Naufragio
PRIMERA PARTE » El relato de Buenaventura Rosés
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El relato de Buenaventura Rosés
o le resultaba nada sencillo.
Era como construir un complicado rompecabezas a base de centenares de recortes de periódicos. Pero Teresa estaba convencida de que si llegaba a encajar todos los testimonios de los supervivientes del naufragio, llegaría a averiguar lo que pudo ocurrir aquella trágica madrugada del mes de marzo a bordo del Príncipe de Asturias.
Estaba en el pequeño salón de su casa, sentada en su mesa de trabajo frente al ordenador y acababa de regresar, una vez más, de un largo viaje por el pasado. Llevaba todo el día leyendo ejemplares de varios periódicos de 1916 a través de internet, y contrastándolos con los que había fotocopiado en la hemeroteca del Archivo Histórico. Se encontraba agotada. Pero consideraba que había valido la pena. Contaba ahora con algunos relatos que sobrecogían el alma. Eran testimonios de primera mano escritos por tripulantes o pasajeros que lograron sobrevivir al hundimiento tras pasar interminables horas en el mar a merced de las olas y de los tiburones. Historias impregnadas de terror, de angustia y de incertidumbre.
El relato de Buenaventura Rosés, uno de los cantineros de segunda clase, fue publicado en La Vanguardia el sábado 15 de abril de 1916. Su historia impactó vivamente a Teresa y, sobre todo, la consideró un documento impresionante que daba cuenta de la actitud heroica de muchos de los tripulantes que arriesgaron su vida para poner a salvo al mayor número posible de pasajeros y compañeros suyos de trabajo.
DEL VAPOR
PRÍNCIPE DE ASTURIAS
Serían las cuatro y algunos minutos de la madrugada del 5 de marzo cuando me encontraba profundamente dormido y me despertó una fuerte trepidación debida al choque del barco contra las rocas. Me levanté sobresaltado, y asomándome a un ventanillo de la parte de estribor pude distinguir, a la luz de un relámpago, tierra como a una media milla de distancia. Salí azorado, sin saber lo que pasaba; bajé inmediatamente al departamento donde dormía el pasaje, imaginándome que algo grave sucedía, pues el barco se había detenido, inclinándose cada vez más por la parte de estribor. Entonces pude observar que el agua entraba a torbellinos en la bodega, que ya estaba casi inundada. Rápidamente me dirigí a cubierta, entrando en la cámara de primera clase con la intención de prestar mi ayuda para el lanzamiento de botes. Pero una vez allí, se apagaron todas las luces. A tientas, totalmente a oscuras, tratando de encontrar la salida y con grandes dificultades debido a la aglomeración de pasajeros que se precipitaban escaleras arriba, conseguí con grandes esfuerzos llegar a la toldilla, donde estaban situados los botes de salvamento. Ayudé a izar el número 1, obedeciendo a las voces de mando del capitán, que dirigía la maniobra, pero no conseguimos lanzarlo al mar, porque el buque se hundió rápidamente por la proa y fuimos arrastrados por el golpe de una ola. Yo quedé debajo del toldo de la cubierta de toldillas, atrapado y sin poder salir. Sólo a costa de grandes esfuerzos y con la ayuda de mi cuchillo, pude deshacerme de aquellas ataduras y salir a flote, y al fin logré verme en la superficie del agua y respiré. Aquel toldo pudo haber sido mi sepulcro. Obré por instinto, el instinto me salvó, sin duda.
Una vez en la superficie, nadé hasta que conseguí atrapar algo que flotaba y que me sirvió de balsa. En esta situación y no habiendo cesado de llover ni calmado el temporal, sino todo lo contrario, llegaron hasta la balsa dos pasajeros y un camarero. Como pude les ayudé a subir, y vi entonces que se dirigía también hacia nosotros, nadando con mucha ligereza, mi compañero el timonel Antonio Linares.Amanecía ya cuando llegó a mis oídos la voz de mi compañero Salagaray, el practicante, implorando socorro. Como la cerrazón de los fuertes chubascos no dejaba distinguir con claridad los objetos que se hallaban a ninguna distancia, procuré mirar con atención hacia el sitio de donde venía la voz, y al fin distinguí, como a unos veinte metros, un bote en el cual se encontraban cuatro personas. Salagaray hacía esfuerzos para que yo le viera y les ayudase a salvar el bote que estaba a punto de estrellarse contra las rocas. Le pedí a Antonio, el timonel, que se quedara en la balsa al cuidado de los náufragos y me tiré al mar, consiguiendo llegar hasta ellos después de muchos esfuerzos.
Una vez en el bote, pude reconocer a varios de mis compañeros y a algunos pasajeros. En aquel momento, gritando desesperados, se acercaron Jaime Noceda, el cantinero, un mozo y dos fogoneros, a quienes ayudamos a subir. Nos pusimos a remar con fuerza para apartarnos de las rocas y pudimos recoger a más de veinte náufragos que pedían auxilio desesperadamente. Como el bote ya estaba lleno, determiné ir a tierra, para poder desembarcar a todos los náufragos y poder salir nuevamente a la mar para recoger más. Con grandes dificultades, conseguimos recalar en una ensenada que existe en el lugar llamado Valle Sereno.Desembarqué a los náufragos, cambiamos algunos de los remeros, que ya se hallaban muy fatigados, y formamos una nueva tripulación.Al rebasar la Punta Pedras Duras, encontramos a un religioso, siete pasajeros de tercera, cinco de segunda, dos de primera, al carnicero Nicasio, al electricista Gregio Siles, al engrasador Eugenio, al ayudante de sobrecargo, al médico don Francisco Zapata, al segundo oficial Rufino Onzaín, a cinco fogoneros, a José Vives, bodeguero, dos camareros y un marmitón. En vista de que el segundo oficial que acabábamos de recoger estaba en muy mal estado, dirigimos el bote nuevamente al lugar donde antes habíamos desembarcado los demás náufragos.Por tercera vez salimos con el bote, llevando a bordo al segundo oficial, el cual quiso salir a pesar de su mal estado; se sentó a popa a mi lado, junto al timón, que yo gobernaba. Recogimos al contramaestre Manuel Viloso, al sereno Vicente y al segundo contramaestre Domingo Crespo. Más tarde pudimos distinguir una columna de humo en el horizonte y comprendimos que era un vapor. Nos dirigimos todo lo rápidamente que nuestras fuerzas permitían en demanda de auxilio, pero sufrimos una decepción al comprobar que seguía su rumbo, seguramente porque no nos había visto. Muy abatidos, seguimos recogiendo a cuantos náufragos encontramos en nuestro camino, y cuando ya no vimos a nadie determinamos dirigirnos a tierra. Todavía al regreso encontramos al primer telegrafista señor Cotanda.
Como yo estaba en el bote desde las seis de la mañana luchando horriblemente con los elementos y entre restos del buque oyendo clamores, llantos y voces de socorro, acabé desmayándome, ya sin fuerzas y agotadas mis energías. A ruego de todos tuve que abandonar el rescate, quedándome en tierra, medio muerto. A todo esto debían ser las tres de la tarde por la situación del sol. Ya no puedo dar más detalles, sino que el bote salió por cuarta vez en busca de más náufragos, y que más tarde pasó el vapor francés Vega, que nos condujo a Santos.Mi mayor satisfacción es hacer constar mi mucha gratitud a los compañeros que me ayudaron en la dura tarea de salvar náufragos y a todos los amigos y pasajeros por nosotros recogidos, que con cartas y radiogramas me han enviado sus saludos desde la República Argentina. ¡Ciento veinticinco náufragos lograron salvar estos tripulantes, con un solo bote y en medio del temporal!
Buenaventura Rosés, Manuel Salagaray, Rufino Onzaín, Francisco Zapata, Jaime Noceda, Francisco Cotanda..., todos ellos eran nombres que se habían convertido ya en familiares para Teresa y que formaban parte de su propia vida.
Había logrado sacar a la luz un acto heroico, que permanecía totalmente olvidado en las hemerotecas, en los archivos y en la memoria de todo un país. Poco o nada sabrían ahora los descendientes de estas personas del valor que demostraron sus abuelos en medio del océano aquella madrugada de 1916.
Apagó el ordenador y guardó sus recortes con rabia. Le parecía injusto que del Príncipe de Asturias tan sólo hubiera quedado el recuerdo de sus tesoros escondidos, el dolor de sus muertos y las leyendas que se forjaron sobre su destino final.
¿Dónde estaba la memoria de aquellos que arriesgaron su vida para devolvérsela a los demás?