Número dos
Tercera parte
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Tercera parte
1
Habida cuenta de la gravedad de su estado psíquico, el interno de guardia le asignó una cama en la unidad Simon. Martin se descubrió, acompañado de una docena de adolescentes, en un centro cerrado. Había lastimado a Marc en un brazo, pero bien podría haber podido apuntar al abdomen o a un pulmón. Jeanne, conmocionada, acusaba para colmo el dolor de no poder ver a su hijo, pues en un primer momento las visitas no estaban autorizadas. Al cabo de dos días, por fin la recibió la doctora Namouzian, una de las responsables del servicio. En la placa que llevaba prendida de la bata se leía también su nombre de pila: Nathalie. Jeanne se agarró a aquel nombre como a la primera señal de humanidad que encontraba en aquel lugar desde hacía cuarenta y ocho horas.
La entrevista entre las dos mujeres duró un rato largo a pesar del cansancio de Jeanne. Esta última aludió al trauma vinculado a la muerte de John y a la sensación de fracaso que su hijo no se sacudía desde un casting doloroso. La psicóloga escuchaba con compasión el relato de aquella madre perdida. Estaba acostumbrada a momentos así. Anotó «Harry Potter» en su cuaderno. El nombre le sonaba de algo, claro está, pero poco más. Ella era más de Rohmer que de Potter. Resultaba por tanto posible vivir ajeno al fenómeno. Su primera sensación era sencilla: poco importaban las causas y las condiciones de un rechazo, jamás había que minimizarlas. Ella sabía perfectamente que una persona podía morir por no ser deseada, valorada, elegida. A Jeanne la abrumó la emoción; se sentía escuchada y apoyada. Pero seguía sin disponer de elementos que le permitieran comprender el gesto de su hijo.
—¿Qué relación mantienen Martin y su padrastro? —preguntó con total naturalidad la psicóloga.
—Se llevan fenomenal. Acabamos de pasar unas vacaciones maravillosas…
—¿Ha habido alguna señal de tensión entre ellos en el pasado?
—No, nunca.
—¿Cómo se ha tomado su pareja la agresión de la que ha sido víctima?
—…
*
Al salir del hospital, dos días antes, Marc volvió a casa con el brazo vendado. La herida le había provocado una hemorragia seria, pero no dejaba de ser superficial. Ningún nervio había quedado dañado. Era la única nota positiva del concierto. Jeanne le preguntó de nuevo a Marc por las circunstancias del drama, pero él se mostraba tan desconcertado como ella:
—Sinceramente, me parece incomprensible. Se abalanzó sobre mí de buenas a primeras…
—Tiene que haber una razón. Uno no reacciona así sin motivo.
—Pues ya ves que sí.
—¿Y Hugo? ¿No diría él algo?
—No, él estaba tranquilo, a sus cosas. Yo también estoy conmocionado. Fue como si de repente se convirtiera en otra persona…
—…
—Mira, no te lo he querido decir antes, pero…
—¿Qué pasa?
—Creo que la movida de Harry Potter lo ha vuelto un poco majara.
—Martin no está loco. No digas eso.
—Ya, bueno… Se negó a ir al colegio cuando estrenaron la película. ¿A ti eso te parece normal?
—…
—Solo te estoy diciendo que cada vez manifiesta un comportamiento más extraño.
—Pero siempre me has dicho que te parecía un chico sensible… Era algo positivo, ¿no?
—Sí, sí, claro. Pero… creo sobre todo que vive en su mundo. No siempre distingue la realidad. Vamos, solo tienes que verme el brazo…
—Ya lo sé… Ya lo sé…
—No pasa nada. Solo necesita que lo traten…
—…
—Le explicaré que no le guardo rencor.
—Gracias. Gracias por estar ahí… —dijo Jeanne con un hilo de voz, acurrucándose contra el hombre que amaba.
*
Jeanne relató esta conversación y el punto de vista de Marc. Instintivamente, Nathalie Namouzian percibió que la mujer que tenía frente a ella no disponía de todos los datos. A menudo, en el contexto de familias reconstituidas, se había encontrado con niños apresuradamente diagnosticados como inestables por un padrastro o una madrastra. Martin no tenía antecedentes psiquiátricos. Su acto de violencia podía estar relacionado con una situación concreta. Aunque el adolescente hubiera ingresado en un estado preocupante, por el momento nada llevaba a determinar un desarreglo psíquico de ninguna clase.
—¿Cuándo podré ver a mi hijo? —preguntó Jeanne, inquieta.
—Dentro de unos días.
—No sabía que a una madre se le podía impedir…
—Es el protocolo. Hay que separar al paciente de su entorno familiar.
—Pero me necesita…
—No me cabe la menor duda. Para serle sincera, tiene usted todos los derechos sobre su hijo. Puede incluso firmar una petición de alta y llevárselo a casa. Pero, a la luz de los elementos que manejo ahora mismo, se lo desaconsejo, y mucho.
—…
—Tal y como están ahora las cosas, creo incluso que Martin podría dirigir esa violencia contra sí mismo.
—Se refiere a que…
—Solo digo que aquí está a salvo.
—…
Jeanne tenía ganas de confiar en aquella mujer. Tenía fe en su perspicacia. Sin embargo, no era una decisión sencilla de tomar. La situación la soliviantaba al máximo. En ese momento, se oyó un alarido en el pasillo y Jeanne se dijo: «Mi hijo está en la casa de los locos». La doctora le propuso que se tomara el tiempo que necesitara para reflexionar y la acomodó en un despacho vacío. La amenaza de un posible suicidio de Martin la rondaba. Quince años atrás había dado a luz en Londres y su vida parecía destinada a la felicidad. Hoy John ya no estaba y su hijo dormía en un centro cerrado gracias a un chute de sedantes. Al final, optó por dejarlo allí y firmó los papeles que validaban el internamiento.
2
Voldemort había eliminado a los padres de Harry Potter, pero no había logrado matar al hijo. Solo le había dejado una marca en la frente, un relámpago indeleble. Aquella señal distintiva indicaba por fuerza un reencuentro futuro, la posibilidad de un último enfrentamiento.
Martin había atacado a su verdugo, pero el perdedor era él. Ahora se encontraba solo en una habitación, sin el más mínimo contacto con el exterior. Las fuerzas del mal seguían destruyendo su vida. Durante buena parte de su primera noche en el hospital, realidad y ficción siguieron confundiéndose en su cabeza. Poco acostumbrado a los medicamentos, Martin se extravió en el laberinto de una fiebre mental. Pero ya a la mañana siguiente estuvo en condiciones de poner orden en sus pensamientos. No se arrepentía de nada. Lo que lo embargaba era más bien un sentimiento de liberación. Jamás lo había atravesado una rabia semejante. Ahora todo sería diferente. Poco importaban las consecuencias, nunca más volvería a convivir con ese hombre. Y tendría la fuerza necesaria para hablar con su madre, para revelarle el acoso del que había sido víctima. Se sentía armado con una energía renovada, seguro de poder acabar con el silencio y el miedo.
En este arrebato de positividad, que cobraba aires de piel nueva, empezó a albergar la esperanza de poder vivir algún día sin que su fracaso lo obsesionara. Tenía motivos para creer que todo podía cambiar: existía una solución en alguna parte. Todavía necesitaría tiempo, pero daría con ella; y sería cuando menos inesperada.
3
Pasó varios días en la unidad de cuidados sin recibir visitas. Daba paseos por el parque, se sentía protegido en aquel entorno. Por las noches, los sedantes lo embrutecían. Pero enseguida le redujeron las dosis. Ya en su primera cita con la psiquiatra, Martin contó muy a las claras lo que había hecho. No tenía ninguna intención de manifestar arrepentimiento, pero reconoció la violencia de su acto. Este rápido regreso a la realidad se vio acentuado por la observación de los demás adolescentes. Saltaba a la vista que él no pintaba nada allí. Algunos habían intentado suicidarse, otros se autolesionaban. Allí se vagaba por la versión más brutal de la aprensión de vivir. Sin embargo, reinaba una calma inmensa en las discusiones. Algunas conversaciones brindaban como una poesía de la grieta. Y el personal era simpático. Por la noche, dos hombres con un marcado acento polaco se encargaban de la vigilancia de los pacientes. Uno podía ir a verlos a cualquier hora, ya fuera para pedir un vaso de agua o para hacer una pregunta existencial; ellos siempre intentaban dar una respuesta a las incertidumbres nocturnas.
Por fin, Martin vio a su madre. Tal y como se había prometido, se lo contó todo durante el primer paseo por el parque. Ella trató de interrumpirlo varias veces preguntándole: «Pero ¿por qué no me dijiste nada? ¿Por qué?». Pero él antes quería llegar hasta el final de su largo relato. Necesitaba poner en palabras hasta el último recoveco de su dolor, liberar totalmente lo que había estado guardándose. Jeanne tuvo que sentarse en un banco, aturdida por la confesión. Antes incluso que la cólera, su sentimiento inicial fue la culpabilidad. ¿Cómo había podido no darse cuenta de nada, dejar sufrir así a su hijo? El propio Martin la consoló. Y se abrazaron, como para paliar mediante el cuerpo la imposibilidad de pronunciar ciertas palabras.
Martin regresó entonces a su habitación. En el momento de abandonar las instalaciones hospitalarias, Jeanne se sintió desfallecer. Entró entonces en un despacho, el mismo donde había tenido que tomar una decisión pocos días antes. La historia se repetía. Podría haber ido directa al trabajo de Marc para insultarlo, pegarle, pedirle explicaciones. Pero no quería oírlas. Cada palabra que Marc pudiera pronunciar la asqueaba de antemano. Por paradójico que pudiera parecer, su cólera era demasiado intensa para poder encarnarse en una confrontación. Había que actuar sin demora, llamar a una empresa de mudanzas y huir inmediatamente. Desde su regreso a Francia solo había vivido en pisos ya amueblados. En menos de una hora podían llevárselo todo. Sí, eso es, eso era lo que había que hacer. Huir, huir de inmediato. Aquella tarde, Marc regresaría a un piso vacío. Jeanne dormiría en casa de una amiga hasta que encontrara otra cosa. Estaba claro que Marc la acosaría con llamadas telefónicas y mensajes; ella no contestaría. Antes de acostarse, se daría una ducha muy caliente y muy larga. Se restregaría una y otra vez; y esa fue la imagen que se formó ante sus ojos aún en el despacho vacío del hospital, la de su cuerpo bajo el agua.
4
A la mañana siguiente, Marc se presentó en las oficinas de Le Point. Jeanne bajó a recepción y le explicó que como se atreviera a volver por allí le pondría una denuncia. Fingiendo no entender lo que pasaba, intentó engatusarla. Al ver que era como hablarle a una pared, acabó por vociferar: «Pero ¿se puede saber qué te ha dicho? ¡Me debes al menos una explicación!». Ante el silencio de Jeanne, añadió: «¿Cómo puedes creerte lo que te dice? Sabes perfectamente que no está bien… Quiere separarnos…». En ese momento ella se volvió y le espetó, fusilándolo con la mirada: «No te atrevas nunca más a hablar de mi hijo. Nunca más». Él se quedó boquiabierto y balbució: «Pero… yo no sabía lo del aluminio… Bueno, se me había olvidado… Tienes que creerme… Amor mío…». Jeanne iba ya camino del ascensor cuando Marc la agarró del brazo con violencia: «¡Tienes que creerme!». El guardia jurado acudió a bajarle los humos al agresor y llevarlo a empujones hasta la salida. En el preciso instante en que atravesaba el torno, gritó un patético «¡Te quiero!». Jeanne estaba abochornada, realmente abochornada. Dio las gracias al vigilante de seguridad, pero se quedó aún un rato observando a Marc a través de las cristaleras; se alejó hasta transformarse en un punto, y luego en un puntito de nada. Listo, había desaparecido. Ya no lo veía; al menos, de momento.
Nada más sentarse en su despacho, pensó: menos mal que no he tenido un hijo con él. Cada noche hacían el amor, ella notaba el cuerpo de él contra el suyo, su cuerpo de mentiras. Aquello le provocaría náuseas durante mucho tiempo. Una de sus colegas, que se había enterado de la escenita en el vestíbulo, asomó la cabeza para preguntar si iba todo bien. Jeanne esbozó una sonrisa de circunstancias antes de cerrar con llave la puerta del despacho. Hoy no podría soportar ni una mirada.
5
Tres días más tarde, Martin abandonaba el hospital. Jeanne se limitó a decirle a su hijo que ya no vería nunca más a Marc. Se abstuvo de contar los detalles de la escena del vestíbulo; desde ese mismo momento había que desterrarlo de la narración de sus vidas. En veinticuatro horas, Jeanne había dado con un piso de un dormitorio recién liberado por una abuelita que se trasladaba a una residencia de ancianos. Martin y Jeanne se encontraron de buenas a primeras en un decorado que parecía anclado en los años setenta y cenaron en la cocina, sobre un improbable hule marrón y naranja. Desde el salón se oía un reloj de pared marcar el tiempo con brutalidad, auténtica dictadura de los segundos. En aquella escapada fuera de toda modernidad, la paz parecía de nuevo posible.
Martin y Jeanne reanudaron su relación de fusión a dos bandas, protegiéndose mutuamente. Por supuesto, algunos ratos eran todavía complicados; uno no salía indemne de una historia así. Jeanne evitaba contar que Marc seguía inundándola de mensajes en los que alternaba negación y confesión. Y Martin olvidaba mencionar las pesadillas y los desvelos nocturnos. Para poner distancias con ese contexto a ratos difícil, se marcharon un fin de semana a Londres, tras las huellas de su pasado común. Frente a la tumba de John, los recuerdos afloraron a la superficie de una forma hermosa y delicada. Incluso tuvieron oportunidad de tomar algo con Rose, que esta vez lucía una melena naranja. La chica les anunció su inminente boda; seguramente sería la excusa perfecta para volver a Inglaterra. Aunque Martin había asociado muchas veces a la niñera con su tragedia, ahora ya solo se acordaba de los momentos buenos. A decir verdad, pensaba un poco menos en Harry Potter. En cierto modo, los sucesos recientes habían distraído su atención. Al final se preguntó: «¿Tendré que pasar por más dolor para dejar de obcecarme en lo que me hace sufrir tanto?». Al formular esta conjetura esbozaba una leve sonrisa, un atisbo de humor inglés.
6
Hacia finales de octubre, se puso en contacto con Jeanne un periodista británico que tenía el proyecto de escribir un libro sobre la génesis de la aventura de Harry Potter, partiendo de las primeras palabras escritas por J. K. Rowling y hasta el rodaje de la película. Peter Taylor, que así se llamaba, se había interesado por la historia del casting y había buscado a aquel otro chaval al que aludía Janet Hirshenson. El hombre había dado con Jeanne gracias a un formulario en el que figuraba el nombre de los padres del chico. «Mi hijo no quiere hablar de eso…», replicó ella sin titubear. Pero Peter, muy insistente, se ofreció a acercarse a París para que se conocieran.
Tras mucho dudar por temor a reabrir la herida, finalmente Jeanne le refirió aquella conversación a su hijo. Martin confirmó que no quería rememorar el episodio con nadie. Pero su madre formuló una nueva hipótesis:
—A lo mejor te sentaría bien hablar.
—…
—Y, sobre todo…, te daría un lugar en todo esto.
—¿Un lugar? Pero es que no quiero que piensen en mí como en el fracasado de la historia…
—No fracasaste. Simplemente, eligieron a otra persona.
—Me da igual, no quiero que me citen.
—Perdona, solo era una idea.
—Lo sé, mamá. Pero me pone enfermo no ser capaz de pasar página. Podría decirte que estoy celoso, pero es mucho más que eso.
—¿Y qué es?
—…
—Dímelo.
—A veces me digo que me han robado mi vida.
A Jeanne aquella frase le resultó terriblemente violenta. Intentó que su hijo reconociera que se pasaba un poco. Nunca antes había expresado así lo que sentía, de un modo tan directo. ¿Cómo vivir con la idea de que otra persona ha ocupado nuestro lugar? El sentimiento de atravesar la existencia sentado en una silla plegable. Al final, Martin matizó sus palabras, pero ni hablar de reunirse con el periodista. Jeanne le rogaría a este último que respetara el deseo de su hijo de permanecer en el anonimato. En el libro, aparecería como el otro chaval o el chico que estuvo a punto de ser Harry Potter. Se quedaría entre líneas.
7
Jeanne decidió no intentar convencer más a su hijo para que hablara. Todo lo contrario, seguiría sus recomendaciones y en adelante evitaría el tema maldito. En términos generales, manejaba a la perfección el arte de escurrir el bulto. Y, por descontado, hasta dejó de pasar la escoba.
El camino del sosiego aún sería largo. Pese a todo, Martin gozaba de una escolaridad más o menos normal, aunque empezó el curso con un mes de retraso. Fiel a su deseo de protegerse, seguía evitando estrechar lazos. Como nunca lo invitaban a ningún sitio los fines de semana, pasaba casi todo su tiempo viendo películas, hasta tal punto que se convirtió en un cinéfilo bastante entendido. A veces, Jeanne entreabría la puerta de su cuarto y lo observaba vivir en su burbuja. Al igual que su padre, nada parecía serenarlo más que esa especie de conversaciones que mantenía consigo mismo. Para quebrar la soledad de su hijo, organizaba cenas de vez en cuando. Jeanne no podía darles a sus invitados instrucciones claras: «¡Pase lo que pase, prohibido hablar de Harry Potter!». De modo que invitaba más bien a politólogos apolillados con los que se podía departir sobre Birmania o Ucrania con total tranquilidad. Total, que para entretener a su hijo fomentaba veladas mortales. Dicho lo cual, todos quedaban impresionados ante la cultura de Martin; el chico se expresaba con mucha soltura acerca de los desafíos políticos de nuestro tiempo. Sin saber que él mismo se veía a sí mismo poco menos que condenado por su pasado, le auguraban un gran porvenir.
Y las predicciones resultaron ser acertadas. Al año siguiente aprobó el bachillerato con sobresaliente. Sin embargo, las semanas previas a los exámenes fueron particularmente estresantes. Le habían soplado que podían caer temas de filosofía relacionados con Harry Potter. En algunas academias habían pedido a los alumnos que se prepararan el siguiente enunciado: «¿Es sartriana J. K. Rowling?». La pregunta iba acompañada de un texto que hablaba del sombrero seleccionador que se utilizaba durante la ceremonia para asignar casa a los alumnos de Hogwarts. ¿Podía esta dimensión del azar en nuestras decisiones ser una alusión al célebre pensamiento del filósofo «La existencia precede a la esencia»? Para Martin habría sido fatal que le tocara un tema así. En cualquier momento, hasta cuando menos se lo esperaba, podía ser víctima de un ataque de Harry Potter. Cuando leyó la pregunta de su examen, suspiró aliviado: «¿Necesitamos a los demás para tener conciencia de nosotros mismos?».
La tarde en que se publicaron las notas, celebraron con champán la buena noticia. Estaban solos los dos, pero no necesitaban a nadie más para dar rienda suelta a su alegría. Hasta aquel momento, Martin había rechazado las preguntas acerca de su futuro. Siempre le decía a su madre que no se preocupara, que encontraría su camino. Unas semanas antes había tenido que rellenar un impreso de orientación y se había matriculado en la facultad de Letras e Historia. Pero Martin en el fondo sabía muy bien que su objetivo principal seguía siendo evitar al máximo las interacciones. Los dos últimos años de instituto habían sido un suplicio. La pregunta quedaba en suspenso. ¿Qué iba a hacer con su vida?
8
Ese verano volvieron a Grecia; se había convertido en su ritual. El mes de agosto fue especialmente sofocante. Las temperaturas superaban a menudo los cuarenta grados. Y, lo que es peor, la sequía provocó más de tres mil incendios forestales. Nunca se había visto nada parecido. Todas las naciones europeas enviaban hidroaviones para prestar apoyo a los bomberos griegos. Desde su hotel, encaramado a lo alto de una colina en las afueras de Atenas, Martin y Jeanne observaban los fuegos de las proximidades. Había algo aterrador en la idea de maravillarse de aquel modo ante una tragedia.
Cogieron entonces el barco para ir a Santorini. Tras una jornada dedicada al submarinismo, Martin se preguntó si no debería optar por esa vía. Como Kostas, quien lo había iniciado en aquella práctica, podría hacerse monitor y pasar horas en las profundidades. ¿Acaso podía haber algo mejor para un fóbico de lo contemporáneo? Bajo el agua, nadie le hablaría de Harry Potter. Pero ¿le apetecía realmente dedicar su vida a eso? No. Era algo que hacía por placer, una evasión mágica de unas pocas horas de duración, pero desde luego no un oficio. ¿A qué podría dedicarse, entonces? Acordándose de Besos robados, la peli de François Truffaut, se dijo que vigilante nocturno en un hotel podía ser una opción. Vivir de noche tenía una ventaja: la mayoría de los seres humanos dormían. Siguió pasando revista a los empleos que revestían un riesgo escaso de intercambio personal a lo largo de todas las vacaciones, pero fue durante el vuelo de vuelta a Francia cuando lo asaltó una súbita certeza.
9
Martin, animal herido por la hegemonía de una saga mundial, había dado con el lugar ideal donde amadrigarse. Las esculturas antiguas o los lienzos clásicos serían su nuevo territorio. El Louvre era el edén de un mundo sin Harry Potter.
Vigilante de museo, a eso debía dedicarse. Encontrarse en un espacio que rezumara pasado y donde nadie se acercara jamás a hablar con él. Bastó con enviar el currículum por email para concertar una entrevista. Jacqueline Janin, la responsable de personal, contrataba a muchos estudiantes. Recibió a Martin una mañana en su despacho relativamente reducido. Hablaba en voz baja y debía de ser de las que piden perdón a todas horas. Como había desempeñado toda su trayectoria en el Louvre (algunos la apodaban Belfegor), estaba acostumbrada a ver desfilar candidatos de toda índole, pero el perfil de Martin le pareció atípico desde el primer vistazo:
—No entiendo. Con la nota que ha sacado en el bachillerato, ¿cómo es que no baraja seguir estudiando?
—Tengo la corazonada de que mi lugar está aquí.
—Nada le impide hacer las dos cosas. Vigilante de sala no es una ocupación lo que se dice estimulante. Sobre todo en el Louvre, hay tanta afluencia que no es fácil.
—…
—Siempre podríamos ajustarle los horarios más adelante, si cambia de opinión.
—Gracias.
—En cualquier caso, si me permite el consejo, diga que está escribiendo una novela.
—¿Cómo?
—La gente siempre es un poco curiosa. Le van a hacer muchas preguntas, porque salta a la vista que no encaja usted en ningún perfil.
Así que diga que está escribiendo una novela, eso siempre cuela. Es la coartada perfecta en cualquier circunstancia.
Con tan peculiar consejo se despidieron. A Martin le pareció una mujer muy indulgente; más adelante comprendería por qué. Por lo pronto, iba a convertirse en funcionario de silla. A los novatos solían ponerlos en un pasillo con corrientes de aire, a veces junto a los aseos. A Martin no le importó pasar los primeros días en el rincón menos emocionante del museo. Cuanto mejor era tu clasificación en la jerarquía, más te acercabas a la Gioconda. La seriedad del nuevo empleado quedó de manifiesto enseguida, de modo que lo destinaron a las salas egipcias. Martin seguía relegado a un rincón, pero, si hacía contorsiones, si se deslizaba hasta el borde del asiento, lograba entrever la sombra de una momia o un ánfora. De nuevo, elogiarían su profesionalidad y lo cambiarían de silla para instalarlo con carácter más perenne delante de una tela procedente del sarcófago del mismísimo Tutankamón.
*
Un día, durante un descanso, se dio una vuelta para hacerle una visita a la Mona Lisa. Tal y como esperaba, reinaba un estado de efervescencia en torno al cuadro más famoso del mundo. Mientras observaba el espectáculo, Martin pensó: «La Gioconda es el Harry Potter de la pintura». Fuera de los límites de aquel marquito diminuto no existía nada más. Su mirada repasó entonces las demás obras de la sala de los Estados. Para los visitantes, eran invisibles. Martin se identificó con ellas; él también había estado muy cerca del sueño antes de sumirse en el anonimato. Su destino era el mismo que el de un cuadro colgado al lado de la Gioconda. Se acercó a uno de ellos: Retrato de Thomas Stahel, de Paris Bordone (1500-1571), un óleo sobre lienzo del siglo XVI. Martin no conocía al pintor y no encontró ningún dato sobre el tal Thomas Stahel en su búsqueda posterior. Desconcertado por aquella obra que nadie miraba, sintió una conexión emocional con Thomas Stahel.
*
Aunque el Louvre encarnaba un refugio, había también momentos espinosos. De vez en cuando, Martin identificaba a lo lejos a algún adolescente con una camiseta de Harry Potter. El merchandising era una plaga. Además de las prendas de vestir con la efigie del mago, Martin tenía miedo, por ejemplo, de que el McDonald’s por el que pasaba de camino al trabajo sacara de repente un menú quidditch o de que el Zara de su barrio lanzara una colección con los colores de Hogwarts. J. K. podía surgir detrás de cualquier esquina.
10
Jeanne lamentaba que su hijo no hubiera seguido estudiando, pero era lo que él había elegido. Ahora era mayor de edad. Y nada le impediría cambiar de opinión más adelante. En cualquier caso, aquello marcaba una nueva etapa en la historia de ambos. Ahora que Martin trabajaba, su madre pensó: «Ha llegado el momento de marcharme». Jeanne consideraba a veces que protegía en exceso a su hijo y que su actitud tal vez lo hubiera animado a regodearse en su neurosis. Pero ¿qué podría haber hecho de otra manera? Ella solo había intentado ayudarlo a vivir a pesar de su deficiencia social. Había que reconocer que el resultado no era nada convincente. Martin tenía en ella un apoyo y el día a día seguía siendo complicado. Por lo tanto, sí, dejarlo era una opción. Martin se vería obligado a vivir de forma autónoma y tal vez así conseguiría liberarse mejor de sus miedos.
Desde hacía ya varios meses, a Jeanne se le brindaba la oportunidad de convertirse en corresponsal de Le Point en Washington. La situación política en Estados Unidos era de lo más estimulante. Acababa de surgir una voz absolutamente inesperada. Un carismático outsider había anunciado su candidatura a la investidura demócrata el 10 de febrero y desde entonces no paraba de comerle terreno a Hillary Clinton. Para muchos, aquel hombre empezaba a suscitar la fiebre de una esperanza inmensa. No cabía duda, había que seguirle la pista a ese candidato, había que seguir a Barack Obama.
Todo se resolvió rápidamente; dejaron el piso y Martin encontró una buhardilla. Tenía muy pocas pertenencias: libros, películas, ropa. Una vida material resumida en un suspiro. Lo mismo le ocurría a Jeanne. Mandó varias cajas al otro lado del Atlántico como avanzadilla. La partida era inminente; primero mencionaron con ligereza los detalles prácticos de aquel cambio radical, como si la dimensión pragmática no fuera a concretarse. Pero a veces debemos creer en la realidad de nuestras palabras. El día del viaje, Martin acompañó a su madre al aeropuerto.
—Ya sabes que, si tienes cualquier problema, me llamas y me vuelvo inmediatamente —dijo Jeanne antes de pasar los controles de aduanas.
—Sí, mamá, ya lo sé. Ya me lo has dicho.
—Vale, vale.
—Anda, ve, que al final pierdes el avión.
—Sí, voy ya, cariño mío. Te voy a echar muchísimo de menos.
—Y yo a ti, mamá.
—Te llamo en cuanto llegue.
—Sí.
—Ah, no, que aquí será de noche. No quiero despertarte.
—Vale, pues nos llamamos luego.
—Esperaré a que sea por la mañana para ti… Pero es verdad que entonces para mí será un poco tarde…
—Mamá, que lo pierdes…
—Ya voy, ya voy.
—Te quiero.
—Yo también te quiero.
Se dieron un largo abrazo. Luego Jeanne pasó el control. De camino a la puerta de embarque, no paró de darse la vuelta. Se dirigían gestos de adiós una y otra vez. Justo antes de perder a Martin de vista, Jeanne pensó que se parecía una barbaridad a su padre.
11
En la otra punta de la sala en la que estaba sentado Martin, una compañera de unos veinte años le lanzaba miradas de vez en cuando. A todas luces, la chica tenía los mismos horarios que él. Martin, poco acostumbrado a interactuar —por decirlo con suavidad—, miraba para otro lado. Una actitud que a ella acabó pareciéndole conmovedora. Imaginaba a un tímido enfermizo de vida interior trepidante. Al final, Mathilde, que así se llamaba la chica, se acercó y le preguntó simplemente si le gustaba estar allí. Él tardo unos segundos largos y sorprendentes en dar con una respuesta a aquella pregunta anodina. No solo porque no poseía el manual de instrucciones de una conversación sencilla, sino por otra razón: encontraba encantadora a la muchacha. Cuántas veces, perdido en el reino de su soledad, no había soñado él con conocer a una chica que lo amara y lo comprendiera. De momento, la cosa empezaba mal, porque seguía sin atreverse a mirarla. Cuando ella se lo señaló, Martin por fin levantó la cabeza, a costa de cierto esfuerzo. Mathilde estaba de pie frente a él, a una distancia aterradora.
A partir de ese momento, se acercó a saludarlo cada dos por tres. Poco a poco, aprendieron a conocerse. Mathilde era de Bretaña y parecía muy orgullosa de sus orígenes. Estudiaba Bellas Artes y trabajaba en el museo para costearse la vida en París. Un día, proclamó su adoración por Camille Claudel. Se embarcó en un largo monólogo febril y cargado de admiración hacia Isabelle Adjani, la actriz que había encarnado a la escultora en el cine. Sus conversaciones empezaban a cobrar cuerpo. Cuando supo que Martin no cursaba estudios en paralelo al empleo de vigilante, Mathilde se quedó intrigada. Martin, que no sabía qué decir, acabó balbuciendo: «Estoy escribiendo una novela». Efectivamente, la eficacia de la respuesta daba hasta miedo. Mathilde entendería perfectamente su elección y el asunto quedaría zanjado. La única pega fue que Mathilde quiso saber más sobre el proyecto. Así, Martin se vio obligado a lanzarse a escribir una especie de novela para estar en condiciones de hablar de la novela que no estaba escribiendo. Una cosa quedaba clara: Mathilde le gustaba cada vez más, muchísimo más que la literatura. ¿Por qué había vivido apartado de la belleza? Para protegerse, de acuerdo. Pero ahora Martin prefería sufrir con aquella chica antes que seguir viviendo en una soledad indolora.
A decir verdad, el encuentro le sentó muy bien. Al sentirse valorado por Mathilde, empezó a desarrollar la mejor versión de sí mismo. Era un muchacho divertido, con mucho encanto y una cultura excepcional. Una noche, durante un paseo, por fin se besaron. Martin se llevó aquel beso a su buhardilla; buhardilla que juzgó demasiado pequeña para lo que acababa de vivir. Al día siguiente, decidieron pasar juntos la noche del sábado. Seguramente harían el amor. Martin estaba agobiado; normal, era su primera vez. Mathilde tenía más experiencia. Había estado tres años con Loïc, su vecino en Crozon. Pero prefirió cortar con él antes de trasladarse a París. No creía en las relaciones a distancia, le explicó. La verdad era que no podía compartir su vida con un chico que pensaba que Botticelli era una marca de pasta.
Total, que quedaron en el estudio de Mathilde, que parecía salido de un catálogo de Ikea. Luces atenuadas, un poco de jazz sonando de fondo; tomaron una cerveza sentados en el borde de la cama de madera. La chica se levantaba a veces para fumar en la ventana, donde las volutas se quedaban inmóviles por un instante. Al cabo de un rato, besarse pasó a ser su mejor opción de conversación. El corazón de Martin se puso a latir con frenesí; no se creía que pudiera ser tan feliz. Pero, en el preciso instante en que se tumbaron en la cama, se fijó en una pila de libros. ¿Cómo había hecho para no verlos antes? Ahora le saltaban a la vista.
Y.
Sí.
Vio un ejemplar de Harry Potter.
No, imposible.
Era La cámara secreta, un título con un eco especial en aquel momento. Martin intentó dominar la oleada de angustia que se adueñaba de él, pero no lo consiguió. Aquella incursión repentina justo cuando estaba experimentando una dicha tan intensa lo desestabilizó por completo. Al final, ejecutó un movimiento de repliegue.
—¿Estás bien?
—Sí… Sí…
—Esas cosas pasan. Es normal que estés estresado. Yo también lo estoy… —intentó tranquilizarlo Mathilde.
No había nada que hacer, su mente desbarraba del todo. Su fracaso regresaba para burlarse de él, para acorralarlo hasta en sus contados reductos de felicidad. Quería ahuyentar aquel sentimiento, a fin de cuentas era absurdo; tener un libro de Harry Potter en casa era lo más normal del mundo. Pero no, no podía sacárselo de la cabeza. Mathilde le hablaba, pero Martin ya no la escuchaba. Resonaban de nuevo en su mente las palabras de David Heyman cuando le anunció que no lo habían escogido a él. La imagen de su humillación infantil enturbiaba y enturbiaría para siempre el presente. Un zumbido desproporcionado invadió su cerebro, se le nubló la vista. Empezó a tener calor, mucho calor. Mathilde quiso ayudarlo, pero Martin balbució que tenía que irse: «¿Cómo? Pero qué me dices…», suspiró ella. Martin ni siquiera atinó a contestarle. Se levantó y se marchó del piso.
12
Martin pasó todo el domingo cavilando. No podía creer que se hubiera soliviantado hasta tal extremo. Todo había vuelto a rondarlo, en el peor momento, en una pérfida puesta en escena. No puede ser, esto no me dejará vivir jamás, repetía sin cesar. Estaba abochornado de haberse comportado así. Mathilde intentó ponerse en contacto con él varias veces, en vano. Necesitaba una explicación, era lo más natural del mundo. Él no cogía el teléfono y se quedaba azorado ante el nombre que aparecía en la pantalla de su teléfono. A la mañana siguiente, Martin acechó su llegada. En cuanto la vio, se acercó y le pidió perdón por su actitud. Prometió explicárselo todo esa misma tarde si ella accedía a tomar algo con él. Pero Mathilde dijo que no con la cabeza. Habría podido perdonar el desconcierto de la noche del sábado, pero su silencio del domingo, no. No soportaba que la hubiera dejado así, en la incomprensión más absoluta. Varios días más tarde, le salieron unas prácticas con un marchante de arte de la rue de Verneuil. Dejó el Louvre y nunca más volvieron a verse. Martin lo había estropeado todo.
13
Cuando hablaba con su madre por teléfono, mencionaba únicamente los aspectos positivos de su vida. Sí, todo bien, de verdad que sí, mamá, va todo estupendamente. Sin embargo, la verdad era otra bien distinta. El episodio de Mathilde lo había dejado conmocionado. No quería volver a vivir un momento así nunca más. Desde luego, la aparición del símbolo de su fracaso en un instante crucial le había resultado de lo más violenta. Pero era consciente de que jamás podría llevar una vida normal mientras algo tan insignificante lo hiciera trizas. Tenía que plantar cara a su enemigo. Iría a una librería y se compraría un ejemplar de Harry Potter. Estaba harto de vivir con miedo a enfrentarse a tal o cual situación, con miedo de ir a tal o cual sitio; no soportaba más la maltrecha geografía de sus libertades.
Martin salió de su casa un sábado sobre las diez de una mañana. Por el camino se detuvo aquí y allá, callejeo falsamente relajado. Por fin localizó su objetivo: la librería Galignani, en la rue de Rivoli. Entró como si tal cosa. Podía estar orgulloso de aquella primera etapa. Al repasar con la mirada los libros de la mesa de novedades, constató que ningún nombre le sonaba. Cuánto se había apartado del mundo contemporáneo. En la mesa siguiente, una novela titulada Ampliación del campo de batalla le llamó la atención. Le encantó aquel título que sonaba como el eslogan de su acción. Se detuvo un momento delante de la pila, indeciso. ¿Debía vagar por la librería en busca de la sección juvenil o pedir ayuda sin más? No sabía cómo proceder. Por fin se le acercó una librera: «¿Puedo ayudarlo en algo?». Martin pensó: «Muy amable, pero no, nadie puede ayudarme…», pero optó por preguntar dónde estaban los libros de Harry Potter. La librera le indicó la sección al instante, gesto que debía de repetir a menudo, y añadió: «También tenemos las ediciones inglesas…». ¿Por qué habría hecho aquel comentario? ¿Cómo podía saber que él era bilingüe? Martin también necesitaba trabajar su leve tendencia a la paranoia. La vendedora había precisado aquel detalle por pura costumbre.
Delante de la pila de libros, se decantó por el último volumen publicado: Harry Potter y las reliquias de la muerte. Puede que encerrase el símbolo de una futura resurrección. Su objetivo no era leerlo sino comprarlo, sostenerlo entre sus manos, tenerlo en casa. Después del pánico que lo había asaltado en el estudio de Mathilde, creía que la confrontación que él mismo se imponía ahora sería más difícil. Pero no, se las arreglaba con bastante temple. Pagó sin percances y salió de la librería. Misión cumplida.
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Sin embargo, la desensibilización no podía quedar ahí. El 15 de julio llegaría a las salas Harry Potter y el misterio del príncipe, sexta entrega de la saga. Le quedaba por superar esa etapa: el cine. No obstante, era mejor practicar antes de lanzarse directamente a la boca del lobo. Martin acudía a veces a salas de arte y ensayo, pero llevaba más de diez años sin pisar un multicines. Cerca de su casa estaba el UGC Forum des Halles. En el vestíbulo, un póster inmenso proclamaba los méritos del gran bombazo del momento: Resacón en Las Vegas. A Martin le hizo gracia el cartel y se decidió por esa película. Una vez en la sala, observó a la población joven y alegre a su alrededor, que aguardaba con impaciencia el inicio de la proyección. Notó que se le encogía el corazón, no por lo que estaba haciendo, sino al constatar hasta qué punto estaba dejando escapar su juventud. La comparación con la vida de los demás era dolorosa. Por suerte, la sala se sumió en la oscuridad. Como había olvidado por completo que antes de la película habría tráilers, pasó un cuarto de hora presa de la mayor aprensión. Milagrosamente, no apareció ninguna imagen de Harry Potter. Por fin empezó la película.
La sesión, sencilla misión de exploración, transcurrió sin sobresaltos, pero fue pese a todo portadora de una gran revelación. En la primera escena, los protagonistas despiertan en la suite de un hotel de Las Vegas. No entienden nada de lo que los rodea: hay un gallo paseándose por la habitación, un tigre en el cuarto de baño y un bebé en el armario. ¿Qué ha pasado? Ninguno guarda el menor recuerdo de lo sucedido durante la noche de borrachera. Amnesia absoluta. Martin pensó que tal vez fuera una solución a su problema. Llevaba años procurando evitar todo aquello que estuviera relacionado con Harry Potter. Pero ¿no podía hacer él como los tipos de la película? Salir, ponerse como una cuba y no retener nada del presente. «Beber para olvidar», como aseguraba el dicho. ¿Y si el alcoholismo fuera la salida? Qué más daba que una conversación le hiciera pupa; la amnesia la eliminaría.
Semejante razonamiento podía parecer extraño, pero lo que Martin buscaba en realidad eran espacios en los que poder escapar de sí mismo. Le encantaba la idea de vivir sin recordar. Por lo demás, se comparaba a menudo la merma de lucidez con una suerte de paraíso. Sea como fuere, tenía que probar esa opción. Llevaba años buscando una manera de encontrar una salida. Y nadie podía ayudarlo, porque su enfermedad era huérfana. Era el único ser humano que había estado a punto de encarnar a Harry Potter; el único habitante de un país. Por tanto, volvió a casa para ponerse una americana y darse lo que él imaginaba como un porte nocturno. Pero ¿adónde ir? Tras una breve búsqueda en internet, escogió una discoteca del barrio de Pigalle, la Bus Palladium. Y así fue como se plantó en el club un sábado a las 19:32. El portero le explicó que era un poco pronto. Para hacer tiempo, se pidió unas cervezas en un bar cercano. Como tenía muy poca experiencia con el alcohol, entró en la discoteca dando tumbos. Se encaminó directamente a la pista, él que llevaba tantísimo tiempo sin bailar. Meneó el cuerpo tratando de copiar a los otros bailarines. Su manera de moverse semejaba una conversación que pasaba de una alusión sobre Nietzsche a una receta de musaka. Se posaron sobre él miradas divertidas, pero Martin no se dio cuenta. Su plan funcionaba a las mil maravillas: el alcohol lo desinhibía por completo. Acabó incluso embarcándose en una conversación con un tal Enzo que tenía grandes proyectos artísticos:
—¡Voy a montar un espectáculo histórico! ¡Sobre la Resistencia! Y al mismo tiempo será tipo cabaré…, sí, ¡con bailes y chicas!
—…
—¡Lo voy a llamar Jean Moulin-Rouge!
—…
—¿Te gusta? ¿Eh? ¿Eh?
Por supuesto, Martin no guardaría recuerdo alguno de este diálogo. Al cabo de unas horas, empezó a tener náuseas. Un camarero se acercó y se ofreció a llamarle un taxi. Martin se encontró en su cama, con el síndrome del helicóptero. El techo daba vueltas por encima de su cabeza; se precipitó al baño para vomitar. Su iniciativa terminaba con un brillo patético. El día siguiente fue un domingo de terror. Vaya una ocurrencia para ponerse mejor. ¿Qué mosca le había picado? Claramente, era preferible quedarse en la categoría de los que sufren pero se mantienen sobrios.
15
Las tentativas más recientes no habían cambiado gran cosa. Sí, había sido capaz de comprar un libro; pero aquello representaba una etapa ínfima en el camino de la anhelada curación. Por lo pronto, debía seguir viviendo como hasta ahora. No había día en que no pensara en Daniel Radcliffe. Su fracaso seguía venciéndolo.
Así pasaron varios meses. Martin se implicaba cada vez más en el museo y no vacilaba en hacer horas extra cuando se lo proponían. Fue entonces cuando sucedió algo casi milagroso. Jacqueline Janin iba a jubilarse. Desde la entrevista que le valió el puesto, la responsable de personal lo había convocado varias veces para preguntarle cómo iba todo. Pero su relación no había pasado de un plano superficial. En el museo, nadie sabía que Jacqueline había perdido a su único hijo en un accidente de tráfico, quince años antes; ella había seguido viviendo con aquella amputación de sí misma. ¿Puede ser que viera en Martin, muchacho serio y a la vez soñador, una especie de reflejo de su propio hijo? Sea como fuere, para ella no cabía la menor duda: él era el candidato ideal para sucederla. Solo faltaba convencer al director, que se quedó muy sorprendido con aquella elección:
—Mire, Martin Hill tiene veinte años. Confío en usted, pero en este caso me parece que es demasiado pronto para ofrecerle semejante cargo.
—No he pedido nada en treinta años, bien lo sabe usted. Créame, está hecho para este oficio. Es un joven brillante.
—No lo dudo. Veo en su currículum que aprobó el bachillerato con sobresaliente. A todo esto, ¿sabe por qué no siguió estudiando?
—Creo que está escribiendo una novela…
—Ah, de acuerdo… Pero eso no cambia nada. Le falta experiencia.
—Señor Loyrette, lo entiendo perfectamente. La decisión tiene que tomarla usted, claro está, pero nada le impide darle una oportunidad. Y, si no da la talla, pues escoge a otra persona.
—…
—Se lo pido como favor.
—Bueno… Bueno… Muy bien, lo haremos así.
—Gracias. No se arrepentirá.
*
Eso fue lo que ocurrió realmente. Jacqueline Janin luchó por Martin. Sin haberse presentado, sin siquiera haber hecho una entrevista, el joven se vio catapultado a aquel empleo de dirección. Le ofrecieron el puesto. El director constató inmediatamente la legitimidad de aquella opción. Se elogió su increíble capacidad para escoger a las personas adecuadas y para dirigirlas. Martin Hill sabía detectar mejor que nadie el poderío en la sombra.
*
Martin quiso darle las gracias a Jacqueline invitándola a comer, pero ella se había ido a vivir al sur inmediatamente. A partir de entonces solo intercambiarían un puñado de mensajes cordiales para felicitarse los cumpleaños o el año nuevo, pero nada más. Ella había sido una presencia benigna en su vida, una especie de ángel que pasa. Y a Martin le había venido la mar de bien sentir una mirada así sobre él. Antes de abandonar el museo, Jacqueline incluso declaró: «No olvide que creo en usted…». Estas palabras resonaron como la promesa de una fortaleza. Durante mucho tiempo, Martin había pensado que sufría por culpa de la victoria del Otro, pero era su propia derrota la que lo obsesionaba. Había dedicado una década a subestimarse, a imaginar que su vida era un fracaso porque él era un fracasado. La asombrosa generosidad de Jacqueline Janin lo incitaba a tener confianza en sí mismo. Naturalmente, había recibido mucho amor de sus padres. Pero en este caso se trataba de una persona ajena. Una persona que, en cierto modo, no tenía ninguna obligación afectiva para con él.
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