Naufragio
PRIMERA PARTE » Y su teoría de la casualidad
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Y su teoría de la casualidad
s curioso —se decía muchas veces Teresa a sí misma—, pero yo existo porque existió el naufragio del Príncipe de Asturias. Tuvo que perder la vida mi para dármela a mí. abuelo
Aquella tragedia, efectivamente, obligó a variar el rumbo en la vida de la familia Badía y a la vez cambió el destino de todos sus componentes.
A la vuelta de Argentina, la abuela de Teresa se fue a vivir a la Barceloneta, a un piso que le cedió la familia de Juan Freixa, aquel que le salvó la vida. En verano pasaban ella y la niña largas temporadas en casa de una de las hermanas de la abuela, en una playa del Maresme.
—Allí, años más tarde, mi madre conoció a mi padre. Luego nacimos mi hermana mayor y yo.
La teoría de Teresa era irrebatible: si al Príncipe de Asturias no se lo hubiera tragado el océano, los abuelos de Teresa hubieran vivido, como tenían proyectado a su regreso de Argentina, junto a la iglesia del Pi, en el centro de Barcelona, su madre hubiera crecido en otro ambiente, no habría pasado los veranos en el Maresme, donde conoció a su esposo, y Teresa probablemente no estaría aquí.
—Le debo la vida al naufragio del trasatlántico —se repetía una y otra vez.
Nunca había creído en el destino, ni en la suerte o la fatalidad de los seres humanos. Había oído decir muchas veces que todo estaba escrito y que nada se podía hacer para evitar la buena o mala estrella de cada uno de nosotros. Ahora, sin embargo, trataba de sustentar su propia teoría.
—Somos fruto del azar. De una mera casualidad.
Trataba de llevar incluso esa idea a su terreno sentimental.
—He vivido treinta años ligada a un hombre porque un día se fijó en mí, en un instante, cuando ambos coincidimos tomando un café. Nos miramos, sonreímos, surgió una conversación y comenzó nuestra historia. Pero si aquel lugar donde me senté en la cafetería aquella tarde no hubiera estado libre, si su autobús hubiera llegado un minuto más tarde, si uno y otro hubiéramos estado de espaldas, entonces toda nuestra vida habría sido diferente. Totalmente distinta. Y los dos seríamos dos extraños. Y el mundo también sería diferente.
»En definitiva, todo es consecuencia de una casualidad.
»Una casualidad.
»Como lo es haberme dado de bruces con la historia del naufragio.
El destino, una vez más, como un fantasma, ese destino que ella se negaba a aceptar se había adueñado de la vida de Teresa.