Naufragio
PRIMERA PARTE » 16 de febrero de 1916
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16 de febrero de 1916
lAS ocho de la mañana el tren expreso de la compañía de ferrocarriles MZA procedente de Madrid apareció, de manera escandalosa, por la zanja abierta a lo largo de la calle Aragón y entró perezosamente en la estación apeadero del paseo de Gracia, en el mismo centro de Barcelona.
En uno de los cómodos departamentos de la Compañía Internacional de Coches-Camas, Ángel Ibarguren Barberá, su esposa y dos hijas, Josefina y Zulina, cerraban sus maletas y se abotonaban los abrigos, preparándose para bajar al andén. Un mozo de cuerda les esperaba al pie del compartimiento con una carretilla en la que cargó el equipaje de la familia. Una nube de humo, espesa y asfixiante, se arrastraba por entre los viajeros que iban veloces hacia las puertas de salida.
—Cubríos la boca con un pañuelo, no vaya a entraros algo de carbonilla —recomendó la señora Ibarguren a sus dos niñas—. Y sobre todo no os soltéis de la mano. Agarraos fuerte y seguidnos a nosotros.
Mientras caminaban, las dos pequeñas miraban fascinadas todo cuanto sucedía a su alrededor. Aquellos hombres que se movían junto a las vías golpeando de forma muy sonora las ruedas con un pesado martillo; el maquinista y el fogonero, asomándose por el estribo de la locomotora, con los rostros sucios y ennegrecidos; el ir y venir de las carretillas cargadas hasta los topes de baúles y de maletas; los chorros de vapor que brotaban de las válvulas de la soberbia locomotora aquel monstruo enorme, negro, fantasmagórico, que rezumaba grasa y gases por todas partes; y aquel curioso andén, a lo largo de un enorme subterráneo, sin ninguna marquesina ni cobertizo, desde el que podía verse allá en lo alto la claridad de la calle y el perfil de las casas de la calle Aragón. Asomadas a la baranda del cruce de vía Layetana se encontraban muchas personas que, desde su privilegiada atalaya, curioseaban el espectáculo en que siempre se convertía la llegada de uno de los grandes trenes expresos.
Los Ibarguren, vecinos de Rosario de Santa Fe, en Argentina, se mostraban muy contentos, demasiado contentos, a decir verdad, después de un viaje tan fatigoso. Pero sus razones tenían, y a poco que podían las pregonaban a los cuatro vientos: la fortuna les había sonreído muy pocas semanas antes, ya que Ángel había comprado en Buenos Aires a través de unos amigos españoles unos décimos de lotería de Navidad que habían resultado agraciados con el premio gordo del sorteo. Acababan de ganar nada menos que 1.200.000 pesetas, una cantidad tan grande que todavía no habían podido ni imaginarla. El 48.685 fue el número de la suerte, que inesperadamente se hizo dueño de sus vidas y que a partir de entonces cambió radicalmente su porvenir.
Nada más conocer la noticia, Ángel compró unos pasajes con el fin de viajar toda la familia a España para cobrar en Madrid esa cantidad tan desorbitada de dinero que les iba a convertir, a partir de aquel momento, en nuevos millonarios. El matrimonio no podía ocultar su satisfacción y las niñas vivían sumergidas en un auténtico cuento de hadas.
—Cuando se lo contemos a nuestros amigos, no se lo van a creer.
Habían pasado una semana escasa en la capital, el tiempo justo de cobrar el importe del décimo en el departamento de loterías de la Casa de la Moneda, visitar a algunos parientes y conocidos, comprar regalos para la familia de Argentina y, sobre todo, para soñar con su nuevo futuro, tan fecundo ahora, sobre la base de esa inmensa e insospechada fortuna.
—¿Papá, seguiremos viviendo en nuestra casa de siempre o nos cambiaremos a una nueva?
Los proyectos, como es natural, bullían en la cabeza de los esposos, que estaban ansiosos de regresar a Rosario para compartir con familiares y amigos toda su dicha.
Hacía años que Ángel Ibarguren había dejado Madrid para viajar a Argentina con el mismo sueño de todos los emigrantes: labrarse un brillante porvenir. Pero nunca podía haber imaginado que su suerte la iba a encontrar caprichosamente en un rincón de aquella ciudad de la que había escapado: en el salón de sorteos de la Casa de la Moneda, y gracias a Enrique Martínez y Antonio Asensio, los dos niños huérfanos del Colegio de San Ildefonso de Madrid, que habían cantado con su soniquete tan característico el premio gordo, en aquella mañana inolvidable del 22 de diciembre de 1915.
—¡Cuarenta y ocho mil seiscientos ochenta y cincoooo!
—¡Seis millones de pesetaaas!
¡Como para no olvidarlo jamás!
Una vez en el vestíbulo de la calle Aragón, una especie de chalé estilo suizo al que accedieron a través de una amplia escalinata, contemplaron satisfechos la ciudad de Barcelona. Empezaba a calentar el sol y en el paseo de Gracia ya había algunas doncellas paseando a los bebés en enormes y engalanados carritos.
—Mirad, ésta es la Casa Batlló —anunció con satisfacción el cabeza de familia, señalando al otro lado de la calle—. Ha sido construida por Antonio Gaudí, el mismo arquitecto que hizo el parque Güell y que ahora está construyendo la Sagrada Familia.
La verdad es que nunca habían visto un edificio con un diseño tan modernista. Como ellos, otros viajeros recién llegados admiraban aquella obra singular y extravagante. A su lado, la Casa Ametller, obra de Puig i Cadafalch, era también otro prodigio de la moderna arquitectura.
El paseo de Gracia, que estaba lleno de nuevos edificios y de palacetes con hermosos jardines, era el lugar de cita de la Barcelona distinguida, donde nadie hubiera osado nunca pasear ni entrar en alguna de sus fastuosas tiendas sin ir vestido de manera elegante. Algunas de las casas les recordaron a Buenos Aires, y llegaron a la conclusión de que ambas ciudades tenían un estilo muy parecido.
Un prolongado pitido, muy estridente, sobresaltó de pronto a los Ibarguren cuando trataban de cruzar el paseo, sorteando los ruidosos y peligrosos tranvías que circulaban por la calzada lateral. Una enorme columna de humo, que surgió del fondo de la calle Aragón elevándose por encima de los edificios, y el resoplido característico de la locomotora les indicó que se trataba del tren expreso de Madrid que iniciaba de nuevo su andadura camino de la estación de Francia, su destino final en Barcelona. Antes de verse envueltos por aquella espesa niebla, montaron en un coche de caballos y pidieron al cochero que les condujera a un buen hotel, que no estuviera muy lejos del puerto.
—La Fonda de España seguro que será del agrado de ustedes; está cerca de las Ramblas, y es un lugar muy elegante en el que paran muchas familias distinguidas.
—Perfecto, llévenos a la Fonda de España —ordenó Ángel Ibarguren.
Josefina y Zulina nunca habían salido de Rosario y para ellas aquel viaje era algo parecido a un sueño. Madrid y Barcelona eran lugares que allá en la Argentina imaginaban muy lejanos; y España era la tierra de sus padres y de sus abuelos. Les chocaba, sobre todo, la forma de hablar de la gente, con otra música, con un son¡quete distinto. Y les sorprendía eso del calendario al revés del suyo: cuando en Argentina era invierno, aquí era verano; la primavera que allá comenzaba el 21 de septiembre, en España llegaba el 21 de abril; y las Navidades, que ellos celebraban con mucho calor en pleno verano, aquí coincidían con el tiempo de las nevadas y del frío, del más riguroso invierno.
Bajaron por el paseo de Gracia, cruzaron la plaza de Cataluña y se adentraron en las Ramblas, que a esa hora ya empezaban a estar muy concurridas, para detenerse, por fin, en el número 9 de la calle de San Pablo, frente a la puerta de la Fonda de España.
Al mismo tiempo, muy cerca de allí, en el restaurante del Hotel Oriente, Francisco Chiquirrín Eguinoa y su esposa, Ana Alsina, tomaban el desayuno. En una mesa contigua, su sobrino, Juan Miguel Alsina, de diez años, y Aurelia Minondo, la señorita de compañía, daban cuenta de unos espléndidos tazones de chocolate, en el que bañaban unos sabrosos panecillos y unas crujientes ensaimadas. Los cuatro llevaban casi un mes en Barcelona, donde habían hecho una larga escala antes de embarcar hacia Argentina.
A Francisco Chiquirrín y su esposa les perseguía la desgracia desde hacía algún tiempo. Durante su último viaje a Argentina había muerto de manera repentina una sobrina de Ana Alsina, hermana de Juan Miguel. Fue tanta la desdicha que apenas unas horas después, al día siguiente, tras la ceremonia fúnebre del entierro, falleció también —dijeron que de una pena infinita— de un síncope en el corazón, la madre de la pequeña y cuñada de Ana Alsina. De la emoción, ante la terrible tragedia familiar, enfermaron ambos esposos Chiquirrín y vivieron unas semanas muy tristes y difíciles. Decidieron regresar a España, llevándose a su pequeño sobrino, para que se repusiera y olvidara aquel trance tan doloroso de la muerte repentina de su madre y de su hermana. Ahora, transcurrido un tiempo, viajaban de nuevo a Buenos Aires con el deseo de que Juan Miguel pudiera pasar una temporada con su padre en Argentina.
Francisco Chiquirrín era natural de Garayoa, un pequeño pueblo de Navarra, y su esposa Ana Alsina, aunque hija de padres españoles, había nacido en Buenos Aires. Todos los años viajaban a Argentina donde tenían grandes intereses económicos.
Las ensaimadas y los panecillos de Viena estaban crujientes, calentitos y recién hechos en el obrador de la cercana confitería Esteve Riera, una de las más acreditadas de Barcelona. Sabían auténticamente a gloria.
—Estos panecillos están elaborados con harina traída expresamente de Budapest —les había dicho el camarero el día de su primer desayuno en el hotel, mientras les llenaba los tazones de humeante chocolate.
Aquella mañana del miércoles 16 de febrero, el pequeño Juan Miguel pensaba en cómo iba a echar de menos los sabrosos pasteles y los dulces de los desayunos y meriendas en Barcelona.
—Esta tarde te llevaré, si a tus tíos les parece bien, a hacer una despedida por todo lo alto de la calle Petritxol, donde estos días hemos tomado nuestras mejores meriendas.
La propuesta de Aurelia surtió efecto y a Juan Miguel, una vez más, se le pusieron los ojos como platos y empezó a relamerse los labios, imaginando el festín de aquella tarde en las exquisitas chocolaterías de la famosa calle barcelonesa.
—Me gusta verte contenta, Aurelia; ya verás cómo no te arrepientes de haber venido con nosotros.
Ana Alsina, la señora Chiquirrín, aprovechaba cualquier oportunidad para seguir convenciendo a la muchacha de la idoneidad de aquel viaje, porque aunque Aurelia llevaba algunos años a su servicio y ya era considerada como una más de la familia, esta vez había mostrado una gran resistencia a acompañarles a Argentina, ya que había tomado la decisión de ingresar en un convento y no quería demorar por más tiempo su entrada en el mismo.
—La vocación me llama. Siento muy fuerte la llamada del Señor.
A pesar de todo, el matrimonio insistió de tal modo, incluso hablando varias veces con sus padres, pidiéndoles que viajaran a Pamplona para convencerla, que al fin no le quedó más remedio que aceptar.
La verdad es que el viaje había comenzado con muy buen pie. Habían llegado a finales de enero a Barcelona, y mientras Francisco Chiquirrín atendía algunos asuntos de sus negocios y Ana Alsina se reunía con amigas para tomar el té o ir de compras, Aurelia y Juan Miguel se dedicaron a recorrer la ciudad y a gozar de la mayor parte de su tiempo.
Aunque Luis Descotte Jourdan, en sus viajes a Barcelona, era cliente habitual del Gran Hotel de Londres e Inglaterra, un magnífico edificio situado junto al del Banco Hispano Americano, en la esquina de la calle Fontanella y la avenida Puerta del Ángel, en esta ocasión quiso probar las comodidades del nuevo Hotel Colón, recién construido al otro lado de la plaza de Cataluña, junto al paseo de Gracia, y del que le habían comentado que era actualmente uno de los más lujosos de Europa. Su aspecto era espléndido y a Luis Descotte, afamado decorador profesional, acostumbrado a los mejores hoteles de Europa y de América, le causó una magnífica impresión. Una fachada soberbia en un edificio de tres plantas, cuyo vértice estaba rematado por un magnífico torreón. En la planta baja, tras grandes ventanales acristalados, estaban los restaurantes y el snack bar, muy de moda entre la Barcelona de postín. El interior era deslumbrante, decorado con varias columnas escultóricas sosteniendo suntuosos candelabros. Para acceder a las habitaciones ha bía, al fondo del vestíbulo principal, un gran ascensor en el centro de una lujosa escalinata alfombrada y con pasamanos de rica orfebrería.
Había llegado unos pocos días antes en un largo viaje en tren procedente de Zúrich del que ya se encontraba totalmente descansado. La verdad es que podía haber embarcado en el puerto de Marsella, pero le compensaba invertir unas horas más en el WagonsLits para poder disfrutar de unos días en Barcelona, una ciudad en la que siempre encontraba motivos de admiración, tanto personal como profesional.
Era un caballero de mediana edad, que lucía una muy cuidada barba, ligeramente canosa, y cuyo porte era sumamente exquisito y distinguido. Era francés, aunque vivía en Buenos Aires, adonde sus padres habían emigrado a finales del siglo xix. Tenía, por lo tanto, una curiosa mezcla de glamour y de arrogancia que le convertían en un caballero admirado por las mujeres. Además, disponía de dinero en abundancia, ya que Luis Descotte Jourdan había heredado la Compañía Nacional de Muebles de su padre, Marius Descotte, cuyo salón de ventas estaba ubicado en la confluencia de la flamante avenida de Mayo con la calle Rivadavia, y se había convertido en un decorador de éxito en Argentina. Ocho años antes, los Descotte habían tocado el cielo al vincularse profesionalmente con los más prestigiosos arquitectos de Buenos Aires. De esta manera, la firma había conseguido convertirse en el proveedor exclusivo del atrezo para las representaciones del Teatro Odeón y, sobre todo, recibió el encargo de decorar el nuevo Teatro Colón, con varias piezas de valor traídas de París y de Bruselas.
Luis Descotte demostró, desde muy joven, poseer unas grandes dotes de seducción, tanto para los negocios como para conquistar el corazón de la alemana Victoria Gabel, la joven y atractiva secretaria de su padre, con la que mantuvo una relación, tan secreta al principio, como escandalosa unos años después.
Aquella mañana fría de invierno, antes de salir a la calle, se acercó a la conserjería del hotel y encargó una buena entrada para la función del Teatro del Liceo, donde el celebre barítono Titta Ruffo y la insigne soprano Graziella Pareto iban a interpretar una muy esperada versión de Rigoletto. Sin lugar a dudas, prometía ser una gran noche en el coso operístico barcelonés. Conseguir la localidad no fue nada fácil, pero una buena propina al conserje surtió rápidamente el efecto deseado.
Tomó un taxi en la puerta del hotel e indicó al conductor una dirección en el centro de Barcelona: el número 41 de la calle Platería. Era el domicilio de la Gran Sastrería de Juan Yglesias, que se encargaba de vestir a la mejor gente de la ciudad. A Luis le habían recomendado este sastre que, sobre todo en esa época de la crisis que vivía París a raíz de la Gran Guerra, se había convertido en uno de los más afamados modistos de toda Europa. Le había encargado un elegante frac para la función del Liceo, un esmoquin y un par de trajes para el viaje a Buenos Aires.
Ángel Ibarguren, su esposa y las dos niñas se instalaron en la Fonda de España, dejaron sus maletas, se asearon, alquilaron un coche de caballos y se fueron al parque de la Ciudadela, ya que Ángel quería conocer con su familia el lugar que había albergado la Exposición Universal de 1888, de la que tanto le hablaron sus padres, que viajaron expresamente desde Bilbao para visitarla. Por otro lado, era un lugar con muchos divertimentos para Josefina y Zulina, por lo que prometía ser un día feliz y completo.
Se apearon junto al Arco del Triunfo, que en su día sirvió de puerta de acceso a la Exposición Universal, y desde allí, por el amplio Salón de San Juan, caminaron hasta la entrada del parque, en el paseo de Pujadas, pero antes se detuvieron delante del edificio del Palacio de justicia.
—Fijaos bien —dijo Ángel Ibarguren a su familia—, mi padre me contó que en este lugar había un enorme globo cautivo en el que viajaban los pasajeros hasta casi trescientos metros de altura, y que tanto él como mi madre tuvieron la suerte inmensa de subirse y de ver el espectáculo de toda la ciudad desde allá arriba. Tuvo que ser una experiencia magnífica, ¿no os parece?
Las dos niñas escuchaban a su padre mientras miraban, asombradas, hacia lo alto, tratando de imaginarse a sus abuelos montados en un globo.
—¿Y no tenían miedo?
—No lo sé, creo que sí, pero vuestro abuelo me contó —siguió diciendo el orgulloso padre— que nadie hubiera podido figurarse nunca la sensación tan formidable que sintieron en aquellas alturas.
El famoso globo cautivo, bautizado como España, al que se refería Ángel Ibarguren y que constituyó una de las atracciones de mayor resonancia de la exposición, funcionó tan sólo durante diez días, hasta que fue destruido por un rayo en mitad de una gran tormenta.
A pesar de que era miércoles, y por lo tanto día laborable, había mucha gente paseando por el parque de la Ciudadela. Especialmente en torno a la monumental cascada, cuyos juegos de agua resultaban sorprendentes. Decidieron montarse en una de las barquillas que realizaban la travesía del lago, desde donde pudieron ver cómo el agua brotaba del fabuloso Carro de la Aurora, tirado por cuatro caballos de bronce dorado. Viajaban en una especie de góndola, que navegaba muy tranquilamente por aguas repletas de pececillos de colores y de hermosos cisnes de blanco plumaje.
—¡Mire, papá, una montaña rusa!
Josefina y Zulina iban de sorpresa en sorpresa y contemplaban maravilladas aquel mundo increíble, que parecía sacado de un libro de cuentos de Las mil y una noches.
En el paseo de los Olmos estaba Saturno Park, el parque de atracciones más fabuloso que habían visto nunca, y frente a ellos se levantaba la complicada estructura metálica de Urales, una montaña rusa que hacía furor en Barcelona y cuyo tramo más temido era el descenso vertiginoso a través de un túnel al que se accedía por la boca de un inmenso dragón. Había también una pista de patinaje, un laberinto y una casa encantada. Junto a ella, en las mesas de un quiosco al aire libre, los Ibarguren decidieron sentarse a comer, mientras veían sobre sus cabezas cómo pasaban, una y otra vez, a toda velocidad, las ruidosas vagonetas de la montaña rusa.
Francisco Chiquirrín recibió la visita en la recepción del Hotel Oriente de su buen amigo el gobernador civil de Navarra, marqués de Palmerola. Cuando ambos supieron que iban a coincidir en Barcelona, acordaron un encuentro con el fin de almorzar juntos, lejos de los rigores protocolarios de Pamplona. Decidieron comer en El Suizo, en la cercana plaza Real, cuya fama gastronómica era conocida en toda Europa. Desde el mismo hotel se encargaron de reservarles una mesa en uno de los saloncitos del entresuelo, donde acostumbraban a reunirse los más ilustres personajes de la ciudad condal. Pidieron una docena de ostras y caviar ruso como entrantes; y de primer plato, un arroz a la Parellada, la gran creación de la casa, similar al valenciano, con sus mismos ingredientes pero sin huesos, ni cáscaras, ni espinas. Como segundo plato tomaron una buena ración de cordero lechal, que constituía una de las exquisiteces del afamado restaurante.
Hablaron de muchas cosas, y Francisco, que era un hombre de carácter muy entrañable, le contó a su buen amigo el gobernador la razón de ese viaje que estaban a punto de iniciar a Argentina.
—El cuñado de Ana está en Buenos Aires muy solo desde la muerte de su esposa y de su hija. Y tanto Juan Miguel como Ana desean reunirse con él. Será un encuentro muy emotivo, desde luego. Por otra parte, también tengo muchas ganas de reencontrarme con aquel país al que tanto debo, como tú bien sabes.
—¿Y este vapor en el que viajáis, el Príncipe de Asturias? Dicen que es una maravilla.
—Algo espectacular. Una auténtica ciudad flotante. Lujoso, confortable, rápido y seguro.
—Mi buen amigo el marques de Comillas reconoce abiertamente que en esta ocasión Pinillos le ha ganado la partida a la Trasatlántica.
—E imagino que, en privado, no hará más que lamentarse de ese auténtico revolcón.
—Gracias al cual España, por fin, ha conseguido la supremacía en la línea de América del Sur sobre el resto de las navieras europeas, lo que debe llenarnos a todos de satisfacción.
—Viajar por mar, amigo mío, se ha convertido en un auténtico placer.
El marques de Palmerola, al final de la comida, cuando ya ambos fumaban un par de espléndidos puros habanos y saboreaban una buena copa de exquisito coñac, quiso dar una buena noticia a su amigo.
—A tu regreso de Argentina vas a recibir la Encomienda de Alfonso XII como recompensa por tu generosidad al crear y dotar económicamente la escuela de niñas de Garayoa.
Francisco Chiquirrín, a pesar de estar acostumbrado a recibir honores de todo tipo, encajó la buena nueva con sorpresa y cierta turbación, ya que se trataba de una altísima distinción, inesperada, que le otorgaban, tanto el gobierno de la nación como su majestad el rey.
—No me des las gracias a mí —puntualizó el gobernador—; debes dárselas a tus buenos amigos de Navarra, que han solicitado y gestionado esta condecoración. Lógicamente, como es natural, me he sumado desde el primer momento de muy buen grado a esta instancia.
Garayoa era el pintoresco pueblo en que Francisco había nacido y donde pasaba largas temporadas todos los años. Ubicado en pleno valle de Aezcoa y rodeado de montañas, era un lugar muy hermoso. A Francisco Chiquirrín, hombre de gran fortuna, le reconocía todo el pueblo su probada generosidad. Muy preocupado por la formación de los más pequeños, contribuyó a la puesta en marcha de una escuela para niñas y se hizo cargo, en muchos casos de forma desinteresada, de la educación en Pamplona de varios hijos de familias necesitadas.
—¿Cuándo pensáis regresar? —preguntó el gobernador.
—Si no hay ningún contratiempo, a finales de agosto, y también en el Príncipe de Asturias.
—Pues en septiembre, a tu regreso, si te parece, seré yo quien te invite a comer en Pamplona.
—Con mucho gusto, querido amigo.
La familia Ibarguren decidió prolongar durante la tarde su estancia en el parque de la Ciudadela para visitar el pequeño zoológico en el que se exhibían algunos curiosos animales. A las niñas les llamó poderosamente la atención la elefanta Julia, un soberbio ejemplar, obsequio del súbdito marroquí Mulei Hafid a la ciudad de Barcelona. Ni Josefina ni Zulina habían visto nunca tan de cerca un bicho de estas proporciones, al que tuvieron oportunidad de ofrecer con la mano unos cacahuetes que iba atrapando con su poderosa trompa para llevárselos ceremoniosamente al interior de la boca.
Casi al atardecer salieron de nuevo a la calle y se montaron en el tranvía de circunvalación, el popular 29, que daba una vuelta entera a toda la ciudad. Después, cansados, regresaron al hotel don de cenaron en un acogedor comedor, cuyas paredes estaban decoradas con pinturas de Ramón Casas.
El tiempo había pasado muy deprisa para Miguel Balmas Jordana, el joven que ahora caminaba con decisión por la Gran Vía, y mucho más para su anciano padre que veía con pesar cómo se consumían los últimos instantes para poder disfrutar de la presencia de su hijo. Se dirigía al Rhin, un restaurante de moda en la confluencia con Rambla de Cataluña, donde le esperaban los compañeros de redacción del diario barcelonés El Poble Catalá y un montón de viejos amigos, que iban a darle una cena de despedida antes de su regreso a la Argentina.
Balmas Jordana era el corresponsal en las repúblicas del Plata de ese popular periódico barcelonés, que se definía en su cabecera como Federal, Nacionalista y Republicano.
Tenía treinta y cuatro años y estaba considerado una promesa del periodismo y la literatura. Era, asimismo, un catalanista militante que desde muy joven se había significado como tal. Fundador y miembro de varias entidades nacionalistas, en un momento difícil para las reivindicaciones formó parte del famoso grupo de treinta jóvenes que fueron enviados a prisión por haber depositado una corona de flores en la estatua de Rafael Casanovas. En 1910, un tanto hastiado, marchó a Buenos Aires a bordo del Princesa Mafalda huyendo de una atmósfera política que él consideraba hostil y adversa. En Argentina, adonde llegó sin conocer a nadie, trabajó primero como dependiente en un comercio, y cuatro años más tarde, vio colmada su mayor ilusión al ver publicada una primera crónica como periodista en El Poble Catalá. La amenidad de su estilo y sus conocimientos del mundo económico y político de América hicieron posible que Pere Corominas, el director del periódico, le nombrara poco tiempo después corresponsal en Argentina.
Miguel Balmas, que además de su trabajo como periodista siempre conservó su puesto de dependiente en un importante centro comercial de Buenos Aires, ahorró algo de dinero y regresó a Cataluña en diciembre de 1915, tras cinco años de exilio voluntario, con un permiso de tres meses para pasar las fiestas de Navidad con la familia y los amigos.
—Al llegar al puerto, al pie del muelle, lo primero que vi ese día fue la cabeza blanca de un hombre que tenía la vista fija en la borda del vapor. Era mi padre. Hacía cinco años que me había despedido en el mismo lugar con gran pesar y lágrimas en los ojos.
—Es demasiado tiempo para estar lejos —le comentó uno de sus amigos—. ¿No has pensado en regresar de una forma definitiva?
—¿Regresar? ¿Adónde? También es mi mundo aquella otra orilla. No soy un extraño en aquel país, que siento igualmente como mío. Todavía no, algún día. —Luego, tras una pequeña pausa, continuó diciendo—: Echo todo esto mucho de menos, pero sé que me costará volver cuando decida hacerlo.
Fue una cena de despedida entrañable y cargada de añoranzas, que tuvo como protagonista la memoria de otros tiempos.
—¿Recuerdas nuestros largos paseos hasta el amanecer? —le dijo Daniel Roig i Pruna, uno de sus viejos amigos.
—Por las Ramblas, helados de frío, desgranando proyectos y levantando castillos de ilusiones.
—Hasta que las primeras luces del alba nos dejaban aturdidos.
En aquel momento, todos levantaron sus copas. Y tomó la palabra Avelí Artís.
—Miguel, queremos testimoniarte nuestro afecto más sincero —dijo, puesto en pie e iniciando el brindis.
—Salud compañeros —contestó emocionado—, y gracias por estar aquí, unidos por la amistad y los mismos ideales de siempre. Luis Descotte Jourdan se apeó despacio del automóvil que le condujo hasta la lujosa entrada del Gran Teatro del Liceo, y con un gesto lento y muy solemne sacó un cigarrillo de su pitillera, lo encendió con gran parsimonia y expulsó una fina bocanada de humo, mientras observaba con cierta altivez a las damas y caballeros que iban congregándose en el vestíbulo del teatro. De inmediato, todas las miradas, especialmente las femeninas, se concentraron en aquel caballero desconocido, un forastero cuyo porte distinguido llamaba poderosamente la atención. Muchas damas se fijaron en las dos sortijas que lucía en su mano derecha con la que sujetaba el cigarrillo, una de oro, con un soberbio brillante, y la otra, una alianza del mismo metal.
Un enorme cartel en la fachada del Liceo anunciaba la función de Rigoletto, interpretada por Titta Ruffo y la insigne soprano Graziella Pareto.
Poco antes de comenzar la representación, el teatro estaba a rebosar, lleno en su totalidad, y cada uno de los palcos constituía un mundo de inusitada belleza, lujo y elegancia. De todas las gargantas, sin excepción, pendían joyas y collares riquísimos. Por eso, al día siguiente, la mayoría de periódicos lamentarían, una vez más, «esa nueva moda que se ha impuesto recientemente en el Liceo de dejar el teatro a oscuras durante la representación, lo que constituye una falta de respeto muy especialmente para con las señoras que no pueden lucir, como sería de desear, sus vestidos y sus joyas».
Durante toda la obra, Titta Ruffo y Graziella Pareto tuvieron al público pendiente de sus mágicas voces y de su exquisito arte, y al final de la representación tuvo que repetirse el «Vendetta», y la cortina se descorrió innumerables veces en homenaje al insigne barítono y a la admirable soprano.
Luis Descotte, antes de regresar al hotel, tomó un agradable resopón, como la mayoría de espectadores, en la Charcutería Castellana, en las mismas Ramblas, cerca del teatro.