Origen

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Capítulo 9

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Entre los dos hombres que se encontraban en el interior de la espiral se había hecho el silencio.

«Necesito tu consejo. Es posible que mi vida dependa de ello».

Las palabras de Kirsch parecieron quedar suspendidas en el aire durante unos segundos, y Langdon percibió inquietud en los ojos de su amigo.

—¿Qué sucede, Edmond? ¿Estás bien?

Las luces del techo volvieron a parpadear, pero Kirsch hizo caso omiso.

—Este último año ha sido excepcional para mí —comenzó a decir en voz baja—. He estado trabajando en un proyecto importantísimo que me ha llevado a realizar un descubrimiento de una relevancia histórica.

—Eso es maravilloso.

Kirsch asintió.

—Lo es. Y las palabras no alcanzan a describir lo emocionado que estoy por compartirlo al fin con el mundo esta noche. Supondrá un gran cambio de paradigma. No estoy exagerando cuando digo que este hallazgo tendrá repercusiones comparables a las de la revolución copernicana.

Por un momento, Langdon pensó que su anfitrión estaba bromeando, pero su amigo mantuvo una expresión seria.

«¿Copérnico?». La humildad nunca había sido uno de los fuertes de Kirsch, pero esa afirmación parecía completamente descabellada. Nicolás Copérnico era el padre del modelo heliocéntrico —es decir, había constatado que los planetas giran alrededor del sol—, lo cual supuso el inicio de una revolución científica en el siglo XVI que erradicó por completo las tradicionales enseñanzas de la Iglesia según las cuales la humanidad ocupaba el centro del universo de Dios. Su descubrimiento fue condenado por la Iglesia durante tres siglos, pero el daño ya había sido hecho y el mundo nunca volvería a ser igual.

—Percibo tu escepticismo —dijo Kirsch—. ¿Habría sido mejor que me comparara con Darwin?

Langdon sonrió.

—Viene a ser lo mismo.

—De acuerdo. Entonces deja que te pregunte lo siguiente: ¿cuáles son las dos preguntas fundamentales que se ha hecho la humanidad desde el principio de los tiempos?

Langdon lo consideró.

—Bueno, una sería: ¿cómo empezó todo?, ¿de dónde venimos?

—Así es. Y la segunda es la que la complementa. No «¿de dónde venimos?» sino…

—¿Adónde vamos?

—¡Exacto! Esos dos misterios se encuentran en el centro mismo de la experiencia humana. ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? La Creación humana y su destino. Estos son los grandes misterios universales. —Edmond endureció la mirada y la clavó en Langdon—. Robert, el descubrimiento que he hecho… contesta con toda claridad ambas preguntas.

Langdon consideró cuidadosamente las palabras de Edmond y sus embriagadoras ramificaciones.

—No estoy seguro de qué decir.

—No hace falta que digas nada. Espero que después de la presentación de esta noche tú y yo podamos encontrar un momento para discutirlo todo en profundidad, pero por ahora necesito hablar contigo de una cuestión más sombría: las potenciales consecuencias negativas.

—¿Crees que habrá repercusiones?

—Sin la menor duda. Al contestar estas preguntas, contradigo por completo siglos de enseñanzas espirituales asentadas. Tradicionalmente, las cuestiones de la Creación y del destino de la humanidad han sido dominio de la religión. Yo soy un intruso, y a las religiones del mundo no va a gustarles lo que estoy a punto de anunciar.

—Interesante —respondió Langdon—. ¿Es esa la razón por la que durante el almuerzo que mantuvimos en Boston el año pasado estuviste dos horas haciéndome preguntas sobre religión?

—Sí. Y puede que recuerdes lo que te prometí: te aseguré que llegaríamos a ser testigos de cómo los descubrimientos científicos erradicaban los mitos de la religión.

Langdon asintió. «Difícil de olvidar». La presuntuosidad de la declaración de Kirsch se había grabado palabra por palabra en su memoria eidética.

—Así es. Y te respondí que la religión había sobrevivido a milenios de avances científicos porque cumplía un importante propósito en la sociedad y que, si bien podía ser que evolucionara, nunca moriría.

—Exactamente. También te dije que había encontrado el propósito de mi vida: emplear la verdad de la ciencia para desbaratar los mitos de la religión.

—Sí. Una afirmación jactanciosa.

—Y, desafiándome, tú argumentaste que si descubría una «verdad científica» que contradijera o menoscabara las tesis de la religión, haría bien en discutirla con algún erudito religioso porque así tal vez comprendería que, a menudo, la ciencia y la religión pretenden contar la misma historia en dos lenguajes distintos.

—Lo recuerdo. Científicos y religiosos suelen usar vocabularios diferentes para describir los mismos misterios del universo. Con frecuencia, los conflictos entre ambos se deben más a cuestiones semánticas que al contenido de su discurso.

—Bueno, pues he seguido tu consejo y hace poco expuse mi reciente descubrimiento ante varios líderes espirituales —indicó Kirsch.

—¿Ah, sí?

—¿Te suena el Parlamento de las Religiones del Mundo?

—Por supuesto.

Langdon era un gran admirador de los esfuerzos de ese grupo para promover el debate interreligioso.

—Pues, casualmente —continuó Kirsch—, este año el encuentro se ha celebrado en el monasterio de Montserrat, a apenas una hora de mi casa de Barcelona.

«Un lugar espectacular», recordó el profesor, que había visitado el santuario muchos años atrás.

—Cuando me enteré de que iba a tener lugar la misma semana en la que yo planeaba realizar el anuncio de este importante descubrimiento científico, no sé, yo…

—¿Te preguntaste si se trataba de una señal divina?

Kirsch se rio.

—Algo así. El hecho es que decidí ponerme en contacto con ellos.

Langdon se quedó impresionado.

—¿Te dirigiste a todo el parlamento?

—¡No! Eso habría sido demasiado peligroso. No quería que la información se filtrara antes de que pudiera anunciarla yo mismo, así que me reuní con solo tres de sus miembros: un representante del cristianismo, otro del islam y un tercero del judaísmo. Los cuatro nos encontramos en privado en la biblioteca del monasterio.

—Me sorprende que te permitieran entrar en la biblioteca —dijo Langdon asombrado—. Tengo entendido que se trata de un lugar sacrosanto.

—Les dije que necesitaba que nos viéramos en un lugar seguro, sin teléfonos, cámaras ni gente, y me llevaron a esa biblioteca. Antes de revelarles nada, les exigí voto de silencio. Accedieron. Hasta el momento, son los únicos que saben algo sobre mi hallazgo.

—Fascinante. ¿Y cómo reaccionaron cuando se lo contaste?

Kirsch se mostró algo avergonzado.

—Puede que no lo hiciera con el tacto que requería. Ya me conoces, Robert, cuando se trata de mis pasiones, la diplomacia no es mi fuerte.

—Sí, me han dicho que te iría bien asistir a un curso para aprender a tener más tacto —bromeó Langdon.

«Como a Steve Jobs y a tantos otros genios visionarios».

—De acuerdo con mi naturaleza franca, comencé la charla contándoles simplemente la verdad: que siempre había considerado la religión una forma de engaño masivo y que, como científico, me resultaba difícil aceptar el hecho de que miles de millones de personas inteligentes buscaran consuelo o guía en la fe. Cuando me preguntaron por qué quería entonces reunirme con personas por las que al parecer sentía tan poco respeto, les dije que mi intención era calibrar su reacción para tener una idea de cómo recibirían los creyentes mi descubrimiento cuando lo hiciera público.

—Tú siempre tan diplomático… —dijo Langdon de nuevo, esbozando una sonrisa—. ¿Eres consciente de que a veces la honestidad no es la mejor política?

Kirsch descartó su comentario con un movimiento de la mano.

—Mis ideas sobre la religión son de dominio público. Pensaba que apreciarían mi transparencia. En cualquier caso, después de eso les presenté mi trabajo y les expliqué detalladamente lo que había descubierto y por qué lo cambiaba todo. Incluso cogí mi teléfono móvil y les mostré un vídeo que, sin duda, puede resultar algo impactante. Se quedaron sin habla.

—Debieron de decir algo —insistió Langdon, pues su curiosidad por averiguar qué diantre había descubierto Kirsch iba en aumento.

—Yo esperaba que pudiéramos mantener una conversación, pero el clérigo cristiano silenció a los otros dos religiosos antes de que pudieran pronunciar una palabra y me instó a que reconsiderara la idea de hacer pública la información. Yo le dije que me tomaría un mes para pensarlo.

—Pero si vas a revelar tu descubrimiento esta noche…

—Ya. Les expliqué que todavía faltaban varias semanas para el anuncio para que no entraran en pánico o intentaran detenerme.

—¿Y cuando descubran que la presentación va a tener lugar hoy…? —preguntó Langdon.

—No les hará mucha gracia. Y menos todavía a uno en particular. —Kirsch miró a Langdon directamente a los ojos—. El clérigo que organizó el encuentro fue el obispo Antonio Valdespino. ¿Lo conoces?

Langdon se puso tenso.

—¿De Madrid?

Kirsch asintió.

—Ese mismo.

«Probablemente no era la mejor audiencia para el ateísmo radical de Edmond», pensó Langdon. Valdespino era una poderosa figura de la Iglesia católica española, conocida por sus opiniones profundamente conservadoras y la gran influencia que tenía sobre el rey de España.

—Era el anfitrión del parlamento de este año —dijo Kirsch—, y por lo tanto la persona con quien hablé para organizar el encuentro. Él se ofreció a asistir personalmente y yo le pedí que trajera asimismo a representantes del islam y el judaísmo.

Las luces del techo volvieron a parpadear. Kirsch exhaló un profundo suspiro y bajó todavía más el tono de voz.

—Robert, como te he dicho, la razón por la que quería hablar contigo antes de la presentación de esta noche es que necesito tu consejo. Quiero saber si crees que el obispo Valdespino puede ser peligroso.

—¿Peligroso? —preguntó Langdon—. ¿En qué sentido?

—Lo que les mostré a esos tres líderes religiosos supone una amenaza para su mundo, y quiero saber si crees que corro algún peligro físico.

Langdon negó de inmediato con la cabeza.

—No, imposible. No estoy seguro de qué les dijiste, pero Valdespino es un pilar de la comunidad católica del país y sus lazos con la Casa Real española lo hacen extremadamente influyente…, pero es un sacerdote, no un sicario. Tiene poder político y puede pronunciar un sermón en tu contra, pero me resulta muy difícil creer que su intención sea hacerte daño.

Kirsch no pareció quedarse muy convencido.

—Deberías haber visto el modo en que me miraba cuando me marché de Montserrat.

—¡Te sentaste en la sacrosanta biblioteca de ese monasterio y le dijiste a un obispo que todo su sistema de creencias es falso! —exclamó Langdon—. ¿Acaso esperabas que te sirviera té con pastitas?

—No —admitió Kirsch—, pero tampoco esperaba que después del encuentro me dejara un mensaje de voz en el que me amenazara.

—¿El obispo Valdespino te llamó?

Kirsch metió una mano dentro de su cazadora de piel y sacó un teléfono móvil inusualmente grande. Su funda de color turquesa estaba adornada con un repetitivo patrón hexagonal que Langdon reconoció al instante. Se trataba de las famosas baldosas diseñadas por el arquitecto modernista catalán Antoni Gaudí.

—Escucha —dijo Kirsch.

Tras pulsar algunas teclas, sostuvo el móvil en alto. Al poco, se oyó la severa voz de un anciano hablando en un tono extremadamente serio:

«Señor Kirsch, soy el obispo Antonio Valdespino. Como sabe, tanto a mí como a mis dos colegas el encuentro de esta mañana nos ha resultado profundamente intranquilizador. Le agradecería que me llamara de inmediato para discutir más a fondo esta cuestión y, de nuevo, vuelvo a advertirle sobre el peligro de hacer público este descubrimiento. Si no me llama, tenga en cuenta que mis colegas y yo consideraremos la posibilidad de realizar un anuncio preventivo para compartir su descubrimiento, contextualizarlo, desacreditarlo e intentar evitar el indecible daño que está a punto de causarle al mundo…, daño que, no cabe duda, usted no prevé. Espero su llamada y le sugiero firmemente que no ponga a prueba mi determinación».

El mensaje terminó.

Langdon tenía que admitir que le resultaba sorprendente la agresividad del tono de Valdespino; sin embargo, más que asustarlo, el mensaje no hacía sino aumentar la curiosidad que sentía por el inminente anuncio de Edmond.

—¿Y tú qué le respondiste?

—No lo hice —dijo Kirsch al tiempo que volvía a guardarse el móvil en el bolsillo interior de la cazadora—. No me tomé en serio la amenaza. Estaba convencido de que querían enterrar el descubrimiento, no anunciarlo ellos mismos. Además, sabía que la repentina presentación de esta noche iba a pillarlos por sorpresa, de modo que no temía la posibilidad de que ellos lo anunciaran antes. —Hizo una pausa y se quedó mirando fijamente a Langdon—. Pero…, no sé, hay algo en su tono de voz…, no puedo quitármelo de la cabeza.

—¿Temes que pueda pasarte algo aquí? ¿Esta noche?

—No, no, la lista de invitados es muy restringida y este edificio cuenta con unas medidas de seguridad excelentes. Estoy más preocupado por lo que pueda pasar una vez que haya hecho público el descubrimiento. —De repente, pareció lamentar haber mencionado el mensaje—. No es más que una tontería. Los nervios previos a la función. Solo quería saber qué te dice el instinto.

Langdon estudió a su amigo cada vez con más preocupación. Edmond parecía inusualmente pálido e inquieto.

—El instinto me dice que, por más que lo enojaras, Valdespino jamás intentaría hacerte daño.

Las luces volvieron a parpadear, ahora de forma más insistente.

—Está bien, gracias. —Kirsch consultó la hora—. He de marcharme, pero ¿te parece bien que nos veamos luego? Hay algunos aspectos de este hallazgo que me gustaría discutir más a fondo contigo.

—Por supuesto que sí.

—Perfecto. Después de la presentación habrá mucho jaleo, de modo que necesitaremos un lugar privado para escapar del caos y poder charlar. —Edmond cogió una tarjeta de visita y escribió algo en el dorso—. Cuando acabe el evento, coge un taxi y dale esta tarjeta al conductor. Cualquier taxista local sabrá de inmediato adónde debe llevarte.

Langdon creyó que se trataría de la dirección de un hotel o un restaurante. En vez de eso, en el dorso de la tarjeta había escrito algo parecido a un código:

BIO-EC346

—Perdona, Edmond, ¿quieres que le enseñe esto al conductor?

—Sí. Él ya sabrá adónde ir. Yo avisaré a los guardias de seguridad para que te dejen pasar, y llegaré lo antes posible.

«¿Guardias de seguridad?». Langdon frunció el ceño y se preguntó si BIO-EC346 sería el código de algún club científico secreto.

—Es un código rematadamente simple, amigo mío. —Kirsch le guiñó un ojo—. No deberías tener problema alguno para descifrarlo. Y, por cierto, para que no te coja por sorpresa, ya te aviso ahora que vas a desempeñar un papel en el anuncio que haré esta noche.

Langdon se sintió intrigado.

—¿Qué tipo de papel?

—No te preocupes. No tendrás que hacer nada.

Y, tras decir eso, se dirigió hacia la abertura de la espiral.

—He de marcharme al camerino, pero Winston te guiará hasta la sala en la que se realizará la presentación.

Antes de desaparecer por el pasillo de la espiral, Kirsch se detuvo en la abertura y se volvió.

—Te veré después del evento. Espero que tengas razón sobre Valdespino.

—Relájate, Edmond —lo tranquilizó Langdon—. Concéntrate en la presentación. No corres peligro alguno de ser atacado por unos clérigos fanáticos.

Kirsch no parecía convencido.

—Tal vez cuando oigas lo que voy a anunciar opines lo contrario, Robert.

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