Número dos

Número dos


Primera parte

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Primera parte

1

Para entender la envergadura del trauma de Martin Hill, había que remontarse a la raíz del drama. En 1999, Martin tenía apenas diez años y vivía en Londres con su padre. Recordaba esta época como un tiempo feliz. En una foto, de hecho, aparecía esbozando una amplia sonrisa en forma de promesa. Y eso que los últimos meses habían sido complicados; su madre se había vuelto a vivir a París. De común acuerdo, para no separarlo de sus amigos, para no añadir otra separación a la separación, se había decidido que el pequeño Martin se quedaría con su padre. Vería a su madre todos los fines de semana y en vacaciones. Se elogiaba el Eurostar por el acercamiento francobritánico que suponía, pero también facilitaba una barbaridad la logística de las rupturas. A decir verdad, a Martin no le afectó este cambio. Como a todos los niños testigos de disputas, el espectáculo permanente de los reproches se le había vuelto insoportable. Jeanne había acabado aborreciendo todo lo que en un primer momento le había gustado de John. Le encantó su faceta artística y soñadora hasta que solo vio en él a un holgazán soberanamente excéntrico.

Se conocieron en un concierto de los Cure. En 1984, John lucía el mismo corte de pelo que el cantante, una especie de baobab en la cabeza. Jeanne era au pair en casa de una pareja de ingleses jóvenes tan ricos como inflexibles, y su melena formaba un cuadrado impecable. Si el corazón fuese capilar, jamás se habrían reconocido. Por lo demás, Jeanne estaba en aquel concierto un poco por casualidad, azuzada por Camille, otra francesa a la que había conocido en Hyde Park. Las dos se fijaron en esa especie de energúmeno al fondo de la sala con pintas de estar completamente perdido. Empalmaba las cervezas como el grupo empalmaba los temas. Al cabo de un rato, le fallaron las piernas. Las dos chicas se acercaron para levantarlo, él intentó darles las gracias, pero su boca pastosa ya no era capaz de producir ni un mísero sonido inteligible. Lo acompañaron a la salida a que le diera el aire. John estaba lo bastante lúcido para sentirse francamente patético. Camille, como fan fatal que era, se metió de nuevo en la sala, mientras que Jeanne se quedó con el muchacho en vías de perdición. Más adelante se preguntaría: ¿debería haber salido por pies? Cuando nos conocimos, estaba cayéndose redondo, no es un dato anodino. «No hay que fiarse de las primeras impresiones; suelen ser acertadas», escribió Montherlant, o al menos Jeanne creía que podía atribuírsele a él la cita, probablemente extraída de Les Jeunes Filles, novela que todas sus amigas devoraban por aquel entonces. Muchos años después, descubriría que aquellas palabras las había pronunciado Talleyrand. Sea como fuere, Jeanne se dejó conquistar por la extravagancia del chico. Conviene especificar que a John no le faltaba sentido del humor. Eso que se da en llamar humor inglés, seguramente. Cuando volvió en sí, balbució: «Siempre he soñado con ponerme al fondo de la sala durante un concierto de rock y encadenar una birra tras otra. Siempre he soñado con ser ese tío guay. Pero no hay nada que hacer, soy un pipiolo aficionado a la Schweppes y a Schubert».

De esta manera, Jeanne se perdió la increíble versión de ocho minutos de A Forest. A Robert Smith le gustaba alargar esa canción sideral, la primera de la banda en entrar en las listas británicas. Empezó a caer un buen aguacero; los dos jóvenes se refugiaron en un taxi y pusieron rumbo al corazón de Londres. John vivía allí, en un territorio minúsculo heredado de su abuela. Antes de morir, la mujer le había dicho: «Te dejo el piso con la única condición de que vayas a regar las flores de mi tumba una vez a la semana». No es muy habitual que se haga valer un contrato indefinido entre una difunta y un vivo. Quizá otro ejemplo de humor inglés. En cualquier caso, el nieto aceptó el pacto y jamás faltó a su promesa. Pero regresemos a los vivos. Aquella noche, Jeanne, de ordinario reservada, decidió subir a casa de John. Juzgaron entonces preferible desvestirse con tal de no dejarse puesta la ropa empapada. Una vez desnudos, uno frente al otro, no les quedó más remedio que hacer el amor.

De madrugada, John propuso que fueran al cementerio; le tocaba pagar el alquiler moral. A Jeanne le pareció absolutamente encantadora la idea de aquel primer paseo. Caminaron durante horas, sumidos en la magia total de los comienzos, sin imaginar que quince años después se divorciarían estrepitosamente.

2

Les hacía gracia llamarse John y Jeanne. Se narraron durante horas; todas las páginas del pasado. En los albores del amor, el ser amado es una novela rusa. Es río caudaloso, furioso. Descubrieron multitud de puntos en común. La literatura, por ejemplo. A los dos les gustaba Nabokov y se prometieron ir algún día a cazar mariposas para emularlo. Por aquel entonces, Margaret Thatcher reprimía con brutalidad las reivindicaciones y esperanzas de los mineros en huelga; a ellos les traía sin cuidado. La felicidad no entiende de condición obrera; la felicidad siempre es un poco burguesa.

John estudiaba en la escuela de Bellas Artes, pero su auténtica pasión eran los inventos. Su último hallazgo: la corbata paraguas. Un objeto necesariamente abocado a convertirse en imprescindible para cualquier inglés. Aunque la idea era brillante, se estrelló contra un muro de desinterés general. La moda del momento era el bolígrafo despertador. Jeanne no se cansaba de repetirle que a todos los grandes genios los habían rechazado al principio. Había que darle tiempo al mundo para que se adaptara a su talento, añadía, enamorada y grandilocuente. Ella, por su parte, se había refugiado en Londres para huir de unos padres que nunca habían comprendido el manual de instrucciones del cariño; ya hablaba inglés a la perfección. Su sueño era ser periodista política. Quería entrevistar a jefes de Estado, sin tener muy claro de dónde le venía la obsesión. Ocho años más tarde, plantearía a François Mitterrand una pregunta durante una rueda de prensa en París. A su juicio, aquel instante constituiría el borrador de la consagración. En un primer momento, abandonó el empleo de niñera para servir mesas en un restaurante que servía un chili excelente. Enseguida se percató de que bastaba con hablar con un marcado acento francés para cosechar más propinas. Progresaba día tras día en el arte de trufar su inglés de vaguedades. Le gustaba cuando John la observaba desde la calle, esperando que acabase el turno. Cuando por fin Jeanne salía, daban paseos nocturnos. Ella le hablaba de la actitud grosera de ciertos clientes; él explicaba con entusiasmo su nueva idea. Reinaba entre ellos una especie de unión armoniosa de sueño y realidad.

Al cabo de varios meses de acumulación de propinas, Jeanne consideró que había reunido suficientes ahorros para dejar el trabajo. Redactó una sublime carta de motivación que le valió unas prácticas en el prestigioso diario The Guardian. Como era francesa, le encargaron que ejerciera de ayudante del corresponsal del periódico en París. Fue un jarro de agua fría. Ella esperaba una vida trepidante, viajar aquí y allá para hacer reportajes, pero sus funciones se limitaban a concertar citas o reservar billetes de tren. Era una ironía, pero el oficio de camarera le había parecido intelectualmente más estimulante. Por suerte, la situación mejoró. A golpe de tenacidad, demostró de lo que era capaz y al final le confiaron más responsabilidades. Incluso publicó su primer artículo. En unas pocas líneas, Jeanne informó de la creación de los comedores sociales Les Restos du Cœur en Francia. John leyó y releyó aquel puñado de palabras como si de un texto sagrado se tratara. Qué emoción increíble, ver en el periódico el nombre de la mujer que amaba; bueno, sus iniciales: J. G. Jeanne se apellidaba Godard, pero no tenía ningún parentesco con el cineasta suizo.

Unos días más tarde, al llegar al trabajo, ella descubrió en la sección de anuncios por palabras estas tres líneas escritas en francés:

Inventor sin inspiración

ha encontrado la iluminación.

¿Te casas conmigo, J. G.?

Jeanne se quedó varios minutos inmóvil delante del escritorio, estupefacta. Le resultaba aterrador ser tan feliz. Por un segundo se dijo que tarde o temprano lo pagaría caro, pero enseguida volvió a concentrarse en la relación idílica que mantenía con su propia vida. Empezó a pensar en una respuesta original, un sí que lo sorprendiera, una puesta en escena a la altura de su petición. Pero no. Levantó el teléfono, marcó el número del piso y, cuando John descolgó, ella dijo simplemente: «Sí». La ceremonia fue íntima y lluviosa. En el ayuntamiento sonó una canción de los Cure en el momento en que entraron los inminentes recién casados. Los pocos amigos invitados aplaudieron a la pareja, que, como manda la tradición, se besó fogosamente tras intercambiar las alianzas. Por desgracia, y por sorprendente que parezca, nadie se acordó de pertrecharse con una cámara de fotos. Tal vez fuera mejor así; cuando no hay huella física de la felicidad se reduce el riesgo de que posteriormente lo embargue a uno la nostalgia.

Pasaron unos días en una pequeña granja en el corazón de la campiña inglesa. Aprender a ordeñar vacas fue la ocupación principal de la luna de miel. Al volver, se mudaron a un piso más grande; o sea, a uno de dos habitaciones. Esto les permitiría disponer cada uno de su espacio si sobrevenía una pelea, se dijeron con una sonrisa. Vivían esa bendita fase del amor en que el humor corre por las venas; todo resulta cómico con una facilidad pasmosa. Aunque esto no impedía que Jeanne pensara con ambición en el porvenir. Su marido le parecía excepcional, pero no por ello estaba dispuesta a hacerse cargo de todo lo que suponía una vida en pareja. John tenía que madurar, tenía que trabajar. ¿Por qué hay que someterse constantemente a la dimensión pragmática de la vida?, pensó él. Por suerte, la cosa fue bastante sencilla. Stuart, un antiguo compañero de Bellas Artes que ahora era escenógrafo de cine, le propuso incorporarse a su equipo. Así pues, John se vio en el set de rodaje de Panorama para matar, la nueva entrega de las aventuras de James Bond. Entre sus contribuciones cabía destacar la pintura verde del picaporte de una puerta abierta por Roger Moore. Durante años, con cada redifusión de la película John exclamaría: «¡Mi picaporte!», como si todo el éxito de la saga reposara sobre ese accesorio. Le complacía formar parte de aquel ejército silencioso que se afana entre las bambalinas de un plató. Y así fueron pasando los años, en una alternancia de rodajes y de tentativas estériles de inventar algo revolucionario.

La Nochevieja que transformaría 1988 en 1989, Jeanne tuvo náuseas. Y eso que todavía no había bebido nada. Adivinó de inmediato que estaba embarazada. Cuando dieron las doce campanadas, a pesar de que estaban en medio de una fiesta y todo el mundo se besaba, Jeanne no le dijo «Feliz año nuevo, amor mío», sino que susurró: «Feliz año nuevo, papá». John tardó unos segundos en comprender, y a punto estuvo de desmayarse; era de tragedia fácil. Pero tenía su explicación: él, que navegaba en la sequía de la inspiración, iba a crear un ser humano. Y así fue como el 23 de junio de 1989 nació Martin en el Queen Charlotte’s and Chelsea Hospital, una de las maternidades más antiguas de Europa. Los jóvenes padres escogieron ese nombre porque se identificaba fácilmente a ambos lados del canal de la Mancha. Por lo demás, digámoslo ya, en ese mismo hospital, justo un mes más tarde, vendría también al mundo Daniel Radcliffe, futuro intérprete de Harry Potter.

3

La llegada de Martin, naturalmente, alteró el día a día. La ligereza de la primera etapa era ya agua pasada; ahora tocaba calcular, prever, verlas venir. Combinaciones todas bastante poco compatibles con las inclinaciones de John, que seguía trabajando en películas, pero no lo suficiente. Varios directores de escenografía se negaban a volver a colaborar con él; lo encontraban demasiado vehemente cada vez que surgía una discrepancia a cuenta de alguna decisión artística. Jeanne había intentado inculcarle algo de diplomacia, o al menos una manera de medir sus palabras, pero era evidente que John tenía un problema con la autoridad. Por lo general, se pasaba la vida criticando a los poderosos. En sus arrebatos, incluso llegaba a denigrar el periódico para el que trabajaba su mujer por considerarlo a sueldo del poder[1]. Y eso que The Guardian estaba lejos de tener fama de indulgente con el gobierno. Cuando aquello pasaba, a Jeanne le costaba soportar su manera de quejarse sin cesar, aquella actitud que delataba amargura. John la sacaba de quicio, pero luego el cariño se regeneraba.

John era un genio de domingo. ¿Debía culparse por no estar tocado por la gracia de la inspiración? ¿Tenía sentido sufrir por no ser Mozart cuando no sacabas de un piano más que pésimas melodías? Él se regodeaba en su papel de artista incomprendido. Era de los que pretendían envilecerse en un concierto de rock cuando en realidad detestaba esa música. Puede que toda su psicología se resumiera en aquella contradicción inicial. John soñaba que era inventor, pero en realidad no tenía ni una sola idea; lo hacía sufrir esa fuerza creadora no desarrollada que sentía en lo más recóndito de su ser. Por suerte, la paternidad le ofrecía material para alimentar su creatividad; adoraba confeccionar toda clase de juguetes originales. Martin estaba increíblemente orgulloso de tener un papá así. Su día a día rezumaba imprevisibilidad, cada jornada buscaba lo insólito. John resplandecía a ojos de su hijo. Y esa mirada le sentaba bien, lo ayudó a apaciguarse, a espantar paulatinamente la frustración.

Las cosas por fin mejoraron también en el terreno profesional. Un día lo llamaron para sustituir en plató a un utilero que se había puesto enfermo. Fue como una revelación. Se trataba de un oficio complejo que requería una inmensa capacidad de reacción. Su papel consistía en resolver cualquier problema de tipo práctico: calzar una silla que de pronto cojeaba, encontrar un sacacorchos más sencillo de manejar o cambiar el color de una bolsita de té. No solo era John mucho más autónomo en sus nuevas funciones, sino que le chiflaba esa tensión incesante. Había encontrado una vocación que combinaba inventiva y decoración (existe siempre, pues, un oficio que nos aguarda en alguna parte). Según sus propias palabras, se había convertido en un artista del último segundo.

4

Jeanne no conocía semejantes tormentos. Su curva profesional no había hecho más que ascender. Consiguió incorporarse a la sección de política (su sueño) y escribía reportajes que le exigían viajar. Cuando estaba fuera y llamaba por teléfono a su hijo, él coloreaba en un mapa su ubicación geográfica. Llegó un momento en que las huellas de su madre recubrían buena parte de Europa. Sin ser del todo consciente de ello, Jeanne se alejaba de su hogar. John era como esos amoríos de juventud que soportan mal la madurez. Saltaba a la vista que ambos habían evolucionado hacia esferas diferentes. Sin embargo, muchas parejas sobreviven al desparejamiento. Había tantas razones para seguir queriéndose… Su hijo, su pasado, los rescoldos de su certeza. Jeanne sentía afecto por John, pero ¿era todavía amor? Ella quería preservar intacta su historia, pero el tiempo avanzaba y Jeanne tenía la sensación de que estaba pasando por alto lo esencial; su corazón latía de un modo demasiado razonable. A veces se guardaba rencor por sus disputas de pareja. No has ordenado esto, ¿por qué has olvidado esto otro? Esos ultrajes domésticos la horripilaban, ella aspiraba a más en su vida cotidiana. Pero aquellos reproches eran la materialización verbal de la frustración.

Algunas historias están escritas antes incluso de que comiencen. A Jeanne le caía bien uno de sus compañeros de la sección de deportes. Alguna vez habían comido juntos, con esa falsa inocencia que disimula la seducción al acecho. Hasta que él le propuso: «¿Y si vamos a tomar una copa alguna tarde?». Ella respondió que sí espontáneamente. Lo más raro fue que no le contó la verdad a su marido. Jeanne puso la excusa de un cierre de edición tardío. Todo estaba ya ahí, en ese embuste que delataba lo que ella sentía. Después de la copa hubo otra proposición, esta vez de una cena; y de nuevo una mentira; tras la segunda cena hubo un beso; y luego se habló de verse en un hotel. Jeanne fingió sorpresa, pero su reacción solo era la frágil fachada de su exaltación. Deseaba a aquel hombre, pensaba en él a todas horas, en su mirada y en su cuerpo. La sensualidad volvía al primer plano de su vida. Y él también sentía lo mismo; nunca antes había engañado a su esposa. Ocultaba la intensidad de su turbación bajo una fachada de confianza. Tan avergonzados como atónitos, se prometieron que su aventura tendría los días contados; estaban hurtándole una pizca de locura a su vida cotidiana y procuraban hacerlo sin que la culpabilidad los machacara; la vida era demasiado corta para ser intachable.

La esposa traicionada allanó aquel paréntesis a raíz del descubrimiento de unos mensajes. Podría haber abandonado a su marido, pero no fue eso lo que hizo. Exigió que el affaire acabase a la voz de ya. Él accedió de inmediato, pues no estaba dispuesto a renunciar a la familia que había construido ni al día a día con sus tres hijos. Dimitió del periódico y encontró un puesto en un canal de televisión local en Mánchester, que lo obligó a mudarse. Jeanne no volvió a verlo nunca más. Pasó semanas como embrutecida, estupefacta al constatar la velocidad a la que se había esfumado su felicidad. Ir a trabajar se volvió un suplicio; comprendió entonces que aquella historia que ella había creído ligera la había trastornado. Ironías constantes del corazón, John había estado especialmente cariñoso durante todo este período. Cuanto más esquiva se mostraba Jeanne, más intentaba él acercarse a ella. Pero John le estorbaba; necesitaba estar sola; ya no lo amaba. Reñían por pequeñeces que ella fomentaba. Necesitaba echar un manto sobre su desamor.

De pronto, Jeanne no soportaba más Inglaterra, tierra de los vestigios visibles de su pasión abortada. Pero ¿qué hacer? Martin tenía nueve años, estaba atrapada. No podía desarraigarlo volviendo a Francia; y mucho menos arrebatárselo a su padre. Fue entonces cuando el destino decidió en su lugar: le ofrecieron un puesto de analista política en la revista L’Événement du jeudi. Georges-Marc Benamou acababa de tomar las riendas del semanario y se había propuesto rejuvenecer y dinamizar la plantilla. Jeanne lo había conocido en Londres cuando Tony Blair salió elegido primer ministro. Hicieron buenas migas, pero ella jamás hubiera imaginado que algún día pudiera reclamarla. Jeanne interpretó la situación como una mano extendida hacia su porvenir. Justo antes de echarse a dormir, en la oscuridad de la habitación, le dijo en voz baja a su marido: «Me voy a ir». John encendió la luz y le preguntó adónde pretendía ir a esas horas de la noche.

Ella sacó a colación sus últimos años. En medio de aquella súbita voluntad de confesión, se planteó revelar su infidelidad, pero se lo pensó mejor. De nada servía malograr aún más algo que ya había terminado. Jeanne habló de desgaste y del tiempo que pasa. Unas cuantas fórmulas generales de las que pretenden decirlo todo y a la vez no decir nada. Y luego aludió a la oportunidad profesional que se le brindaba. John suspiró tres veces:

—No puede ser, no puede ser, no puede ser.

Al final, dijo:

—Siempre puedes irte a París, si para ti es importante. Yo me encargaré de todo. Nos reuniremos los fines de semana…

—No es eso lo que quiero. Yo necesito avanzar.

—…

—Nuestra historia se ha acabado.

—…

—Lo siento muchísimo.

—…

—Martin se quedará contigo. No quiero apartarlo de su vida de aquí, de sus amigos. Él vendrá a verme los fines de semana y en vacaciones… Bueno, si te parece bien…

John se había quedado mudo. Aquello no era una discusión, sino una sentencia. Ya se imaginaba solo en el piso, su hijo al otro lado del mar. Al cabo de poco, Jeanne le pediría la custodia, estaba convencido; primero intentaba engatusarlo, ir por fases en la implantación de su declive. ¿Qué iba a ser de él? ¿Cómo vivir sin ella? John se dejó ir a la deriva hacia la versión más oscura de su futuro.

5

Dio comienzo una nueva vida. John intentaba no dejar traslucir sus sensaciones; era un payaso en el circo de la separación. Cuando acompañaba a Martin a la estación los viernes por la tarde, decía indefectiblemente con una sonrisa de oreja a oreja: «¡Dale un beso a la torre Eiffel de mi parte!». Cualquier crío habría sido capaz de detectar el patetismo de tamaña comedia. Para cada viaje, John preparaba un bocadillo de atún con mayonesa que envolvía delicadamente en papel de aluminio. Este acto ritual era una pura manifestación de amor. Luego volvía a casa, donde la soledad era ensordecedora. La mayor parte de su fin de semana consistía en imaginar los paseos de su hijo con Jeanne; ¿adónde irían, qué harían? Sin embargo, cuando recogía a Martin el domingo por la tarde, prácticamente no le hacía ninguna pregunta. Le faltaba valor para oír el relato de la vida sin él. Se limitaba a decir: «Bueno, ¿estaba rico el bocata?».

6

Corría el año 1999. Martin era un inglesito como tantos otros. Futbolero, hincha del Arsenal, dio saltos de alegría cuando el equipo de sus amores fichó a Nicolas Anelka. Cada vez que este último marcaba un gol, Martin se sentía orgulloso de tener una madre francesa. ¿Qué más? Su cantante favorito era Michael Jackson, tenía un póster de Lady Di en su cuarto y soñaba con tener algún día un perro al que pudiera llamar Jack. También deberíamos aludir a su amor por Betty, una pelirroja que prefería a su amigo Matthew. Aunque algunos días no estaba muy seguro de amarla; esa forma que Betty tenía de hablar a voces le resultaba insoportable. Quizá le buscara defectos para sufrir menos por no ser su favorito. Con diez años ya había comprendido que una de las diversas formas de ser feliz consiste en modificar la realidad. Esa misma realidad de la que también se puede huir tirando de imaginación o de las imágenes que genera la lectura. A su alrededor, se hablaba cada vez más de una novela titulada Harry Potter. Su amiga Lucy bebía los vientos por aquella historia de magos. Pero a Martin no le apetecía demasiado seguir la moda. Con las lecturas obligatorias del colegio le bastaba y le sobraba. En líneas generales, no manifestaba ninguna tendencia artística. No quería aprender a tocar un instrumento musical y no se sentía a gusto durante los espectáculos de fin de curso. Las raras ocasiones en que su padre lo había llevado a algún rodaje, Martin se había aburrido como una ostra. Desde luego, un niño en un plató de James Ivory es como un vegetariano en una carnicería.

La vida de Martin podría haber continuado de ese modo. Nada lo predestinaba a lo que sucedería después. Para llegar al casting de Harry Potter era necesario que se operase una modificación en la trayectoria. Y eso fue exactamente lo que pasó; por partida doble.

*

Siempre asociamos el azar con una fuerza positiva que nos catapulta hacia momentos maravillosos. De forma sorprendente, casi nunca se alude a su versión negativa, como si el azar hubiera confiado la gestión de su imagen a un as de la comunicación. La prueba: se suele decir que «el azar hace bien las cosas», algo que enmascara por completo la idea de que también es capaz de hacerlas mal.

*

En primer lugar, tenemos la larga huelga de transportistas británicos en la primavera de 1999. Luchaban por una mejora en sus condiciones laborales.

Durante semanas, Londres se quedó aislada del resto del territorio, desabastecida hasta de los productos de primera necesidad. Pero este elemento no pesará hasta un poco más adelante. De momento, Martin está en el colegio. Como cada año, los alumnos deben someterse a un reconocimiento médico, una evaluación básica de su estado de salud. Los niños siempre reciben encantados esa oportunidad de perder una hora de clase, un poco como cuando toca hacer un simulacro de incendio que sustituye la tortura de la física y la química por el júbilo de un paseo. En fin, que para ellos era una alegría hacer pis en un tarrito. A Martin, poco deportista, se lo podía considerar un niño flacucho, pero tenía buena postura y un porte enérgico. La enfermera que lo auscultó le midió la tensión, le ordenó respirar con normalidad y toser, le dio unos toques en las rodillas con un extraño martillo para evaluar sus reflejos y por último le pidió que se levantara y se tocase los pies. Después le hizo varias preguntas sobre su entorno familiar y su alimentación; una especie de psicoanálisis exprés en el que Martin anunció que su madre se había vuelto a Francia y confesó que jamás comía brócoli.

Lo último fue la prueba oftalmológica, un chequeo que conserva su carácter lúdico incluso en la edad adulta. Siempre es emocionante intentar sobrevivir a ese alfabeto liliputiense. Uno entorna los ojos de un modo exagerado y grotesco, y todo para acabar viendo una hache en vez de una eme. En lo que a Martin respecta, el veredicto fue tajante: «Te ha empeorado la vista desde el año pasado. Vas a tener que ponerte gafas», concluyó la enfermera. Con diez años, el anuncio se considera por lo general bastante gracioso. Uno todavía no sabe que perderá horas buscando por todas partes esos dos circulitos de cristal sin los que no podrá salir; uno tampoco puede saber que las partirá justo antes de una cita importantísima y que tendrá que arreglárselas en medio de una niebla total; uno no puede saber, en fin, que, si algún día tiene que ponerse una mascarilla quirúrgica, se moverá en un mundo sometido a la dictadura del vaho. Por el momento, Martin opina que las gafas le darán un toque serio, o al menos inteligente, y que seguramente eso a Betty le gustará.

Esa misma tarde, Martin le entregó la receta a su padre, que no pudo evitar ver en aquello una consecuencia de la separación. «Se vuelve miope porque no quiere ver la nueva realidad de su vida…». Teoría interesante, pero que no cambiaría el curso de las cosas. Jeanne no iba a volver a Londres de buenas a primeras solo porque su hijo tuviera una dioptría en el ojo izquierdo. Al día siguiente, fueron a la óptica. Curiosamente, no había ni un solo par de gafas en los expositores.

—Habrá que esperar a que termine la huelga, que nos reabastezcamos. Casi no me quedan existencias —explicó el comerciante.

—¿Qué hacemos, entonces? —preguntó John.

—Eso pregúnteselo a los transportistas. Yo les voy a enseñar el catálogo y su hijo podrá escoger el modelo que más le guste. Las encargaré en cuanto se pueda.

—…

—Mientras tanto, les puedo ofrecer estas…

El hombre abrió entonces un cajón del que sacó unas gafas redondas de montura negra. Martin las miró, totalmente abatido. Cuando se las probó, le pareció que su cara adoptaba un aire un tanto extraño. El óptico agregó que podía ponerle los cristales ese mismo día. Su padre estaba extasiado: «¡Te sientan fenomenal! No hace falta ni que mires el catálogo. ¡De verdad, son perfectas!». El chico se convenció al instante de que aquel entusiasmo era fingido y que solo tenía un propósito: evitar volver por allí.

Así fue como Martin empezó a llevar gafas redondas.

7

La segunda iniciativa del azar se llamaba Rose Hampton, una joven de veintidós años que cuidaba a Martin cuando su padre tenía rodaje. El niño estaba fascinado por sus caprichos capilares: Rose cambiaba de color de pelo sin cesar. Varios años después, cuando descubriera la película ¡Olvídate de mí!, Martin no podría por menos que acordarse de Rose frente al personaje interpretado por Kate Winslet. Su niñera poseía el mismo carisma, la misma dulce extravagancia. El chico no se atrevía a reconocerlo por miedo a hacer el ridículo, pero sentía algo por ella. El corazón de un hombre late a veces en el cuerpo de un niño. Por desgracia, Rose salía con un bruto que jugaba al críquet. Pero eso no era lo más importante. Lo importante fue una caída por unas escaleras.

Margaret pisó mal un escalón y sufrió una aparatosa caída. Murió en el acto. Era la abuela de Rose; su adorada abuela. Destrozada, la chica viajó corriendo a Brighton para organizar el funeral y dejarse absorber por un dolor inconmensurable. Durante días, vagó junto a la orilla del mar asediada por los recuerdos felices de su infancia. Qué absurdo irse así, cuando la vejez todavía no había hecho mella en su abuela. Una mala inclinación del pie, de un milímetro quizá, había resultado ser fatal. Un error ínfimo que te catapulta hacia la muerte. Y fue ese fallo infinitesimal, esa especie de mota de polvo irrisoria, lo que provocaría también un vuelco en el destino de Martin. El escalón que la abuela de su canguro pisó mal sería, en definitiva, el origen de su infortunio.

Rose embutió unos pocos bártulos en una maleta, sin pensar realmente en la época del año en la que estaban, y se precipitó hacia la estación Victoria. Justo antes de subir al tren la fulminó un relámpago de lucidez. No podía ausentarse sin previo aviso. Llamó por teléfono a su novio, luego a su mejor amiga, y finalmente marcó un último número. Saltó un contestador en el que Rose balbució que no podría encargarse de Martin al día siguiente. Esa noche, al escuchar el mensaje, John se quedó muy disgustado. Se preguntó qué habría podido pasarle a la chica para desaparecer tan de repente (ella no había dado explicaciones), pero inmediatamente sus pensamientos tomaron otro rumbo: ¿quién iba a cuidar a Martin?

John había accedido a ser «utilero de refuerzo» en una película que se perfilaba ya como un futuro taquillazo, Notting Hill. El casting, que reunía a Hugh Grant y Julia Roberts, entusiasmaba a todo el mundo. John intervenía sobre todo en las escenas de exteriores, en Portobello Road, donde había que abordar con suma precisión la autenticidad de los tenderetes. El trabajo de Stuart Craig, el director de escenografía, era impresionante. Acostumbrado a las películas de época, estaba encantado con la idea de un proyecto donde el realismo cobraba una importancia crucial para el surgimiento de la magia romántica. Como no había encontrado sustituto para Rose, a John no le quedó más remedio que llevarse a su hijo al rodaje. Martin estaba acostumbrado a los platós y a quedarse quietito en un rincón. De todas maneras, por precaución, John avisó al director de producción de que al día siguiente iría con su hijo. Este respondió que le venía de perlas: podría hacer de figurante.

Podía dar comienzo la función.

8

Antes de continuar, debemos dar un leve paso atrás siguiendo el rastro de una escritora hoy en día famosa a escala mundial.

A menudo se hace alusión al «cuento de hadas» vivido por J. K. Rowling. Tenemos que imaginar a una mujer joven con una vida muy precaria que cría sola a una hija y que de la noche a la mañana se convierte en la heroína más grande del reino, un destino que parece tramado por el cerebro de un guionista de excelente humor. La historia arranca el 31 de julio de 1965 en Yate, en pleno corazón de Inglaterra. Su madre le transmite a Joanne el amor por los libros desde bien pronto, hasta el punto de que la autora recuerda que escribió su primer cuento con seis años. Desde luego, podemos poner en duda mucho de lo que se ha contado sobre ella. A más fama, más parece poseer la gente una opinión sobre tu pasado. Cada cual aporta una nueva pista, una revelación escabrosa o luminosa; hasta la persona más insignificante a la que una noche en una fiesta le ofreciste un cuenco de patatas fritas se plantea escribir una tesis doctoral sobre ti.

En cualquier caso, todo el mundo coincide en aludir a una imaginación precoz e impresionante. Pero el talento literario nunca ha ayudado a nadie a ser feliz, como bien es sabido. Introvertida, así se describe Joanne en su adolescencia: «Tranquila, cubierta de pecas y miope». En definitiva, toda la incomodidad necesaria para la concepción de un destino artístico. Por aquel entonces, la chica descubre que su madre padece esclerosis múltiple, una enfermedad que provoca una degeneración progresiva, terrible cuenta atrás hacia la muerte. La violencia de la conmoción es inmensa. Como gesto simbólico, Joanne decide entonces dedicarse a lo mismo que su madre: la docencia. Durante sus estudios universitarios pasa unos meses en París, donde vive cerca de una librería que en la actualidad ya no existe. Le sale un trabajo como secretaria y traductora en Amnistía Internacional, donde se enfrenta a sufrimientos que la obsesionan. Mucho más tarde afirmará: «Algunas cosas que vi me provocaron pesadillas…». Aquí y allá, en los destellos biográficos, se identifica la génesis de un universo en ciernes.

Luego recala en la cámara de comercio de Mánchester. Cuesta imaginar una vida más gris, pero el aburrimiento es la mejor formación para escribir. Joanne se refugia cada vez más a menudo en la imaginación (la versión literaria de la ensoñación) hasta ese día de 1990 en que la inspiración la fulmina en un tren entre Mánchester y Londres[2]. Con la frente apoyada en el cristal, sin lápiz ni papel para anotar las ideas, en su cabeza se perfila la historia de Harry Potter. Todo surgió de sopetón, la trama general de los siete tomos, aclarará. Como un reverso de ese destello fulminante, su madre muere seis meses más tarde.

Por fin se le brindan nuevos horizontes. Gracias a un anuncio publicado en The Guardian, consigue trabajo como profesora de inglés en Portugal. Allí conoce a Jorge, un periodista con el que tendrá una hija, Jessica. Pero la relación es tumultuosa; él acaba golpeándola y persiguiéndola por las calles de Oporto en plena noche. En entrevistas recientes, el tal Jorge reconoce que la abofeteó, pero niega que hubiera malos tratos; una paradoja algo difícil de comprender. Joanne regresa entonces a Inglaterra con su hija, sin la más mínima perspectiva profesional ni personal. Al principio se aloja en la casa de su hermana en Edimburgo, hasta que encuentra un pisito, y sobrevive gracias a las ayudas sociales. El cuento de hadas carbura con diésel. Joanne califica su vida de desastre y se sume en una depresión. Más adelante explicará que esas horas oscuras le inspiraron la creación de los «dementores», esas criaturas maléficas sin rostro que aspiran la alegría y los buenos recuerdos. De nuevo le sale trabajo como profesora. En cuanto puede robarle un ratito a su horario, escribe con esa rabia que a veces calificamos como energía de la desesperación. Poco a poco, las páginas se acumulan; la historia cobra forma.

En 1995, con el manuscrito terminado, entra en una librería de Edimburgo y se topa con una lista de agentes literarios. El nombre de Christopher Little la seduce y decide enviarle la resma de folios a la dirección de su agencia, en el barrio londinense de Fulham. Bryony Evans, su ayudante, cae rendida a los encantos del texto e insiste a su jefe para que lo lea. La lectura de los primeros capítulos basta para convencerlo y Little llama a la autora. Joanne no da crédito, siente ganas de gritar de alegría; pese a todo, tiene muy presentes las palabras del agente: «Todavía no hay nada seguro…». Los meses siguientes lo confirmarán sin asomo de dudas. Las doce primeras editoriales a las que se dirigen rechazan el manuscrito. No hay tutía. Pasa un año y un día Little se entera de que la casa Bloomsbury va a fundar un sello juvenil. Decide mandarle el manuscrito a Barry Cunningham, que queda fascinado con el comienzo. Pero, al final, el destino de Joanne dependerá de una niña de ocho años: Alice Newton, la hija del director general, quien, para contar con la opinión de una niña, le da a leer el primer capítulo de Harry Potter. Alice, exaltada, quiere saber cómo sigue a toda costa. Este entusiasmo originará el mayor frenesí editorial del planeta.

Firman el contrato. La editorial aconseja a Joanne que modifique su nombre de pila con el fin de que el libro, escrito por una mujer, no se encasille como «un libro para niñas». Así es como Joanne se convierte en «J. K.» en la portada del primer tomo de la serie, publicado el 26 de junio de 1997. La K. es de Kathleen, su abuela paterna. La primera tirada es prudente, solo dos mil quinientos ejemplares, pero enseguida hay que hacer varias reimpresiones. Unas semanas después, la novela se coloca en el primer puesto de los más vendidos y empieza a hablarse ya de fenómeno. Mientras Joanne escribe la continuación, la explosión continúa. El libro está traduciéndose en el mundo entero, tras unas subastas importantes. Ya solo falta un elemento para rematar el milagro: una adaptación cinematográfica.

9

Gracias a sus padres, David Heyman siempre se había movido en el mundillo cinematográfico. Su madre, Norma, fue productora de Las amistades peligrosas de Stephen Frears. Y John, su padre, participó en el dispositivo financiero de obras maestras como Marathon Man o Chinatown. Cabe imaginar el peso que el joven sintió sobre sus hombros cuando se metió en el gremio. En cada reunión tenía que escuchar un «¡Ah, yo conozco muy bien a tu padre!» o un «¿Cómo está tu madre?». Todos los hijos de y las hijas de conocen esta forma de que los pongan permanentemente en su sitio dentro del tablero familiar. David habría podido escoger otra ocupación al amparo de comparaciones, pero no, el cine era su gran certeza. Decidió irse a Estados Unidos, donde tuvo una trayectoria de lo más digna, pasando de United Artists a Warner Bros. Sin embargo, con treinta y cinco años, la nostalgia por su tierra y las ganas de reunirse con los suyos lo empujaron a regresar y montar su propia empresa en Londres. Así fue como en 1996 fundó Heyday Films.

Las oficinas nuevecitas y una fotocopiadora último modelo esperaban la llegada de proyectos. A la hora de contratar una ayudante, su padre insistió en que le echase una mano a una de sus antiguas colaboradoras, que estaba en paro desde hacía años. Ann Taylor casi no abrió la boca durante la entrevista y no se la veía muy cinéfila. La última película que había visto en salas era Memorias de África, estrenada en 1985. Pero David decidió complacer a su padre, sobre todo porque este último había añadido: «La vida no la ha tratado nada bien, sabes…». Efectivamente, las adversidades habían alterado su autoestima hasta el punto de llevarla a considerar la soledad como el mejor lugar donde refugiarse.

El joven productor se pasaba los días leyendo guiones, pero no les llegaba nada apasionante. Sus padres se acercaban a comer con él de vez en cuando. David les hablaba entonces de algunos proyectos, de pasada; saltaba a la vista que lo mejor era cambiar de tema. Además, llovía constantemente. David, que había acabado harto de Los Ángeles, empezaba a añorar los paseos nocturnos por Venice Beach. ¿Había cometido un error al volver a Londres?

Todos los lunes por la mañana celebraba una reunión con los colaboradores externos, en la que Ann tomaba nota de todo lo que se decía. David quería especializarse en adaptaciones de novelas, de modo que cada cual se presentaba con una lista de libros aptos para convertirse en películas. Unos días antes había llegado a la oficina un paquete remitido por Christopher Little. Se trataba de Harry Potter y la piedra filosofal, una novela juvenil que todavía no había llegado a las librerías. Seguramente por lo colorido de la cubierta, Ann decidió llevársela a casa ese fin de semana. Atrapada por la historia del chico que entra en una escuela de magia, decidió que hablaría del libro en la reunión. Pero la timidez se lo impidió. Quiso volver a ver a David durante todo el día. Por más que preparase y repitiera las frases que iba a pronunciar, temía quedar en ridículo. Sin embargo, procuró espantar la aprensión, movida por la certeza de que debía compartir su entusiasmo por aquel libro. Llevaba años viviendo aislada del mundo. La lectura de la novela la había catapultado hacia una especie de fantasía alegre. Si a ella le había sentado bien, entonces a otra gente también la emocionaría; esa era su convicción. Por fin agarró el libro, se armó de valor y se dirigió al despacho de David. De nuevo el miedo la detuvo y se quedó súbitamente paralizada. En ese preciso instante, su jefe salió del despacho y sorprendió a su secretaria de pie frente a la puerta, inmóvil.

—¿Pasa algo?

—Perdón. No, no pasa nada. Es solo que… esta mañana se me ha olvidado hablarle de este libro —balbució, alargándole la novela.

Podría haberse conformado con eso, pero Ann quiso contarle la historia a grandes rasgos. A priori, a David el tema no le interesó nada. No era la clase de película que le apetecía producir. Él soñaba con un drama psicológico que le valiera un Oscar. Se hablaba entonces del atrevido proyecto que se disponía a rodar en Londres el inmenso Stanley Kubrick, y que reuniría a la pareja más glamurosa del mundo: Nicole Kidman y Tom Cruise. Con algo así soñaba él, y Ann se ponía a hablarle de un huérfano que volaba montado en una escoba. No, por favor, menudo disparate. Entonces ella empezó a toser. La fragilidad de aquella mujer desarmaba a David por completo. Si no hubiera tosido, tal vez todo podría haber sido diferente. Cogió el libro por educación, por no decir que por lástima, se lo guardó en la cartera y le dio las gracias.

10

Los días siguientes no pasó nada. Indudablemente, David había echado al olvido la recomendación de su secretaria. Entretanto, ella había releído la novela, como para confirmar su primera impresión. Azotada por la misma certeza, al término de la reunión del lunes siguiente se atrevió a preguntar: «¿Qué? ¿Lo ha leído?». A oídos de David, aquellas palabras sonaron igual que una advertencia de Hacienda. No, no había tenido tiempo, contestó, lo cual era totalmente falso. A decir verdad, no le apetecía nada zambullirse en aquella historia, pero justo en ese momento se acordó de las palabras de su padre: «La vida no la ha tratado nada bien, sabes…». En el peor de los casos, leería en diagonal, se saltaría páginas. Y prometió leerlo. Cumplió esa misma noche. Arrellanado en su sillón, abrió la novela y descubrió la primera frase:

El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy normales, afortunadamente.

Luego, la segunda:

Eran las últimas personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales tonterías.

Y la tercera:

El señor Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que fabricaba taladros.

Y así sucesivamente. Las frases iban hilvanándose en un estilo chispeante y placentero. Como avanzadilla de los millones de lectores que estaban por venir, David no pudo por menos que reconocer un sorprendente aliento novelesco. Aquella noche pretendía ver un programa de televisión, pero se le fueron las ganas sin darse cuenta. Se dejó absorber por la historia, incapaz de dejar de pasar las páginas. ¿Desde cuándo no sentía algo así? Ni se acordaba. Tal vez desde El Palacio de la Luna, de Paul Auster, y ni siquiera: eso fue porque iba a cenar con el autor a raíz del preestreno de su película Smoke, en Nueva York. Al final, el encuentro no se había producido. Aquella noche, el escritor y cineasta huyó de eventos sociales. Pero volvamos a Harry Potter. Hacía mucho tiempo, como decíamos, que David no experimentaba semejante deleite con una lectura. Hoy en día cuesta mucho imaginar la sensación que podía suscitar leer esta novela sin haber oído hablar de ella jamás, siendo virgen de comentarios, sin saber absolutamente nada del fenómeno en que se convertiría después. Hay que intentar conceptualizar la lectura de Harry Potter antes del bombazo de Harry Potter. Un puñado de lectores, entre los que se contaba David, tuvo la exclusiva de esta experiencia que ahora mismo solo podría vivir un extraterrestre. Por lo tanto, tampoco era tan obvio que alguien se dijera, antes incluso de la aparición del primer volumen de la saga: «Hala, de esta historia saldría una buena peli».

Fue su intuición inmediata, y la quintaesencia de su talento como productor. David visualizaba ya la casa de los Dursley y el colegio Hogwarts. Naturalmente, costaría mucho dinero, pero podría hablarlo con sus antiguos socios de la Warner. El único inconveniente era que nadie conocía el libro; y lo ideal, sobre todo cuando había mucho presupuesto de por medio, era adaptar historias que tuvieran un gran público de antemano. Su cerebro se revolucionaba, pero ¿no estaría yendo demasiado rápido? ¿Y si los derechos ya se habían vendido? Antes que nada, tenía que conocer al autor. ¿Quién se escondería detrás de esa J y esa K?

11

A la mañana siguiente, tras una noche corta, David entró en el despacho de Ann. Esta, al ver su semblante paliducho, pensó que habría estado toda la noche de farra en el Soho. Él cortó de raíz esta falsa interpretación nocturna compartiendo con ella su entusiasmo. En un primer momento, Ann creyó que solo estaba siendo educado porque ella había insistido. Pero no. David se puso a hablar de la historia con una profusión de detalles que no dejaba lugar a dudas: había devorado la novela. Ann sintió una honda alegría, una alegría que podía parecer desmesurada; al fin y al cabo, solo le había recomendado un libro a su jefe y él compartía con ella su opinión. Pero había algo más en su fuero interno. La idea de que era digna de confianza, de que sus intuiciones eran cabales. En otras palabras, todavía se podía contar con ella. Conociendo la evolución de los acontecimientos, es probable que ese parche en sus dudas al final anulara el permanente juicio de legitimidad que se imponía a sí misma.

—¿Sabe quién es el autor? —quiso saber David.

—Sí, me he estado informando. Es una mujer de treinta y dos años.

—¿Una mujer? No sé por qué pensaba que sería un hombre.

—Imagino que era la idea. Sembrar confusión con las iniciales J. K.

—Pues sí, puede ser…

—En las pruebas de imprenta no hay más datos, aparte de que lo lleva Little.

—Muy bien. Llámelo para concertar una cita.

—Claro que sí, ahora mismo… —respondió ella, antes de ir a buscar a David a su despacho al cabo de unos minutos—. La editorial Bloomsbury ha organizado un cóctel con motivo del lanzamiento del libro. Justo esta tarde, y la autora asistirá.

—…

—Está usted invitado…

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