Número dos
Primera parte
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John pidió perdón. Se sintió ridículo por haber respondido de nuevo en nombre de su hijo y por arriesgarse a echar por tierra el momento. ¿Cómo iban a imaginar a Martin como protagonista de semejante película si su padre hablaba en su lugar? Pero es que se angustiaba por él. Desde el miércoles anterior, había quitado hierro a lo que estaba en juego, asegurando que «sería divertido hacer las pruebas», pero aquel asunto lo tenía mucho más intranquilo de lo que estaba dispuesto a reconocer. Sin embargo, no tenía por qué. Todo iba muy bien. Ahora que se había callado, su hijo se las arreglaba a la perfección. Susie le hizo varias preguntas sobre su vida y sus ocupaciones y luego pasaron a los temas serios. John se alegró de haber acertado cuando puso a su hijo a ensayar; la directora de casting le pidió a Martin que interpretara una de las escenas en las que Harry es maltratado.
—En la novela, el chico es el blanco de las burlas de toda la familia. Peor todavía: el pasatiempo preferido de su aborrecible primo y de sus amigos es «cazar a Harry». ¿Has leído el libro? —quiso saber Susie.
—Sí.
—Estupendo. De todos modos, tranquilo, ¡no vamos a cazar a Martin! Lo que vamos a hacer es que Edward te va a decir unas cosas…, esto…, un poco desagradables y tú tienes que reaccionar como te salga. Con frases o con gestos. ¿Te parece?
—Sí, vale.
El ayudante cogió entonces un folio y se levantó para declamar una sarta de insultos. Martin reprimió una carcajada, mal empezábamos, pero consiguió concentrarse. Para meterse en la piel de Harry no debía reaccionar con agresividad. En la novela, quedaba claro hasta qué punto el héroe tenía una forma más bien mansa de dejar correr el odio. De hecho, era su gran fortaleza: nadie ejercía influencia sobre él. Por eso, Martin esquivó los ataques, respondiendo con evasivas, incluso con sentido del humor. Susie parecía gratamente sorprendida. Intervenía a veces para puntualizar una intención o dar alguna indicación precisa. Martin se liberaba cada vez más del desafío y era evidente que disfrutaba de que lo dirigieran de ese modo. La directora de casting le pidió entonces que improvisara una especie de discurso de rebelión: «Aunque no tenga nada que ver con la historia, tú háblame de lo que te molesta. ¡Cuéntame qué cosas te enfadan!». Aquello fue más complicado. Pocas cosas lo sublevaban; tampoco era plan de ponerse a hablar de la reciente derrota del Arsenal, ¿no? Sin embargo, pensando en el fútbol se acordó del quidditch, el deporte que practican los jóvenes magos, y optó por enfadarse cambiando sencillamente los elementos del lenguaje, enfurecido con el árbitro que se escondía detrás de una nube o con el uso de una escoba voladora defectuosa.
Al término del monólogo, sin duda un poco azaroso, recibió felicitaciones. Había demostrado mucha inventiva, una cualidad y una baza fundamentales para un actor.
John constataba con satisfacción que Edward y Susie se lanzaban continuamente miradas cómplices. Le habría encantado compartir aquel momento con Jeanne. Pero había que mantener la concentración, pues Susie prosiguió:
—Lo que viene ahora es dificilillo; si no te sale, no pasa nada.
—Vale.
—Vas a intentar llorar. En general, los actores piensan en elementos tristes de su vida, pero no hay un método infalible. A veces es simplemente un proceso mecánico, como si pudiéramos abrir un grifo en los ojos…
Al oír aquella comparación, Martin sonrió, lo cual no era la mejor manera de acceder a la concentración que requería la búsqueda de lágrimas en lo más hondo de uno. Lanzó una mirada fugaz hacia su padre en busca de apoyo. Y se quedó pensativo. ¿Por qué recuerdo podía dejarse llevar? Era una situación de lo más extraña. Tres personas lo observaban, esperaban que llorase. Y exactamente eso fue lo que hizo. Al cabo de un minuto se obró el milagro líquido.
Susie se acercó para darle una especie de palmadita amistosa en la espalda. Procuraba disimular la agitación que se adueñaba de ella. Era importante no dar falsas esperanzas, sobre todo a un joven actor. Aunque ella estaba entusiasmadísima, la decisión no estaba en su mano. ¿Y si Chris Columbus y J. K. Rowling tenían otra percepción de lo que acababa de suceder cuando visionaran las pruebas? Pero no, no lo creía. El chaval era extraordinario, solo podía cosechar unanimidad. Susie trabajó un poco más con él sobre temas más ligeros. Martin interpretó el deslumbramiento y la llegada a la escuela de magia. Improvisó de nuevo a partir de elementos recogidos en el libro, añadiendo aquí y allá algunas referencias, y hasta se embarcó en una especie de conversación con Hedwig, la lechuza de Harry Potter. Ofreció una actuación notablemente elaborada; sus ganas y su capacidad de trabajo eran indiscutibles.
Eran casi las siete cuando la sesión tocó a su fin. En el rellano, se despidieron intercambiando amplias sonrisas y un «hablamos muy pronto». Nada más salir a la calle, John felicitó a su hijo:
—Has llorado, ¿te lo puedes creer? ¡Has llorado! Es maravilloso…
—¡Sí, estoy muy contento!
—Y dos horas, ¿te lo puedes creer? Dos horas hemos estado. Es muy buena señal. ¿Tú crees que esa mujer habría perdido dos horas de su vida con un inútil?
—…
—Dos horas, ¿te lo puedes creer?
Martin se alegraba del entusiasmo relojero de su padre, pero sobre todo sentía que la cosa había ido bien. Estaba aliviado. Como estaban demasiado emocionados para volver directos a casa, decidieron ir a cenar unas hamburguesas con queso a su restaurante de comida rápida favorito, repasando al detalle la sesión de casting durante toda la comida. Una vez en casa, John se abalanzó sobre el teléfono: «¡Ven, tenemos que contarle todo a mamá!». Por fin una oportunidad de mantener una conversación con tintes positivos. Pero nadie descolgó. Probaron otra vez al cabo de media hora y de nuevo el teléfono sonó en el vacío. John disimuló su turbación, pero constatar que Jeanne estaba por ahí a esas horas chafaba claramente una parte de la dicha que experimentaba. La imaginaba cenando en un restaurante con un hombre. A decir verdad, Jeanne se moría de impaciencia por recibir noticias, pero un interminable consejo de redacción la tenía retenida en el periódico. A la mañana siguiente, a primerísima hora, llamaría a su hijo para que se lo contara todo.
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Por su parte, Susie llamó a David en cuanto el niño y su padre salieron de su despacho. Este llegó en el acto para visionar las pruebas; frente a la pantalla no manifestó nada. Al final, se giró muy despacio hacia su directora de casting y la miró a los ojos, con una mirada que significaba «Pues ya está, ¡ya tenemos al puto Harry!».
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Por una vez, a Martin le costó una barbaridad conciliar el sueño. Aunque se había metido en la aventura con despreocupación, ahora ya no lograba dominar la excitación. Pensaba todo el rato en la vida increíble que le abría los brazos. Lo que le estaba pasando era una locura. Intentaba entrar en razón, recordarse que no había nada seguro; en vano. Su mente repasaba a zancada limpia todas las posibilidades y destruía paulatinamente las barreras entre la realidad y el sueño. Él había vislumbrado aquella vida de estrella de cine en el rodaje de Notting Hill. Había observado el aura que rodea a los actores, esa efervescencia a su paso y la gente que contiene la respiración. ¿Quién no habría fantaseado ante la idea de ser amado de esa forma? Porque era eso lo que se le ofrecía. Por asociación de ideas, se imaginaba ya en los palcos VIP de los partidos del Arsenal, tal vez hasta se haría amigo de los jugadores. Viajaría por todo el mundo, en jet privado seguramente, y podría comprarse un pisazo donde daría grandes fiestas. Así fue discurriendo largo y tendido sobre la mejor versión de su porvenir. Estaba deseando contárselo todo a sus amigos, proclamar a los cuatro vientos lo que estaba viviendo. Pero su padre le había aconsejado que de momento se estuviera calladito. Corría el riesgo de que los interrogatorios lo parasitaran y acabaría sometido a demasiada presión. Más valía ser discreto y anunciar la buena nueva, con grandes alharacas, cuando estuviera todo firmado. Sin embargo, costaba mucho mantener la cabeza fría; la aventura se antojaba ahora tan real… Una vida milagrosa lo aguardaba.
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Definitivamente, el azar es traicionero. Antes de toparse con Martin, David Heyman le había echado el ojo a otro actor. Había localizado a un tal Daniel Radcliffe en un telefilm de la BBC sobre David Copperfield. De hecho, ya conocía al padre del chico, que era agente literario. A pesar de este vínculo, las cosas no eran tan sencillas. Se hablaba ya de rodar siete películas, seguramente en Los Ángeles. Después de darle muchas vueltas, los padres del joven Daniel decidieron que su hijo no haría las pruebas para Harry Potter. Aquello implicaba un trastorno demasiado grande, amén de la desescolarización. El productor insistió, pero no hubo manera: la respuesta era no.
Sin embargo, el destino tenía otros planes y optó por reunir de nuevo a todos los protagonistas de esta historia. Durante una función de Stones in His Pockets, David Heyman vio a Daniel con sus padres a unas cuantas butacas de distancia. Aquello tenía que ser por fuerza una señal. Y eso que la obra relataba la historia de una pequeña localidad invadida por el rodaje de una película hollywoodiense que aboca al suicidio a un figurante rechazado por la actriz principal. Vamos, que aquel drama sobre el poder destructor del cine no parecía establecer el contexto ideal. Pero a David le traía sin cuidado el tema; se había pasado toda la representación con la cabeza vuelta hacia su presa.
Se vieron a la salida. Tras un intercambio de fórmulas de cortesía, salió de nuevo a colación Harry Potter. David no se anduvo con rodeos:
—Vuelvo a insistir… Nos encantaría, de verdad, que Daniel hiciera las pruebas…
—Lo sabemos —respondió la madre—, pero no queremos que Dan falte a la escuela tanto tiempo…
Sus padres aceptaban que su hijo participara en películas, y tal vez Daniel querría ser actor más adelante, pero de momento su educación era lo primero. David argumentó: una simple cita no los comprometía a nada, solo podía ser una buena experiencia para el futuro de su carrera. Además, ahora la situación era distinta: había muchas posibilidades de que el rodaje fuese en Londres. El padre de Daniel Radcliffe afirmaría más adelante que todo dependió de aquel segundo encuentro casual. Al volver a ver al productor, se dijo: «A lo mejor es que el destino quiere decirnos algo». Y accedieron a que Daniel hiciera las pruebas.
Charlaron un rato más delante del teatro. David lanzaba miradas fugaces al chico. Al final, le preguntó:
—¿Y el libro lo has leído?
—Sí.
—¿Te ha gustado?
—Claro.
—¿Qué es lo que más te ha gustado de la historia?
—Que los padres del protagonista estén muertos. Tiene que molar mucho ser huérfano… —dijo, dedicando una sonrisa a sus padres.
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Según la opinión general, la audición fue tirando a mediocre. Contrariamente a lo que el ramalazo de humor en la puerta del teatro había presagiado, Daniel era un niño reservado. Desde luego, eso no era necesariamente un inconveniente para encarnar a Harry Potter, pero su actitud rayaba a veces en la introversión. Él mismo reconocería más adelante en cantidad de entrevistas hasta qué punto la pifió en aquella primera prueba. De vuelta a su casa, casi se lo sacó de la cabeza; se había terminado.
De ahí su sorpresa cuando lo llamaron para una segunda sesión. Naturalmente, Martin Hill había suscitado mucho entusiasmo, pero siempre era preferible contar con varias opciones. De manera instintiva, Daniel pensó que esta vez sí que había algo en juego. No se equivocaba; era buena señal que quisieran volver a verlo después de su lamentable exhibición. Para todo el equipo, daba tan bien el personaje que era absurdo no brindarle una nueva oportunidad. En esta ocasión, iba con muchas más ganas de que lo escogieran. Se preparó la audición con su madre. Como ella era directora de casting, Daniel sacó provecho de su gran experiencia. A diferencia de las pruebas de Martin, las imágenes de ese segundo pase ante la cámara son fáciles de encontrar. Sin saberlo, ese niño que sonríe con timidez está rozando la fama con la punta de los dedos. Con el disfraz de aprendiz de mago, las gafas redondas y la varita en la mano, se disipó cualquier atisbo de duda: Daniel Radcliffe era un candidato muy serio para el papel.
Arrancó entonces la parte más compleja de la aventura. Los padres de Daniel se enteraron de que ya solo había dos actores en liza. Su hijo competía con un tal Martin Hill. Como no les sonaba de nada, recabaron algo de información. Era el hijo de un utilero y lo habían descubierto por azar en un plató de rodaje; no era actor ni por asomo. Un perfil atípico que debía de tener un talento tremendo para haber llegado tan lejos. El matrimonio Radcliffe, reticente en un primer momento, también se había dejado atrapar por el juego a raíz de la segunda prueba. Ahora consideraban que obtener aquel papel sería una oportunidad extraordinaria para su hijo. Daniel, por su parte, ya empezaba a soñar; todos sus amigos habían leído la novela y se imaginaba la cara que pondrían si les anunciaba que él sería Harry Potter. Sería sencillamente increíble.
Los dos finalistas fueron convocados para una nueva audición, esta vez con un texto aprendido de antemano y en presencia de Chris Columbus. El director, que había trabajado con Macaulay Culkin, sabía dirigir a un niño y estimularlo para que diera lo mejor de sí mismo. Quedó conquistado por las dos actuaciones, sopesó pros y contras y concluyó que la elección sería muy complicada. Era mejor pasar de inmediato a la siguiente fase: la audición con los compañeros. Cuando observaran la química del trío, podrían tomar una decisión. Emma Watson había conseguido el papel de Hermione. Había sido sencillísimo; la niña despuntó de inmediato entre las demás. Durante su audición, hizo gala tanto de concentración como de picardía. Se notaba, además, que deseaba con toda su alma que la eligieran. Su energía arrasó con todo. Durante la primera rueda de prensa, en la que los actores serían presentados al mundo, antes incluso de que arrancara el rodaje, no cabría la menor duda: Emma Watson lo tenía todo para ser una futura estrella. En el caso de Ron, el proceso había sido un poco más largo. En un primer momento, Rupert Grint se presentó al casting para el papel de Harry, antes de que lo redirigieran al del amigo dulce e incondicional.
Así fue como Daniel Radcliffe primero y Martin Hill después se vieron las caras con Rupert Grint y Emma Watson. Nada menos obvio: de entrada, había que dar a entender que dos desconocidos eran tus mejores amigos. En este juego, Daniel fue el mejor. Como ya había actuado en una película, contaba con la experiencia necesaria para interactuar con otros partenaires. Se rio de las bromas de Ron y se dejó guiar por la energía de Hermione. El trío funcionaba, era innegable. Eso sí, durante el resto de la audición se quedó un poco en segundo plano, como si le diera miedo robarles protagonismo a los demás. A decir verdad, era sencillamente su manera de ser, y a fin de cuentas esta casaba bastante bien con la actitud de un Harry Potter angustiado por el descubrimiento de un mundo desconocido.
Llegó el turno de Martin. A él las cosas le salieron un pelín menos bien. Se sintió inmediatamente aplastado por el peso del desafío. Era un acontecimiento demasiado importante para vivirlo con desparpajo. Cuando llegó la hora de actuar, empezaron a temblarle las piernas. ¿Por qué no había sentido aquello la vez anterior? Hoy que la victoria se le antojaba accesible, todo era distinto. Nada que ver con el primer día, cuando no había nada que perder. Ahora había todo que perder. Se le nubló un poco la vista, incluso. Sentía todas las miradas puestas en él, aguardando las palabras que se disponía a pronunciar. Los otros dos actores trataban de animarlo. Aunque flotaban ya en la relajación de haber sido seleccionados, aún acusaban la resaca de los recientes nervios. Al final, el director se acercó para reconfortar a Martin. No pasa nada, les ocurre a todos los actores, hasta a los más veteranos, ¿quieres que paremos un momento? ¿Te apetece beber algo? Martin trató de sonreír, pero la mandíbula no le respondía. Estaba abochornado, él que ya se había visto haciendo de Harry. Más aún: se sentía Harry. La noche anterior había vuelto a leer pasajes del libro, considerándose más cerca que nunca del personaje. Además, había que sumar un último elemento: antes de entrar a la prueba, le habían enseñado varias maquetas de los decorados. Hogwarts, con su Gran Comedor, había cobrado vida ante sus propios ojos. Esto, sin duda, alimentaba su estrés; había mirado el sueño a los ojos.
Qué fácil es abandonar. Solo hay que dejarse llevar; abreviar el trance con más o menos dignidad. No fue el caso de Martin. Dio marcha atrás en sus emociones y halló recursos nuevos. La sesión volvió a arrancar y la cosa salió mucho mejor. Martin no se perdonaba haber dado tan mala impresión, pero su capacidad para superar el miedo era digna de aplauso. Por lo demás, Columbus parecía sorprendido ante aquel giro de ciento ochenta grados, algo que tal vez jugase en favor de Martin. Triunfar en algo después de un fracaso inicial ofrece un extra de vistosidad. Los tres niños debían interpretar una escena en la que Hermione relata lo que ha descubierto acerca de un tal Nicolás Flamel. Ron y Harry tenían que hacerle preguntas y comentar sus declaraciones. Durante muchos minutos, abandonaron la realidad, absorbidos por el universo de J. K. Rowling. Todo parecía anodino y lúdico, cuando en realidad lo que estaban viviendo podía cambiarles la vida. Un juego de niños con consecuencias de adultos.
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Al término de la sesión, Martin se sentía en plena forma, enardecido por el encantamiento. Quería seguir actuando. Soñaba con otras escenas, con aventuras y peripecias. En cualquier caso, podía estar satisfecho; tras un arranque arduo, había conseguido dar lo mejor de sí mismo. Todo el mundo había tenido una palabra amable para él. Pero ¿no sería para que se sintiera mejor? No, parecían comentarios sinceros. Rupert lo había felicitado y Emma había añadido que era superchachi actuar con él. Chris Columbus había estado un rato largo con él para charlar y hablar del papel. El futuro parecía de lo más concreto.
Pero hay que reconocer que la balanza se inclinaba a favor de Daniel. Sin embargo, las cosas no fueron tan sencillas. La decisión de producción sería irreversible y comprometería la suerte de la saga potencial. Se evaluaron las virtudes y los defectos de cada uno de los candidatos, que se equilibraban en una terrible ecuación. Los representantes de la Warner viajaron desde Estados Unidos y se organizó una gran reunión en Londres con David Heyman, Chris Columbus y, por supuesto, J. K. Rowling. Cada cual manifestó su opinión. Mucho más tarde, en una entrevista concedida al Huffington Post que se encuentra muy fácilmente en internet, una de las directoras de casting resumiría lo que realmente sucedió en aquella etapa.
*
Extracto de la entrevista a Janet Hirshenson
(2016)
Vimos una vez más las pruebas de Daniel. El otro chaval era magnífico, tenía un lado vulnerable y se parecía una barbaridad a Harry. Pero también sabíamos que Harry se convertiría en un adolescente con confianza y mucho carácter. Daniel tenía esas dos facetas, era muy vulnerable y a la vez tenía ese algo extra que le confería «agallas». Resumiendo: Daniel tenía «lo que había que tener» para asumir el papel.
*
He aquí, por tanto, la razón por la que se decantaron por Daniel Radcliffe. Una cuestión de intuición: él tendría la fortaleza mental para vivir una experiencia extrema. Pero hay más. En el centro de las declaraciones, la directora de casting emplea una expresión fascinante: «Ese algo extra». Esa cualidad imposible de definir fue en el fondo decisiva. Si Martin hubiera preguntado: «¿Por qué él y no yo?», le habrían contestado que la culpa la tenía ese algo extra.
Quedarse a las puertas de tanto por tan poco era como para volverse loco.
Así es como una vida humana cae del lado equivocado. Siempre es una nadería lo que marca la diferencia, como si la mera posición de una coma pudiera cambiar el sentido de una novela de ochocientas páginas.
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Había llegado el momento de dar la noticia a los dos finalistas. Primero la buena noticia, primero dar tranquilidad al campeón, al elegido; del perdedor se encargarían después. Indudablemente, la decepción de Martin Hill sería colosal. Nadie podía imaginar hasta qué extremo iba a resultar dolorosa.
Por el momento, Daniel se relaja en un baño de espuma, juega con un patito que se ha enmohecido con los años. Debería tirarlo, pero cuesta deshacerse de los vestigios de la infancia. Desde hace varios días, la espera lo paraliza y sus padres están sumidos en el mismo estado. Por eso se pasa el día a remojo, como si las horas pudieran pasar más deprisa dentro del agua. De repente, oye que suena el teléfono. Un timbrazo, dos, tres, por qué no contesta su padre, como la cosa siga así tendrá que salir de la bañera y precipitarse al salón para descolgar, pero no, no va a hacer falta, ya está, ya oye la voz de su padre que por fin ha respondido, se queda muy quieto, aguza el oído, tendrá algo que ver con él, con el casting, no soporta más la espera, esto es un suplicio, por qué habla tan bajo su padre, no se oye nada, eso no es buena señal, fijo, es mala señal, cuando a uno le dan una buena noticia lo manifiesta, llega incluso a soltar un grito de alegría, sobre todo tratándose de una noticia semejante, pero en este caso no, nada, ni un ruido, ni una reacción, el salón como muerto y la conversación que se alarga y se alarga, y eso que normalmente su padre odia hablar por teléfono, el agua se ha enfriado, no está a gusto, el momento se vuelve insoportable, pero Daniel imagina de pronto que si sale del agua no le darán el papel, un desvarío que se le pasa por la cabeza sin motivo, un extraño juego mental, pero así es, tiene que quedarse en la bañera mientras no conozca el motivo de la llamada, está convencido de que hay una relación causa-efecto, su padre cuelga por fin, pero no ocurre nada, un silencio se adueña del espacio, todo apunta a que ha vuelto a su despacho, así que no era una llamada de la productora, todavía no, todavía no, todavía no, tendrá que seguir atrapado entre dos vidas, ya no consigue ser Daniel y todavía no es Harry, empieza a parecerle mala señal tanta espera, sí, es una estupidez seguir creyendo que lo conseguirá, todo se ha ido al traste, al garete, pero en el corazón de esa oleada de negatividad oye como si unos pasos se acercaran, sí, eso es, unos pasos en su dirección, está claro que su padre quiere hablar con él, sí, no hay duda, dentro de un segundo abrirá la puerta, Daniel clava la mirada en el pomo, sus pensamientos estallan en todas direcciones, en la confusión de interpretaciones, por qué va a buscarlo su padre ahora, por suerte el caos de interrogantes dura poco, por fin abre la puerta, con un semblante inédito, diríase que tiene frente a él a un desconocido, inmóvil, todo solemnidad, dejando flotar el silencio unos segundos antes de romperlo tal que así: «Te han elegido a ti».
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Unos años antes, David Heyman había recibido una carta de Olga, su prometida de origen ruso. Olga fue su primer gran amor, el que a menudo se transforma en cadena perpetua del recuerdo. Se conocieron en la época del instituto y durante unos meses vivieron deslumbrados. Pero al final ella decidió romper; por escrito. Es de sobra sabido que los rusos llevan incorporado el drama literario. David no había olvidado aquella sensación terrible: con el corazón desbocado, abrir un sobre de su amada y toparse con las palabras del rechazo. No podía replicar nada. La carta es una conversación de sentido único. Conmocionado por tanta violencia, se prometió no recurrir jamás a semejantes vilezas. En lo sucesivo, las pocas veces en que había tomado la decisión de terminar una relación lo había hecho siempre cara a cara, aun a costa de pasar un mal trago.
De igual modo, el teléfono sonó en casa de los Hill. Una auxiliar de producción concertó una cita con ellos. Padre e hijo intentaron disimular su agitación. Era buena señal, pensaban los dos, lejos de imaginar que David consideraba que debía estar presente para anunciar una mala noticia. Era un principio de elegancia y una manera de atenuar la brutalidad del chasco. Ni por un momento se planteó que aquella convocatoria pudiera brindar un exceso de ilusiones al chico que estaba a punto de ser rechazado. Sucede, pues, que obremos mal por delicadeza. Pero el malentendido iba a durar poco. En cuanto Martin vio la cara del productor, supo que no era Harry Potter quien se disponía a tomar asiento en el sofá de su despacho. Sí, tenía el semblante muy serio y se leía ya en su mirada el discurso que estaba a punto de pronunciar. Sin embargo, era necesario articular las palabras, esas palabras que Martin nunca olvidaría.
—No lo habéis elegido a él, ¿es eso? —preguntó un John febril.
—Miren, no es fácil esto… Quería verlos en persona… Quería verte a ti, Martin…, porque no quería anunciártelo por teléfono. Sé que no es fácil oír lo que voy a decirte.
—…
—Ha sido una decisión dolorosa también para nosotros. Porque a todo el mundo le has parecido fantástico, dotado de un talento excepcional. De hecho, puedes contar conmigo para el futuro de tu carrera. Estoy convencido de que volveremos a encontrarnos en otros proyectos. Pero, como ya habrás comprendido, no te hemos seleccionado para encarnar a Harry…
Martin dejó de oír las palabras del productor. Notaba la cabeza acalorada y algodonosa. Tenía la sensación de estar cayendo sin moverse del asiento. Naturalmente, se había preparado para la posibilidad del fracaso, pero el impacto de la realidad fue demasiado violento. No se sentía capaz de encajar semejante varapalo. Con los años, uno adquiere poco a poco la capacidad de aguantar los golpes. Puede que la vida humana se resuma en eso, en una incesante experimentación de la desilusión, para desembocar con más o menos suerte en la gestión del dolor. Pero, por el momento, Martin solo tenía once años. No había manera de superarlo. Acababan de arrebatarle la promesa de una aventura maravillosa.
John habría querido levantarse, coger a su hijo en brazos, pero siguió escuchando al productor. Inmóvil, respetaba el protocolo de pronto absurdo de aquel encuentro. ¿Qué sentido tenía oír unas palabras que son puro humo? Todo había terminado. ¿Por qué había buscado a su hijo, por qué le había dado tantas esperanzas para luego rechazarlo? Ellos no habían pedido nada. A John lo asaltó entonces un pensamiento terrible: «¿Le habré transmitido a mi hijo la maldición del fracaso?». Es más: «Si de tal palo, tal astilla, es posible que de un fracasado solo pueda salir otro fracasado». Naturalmente, todo estaba relacionado. Desde hacía años, John se sentía humillado por la existencia, y hete aquí que ahora le tocaba a su chico. Se pasaba la vida dejándose maltratar por jefecillos en los platós de rodaje. En cuanto a sus invenciones, corramos un tupido velo. La corbata paraguas era el hazmerreír. Y, para colmo, Jeanne, que se había ido a otro país claramente para asegurarse de no verlo más. ¿Cómo podría haber engendrado un hijo capaz de suscitar el deseo del mundo entero?
John elaboró un poco más su despreciativo monólogo interior. Era absurdo: había ayudado a su hijo a prepararse perfectamente y estaba claro que si se había lucido tanto había sido en parte gracias a él. Por lo demás, David seguía encadenando comentarios elogiosos sobre el talento de Martin. Pero, en fin, se habían quedado con el Otro. Todos aquellos cumplidos eran una simple tirita en una fractura. El productor quiso, pese a todo, proponerle algo:
—Por desgracia, todos los papeles protagonistas están ya asignados, pero podrías participar en las grandes escenas. Como las que se desarrollan en el Gran Comedor de Hogwarts…
—Figurante… —interrumpió Martin con un hilo de voz.
—Sí… Bueno, no. Siempre podemos apañar algo para que tengas una frase o dos —añadió un David febril.
—Gracias…, pero no me apetece mucho eso… —musitó finalmente Martin con la voz apagada por el sueño roto.
A David le dio apuro haber formulado aquella propuesta. Qué sentido tiene mitigar la decepción de quien ha soñado con ser océano ofreciéndole ser gota de agua. Pero no le quedaba otra. Por un instante, barajó la posibilidad de hacerle una promesa: escribirían un papel a su medida para la segunda entrega de la saga. Pero se lo pensó mejor. Era mejor no azuzar más las fantasías de aquel niño por temor a robarle de nuevo sus ilusiones en un futuro. ¿Cómo consolarlo, entonces? Había otra posibilidad, pero era aún más humillante. No podía pedirle que hiciera de doble de Daniel Radcliffe. Los rodajes serían tan agotadores que los actores principales contarían con un apoyo en algunas de las escenas de acción, para las pruebas de iluminación o los planos de espaldas. No, no, ni hablar de ofrecerle eso.
*
Historia de David Holmes
Unos meses después, la productora encontró por fin el mirlo blanco, un joven deportista al que habían seleccionado para formar parte del equipo de quidditch de las dos primeras entregas de la saga. Sus competencias físicas le valieron la propuesta de hacer de doble de Daniel Radcliffe en todas las escenas de acción. Debía asimismo entrenar al actor varias veces por semana. Fue el inicio de una relación amistosa entre los dos chicos. Sin embargo, en enero de 2009 el destino de David dio un vuelco, durante el rodaje de la última película de la serie, titulada Harry Potter y las reliquias de la muerte. En este filme, el joven mago debía zigzaguear entre bolas de fuego montado en su escoba voladora. La tragedia acaeció durante un ensayo de esta escena peligrosa. El cable que sujetaba al doble cedió y provocó que el muchacho se estampara con violencia contra una pared. Todavía en el suelo, David se dio cuenta de que había ocurrido algo muy grave. No podía moverse. Lo trasladaron al hospital de Watford, el más cercano a los estudios. La médula espinal estaba dañada y le anunciaron que se había quedado tetrapléjico de por vida. Solo tenía veinticinco años.
*
No había nada más que decir, todo había terminado, tenían que reconocerlo. John y Martin dieron las gracias al productor por su amabilidad, a pesar de todo. Una vez fuera, se quedaron un momento parados delante del edificio.
—Hay que verle el lado positivo…
—¿El lado positivo? ¿Qué lado positivo?
—No deja de ser una experiencia tremenda.
—De nada sirve si a fin de cuentas…
—Sí, comprendo.
—…
—La buena noticia es que has descubierto tu vocación —añadió John.
—…
—Es verdad, tienes un don, cariño, todo el mundo te lo ha dicho. He localizado un taller de teatro cerca de casa…
—…
—Y podríamos invitar al productor si participas en algún espectáculo, tengo mis contactos en el mundillo, ya lo sabes…
—No.
—¿No qué?
—No quiero hacer teatro. Todo eso se ha terminado.
—Eso lo dices porque estás bajo los efectos de la decepción, es normal. Pero yo he visto cómo has disfrutado…
—No, papá. No voy a hacer teatro —zanjó Martin con tal convicción en la voz que cortó de raíz cualquier argumentación.
No quería volver a experimentar nunca más la sensación de sentirse deseado y luego rechazado.
30
La velada en casa fue silenciosa. John avisó a Jeanne, pero Martin no tuvo ganas de hablar con ella. No le apetecía andar contando cómo se sentía; quería poner punto final a la difusión de su tristeza. Sus sentimientos eran fáciles de adivinar, ahora solo deseaba olvidarlo todo, no hablar más de ello. El tema se volvió tabú.
Durante esa primera noche, Martin no paró de rememorar el casting. ¿En qué punto había fallado? ¿Qué habría podido hacer mejor? De todos modos, eso no cambiaría nada. En la vida no hay marcha atrás. Había dejado pasar su oportunidad y ahora debía afrontar el porvenir con ese naufragio. Por supuesto, no podía asumir él toda la responsabilidad. El otro actor seguramente había sido mejor. Y contra eso sí que no podía hacer nada. Pura fatalidad. A lo sumo, podía maldecir al destino por haber puesto al Otro en su camino. Muy a menudo hay alguien que ocupa nuestro lugar, que nos cierra el paso. Le había pasado ya en la escuela o en el club deportivo; ocasiones en las que había estado a punto de ser el primero antes de que apareciera alguien más competente que él. ¿Siempre funciona así? Toda vida humana, tarde o temprano, se ve malograda por otra vida humana.
Las imágenes del Otro lo obsesionaban. Debía de estar festejando su victoria, embriagándose de lo que estaba a punto de vivir. Martin sintió que unos celos abismales invadían su cuerpo. «¿Por qué él y no yo?», repetía sin cesar, como el estribillo de su amargura. En la fiebre de aquella noche inyectada de decepción, se puso a imaginar: «¿Y si lo eliminara?». Una idea descabellada, absurda, demencial. Si una persona te arruinaba la vida, ¿no había que apartarla sin más? Se acordaba de un suceso ocurrido unos años antes; había estado en boca de todos. Al no soportar la idea de ser la segundona, una patinadora artística estadounidense se las había arreglado para lesionar la rodilla de su rival. Solo que enseguida todas las pistas apuntaron hacia ella. Si el otro actor aparecía asesinado, era harto probable que la policía viniera a buscarlo de inmediato. En el laberinto de sus pensamientos morbosos, Martin se imaginaba ya en prisión. La verdad es que estaba divagando. Menudo disparate. Al final se durmió, completamente perdido.