Naufragio

Naufragio


PRIMERA PARTE » Barcelona, noviembre de 2004

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Barcelona, noviembre de 2004

oCO a poco, la maldita enfermedad había borrado, según los médicos, todos los recuerdos de la mente de Mercedes. Recién cumplidos los noventa años, sentada en un banco del jardín de la residencia de ancianos, contemplaba el vacío, ausente, mientras oía la voz de su pequeña niña —¡ahora ya tan mayor!— que, a su lado, le contaba una vez más la historia de un lujoso barco que, muchos años antes, había naufragado muy lejos de allí, en las costas de Brasil, y en el que se habían perdido gran número de vidas. Para ella no eran más que palabras sin sentido, y no comprendía nada de lo que su hija se empeñaba en decirle sobre aquella horrible tragedia; la miraba en silencio, con una sonrisa permanente, muy dulce, y la dejaba hablar de lo que fuera, con tal de que no callara nunca.

«¡Tiene la voz tan hermosa esa pensaba al escucharla, sin apenas reconocerla.

Mercedes ya no sabía que el naufragio del trasatlántico Príncipe de Asturias, ocurrido hacía mucho tiempo, había torcido el destino y la historia de su propia familia, ni recordaba tan siquiera que ella había sido el último superviviente de aquella tragedia.

Todas las semanas, desde hacía casi tres años, los martes y los jueves por la tarde, al recibir la visita de su hija, la siempre pequeña Teresa, experimentaba una emoción que la llenaba de gozo y que la hacía sentirse viva, como nunca. Después, sin embargo, tras el beso de despedida, notaba de nuevo una gran pena y una gran ausencia llenaba su mente, mientras, como en un sueño, se confundían un montón de recuerdos entre los que vagaban rostros desconocidos que la contemplaban fijamente y lugares inertes por los que deambulaba sin sentido. Y así, a la espera del siguiente martes o jueves —¡todavía tan lejanos!— de esta o de cualquier semana. Su vida estaba llena de espacios infinitos por los que danzaban formas y colores.

Cuando Teresa salió a la calle, después de traspasar el umbral de la residencia, ya empezaba a anochecer. Se anudó el cinturón de su gabardina, alzó el cuello para protegerse del aire húmedo de los primeros días de otoño y caminó con decisión al encuentro de la ciudad.

Había cumplido cincuenta y dos años y acababa de romper con un largo matrimonio de casi un cuarto de siglo con el primer y único hombre de su vida. Además, después de una larga carrera profesional en una emisora de radio del estado, ahora se veía en la calle y prejubilada, como consecuencia de un dichoso Expediente de Regulación de Empleo, un invento de los políticos para reparar sus propios errores de administración pública. No tenía hijos y estaba sola ante ese nuevo horizonte lleno de malos presagios.

Se detuvo para encender un cigarrillo y después apretó el paso, como si tuviera prisa por llegar a alguna parte. Se preguntaba una y otra vez qué había podido hacer tan mal como para fracasar de esta manera en el último tramo de la vida. Por eso arrastraba un pésimo humor que la había convertido, desde hacía unas semanas, en un ser casi insociable. Se le había agriado el carácter de tal modo que necesitaba dar un giro completo a su existencia, salir de aquel atolladero que la asfixiaba hasta lo indecible. En la radio, de la noche a la mañana, habían hecho de ella una inútil para el resto de su vida. Y el divorcio la hacía dudar de sus posibilidades como esposa y como amante. Ella, Teresa, que había sido siempre todo un ejem plo de orden y de sentido común. Con razón se le había puesto un humor de perros.

Mientras caminaba pensaba, repasando todo su pasado, si el fracaso de su matrimonio habría sido consecuencia de aquella educación tan llena de prejuicios que la había convertido en una esposa dócil pero quizás en una mala amante. Al menos ése era el pretexto que él muchas veces le había echado en cara, reprochándole la ausencia del calor y de la pasión en sus relaciones de pareja.

Con las primeras gotas de lluvia decidió entrar en un café para resguardarse del chaparrón. Se sentó en una mesa cerca de la ventana que daba a la calle. Teresa tenía el pelo muy negro y largo casi hasta la cintura. Aunque lo llevaba normalmente recogido, se lo soltó un instante después de pedir un refresco, porque así se sentía mucho más cómoda. Sus ojos también eran negros y contrastaban con su tez muy blanca y de perfiles afilados. Su mirada era profunda, dura y ligeramente amarga. Sus cejas eran negras como una pincelada oscura que recorría en dos trazos breves su frente. Los labios eran pequeños, finos y de un suave color violáceo. Miró hacia la calle y se sorprendió al encontrar su figura reflejada en el cristal de la ventana. Quizás, por primera vez en muchos años, descubrió su propia imagen. Se sintió atractiva. Sonrió y notó al instante un ligero sofoco en todo su cuerpo. Estaba viva. A pesar de todo lo ocurrido, se sentía viva. Se fijó en sus brazos desnudos, que le parecieron atractivos, y pensó que sus senos, que se adivinaban bajo el vestido que le ceñía el cuerpo, todavía conservaban la frescura y esbeltez de cuando era una muchacha joven. Se revolvió inquieta y quiso desviar el pensamiento. Sentía la presencia de su propio cuerpo, de su carne, de su sangre corriendo por las venas como nunca antes la había sentido. Pertenecía a una raza de mujeres tenaces y decididas. Su abuela, su madre y ella misma se las habían tenido que ver muchas veces con el destino adverso. Por eso, ahora no estaba dispuesta a perder esa nueva batalla. Abrió el bolso y sacó un cuaderno de notas que dejó sobre la mesa. Instantes después estaba como ausente, dejándose llevar por el contenido de aquellos apuntes.

La vida de Teresa había sufrido una fuerte impresión una tarde en la que, removiendo las pertenencias de su madre, ya enferma, encontró un antiguo cablegrama de la Compañía Telefónica del Plata, fechado en Las Palmas de Gran Canaria el 24 de febrero de 1916. El abuelo, Ramón Badía, embarcado en el gran trasatlántico Príncipe de Asturias, lo había enviado desde allí a su mujer, Teresa, en Mendoza, durante una breve escala, unas horas antes de iniciar la travesía del océano, en dirección a Argentina, su lugar de destino:

Se me hacían largos los días y las noches sin ti, incluso me parecía que ya nunca más iba a poder volver a verte. Pero ahora ya estoy cerca. Tanto, que ya casi puedo imaginarte, esperándome al otro lado del mar. Te quiero. Un beso a la niña. Junto al cablegrama había una página de periódico, doblada en varios pliegues y muy deteriorada por el paso del tiempo, con una información cuya lectura aquel día hizo estremecer a Teresa.

NAUFRAGIO DEL VAPOR ESPAÑOL PRÍNCIPE DE ASTURIAS

Hundido frente a la isla brasileña de San Sebastián Numerosos pasajeros y tripulantes ahogados

En la madrugada del 5 de marzo se ha hundido, en aguas de Brasil, el trasatlántico español Príncipe de Asturias. Cerca de quinientas personas, entre pasajeros y tripulantes, casi todos ellos ciudadanos espa ñoles y argentinos, han perdido la vida en el naufragio. Sólo ciento cincuenta supervivientes lograron ser rescatados después de permanecer varias horas nadando entre cadáveres y tiburones en aguas del océano. Seis mujeres salvaron la vida y tres niños de corta edad.

El accidente tuvo lugar a las 4.15 de la madrugada, cuando, en medio de una densa niebla y zarandeado por una terrible tempestad, el buque encalló en las inmediaciones de la isla de San Sebastián, a muy pocas millas de Santos, su puerto de destino en Brasil.Centenares de españoles, hermanos nuestros, viajaban en el Príncipe de Asturias, y a la mayoría de ellos, emigrantes que huían del infierno europeo en busca de una mejor vida, el mar les arrebató de forma brutal sus sueños y sus esperanzas. Familias enteras con varios hijos desaparecieron en el fondo del océano, que se llevó también a lo más granado de la sociedad de esta época, que ocupaba los camarotes de lujo y de primera clase. Diplomáticos, banqueros, escritores, empresarios, ricos comerciantes y poderosos e ilustres personajes acabaron para siempre ahogados y sepultados entre los amasijos de hierro del buque hundido. ¡Cuántas veces Teresa, siendo una niña, había escuchado en su casa de labios de su madre la historia del naufragio del Príncipe de Asturias! ¡En cuántas sobremesas su madre intentó hacerle cómplice de su propia tragedia y la de sus padres!

Había oído el relato centenares de veces, pero ahora se daba cuenta de que nunca le había prestado atención, ni había compartido la emoción que su madre trataba de contagiarle.

Tenía por vez primera entre sus manos esos papeles, que eran una presencia real y tangible de aquel último viaje de su abuelo y de la hermosa historia de amor protagonizada por su abuela.

Ramón Badía, el abuelo de Teresa, tenía diecinueve años y estaba recién casado cuando alguien le envenenó con el sueño del paraíso americano. Era apenas un muchacho sin experiencia alguna, huérfano de padre, muerto en la trágica epidemia de cólera de 1884. Trabajaba de aprendiz de curtidor en un taller mugriento cuyo apestoso olor le acompañaba a todas partes, llevándolo siempre incrustado en lo más profundo de su piel. Quería huir del infierno de la pobreza que tanto le agobiaba, y quería encontrar otros olores diferentes, que sabía que también existían.

¡América, América!, fue el grito de guerra que, a partir de entonces, se convirtió en una obsesión para él, como para tantos otros jóvenes de su misma edad. Y Teresa, su joven esposa, casi una niña entonces, por más que quiso, nunca logró persuadirle de lo contrario. Viajó de manera clandestina, sin papeles, como la mayoría de emigrantes de la época, colándose en un vapor con la ayuda de algún tripulante, malviviendo durante la larga travesía y compartiendo el espacio con cajones de huevos, fardos, jaulas de gallinas, tinajas de aceite, frascas de vino y otras mercancías de carga.

Al llegar a Buenos Aires, tras pasar varias semanas retenido en emigración, le ofrecieron trabajo en Rufino, una casi olvidada población, al sur de la provincia de Santa Fe, un lugar en el que la vida era muy dura y difícil, pero donde prometían que cada uno iba a tener empleo, un jornal y un techo para dormir. Estaban construyendo la nueva línea del ferrocarril de Buenos Aires al Pacífico, y Jerónimo Segundo Rufino, fundador del pueblo, se había propuesto terminar las obras cuanto antes, con el fin de convertir a su localidad en un lugar próspero, de riqueza ganadera. Para ello hacían falta mozos con voluntad de hierro, todo lo que le sobraba a Ramón, que ¡por fin, ya estaba en Argentina!

Querida Teresa,

La vida aquí es muy triste sin ti, a pesar de que este lugar es lo más hermoso que haya podido imaginar nunca. Me resulta difícil contarte la belleza de los campos verdes que se extienden hasta lo más lejano que alcanza la vista.Estamos construyendo el ferrocarril. Casi todos los que trabajamos en el tendido de la vía somos españoles; hay algún catalán, como yo, pero la mayoría son gallegos y vascos. Son buenas personas y todos quieren traerse a sus mujeres y crear aquí una familia.Con ésta son ya dos o tres las cartas en las que te he pedido que vengas, porque aquí las cosas me van muy bien, y ya sabes lo contento que voy a estar de verte. A través de un buen amigo que regresa a España para resolver unos asuntos familiares te envío dinero para que te animes y saques un pasaje para el próximo vapor a la Argentina. Aunque el viaje es algo incómodo, ya verás cómo vale la pena. No dejes de visitar a mi madre antes de tu partida y darle un beso de mi parte.Quiero decirte que recibí tu última carta y me alegró mucho tener noticias tuyas.Teresa, no hay cosa que más desee que verte llegar a la Argentina. Ven, ven pronto. No tengo más que decirte sino que me quedo con muchos deseos de verte llegar.Tn marido, el que más te quiere.

La abuela Teresa se moría de ganas de ver a su esposo y, al leer esa carta, venció todos sus temores y se decidió a ir a la lejana Argentina al encuentro de Ramón. Viajó sola en el entrepuente de un antiguo buque mixto, velero y vapor, donde se asfixiaba y malvivía entre grandes sacos de arroz y tinajas malolientes llenas de aceite y vino, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para reponerse de los terribles mareos y de la nostalgia de todo cuanto dejaba atrás.

Estaba muy débil cuando se abrazó, al llegar a Buenos Aires, a su esposo, tras casi veinte días de viaje y más de un año de distanciamiento, pero en los ojos de él descubrió entonces una chispa milagrosa que le hizo retornar a la vida. Estaban, por fin, juntos en la Argentina, el país que prometía ilusiones, trabajo y fortuna a los jóvenes emigrantes españoles e italianos.

Teresa y Ramón se trasladaron a Mendoza, cerca de Rufino, donde él consiguió un empleo mejor en un pequeño restaurante, ahorraron bastante dinero y vieron nacer a una niña a la que llamaron Mercedes, como la madre de Ramón. Y ni uno ni otro volvieron nunca a estar tristes ni a conocer la desesperanza.

Hasta que...

Tres años después, Ramón decidió viajar a España para invertir parte de sus ahorros en un negocio en Barcelona. Así, poco a poco, podrían plantearse el regreso para estar cerca de sus cosas y sus gentes de toda la vida. Le dijo a Teresa que iba a ser un viaje breve, lo justo para cerrar el trato que ya tenía medio apalabrado a través de unas cartas con algunos amigos. No se habían separado nunca desde que ella había llegado a la Argentina, y ya no sabían vivir el uno sin el otro.

—¡Te vas muy lejos, Ramón! Y por mucho tiempo. No sé cómo soportaré la ausencia.

—No te preocupes, pronto estaré de vuelta y de nuevo con vosotras.

—La niña y yo te estaremos esperando.

Embarcó en Buenos Aires y al cabo de dieciocho días llegó a Barcelona.

Ramón cerró con rapidez la inversión en el negocio, visitó a sus padres y a sus hermanos y a la familia de Teresa, y en el paseo de Colón, en la agencia Bosch y Alsina, consignataria de la naviera Pinillos, compró un pasaje de tercera clase para regresar a Buenos Aires en el vapor Príncipe de Asturias. Echaba mucho de menos a sus dos mujeres, a su esposa y a su hijita, de apenas dos años.

Pero nunca más volvieron a verse. Teresa se puso en contacto en varias ocasiones con el ministro plenipotenciario de España en Argentina, Pablo Soler y Guardiola, y la respuesta siempre fue la misma:

Lamentablemente, sentimos informarle de que su esposo Ramón Badía no figura entre la lista de los supervivientes del naufragio del malogrado vapor Príncipe de Asturias. Su cadáver tampoco ha sido identificado entre ninguna de las víctimas que han aparecido en las costas de la isla de San Sebastián donde se produjo el siniestro, por lo que, desgraciadamente, nos resulta imposible hacerle llegar ninguna de sus pertenencias. Pocos días después del naufragio, la joven viuda y su hija, que habían quedado totalmente solas y sumidas en una profunda tristeza, recibieron un dinero de ayuda a través de la Asociación Española de Socorros Mutuos, que Teresa decidió invertir en un pasaje de regreso a España. Recogió sus cosas y a bordo del vapor Infanta Isabel volvieron para siempre a Barcelona en un viaje cargado de nostalgias y de pesadumbres, dejando atrás un mundo, todavía muy próximo, de sueños, amores y quimeras.

Zarparon de Buenos Aires una tarde gris y desapacible.

Al pasar cerca del faro de Punta Boí, en la costa brasileña, los tripulantes dijeron a los pasajeros que estaban navegando por el lugar donde había naufragado hacía muy pocas semanas el trasatlántico Príncipe de Asturias, y pidieron a los hombres que se descubrieran en señal de respeto por todas las víctimas del hundimiento. Al mismo tiempo, el capitán ordenó que sonara la sirena del vapor.

Las heridas estaban todavía muy abiertas, y Teresa no pudo resistirse a la emoción de aquel momento, que era superior a todas sus fuerzas.

—Vamos a cubierta —le dijo a su pequeña, tomándola de la mano.

Una vez allí, como una autómata, subió a la barandilla de popa, cerca de la toldilla, y cerró los ojos con el propósito de lanzarse al mar para reunirse para siempre con su amado esposo. La niña, a su lado, la miró con ojos de espanto y rompió a llorar sin consuelo. Teresa, sin embargo, era ajena a cuanto sucedía a su alrededor; los recuerdos se le hacían presentes y giraban como un torbellino sin fin en el interior de su cabeza, los bocinazos estridentes de la sirena la aturdían por completo y el rumor sordo del mar sobre el que el vapor abría un surco lacerante era un canto placentero que la hacía sentir una apacible y armoniosa ingravidez. volar, sí!, podía ir al encuentro de su rostro, de su voz, tan querida, tan cercana ahora, tan amada.

Cuando ya estaba a punto de perder el equilibrio y caer al vacío, unas manos poderosas la sujetaron y la retuvieron con fuerza. Era Juan Freixa, un hombre solo como ella, que había perdido a toda su familia en el naufragio.

—¿Por qué quieres hacerlo? Es de cobardes quitarse la vida. Quien sea que esté ahí abajo, nunca permitiría que acabaras de ese modo.

—Sin él mi vida ya no tiene ningún sentido.

—Al contrario, tu vida tendrá sentido si le mantienes vivo en tu recuerdo.

Cuentan que Teresa no quiso nunca más ver el mar, a pesar de que su horizonte cercano durante el resto de su vida fue el trasiego de la carga y descarga de los grandes buques mercantes que llegaban a Barcelona y que cubrían el servicio de pasajeros con Argentina o las Antillas. Cerraba los ojos para no verlos y para refugiarse en sus ensueños, pero lo más probable es que ella escuchara, en silencio, a todas horas, el rumor de las olas, tratando de adivinar en ellas la presencia de su amado. Le seguía esperando, como le había esperado en Mendoza durante las interminables semanas en las que la ausencia se le hizo larga y dolorosa. Teresa, según contó su familia, se convirtió rápidamente en una anciana, aún en plena juventud.

Juan Freixa, aquel buen hombre que la salvó de una muerte segura y que también había perdido a toda su familia —esposa e hijos— en el naufragio, la visitó todos los días durante el resto de su vida. Casi no hablaban, se saludaban con cortesía y permanecían durante muchas horas sentados uno junto al otro en unas sillas de mimbre, contemplando las macetas llenas de flores del jardín de la casa de la abuela. Mercedes, la niña, ya convertida en una joven, les servía un té caliente y unas galletas María, y ellos entretenían su tiempo paseando la cucharilla por el borde del plato o recogiendo las pequeñas migas esparcidas por el mantel.

—¿Por qué me retuviste allá en el barco? —le preguntó un día, tras muchos años de silencio sobre el tema—. ¿Por qué no me dejaste seguir mi camino?

—Aquel día —le contestó Juan— no sólo eras tú quien quería lanzarse al mar. Yo también embarqué en ese vapor para ir al encuentro de mi mujer y mis hijos. Mi destino no era Barcelona, sino el fondo del océano. Pero cuando te vi a ti, subida en lo alto de la barandilla, con el aire revolviendo tus cabellos, con tu mirada llena de sufrimiento; cuando te vi allá arriba, sentí de pronto que algo me decía que estábamos equivocados y que debíamos vivir por ellos. Tú, yo y todos los que habíamos sobrevivido a aquella catástrofe. Vivir por ellos. Afrontar el sufrimiento, y en el recuerdo encontrar la paz y la serenidad. Por eso te tomé del bra zo e impedí que lo hicieras. Todavía no sé si obramos bien. Y tampoco sé si fue el miedo lo que paralizó mi instinto en aquel momento.

—Creo —dijo Teresa al cabo de un instante— que en estos años nunca te he dado las gracias por lo que hiciste. Me salvaste la vida, pero no sé si he vuelto a recobrar la vida desde entonces.

Nunca más volvieron a hablar de aquel lejano suceso, ni a referirse al hecho trágico que les unió de por vida. Pasaron los años, largos, tristes, oscuros. Con el tiempo, los que les conocieron aseguran que llegó a existir entre ellos un afecto extraordinario. Soñaban juntos todas las tardes con el recuerdo imborrable de su pasado, mientras cada uno encontraba el consuelo leyendo la ternura en los ojos del otro. Y se amaron, quizás en silencio, si amarse es sentir que en cada uno fluye a cada instante la vida del otro.

uenas tardes, capitán.

—Buenas tardes, señor Onzaín.

—Buenas tardes, señor Márquez.

Eran las cuatro en punto de la tarde cuando el segundo oficial del trasatlántico Príncipe de Asturias entró de guardia en el puente de mando, relevando al tercer oficial, José Márquez. Tras los protocolarios saludos de rigor, Rufino Onzaín fue informado de la posición del buque, rumbo y condiciones meteorológicas. El cielo estaba completamente cubierto desde hacía varias horas y el lujoso vapor avanzaba semioculto entre una espesa niebla. A causa de esa cerrazón muy intensa no había sido posible tomar la posición de Cabo Frío, en la costa brasileña, el punto obligado de recalada para los vapores que viajaban desde Europa a través del Atlántico hasta los puertos de Sudamérica. Era una referencia im portante, porque, una vez situados en esas coordenadas, debían corregir el rumbo algunos grados hacia el oeste tratando de seguir una derrota paralela al perfil de la costa hasta alcanzar el faro de Punta Boí, en la isla de San Sebastián.

Desde hacía horas navegaban por estima y todo hacía pensar que estaban a unas ciento ochenta millas del faro de Punta Boí. A pesar de las dificultades que tenían para divisar la costa, todavía había suficiente visibilidad en el mar como para suponer que el rumbo era el correcto.

—Ha sido imposible ver a mi hermano desde cubierta —comentó Rufino Onzaín—. Hay demasiada cerrazón. Pero le he enviado un radiograma diciéndole que nos encontraríamos en Buenos Aires.

—¿Le ha contestado?

—Sí, me ha dicho que el capitán Enrique Aparicio y toda su tripulación nos enviaban sus saludos al paso majestuoso del hermoso trasatlántico Príncipe de Asturias.

Eulogio Onzaín, hermano mayor de Rufino, navegaba como tercer oficial en el vapor Patricio de Satrústegui, de la Compañía Trasatlántica. A las dos en punto le habían rebasado por su costado de babor cuando aquél tomaba el rumbo de aproximación hacia Río de Janeiro. No era la primera vez que coincidían en el océano, y siempre aprovechaban esas ocasiones para saludarse desde la borda.

Junto al segundo oficial, de pie, en el puente de mando, el capitán Lotina oteaba el horizonte. Era un vasco recio, sobrio en sus modales, con una mirada viva y penetrante, un hombre de gran disciplina y bregado con muchas horas de mar, que lucía un poblado mostacho que se atusaba con frecuencia, sobre todo en los momentos, como ahora, en que había que tomar decisiones complejas.

Era una lástima el retraso con el que viajaban, pensaba Lotina, porque iban a pasar cerca de la isla de San Sebastián muy de madrugada y los pasajeros no podrían disfrutar del hermoso e im ponente espectáculo de aquellos parajes. Conocía aquel lugar como la palma de su mano, pero, aun así, nunca dejaban de sorprenderle los soberbios promontorios coronados de espléndida vegetación, las impresionantes paredes rocosas contra las que las olas batían con fuerza y los espectaculares saltos de agua, tan próximos al mar, que parecía que pudieran acariciarse desde la borda del vapor. Para los pasajeros siempre era una auténtica fiesta pasar cerca de Punta Boí, sobre todo para poder saludar al torrero del faro, el primer ser humano al que veían en tierra después de tantos días de navegación en la larga travesía del Atlántico.

—Esta maldita niebla es un inconveniente con el que no contábamos.

—Sí, señor.

—Y aún parece que va a empeorar el tiempo. Se está poniendo fea la cosa por babor.

El capitán Lotina había previsto llegar al puerto de Santos a última hora de la tarde del sábado día 4 de marzo; sin embargo, el mal tiempo le estaba jugando una mala pasada y navegaban con casi doce horas de retraso, lo que le incomodaba bastante, especialmente teniendo en cuenta que él tenía fama de ser uno de los capitanes más puntuales de la línea de América del Sur.

—Llame al telegrafista —pidió a uno de los oficiales del puente apenas unos minutos después de las cuatro.

Francisco Cotanda, el joven oficial de radiotelegrafia, subió al instante y con ligereza los pocos peldaños de la escalera de acceso al puente de mando y se presentó, cuaderno en mano, al capitán.

—Envíe un radiograma urgente a Troncoso, en Santos.

Tomó el cuaderno que le tendía Cotanda y escribió en él: «ECS entrará en Santos, domingo 5 marzo, a las 9.00 a.m. Firmado: capitán Lotina».

—Mantenga el rumbo y la velocidad a dieciséis nudos —dijo a continuación con energía al segundo oficial—. Y avísenme de cualquier novedad —añadió antes de traspasar el umbral de la puerta.

Dicho esto, regresó a su camarote para prepararse para la cena. Faltaban doce horas para avistar el faro de Punta Boí. El cielo, ya en el ocaso, cada vez estaba más encapotado y anunciaba tormenta. En las cubiertas de estribor, no obstante, numerosos pasajeros trataban de adivinar en la lejana costa la presencia de Río de Janeiro, que vivía en aquellos momentos el comienzo de la esplendorosa fiesta de sábado de Carnaval.

Marina Vidal, una joven gallega de veintiséis años, estaba con un grupo de jóvenes junto a la barandilla de la cubierta de segunda clase, persiguiendo el rastro de unos fuegos de artificio que, muy al fondo, eran todo un presagio de esa explosión de alegría que empezaba a vivir aquella noche el pueblo carioca. Marina y sus amigos reían sin parar y festejaban a coro cada uno de los destellos de color que iluminaban el cielo. Su alegría era tan contagiosa que aquella noche, tras la cena, se improvisó una pequeña fiesta para celebrar el Carnaval. En el salón de primera, en el de segunda y en la cubierta de proa, donde estaban los pasajeros de tercera, hubo música y baile hasta casi la medianoche.

A esa hora unas nubes oscuras y bajas y unos frecuentes relámpagos y truenos anunciaron la tormenta inminente, por lo que casi todos se retiraron a descansar.

raíz de su encuentro casual con los papeles del naufragio, Teresa se dio cuenta de lo lejos que había estado de las cosas que importaban a su propia madre. Y recordaba las muchas ocasiones en que aquélla había intentado, una y otra vez, hacerle cómplice de la vivencia más importante de su vida, tratando de contagiar de su emoción a su propia hija.

Durante años había pasado de puntillas por la existencia de su madre, comportándose casi como una extraña, pero ella era joven, apenas una adolescente, y le parecía que el de sus padres era un mundo distante, sin interés y lleno de nostalgias.

«Batallitas —pensaba—, batallitas de gente mayor».

Teresa no pudo entender entonces que la historia de aquella niña de dos años, en mitad del océano, de regreso a España tras haber perdido a su padre en el naufragio, fue una tragedia que marcó toda la vida de su madre. Y no supo nunca estar cerca de ella para compartir la emoción del recuerdo.

Hasta ahora.

Cuando quizás ya era demasiado tarde. Para eso y para tantas otras cosas. Incluso para reconciliarse con el pasado.

Ahora, cuando querría que se llenara de vida el vacío que anidaba en la mente de Mercedes para poder formularle todas las preguntas que antes en ningún otro tiempo le había hecho llegar.

Teresa se sintió, a partir de entonces, comprometida de un modo muy especial con el pasado de su familia, y por eso se creyó en la obligación de recuperar la historia de los abuelos y de su madre, que era también, por otra parte, la historia de la tragedia del trasatlántico Príncipe de Asturias en aguas del Atlántico.

acía más de una hora que el Príncipe de Asturias estaba navegando en mitad de una tormenta imponente. El segundo oficial, Rufino Onzaín, entró de guardia acompañado por el cuarto oficial, Alfredo Dorda. Ambos habían tomado, antes de subir al puente, un café bien cargado para sobrellevar la que imaginaban iba a ser una guardia de extrema dureza durante las horas de la madrugada.

—Estamos a unas seis millas de Punta Boí —les comentó Salazar, el primer oficial.

—Menuda nochecita —apostilló Onzaín.

—A las dos de la mañana —continuó informándole el primer oficial con las cartas sobre la mesa de derrota— ha rolado el viento al sudoeste y se ha puesto achubascado; a las tres treinta se ha cerrado completamente en aguas, y después de haber puesto aten ción a la máquina, hemos gobernado al rumbo sur 75 oeste de la aguja, con once grados de corrección total al noroeste. A las tres cuarenta y cinco, y en vista de que el tiempo continuaba cerrado e iban en aumento el viento y la marejada, se ha puesto media máquina. Ahora, como te he comentado, debemos estar, según nuestros cálculos, a unas seis millas del meridiano de Punta Boí.

—Gracias, Antonio. Que descanses. Nos veremos al llegar a Santos.

—Buena guardia, Rufino. Buenos días, capitán.

Los dos oficiales salientes, Antonio Salazar y el agregado Romualdo Carmona, se despidieron, y antes de irse a descansar, comenzaron a hacer su ronda habitual por las cubiertas y corredores del barco, donde se cruzaron con los fogoneros y personal de máquinas, que en ese momento hacían el cambio de guardia, y con el personal de fonda, especialmente los panaderos y cocineros, que a esa hora iban a comenzar su jornada de trabajo. Había igualmente algunos pasajeros de tercera medio somnolientos, que agobiados por el calor, normalmente a estas horas, empezaban a aparecer por las cubiertas. Permanecían de pie, a la entrada de los corredores, resguardándose de la lluvia.

—Tengan los ojos bien abiertos —dijo el capitán, que desde hacía casi una hora estaba en el puente de mando preocupado por el retraso y la falta casi absoluta de visibilidad.

Apenas había dormido. Tras la cena, se retiró a su camarote, encendió una última pipa y paladeó el dulce sabor a tabaco mientras pensaba en la tormenta que se les venía encima. Ni se cambió de ropa, subió al puente con el mismo uniforme de la cena: chaleco blanco con botonadura dorada y chaqueta azul marino con los cuatro galones de su rango en la bocamanga.

Lotina, que se las había visto con los peores temporales, estaba inquieto. Le preocupaba la maldita cerrazón en ese lugar tan temido por los navegantes, donde las peligrosas corrientes arrastraban a los buques hacia la costa rodeada de traicioneros arrecifes. El capitán hacía esfuerzos por avistar la luz del faro de Punta Boí, y unos minutos después del relevo de la guardia, ordenó que se empezara a tocar la sirena de niebla. Era una orden antipática, que siempre trataba de retrasarse hasta el máximo durante la noche para evitar molestar a los pasajeros. A intervalos de un minuto, empezó a sonar una prolongada y ronca pitada, dando la alerta a otros buques y navegantes.

Lotina se removía inquieto junto al timonel en el puesto de mando, mirando una y mil veces la carta náutica desplegada sobre la mesa de derrota y escrutando a la vez la negra noche con ayuda de los prismáticos, tratando de descubrir algún punto de referencia, alguna sombra más allá de la oscuridad. En su largo tiempo de mando se las había visto en condiciones muy difíciles y había hecho centenares de maniobras certeras en un momento, en un segundo, debido a su preparación, a su experiencia y a su sangre fría, salvando, en varias ocasiones, la vida a los hombres que iban en su buque. Su instinto de viejo lobo le hacía presentir el peligro. Y ahora se mostraba especialmente tenso. No sabía qué, ni dónde, pero algo andaba mal. Lo intuía. Paladeaba un amargo sabor en la boca, como el de aquella noche de 1910, cuando se encontraba al mando del Pilar, un carbonero con alojamiento para algunos pasajeros, frente a las costas cántabras y en medio de un espantoso temporal como pocos se han visto en el golfo de Vizcaya. Nunca había podido borrar de su recuerdo los gritos de la tripulación anunciándole el corrimiento de la carga de carbón, lo que hizo escorar peligrosamente al buque. Se iban a pique irremediablemente. Pero Lotina, haciendo alarde de una enorme pericia y sangre fría, tragó saliva, se atusó el mostacho y consiguió varar el viejo vapor en un bajo de arena, salvando el cargamento y a todos los pasajeros y tripulantes de una tragedia casi segura. Se portó como un héroe e hizo alarde de una gran experiencia, por lo que en Pinillos le recompensaron con el mando del Catalina, en la línea de México y Nueva Orleáns.

—¡Oficial! —llamó el capitán a Onzaín—. ¡Corrija el rumbo cinco grados a babor!

—Sí, capitán. ¡Timonel, cinco grados de rumbo a babor; sur 70 al oeste!

El resplandor de los continuos relámpagos era para los tres oficiales la única oportunidad para tratar de ver a través de aquella cortina gris, plomiza, que les envolvía por completo. Buscaban el haz de luz del faro de Boí, que suponían por los cálculos debía estar a estribor y muy cerca de ellos. Era el único punto de referencia en las cartas de navegación tras la última posición obtenida con relación a Cabo Frío. Entre uno y otro lugar la distancia era de ciento ochenta millas. Según las estimaciones del tercer oficial habían pasado el punto de recalada a las cuatro de la tarde, por lo que Punta Boí tenía que estar muy cerca de ellos y a la vista.

—¡Atención a la máquina! —anunció de nuevo el capitán—. ¡Avante media! —ordenó acto seguido.

En la sala de máquinas, el corazón del buque, donde también se había producido el relevo a las cuatro de la madrugada, Rafael Escudero, tercer maquinista, recibió la orden a través del telégrafo. El joven almeriense pertenecía a una importante saga de marinos. Su padre llevaba años como práctico en el puerto de Almería y sus dos hermanos eran también maquinistas, como él. Uno de ellos, el mayor, acababa de perder la vida en un siniestro marítimo en aguas de Tortosa, por lo que Rafael en este viaje se mostraba siempre cabizbajo y preocupado.

—¡Avante media! —gritó a sus hombres en medio de aquel infierno de calor, mientras manejaba las válvulas que cortaban el suministro de vapor a las dos grandes máquinas alternativas.

La cerrazón era cada vez más densa y la preocupación de Lotina cada vez mayor. No tenían ninguna visibilidad, había fuertes chubascos, con gran aparato eléctrico y debían de estar muy cerca de tierra. Presentía la tierra. La olía muy cerca de él. Se lo decía su intuición de marino curtido en mil batallas en el mar. Fuera soplaba el viento de manera violenta, con fuertes ráfagas y la marejada levantaba grandes olas que barrían la cubierta de proa

—¡Ponga rumbo sur 65 al oeste, y mantenga la velocidad!

El capitán trataba de variar la derrota, alejándose el máximo posible de los peligrosos arrecifes que rodean a la isla de San Sebastián y, sobre todo, tratando de evitar que el buque embarrancara en los islotes Paredón y Alcatraces, distantes muy pocas millas de Punta Boí.

—No quiere dejarse ver la maldita luz de Punta Boí —dijo entonces Lotina, mirando atentamente con los gemelos por el costado de estribor.

—Es raro que no se vea la luz del faro —comentó también con gravedad el segundo oficial.

—Sí, es muy raro; hace rato que debería haberse visto a estribor.

Avanzaban completamente a ciegas, sin referencia ninguna. El capitán y los dos oficiales, asomados en el alerón de estribor, seguían buscando afanosamente la luz del faro de Punta Boí. El vendaval y el aguacero eran formidables, por lo que a menudo tenían que resguardarse en el interior del puente.

—Ponga rumbo sur 60 al oeste.

Ordenó una nueva corrección de cinco grados a babor, en una maniobra de precaución para evitar la proximidad de la costa.

—Sí, capitán.

Eran las cuatro y catorce minutos de la madrugada. A esa misma hora, en un camarote de primera clase situado a estribor, el pasajero Antonio Belaúnde no podía conciliar el sueño y se removía inquieto entre las sabanas. Tenía mucho calor, por lo que, a pesar de la tempestad, decidió abrir el ojo de buey con el fin de que entrara algo de aire fresco. En ese mismo instante, un relámpago de gran intensidad produjo una gran claridad a través de la cual pudo distinguir la costa muy cerca del buque.

—Demasiado cerca —pensó.

La visión le alarmó y ya no pudo volver a dormirse.

El capitán y Onzaín, de repente, vieron una sombra negra, muy alta, en la proa del barco.

—¡Cielo santo! ¿Qué es esto? ¿Tierra?

—¡Es tierra, capitán!

Eran los acantilados de Punta Pirabura; estaban frente al buque e iban directos contra ellos.

Lotina reaccionó de inmediato, ordenando al timonel:

—¡Atención a la máquina! ¡Atrás toda las dos!

—¡Atrás toda, capitán!

—¡Timonel, todo a babor!

—¡Todo a babor, capitán!

Y abalanzándose al telégrafo de máquinas cambió las manivelas, colocándolas en atrás toda la máquina.

Pero estas órdenes nunca llegaron a ser ejecutadas, porque, en ese instante, se produjo una tremenda embestida que hizo crujir a todo el buque como si se fuera abriendo por todas partes. Exactamente a las cuatro quince de la madrugada el Príncipe de Asturias colisionó contra el arrecife sumergido de Punta Pirabura, a poco más de milla y media de Punta Boí. Su posición era en ese instante de 23° 56" S — 45° 58" 0. Toda la superficie del fondo rozó contra la piedra y el trasatlántico se abrió en dos mitades por debajo de la línea de flotación. Segundos después comenzaron a escucharse unas tremendas explosiones y los angustiosos gritos de auxilio de los pasajeros y tripulantes.

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