mamá no se aleja demasiado del David —añadió Winston—. Se trata asimismo de la atrevida yuxtaposición de unos principios arquetípicos opuestos. En la naturaleza, la viuda negra es una criatura temible: un depredador que captura a sus víctimas con la telaraña y luego las mata. A pesar de tratarse de un arácnido mortal, aquí está representada con un voluminoso saco de huevos, preparándose para dar vida. Es a la vez depredadora y progenitora. Su poderoso cuerpo sostenido por unas patas imposiblemente finas transmite a la vez fuerza y fragilidad. Creo que Mamá podría considerarse un David moderno, ¿no le parece?
—Pues no —respondió Langdon con una sonrisa—, pero debo admitir que tu análisis da que pensar.
—Está bien, entonces permítame que le muestre una última obra. Se trata de un original del mismísimo Edmond Kirsch.
—¿De verdad? No sabía que Edmond también era un artista.
Winston se rio.
—Dejaré que sea usted quien juzgue eso.
Winston guio a Langdon hacia una espaciosa estancia en la que un grupo de invitados se había congregado ante una losa enorme de barro seco que colgaba de la pared. A primera vista, el barro endurecido hizo pensar a Langdon en una exposición de fósiles. Esa losa, sin embargo, no contenía fósil alguno. En su lugar solo podían verse unos bastos surcos y marcas parecidos a los que un niño podría realizar con un palo en el cemento húmedo.
La gente no se mostraba muy impresionada.
—¿Edmond ha hecho esto? —masculló una mujer con los labios rellenos de bótox y ataviada con una estola de visón—. No lo pillo.
El profesor que había en Langdon no pudo resistirse.
—En realidad es una obra bastante ingeniosa —dijo, interrumpiendo a la mujer—. Hasta el momento, es la que más me gusta de las que he visto en el museo.
La mujer se dio la vuelta y se lo quedó mirando con algo más que una leve muestra de desdén.
—¿De verdad? Ilústreme, pues.
«Con mucho gusto», pensó Langdon, y se acercó a la serie de toscos garabatos grabados en la superficie de barro.

—Bueno, en primer lugar —dijo el profesor—, Edmond realizó esta obra en barro como homenaje a la primera escritura de la humanidad, la cuneiforme.
La mujer parpadeó con escepticismo.
—Las tres marcas que hay en el centro —prosiguió Langdon— representan la palabra «pez» en asirio. Se trata de un pictograma. Si se fija bien, podrá ver la boca abierta del pez a la derecha, así como las escamas triangulares del cuerpo.
Los invitados ladearon la cabeza para estudiar la figura.
—Y si mira aquí —dijo Langdon, señalando una serie de improntas que había a la izquierda—, podrá ver que Edmond hizo estas pisadas en el barro detrás del pez para representar el histórico paso evolucionario del pez a la tierra.
Los presentes comenzaron a asentir en señal de comprensión.
—Y, finalmente —añadió—, el asterisco asimétrico de la derecha, el símbolo que el pez parece estar a punto de comerse, es uno de los más antiguos para representar a Dios.
La mujer con los labios rellenos de bótox se volvió y lo miró con el ceño fruncido.
—¿El pez se va a comer a Dios?
—Eso parece. Es una versión lúdica del pez de Darwin: la evolución comiéndose a la religión. —Langdon se encogió de hombros despreocupadamente—. Como he dicho, es bastante ingenioso.
Al salir de la sala, el profesor pudo oír cómo la gente murmuraba a su espalda, y Winston se rio con ganas.
—¡Ha sido genial, profesor! Edmond habría apreciado su improvisada disertación. No mucha gente es capaz de descifrar esa obra.
—Bueno —respondió Langdon—, en eso consiste mi trabajo.
—Sí, y ahora entiendo por qué el señor Kirsch me ha pedido que lo considerara un invitado especial. De hecho, me ha pedido que le muestre algo que ninguno de los otros invitados va a ver esta noche.
—¿Ah, sí? ¿De qué se trata?
—¿Ve usted el pasillo con el cordón que impide el paso a la derecha del ventanal principal?
Langdon miró a su derecha.
—Sí.
—Bien. Siga mis instrucciones, por favor.
Con cierta vacilación, Langdon obedeció las instrucciones de Winston. Se dirigió hacia el pasillo y, tras comprobar que nadie lo veía, se adentró en él.
Dejando atrás a la muchedumbre que se congregaba en el atrio, el profesor recorrió unos diez metros hasta llegar a una puerta metálica con un teclado numérico.
—Teclee los siguientes seis dígitos —dijo Winston, y le recitó la clave a Langdon.
El profesor la introdujo y el cerrojo de la puerta se abrió con un ruido sordo.
—De acuerdo, profesor. Ahora entre.
Langdon se quedó un momento inmóvil, receloso de lo que pudiera encontrarse al otro lado. Finalmente, se armó de valor y abrió la puerta.
—Encenderé las luces —dijo Winston—. Por favor, entre y cierre.
Langdon se adentró en la estancia y aguzó la mirada para intentar ver algo en la oscuridad. La puerta se cerró tras él, emitiendo el mismo ruido sordo.
Poco a poco, una suave luz comenzó a encenderse en los bordes de la sala dejando a la vista un gigantesco espacio parecido a un hangar para aviones jumbo.
—Tres mil metros cuadrados —le informó Winston.
La sala hacía que el atrio pareciera pequeño.
A medida que la intensidad de las luces iba en aumento, Langdon pudo distinguir un grupo de formas enormes en medio de aquel inmenso lugar, siete u ocho oscuras siluetas que parecían dinosaurios pastando en plena noche.
—¿Qué demonios estoy viendo? —preguntó Langdon.
—Se llama La materia del tiempo —dijo la alegre voz de Winston a través de los auriculares—. Es la obra más pesada del museo. Casi mil toneladas.
Langdon todavía estaba intentando ubicarse.
—¿Y por qué estoy aquí yo solo?
—Como le he dicho, el señor Kirsch me ha pedido que le mostrara esta asombrosa obra.
Al final, las luces se encendieron del todo y el vasto espacio quedó iluminado por un suave resplandor. Langdon solo pudo limitarse a contemplar con asombro la escena que tenía ante sí.
«He accedido a un universo paralelo».