Naufragio
PRIMERA PARTE » 17 de febrero de 1916
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17 de febrero de 1916
aQUEL MELLER? —leyó, sorprendido, el capitán en la lista de pasajeros que embarcaban en Barcelona—. ¿La famosa cupletista?
—Sí, es ella —dijo el funcionario de la agencia consignataria—, pero ha anulado hoy mismo sus pasajes. Según parece se acostó ayer noche con una aguda bronquitis, contraída durante su actuación en el Olimpia de Valencia. Se ha levantado indispuesta y ha decidido aplazar su viaje.
—Es una lástima.
—Tenía reservados tres camarotes en primera clase desde el pasado mes de enero. Iba a viajar con su maestro de música, el señor González, y con su doncella de confianza.
—Le confieso que soy un ferviente admirador suyo. Me hubiera gustado tenerla entre mis pasajeros. Aunque dicen que el escándalo va siempre con ella a todas partes.
—Otra vez será, capitán. A nosotros también nos hubiera complacido recibirla a bordo, incluso a pesar de su mal genio.
El capitán Lotina estuvo despachando por la mañana, antes de ir al vapor, la lista de pasajeros y diversos asuntos del viaje en las oficinas de la agencia consignataria de Pinillos en Barcelona, Romualdo Bosch y Alsina, ubicadas en la plaza de Antonio López.
En Barcelona iban a embarcar cuarenta y ocho pasajeros de primera, veintitrés de segunda, cincuenta de segunda económica y ochenta y cuatro de tercera. Entre esos pasajeros había nombres muy conocidos de la sociedad española o americana. Allí estaban, entre otros, el millonario navarro Francisco Chiquirrín y Eguinoa, que viajaba con su esposa, un sobrino y una señorita de compañía; el diplomático estadounidense Carl Frederick Deichman; el acaudalado industrial italiano, fabricante de aceites, Rafael Ottone, con su esposa y cuatro hijos, uno de los cuales iba a contraer matrimonio en Buenos Aires; Luis Descotte Jourdan, importante decorador argentino; el capitalista Francisco Jaureguialzo, su esposa y cuatro hijos; Carlos López Naquil, esposo de Pilar Samaranch y hermano del célebre violinista argentino Antonio López Naquil; Francisco Eguiguren, diplomático, agregado a la legación de Chile en Washington; Pedro Nolasco Arias, juez de primera instancia en Rosario; el industrial vasco afincado en Argentina Marcial Aguirre, hombre de gran fortuna, que viajaba con su esposa, cuatro hijos y dos doncellas; Luciano Unda y su esposa, María Elena Wilson; los señores Ezpeleta Muda; Gaspar Echevarría; José Santa María, comisionado del gobierno chileno. Una larga lista, en la que se encontraban, con sus familias, distinguidos millonarios, diplomáticos, hombres de negocios, comerciantes, artistas y escritores.
Rufino Onzaín y Urtiaga, segundo oficial, estuvo en el puente de mando durante toda la mañana. Era un marino de vocación y con una formación extraordinaria. Aunque su familia era de Gorliz, en la ría de Bilbao, él había nacido en Nueva York, donde su padre estuvo destinado como inspector general de la Compañía Trasatlántica en Estados Unidos. A sus veinticuatro años era un experto marino, de muy buen porte y con una mirada dura, que infundía mucho respeto entre la tripulación; se mostraba severo y riguroso a la hora de dictar órdenes, y su sentido de la disciplina era muy estricto, aunque tenía, fuera de las guardias, un trato cordial y afable con sus subordinados y compañeros. En esta travesía, iba a ser, con más motivo que nunca, la mano derecha del capitán, ya que Alejandro Gardoqui, el primer oficial y hombre de confianza de Lotina desde hacía mucho tiempo, también de Plentzia como él, se encontraba de permiso en viaje de luna de miel, y aunque su sustituto, Antonio Salazar, era un avezado capitán de la Marina mercante, entre Rufino Onzaín y el capitán Lotina había un conocimiento mutuo y una gran afinidad en el puente de mando, fruto de varias singladuras juntos.
Onzaín lucía un bigote ancho y tupido y gustaba de peinarse, muy a la moda, con el pelo engominado. Vestía el uniforme azul marino reglamentario, con doble botonadura y dos galones en la bocamanga y cubría su cabeza con una gorra blanca con visera negra de charol, habitual de los oficiales de Pinillos. Era un hombre muy religioso y llevaba siempre entre pecho y espalda un escapulario de la Virgen del Carmen, por la que sentía una gran devoción.
La tarde anterior asistió con un grupo de compañeros a una reunión de despedida en los salones de Casa Llibre, donde habitualmente se reunían para tomar unas copas, escuchando música de jazz. En esa ocasión su buen amigo, marino también, José Suárez Berry, le presentó a su hermana Francisca, una joven encantadora, de cabello oscuro y brillante mirada, a la que también llamó la atención aquel oficial, alto, guapo y distinguido. Estuvieron conversando sobre sus recientes lecturas. Ella le contó que su padre era muy amigo del escritor Benito Pérez Galdós, del que acababa de leer el último de sus libros. Rufino, a pesar de que mostró interés por las aficiones literarias de la joven, quedó sobre todo prendado por sus ojos verdes, casi felinos, grandes y vivaces, y se sintió vivamente impresionado por aquella joven tan delicada y hermosa. Ahora, en el puente de mando, recordaba su mirada intensa y aquella mano breve y armoniosa, que ella le tendió con dulzura para que él la besara en el instante tan fugaz de la despedida.
Un lujoso y flamante automóvil ómnibus Hispano Suiza esperaba frente a la estación de Francia, muy próxima al puerto de Barcelona, para recibir a varios pasajeros del Príncipe de Asturias que llegaban en el tren expreso de Bilbao. El chófer, un viejo marino ya retirado de la Compañía Pinillos, fumaba un cigarrillo y conversaba con algunos de los taxistas que aguardaban la llegada del ferrocarril. Hasta ellos llegaban los rumores del gentío que en el amplio vestíbulo de la estación hacía cola frente a las taquillas donde despachaban los billetes. Un enorme reloj en lo alto de una marquesina señalaba la una en punto de la tarde.
—Hoy el Bilbao trae un buen retraso —comentó uno de los taxistas.
—Como siempre, habrá tenido que esperar en Zaragoza la llegada del Pamplona —añadió otro de los conductores.
Apenas unos minutos después, el Expreso del Norte se detenía en la vía número 1 de aquella enorme estación, y los pasajeros aparecieron por la puerta de salida.
Ramón Hernández, su esposa, Rufina Larrariaga, y sus dos hijos gemelos, Juan y Francisco, fueron de los primeros en aparecer. Los dos niños, que eran increíblemente iguales, vestían sendos trajes de marinero, muy apropiados para la ocasión. Tenían los ojos muy abiertos, quizás de tanto descubrir el mundo a través de la ventanilla del tren. Nunca antes habían salido de Eibar, y para ellos este viaje era toda una aventura hacia un desconocido lugar.
—¿Adónde vamos, papá?
Papá era feliz como no le habían visto nunca hasta entonces.
—Vamos a un lugar hermoso, como no os podéis llegar a imaginar.
Marchaban a Argentina con la ilusión de una vida mejor. Y a Ramón no le importaba que otros hubieran fracasado en el intento; iba dispuesto a jugárselo todo, a salir airoso del envite. A pesar de lo duro que era dejar atrás a la familia, a los amigos del pueblo y enfrentarse a una vida nueva y diferente.
La familia de Marcial Aguirre apareció más tarde, con un séquito de varios mozos cargados de baúles y maletas, buscando el automóvil de Pinillos. Venían en tropel, los esposos, el hijo mayor, tres hijas y dos doncellas. Se trataba de un acaudalado hombre de negocios, oriundo de San Sebastián, que había amasado una gran fortuna en Argentina. Era la cara sonriente de la emigración, el triunfador, el americano con plata. Se fue siendo muy joven, le sonrió el destino y regresó a su tierra como un vencedor. Se casó en 1908 en San Sebastián, y en Buenos Aires, con los años, nacieron sus cuatro hijos, Manuel, María Luisa, Asunción y la pequeña Carmen.
Al pasar por delante del monumento a Colón en el puerto de Barcelona, Marcial Aguirre pidió al chófer que detuviera el automóvil un instante, el tiempo justo para mostrar la estatua a su familia, todo un símbolo para los que, como él, habían perseguido con éxito el sueño de la aventura americana.
—La figura de Colón —les explicó entonces el chófer— mide casi ocho metros de altura. Cada uno de los pies tiene una longitud de un metro y diez centímetros, y el dedo de la mano derecha, que señala la ruta de América, mide sesenta centímetros.
—¡Es colosal! —sentenció Marcial Aguirre.
Francisco Zapata Castañeda había llegado justo a tiempo para hacerse cargo de la supervisión médica del embarque del Príncipe de Asturias. Su trabajo consistía en vigilar atentamente para que no accediera al vapor ningún pasajero o tripulante enfermo de gripe. Esa enfermedad era, en aquellos tiempos, una de las grandes amenazas para la navegación, y el virus había hecho acto de presencia, una vez más desde hacía pocas semanas, en toda España, causando grandes estragos entre la población. El buque llevaba salas de hospital perfectamente preparadas para aislar a enfermos infecciosos, pero era mejor prevenir que curar, y por otra parte, las normas de emigración eran muy estrictas en el tema de la salud.
Zapata era sevillano, tenía veintisiete años y una gran experiencia como médico. Llevaba varios años embarcado en los buques de Pinillos y había hecho doce veces la travesía del océano Atlántico. Éste era, pues, su viaje número trece, y como buen sevillano, era un tanto supersticioso, por lo que se subió al vapor con una cierta prevención. Una vez metido en faena se le olvidó la circunstancia del fatídico número. Sólo unos días después la adversidad hizo que lamentablemente volviera a recordarlo. El médico era un enamorado del mar y nada le gustaba más que navegar en los grandes trasatlánticos.
Cuando Miguel Balmas Jordana subió por la escalerilla del Príncipe de Asturias, acompañado de su padre y de unos contadísimos amigos que habían insistido en ir a despedirle, sintió tan próximo el dolor de la ausencia, que los recuerdos de los últimos tres meses se le arremolinaron en la mente como en una vertiginosa secuencia del cinematógrafo. Intuyó que aquel buque iba a ser un refugio idóneo para reflexionar sobre su futuro, y decidió escribir un carné de viaje en el que iba a volcar todas sus ideas con el propósito de publicarlo en un próximo libro.
—Me voy con pena por dejaros a todos —les dijo—, pero también con mucha alegría por todo lo que juntos hemos vivido.
Recorrían las dependencias del lujoso buque y trataban de ocultar su estado de ánimo. Visitaron el camarote que le habían asignado para la travesía. Una estancia confortable, aunque fría e impersonal, con dos literas, una baja y otra alta, un lavabo, una pequeña mesa para escribir y un pequeño portillo desde el que podía verse el exterior. De los mamparos desnudos sobresalían un montón de tuercas y de remaches.
—¿Os habéis fijado —comentó Miguel mientras dejaba su equipaje— en que los camarotes tienen un cierto aire como de celda o de prisión?
Al salir de nuevo a cubierta, se encontraron en mitad de un gran gentío que buscaba su lugar de acomodo o que recorría, como ellos, el buque con sus familiares
—¿Y ahora, Miguel, hasta cuándo? —preguntó su buen amigo Daniel Roig.
—Hasta dentro de tres años —contestó, muy seguro, Balmas Jordana.
Se fundieron en un abrazo largo, interminable.
Los compañeros dejaron a Miguel a solas con su padre.
—Adiós, padre —alcanzó a decir, con una gran emoción.
Aquel anciano de cabellera blanca y mirada casi desvanecida estaba roto por dentro y no podía articular ni una palabra. Sentía una enorme congoja mientras fijaba con dulzura sus ojos en los de su hijo, tratando de retener aquel instante para que fuera eterno. Le rodeó con sus brazos, y sus manos buscaron el roce de la cabeza, el cuello, las mejillas y la espalda de aquel al que tanto quería.
—No esté triste, padre, no se aflija.
—Es tan difícil decirle adiós a un hijo por tanto tiempo.
—Nos veremos pronto, ya lo verá, y entretanto le queda el recuerdo de todo lo hermoso que hemos vivido estos tres meses en Barcelona.
El anciano asintió con la cabeza, pero tuvo un mal presentimiento. Algo desde muy adentro le decía que aquella despedida era diferente a la de unos años antes. Se sentía mayor y débil, y pensó que quizás tres años fuera demasiado tiempo.
Una hora antes del embarque llegó a la dársena del muelle de Baleares una auténtica caravana de vehículos motorizados. Al frente de ella iba uno de los pasajeros más notables del viaje, el diplomático estadounidense Carl Frederick Deichman. Era un hombre alto, robusto, nacido en Saint Louis, Missouri, y que acababa de llegar apenas unos días antes de un largo viaje en barco desde Bombay, donde había ejercido como cónsul de su país durante los últimos dos años. Le acompañó hasta la pasarela del Príncipe de Asturias el cónsul de Estados Unidos en Barcelona, en cuya casa se había hospedado desde su llegada de Marsella.
Tras las despedidas de rigor, subió al vapor y se instaló en un lujoso camarote de primera clase.
Personaje un tanto singular y enigmático, era un experto hombre de negocios, que fue nombrado cónsul por la administración del demócrata Woodrow Wilson. Su primer destino fue Manzanillo, en la costa mexicana del Pacífico, donde, entre otras cosas, se convirtió en un experto pescador del famoso pez vela. Tansui, en la isla de Formosa, y las ciudades de Nagasaki y Bombay fueron sus siguientes misiones, antes de ser designado para la plaza de Santos en Brasil, donde esperaba tomar posesión en pocos días. Su carrera diplomática le había dado ocasión de vivir en lejanos mundos, siempre evocadores e inquietantes. Al cónsul le gustaba comentar que con esta próxima singladura a través del Atlántico iba a culminar su primera navegación alrededor del mundo. Había surcado casi todos los mares y contemplado los más remotos paisajes. Por un momento, muy a su pesar, entre los cuatro mamparos de su camarote, se vio sumido en una dulce melancolía. Tenía cuarenta y cuatro años, una excelente posición, pero estaba solo en mitad del universo infinito.
Frente a su camarote de lujo estaba la sala de fumadores y el bar de primera clase. Se acercó a la barra, que atendía el joven Jaime Noceda, y pidió que le sirviera un whisky sin agua ni hielo. Varios ejemplares de El Liberal, El Noticiero Universal, La Publicidad, y La Veu de Catalunya, recién llegados al trasatlántico, llamaron su atención con las primeras planas dedicadas a informar sobre la Gran Guerra que asolaba a Europa.
Eran casi las cinco de la tarde y centenares de personas se habían congregado en el muelle de Baleares, próximo al paseo de Colón. Eran los pasajeros y sus familiares que se despedían antes de embarcar en el vapor, así como una multitud de curiosos que siempre acudían a ver el magnífico espectáculo de la partida de un gran trasatlántico.
Junto al puente de mando, el capitán Lotina observaba la operación de embarque y daba las últimas instrucciones a la tripulación.
Barcelona, al atardecer, con los últimos rayos del sol acariciando las azoteas próximas de la ciudad vieja, tenía un cierto aire de añoranza. Sobre las aguas se reflejaban siluetas de colores en continuo movimiento. Un rumor de multitud llegaba confuso desde las dársenas. Un hombre de cabellos blancos, con aire abatido, descendía lentamente por la escalerilla del vapor.