Número dos

Número dos


Primera parte

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Ann había pronunciado esas tres palabras con voz monocorde, como si fuese todo de lo más normal. Flotaba en el ambiente una especie de aroma de certeza. David acudiría al cóctel y conocería a J. K. Rowling. Le propuso a Ann que lo acompañara. A fin de cuentas, el libro lo había descubierto ella. Pero Ann puso una excusa, tenía que dar de comer a Chéjov y Tolstói, sus dos gatos, qué mala pata. Le parecía un gesto elegante que David la invitase, pero no se sentía a gusto en esos saraos donde hay que saber poner una sonrisa bobalicona y a la vez hacer comentarios inteligentes. La seducía, en cambio, la idea de ser una especie de consejera en la sombra. Aquella tarde, en el metro abarrotado, nadie podía imaginar que aquella pasajera entraría en la historia del cine como la alcahueta de un éxito descomunal.

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David sintió como una presión ascendente en el momento en que llegó al cóctel. Tras dar su nombre en la entrada y dejar el abrigo, se dirigió al bar en busca de un vaso de agua. Tenía la boca seca; mientras bebía, efectuó un repaso visual a toda la sala. ¿Qué aspecto tendría la autora que él había ido a conocer? En ese momento se le acercó una joven: «¡David! ¿Qué haces aquí?». Debido ciertamente al malestar que experimentaba, tardó un poco en reconocer a la persona que lo interpelaba. Pero él sabía gestionar a la perfección esa clase de situaciones. Le bastaba con dejar que la conversación planeara sobre temas superficiales antes de atrapar al vuelo algún dato fundamental que le permitiera identificar a su interlocutor. Era Emily, una compañera de la universidad. Ahora trabajaba en la editorial. Siempre era un plus conocer a alguien, pensó de inmediato el productor. «He venido para conocer a la autora… —dijo al fin David—. Tal vez para un proyecto cinematográfico», añadió, casi cohibido. Emily se ofreció a hacer las presentaciones, pero no veía a Joanne en la sala. Seguramente habría salido a tomar el aire. La chica aprovechó para llenar el silencio antes de que se instalara: «Para tiradas tan modestas no acostumbramos a hacer lanzamiento.

Hemos invitado a varios periodistas de medios juveniles y a bibliotecarias que van a organizar concursos sobre Harry Potter». Al cabo de varias frases en esta línea, por fin apareció Joanne. Emily y David se encaminaron hacia ella. Si hubiera sido una película, la escena habría merecido un efecto de cámara lenta. Pero en una novela… se antoja complicado… ralentizar… el ritmo… de una acción…, a menos… que se recurra a los… puntos suspensivos.

—¿Va todo bien? —preguntó preocupada Emily al ver la cara lívida de Joanne.

—Sí, sí. He salido un momento. Son muchas emociones.

—Es comprensible. Mira, te presento a David. Es un amigo que produce películas y quería hablar contigo.

—Ah… Buenas tardes.

—Buenas tardes. Me alegro mucho, pero mucho, de conocerla, sobre todo después de haber pasado varias horas con sus personajes. Su libro me ha deslumbrado.

—¿Le parece que nos sentemos? —respondió la autora, como si le resultara imposible encajar el cumplido en posición vertical.

Emily juzgó mejor dejarlos solos y desapareció. Ellos se acercaron a un banco en el que Joanne se sentó inmediatamente. David balbució que, si era mal momento, siempre podían hablar más tarde, pero ella insistió en que se quedara. Reconoció que se sentía un poco desbordada por toda la gente que había ido allí por ella. No estaba acostumbrada a la amabilidad organizada. ¿Cómo iba ella a imaginar que pronto el mundo entero se parecería a aquel cóctel?

Mientras David volvía a la novela, Joanne agachó la cabeza. Le parecía aún incongruente que se comentara su trabajo. Como si un desconocido le repitiera lo que ella acababa de confiarle a su terapeuta. Joanne escuchaba a aquel hombre relatar minuciosamente las peripecias de Hogwarts. Llevado por su entusiasmo, David se puso a hablar de la película que tenía ya en mente. Esta vez Joanne lo interrumpió.

—¿Una película? ¿De verdad?

—Sí, una película.

—Mire, me conmueve en el alma todo lo que me está diciendo —arrancó Joanne—. No se hace una idea. Pero se está pasando un poco.

—…

—Es amigo de Emily, quieren ustedes que pase una velada agradable… y, efectivamente, estoy pasando una velada agradable…, pero no me hable de una película. ¿Quién soy yo para imaginar algo así? El libro todavía no ha salido y es posible que solo suscite el desinterés general.

—Lo dudo mucho.

—¿Duda mucho el qué?

—Yo creo que va a ser un éxito y que esa historia está hecha para el cine.

—¡Qué me dice! —exclamó Joanne sin poder disimular la sorpresa.

—Lo que oye. Mientras la leía, se me venían muchas imágenes a la cabeza…

—Y… ¿cómo lo ve?

—Como una gran película de aventuras. He trabajado para Warner Bros., en Estados Unidos. Estoy convencido de que les va a encantar.

—Yo no quiero una película yanqui. Harry Potter es una historia inglesa. Así que, si algún día se hace una película, como sugiere usted, será una película inglesa. Con actores ingleses.

—Ya…, muy bien, lo entiendo —respondió David, asombrado por el giro que cobraba de pronto la conversación.

Dos segundos antes, Joanne estaba al borde del desmayo, y hete aquí que de buenas a primeras surgía una defensora lúcida de su propia obra. Cuando de Harry Potter se trataba, se percibía en ella el poderío de la certeza. De hecho, Joanne añadió:

—Por no hablar de que tendrán que ser varias películas, porque habrá siete libros. Los tengo todos escritos ya en mi cabeza…

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Joanne despertó sobresaltada en mitad de la noche, preguntándose si esa descabellada conversación con un productor había tenido lugar. Ya no estaba segura. Sin embargo, todo había sido muy real. Habían departido durante más de una hora y se habían prometido volver a verse pronto, promesa que cumplieron con un almuerzo. La conversación se reanudó como si no hubiera sufrido interrupción. Para preparar este encuentro, David se leyó el libro por segunda vez. Siempre había tiempo de hablar de dinero y del casting para convencer a un autor de que cediera los derechos de una novela, pero lo más seguro seguía siendo aludir al texto. Manifestaba su deseo, y eso lo volvía a su vez deseable. Además, David recibiría enseguida una respuesta de los estudios Warner. Se mostraban dispuestos a comprometerse con él. Era una grandísima noticia, amén de la prueba de que iba por el buen camino. Tocaba, pues, obtener el beneplácito de Joanne, pero ella estaba todavía algo desorientada por todo lo que estaba pasando. Más allá de toda esperanza, y contra todo pronóstico, el libro estaba convirtiéndose en un auténtico fenómeno. La consecuencia, inevitable, no tardó en llegar: empezaron a mostrar interés por la novela otras productoras, y no precisamente de las pequeñas. David hizo presión para que Warner dejara constancia de su propuesta, no había tiempo que perder. Angustiado ante la idea de dejar escapar semejante proyecto, pasó varias noches muy revuelto. Hasta que por fin Joanne lo tranquilizó: no acudiría a ninguna otra cita. Él había sido el primero; él había sido el que había creído en la historia antes del éxito; por lo tanto, el elegido sería él. Sí, sería él. A partir de ese momento estaban unidos por aquella aventura que duraría una década. A David le costaba creerlo; suyos eran los derechos de una novela de la que todo el gremio soñaba con apropiarse. Tenía la sensación de haber comprado la Gioconda cuando no era más que un proyecto en la mente de Leonardo da Vinci.

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Todo el mundo felicitó a David por tan rutilante triunfo. Los padres del joven productor estaban orgullosísimos de él[3]. Sin embargo, objetivamente hablando, todo estaba por hacer. Ahora se esperaba una gran película. Antes que nada, había que elegir a un director. Se habló de Steven Spielberg, que estaba interesado en el proyecto con la única condición de hacer la película con Haley Joel Osment, el joven actor que se dio a conocer con El sexto sentido. Pero Joanne no abandonaba su idea de que los intérpretes habían de ser británicos. Además, al igual que David, ella prefería a Terry Gilliam. El ex Monty Python había dirigido películas un poco locas, como Brazil o Las aventuras del barón Münchausen; lo imaginaban perfectamente creando el universo fantástico de la escuela de magia. Pero Warner lo descartó de inmediato; fama de escandaloso, demasiado ego, aquello podía acabar como el rosario de la aurora. Más adelante se le reprocharía incluso ser un realizador maldito, después de que acumulara incontables catástrofes en el rodaje de El hombre que mató a Don Quijote. Difícilmente podía pensarse en un candidato más opuesto, pero el estudio propuso a Chris Columbus, que acababa de empalmar sendos taquillazos con Solo en casa y Señora Doubtfire. J. K. Rowling esbozó una sonrisa al pensar en ese nombre que parecía salido de su universo y reconoció que era una posibilidad interesante. Se apostó por la opción más consensuada y tranquilizadora, la de un hombre que sabía hacer cine familiar. Los productores querían sobre todo asegurarse un presupuesto que corría el riesgo de rebasar los cien millones de dólares. Porque, con el éxito del libro, ahora todo el mundo creía en el proyecto. La preparación de la película estuvo acompañada de una fiebre insólita.

Para interpretar a Harry, en un primer momento a David se le ocurrió Jamie Bell, que estaba a punto de saltar a la palestra con Billy Elliot. El productor, que había visto la película en una proyección privada, se había quedado asombrado con la interpretación del muchacho. Pero Bell tenía trece años, casi catorce. Era demasiado mayor; sobre todo porque todo el mundo andaba ya pensando en la saga que aún estaba por llegar. Salvo en caso de fracaso estrepitoso, los rodajes amenazaban con prolongarse varios años; realmente había que elegir a un niño de diez años para la primera entrega de la serie. La búsqueda de la rara perla se anunciaba complicada. Las directoras de casting, Janet Hirshenson y Susie Figgis, se pusieron manos a la obra e hicieron pruebas a decenas de jóvenes actores. Como se adivinaba que la búsqueda sería larga, esta arrancó a la vez que la del guionista, algo muy poco habitual. Normalmente, la caza de actores se inicia una vez escrito el guion. Joanne no quería encargarse de escribirlo. No solo no se sentía capaz, sino que, sobre todo, prefería concentrarse en los siguientes libros. Tras darle muchas vueltas, David pensó en Richard Curtis, famoso por haber escrito Cuatro bodas y un funeral. La opción podía parecer sorprendente, pero en opinión de David no era incoherente tratar Harry Potter como una comedia, incluso como una comedia romántica. Se puso en contacto con Curtis. Este le propuso que se pasara por el rodaje de la última película que había escrito, Notting Hill. Los guionistas casi nunca están presentes en los platós, pero este caso era especial; había muchos elementos personales en el guion (incluso la casa del rodaje, inspirada en la suya). De ahí su intención de echar una mano si hacía falta. Por otra parte, Curtis lamentaba no dirigir él mismo la película. Pronto pondría en escena sus propias historias, en particular con Love Actually.

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Así pues, David se presentó en el 104 de Portobello Road, dirección de la casa que constituía el decorado principal. Allí saludó a Hugh Grant, al que conocía bien; sin embargo, de Julia Roberts, a quien le habría gustado conocer, no había ni rastro. Entre toma y toma se encerraba en su camerino. En el descanso del almuerzo, David y Richard se dirigieron a un pequeño restaurante indio, donde estarían más tranquilos que en el comedor. A modo de preámbulo, el productor le había enviado al guionista la novela de J. K. Rowling. Hablaron de esto y de lo otro, o sea, de Julia Roberts, hasta que Richard Curtis sacó por fin a colación el tema principal:

—Me sorprendió un poco que me enviaras la novela esa. No es para nada la clase de historia que me suelen proponer…

—Lo sé.

—Ahora bien, me he alegrado mucho de leerla. No se habla de otra cosa. Y no es de extrañar, porque está de puta madre.

—Pensé en ti precisamente por las razones que a ti te parecen incongruentes. Estoy convencido de que imprimirás verosimilitud a Harry. Para mí es un niño fascinado por lo que está a punto de descubrir. No es tan diferente de lo que tú escribes, esa magia de los sentimientos…

—Eres muy amable, pero, sinceramente, hay demasiada magia para mí.

—Por eso mismo opino que el guion tiene que ser sólido en las cuestiones realistas. El universo fantástico ya está ahí, hay que acentuar lo real. Todos los niños deben reconocerse en Harry Potter. Al principio, cuando lo maltratan…, tú sabrás describir esa frustración.

—Ya, bueno, lo acompaña un búho más inteligente que yo. No es mi terreno…

—Hablas de Hedwig, es una lechuza.

—¿Ves? Confundo lechuzas con búhos, con eso te lo digo todo… —zanjó Richard con una sonrisa.

La conversación se prolongó un rato más en tono ligero. Saltaba a la vista que Curtis no era el guionista que la situación requería. Además, la historia le parecía larga de narices. Había demasiados elementos, demasiados personajes secundarios, demasiados detalles a tener en cuenta para comprender el universo Hogwarts. Según él, habrían hecho falta ocho horas de película. En fin, más allá de su falta de interés, Curtis no se sentía capaz de asumir semejante encargo y rehusó educadamente. Por lo demás, tenía una excusa magnífica para no ofender a David y evitar poner en peligro posibles colaboraciones futuras:

—Acabo de comprometerme con una película que me llevará mucho tiempo. También una adaptación, por cierto.

—¿Cuál?

El diario de Bridget Jones.

Podría habérmelo dicho de entrada en vez de acceder a quedar conmigo, pensó David. La situación resultaba casi desagradable. Richard, en cambio, consideraba que siempre había que escuchar las propuestas que le llegasen a uno; le parecía elegante. Había, pues, dos maneras de considerar la misma actitud: la versión delicada y la versión grosera.

*

Con un poco de perspectiva, David estimó que el encuentro no había sido inútil; le había permitido afinar su visión de la película. Curtis tenía razón; el componente fantástico era la esencia del proyecto. Como no se le ocurría ningún otro talento británico al que recurrir, empezó a pensar en guionistas estadounidenses. Principalmente en Steve Kloves. A Joanne no pareció hacerle gracia esta opción, antes incluso de saber algo más sobre él. De nuevo, su historia era una historia inglesa. Pero, para complacer a David, estuvo de acuerdo en conocerlo. Para sorpresa de todos, Kloves la convenció enseguida y el contrato se firmó en el acto. Esa misma noche, mientras tomaban una copa de champán para celebrar el acontecimiento, David se acercó a Joanne y le preguntó por qué había cambiado de opinión tan fácilmente. Ella escudriñó entonces a su productor, que indudablemente estaba en proceso de convertirse en amigo, y admitió: «Me ha dicho que su personaje preferido era Hermione».

*

David pagó la cuenta y acompañó a Richard de vuelta al plató. No había producido ninguna película desde su regreso a Londres, así que le apeteció quedarse por allí un rato para asistir a la escena siguiente. Echaba de menos la efervescencia de los rodajes; estaba hasta la coronilla de los días en la oficina y las reuniones en restaurantes. De pequeño, pasaba horas en los rodajes acompañando a sus padres; le encantaba. Cuando se acercaba a un decorado cinematográfico, se reencontraba con el recuerdo de los primeros deslumbramientos. E incluso con los tiempos de pura inocencia. Sumido por completo en esta burbuja de nostalgia divisó en la acera de enfrente a un niño sentado en una silla. Gafas redondas, pelo negro revuelto; digámoslo ya: fue como una aparición.

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Cuando se piensa en el azar que puso a Martin en el camino de David Heyman, máxime con aquellas gafas sobre la nariz, uno está tentado de creer en la magia. Sin embargo, todo es verdad. Cada detalle. No será Martin quien cuente todo esto, sino Susie Figgis, la directora de casting, en un documental sobre las bambalinas del filme, emitido en 2011 en la BBC.

Por el momento, el productor se acercó al chico, presa de una intensa febrilidad, casi trastabillando. Una vez frente a él, buscó las palabras adecuadas hasta que decidió presentarse sin más.

—Hola, me llamo David, ¿y tú?

—Yo Martin.

—¿Qué haces aquí?

—Voy a hacer de extra dentro de un momento.

—¿Los figurantes no suelen estar todos en el mismo sitio? En general, los sacan del plató.

—No sé. Yo he venido con mi padre.

—¿Quién es tu padre?

—John Hill.

—¿Trabaja en la película?

—Sí, es utilero.

—Ah…, entiendo. ¿Y te gusta ser figurante?

—Pues no sé. Todavía no he hecho nada. Mi padre solo me ha dicho que dentro de un momento tendré que andar por la calle.

—Sí, va a estar bien, ya verás. Yo de pequeño también iba a rodajes con mis padres. ¿Sueles acompañar a tu padre?

—Prácticamente nunca. Lo que pasa es que Rose no me podía cuidar hoy.

—¿Quién es Rose?

—Mi canguro…

David intentaba mantener la calma, pero estaba obnubilado. Más allá del impresionante parecido físico con el personaje, el chico manifestaba mucho desparpajo. Otros niños, en un entorno extraño, interrogados por un adulto desconocido, habrían podido mostrarse incómodos. No era en absoluto el caso de Martin. Hablaron un poco más, de esto y de lo otro. Al productor no le apetecía ser demasiado directo, pero al final preguntó:

—¿Te gustaría hacer cine?

—No sé.

—Actuar en una película. Ser un personaje. No solo un figurante. ¿Crees que lo pasarías bien?

—…

En ese momento, John se acercó e interrumpió la conversación.

—Hola, soy el padre de Martin, ¿pasa algo?

—No, no, en absoluto. Me llamo David Heyman y soy productor. Solo estaba hablando un poco con Martin…

—Sí, eso ya lo veo —respondió John en tono seco; era obvio que le parecía sospechoso que un tipo abordase a su hijo por las buenas.

—Me gustaría mucho hablar con usted, si es posible —añadió David.

—¿Sobre qué?

—Le estaba preguntando a Martin si le interesaría hacer cine…

—¿A mi hijo?

—Sí.

Alguien llamó a John para lo que parecía ser una intervención urgente.

—Me tengo que ir. Enseguida rodamos…

—Sí, claro, lo entiendo. Le dejo mi tarjeta y, si le parece, hablamos tranquilamente esta noche. O cuando usted pueda…

John cogió la tarjeta de David, le dijo a su hijo que enseguida rodarían la escena en la que él tendría que andar por la calle y se fue corriendo. Martin nunca había visto a su padre tan estresado. Él, que era la indolencia personificada, estaba sometido a mucha presión en aquel rodaje. David y Martin hablaron un poco más, pero sin mencionar Harry Potter. Era mejor que esa conversación tuviera lugar en un contexto más tranquilo, sin prisas. Al final resultó que a David no le daba tiempo a esperar a la escena siguiente. Tenía que volver a la oficina. Le estrechó la mano a Martin pronunciando un «hasta pronto…» muy enfático. Por increíble que pueda parecer, al abandonar el plató se topó con Julia Roberts. Era la señal de que acababa de suceder algo milagroso.

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John esperó a que su hijo se acostara para llamar a David Heyman. Este último respondió que estaba en la calle; los ruidos de la ciudad daban fe de que así era. Por aquel entonces, un teléfono móvil era todavía un chisme para ricos, un artificio reservado a quienes querían subrayar su importancia. John pensó fugazmente que le habría encantado inventar ese cacharro, antes de concentrarse en los comentarios del productor. Desde luego, no se trataba de un pervertido, como él había imaginado en un principio. A decir verdad, la intuición de John siempre había dejado mucho que desear. Cuando le preguntaban quién ganaría las siguientes elecciones, daba sistemáticamente el nombre del perdedor. Ese mismo día, por tanto, se había precipitado hacia ese hombre, interrumpiéndolo con sequedad y atribuyéndole por adelantado los vicios más espantosos, cuando lo que el tipo quería era simplemente hacerle una prueba a su hijo, una prueba para Harry Potter. Conque en eso consistía la propuesta… Había visto en su hijo un intérprete potencial para la película que iban a rodar; es más, según él, el parecido con el personaje principal era pasmoso. No obstante, John no tenía la menor idea de quién era Harry Potter. Desde que Jeanne se había marchado, ya no estaba al día de las noticias. El fenómeno le había pasado totalmente desapercibido. Antes, era su mujer la que sembraba la realidad en la familia. Ahora ya no había motivos para prestar atención a la actualidad. De vez en cuando incluso imaginaba que su mente se había quedado bloqueada en 1992 o 1993, atrapada en alguna parte entre dos días felices.

Tras colgar, entró en el cuarto de Martin para verlo dormir. Cuando era un bebé, iba a menudo a comprobar su respiración. Habían pasado los años, pero él no había renunciado a ese ritual nocturno. Para él, nada igualaba el espectáculo de su hijo acunado por los sueños. Era una contemplación que tenía el poder de ahuyentar la amargura. En aquellos instantes, lo real se brindaba con una sencillez esplendorosa, despojada de incertidumbres. A John le fascinaba la profundidad del sueño de los niños. Se les podía tocar el clarinete al oído (vale, raro era que pasara, salvo en familias de melómanos perversos), que ellos seguían inmersos en la cámara hermética de su noche. En el fondo, puede que ese sueño absoluto fuese la mayor fortaleza de la infancia. Nada malo nos puede pasar cuando dormimos así. ¿En qué momento de la vida perdemos esa capacidad? Alrededor de los catorce o quince años. Quizá la crisis de la adolescencia proceda de ahí, de esa fuga del descanso perfecto. John llevaba tanto tiempo sin dormir así… Ya nunca bordeaba esas profundidades nocturnas a las que no llega nada del día.

Y aquella noche no fue la excepción a la regla. John no pegó ojo dándole vueltas a las palabras del productor. Se lo veía muy seguro de su intuición. Era habitual que se cazaran así futuras estrellas, un poco por casualidad. Hacía poco, de hecho, había oído una historia parecida con respecto a Bruce Willis; su carrera arrancó después de que un director de casting le echara el ojo cuando Willis era camarero en Los Ángeles. En el laberinto de sus pensamientos nocturnos, John se imaginaba ya sentado en primera fila durante un preestreno. Sin embargo, él se conocía bien la cantinela. ¿Cuántas promesas incumplidas y esperanzas rotas se contaban en las historias relacionadas con el cine? Pero era posible conservar la lucidez y a la vez dejarse llevar un poco por la fantasía. Nada impedía adoptar rápidamente una certeza en el mundo de las hipótesis. De ahí que John siguiera dejándose arrastrar por la mejor versión del guion. Como es lógico, esta incluía el regreso de Jeanne a Londres. Volvería para estar cerca de su hijo, no cabía duda, y la pareja se ofrecería una segunda oportunidad. Con esa imagen se quedó dormido John, como si fuera posible soñar antes de soñar.

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A la mañana siguiente, John le preparó el desayuno a su hijo, pero le pareció que todavía no había llegado el momento de hablar del asunto. A su juicio, lo que tenía que decirle no entraba en la categoría «conversación sentada». Esperó, pues, hasta el trayecto hacia el colegio para informarlo de su charla con el productor. «¡Pues claro que conozco Harry Potter! Lo están leyendo todos mis compañeros», respondió enseguida Martin. Dos frases lapidarias que acentuaron la sensación de desconexión de John. Cada día era más consciente de su capacidad para zigzaguear entre las modas. Explicó entonces la situación a su hijo. El hombre que se le había acercado en el rodaje opinaba que Martin se parecía mucho al personaje principal. Al niño la noticia le resultó increíble. Hasta ese momento no le había picado la curiosidad, pero de pronto se moría de ganas de zambullirse en la lectura de la novela. ¿Se parecía realmente a Harry? Nadie le había dicho nunca tal cosa.

*

Cuando llegaron a la verja del colegio, John fue al grano:

—¿Te haría ilusión hacer las pruebas?

—¿Eso qué es?

—Actuar delante de una cámara para que ellos vean si das el perfil.

—Pero yo no soy actor.

—A veces en las películas escogen a no profesionales. Si te explican bien la situación, lo harás muy bien, estoy seguro.

—No sé yo.

—Yo creo que por intentarlo no pierdes nada. Y seguramente podría ser divertido…

Mucho después, Martin se acordaría de esta conversación, y más concretamente de la última frase de su padre: «Seguramente podría ser divertido». Le provocaría escalofríos por la espalda. No es de extrañar, cuando sabemos la de trastornos que la aventura iba a provocar.

*

Durante la jornada escolar, Martin se deslizó hacia la mejor versión posible de la historia, como había hecho su padre la víspera. En clase de matemáticas, entre problema y problema, se veía ya como una estrella de cine, quizá incluso participando en el siguiente videoclip de Michael Jackson. Lo mirarían con los ojos echando chiribitas y Betty se arrepentiría de haberlo rechazado. Él, en su infinita misericordia, le perdonaría el error inicial y por fin podrían amarse. Ciertamente, Martin llevaba muy lejos las potenciales consecuencias del éxito. Y eso que John, con un pie aún en el suelo, le había insistido a su hijo en que no había nada seguro. Era solo una prueba, nada más. Es más: había añadido que decenas de niños pelearían con uñas y dientes para conseguir el papel. Pero eso no era obstáculo para que Martin soñara, al igual que cualquiera que juegue a la lotería piensa en lo que comprará con su futura fortuna mientras tacha los números.

19

Esa misma tarde, padre e hijo decidieron repasar juntos los primeros capítulos de la novela. John había ido a comprarla en el descanso del almuerzo; a la entrada de la librería, una pila de Rowlings daba la bienvenida a todo el que llegaba. El éxito llamaba al éxito, ya no era posible llegar a un libro cualquiera sin pasar por la casilla Potter. John, aficionado a la literatura rusa, nunca había explorado ni la sección juvenil ni la de fantasía; sin embargo, se dejó absorber por la historia. Le agradó especialmente el sentido del humor de la autora y sonreía ante cada alusión a los ridículos Dursley. John incluso acabó reconociéndose en el joven Harry y su vida inyectada de injusticias. A decir verdad, todo el mundo experimentaba esa complicidad con el héroe. Había un ingrediente universal en aquellas páginas. Harry Potter era nuestra parte rebelde, nuestro deseo de poseer poderes para erradicar a los indeseables, nuestro sueño de una vida mejor.

Para Martin, la identificación era más flagrante si cabe. En cada palabra acechaba la prueba de que aquel libro hablaba de él. Comprendía ahora la certeza del productor. Efectivamente, las descripciones de Harry, desde su pelo hasta su actitud general, brindaban un eco genuino de lo que él mismo desprendía. Estaba claro que bastaba con ponerle una varita en la mano para convertirlo en el joven mago. Pero el parecido no era excusa para no preparar el encuentro. Las pruebas se habían programado para el lunes siguiente, lo que dejaba poco tiempo. Sobre todo porque Martin pasaría el fin de semana en París. Le quedaban, pues, dos tardes para tratar de prever lo que iban a pedirle. John arrimó a las paredes todos los muebles del salón para facilitar los movimientos, pidió una pizza familiar y se improvisó en profesor de arte dramático:

—El comienzo de la novela desprende dos emociones principales. La primera es, por supuesto, la tristeza. Y me quedo corto, porque se podría hablar claramente de sufrimiento. El pobre Harry, que ya es huérfano, sufre los malos tratos de sus tíos y de su espantoso primo, Dulley.

—Dudley —rectificó Martin.

—Eso, Dudley, perdón. Total, que será esa emoción la que querrán ver en ti. Harry está encerrado en un mundo donde no puede hacer nada. En cuanto a la segunda, en mi opinión es el deslumbramiento. Vas a descubrir un mundo extraordinario, inimaginable. Está la escena de la serpiente en el zoo, pero la cosa arranca realmente con la llegada del gigante Hagrid…

—Es un semigigante, papá.

—Sí, eso. Muy bien, cariño, no se te ha escapado ni un detalle… ¿Por dónde iba?

—El deslumbramiento.

—Eso es, justo. El día de tu cumpleaños, averiguas que eres un mago muy famoso… ¿Te imaginas? Qué fuerte… Por eso, hoy vamos a explorar esos dos sentimientos: la tristeza y el deslumbramiento. ¿Por cuál prefieres empezar?

—Por la tristeza, tal vez…

—Muy bien. Entonces dime qué es lo que puede provocártela.

—Pues… pensar en vuestra separación, la de mamá y tú.

—Me parece que va a ser mejor que empecemos por el deslumbramiento.

Después de aquel momento incómodo, Martin se dejó guiar por las indicaciones de su padre: «Imagínate que estás en la estación buscando el andén nueve y tres cuartos. Así…, muy bien… ¡Te parece un sinsentido! Hasta que de pronto… ¡lo entiendes todo! Ves a otros niños cruzar el muro y tú también pruebas suerte. Sí, así… Piensa que echas a correr hacia un muro contra el que podrías estrellarte, pero ¡no! ¡Zas! ¡Lo atraviesas! Venga, cariño, lánzate…». Martin reprimió una carcajada ante el frenesí de su padre, que no paraba de hacer aspavientos con los brazos, pero le siguió el juego e hizo como si atravesara una pared invisible. «¡Ah, sí, así! ¡Bravo!», exclamó John entusiasmado. Parecían dos dementes intentando reproducir una superproducción en un salón de veinte metros cuadrados. En el fondo, era de lo más gratificante. Hacía mucho tiempo que no lo pasaban tan bien, hasta el punto de olvidar cuál era la finalidad. John estaba descubriendo una faceta nueva de su hijo: Martin era ingenioso y estaba dotado de cierto sentido del humor. Era difícil saber si se encontraba ante el nacimiento de una vocación, pero saltaba a la vista que algo estaba sucediendo. Al interpretar un papel, sucede que a veces uno se encuentra a sí mismo. Martin, niño carente de una verdadera pasión, soñaba ahora con matricularse en un taller de teatro. Naturalmente, el entusiasmo que había leído en la mirada de un productor era determinante. Uno siempre prefiere dirigirse allá donde alguien nos desea. Lo escogieran o no, esta aventura brindaría como mínimo a Martin una revelación: le chiflaba actuar.

20

El viernes por la tarde, el dúo se separó en la estación de Waterloo, que hasta 2007 era de donde salía el Eurostar. Martin, acostumbrado ya a viajar solo, consideraba aquellos trayectos como un anticipo de la vida adulta. Se le agolpaban los sentimientos. Al abrir el papel de aluminio para comerse el bocadillo que le había preparado su padre, pensó en él. Le partía el alma dejarlo solo; siempre se sentía un poco culpable por ir a ver a su madre. Lo que no era obstáculo para alegrarse por ella. Martin la veía más alegre desde que había vuelto a vivir en Francia; sus sonrisas afloraban a la superficie. Así pues, Martin efectuaba viajes de ida y vuelta entre las emociones de sus padres, de la amargura a la esperanza, sin saber muy bien dónde situarse. Una confusión emocional acentuada por la conciencia de hallarse en un tren que circulaba por debajo del mar.

Cuando se reunió con él aquel viernes, Jeanne estrechó con fuerza a su hijo; con una fuerza excesiva, incluso, como si el cuerpo debiera necesariamente resarcirse por los días sin verse. Tras el abrazo, dio un paso atrás: «¡Qué raro se me hace verte con gafas, cariño!». Añadió que le daban un aire a John Lennon. No cabía duda: tenía más pinta de inglesito que de francesito; el partido de los orígenes había concluido con victoria para el padre. Martin tuvo ganas de preguntarle: «¿Y no crees que me parezco más a Harry Potter?», pero decidió esperar todavía un poco antes de sacar el tema. Ya había aguantado varios días; no había querido contarle tan extraordinaria aventura por teléfono por miedo a perderse las reacciones en el semblante de su madre. Tenían que andar unos diez minutos para llegar a la casa. Jeanne había alquilado un piso en un edificio de los años setenta sin mucho encanto, pero que contaba con la ventaja de estar ubicado cerca de la estación, lo que facilitaba la logística y reducía los tiempos de desplazamiento. Para limitar aún más el trauma del cambio, Jeanne se las había ingeniado para que la decoración del dormitorio parisino de Martin fuese idéntica a la del cuarto inglés. Todo era igual, desde el papel pintado hasta la funda del edredón. Consciente de que la intención era buena, Martin no había querido disgustar a su madre diciéndole que aquello le parecía raro de narices. Le daba la sensación de hacer un largo viaje para llegar exactamente al mismo sitio.

Cuando hubo dejado el bolso, Martin anunció con un halo enigmático: «Tengo que contarte una cosa…». Su madre se alarmó, solo podía tratarse de una mala noticia. A la vez que la tranquilizaba, Martin alargó el placer del anuncio. Tras oír toda la historia, Jeanne estaba estupefacta y a la vez nada extrañada: su hijo era maravilloso por naturaleza y poseía un carisma excepcional. A modo de conclusión, añadió: «¡Estoy convencida de que te escogerán a ti!». Martin tuvo que atemperar el entusiasmo de su madre, explicándole que se trataba del casting más importante de Inglaterra en aquel momento.

—¿En serio? ¿El casting más gordo?… ¿Cómo se titula la peli?

Harry Potter.

—¿Harry qué?

—Potter.

—Ni idea…

El fenómeno aún no había cruzado el canal de la Mancha. El lunes por la mañana, Jeanne preguntó en la sección de cultura de su diario y descubrió que la publicación del libro en Francia era inminente; saldría en el sello Folio Junior de la editorial Gallimard. Impresionada por el éxito clamoroso que la novela había tenido en Inglaterra, propuso escribir un artículo sobre la desempleada reconvertida en gran estrella en cuestión de pocas semanas. Así fue como la madre de Martin Hill fue la primera en hablar de J. K. Rowling en Francia.

Más allá de la promesa de una increíble aventura, Jeanne se había alegrado sobre todo al constatar el entusiasmo de su hijo. A menudo se preocupaba por él, se mortificaba con la idea de haberlo abandonado en Londres. Por eso ella también se permitió desviarse hacia los sueños. Con tal de ver feliz a su niño, estaba dispuesta a tomar todos los atajos con la realidad. Por otra parte, podía pensarse que una especie de magia se adueñaba ahora de sus vidas, pues al día siguiente se produjo un acontecimiento casi celestial. Mientras paseaban bordeando el Sena, se toparon con la librería Shakespeare and Company, donde un ejemplar de la edición inglesa de Harry Potter presidía el centro del escaparate. Entraron a comprar la novela. Cuando fueron a pagar, el dependiente suspiró:

—Me acuerdo perfectamente de ella.

—¿De quién, de la autora? —quiso saber Jeanne.

—Sí. La reconocí nada más ver la foto en la ficha de presentación que venía con el pedido. Estudiaba en la Sorbona y se pasaba por aquí casi todos los días.

—¡Increíble! —exclamó entonces Martin—. ¿Y cómo era?

—Bastante enigmática. Podía tirarse una hora examinando solamente las cubiertas de los libros, como si le fascinara más el objeto que el contenido. Varias veces hice amago de darle conversación, pero era extremadamente tímida.

—…

—¿Se lo llevan? —preguntó finalmente el vendedor, reincorporándose de pronto a la vida pragmática.

A la luz de lo que acababa de averiguar, Martin observó el lugar como si de buenas a primeras se hubiera vuelto mágico. J. K. Rowling había estado allí y las paredes, que tienen memoria, debían de verla aún. El día antes, en el Eurostar que lo llevaba a París, se había terminado la novela presa de una especie de éxtasis. Jamás había leído un libro a tal velocidad. Naturalmente, el contexto del casting le había dado una razón extra para devorar la historia, pero no era solo eso. Había experimentado una complicidad brutal con los personajes, como si fuera posible trabar amistad con personas ficticias. Martin se unía así a las hordas de grupis, cada vez más significativas. De ahí que, efectivamente, le soliviantara saber que se hallaba tras la pista de J. K. Rowling, que estaba siguiendo sus pasos. Ahora soñaba con conocerla.

21

Jeanne no entendía qué interés podía tener recoger a su hijo los fines de semana para dejarlo con una niñera, así que se lo llevaba a todas partes. Aquel sábado había planeado ir a cenar a casa de unos amigos. Se había apresurado a añadir: «Ya verás, te lo pasarás muy bien, habrá muchos más niños». Una información del todo falsa, pues solo había presente un chiquillo de seis años. Nada más llegar, Martin comprendió que tendría que ocuparse del crío, máxime cuando este último, como es natural, estaba fascinado por la presencia de un mayor. Cenaron los dos juntos, a resguardo de los adultos, en una habitación, delante de unos dibujitos animados. Jeanne se pasaba cada dos por tres a ver a su hijo y preguntarle si iba todo bien. Él respondía que sí por educación, para no aguarle la velada. Llevaba un vestido muy bonito y se había maquillado; la nueva era se encarnaba también físicamente. A Martin hasta le costó reconocer a su madre cuando esta salió del cuarto de baño tan acicalada y poco le faltó para preguntarle si iban a una fiesta de disfraces.

Al llegar, Martin saludó a todo el mundo con esa cortesía que a veces hace que los niños recuerden a monos sabios instruidos para brillar en sociedad. Había dos parejas y un hombre solo de unos cuarenta años. Este último se mostró particularmente considerado con él. O más bien lo intentó. Se le percibía un carácter poco cómodo con cualquier espécimen humano de menos de veinte años. Era la clase de adulto que se dirige a los niños como si fuesen retrasados, separando mucho las sílabas: «¡Ho-la, Mar-tin! Yo me llamo Marc, en-can-ta-do de co-no-cer-te!». Parecía la versión morse de una frase. A Jeanne, que estaba junto a su hijo, también se la veía estresada. Sin solución de continuidad, como un pelo en la sopa de la conversación, Marc anunció de buenas a primeras que le chiflaba el Arsenal. Pero tras hilar dos frases sobre el tema quedó claro que no tenía mucha idea de fútbol y que simplemente había intentado comprar la confianza de un niño mediante la alusión a un supuesto punto en común.

Al cabo de poco, Martin estaría en condiciones de descifrar aquel momento tan raro. En él había que ver la actitud de un hombre que aspira a caer bien a un niño para conquistar a una mujer. En el fondo, eso lo volvía más bien simpático. Marc habría actuado del mismo modo si Jeanne hubiera tenido un perro: le habría dado unas palmaditas en el lomo y habría lanzado un extasiado «¡Ay, qué perrito más bueno, pero qué bueno es!». A la hora de despedirse, le estrechó la mano a Martin, como para poner de manifiesto una especie de relación de hombre a hombre, y a Jeanne le dio un beso en la mejilla a la vez que le acariciaba la espalda. Una caricia un poco insistente, como si rehusara el código de la sensualidad discreta.

En el taxi que los llevaba de vuelta al piso, Jeanne preguntó:

—¿Te ha caído bien Marc?

—Sí, no está mal.

—Él me ha dicho que eres adorable. Y tiene una casa grande en el campo. A lo mejor podríamos ir cuando haga bueno, ¿no?

—Sí, si quieres…

Ya en la cama, Martin rememoró la mano de aquel hombre en la espalda de su madre. Naturalmente, Jeanne era libre de vivir una nueva historia de amor; él lo sabía muy bien, pero se mortificaba por su padre. Secretamente, y su hijo lo notaba, John esperaba que las cosas pudieran arreglarse, que la separación fuera temporal; se mentía, igual que se había inventado su vida desde siempre. Seguramente era el terreno donde mejor desarrollaba su arte para la invención. Puede que Martin fuera un poco igual, tenía un don para estar en otra parte, para soñar su vida en vez de vivirla. Con razón lo habían asociado con Harry Potter; había heredado una forma de incompatibilidad con lo real, de desenvoltura en el mundo imaginario. Pero lo concreto siempre le daba alcance y Martin se echó a llorar sin hacer ruido. Por su padre. La imagen del hombre que tocaba la espalda de su madre seguía reproduciéndose ante sus ojos. Un gesto de nada, pero a través de aquel gesto tan sencillo Martin había comprendido que el pasado quedaba ya definitivamente atrás.

22

El lunes siguiente, John fue a buscar a su hijo a la salida del colegio. Habían quedado con la directora de casting a las cinco. Antes de hablar de este encuentro, conviene comentar un último detalle cuando menos extraño. Dos semanas antes, el nuevo director del centro escolar, un hombre al que claramente se podría calificar de conservador, había decidido que todo el alumnado llevaría uniforme a partir de ese momento. Sin embargo, aquel colegio público siempre había reivindicado una forma de libertad indumentaria con el fin de aligerar el peso de las tradiciones inglesas, tan presentes en cualquier otra parte. Ante la indignación suscitada por la medida, el hombre había cedido terreno y simplemente había exigido que se llevara chaqueta. De modo que ahora Martin se ponía cada mañana un blazer azul marino provisto de un escudo con los colores del centro. Con aquel atuendo, el pelo y las gafas, Martin parecía recién salido de Hogwarts. Diríase que el azar lo acercaba cada vez más al papel. Por lo demás, cuando llegó a las oficinas de la productora, Susie Figgis le dio la bienvenida con un «¡Te has puesto chaqueta, mira qué buena idea!». Siempre resulta inquietante actuar a la perfección de forma involuntaria.

Era una mujer jovial y cariñosa; resultaba evidente que amaba locamente su oficio, que la obligaba a encadenar obras de aficionados por todo el extrarradio londinense con la esperanza de identificar un tesoro para la siguiente peli de Kenneth Branagh o Alan Parker. La fantasía incesante del descubrimiento constituía el meollo de su trabajo, ser la que detecta antes que nadie la genialidad en un desconocido. Con el casting de Harry Potter estaba bien servida. Era, con diferencia, la misión más estimulante que le había tocado vivir. La otra cara de la moneda era la enorme presión que sufría por parte de la Warner. Todos tenían la impresión de que, por grandiosa que fuera, por más decorados impresionantes y efectos especiales pasmosos que hubiera, la película sería un caparazón hueco sin el Harry adecuado. Había que dar con el corazón del reactor. Por otro lado, los demás papeles estaban ya muy encarrilados. A esas alturas, Hermione estaba prácticamente cerrada y Ron no tardaría. Seguía faltando Harry, de nuevo Harry. Susie había hecho audiciones a un montón de aspirantes, al igual que Janet, la otra directora de casting. Siempre había alguna pega. O el actor no daba la talla o estaba demasiado lejos del personaje. O era demasiado mayor o demasiado joven. Candidatos potenciales había, sí, pero ninguna pista seria. Y no iban a invertir cien millones de dólares en un quizá.

De camino a la cita, John puso a su hijo sobre aviso: «La gente que tiene poder abusa de él, ¿sabes? Tú no te dejes desestabilizar. Lo importante es lo que hay en ti…». Cuesta imaginar un discurso tan poco en consonancia con la realidad. Susie hizo gala inmediatamente de una gran amabilidad, tratando de que Martin se sintiera cómodo. Como David Heyman, había percibido algo del orden de la certeza ante aquel nuevo aspirante. No se atrevía a creérselo, pero tal vez Harry acabara de cruzar el umbral de su despacho. Antes de empezar, le pidió a su ayudante, Edward, que grabase la audición. Cuando el hombre entró en la habitación, Susie ni siquiera se volvió para mirarlo. Imposible apartar la mirada de Martin. Rezaba por que las pruebas fueran concluyentes. Pero también sabía que con un buen coach, y multiplicando las tomas durante el rodaje, se podía transformar a cualquiera en actor. Desde luego, no dejaba de ser más fácil obtener el resultado con alguien que tuviera madera, pero todo era posible. Solo la encarnación física constituía ya una parte importante del trabajo. Fue de hecho esto lo que mencionó Susie en primer lugar:

—Efectivamente, te pareces mucho a lo que buscamos.

—…

—¿Tienes experiencia como actor?

—No…, nada.

—Bueno, estuvimos ensayando un poco la semana pasada… —intervino John, lo que le valió una mirada glacial de Susie; estaba acostumbrada a la presencia invasiva de los padres durante los castings a menores de edad.

—¿Qué hiciste?

—Ejercicios…

—Estoy hablando con Martin —lo interrumpió la directora, visiblemente molesta por la segunda intromisión.

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