Naufragio

Naufragio


PRIMERA PARTE » 15 de agosto de 1914

Página 7 de 31

15 de agosto de 1914

rA el día de la Virgen de agosto, una fiesta que se celebraba tradicionalmente todos los años con gran júbilo en la ciudad de Barcelona. Pero aquel sábado, 15 de agosto de 1914, que había amanecido claro y despejado, iba a ser también, por otra circunstancia, un día muy especial. El trasatlántico español Príncipe de Asturias, atracado desde hacía una semana en el muelle de Baleares, estaba a punto de realizar su viaje inaugural de Barcelona a Buenos Aires. Era el vapor más grande, más moderno, más veloz y más lujoso de la Marina mercante española. Había sido construido en Glasgow, en los astilleros Kingston de Rusell & Co., con todos los adelantos de la ingeniería náutica de la época, con el fin de ofrecer comodidad y seguridad a los pasajeros.

Su presencia había creado una gran expectación y de él se llegaron a decir auténticas maravillas, tanto sobre su grado de confort como sobre el esplendor de sus camarotes y salones; por eso fueron muchos los barceloneses que ese sábado, movidos por la curiosidad, se desplazaron hasta el puerto para contemplar de cerca la maravilla de la que tanto se hablaba en aquellos días. Y lo cierto es que los numerosos pasajeros y sus acompañantes que durante toda la jornada iban embarcando se deshacían en elogios sobre la comodidad, el lujo y la amplitud de sus variadas dependencias.

El Príncipe de Asturias podía transportar cómodamente ciento cincuenta pasajeros de primera clase, ciento veinte de segunda, ciento veinte de segunda económica y mil quinientos de tercera. Tenía hermosísimos y lujosos salones de música y de fumar, cuyo piso estaba ricamente alfombrado con moquetas persas. Contaba igualmente con una bien surtida biblioteca decorada al estilo Luis XVI, con una buena colección de novelas especialmente encuadernadas para los viajeros del trasatlántico. Los camarotes de lujo, cuyo precio rondaba las cinco mil pesetas de la época, estaban compuestos de sala, dormitorio, cuarto de baño y tocador. También había baños, lavabos, retretes, barberías, farmacias y hospitales instalados por todo el buque, capaces de atender las necesidades de todas las clases de pasajeros.

Aquel deslumbrante trasatlántico poseía un hermoso comedor de primera clase decorado con paneles de roble japonés y marcos de nogal, en cuyo centro había una gran claraboya elíptica hecha de cristales bellamente decorados. En las cubiertas de lujo y primera clase había espaciosos paseos con grandes y artísticas cristaleras que evitaban a los pasajeros las molestias del viento o de la lluvia durante la travesía. Todos los camarotes, así como los salones y comedores e incluso los alojamientos de los emigrantes, contaban con una instalación de ventiladores eléctricos, capaces de garantizar una completa ventilación.

El Príncipe de Asturias, en teoría, según las informaciones de la casa propietaria, era insumergible y estaba dotado de los sistemas más modernos de seguridad. En el ánimo de todo el mundo estaba muy reciente el naufragio del Titanic, y tras la dramática experiencia de aquel suceso, se habían tomado toda clase de precauciones con el fin de que fuera casi imposible el hundimiento, de tal modo que la rigurosa sociedad de clasificación Lloyd's concedió a este buque su más alta valoración.

Todo fue proyectado y cuidado con mucho esmero, ya que con la puesta en servicio de este trasatlántico el armador Antonio Pinillos trataba de situarse en una posición de privilegio en la línea del Atlántico Sur con respecto a su eterno competidor, la Compañía Trasatlántica. Eran rivales, pero entre ambas empresas navieras había tremendas diferencias. Mientras la primera de ellas se identificaba por su carácter familiar, la segunda era algo así como la compañía de bandera de nuestro país, por lo que recibía constantes ayudas económicas del gobierno. Entre la una y la otra existía una gran competencia, hasta el punto de que incluso rivalizaban con los nombres de sus buques. Cuando Pinillos bautizó como Infanta Isabel a uno de sus vapores, a renglón seguido la Trasatlántica puso a uno de los suyos el nombre de Infanta Isabel de Borbón. La naviera andaluza eligió al papa Pío IX para uno de sus trasatlánticos, y la respuesta de su competidor no se hizo esperar, optando por el nombre de otro pontífice, en este caso León XIII, para uno de sus buques. Y así hasta el día en que Trasatlántica decidió bautizar con el nombre de Príncipe Alfonso a un nuevo vapor de la compañía. Pinillos reaccionó de inmediato y llamó al suyo Príncipe de Asturias, que era, en definitiva, el mismo heredero de la corona.

Ante una gran expectación, el trasatlántico zarpó de Barcelona al atardecer del sábado 15 de agosto de 1914 con destino a Valencia y Cádiz, llevando a bordo quinientos sesenta y un pasajeros. En esta última ciudad, a la que llegó el martes 18 de agosto y donde tenía su sede la casa propietaria, Pinillos, Izquierdo y Compañía, la nueva nave fue bendecida por el obispo de la diócesis, antes de iniciar su primera singladura con rumbo a Buenos Aires.

El mando del buque había sido confiado al capitán José Lotina Abrisqueta, de treinta y siete años y natural de Plentzia, considerado el más experto de la compañía en la que llevaba trabajando quince años desde que ingresó como agregado.

A partir de ese momento, la familia Pinillos consiguió hacer posible su objetivo principal, perseguido desde hacía mucho tiem po: la supremacía total en la línea de América del Sur sobre su eterno competidor, la Compañía Trasatlántica, y sobre todas las navieras europeas, incluidas las inglesas, que en aquellos años habían puesto en servicio el Mauritania, el Lusitania y el Olimpic, el primer gemelo del Titanic.

El miércoles 19 de agosto, con todos sus camarotes ocupados, el Príncipe de Asturias, la joya de la corona de Pinillos, Izquierdo y Compañía, partió de Cádiz rumbo a América del Sur.

Ir a la siguiente página

Report Page