Naufragio

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PRIMERA PARTE » En el Museo Marítimo de Barcelona

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En el Museo Marítimo de Barcelona

Febrero de 2005

cRESA cerró el grueso volumen de la colección encuadernada de Vida Marítima y paseó la vista por la moderna biblioteca del Museo Marítimo, donde se sentía cómoda rodeada por los viejos muros de las antiguas atarazanas medievales, con más de seis siglos de historia a sus espaldas. Un edificio único en el mundo, construido en los siglos xüi y xiv durante el reinado de Pedro III de Aragón, parte de cuyas naves podía ver a través de amplias cristaleras desde la mesa de consulta.

Se pasaba los días y las noches leyendo libros y periódicos de 1916 y reconstruyendo las circunstancias del naufragio del Príncipe de Asturias, que ahora llenaban una buena parte de su vida. Repartía su tiempo entre la hemeroteca del Archivo Histórico y el Museo Marítimo. Después, al llegar a casa, a través de internet consultaba otros archivos y, sobre todo, conversaba, valiéndose del correo electrónico, con familiares de tripulantes y pasajeros del trasatlántico, a los que había ido localizando, con no poca dificultad, a lo largo de los meses. Logró reunir una información muy amplia y rigurosa sobre el trágico suceso en el que falleció su abuelo Ramón. Poco a poco, consiguió tener una lista de pasajeros muy extensa. Y otra de tripulantes. Y una buena colección de relatos y de historias de algunos de esos viajeros. Sobre su abuelo no había encon trado todavía ninguna referencia, pero ella no desesperaba y confiaba en que algún día aparecería citado en alguna parte.

Con todo esto, Teresa llegó a olvidarse del divorcio, de la jubilación anticipada y hasta de la enfermedad de su madre. Compraba libros, buscaba en revistas de la época, vivía jornadas interminables en los archivos, y frente al ordenador, una vez en casa, repasaba todos los apuntes hasta caer rendida a altas horas de la madrugada. Los martes y los jueves, al visitar a su madre en la residencia, le contaba todos sus progresos, le leía algunos documentos y le mostraba las fotografías que había conseguido del vapor y de algunos de los pasajeros y tripulantes. Ella, sin embargo, aunque parecía prestar atención, seguía con la mente sumida en el abismo de sombras y de sinsentidos.

El Museo Marítimo se había convertido, pues, en uno de sus escenarios habituales de investigación. Un lugar en el que se encontraba cómoda. Allí contaban con una hermosa maqueta del trasatlántico Príncipe de Asturias, ante la que pasaba mucho tiempo, tratando de imaginar la vida a bordo y especialmente la del abuelo en su larga travesía por el océano. Se hizo buena amiga de una profesora universitaria, algo más joven que ella, que buscaba información sobre la historia de la navegación de cabotaje entre los pequeños puertos del litoral de Cataluña. Algunos días almorzaban juntas en el restaurante del museo, en las mesas del jardín, entre las recias paredes de las antiguas atarazanas y frente a una reproducción del Ictineo, el primer submarino de Narciso Monturiol.

—Durante muchos años el misterio del Príncipe de Asturias ha permanecido sin explicación ninguna. Como si a alguien en su tiempo le hubiera interesado que nunca se conociera la verdad de lo que ocurrió aquella madrugada en el océano Atlántico. Se ha convertido en un buque fantasma, porque nadie se acuerda de él, y su memoria ha desaparecido incluso de las efemérides de la prensa.

Teresa mostraba un gran entusiasmo al comentar con su amiga los pormenores de sus hallazgos, así como sus impresiones sobre la investigación del naufragio.

—Ahora parece que todo queda demasiado lejos como para resolver ese misterio. No obstante, yo me he propuesto saber qué fue lo que ocurrió y por qué mi abuelo nunca pudo llegar a su destino.

—Me sorprende esa repentina pasión tuya por un buque hundido en el océano. ¿Qué has visto en ese barco que te ha cambiado la vida de ese modo? Intuyo que algo más tiene que haber detrás de todo esto.

—Busco en ese naufragio el pasado de mi madre y trato a la vez de remediar mi propio naufragio.

—zTu propio naufragio?

—Sí, trato de devolverle a mi madre los silencios de mi juventud. Es un error que se repite casi siempre en la historia de todas las personas. Nos pasamos un montón de años sin prestar atención a la vida de los demás, y cuando nos gustaría volver la mirada hacia ellos, ya es demasiado tarde.

Claudia, su amiga, la escuchaba con atención a través de sus grandes gafas de concha negras y de su aire pseudointelectual. Vestía muy informal, con vaqueros, y su pelo rubio, muy corto, contrastaba con la larga melena negra de Teresa.

—Yo no escuché nunca a mi madre —siguió diciéndolecuando quiso contarme la pesadilla de aquella niña de apenas dos años a bordo de un trasatlántico, en mitad del océano, cuando vio que su madre quería tirarse al mar, una historia que la marcó toda su vida. No supe estar a la altura del momento. Y ahora, cuando casualmente se me ha revelado la emoción de aquel recuerdo, cuando me gustaría escucharla y hacerle tantas y tantas preguntas, ella ya ni me conoce y está en otra dimensión, con las páginas de su vida en blanco.

Hubo un largo silencio entre las dos mujeres. Teresa tenía la mirada perdida en el cigarrillo con el que jugaban delicadamente las yemas de los dedos de su mano derecha. Claudia sostenía con ambas manos cerca de los labios, aspirando su aroma, la taza del café.

Un grupo de turistas japoneses irrumpió, de repente, en el jardín y las devolvió a la realidad.

—También he naufragado en mi vida personal —dijo Teresa, dirigiendo su mirada a los ojos de Claudia. Llevó despacio el cigarrillo hasta sus labios, dio una suave calada y siguió diciendo—: Cuando creía que estaba a punto de culminar una vida de éxito, me di cuenta de que había conducido el barco de mi propia historia directamente hacia los arrecifes del fracaso. Y me hundí con él hasta lo más profundo del océano.

Claudia escuchaba en silencio, sin atreverse a interrumpir el relato de su amiga.

—Curiosamente, está historia del Príncipe de Asturias ha sido mi tabla de salvación. Se ha convertido en un velo tras el que se esconde mi pena, y ahora, te lo aseguro, es la única ilusión que tengo en la vida.

Recogieron sus cosas y regresaron al museo. Teresa quiso mostrar a Claudia la maqueta del Príncipe de Asturias y la llevó hasta la sala donde se exhibían en el interior de grandes vitrinas las reproducciones de algunos de los más importantes buques de la historia de la Marina mercante española. En un rincón, como resguardado de la presencia de miradas indiscretas, estaba el imponente trasatlántico de lujo.

—Aquí lo tienes. El Príncipe de Asturias, propiedad de la naviera andaluza Pinillos Izquierdo y Compañía, era el mayor buque mercante jamás abanderado en España y uno de los más grandes, modernos y lujosos de toda Europa.

—Parece mentira que esta maravilla haya desaparecido para siempre en el fondo del mar.

—Y ya no existe casi ni rastro del mismo. Ha sido dinamitado varias veces por buscadores de fortunas que trataban de encontrar sus tesoros sumergidos. Pero nadie ha dado con ellos hasta la fecha. Es uno más de los grandes misterios de este buque.

—¿Un barco fantasma? ¿Un buque misterioso? Te confieso que empiezo a sentir envidia por tu trabajo.

—Hay muchos interrogantes —prosiguió Teresa— que quedaron en el aire tras la investigación que se llevó a cabo por las autoridades judiciales españolas y brasileñas. Y por eso, con los años se han tejido muchas leyendas en torno al trasatlántico que reposa hundido a unos cuarenta y cinco metros de profundidad, frente a la costa este de Ilhabela, como se conoce actualmente a la peligrosa isla de San Sebastián, en cuyos fondos existen gran número de pecios procedentes de otros naufragios.

»El oro y los abundantes tesoros que el buque llevaba a bordo constituyen la primera gran patraña montada por varias empresas de piratas contemporáneos. Como consecuencia de esta leyenda, a lo largo de casi cien años, algunos buceadores de varios países se han dedicado a explorar los restos del vapor español, tratando de recuperar el dinero de Zapata, un supuesto cargamento de oro que transportaba el Príncipe de Asturias, con el fin de financiar la revolución mexicana de Pancho Villa y de Emiliano Zapata. Nunca se encontró, a pesar de que centenares de submarinistas y buzos de todas las nacionalidades buscaron hasta la saciedad los más recónditos lugares del pecio sumergido en el fondo del océano.

»Pero el mayor de los enigmas, no desvelado en todos estos años a pesar de la polémica y del gran interés que suscitó en su tiempo, ha sido la suerte del capitán José Lotina, máximo responsable del trasatlántico, que, entre otras cosas, se llevó a la tumba las verdaderas causas del accidente. Mucha tinta se escribió en su tiempo sobre las responsabilidades de este marino vasco en el naufragio, y fueron numerosos los investigadores que incluso imaginaron un novelesco y triste final pegándose un tiro en la sien en el interior de su camarote. Su cadáver nunca apareció en ninguna parte y, según todos los indicios, fue abducido misteriosamente por las aguas de Punta Pirabura, el escenario de la catástrofe.

—¡Es una historia apasionante!

—Algunos pasajeros, por otra parte —continuó Teresa—, hicieron correr el rumor, magnificado al llegar a los medios de comunicación de la época, de que el Príncipe de Asturias había sido torpedeado por un submarino alemán, algo que podía parecer muy verosímil teniendo en cuenta que ninguno de los países contendientes en la Primera Guerra Mundial tenía ningún reparo en atacar y hundir los buques mercantes que navegaban por el Atlántico.

»Años más tarde, el escritor inglés Noel Reginald Pixell Bonsor dio a conocer en su libro South Atlantic Seaway una versión todavía más espectacular y novelesca sobre las causas del naufragio. El citado autor suponía que a bordo del trasatlántico español viajaban varios pasajeros de nacionalidad alemana, razón por la cual el crucero británico Glasgow trató de perseguirlo e interceptarlo en el océano. Según la versión de Bonsor, en su desesperado intento de huida, el capitán Lotina no pudo evitar que el buque se estrellara contra los arrecifes de isla de San Sebastián.

—Me gustará conocer el final de tus investigaciones —le dijo Claudia a su amiga—. No podía imaginar que tuviéramos nuestro particular Titanic con historias tan interesantes y sorprendentes.

Traspasaron la puerta de la biblioteca y se sentaron en la mesa de consulta, donde cada una prosiguió con su trabajo. Teresa trataba de poner orden en algunas de las informaciones que hasta entonces habían llegado a sus manos y que estaban llenas de contradicciones y de teorías sin argumentar. Unas decían que el buque estaba lleno de ilegales y que, por lo tanto, en la catástrofe habrían fallecido más de mil personas; otras afirmaban que, según el testimonio de muchos supervivientes, no había niebla ni temporal la noche del naufragio, y que la teoría del mal tiempo había sido una patraña de los tripulantes que sobrevivieron para salvar su responsabilidad y la del capitán. Incluso había quien sostenía la teoría de que el primer oficial, Antonio Salazar, participó de un complot para hacerse con el oro del trasatlántico.

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