Número dos
Segunda parte
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—¿Seguro? ¿No te importa?
—Pues claro que no.
—Pero cuando Hugo no esté, no me apetece imponerte…
—Todo va a ir como la seda. Además, Martin es muy autónomo…
Marc no solo tranquilizó a Jeanne, sino que también le quitó el sentimiento de culpa. La actitud comprensiva de su pareja la liberaba de una carga mental que se había multiplicado por diez desde la muerte de John.
Podía marcharse con la conciencia tranquila.
Durante esa estancia en el extranjero, adoptó la costumbre de hacer un descanso a media tarde para llamar a Francia. Necesitaba oír la voz de su hijo, aunque él no hablase mucho. Había que arrancarle siempre hasta la anécdota más insignificante sobre su vida en el colegio. Luego se ponía Marc, que era ostensiblemente más locuaz. Con él pasaba al revés: a menudo había que cortarlo en plena disertación sobre tal o cual tema. A veces se molestaba ante la violenta interrupción de su discurso, olvidando que Jeanne estaba en plena jornada laboral. Sin embargo, por extraño que parezca, estas conversaciones unían a la pareja; en ocasiones estrechamos más los lazos en la distancia. Esto marcaba un cambio palpable para Jeanne con respecto a su día a día con John, a quien no le gustaba desvelar nada de sus peripecias íntimas. Comparaba a los dos hombres de su vida, lo más normal del mundo. Era casi seguro que, ante una encrucijada, uno habría tirado a la izquierda y el otro a la derecha. Con Marc se sentía protegida, como si su historia poseyera la potencia de un antídoto para los desastres. Pero había perdido la emocionante inestabilidad de los días con John. Desde luego, lo que ahora vivía era preferible para construir una nueva vida, unos cimientos a salvo de la poesía de las vacilaciones. Porque, sí, barajaba tener otro hijo. Podría fácilmente poner su carrera entre paréntesis durante unos meses. Después ponía en duda su deseo. Amaba a un hombre nuevo y eso la llenaba, ¿qué más quería? Seguramente era un clásico perderse en el laberinto de semejante decisión. Máxime cuando Jeanne estaba viviendo unos acontecimientos dignos de exaltación lejos de su continente. Y puede que sea así como una hace migajas su propia lucidez.
Porque no veía todo lo que estaba pasando. En su descargo, hay que decir que no hubo señales que presagiaran nada. Surgió de forma repentina. Ya en su primera noche a solas los dos, mientras Martin veía la televisión en el salón, Marc se le acercó. Por un instante se quedó de pie mirándolo fijamente, sin mediar palabra; ante su objetivo, afinando el tiro. Por fin expuso, con mucha parsimonia y en voz muy baja, casi inaudible:
—Prefiero que te vayas a tu habitación.
—¿Perdón?
—Que prefiero que te vayas a tu habitación.
—¿A mi habitación?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Ahora mismo. Prefiero que te vayas a tu habitación.
—Pero… es que estoy viendo un programa.
—Pues apagas la tele.
—…
—Tengo que hacer unas llamadas de trabajo y necesito tranquilidad.
A Martin le sorprendió el tono frío y expeditivo de su padrastro. Si se hubiera expresado de otra manera, habría podido entender su petición. Pero algo no encajaba. La propia cortesía de la frase, articulada lenta y pausadamente, acentuaba la sensación de una amenaza. Además, a Martin le costaba captar sus intenciones. Marc podría haber telefoneado en paz desde su dormitorio. ¿Por qué necesitaba el salón? Había una especie de deseo de restringirlo. Martin percibió que lo mejor era evitar cualquier discusión. Apagó el televisor y obedeció. Echado en su cama, trató de comprender qué pasaba. Tal vez Marc hubiera tenido un día complicado o hubiera recibido una mala noticia. Los niños se convierten enseguida en desahogos para la frustración. Aun así, algo le resultaba incomprensible en la sucesión de los acontecimientos. El adolescente no oía ni un ruido en el piso; nada que remitiera a llamadas telefónicas en curso. Al final se quedó dormido sin saber muy bien qué pensar.
16
Marc reiteró su petición al día siguiente por otro motivo sin importancia. Nada más terminar de cenar, mandó a Martin a su cuarto. Esta vez, añadió:
—Y no le digas nada a tu madre, ¿de acuerdo? ¿Eh?
—…
—Te estoy hablando.
—Sí, te he oído.
—No te atrevas a irle con el cuento a tu madre. Esto queda entre tú y yo.
El adolescente se quedó inmóvil un momento, conmocionado. Tenía frente a él a un hombre completamente distinto al que creía conocer. Sin embargo, la comida había discurrido sin incidentes. Cada uno había hablado de su jornada; una conversación superficial, sí, pero que en ningún caso presagiaba el vuelco que estaba por producirse. Marc cambió de actitud de buenas a primeras. Un comportamiento errático, en el fondo mucho más terrorífico que una agresividad instaurada. A partir de ese momento, Martin ya nunca más podría prever con qué hombre se las vería; una especie de ruleta rusa del estado de ánimo. Una vez en su dormitorio, intentó quitarle hierro a los hechos, pero ¿acaso era posible? Marc le había pedido a las claras que no le contara nada a su madre, lo que delataba que era consciente del carácter ilícito o reprochable de su actitud. Puede que fuera su concepción de la educación… No, Martin veía cómo actuaba con su propio hijo y era todo lo contrario. Se podía decir incluso que manifestaba cierta falta de autoridad con Hugo, que le dejaba hacer lo que le diera la gana. ¿Entonces? ¿Qué pasaba? Tal vez debería haberse indignado, rebelarse: «No, no entiendo por qué me tengo que ir a mi cuarto». También habría podido amenazar con contarlo todo. Pero no diría nada. Por miedo, probablemente, y también por otro motivo: veía a su madre realizada. No quería estropear lo que ella estaba viviendo. La situación amenazaba con convertirse en una ecuación insostenible. ¿Debía pagar él con su desdicha la felicidad de su madre?
Al día siguiente fue peor. Marc ordenó directamente a Martin que se fuera a cenar a su habitación. No quería ni verlo ni oírlo. El maltrato se resumía, de momento, en un confinamiento geográfico. En delimitar el territorio, como hacen los cazadores que acechan a los animales. Antes de quedarse dormido, Martin se acordó de las navidades. Le pareció entonces obvio que el regalo había sido una perversidad disfrazada de torpeza. Pero ¿por qué? ¿Con qué objetivo? ¿Llevarlo al límite para librarse de él, mandarlo a un internado? Era incomprensible. Como suele pasar en estos casos, en vez de cuestionarse el equilibrio mental de su agresor, Martin empezó más bien a dudar de sí mismo. ¿Había hecho algo mal? Por fuerza. No había otra explicación. Una ilógica culpabilidad se adueñó de él. Tal vez su fobia a Harry Potter lo había convertido en una persona insoportable. Sin embargo, tenía la sensación de no estorbarle a nadie, aunque seguramente se equivocaba. Todo debía de ser por su culpa.
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Cuando Jeanne regresó, se reanudó la comedia de la normalidad. La familia reconstituida cenaba en una atmósfera alegre. Marc lanzaba de vez en cuando miradas amenazadoras a Martin y el adolescente agachaba la cabeza. Solo tenía ánimo para una cosa: encerrarse en su habitación. Las consecuencias no se hicieron esperar. Las notas del colegio cayeron en picado, Martin perdió peso. Su madre, intranquila, quiso pedirle de nuevo una cita con un psicólogo, pero él se negó con la excusa de que la primera experiencia no había sido ningún éxito. Martin tenía la esperanza de que las cosas se arreglaran, pero, en primavera, Jeanne anunció un nuevo reportaje de una semana. En vista del estado de fragilidad que percibía en su hijo, dudó si irse o no, antes de desestimar del todo su inquietud. No podía, simple y llanamente. Renunciar en aquel momento era correr el riesgo de que otro le comiera el terreno. Y si algo no faltaba en la revista eran ambiciosos. De modo que, para tranquilizarse un poco, o para eliminar la mala conciencia, restó importancia a lo que sentía. La reciente actitud de Martin se debía a una crisis de adolescencia, todo el mundo pasaba por ese trance, sufrir un poco a esa edad no era nada excepcional.
Además, las palabras tranquilizadoras de Marc reforzaron su decisión:
—Es normal. Uno siempre se encierra un poco en sí mismo con catorce o quince años.
—No. Mira a tu hijo, que es un vivales.
—Hugo es un chico menos torturado, desde luego. Pero es, sobre todo, más inmaduro. Martin ha crecido muy rápido con todo lo que ha vivido. Puede que tú veas la parte negativa, pero yo creo que es muy sensible y muy perspicaz.
—¿Tú crees?
—Sí. Hablamos mucho cuando no estás. Tiene muchos recursos, hazme caso…
—¿En serio? ¿Contigo habla?
—Pues claro.
—¿Y qué os contáis?
—Tenemos nuestros secretitos… —zanjó Marc con una sonrisa que a Jeanne le devolvió un poco la suya.
Esa noche fue al cuarto de su hijo. Al dirigirse hacia la cama, se acordó fugazmente de la infancia de Martin. Todo le parecía muy cercano aún; se veía meciéndolo, contándole cuentos, consolándolo de sus penas. Una vez sentada junto a él, dijo con un hilo de voz: «Solo me voy una semana, vida mía. Pasará rápido…». Le dio un beso en la frente y apagó la luz.
18
Los días iban a volverse interminables. Esta vez, Hugo estaba presente. A Martin le pareció que había cambiado desde la semana anterior. Había engordado, estaba casi rosa y el pelo le caía sobre la cara. Le recordaba a alguien, pero ¿a quién? De repente, la imagen le saltó a la vista. Era la viva imagen de Dudley, el primo tiránico y vulgar de Harry Potter, personaje que J. K. Rowling describía en el primer volumen como «un cerdo con peluca». Era evidente que se había establecido una especie de extraña similitud.
Podría haber sido un pensamiento anodino, pero vino a sumarse a una sucesión de elementos desestabilizadores. Desde el fracaso en el casting, la vida de Martin estaba atravesada por la inquietud y la soledad, al igual que la de Harry antes de que se incorporase a Hogwarts. Además, lo habían abordado para decirle que se parecía a Daniel Radcliffe. Por último, le perturbaba una barbaridad el hecho de haber perdido a su padre, de haber quedado huérfano. No había perdido a sus dos progenitores, de acuerdo, pero la amputación afectiva era del mismo orden. Y ahora, hete aquí que lo maltrataban, igualito que a Harry cuando vivía bajo la tiranía de su tío y su tía.
*
Esa misma noche, Martin formuló claramente su sentir: «Me estoy convirtiendo en Harry Potter».
*
¿Era posible encarnar a un personaje de ficción en la realidad? Martin empezaba a creer que sí. Se había quedado a las puertas del papel, pues contaba con todas las cualidades para encarnar a Harry. Y por fin lo conseguía, pero en la vida real. Entonces le dio por pensar: «¿Y si me leo los demás tomos para saber qué va a ser de mí ahora?». Todo el arranque coincidía a la perfección. Vernon y Petunia Dursley dejaban que su sobrino se pudriera debajo de una escalera. Y eso que había otra habitación disponible en casa. Pero su hijo, Dudley, necesitaba dos: una para dormir, otra para almacenar sus juguetes. A Martin también lo habían restringido, no a un armario, desde luego, pero sí a una zona muy limitada del piso. Y Martin comprendió que aquello no era más que el comienzo. La presión malintencionada no haría sino aumentar.
Al igual que Dudley con Harry, Hugo empezó a atacar a Martin. En ausencia de Jeanne, se permitía barbaridades. A decir verdad, él también estaba manipulado por su padre. Marc le decía a su hijo: «Anda, ven, vamos a darle un poco la lata… ¡Hay que saber reírse de uno mismo!». No vacilaban en dejar por ahí tirado algún libro de J. K. Rowling y se pasaban las cenas comentando las aventuras de Hogwarts. Martin se levantaba de la mesa y se refugiaba en su habitación. «¡Mira que es susceptible!», oía. Hundía la cabeza debajo de la almohada para intentar atenuar el sonido de tan pérfidas palabras. Le habría gustado ser más fuerte, mostrarse impasible frente a aquel par de monstruos risueños, pero no podía. Cualquier alusión a Harry Potter lo violentaba. Para ellos era fácil, un chivo expiatorio con un punto flaco tan evidente. Ofrecía su sufrimiento en bandeja de plata.
En la biblioteca de su centro escolar, Martin sacó prestado un libro sobre el acoso. Leyendo los testimonios de las víctimas que, como él, se sentían culpables, reconoció su propia experiencia. Tenía que dejar de pensar que todo era culpa suya. Lo más importante ahora era reunir el valor necesario para contárselo a su madre. Sí, eso era lo que debía hacer, sin temor a las represalias. Se lo explicaría todo y ella reaccionaría de inmediato. Hecha una furia, le pediría a ese enfermo mental que recogiera sus cosas y se largara. Todo terminaría y ellos reanudarían su vida de antes. Martin imaginaba sin cesar aquella confesión que supondría una liberación; se sabía de memoria cada frase, cada coma, cada respiración. Sin embargo, cuando su madre volvió del viaje, Martin fue incapaz de articular palabra. No ya por no acabar con su felicidad, sino más bien por algo muy parecido a la vergüenza. Sí, se sentía tan avergonzado que no conseguía hablar. Además, el regreso de Jeanne marcaba el final del acoso. En cuanto entraba por la puerta, el infierno se esfumaba. Y se restablecía el paraíso de pacotilla.
19
En mayo arrancó la intensiva campaña de marketing previa al estreno de la tercera película de la saga, Harry Potter y el prisionero de Azkaban. Esta vez ya no estaba al frente Chris Columbus, sino Alfonso Cuarón. La propia J. K. Rowling había sugerido su nombre a los productores porque le habían gustado mucho Y tu mamá también y su manera de dirigir a adolescentes en La princesita. Años después, afirmaría en una entrevista que la tercera era su película favorita. Ya desde la aparición de las primeras imágenes se percibía una especie de gradación en la excitación. Se entraba realmente en la dimensión oscura de la historia, una dimensión que no haría más que aumentar. Martin veía en ello un eco de su tragedia íntima. Los dementores, potencias destructoras de la belleza y de los recuerdos felices, lo rondaban en su propia casa. Había algo de Voldemort en Marc. A través de esas fuerzas del mal, J. K. Rowling plasmaba su propio sufrimiento, el que había experimentado durante el largo deterioro de su madre. También en ese punto se veía identificado Martin. El cáncer, encarnación maléfica, había vencido a su padre.
Todo, realidad y ficción, se confundía en su cabeza. Martin estaba perdiendo pie y las incesantes incursiones de Harry Potter le impedían sistemáticamente sacar la cabeza del agua. Esta vez se le antojaba todavía más difícil que de costumbre. El estreno inminente de la película, el 2 de junio de 2004, no podía pasarle desapercibido a nadie. En Francia, cada una de las primeras entregas había rozado los diez millones de localidades vendidas. Era probable que la hazaña se repitiera; aquellas cifras representaban el equivalente de un francés de cada siete; y todos los adolescentes acudirían a verla, eso seguro. Para Martin era un período demasiado doloroso. Le seguía resultando imposible no imaginarse ocupando el lugar de Daniel Radcliffe. Suplicó a su madre que le diera permiso para no ir al colegio durante dos semanas.
En un primer momento, Jeanne intentó hacerlo entrar en razón; la petición era tan excesiva como inconcebible. Sufría ya al ver que su hijo no tenía amigos; quedarse en casa marcaba claramente una etapa más. Pero Martin nunca había sido un niño caprichoso; el ruego se desprendía de una necesidad. Al final, desconcertada, se resolvió a ceder a las súplicas. Naturalmente, no podría dar una explicación sincera al director del colegio. No se veía afirmando: «Martin no puede ir a clase ahora mismo porque está a punto de salir una nueva entrega de Harry Potter…». Así que Jeanne puso como excusa un frágil estado de salud que requería reposo.
De esta manera, Martin pasaría dos semanas solo en casa. Su único temor era que Marc pidiera días libres y se quedara con él. Por suerte, eso no ocurrió. Su madre lo llamaba cada dos por tres y Martin la tranquilizaba. Había tomado la decisión correcta, la de encerrarse a cal y canto durante las campañas intensivas de marketing. A pesar de que a Jeanne la petición le había parecido excesiva en un primer momento, ahora comprendía a su hijo. No solo veía carteles por todo París, sino que había cantidad de productos que promocionaban también el filme. Por ejemplo, un día compró un tubo de pasta de dientes Colgate sin darse cuenta de que la marca era patrocinadora. Menos mal que se percató en el último momento y pudo tirar el producto antes de que su hijo lo usara. Hasta cepillarse los dientes se complicaba… Martin, por su parte, se mantenía al margen de los medios: ni radio, ni prensa, ni por supuesto televisión. No le faltaba razón. Uno se topaba constantemente con los actores hablando de su vida trepidante. Explicar la magia de la aventura era tan importante como ponderar la calidad del largometraje. Contribuía a la narración del éxtasis. Daniel Radcliffe había llegado a declarar que «rodar pelis es el terreno de juego más grande que uno pueda imaginar…». Todos los niños del mundo soñaban con estar en su pellejo, pero ¿qué pasaba con el que casi casi lo estuvo?
20
Por desgracia, la energía que invertía Martin en rehuir la actualidad sufría un sabotaje constante. Cuando Hugo volvía del colegio, iba derechito a su cuarto para contarle tal o cual anécdota. Por ejemplo, acababa de ver un reportaje sobre la histeria de los preestrenos en Corea del Sur:
—¡Es una locura! ¡Parecen estrellas del rock!
—…
—La gente grita sus nombres, las niñas se desmayan. ¡Es muy fuerte lo que están viviendo!
—…
—Comprendo perfectamente que te repugne…
Martin lo rechazaba, soñando con bloquear el acceso a su habitación para no tener que aguantar más aquellas intrusiones malintencionadas, pero era imposible. Marc había quitado la llave, por considerar que los niños no tenían por qué encerrarse. Así, todo quisque podía invadir su perímetro cuando le viniera en gana; el acoso ya no conocía fronteras.
La tarde del jueves de la segunda semana, Jeanne llamó para avisar de que tendría que quedarse hasta tarde en el trabajo. Instantáneamente, Martin tuvo la intuición de que pagaría caro aquel contratiempo. No se equivocó. Marc entró en su dormitorio:
—Ya podrías haber puesto la mesa, ¿no? Encima de que no das un palo al agua en todo el día…
—…
—Qué socorrido es tu Harry Potter. En la vida había visto una excusa tan cutre.
El adolescente se encaminó a la cocina y obedeció. Aquella noche, Hugo y Marc decidieron sin más ni más rebautizarlo como Harry. Durante toda la cena, alternaron los «¿Me pasas la sal, Harry?» con preguntas como «¿Qué tal todo, Harry? ¿Cómo se ha dado hoy el día en Hogwarts?». Reían burlones, orgullosos de sus lamentables salidas. Martin era incapaz de entender aquella lógica; sufría los golpes en un estado parecido al estupor. Lamentaba no ser capaz de adoptar la actitud flemática de Harry Potter cuando se enfrentaba a la violencia verbal de sus tíos. Acababa de ponerse de pie para volver a su cuarto cuando Marc se lo impidió con sequedad: «¡Tú de aquí no te mueves! ¡No hemos acabado!». El tono había cambiado radicalmente. Ya no se percibía ni rastro del presunto humor. Ni siquiera Hugo parecía pillar de qué iba la cosa. Martin se quedó mirando su plato, sin moverse. Se hizo un silencio, pero había que dar el golpe de gracia, rematar la faena, así que Marc dijo con un suspiro: «No te mueves, no dices nada, es increíble, te comportas exactamente igual que tu padre…».
El verdugo sabía perfectamente que se había pasado de la raya. Acababa de tocar la fibra más sensible del chico. Tras un instante necesario para admitir la realidad de tamaño ataque, Martin se puso a gritar varias veces: «¡Ya basta! ¡Ya basta! ¡Ya basta!». Y le dio un empujón a Hugo. Este último se cayó de la silla y se dio un coscorrón contra el suelo. Nada parecía poder detener la furia de Martin. Marc se levantó no para socorrer a su hijo, sino para abofetear al adolescente. Un bofetón seco y violento. Martin lo fulminó con la mirada y salió de la cocina. Hugo se puso de pie sin decir nada y recibió el consuelo de su padre: «¡Este niño está totalmente histérico!», añadió con voz poco convincente pese a todo. Sabía que Jeanne estaba a punto de llegar y que la cosa podía traer cola.
Martin se examinaba la mejilla colorada ante el espejo del cuarto de baño. La huella era inequívoca. Se lo contaría todo a su madre. Sí, se acabó el silencio. ¿Era capaz Marc de leerle el pensamiento? De pronto se acercó haciendo gala de una actitud en apariencia radicalmente distinta. Cogió una manopla de baño y la mojó antes de dársela a Martin.
—Toma, pásatela por la cara. Es agua fría.
—No.
—¿No qué?
—No quiero.
—¿Por qué? Te sentará bien…
—Quiero conservar la marca. Quiero que mi madre la vea.
—Yo de ti no haría eso. Coge la manopla, te digo.
—…
—Como no lo hagas tú, tendré que hacerlo yo por la fuerza…
Por primera vez, Martin tuvo miedo de verdad. Estaba lívido, el corazón le latía desbocado. Marc notó que la situación se le iba de las manos. Había sido superior a él. Sabía de dónde le venía ese gusto por la violencia, esa perversidad que le provocaba una descarga de adrenalina, pero de pronto se daba cuenta de que estaba jugando a un juego peligroso. Tenía que enmendar la situación, y rápido:
—Sabes muy bien que no quería hacerte daño. Pero es que has empujado a Hugo… Has empezado tú…
—¿Y lo que has dicho sobre mi padre?
—No tendrías que habértelo tomado a mal. Te prometo que no era un comentario negativo. Tu padre era un artista, un soñador. Tu madre me lo dice desde siempre. Siento una gran admiración por él. Solo te decía que en ese momento estabas en tu mundo…
—…
—Si lo has interpretado así, lo siento mucho.
—…
—Yo te quiero como si fueras hijo mío, ¿sabes?
—¿Entonces por qué me llamáis Harry?
—Es puro humor. En mi familia siempre hemos sido así. Nos chinchamos, pero sin maldad.
—Pues no tiene ninguna gracia.
—De nuevo te pido perdón si te he ofendido. Te prometo que no lo haremos más. La verdad, pensaba que algo así te ayudaría a desdramatizar. Pero ya veo que no ha funcionado…
—…
—Vamos a olvidar esta noche, ¿te parece?
Mientras hablaba, Marc lanzaba ojeadas a su reloj. Jeanne estaba a punto de volver. Había que calmar las aguas rápidamente. Martin estaba perdido. Las palabras que oía le parecían sinceras, pero no podía evitar que le repugnara aquella ternura tan repentina. Marc añadió unas pocas frases acerca de la armonía de su relación con Jeanne, una felicidad que no convenía perturbar con el relato de esa velada fallida. Conque así veía Marc lo que acababa de ocurrir: una velada fallida. Le había apretado las clavijas, lo había humillado, había insultado la memoria de su padre simplemente en nombre del humor y la desdramatización. Marc atacó de nuevo: «Piensa en tu madre…».
Y en ese preciso instante se oyó el ruido de la llave en el bombín. Al cabo de unos segundos, Jeanne entró en el baño y quiso saber en cuanto descubrió la marca en la mejilla de su hijo:
—¿Qué ha pasado?
—Nada, amor mío. Los chicos se han peleado, cosas que pasan —respondió Marc.
—¿Ah, sí? ¿Y a santo de qué?
—Bah, ni lo sé. No les he dado coba. He mandado a Hugo a su habitación…
El adolescente no dijo nada. Su madre se le acercó: «¿Estás bien, vida mía?». Jeanne le hizo una seña a Marc para que los dejara solos. Él se marchó lanzando una última mirada amenazante a Martin. Una vez a solas con su madre, el chico se quedó mudo, como en estado de shock. Jeanne le pidió varias veces que le contara todo, pero no había nada que hacer, Martin no abría la boca. Tardó un rato aún en poder contestar por fin: «No ha sido nada».
21
Jeanne estaba intranquila. Su hijo había dejado de ir al colegio, estaba cada vez más encerrado en sí mismo, a veces le costaba expresarse; y hete aquí que ahora se peleaba con Hugo. Tenía muchas esperanzas puestas en el siguiente verano para sacarlos de la rutina. Esa misma noche, un poco más tarde, en el momento de darle las buenas noches, Jeanne le propuso a Martin que hicieran un viaje a Grecia los dos. A él le pareció buena idea, pero se limitó a manifestar su entusiasmo con palabras contadas. Jeanne se fijó entonces en una caja que había encima del escritorio de su hijo, una caja que ella no conocía. Para alargar la conversación antes de dejarlo dormir, le preguntó:
—¿Qué guardas ahí?
—Papel de aluminio —respondió Martin.
—Anda. ¿Y eso por qué?
—Son los papeles con los que papá me envolvía los bocatas. Cuando cogía el tren para venir a verte…
—¿Los has conservado?
—Sí.
—Pero… es…
A decir verdad, a Jeanne le faltaban las palabras. Le pareció un gesto precioso. Martin nunca le había hablado de aquella colección emocional. Se sintió catapultada al borde de las lágrimas. Qué humanidad la de su hijo.
22
Las cosas cambiaron radicalmente. Marc volvió a mostrarse simpático y Hugo siguió su estela. Este último, como es natural, actuaba condicionado por su padre: «Tenemos que parar. No le hace ni pizca de gracia…». En el fondo, era un alivio para él. Le agradaba recuperar la complicidad con quien consideraba su medio hermano y se prometió no volver a sacar a colación el tema que tanto lo mortificaba. Aquella tregua no quitaba para que Martin se mantuviera alerta; el miedo seguía revolviéndole la tripa cada vez que se quedaba a solas con Marc. Todo podía volver a empezar. Tal vez sea ese el mayor triunfo de un agresor: provocar un terror sordo sin tener que hacer nada.
Por el bienestar de su madre, Martin estaba dispuesto a vivir con aquella espada de Damocles sobre su cabeza. De manera inconsciente, tenía la sensación de que a su padre lo había matado la tristeza. De ahí que dejara a Jeanne nadar en su felicidad sin sospechar que eran aguas turbulentas. Una felicidad que manaba igualmente del regreso de su hijo al colegio. Haciendo honor a su compromiso, Martin había vuelto a las clases al término de las dos semanas de ausencia. Incluso había fingido alegrarse de reencontrarse con algunos compañeros. A veces publicitaba la versión positiva de su vida con tal de tranquilizar a su madre. Pero su existencia seguía siendo complicada. En tan solo dos semanas, Harry Potter y el prisionero de Azkaban había tenido más de cuatro millones de espectadores, un resultado apabullante. Sin embargo, si había temido que aquel fuera el tema más comentado de todo el alumnado, se había agobiado sin motivo. La fiebre había remitido y todo el mundo prefería hablar de sus planes para las vacaciones. Por otro lado, a Martin le conmovió el recibimiento que le habían dispensado. Todo el mundo fue encantador. Tanto sus compañeros como sus profesores pensaban que había tenido que pasarle algo muy grave para faltar a clase durante dos semanas. Le preguntaban por los motivos de su ausencia, pero él respondía con evasivas. Su silencio fascinaba incluso a algunos alumnos. Quien deseara ser popular podía extraer una lección de aquello: a los calladitos se les atribuyen historias increíbles.
Al notar tantas atenciones a su alrededor, Martin casi tenía la impresión de ser Harry en el momento de su llegada a Hogwarts. Todo el mundo quería arrimarse al célebre mago que Voldemort no había conseguido matar. A pesar de todo, Martin seguía siendo un chico muy solitario. A decir verdad, su destino se desplegaba en oposición al de Daniel Radcliffe. El actor debía de llevar una existencia intensa, compuesta de encuentros perpetuos, viajes y alegrías. Su día a día debía de tener la riqueza de dos vidas. Martin, en cambio, reducía la suya a la nada. El casting había catapultado a los dos chicos a un desequilibrio fulminante.
En esto ocupaba Martin sus pensamientos mientras volvía del colegio cuando un hombre le entregó una octavilla en el metro:

Visiblemente, era el hechicero en persona quien se pateaba los trenes. Llevaba un montón de collares y un anillo en cada dedo. Un verdadero Dumbledore de la línea 12. Tal vez dijera la verdad, tal vez ese hombre tuviera una solución para su problema. Curiosamente, Martin no pensó en combatir a Marc. Su mente se precipitó de inmediato hacia Harry Potter. Esa era su obsesión, ahí residía su deseo de que alguien acudiera en su ayuda persiguiendo sin piedad el mal. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Tendría que clavar agujas a un muñeco con la efigie de Daniel Radcliffe? Así quizá el actor enfermaría… No, no, él no quería hacerle daño. ¿Entonces? Tenía que haber una solución intermedia. El profesor podría hechizarlo… para que no fuera capaz de actuar. Sí, eso ya era otra cosa. Transformar a Daniel Radcliffe en un actor pésimo. Sería una catástrofe, cundiría el pánico en la Warner. Se acabó dar el tono justo, ya solo gestos cargados de artificio. No les quedaría más remedio que recurrir a él para que lo sustituyera. Así fue como Martin, por espacio de unas pocas estaciones y de una ensoñación en el universo del vudú, se vio ocupando el lugar de Daniel Radcliffe. Al salir de la boca de metro, hizo una bola con el pasquín y lo tiró a una papelera.
23
Se anunciaba el verano. El 5 de julio de 2004, nada más aterrizar en Grecia, Martin y su madre se vieron de nuevo envueltos en un fenómeno de histeria colectiva, solo que esta vez sin relación con Harry Potter. La selección nacional de fútbol acababa de ganar la Eurocopa. Por primera vez en su historia. Qué extraña sensación la de ir a buscar calma y serenidad a un lugar remoto y encontrarse en medio de una discoteca gigantesca. Por suerte, desde Atenas cogieron el ferri para llegar a la isla de Santorini, con sus playas de arena negra. En esta ocasión, Martin se inició en el arte del buceo en apnea. Al igual que el año anterior en Groenlandia, parecía irremediablemente atraído por todo lo que pudiera permitirle escapar del mundo. En las profundidades, experimentaba la paradójica sensación de elevarse. Por las noches, cenaban en las terrazas de restaurantes pequeños y encantadores, pescado y berenjenas; la postal era tan perfecta que se oía a lo lejos a alguien tocando el buzuki. Jeanne no contemplaba los pasmosos paisajes, sino la cara de su hijo, sosegada al fin. Era eso lo que había ido a buscar.
En agosto, se reunieron con Marc y Hugo. A Martin le agobiaba el reencuentro, pero todo fue bastante bien. Su padrastro sacó tiempo para volver a pedirle disculpas, achacando su actitud al estrés y a la falta de lucidez. Para sellar la reconciliación, incluso le regaló un minilector de DVD portátil para que pudiera seguir viendo películas durante el verano. Jeanne y Marc habían alquilado una casa preciosa en el Luberon. Al llegar allí, se quedaron maravillados con el encanto del lugar y el inmenso jardín. Vencían al calor precipitándose a la orilla del río, que pasaba muy cerca. Los chicos construyeron incluso una especie de balsa que les permitía abandonarse en medio del frescor. Los adultos, mientras, hacían el amor en su dormitorio bajo una mosquitera improvisada. Así discurrieron las vacaciones, a un ritmo indoloro y lento. Por las noches, se echaban en la hierba para observar las estrellas; cada uno se dejaba llevar por sus ensoñaciones. Martin vivió un verano plácido y, aunque sufría con regularidad, por primera vez pensó que el día menos pensado podría hallar la felicidad. Le apetecía creer que sí. Por otra parte, no se anunciaba película nueva próximamente y se hablaba de julio de 2005 para la publicación de la novela Harry Potter y el misterio del príncipe. Eso le dejaba margen para respirar.
24
A finales de agosto, días antes de la vuelta a las clases, Marc propuso hacer una última barbacoa, esta vez en el balcón de casa. A Jeanne le pareció una idea magnífica. A veces exageraba su entusiasmo para suscitar el de su hijo. Pero tanto Hugo como Martin recibieron encantados la propuesta, que alargaba un poco más el sabor de las vacaciones. Jeanne preparó una ensalada griega en homenaje al arranque de su verano. La barbacoa era una instalación sofisticada, con dos alturas. Las chuletillas de cordero arriba, las patatas abajo. Aunque faltaban la noche estrellada y las chicharras, el momento se anunciaba la mar de agradable.
—¡Venid a comer, que esto ya casi está! —exclamó Marc como si el hecho de subir la voz le confiriera automáticamente el estatus de cocinero competente. Los adolescentes acudieron corriendo al balcón mientras Jeanne disponía los condimentos en una bandeja. Fue entonces cuando Marc se dirigió a Martin:
—Menos mal que tenías papel de aluminio en tu habitación.
—…
—Se me olvidó por completo comprar un rollo, no habría podido asar las patatas si no…
Naturalmente, Marc sabía del valor afectivo que tenían aquellos trozos de papel. Dos meses antes, justo después del episodio de la disputa entre los chicos, Jeanne le contó lo que acababa de descubrir: «Qué encanto… Martin ha guardado un recuerdo de todos los bocadillos que le preparaba su padre…». Marc fingió cierta emoción y recalcó la hermosa sensibilidad del niño. No podía haberlo olvidado. Además, la manera en que había anunciado el malintencionado acto no dejaba lugar a dudas. Había esperado a que Jeanne estuviera pendiente de otra cosa. Al ver sus recuerdos quemados, Martin empezó a asfixiarse. Los vestigios del amor paterno. Tan intenso era su sufrimiento que no acertaba a moverse. El ataque había sido tanto más violento cuanto que él había bajado la guardia en los últimos tiempos. Y hete aquí que el odio resurgía de repente, agarrándolo por la nuca con violencia. Habría querido reaccionar: «Pero ¿por qué? ¿Por qué has hecho eso?». ¿Existía acaso justificación para semejante salvajada? Después del libro como regalo de Navidad y el insulto a la memoria de su padre, ahora padecía el saqueo de lo más valioso que tenía en el mundo. Veía las láminas de aluminio arder como si fuera su propio cuerpo el que se consumía.
De repente, Martin empuñó el tenedor de la barbacoa y se lo clavó a Marc en el brazo. Este último soltó un grito de dolor. Jeanne acudió corriendo y se precipitó sobre el accidentado, que estaba sangrando mucho; la herida era enorme. Marc se dirigió al cuarto de baño para hacerse un torniquete y detener la hemorragia, a la vez que vociferaba: «¡Se ha vuelto totalmente loco!». Hugo, conmocionado, fue detrás de su padre. Al cabo de un momento de estupefacción, Jeanne volvió en sí. Se arrodilló delante de su postrado hijo y sollozó: «Pero ¿qué has hecho? ¿Qué has hecho?». Repitió infatigablemente aquella pregunta, como si solo una acumulación verbal pudiera volver comprensible lo que acababa de pasar. Pero su hijo no contestaba, parecía poseído. Al final, le soltó una torta; siempre había visto en las películas ese gesto para que el otro volviera a la realidad. Pero de nada sirvió. Al contrario, Martin se tiró al suelo y empezó a rodar, como un demente.
Marc se fue al hospital con su hijo en un taxi. En vista de los acontecimientos, no se había acordado de apagar la barbacoa. Un olor a quemado invadía ahora el salón; era asfixiante. Jeanne estaba perdida. Su hijo no volvía en sí. Ahora estaba mascullando palabras incomprensibles. Presa del pánico, al fin decidió llamar a emergencias. Seguramente, una inyección o unos sedantes lo tranquilizarían. Veinte minutos más tarde, dos sanitarios entraron en el piso. Cuando Martin los vio, su confusión se acentuó. Revivió la caída de su padre en la tienda de comestibles. El sufrimiento lo sumía en un estado de estupor, sin brindarle siquiera el alivio de la inconsciencia. Cuando los dos hombres se acercaron a él, opuso resistencia. No quedaba otra: tenían que llevárselo.
Jeanne le agarraba la mano a su hijo en la ambulancia. Observaba sus ojos sin reconocerlos. Iban camino del servicio de urgencias psiquiátricas. Durante el trayecto, después de que le pusieran una inyección, Martin se amodorró. Como estaban a finales de agosto, no había apenas tráfico. En cuestión de pocos minutos llegaron al hospital Pitié-Salpêtrière. Transportaron a Martin en una camilla hasta la recepción. A su lado, su madre caminaba como una autómata. Antes de traspasar el umbral, el adolescente abrió por fin los ojos, justo a tiempo para leer la inscripción:
HOSPITAL PSIQUIÁTRICO
Como veía borroso, distinguió solo las mayúsculas; las mismas que habitualmente resumen aquel destino:
H. P.
Eso fue lo que Martin vio: H. P.
Una última señal.
Para él, H. P. solo podía significar una cosa:
HARRY POTTER