Número dos
Segunda parte
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Segunda parte
1
Pasaron los meses y la decepción se diluyó. Alguna que otra vez, Martin dejaba de pensar en su fracaso o bien lo rememoraba sin que se le encogiera el corazón. Pero prefería evitar hablar del asunto; el hecho de mentar una herida tiene el poder de reavivarla. Como es natural, oía hablar del libro en el colegio; él, sencillamente, se alejaba de las conversaciones. Resultaba bastante fácil sortear las minas de tan triste recuerdo.
Su vida dio un vuelco en noviembre de 2001. Curiosamente, Martin no vio venir lo inevitable. Ni tampoco sus padres. Y eso que estaba bastante claro que la adaptación de aquel fenómeno editorial no pasaría desapercibida. Fue peor que eso. De entrada, los preestrenos de la película sembraron una suerte de histeria colectiva que batió todos los récords. El día del estreno, el 16 de noviembre, solo se hablaba de Harry Potter. Arrancó entonces para Martin el verdadero horror: a partir de ese momento le resultaría imposible obviar lo que había dejado escapar. Imposible acogerse al famoso «derecho al olvido» al que se alude para los criminales. Peor aún, parecía que el país entero avivaba las brasas de su fracaso. Cada vez era más complicado encender el televisor sin toparse con el rostro radiante de Daniel Radcliffe, sin escuchar el relato de su maravillosa vida cotidiana. Todo Londres estaba forrado con su cara. A la gente le caía fenomenal, quería saberlo todo sobre él; se rumoreaba incluso que pronto tendría audiencia con la reina. La vida del Otro se le imponía de continuo.
No parecía haber salida. Todas las esferas estaban contaminadas. Hasta su profesora de inglés le falló al dedicar una clase entera al léxico de Harry Potter. Como una penitencia, Martin tuvo que estudiarse el significado de las palabras inventadas por J. K. Rowling. Por suerte, aún podía refugiarse en París los fines de semana, aunque la tregua duró poco. En diciembre, Francia también se dejó invadir por la película, que acumularía más de diez millones de localidades vendidas; un balance fabuloso. Lo mismo ocurriría en el mundo entero. Al cabo de poco, ya no quedaría un solo rincón del planeta que no le recordara aquel borrón de su destino.
Al ver que su hijo se recluía en sí mismo, John empezó a preocuparse. Hasta él se sentía acosado por la omnipresencia de Harry Potter. Lo animó a hablar, era la única forma de dar salida a la opresión. Por primera vez, Martin intentó poner en palabras lo que estaba sintiendo. Según él, era como si una chica te abandonaba y tenías que cruzarte con ella a diario. Aunque no, esa comparación sentimental no le parecía lo bastante potente. Era mucho peor que eso. «Todo me recuerda constantemente mi fracaso, es horroroso…», dijo por fin Martin. John, trastornado por la tristeza de su hijo, no sabía qué hacer. Se acordó con espanto de otro destino que le parecía similar.
*
Historia de Pete Best
Se ganó el apodo de «el hombre más desafortunado del mundo». Y es que lo echaron de los Beatles apenas unas semanas antes de que se convirtieran en la banda más legendaria de todos los tiempos. Como en Liverpool tenía contacto con John, Paul y George, se incorporó al conjunto durante la larga temporada que pasaron en Hamburgo. Pete, un chico solitario, se quedaba siempre un poco descolgado. Los demás lo imaginaban muy seguro de sí mismo, altivo. Además, era muy guapete. Gustaba a las chicas, lo que molestaba un poco a sus compañeros. En agosto de 1962, un artículo informó de la firma del grupo con EMI; el texto iba acompañado de una foto de… Pete Best. Puede que se tratase, pues, de una mera cuestión de celos, pero, cuando el productor formuló sus dudas acerca de la calidad del baterista, los músicos lo sustituyeron sin dudarlo ni un segundo. Y sin tener siquiera la elegancia de anunciárselo en persona. Nunca más volvieron a hablarse. Así fue como Ringo Starr se incorporó a la leyenda. Los Beatles se transformaron en un fenómeno sin precedentes que sembraba la histeria allá donde pisaba. En Liverpool, todo el mundo conocía a Pete como miembro del grupo; el pobre no podía salir a la calle sin recibir miradas de lástima. Mientras sus antiguos compañeros se hacían ricos y famosos, él se aislaba cada vez más, como un paria de la gloria. Su fracaso era peor que un fracaso, pues todo el mundo estaba enterado. Durante toda su vida hubo de enfrentarse a lo que estuvo a punto de conseguir. No podía encender la televisión, escuchar la radio, leer una revista sin encontrarse con los muchachos de A Hard Day’s Night. Su vida se volvió un infierno hasta el punto de que intentó suicidarse en 1965. Poco a poco superaría el bache, pero juzgó preferible dejar la música. No tenía ninguna gana de que acudieran a escucharlo por curiosidad malsana. Lo pasó muy mal y sus antiguos colegas, ya multimillonarios, no le echaron una mano. Pasó el tiempo, al final se metió a panadero. Pero jamás escapó a la maldición. A ojos de todos, Pete será para siempre el tipo que estuvo a punto de ser un Beatle.
*
Era natural que John estableciera esa comparación, esa manera de estar constantemente expuesto a la vida que uno podría haber tenido. Pero los dos casos presentaban una diferencia fundamental: al contrario que Pete Best, Martin era una persona anónima. Si lograba huir del recuerdo de su fracaso, podría salir airoso. Desde luego, la huida se auguraba compleja. Siempre habría una película nueva o un nuevo libro. J. K. Rowling había anunciado siete tomos. La cosa iba para largo. En lo sucesivo, Martin trataría de vivir su vida a salvo del célebre mago. Dejó de ir al cine por miedo a toparse con un tráiler y no se atrevía a encender el televisor. Perdió el contacto con sus amigos, pues no soportaba más todas esas conversaciones que derivaban invariablemente en Harry Potter. Cada cual busca como puede el remedio a su sufrimiento. Por suerte, Martin nunca había hablado del casting. Era un alivio haber obrado de ese modo y que nadie le reclamara ahora que contase su infortunio cada dos por tres. Su desilusión tenía al menos el mérito de mantenerse en secreto.
2
Martin iba a tener que enfrentarse a otra tragedia. A decir verdad, puede que los dos elementos estuvieran relacionados. Sí, cuando hizo memoria le pareció evidente que su padre había empezado a toser justo después del chasco del casting. Una tos anodina al principio y después cada vez más inquietante. Al final, John pidió cita con un generalista que lo derivó a un neumólogo. Nunca es buena señal que un médico te arroje a los brazos de otro colega. Pero John se presentó en la consulta sin especial aprensión. Nunca había considerado la enfermedad como posibilidad; siempre se había movido, al menos en materia de salud, en una forma de despreocupación con respecto a lo peor. El reconocimiento duró más de lo previsto. El doctor buscaba las palabras, un detalle que lo decía todo. El cáncer estaba ya en marcha, inexorable. En el pulmón. Él, que jamás había sido fumador. Aquello echaba más leña al fuego de lo absurdo. Toda su vida, John había estado como desfasado consigo mismo; nunca en el sitio correcto, como en el concierto de los Cure; como en su vida profesional; como en el momento del encuentro con David Heyman; y hete aquí que ahora le descubrían una enfermedad que no le pegaba ni con cola.
No dijo nada al oír la sentencia. John era de los que piensan que las cosas existen únicamente si las nombramos. Tal vez pudiera curarse a base de inyecciones de discreción. A decir verdad, no quería que nadie lo redujera a su enfermedad. Cuando una persona anuncia que tiene cáncer, ya solo se ve el cáncer en ella. El médico se mostró poco optimista; entre seis y ocho meses, como máximo. Al cabo de unas semanas, John empezó a sentir una especie de quemazón por todo el cuerpo. Tuvo que pedir la baja por enfermedad. El último día de trabajo, se marchó del plató sin contarle nada a nadie. Dejaba tras de sí el rodaje de Love Actually, una comedia romántica perfecta; de nuevo, un último desfase.
Pronto John ya no podría cuidar de Martin. Su hijo iba a hacerse mayor sin él; era insoportable. No le quedó más remedio que llamar a Jeanne para ponerla al corriente. Por un instante, la imaginó volviendo a su lado; aunque fuese por lástima, a él le habría parecido bien. Jeanne se quedó impactada por el anuncio, balbució unas pocas frases antes de intentar ser pragmática:
—Eso se puede tratar, con sesiones…
—Es demasiado tarde…
John se echó a llorar muy bajito, a través del teléfono. Al compartir por fin la terrible realidad sintió una especie de derrumbe interior. Había que hablar de Martin; de las disposiciones inminentes. Jeanne no podía llevárselo a París y separarlo de su padre. Le correspondía a ella desplazarse. Necesitaría unos días para organizarse, pero sí, regresaría a Londres. Intentó encontrar palabras de consuelo a la vez que reprimía sus propios sollozos.
3
Martin veía que su padre se quedaba sin fuelle, que tosía mucho, pero John seguía diciéndole: «Estoy estupendamente». ¿Por qué no creerlo? No obstante, cuando se enteró de que su madre volvería pronto para cuidarlo, no le quedó otra que concluir que la cosa era realmente preocupante. John, sin embargo, seguía restando importancia a la gravedad de la situación. Al final, reconoció de pasada que era un mal momento que había que pasar, «una prueba de las que te pone la vida». Jugaba a ser actor en un decorado de cartón piedra. Todo sonaba falso, pero Martin fingía creérselo. A fin de cuentas, la ficción tal vez pudiera derrotar a la realidad.
Mientras hacían unas compras en el Night and Delhi, la tienda de comestibles india de la esquina de su calle, John tuvo un desmayo. Martin vio a su padre desplomarse ante sus narices de forma brutal. Jamás podría olvidar esa imagen. Inmediatamente, asoció esa visión con la de las torres gemelas de Nueva York, destruidas por el terrorismo apenas unos meses antes. A posteriori, sería incapaz de explicarse por qué relacionó los dos sucesos de ese modo, lo íntimo con lo universal; sin embargo, era la misma imagen, la de una caída que parecía inconcebible. Martin se precipitó hacia su padre. John, consciente, intentó sonreír; una sonrisa del arsenal de las apariencias. Había que dejar de hacer como si no pasara nada. Sin embargo, un minuto antes aún rascaban un poco de ilusión. Mientras deambulaban por los pasillos John le había dicho a su hijo: «No te olvides de coger los yogures que te gustan…». Sí, esa fue la última frase que pronunció antes de caer; la última frase de la vida normal.
Martin agarraba la mano de su padre. El tendero indio, al que conocían bien, le acercó un vaso de agua antes de comprender que con eso no bastaría. Había que llamar a emergencias. La clientela se arracimaba alrededor del tipo del suelo, entre el voyerismo y la compasión. Una mujer que afirmaba ser médica le tomó el pulso y luego ya no dijo ni una palabra más. Dedicó a Martin una mirada huidiza y le pasó una mano por el pelo; le preguntó entonces a qué colegio iba y el chico contestó con educación. Varios minutos más tarde, una ambulancia estacionó delante del comercio. Bajaron dos sanitarios que se dirigieron rápidamente hacia John. Le hicieron varias preguntas cuyas respuestas fueron casi inaudibles. A duras penas pudieron distinguir en un débil resoplido: «Mi hijo…». Uno de los sanitarios se volvió hacia Martin y preguntó: «¿Es tu papá?». Él asintió con la cabeza y el hombre le propuso que se apartaran para hablar un poco. En vista de que el niño no quiso separarse de su padre, el sanitario lo tranquilizó:
—Mira, mi compañero se va a ocupar de él la mar de bien. Es muy majo.
—…
—Solo vamos a apartarnos un pelín. Todo irá bien…
Hilvanó así un puñado de frases tranquilizadoras antes de preparar la etapa siguiente:
—Vamos a llevarnos a tu papá para hacerle más pruebas. Solo unas comprobaciones, nada grave. ¿Puede pasar alguien a recogerte?
—No lo sé.
—Tu madre, ¿dónde está?
—En París.
—Ah, vale. ¿Algún otro familiar que pueda venir?
—No, no tenemos a nadie aquí.
—¿Y algún amigo del cole? Podríamos llamar a sus padres…
—No sé…
El interrogatorio logístico se prolongó un poco más y llegó a un callejón sin salida. Martin tampoco olvidaría ese sentimiento, el de no tener adónde ir, el de notar que nadie sabía qué hacer con él. Al final dio el nombre de Rose, su antigua niñera. Cuando se llevaron a su padre, Martin quiso seguirlo hasta el hospital, pero le negaron esa posibilidad. Un niño no podía estar en un pasillo ni en una sala de espera. Él insistió y tuvieron que retenerlo por la fuerza.
Martin se quedó en la tienda con la mujer que le había tomado el pulso a su padre. El tendero le ofreció caramelos. Los adultos no sabían qué hacer para llenar la espera. Rose llegó por fin, sin aliento, y le dio un abrazo a Martin. Cómo ha crecido, ahora es un adolescente, pensó, casi apurada de repente por su gesto espontáneo. Iban a pasar una velada maravillosa, como antes, le aseguró ella. Pero ya nada era como antes. ¿Por qué nadie le hablaba con normalidad? ¿Por qué no le decían que la cosa era grave? ¿Por qué le anunciaban una velada muy buena cuando su padre iba a morir? Justo antes de abandonar el negocio, Martin se dirigió a la sección de los yogures para coger sus favoritos. Los presentes vieron el gesto como una manera de recuperar tranquilamente la posesión de la cotidianidad, aunque no era más que fidelidad a la última frase de su padre. El tendero le regaló los yogures y Martin se fue con Rose. Por el camino de regreso, la chica intentó hablar de otra cosa, le preguntó por las clases y acabó aludiendo a aquella grisura que no acababa nunca. Martin estaba mudo; no paraba de ver a su padre cayéndose una y otra vez, era como si su mente reprodujera la imagen en bucle. Nada más llegar, llamó por teléfono a su madre, que anunció que tomaría el primer Eurostar de la mañana siguiente; habló también con Rose y le dio un puñado de instrucciones anecdóticas para disfrazar la sensación de estar tan atrozmente lejos.
Durante la velada, Martin llamó varias veces al hospital y todas ellas le dijeron que el paciente estaba en observación. Conque eso era estar enfermo: ser observado. Rose propuso ver unos dibujos animados o jugar al Monopoly, como antes, pero Martin prefirió acostarse. Algo lo incomodaba, quería abreviar la noche. Dos años antes, le había explicado a su padre que ya era lo bastante mayor y que podía prescindir de la niñera. La verdad era bien distinta: quería separarse de todos los recuerdos contaminados. Para él, Rose estaba relacionada con el casting. Sin su marcha precipitada, nada habría ocurrido. Martin buscaba culpables para su desgracia.
4
Al día siguiente, Jeanne llegó a Londres. No había vuelto desde la separación. Al salir de la estación, la asaltaron decenas de imágenes, como si los recuerdos esperasen pacientemente en las fronteras. Nada más dejar sus cosas en el piso, salió para el hospital. Las noticias no eran buenas. En la habitación, tomó la mano del que fuera su marido y John pensó: «La única manera de volver a ver a la mujer que amo era morirme».
A última hora de la tarde, Jeanne esperó a su hijo delante de la verja del colegio. Se dio cuenta de hasta qué punto echaba de menos aquello; con Martin vivía momentos bonitos, pero se estaba perdiendo toda una parte de su vida. Le desconcertaba conocer solo los sábados y los domingos de su hijo. Cuando lo divisó, le hizo una seña con la mano, seña casi imperceptible, como si tuviera miedo de molestarlo. Martin, al verla, olvidó por un segundo el contexto trágico y su corazón dio un brinco de orgullo; su madre había ido a recogerlo.
Por la noche, tras ir a darle un beso a su hijo a la cama, Jeanne pasó un buen rato en el salón. Sumida en la penumbra, rememoró las escenas de su antigua vida conyugal. Recordaba con exactitud su primera noche en ese piso; veía aún las cajas apiladas; esas mismas cajas que pronto habría que llenar de nuevo. Aunque los últimos años se le habían hecho inaguantables, ahora se dejaba embargar por imágenes alegres. Todo estaba ahí, tan cerca. Veía a John sentado en el suelo del salón, rodeado de decenas de bocetos, mascullando los secretos de fabricación de una máquina que jamás llegaría a existir. Jeanne le susurró entonces lo mucho que lo había querido.
En una concatenación sentimental, se acordó de Marc. El hombre de la caricia en la espalda. Tras un largo período de seducción diligente, ella había cedido. Pero, después de un caótico desenlace matrimonial y una aventura dolorosa, Jeanne realmente no se había sentido preparada para plantearse una relación nueva. Su vida profesional la llenaba; quería viajar para hacer reportajes sin tener que rendir cuentas a nadie. Sin embargo, cambió de opinión justo cuando el hombre empezaba a darse por vencido. Al apearse del burro, Marc se volvió más atractivo. Extraño mecanismo el del deseo. Había también otra razón: Jeanne tenía treinta y cinco años y se cuestionaba su deseo de tener otro hijo. No descartaba nada.
Se demoró aún unos instantes en esa situación improbable de pintar su porvenir dentro del marco del pasado. Al final, se quedó dormida en el sofá. Esa noche y las siguientes. Las noticias empeoraban cada día.
5
Unas pocas semanas más bastaron para poner fin a aquel combate perdido de antemano. El día del entierro, Jeanne se dejó embargar por una intensa emoción. En ese mismo cementerio se enamoró de John, allí dieron su primer paseo, la encantadora caminata para honrar el pacto con su abuela. Y hete aquí que todo había acabado. Si la existencia era ridícula, lo era más aún en el eco de los decorados. Jeanne tenía la impresión de que su vida en común había durado apenas lo que dura un puñado de escenas. Risas, lágrimas, emociones, problemas y un hijo. Martin estaba muy pegado a ella, increíblemente digno. Le habían arrebatado a su adorado padre. La violencia del momento se veía agravada por el escaso número de personas presentes. John había vivido como un eremita, sin entablar apenas relaciones de amistad. Jeanne había mandado venir a un sacerdote. Y eso que ningún miembro de la familia era católico. Ella solo quería que alguien pronunciara unas palabras, para enmascarar el silencio; pero no había nada que decir; un cáncer fulminante antes de los cuarenta era algo que empujaba a callar. Por suerte, se puso a llover. La escena se recubrió de agua como para embebecer la tragedia. Desde hacía unos días, Martin andaba muy metido en los archivos de su padre. Había encontrado una tela ancha atravesada por unas varillas metálicas: la famosa corbata paraguas. A modo de homenaje, decidió ponérsela, por muy poco práctico que pareciera lucir aquel bulto de tela alrededor del cuello. Pero ahora que llovía pudo desplegarlo por encima de la cabeza. El agua seguía chorreándole por la cara, pero Martin estaba orgulloso de honrar así la memoria de su padre.
6
Para no añadir una mudanza a una etapa ya de por sí brutal, Jeanne decidió quedarse en Londres hasta que terminara el curso escolar. Podía seguir trabajando, escribir reportajes sobre la actualidad británica. Marc la llamaba a menudo, pero ella abreviaba las conversaciones. Su hijo era su prioridad absoluta; estaba preocupada. Jeanne imaginaba que, al enterrar a su padre, Martin había enterrado su infancia. Era como si le hubieran dado un empujón por la espalda, como si lo hubieran obligado a entrar más rápido en la edad adulta. Él no se atrevía a decírselo a su madre, pero su verdadero malestar era de otra índole y no se sentía orgulloso de ello. En las salas de cine, la segunda entrega de la saga, Harry Potter y la cámara secreta, batía todos los récords. El entusiasmo podría haber menguado, como pasa a veces con las segundas partes, pero no: se intensificaba. Cada día se sumaban al baile miles de nuevos fans. Asustado por la nueva oleada, Martin se replegaba aún más en sí mismo. En el colegio achacaban su actitud al reciente drama. Los docentes murmuraban a su paso: «Es el huérfano…». Y esa palabra acentuaba su pavor. Huérfano. Como Harry Potter.
Al final, Jeanne comprendió que el humor taciturno de su hijo tenía que ver, al menos en parte, con el casting malogrado. Se percataba del estado en que Martin se sumía tan pronto como salía el tema, aunque fuera remotamente. Comprendía su amargura, por supuesto, pero sin llegar a imaginar la intensidad de su desazón. Aun así, decidió que su hijo debía hablar con alguien de fuera. Jeanne pidió cita con el doctor Xenakis, que pasaba consulta en el barrio. Martin se tomó más o menos bien la decisión. Tal vez el médico pudiera liberar su corazón del peso que lo aplastaba. Cuando lo conoció, el adolescente no se llevó ninguna sorpresa: el psiquiatra infantil era la viva imagen de lo que él había imaginado. El hombre, que hablaba con un marcado acento griego y tenía la cara estriada por multitud de arrugas, parecía la encarnación de la sabiduría antigua.
—Tu madre está preocupada por ti —arrancó Xenakis—. Cree que necesitas hablar. ¿Tú qué opinas?
—Puede que me venga bien.
—Eso espero. ¿Qué edad tienes?
—Trece años.
—Una edad difícil. Cantidad de cambios a todos los niveles. Y para ti es forzosamente más complicado que para los demás. ¿Quieres hablarme de tu papá?
—No hay mucho que decir.
—Aun así, ¿puedes intentar definir lo que sientes? Tu madre me ha dicho que te ve más retraído que antes. A veces, cuando perdemos a un ser querido, experimentamos una especie de rabia muy profunda. Y es normal. El mundo nos parece injusto…
—Sí, es injusto. Pero…
—¿Qué?
—…
—Martin, sabes que puedes hablar conmigo. Todo quedará entre nosotros.
—Tengo la sensación de que mi vida es un fracaso —expuso Martin de golpe y porrazo, lapidario.
Xenakis se quedó parado un momento, como sorprendido. La dolorosa confesión era cuando menos inesperada en esa fase tan precoz del diálogo. Para atenuar lo excesivo de la observación, trató de matizar.
—Martin, a tu edad, nada puede llevarte a afirmar una cosa así. Tienes aún toda la vida por delante…
—…
—¿Quieres explicarme por qué tienes esa impresión?
En ese momento, Martin barajó la posibilidad de contarlo todo, pero prefirió callar. Al igual que le pasaba con sus amigos, no soportaba la idea de que alguien supiera que había estado a punto de ser Harry Potter. Acorralado, musitó unas palabras evasivas sobre un chasco que había sufrido.
—¿Con una chica? —preguntó entonces Xenakis.
—No.
—O con un chico…
—No, no es eso.
—Bueno, no quiero obligarte a hablar. Es muy habitual que nos creamos incapaces de sobreponernos a un fracaso. Pero, si quieres escuchar mi punto de vista, te diré lo que pienso: todas las situaciones de fracaso pueden ser beneficiosas a la larga.
—…
—No sé el motivo por el que sufres, pero estoy convencido de que tarde o temprano te darás cuenta de que este sufrimiento puede encarnar también tu mayor fortaleza para lograr lo que te propongas.
A Martin le pareció ridícula aquella declaración. No veía de qué manera podía transformarse en fortaleza la humillación que había vivido. Todo lo contrario: estaba convencido de que nunca más volvería a tener confianza en sí mismo.
A pesar de su buena voluntad, Xenakis no podría hacer nada por él. La única solución habría sido volver al pasado y empezar el casting desde cero. Él no necesitaba un psiquiatra infantil, sino un mago; era con Dumbledore con quien debía hablar para sentirse mejor. Mientras Martin divagaba, Xenakis seguía ponderando las bondades del fracaso. Aludió entonces a la trayectoria de Steve Jobs (¿tal vez pensara en él porque pasaba cada mañana por delante de la gran tienda Apple de Regent Street?). Tan pagado de sí mismo estaba, tan henchido de arrogancia, que acabaron despidiéndolo de Apple. La empresa que él había fundado. Al final, gracias a ese mazazo, Jobs maduró y regresó, armado con la fuerza de la humildad. Concibió entones la nueva generación de ordenadores con los iMac e inventó el eslogan Think different.
—¿Me estás escuchando?
—Sí.
—No sé qué vas a hacer con este ejemplo, pero me parece una buena lección para avanzar. Gracias al fracaso, ese hombre cambió a mejor. Uno no fracasa en la vida, sino que vuelve a empezar…
Para paliar el silencio de su paciente, Xenakis decidió aludir a otras trayectorias que pudieran ser inspiradoras para Martin. De ahí que agregara:
—Hay otro ejemplo que me gusta mucho, el de J. K. Rowling. Estaba en el paro, desesperada, su vida era una pura sucesión de fiascos… ¡Y mira dónde está ahora! Me imagino que habrás leído Harry Potter, como todo el mundo.
—…
—¿Eh, Martin? ¿Lo has leído?
—…
—¿Estás bien? —preguntó entonces Xenakis al constatar la súbita lividez del adolescente.
Martin estaba conmocionado. Por espacio de un breve instante, pensó que estaba siendo víctima de un complot. Alguien se había propuesto avasallarlo, humillarlo sin cesar. Logró recomponerse, procuró mantener la calma. Incluso allí, en aquel lugar que se suponía debía encarnar un refugio, le hablaban una vez más del tema maldito. El psiquiatra seguía preguntándole qué le pasaba, pero Martin se levantó y salió de la consulta sin decir ni pío a su interlocutor. Xenakis se quedó atónito. En treinta años de ejercicio, jamás se había enfrentado a un final de sesión semejante. Intentaría volver a ver al paciente, en vano. Intentaría también que su madre le diera una explicación, pero la mujer se limitaría a reiterar las palabras de su hijo: «No quiere verlo más». La experiencia quedaría para él como un misterio, un enigma desconcertante. ¿Qué había hecho mal?
7
Martin se recluyó todavía un poco más. Su madre ya no sabía qué hacer. Intentaba despejarle las ideas, pero no era tarea sencilla. No se despejan las ideas de otro como quien despeja un espacio repleto de cosas. Por suerte, el año escolar tocaba a su fin y ellos iban a marcharse de Inglaterra. Un cambio de ambiente solo podía ser positivo. A principios de verano, Martin dedicó varios días a hacer limpieza entre los juguetes de su infancia, a meterlos en cajas, hasta que resolvió tirarlo todo. Su madre le preguntó, a propósito de un peluche que le encantaba: «¿Estás seguro? Yo creo que deberías guardarlo…». Él negó con la cabeza. Sentía que debía establecer distancias con su pasado feliz; no quería llegar a París con Londres en las maletas. A finales de julio, subieron a un Eurostar sin billete de vuelta. Durante el trayecto, Jeanne le propuso que fueran a picar algo al vagón restaurante, pero Martin rehusó con la excusa de que no tenía hambre. Comer algo que no fueran los bocatas de su padre habría sido algo así como traicionarlo. Tres horas más tarde, al entrar en la Gare du Nord, el adolescente anunció: «A partir de ahora solo hablaremos en francés».
8
Para el mes de agosto, Jeanne se planteaba llevarse a su hijo a Estados Unidos. Martin siempre había hablado con entusiasmo de Nueva York. Pero, cuando le comentó su idea, el chico se mostró reticente. A decir verdad, le inspiraba verdadero terror un país que tenía fama de ser la patria por excelencia del merchandising de Harry Potter. Para distraer la atención, anunció: «Mi sueño es Groenlandia». Definitivamente, Jeanne ya no entendía nada, pero quería complacer a su hijo a toda costa. Se informó para preparar el viaje y descubrió un artículo que hablaba de «la isla de la desesperación» y que precisaba: «Uno de cada cinco habitantes ha barajado alguna vez la idea del suicidio…». En materia de reconquista de la vitalidad, se habían visto mejores destinos. Pero a Martin se lo veía francamente emocionado ante la idea de aquel periplo, así que Jeanne accedió a congelarse en pleno mes de agosto. Durante una de las excursiones, se descubrieron solos en medio de la blanca inmensidad. Martin dijo entonces, con un hilo de voz: «Gracias, mamá». Jeanne acababa de brindarle lo que él buscaba: un rincón en la tierra sin presencia humana.
9
Martin entró en el colegio Lamartine, en el tercer año de secundaria. Aunque se mostraba sociable, evitaba entablar amistades. Cuando un alumno se aventuraba demasiado cerca de su esfera íntima, Martin ponía excusas de todo tipo para apartarlo. Una actitud vinculada igualmente a una escena cuando menos embarazosa. En la cafetería, una chica se le acercó para decirle «Hay que ver lo que te pareces al actor que hace de Harry Potter…». Él no supo qué responder. A la chica, Martin le resultó de lo más raro. Sin embargo, aquello era lo más normal del mundo. Había estado a punto de encarnar el papel, se parecía a Daniel Radcliffe. Por eso decidió cortarse un poco más el pelo; las gafas redondas las había abandonado hacía ya mucho tiempo. Tenía la actitud de un hombre buscado por la policía que cambia de apariencia para no llamar la atención.
A su madre le preocupaba verlo solo tan a menudo y le proponía: «¿Y si organizamos una cena el sábado?». O bien: «¿No te apetece invitar a algún compañero a casa?». Él se negaba por sistema, si bien no aparentaba estar afligido. Él es así, pensó durante un tiempo, imaginando que había salido a su padre. Pero enseguida cambió de opinión. De niño nunca había sido así. Se pasaba el día jugando en el parque con sus amiguitos y le chiflaba dormir en casa de uno o de otro. Al final, Jeanne le preguntó sin rodeos:
—¿Todavía piensas en el casting?
—Mamá, no tengo ganas de hablar de eso.
—Ya lo sé. Pero conmigo puedes compartirlo todo. Sinceramente, no me parece normal que un chico de tu edad esté tan solo.
—No me siento bien con los demás.
—Pero ¿por qué?
—Es superior a mí. Tengo miedo todo el rato de que me hablen… de ya sabes qué. Y pasarlo mal.
—Pero, vida mía, siempre va a haber alguien que hable de eso. No es algo que puedas evitar.
—…
Martin no contestó. Sabía que su madre tenía razón. No solo pensaba que había fracasado en la vida, como le había confesado a Xenakis, sino que debía sobrevivir en un mundo hostil. De momento, la única solución que veía era protegerse mediante la soledad. Jeanne consideró que la situación era más grave de lo que había imaginado. Se dijo que debía abrir la puerta para que entrara vida en la vida de ambos.
10
Hasta entonces, no había querido imponer un hombre nuevo a su hijo. Pensaba: «Acaba de perder a su padre, necesita tiempo…». Una posición que a Marc le parecía absurda. Desde la estancia de Jeanne en Londres, ya no soportaba tener que conformarse con unas pocas horas hurtadas aquí y allá. Bajo su aire comprensivo, consideraba que protegiendo en exceso a un niño no se le ayudaba nada. Él mismo tenía un hijo, Hugo, al que de momento veía muy poco. Había perdido la custodia. Jeanne no había logrado enterarse de lo que había pasado realmente. Solo conocía una versión: «Mi exmujer es una zorra, ha mentido sobre muchas cosas solo para trincar pasta. Pero la cosa no va a quedar así. Según mi abogado, recuperaré a mi hijo en la próxima audiencia…». A ella le costaba establecer un nexo entre la delicadeza del hombre que amaba y aquellas declaraciones. Cuando Marc hablaba de su antigua vida, siempre lo hacía con palabras envenenadas.
Así fue como Jeanne decidió abrir la puerta de su hogar a Marc. Se dio cuenta de inmediato de que había hecho mal en preocuparse. Marc pasó una primera noche en el piso y ya a la mañana siguiente era como si todo fuera de lo más normal. Martin parecía incluso valorar aquel soplo de aire fresco. Las conversaciones a solas con su madre se le hacían pesadas a veces. Por su parte, Marc se mostraba más natural que en su primer encuentro. Ya no trataba de crear un vínculo a toda costa hablando de asuntos que no dominaba. En fin, que había abandonado el tema del fútbol. Miraba a Martin y resollaba: «Me recuerdas a mi hijo…». Echaba tanto de menos a Hugo que en todos los demás niños veía reflejos del suyo. No hay nada más visible que la ausencia. Por suerte, al final Marc obtuvo la custodia del chico una semana de cada dos y los cuatro empezaron a pasar tiempo juntos. Sin haberlo premeditado, la pareja que hasta entonces vivía su idilio de manera velada se transformó en familia reconstituida. Además, los chicos se entendían a las mil maravillas; nada dejaba presagiar lo que estaba a punto de suceder.
11
Unos meses más tarde, decidieron mudarse todos a un piso más grande. Martin pasaba una semana de cada dos sin Hugo. Esto brindaba una doble tonalidad a su vida. Las noches que su madre salía con Marc, él vagaba en un reino silencioso que la víspera había sido un alegre desbarajuste. Las infancias modernas están acostumbradas a esta bipolaridad de ambientes.
Jeanne salía a comer con su hijo con regularidad. Era importante conservar sus momentos de intimidad. Ella aprovechaba sobre todo para sondearlo, para tratar de averiguar cómo estaba. Cada vez que sacaba el tema de Harry Potter, Martin escurría el bulto. Sin embargo, la situación no evolucionaba de manera favorable; el chico seguía evitando una vida social que consideraba peligrosa. Una noche, Jeanne le habló de su relación con sus propios padres, cosa rara en ella. Martin no sabía casi nada de la niñez de su madre. Solo había oído hablar de un entorno insensible y burgués. Precisamente para huir de aquel ambiente hostil se había marchado ella a Londres. Sus padres ni se dignaron asistir a su boda, pues, sin tan siquiera conocer a John, estaban convencidos de que su hija cometía un error monumental al casarse con un «cero a la izquierda». Jeanne no había vuelto a verlos.
—¿No te pone triste? —preguntó Martin.
—No, decidí que ya no me iba a afectar más. Creo que en esta vida podemos llegar… a superar lo que nos hace daño.
Conque eso era. Había hablado de aquel dolor para proporcionarle una lección a su hijo: es posible superar lo que nos hace daño. Pero no eran situaciones comparables. Jeanne había roto lazos con sus padres, de acuerdo. Pero ¿cómo habría vivido el hecho de ver por todas partes sus caras en vallas publicitarias? ¿Cómo habría sobrellevado toparse sin cesar con su madre al encender la tele? ¿Podía concebir un mundo en el que el tema de conversación predilecto de todo quisque fuesen sus padres? Imaginemos por un segundo que lo que nos hace sufrir tiene la envergadura mediática de Harry Potter. En ese caso, superar lo que nos hace daño se complica un poquito.
Poco después de su confesión, Jeanne anunció:
—Le he contado a Marc lo del casting.
—¿Ah, sí? Pero ¿por qué? Sabes perfectamente que no quiero que lo sepa nadie…
—Ya, perdona. Me salió sin pensar en medio de una conversación. Estaba preocupada por ti, Marc me preguntó qué me pasaba… Se interesa mucho por ti. Ya sabes cuánto te quiere.
—…
—En cualquier caso, entendió muy bien lo difícil que ha debido de ser para ti.
—…
—Marc es una persona fantástica.
Martin no lo ponía en duda, pero, por primera vez, consideró que su madre lo había traicionado. No lo había hecho con mala intención, desde luego, pero su iniciativa lo obligaba a encontrar un nuevo equilibrio relacional.
12
Harry Potter y la Orden del Fénix, el quinto volumen de la saga, se disponía a invadir Francia. El 3 de diciembre de 2003, para ser exactos. Aquel día, o más bien la víspera, los fans harían cola durante horas. Las librerías abrirían a medianoche en punto para que el evento fuese un acontecimiento aún mayor. Año tras año, el fenómeno cobraba unas dimensiones monstruosas. En Inglaterra, la novela había vendido casi dos millones de ejemplares en un solo día. Algo nunca visto, jamás imaginado. Por primera vez, un libro en inglés había estado todo el verano en la lista de los más vendidos en Francia; los lectores capaces de prescindir de la traducción no habían podido esperar. J. K. Rowling se había convertido en la autora más leída del mundo.
Martin temía especialmente esos períodos en los que le resultaba imposible no pisar las minas. Desde su apasionada lectura del primer tomo no había vuelto a abrir un solo volumen de Harry Potter. Sabía muy bien que a su alrededor todo el mundo devoraría la nueva entrega. Le preguntarían por su opinión y él tendría que confesar que no lo había leído, tratando de aparentar desinterés. Pero el suplicio no acabaría con ese escaqueo. Intentarían entonces convencerlo, espolearlo, hacer que se sintiera culpable: «¿Cómo? ¿Que no lo has leído? Pero ¡cómo es posible! Te lo voy a prestar…». Le harían publicidad de su peor pesadilla constantemente. Al menos, la cosa tenía su lado bueno: la publicación de los libros le hacía menos daño que el estreno de las películas; había una especie de jerarquía dentro del dolor.
Un día en que de nuevo lo exhortaron a leer el último de Harry Potter estuvo tentado de contestar: «No puedo. Demasiado doloroso para mí». Obligatoria habría sido la pregunta: por qué. Martin se habría lanzado entonces a relatar su increíble historia. Cuántas veces se le había quedado la confesión en la orilla de las palabras. Seguramente, al principio no le habrían creído. Pero, respaldado por las pruebas, habría tardado poco en convencerlos. ¿Qué habría pasado entonces? ¿Se habrían burlado de su fracaso? Desde luego que no. Estaba seguro de lo contrario: el testimonio de su aventura maldita le proporcionaría un auténtico halo. Todo el mundo se apiñaría a su alrededor para interrogarlo. Le suplicarían que contara la otra cara del decorado. Y, si llegaba a aludir a su encuentro con Ron y Hermione, se convertiría sin duda en la estrella del centro escolar. ¿Entonces? ¿Por qué no lo hacía? Por la sencilla razón de que no quería que lo asociaran con aquel fracaso. No quería leer en todo momento en la mirada de los demás: «Ah, ese es el que estuvo a punto de ser Harry Potter».
13
Cuando la revista L’Événement du jeudi cerró, Jeanne encadenó varias colaboraciones puntuales hasta que se incorporó a la sección de política internacional de Le Point. Más tarde la acreditaron para acompañar a la delegación presidencial durante las cumbres en el extranjero. A lo largo de los meses siguientes, haría las maletas varias veces para cubrir la campaña presidencial en Estados Unidos y la batalla entre George W. Bush y su oponente demócrata, John Kerry. Incluso entrevistaría a este último. Ella se sentía a gusto en la nueva redacción y le agradaba la tensión de las reuniones de los lunes. Durante la última de ellas, Marie-Françoise Leclère había anunciado que estaba en negociaciones con el sello juvenil de Gallimard para entrevistar a J. K. Rowling: «Todavía no es seguro —precisó—, pero, si sale, será la única entrevista que conceda…». Todo el mundo se entusiasmó ante la potencial exclusiva.
Jeanne no paró de darle vueltas a aquel dato durante toda la reunión. Ningún otro tema lograba captar su atención. Pensaba: «J. K. está ahí, a mi alcance, accesible. ¿Y si fuera esa la solución para sosegar a mi hijo?». Al salir de la sala de juntas, se acercó a Marie-Françoise:
—Enhorabuena por lo de Rowling, qué puntazo…
—Bueno, todavía no es seguro.
—¿Sabes que fui la primera que escribió sobre ella en Francia?
—No me digas. No tenía ni idea.
—Sí, me cae muy bien esa mujer. Y, precisamente, te quería preguntar…
—Dime.
—Si al final sale la entrevista, me haría mucha ilusión encargarme yo…
—¿Tú? ¿Qué vienes, a quitarme el trabajo? ¿Voy yo a interrogar a Angela Merkel en tu lugar? —replicó su colega con una sonrisa de oreja a oreja.
Al final, Marie-Françoise le propuso que fueran las dos: «Así podrás preguntarle qué opina de la situación en Irak…». Cualquier opinión de J. K. Rowling acerca de cualquier tema suscitaba interés. Jeanne le dio las gracias muy calurosamente a su colega por su adorable reacción y regresó a su despacho. Una vez sola se dejó embargar por la emoción. Podría hablarle de Martin a la celebérrima autora; por fuerza debía de acordarse de él. ¿Accedería entonces a conocerlo? Sí, seguro que sí. Todo el mundo ensalzaba su humanidad y su altruismo. Se contaba que, desde que todos sabían de su éxito, y también de su fortuna, Rowling recibía cada día centenares de cartas de personas implorándole su ayuda. Debía de ser agobiante, pensó Jeanne. El reverso de la gloria. El peso incesante de la desesperación de los demás. Ayudar a una madre soltera con su hijo discapacitado, encontrarle empleo a un parado o vivienda a un sintecho, costear una operación a corazón abierto o un trasplante de riñón. Había también proposiciones menos angustiosas, por suerte, como las peticiones de mano o de un enchufe para conseguir publicar. Como el papa, recibir quejas constituía su pan de cada día. Seguramente, Rowling sabría pronunciar palabras que ayudasen a Martin. Aunque ¿existían acaso esas palabras? Aquel encuentro tal vez lograría evocarle a la autora la hipótesis de la versión fracasada de su vida. Si nadie hubiera querido saber nada de Harry Potter, ¿qué habría sido de ella?
Jeanne sabía que las entrevistas con la estrella estaban medidas y calibradas al milímetro. No podría confiarle su historia, menos aún delante de otra periodista. Lo mejor sería pasarle una cartita con sus datos. Sí, eso había que hacer, y posteriormente intentar verla otra vez. Por un instante, se preguntó si a Martin le sentaría bien aquella ocurrencia. Conocer a J. K. Rowling no cambiaría el curso de su existencia, eso estaba claro. Y el chico aborrecía hablar del tema. ¿Qué hacer? Estaba hecha un mar de dudas. Durante unos días, Jeanne osciló entre las distintas conjeturas, y todo para nada. Al final, la creadora de Harry Potter decidió no acudir a París para la promoción de la nueva entrega; no concedería ninguna entrevista.
14
Llegó la Navidad y la familia reconstituida celebró una comida por todo lo alto. Era la primera vez que pasaban las fiestas juntos. Para Martin, era la segunda Nochebuena sin su padre. Un aniversario que lo turbaba aquel día y que lo turbaría para siempre.
Pese a todo, la velada fue un éxito. Los chicos compartían buenos momentos, a pesar de que Hugo rebosaba de esa inmadurez tan propia de los niños mimados. Desde que su padre había recuperado la custodia, se había convertido en eso que se da en llamar «niño rey». Entre los dos adultos había una especie de acuerdo tácito según el cual se prohibían intervenir en la educación del vástago del otro, pero Jeanne no podía evitar decirle de vez en cuando: «A Hugo se las dejas pasar todas, eso no está bien…». Su compañero sentimental la escuchaba, por supuesto, probablemente tuviera razón, pensaba, pero le resultaba imposible hacer otra cosa. Respondía: «Sí, ya lo sé, pero es que ha sido tan duro para él, pobre…». Hugo sacaba partido a veces del poder que tenía sobre su padre para ejercer una tiranía fácil. Pero, en último término, los caracteres de todos eran bastante compatibles y los conflictos no pasaban a mayores.
A medianoche abrieron los regalos. Jeanne les había comprado lo mismo a los dos chavales: un iPod. Era lo más sencillo para evitar comparaciones o rivalidades. Martin y Hugo saltaron de alegría y empezaron a mencionar sus canciones preferidas. Pero había más paquetes. Martin vio su nombre en uno de ellos y se precipitó a desenvolverlo. Se puso lívido, lo mismo que Jeanne, que se dio cuenta al instante del error cometido. Lanzó rápidamente una mirada al responsable.
—Marc… Marc…
—Pensaba que hacía bien… —dijo con torpeza.
Martin se encerró en su cuarto. La Nochebuena se había terminado. Jeanne fue a consolarlo. No estaba triste, solo conmocionado. Al otro lado de la puerta, Marc intentó pedirle perdón, pero el mal ya estaba hecho.
Al cabo de un rato, Jeanne se reunió con Marc en el dormitorio:
—Pero ¿cómo has podido hacer algo así?
—Pensé que sería buena idea.
—¿Buena idea? ¿Regalarle un libro de Harry Potter a mi hijo, buena idea? Marc, que te conoces la historia…
—Precisamente por eso… Me dije que era lo mejor que se podía hacer.
—¿Lo mejor que se podía hacer?
—Claro, hay que exorcizar. Hay que dejar de evitar el problema a todas horas. Sabes muy bien que no se puede… Así que mejor lanzarse de cabeza… —continuó Marc, aunque con voz insegura.
Si bien la teoría resultaba verosímil desde el punto de vista intelectual, Jeanne juzgó su puesta en práctica carente de cualquier sensibilidad. Muy trastornada, le pidió a Marc que fuera a hablar con Martin. Hugo refunfuñaba en su rincón: «Ya está bien, ¡que solo es un libro! ¡Qué ganas de fastidiar la Navidad por esa tontería!». Era lo que más le dolía a Martin, que no lo comprendieran, que asociaran su malestar con un capricho. Y eso que la mayor parte del tiempo sufría en silencio, sin incordiar a nadie con su tragedia íntima. Los ánimos se aplacaron al cabo de un rato. Al final, se achacó todo a un desatino, cosas que pasan.
15
Jeanne estaba encantada con el giro que estaba dando su vida profesional. Los franceses seguían con fascinación las elecciones estadounidenses y le encomendaron que viajara a Washington. En Europa, nadie pensaba que Bush hijo pudiera salir reelegido. Para muchos, había sido el peor presidente que había tenido el país; en materia de mediocridad nadie podría superarlo.
—Tú no te preocupes por nada, cielo, que yo puedo cuidar de Martin perfectamente.