Naufragio
PRIMERA PARTE » 17 de febrero de 1916
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17 de febrero de 1916
aIME NOCEDA se revolvió entre las sábanas buscando el cuerpo cercano de Mariona, su mujer, y la abrazó con ganas. A través de la persiana de la pequeña ventana de la habitación se colaba un tímido rayo de luna. En aquel instante sonaron cuatro campanadas en el reloj de la iglesia de San Miguel, la parroquia del barrio de la Barceloneta. Jaime estampó un beso en la mejilla de su mujer, y ella entornó los ojos, que desde hacía mucho tiempo, sin que él lo hubiera apercibido, tenía abiertos. Era la hora de levantarse y los dos sabían que aquél era un momento difícil, al que no llegaban nunca a acostumbrarse.
Sin apenas hacer ruido para no despertar a las niñas, que dormían en la habitación de al lado, Jaime se vistió despacio, encendió la lámpara de la cocina, una triste bombilla que colgaba del techo, se sentó a la mesa y esperó a que Mariona le calentara un poco de leche, que le sirvió en un tazón. Echó unos trozos de pan y, mientras comía, ella, por decir algo, le puso al corriente de toda la ropa que había colocado el día anterior en su petate de viaje.
—Ponte la gorra cuando salgas a cubierta por las noches, no vayas a coger frío. Y no se te olvide llevarte la medalla de la Virgen, que ya sabes que te ha protegido siempre. Y sobre todo, ten cuidado con los calores de América, no vayas a pillar alguna enfermedad.
Trataba de hablar sin parar para disimular la enorme desazón que sentía. Una pena inmensa que le oprimía el pecho y no la dejaba respirar.
Se habían conocido en la Barceloneta cuando eran todavía unos niños; jugaban a las pandillas, y aquél era un barrio exclusivamente de marineros y pescadores. El padre de Jaime navegaba en un velero de cabotaje que transportaba mercancías y pasajeros desde Barcelona a los cercanos puertos de Sitges y Vilanova i la Geltrú.
—Más allá de Vilanova hay un mar inmenso que llega hasta América —le decía Jaime a Mariona cuando por la tarde contemplaban la salida de los barcos de pesca, en el muelle del Fanal.
Algunas veces caminaban por el muelle de Levante y el paseo de la Escollera hasta el lejano faro del rompeolas para ver entrar y salir los grandes buques que venían desde muy lejos a fondear en las aguas tranquilas del puerto. A Jaime le gustaba en aquel momento oír la voz de su padre que le saludaba desde el timón del Stella Maris al llegar a casa después de una singladura, que a él siempre se le antojaba que había sido muy larga.
—Algún día iré a América —solía soñar Jaime en voz alta junto a Mariona—. Y te llevaré conmigo en un barco muy grande.
Y como las cosas pasan casi siempre de esta manera, o al menos así sucedía en aquellos años, cuando dejaron de ser unos niños, Jaime y Mariona decidieron que se gustaban y se unieron en matrimonio. Ella tenía dieciocho años y un cuerpo vigoroso y lleno de vida que enloquecía a su marido. Caminaba por la casa con los pies descalzos, como de pequeña le había gustado caminar por la acera de su calle, mientras ayudaba a su madre a remendar las redes de pesca o a tender la ropa junto al portalón de la entrada. Tenía la mirada clara y los ojos negros, llenos de vida. Aunque, poco a poco, con los años su luz se fue apagando, sobre todo cuando él marchó a América un montón de veces, pero nunca llegó el día de irse juntos como tantas veces lo habían soñado. Y es que los sueños, sobre todo en aquel tiempo, eran de mentira para la gente pobre.
Jaime recogió sus cosas, se subió las solapas de la chaqueta para resguardarse del frío, le dio un beso a Mariona, que sonrió tratando de disimular las lágrimas que ya apenas podía reprimir, y salió a la calle. Ella, en el umbral, rozó con sus dedos la mejilla de su hombre, tratando de retener el contacto de su piel.
—Ten mucho cuidado, Jaime.
—Claro que sí, mujer.
—Vuelve pronto.
—Un mes y medio, ya sabes. Dentro de cuarenta días estoy aquí.
—Te estaré esperando.
—Cuida de las niñas.
Ella se quedó mirándole desde el balcón de la cocina, y entonces pensó una vez más que odiaba el mar, ese mar que él, sin embargo, tanto amaba. Lo odiaba con todas sus fuerzas. Era su rival, su enemigo.
Cuando Jaime, una vez en la calle, dobló la esquina, ella siguió allí, inmóvil, durante mucho rato hasta que el frío de la madrugada la devolvió a la realidad. Cerró los postigos y regresó a la cama.
Jaime era cantinero de tercera clase y vivía en el número 70 de la calle del Mar, donde también tenían su casa los hermanos Linares, Antonio y Jacinto, el timonel y uno de los marineros del trasatlántico. Unos metros más abajo encontró a otros compañeros que, como él, caminaban hacia el cercano embarcadero del muelle de Baleares, donde les esperaba el gigante de vapor; y en la esquina con Almirall Cervera se sumaron al grupo Ramón Arteaga, Bernardino Ibáñez, José Vivós y Buenaventura Rosés. Este último, al que todos llamaban Ventura, vivía en la calle Sevilla y era también cantinero en el Príncipe de Asturias desde que el barco inauguró la línea en 1914. Todos se sentían orgullosos de formar parte de la tripulación de aquella sombra negra, gigantesca, que ahora humeaba en el muelle de Baleares de Barcelona. Era el mayor trasatlántico español de todos los tiempos, pertenecía a la Compañía Pinillos y cubría desde hacía dos años la línea de Barcelona a Buenos Aires.
Para Jaime, aquel buque y el mar eran su otra casa en la que pasaba casi más tiempo que con su Mariona y las pequeñas. A ella y a las niñas sólo las podía ver unos pocos días cada mes y medio, entre viaje y viaje. Pero habían decidido que eso se iba a acabar pronto, que en cuanto encontrara un buen trabajo en Barcelona, en un bar o un restaurante, donde le dieran un jornal decente, dejaba de navegar y empezaban a vivir como una familia de verdad.
Una locomotora humeante cruzó despacio, de manera cansina, por la puerta de la Paz hasta que se detuvo justo enfrente del muelle de Baleares. Arrastraba un rosario interminable de vagones de mercancías, que chirriaron estruendosamente al frenar la marcha. Eran unas simples plataformas que transportaban unos inmensos bultos cubiertos con unos gruesos toldos negros. Aquella locomotora vomitó entonces una densa columna de humo negro y lanzó un largo pitido, agudo y ensordecedor. Y resopló, resopló un par de veces hasta que dejó definitivamente de respirar. Varios mozos de cuerda se abalanzaron hacia los furgones, comenzaron a desanudar las pesadas lonas y dejaron a la vista unas enormes cajas de madera con una indicación escrita: «Destino, Buenos Aires». Desde la cubierta del Príncipe de Asturias los estibadores que se ocupaban de la carga de las bodegas levantaron la mirada y observaron con curiosidad aquella extraña mercancía. El tren arrastraba veinte plataformas y en cada una de ellas había una caja colosal, de un tamaño pocas veces visto por aquellos hombres.
El primer oficial, Antonio Salazar del Campo, el día anterior había recibido instrucciones muy estrictas del capitán sobre la perfecta manipulación de aquellos enormes embalajes, haciendo hincapié en la fragilidad e importancia de los mismos. Por más que rebuscaron en el exterior de cada una de las cajas, los estibadores no consiguieron ver ninguna indicación que delatara su contenido. Tan sólo ese par de palabras misteriosas, escritas en caracteres muy grandes con pintura roja: «Destino, Buenos Aires».
Desde el balcón de su casa, en el número 7 del paseo de Colón, el capitán José Lotina Abrisqueta, despierto ya a esa hora de la mañana, observaba la silueta elegante del Príncipe de Asturias. Estaba orgulloso de su barco. Era la culminación perfecta de su carrera de capitán. Tenía treinta y siete años y mandaba el mayor trasatlántico de la Marina mercante española. No podía desear nada más. Bueno sí, sólo echaba de menos que el calado de este nuevo buque no le permitiera atracar en el puerto de Bilbao para así poder estar más cerca de los suyos. Estaba a gusto en Barcelona con varias familias vizcaínas que vivían en su mismo edificio, pero echaba de menos su tierra, su Plentzia natal, el pueblo de sus antepasados, en el meandro del río Butrón y en el corazón de Vizcaya. Allí cursó sus estudios de náutica, en la escuela de la que salieron otros ilustres marinos como él. Durante toda su vida procuró no perderse nunca las fiestas de la Virgen del Carmen, en cuya procesión del puerto participaba vistiendo orgulloso su impecable uniforme de capitán. Lotina conservó siempre su casa familiar en Plentzia, donde nacieron sus cuatro hijos, Roberto, José, Charo y Marina, ya que, a pesar de vivir en Barcelona, doña Juana Bengurria, la esposa del capitán, quiso siempre dar a luz en su añorada tierra.
Ramón Arteaga, el segundo maquinista, tuvo que supervisar, desde primeras horas de la madrugada, las fatigosas tareas del carboneo en el Príncipe de Asturias. Decenas de estibadores tenían a su cargo la ingrata tarea de transportar miles de sacos de carbón a las bodegas del trasatlántico. Una nube de polvillo negro ascendía lentamente desde las zonas de carga y se hacía dueña de gran parte del muelle de Baleares. Mil ochocientas toneladas de hulla de la mejor calidad eran necesarias en cada viaje para alimentar las cinco calderas cilíndricas del vapor.
Las grandes grúas del puerto y los cuatro puntales de carga del vapor hacían su trabajo cargando las cinco grandes bodegas del buque con distintas mercancías para el viaje.
A las siete de la mañana había entrado en el puerto el vapor Villarreal, procedente de la vecina ciudad de Tarragona. Venía cargado con miles de cajas de aceite envasado en latas para transbordar al Príncipe de Asturias. Su origen eran los olivares de Tortosa, cuyos industriales exportaban una gran cantidad de su producción a Buenos Aires y a Montevideo. Desde Barcelona salían igualmente grandes cantidades de vino del Penedés con destino a los puertos de América del Sur.
Manuel Salagaray había trasnochado aquella noche, la última que iba a pasar en tierra, y la había aprovechado para despedirse de los amigos, por eso a su padre, don Feliciano, un hombre serio y riguroso como pocos, inspector jefe de policía y bastante harto de las bravuconadas de su hijo, le costó una barbaridad despertarle a las cinco de la mañana y conseguir que se pusiera en pie.
Manuel tenía veinticinco años y era practicante como consecuencia de un curioso incidente sucedido en la Facultad de Medici na. Estudiaba para médico en Barcelona con buenos resultados académicos y con gran satisfacción de su familia, pero sus inclinaciones izquierdosas y revolucionarias hicieron que, una mañana, en un altercado de estudiantes, se permitiera el lujo, por eso de ser el hijo del jefazo de policía, de estrellar un tintero con todo su espeso y negro contenido en la cabeza de un catedrático serio y respetable, como todos los de aquel tiempo. Manuel Salagaray no gozó de inmunidad y fue expedientado por la universidad, con la suspensión de estudios, la expulsión inmediata de la facultad y la prohibición de cursar medicina en Barcelona. Ese curioso personaje, catalogado de pinta por su propia familia, era el practicante del Príncipe de Asturias, actividad a la que se dedicó tras convalidar sus estudios de primer curso de medicina.
Pero la vida da muchas vueltas y Manuel Salagaray se convirtió, desde el primer momento, en un excelente profesional a bordo del lujoso trasatlántico español en el que se había enrolado con el fin de conocer otros horizontes y, fundamentalmente, para escapar del ambiente hostil de su entorno familiar, demasiado preocupados por las consecuencias de su comportamiento, y porque, en definitiva, era lo que entonces se denominaba un culo de mal asiento.
Nada más llegar al vapor y una vez instalado en su camarote, Salagaray fue reclamado con urgencia a la cubierta de toldillas, donde había habido un accidente. Enrique Arnau Juliá, uno de los marineros que trabajaban en las bodegas, se produjo al caer una aparatosa herida por desgarro. El doctor Zapata todavía no había llegado y el joven practicante tuvo que hacerse cargo de realizar las primeras curas a aquel hombre hasta que fue trasladado al cercano dispensario de la Barceloneta.
Diego Iglesias Rivas llevaba pocos meses enrolado en el Príncipe de Asturias. Era un muchacho joven, locuaz, muy espabilado, y con la gracia propia de los nacidos en Almería, donde todavía tenía a sus padres, a los que solía visitar a menudo cada vez que regresaba de alguna de sus largas travesías. Los barcos le volvían loco. Había navegado desde muy niño cuando decidió que no quería seguir la misma suerte de su padre, carretero allá en Almería. El mar se convirtió en su hogar desde entonces; era su vida, su gran pasión; y en el Príncipe de Asturias se encontraba a gusto, aun cuando todas las mañanas tuviera que levantarse antes del alba para baldear, como hacía ahora, con otros marineros las cubiertas del trasatlántico.
—Este barco es un lujo como yo no he conocido otro. ¡Con lo que a mí me ha tocado vivir!
Diego acostumbraba a presumir ante sus compañeros de haber escapado tres veces de la muerte y de haber vivido tres auténticas aventuras en el mar.
—Diego tiene siete vidas como los gatos —solían decir de él sus amigos.
Cuando era casi un niño y navegaba en el pailebot San José, que mandaba el viejo marino almeriense Vicente Cortés, naufragaron en el Estrecho de Gibraltar, regresando de La Habana, en medio de una gran tormenta. Muchos de los tripulantes perecieron en el accidente, pero Diego Iglesias logró milagrosamente salvar su vida.
—Gané como pude la costa a nado. Era un chiquillo y tenía unas ganas de vivir enormes, por lo que decidí que aquel temporal no iba a poder conmigo.
Pocos años después, en 1913, en la Armada, siendo marinero del cañonero General Concha, le tocó vivir el triste episodio de la playa de Busieú, no demasiado lejos de Alhucemas. Embarrancaron y, mientras esperaban la llegada de alguna ayuda para sacarlos de allí, fueron atacados por una banda salvaje de rifeños armados. Se entabló una lucha despiadada cuerpo a cuerpo en la que resultaron muertos diecisiete tripulantes del cañonero, entre ellos el coman dante de la nave, capitán de corbeta Castaño Hernández. Diego, no obstante, logró salvarse una vez más, lanzándose al mar, con lo que se libró de una muerte segura.
—En cuando vi que aquel moro venía directo a por mí, me tiré al agua sin pensármelo dos veces.
Regresó a Almería y, una vez repuesto del incidente, se enroló en el vapor Alcira, que navegaba como correo de África, donde poco le duró la vida tranquila y apacible porque el 8 de septiembre de 1914 el buque se fue a pique en aguas del Cabo de Gata al ser abordado por el correo italiano Avvenire. Seis compañeros suyos resultaron muertos, pero él también consiguió salir ileso de ese siniestro.
Desde entonces no pudo evitar que muchos tripulantes le miraran con recelo por el mal fario que parecía arrastrar el joven marinero.
—Un naufragio es un naufragio... —decían todos—, ¡pero tres!
Diego Iglesias pensaba casarse a la vuelta de este viaje en el Príncipe de Asturias, por eso, antes de embarcar había encargado a un tío suyo de Almería el arreglo de los documentos para que al regreso pudiera celebrarse el matrimonio en Barcelona.
Serían las diez de la mañana cuando los estibadores recibieron la orden de cargar en el vapor las veinte cajas que permanecían en los veinte vagones del ferrocarril, estacionado en el tinglado de Pinillos.
—Sobre todo, mucho cuidado, muchachos. Se trata de una mercancía frágil y muy valiosa.
El primer oficial en la cubierta de toldillas, sobre la brazola de la escotilla de bodega, empezó a dar órdenes para la colocación de aquel cargamento.
Las cajas, vistas de cerca, eran colosales, y su peso sorprendió incluso a aquellos mozos acostumbrados a las cargas más variopintas. Sin exagerar, cada una de ellas pesaba casi una tonelada.
Un extraño personaje se sumó entonces al teatro de operaciones. Un caballero recién llegado, de porte muy elegante, abrigo negro y sombrero bombín, contemplaba con atención las maniobras de los estibadores, y de vez en cuando, hacía algún gesto silencioso, que denotaba preocupación ante cualquier movimiento brusco de las grúas o algún peligroso vaivén de las cajas en el aire. Era Juan Mas i Pi, un desconocido para quienes a esa hora estaban en el puerto, pero que tenía una relación muy directa con aquel cargamento, ya que era el responsable de acompañarlo hasta Buenos Aires. En el bolsillo de su abrigo guardaba un par de pasajes de primera clase para viajar con su esposa en un lujoso camarote.