Naufragio
PRIMERA PARTE » La historia de Manuel Salagaray
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La historia de Manuel Salagaray
1 campo de refugiados de Agde fue un lugar tristemente célebre en 1939 por la vergonzosa conducta de Francia para con los vencidos de la Guerra Civil española. Un lugar deleznable, sólo superado un año más tarde por el infierno de Mauthausen.
El campo de refugiados, o de concentración, estuvo situado entre Béziers y Montpellier, a orillas del Mediterráneo. Allí, en unas condiciones muy deplorables, vivieron decenas de miles de españoles hacinados en mazmorras en una playa rodeada de espesas alambradas y en condiciones infrahumanas, cansados y agotados física y moralmente.
A ese campo de refugiados fue conducido, en el mes de febrero de 1939, Manuel Salagaray, el que había sido practicante del Príncipe de Asturias, con sus tres hijos, Alejandro, Feliciano y Manuel, tras cruzar la frontera huyendo del avance de las tropas de Franco en la Guerra Civil española.
Manuel, que siempre llevó consigo las trágicas secuelas del naufragio, estuvo poco tiempo en el campo, porque enfermó gravemente y murió el día 10 de abril de 1939, a los cuarenta y ocho años de edad. Fue enterrado en una fosa común en la playa de Séte. Algunos años después, sin embargo, pudo ser trasladado por sus hijos al cementerio de Béziers, donde desde entonces reposan sus restos.
—Ya ves tú qué triste final para alguien que se pasó la vida tratando de ayudar siempre a los demás.
Cristina, una de las nietas de Manuel Salagaray, paseaba con Teresa por una de las playas del litoral de Tarragona.
—Durante la guerra, mi abuelo había sido jefe de sanidad de la defensa especial contra aeronaves en el ejército de la república.
Ella y otros siete nietos, cinco varones y dos mujeres, eran ahora la memoria viva del practicante del Príncipe de Asturias.
—Cuando regresó del naufragio, se trajo de Brasil una pequeña mona tití a la que llamó Rosita, como su hermana pequeña. Para hacerla rabiar —añadió Cristina.
Manuel Salagaray, una vez en España, no quiso volver a subir a un barco en toda su vida. Decidió estudiar de nuevo medicina en la Universidad de Zaragoza, y esta vez se tomó tan en serio los estudios que, tras doctorarse, hizo también la carrera de veterinaria. Se marchó al Pirineo, y durante muchos años estuvo ejerciendo como médico y veterinario en varias pequeñas poblaciones de la provincia de Lérida. Allí conoció a Lola Lafargue, cuyos padres eran propietarios de una fábrica de embutidos en Cervera. Se casaron y tuvieron tres hijos, que, como él, estudiaron medicina.
—No logró olvidar el naufragio en toda su vida —comentó Cristina—. Ni nunca pudo dormir con la luz apagada del dormitorio, porque tenía horribles pesadillas.
Teresa sacó del bolso una fotografía, que quiso regalar a la nieta del practicante, en la que estaban todos los héroes del naufragio a su llegada a Tenerife, pocos días después del accidente. El original de la misma se conserva celosamente en el Museo Marítimo de Barcelona. En ella, Manuel, como todos sus compañeros, tenía el gesto serio y la mirada lejana. Ocho días después, el 17 de abril de 1916, todos ellos llegaron a Barcelona con sus compañe ros, los tripulantes que lograron sobrevivir a la tragedia en Brasil. A las seis y media de la tarde, cuando, curiosamente, se cumplían dos meses justos de la salida del Príncipe de Asturias del muelle de Baleares.
—Tu bisabuela, justa García y sus tres hijas —contó Teresa—, según dicen los periódicos de aquellos días, estaban en primera fila en el andén de la estación Marítima, esperando la llegada del vapor Barcelona en el que regresaban los supervivientes.
—La yaya justa —dijo Cristina—, al conocer la noticia del naufragio, y sin saber todavía la suerte que había corrido su hijo, hizo una promesa a la Virgen del Carmen diciendo que vestiría un hábito durante todo el resto de su vida y que además sólo saldría de casa dos veces al año, si su hijo regresaba a salvo del hundimiento.
—¿Y lo cumplió?
—Lo cumplió hasta el mismo día de su muerte.
Aquel día del mes de abril de 1916, cuando los ochenta y ocho tripulantes que habían sobrevivido al naufragio se precipitaron al andén del muelle de Barcelona, más de dos mil personas les recibieron en silencio casi absoluto.
Así lo describió El Liberal al día siguiente en su primera página:
Sin palabras. Sólo con abrazos fuertes, estrechos, interminables. Con sollozos que nadie trataba de reprimir ni de ocultar. Los periodistas que acudieron al puerto de Barcelona quisieron hablar aquella tarde con los recién llegados para conocer su versión sobre la tragedia, y al día siguiente reprodujeron algunos de estos testimonios. Uno de ellos fue el de Manuel Salagaray.
HABLAN LOS NÁUFRAGOS DEL PRÍNCIPE DE ASTURIAS
El relato del practicante, Manuel Salagaray, da idea de la intensidad de la tragedia
Yo estaba en mi camarote cuando sentí el choque y la tremenda sacudida. Sin darme cuenta exacta de lo que ocurría, pero presintiendo la catástrofe, avisé al médico y fui seguidamente a recoger un salvavidas, porque no sabía nadar. Hubo una gran explosión y junto a otros náufragos fui llevado por las olas, luchando con la muerte y rodeado de cadáveres y varios objetos que flotaban en el agua. En el lugar en que me hallaba cayó la chimenea del vapor que me produjo nuevas quemaduras en la cara y diferentes partes del cuerpo.
Poco después logré ver un bote salvavidas volcado que estaba junto al vapor y me acerqué a él, pero cuando apenas lo había alcanzado, se hundió. Creí que había llegado mi última hora, pero sacando fuerzas de flaqueza y gracias al salvavidas que llevaba puesto, prolongué la desesperada lucha hasta el amanecer. A esta hora vi un nuevo bote, al que afortunadamente pude subir. Allí se hallaban varios náufragos, entre ellos una mujer.
Al poco rato llamamos desesperadamente al marinero Buenaventura Rosés, al que vimos subido sobre unos palos, y le pedimos que viniera a ayudarnos para evitar estrellarnos contra las rocas. Se hizo cargo del bote, y remamos mar adentro con objeto de recoger a todos los que se veían sin amparo.
A bordo de nuestra embarcación fueron recogidos muchos de los supervivientes, entre ellos el segundo oficial, el cual dirigió, a partir de entonces, las operaciones de salvamento.Con nosotros había un italiano que viajaba en el vapor con su esposa y ocho hijos. Este infeliz, en medio de la inmensa confusión de la catástrofe, cogió a su niño pequeño en brazos, y le estuvo defendiendo de las olas durante cuatro horas. Al fin, cuando fue recogido por nosotros en el bote, cuál no sería su estupor y su desesperación al ver, una vez a bordo, que el niño salvado no era ninguno de sus hijos. —Aquella noche del naufragio —añadió Cristina emocionada tras leer el testimonio de su abuelo— dormía con una camiseta. El barco se abrió por la mitad, y como su camarote estaba cerca de las calderas, el agua ardiendo le quemó toda la espalda. Le quedaron para siempre las cicatrices de aquella camiseta y durante años no pudo ponerse tirantes, que usaba normalmente para sujetar los pantalones. La caída de la chimenea al mar le produjo después graves heridas de las que no se restableció nunca. Le recetaron grandes cantidades de morfina como sedación para mitigar los terribles dolores. Aunque tuvo que dejar el tratamiento, haciendo un supremo esfuerzo de voluntad, en cuanto vio que podía sufrir de adicción a la droga. Y prefirió soportar, durante el resto de su vida, estoicamente el terrible malestar.
ocas cosas resultan tan conmovedoras y dramáticas como la maniobra de salida de puerto de un gran trasatlántico. Al atardecer del 17 de febrero de 1916 centenares de personas se congregaron a lo largo del muelle de Baleares, en el puerto de Barcelona, para despedir a los parientes y amigos que se iban lejos y por mucho tiempo en el Príncipe de Asturias. Gritos, sollozos y lamentos se confundían en una algarabía inenarrable, mientras el buque iba efectuando la lenta maniobra de desatraque. Primero, los marineros levantaron la escala real y la trincaron al costado; después, se fueron largando uno a uno los cabos de los norays. La sirena del buque emitió entonces desde sus entrañas un rugido desesperado, desgarrador, semejante a un sollozo salvaje. Poco a poco, instantes después, centímetro a centímetro, aquel enorme muro de acero fue alejándose del muelle, arrastrado por los dos remolcadores de proa y de popa.
Despacio, muy despacio.
En las barandillas de las cubiertas de estribor y a través de los ojos de buey de los camarotes, los pasajeros agitaban sus pañuelos y vivían una extraña mezcla de euforia y de melancolía, mientras cerca de ellos sonaban enérgicos los acordes de un pasodoble, tratando de sobreponer el ánimo a los lamentos y la tristeza de la despedida.
—¡Listos para zarpar!
Fueron las palabras con las que el capitán José Lotina indicó al práctico del puerto que podía hacerse cargo del buque e iniciar las maniobras de desatraque que lo conducirían, a través de las distintas dársenas, hasta el faro de la escollera, en la salida a mar abierto.
María Elena Wilson, en la cubierta de popa, la que daba al comedor de segunda clase, se enjugaba las lágrimas con un pañuelo blanco ribeteado de encajes, mientras reposaba su cabeza en el hombro de su esposo, Luciano Unda. Su corazón estaba encogido por la despedida de los suyos, pero, sobre todo, se sentía emocionada al ver el desconsuelo a su alrededor de tantas y tantas familias que se decían adiós, muchas de ellas para siempre.
—Es triste decir adiós —comentó, dirigiéndose a ellos, Luis Descotte Jourdan, el apuesto decorador argentino que sostenía lo que parecía una carta entre sus manos.
—¿Perdón? —contestó ella algo turbada.
—Cada vez que decimos adiós, algo deja de existir para siempre dentro de nosotros.
—¡Qué triste es eso que ha dicho, señor...!
—Luis Descotte Jourdan, para servirles. Mírelos —prosiguió—, algunos no volverán nunca más, y dejan aquí parte de su vida, quizás la más importante, tan sólo por una quimera; se van dejando atrás todo lo que más han amado: padres, esposas, amantes, hijos...
—¿Tiene usted hijos y esposa, señor Descotte? —preguntó María Elena con curiosidad.
El caballero argentino no contestó a la pregunta, sonrió amablemente, se despidió de la dama con un beso galante en la mano, saludó respetuosamente con el sombrero a Luciano Unda, y marchó caminando por el pasillo de cubierta.
—¡Qué tipo más extraño! —comentó la mujer, colgándose cariñosamente del brazo de su esposo.
En la cubierta principal, los cinco músicos del Príncipe de Asturias seguían interpretando animados pasodobles cuando varios ramilletes de serpentinas de todos los colores surgieron alegres, volando ingrávidas desde la barandilla del vapor hacia la multitud que se agolpaba en tierra. Los pasajeros trataban de mantener de esta manera un último contacto con sus familiares, que les despedían desde el tinglado del muelle de Baleares. Unos y otros sujetaban con fuerza ambos extremos de la interminable cinta de papel por la que fluía misteriosamente el calor de un último roce, de una última caricia, de un último suspiro.
Luego, al romperse en dos mitades las serpentinas, y mientras revoloteaban por el aire en un alegre espectáculo semejante a un arco iris multicolor, algo se quebraba también dentro de cada una de aquellas personas que sostenían entre sus dedos, sin querer desprenderse de ellas, las delicadas tiras de papel.
—¿No le pesa, capitán? dijo, en el puente de mando, Rufino Onzaín, el segundo oficial—. Hoy iniciamos nuestro último viaje a América del Sur.
Efectivamente, ése iba a ser el último viaje a Brasil, Uruguay y Argentina del Príncipe de Asturias, ya que la compañía había decidido, por cuestiones de rentabilidad, trasladar el vapor con su ge melo, el Infanta Isabel, a la línea de La Habana y Santiago, con cuyo destino tenía anunciada su primera salida de Barcelona el día 20 del mes de abril.
—Imagino que a quien le tiene que doler es a usted, que es un enamorado de Buenos Aires —contestó el capitán.
—Es cierto, no hay nada que me guste tanto como aquella ciudad. Es cosmopolita, alegre, moderna y con todo el encanto y glamour de las mejores ciudades europeas. Procuraré disfrutarla al máximo en esta ocasión durante los días de nuestra escala. Vaya usted a saber cuándo habrá una nueva oportunidad de visitarla.
—¿Conoce La Habana, señor Onzaín? —preguntó el capitán.
—No, nunca he estado allí.
—Verá cómo le gusta.
Lotina había navegado con algunos vapores de Pinillos en la línea de las Antillas, y era una ruta que conocía tan bien como la de América del Sur. En 1907 se estrenó como capitán al mando del Martín Saenz en la ruta de Cádiz a Puerto Rico, La Habana y Nueva Orleáns. Tenía un recuerdo magnífico de aquel buque mixto, mitad vapor y mitad velero en el que había cruzado el Atlántico tantas veces. Con él, y más tarde con el Catalina, había tenido oportunidad de conocer algunas poblaciones cubanas, como Cienfuegos, Santiago y La Habana.
El Príncipe de Asturias tenía un porte arrogante, escoltado por los dos pequeños remolcadores del práctico, y avanzando con solemnidad por el puerto de Barcelona. Su chimenea, con la cruz roja de San Jorge sobre fondo blanco, característico emblema de los vapores de Pinillos, escupía una larga columna de humo negro y denso, que se recostaba después sobre las construcciones próximas del paseo de Colón y del muelle de la Muralla.
En el costado de estribor el buque llevaba, de manera bien visible, pintada sobre el casco una gran bandera de España, que le identificaba en el mar como perteneciente a un país neutral en la guerra que en aquellos tiempos asolaba a Europa.
A bordo, los pasajeros seguían en cubierta, agitando sus pañuelos y viendo cómo sus familiares, poco a poco, allá en el lejano muelle de Baleares, se iban convirtiendo en figuras diminutas, imperceptibles, puntitos negros que ya no podían distinguir.
Eugenio Hueto y su esposa, Amparo Ciria, se instalaron en su camarote, dejaron allí su equipaje y subieron a cubierta para ver el espectáculo formidable de la salida del buque.
—¡Oh, el mar! —exclamó la joven.
—Esto no es nada todavía —le dijo él—, espera a ver el mar de verdad, ya verás qué grande.
—Nunca antes lo había visto. No lo imaginaba tan hermoso.
Decenas de gaviotas volaban sobre ellos, siguiendo la estela del vapor.
Esa misma mañana habían llegado en tren desde Logroño, en un largo viaje con transbordo en Zaragoza. Venían de San Asensio, donde se habían casado apenas unos días antes. Su historia, muy pintoresca, la habían contado ya un montón de veces, a pesar del poco tiempo que llevaban a bordo, y es que se sentían muy satisfechos del desenlace de la misma. Eugenio emigró a Argentina siendo muy joven, sin un duro en el bolsillo, y tan sólo confiando en su porvenir. Tuvo pronto la suerte de cara e hizo en poco tiempo una regular fortuna. En el verano de 1915 pudo regresar a su pueblo natal, en La Rioja, convertido en un auténtico indiano, con la pretensión de casarse con la moza más guapa de San Asensio. Sus amigos y convecinos coincidieron en que, sin duda, la chica más guapa era Amparo Ciria, que estaba sirviendo como doncella a una familia de Logroño. Pero le indicaron que había un problema, ya que Amparo tenía un novio con el que recientemente había hecho serios planes de boda.
—Después de todo lo que he pasado —contestó Eugenio—, no creo que pueda haber ningún obstáculo que se interponga en mi camino. Me voy a Logroño a conocer a esa muchacha.
Se presentó en la ciudad y, al verla, quedó prendado de su belleza. Habló con ella y le propuso el matrimonio. A la sorprendida Amparo, al saber de las intenciones y, sobre todo, de la fortuna de su pretendiente, no le fue nada difícil olvidar de inmediato a su novio y aceptar encantada la oferta de aquel príncipe azul llegado desde Argentina.
Se casaron pocas semanas más tarde, en el mes de febrero, con el tiempo justo de embarcar en el Príncipe de Asturias en viaje de luna de miel a Buenos Aires.
—Ahora, además, le quiero con locura —decía Amparo, como remate a la historia de su feliz cuento de hadas.
Los pasajeros comenzaron a pasear por el buque, tratando de descubrir cada uno de sus rincones y de conocer las instalaciones y las comodidades de a bordo. El sobrecargo, Antonio Llinás, sus ayudantes, Joaquín Casté y Enrique Castro, y los mayordomos del vapor eran los encargados de dar la bienvenida a todos los viajeros y de indicarles los horarios y los servicios de que disponían a bordo.
Especialmente los niños se sentían inmersos en un mundo diferente a todo lo conocido. Ellos vivían el comienzo de una gran aventura. Corrían por las cubiertas y se perdían por los pasillos, subiendo y bajando empinadas escaleras. Para los adultos era el momento de comenzar a relacionarse y de hacer las primeras amistades. Se observaban con curiosidad, buscaban afinidades, propiciaban encuentros fortuitos.
—Ésta es la oficina del telégrafo Marconi —anunció el sobrecargo a un grupo de pasajeros— desde donde se reciben y se envían los radiogramas a grandes distancias o a otros buques que na vegan por nuestro entorno. Tiene un alcance de quinientas millas y está al servicio de todos los viajeros.
La telegrafía sin hilos de la Marconi's Wireless Telegraph Company Limited, conocida como T.S.H., se encontraba justo debajo del puente de mando. Allí estaban también los camarotes de los dos operadores a cargo de este servicio: Francisco Cotanda, primer telegrafista, y Luis Esteller, segundo operador. El equipo contaba con los últimos adelantos que hacían posible la comunicación, durante el trayecto, con otros buques y con tierra. De esta manera, aparte de los servicios a la tripulación, los pasajeros podían enviar cablegramas, y todos los días se recibían las noticias más relevantes del mundo, que posteriormente se daban a conocer a través del periódico de a bordo. La telegrafía sin hilos disponía de dinamos de emergencia que podían mantener los transmisores y receptores en funcionamiento ante la eventualidad de que las máquinas del buque se averiaran o dejaran de funcionar por cualquier motivo.
Los dos jóvenes telegrafistas gozaban de las simpatías del pasaje, ya que eran quienes constantemente les mantenían informados sobre cuanto ocurría fuera del trasatlántico.
Al anochecer, el Príncipe de Asturias estaba ya fuera del horizonte del vigía de Montjuich y navegaba impulsado por sus dos máquinas alternativas que desarrollaban una potencia de ocho mil caballos cada una de ellas, y que le proporcionaban, a través de sus dos hélices propulsoras, una velocidad máxima de dieciocho nudos. Su rítmico tableteo se percibía desde todos los rincones como si fuera un latido que diera la vida al vapor. Soplaba un viento fresco de levante, que pronto originó una fuerte marejada, y había algunas nubes en el cielo, especialmente en el lugar donde el círculo del sol se había ocultado hacía un instante. La temperatura era un tanto fresca, sobre todo por el elevado porcentaje de humedad.
Detrás del trasatlántico, y a corta distancia, navegaba el correo Ausiás March con rumbo al puerto de Valencia, y detrás de éste, el Villena, cuyo destino eran los muelles de Cartagena.
El capitán y el segundo oficial abandonaron juntos el puente de mando para dirigirse a sus respectivos camarotes. Antes decidieron dar un breve paseo por la cubierta de botes para observar a su alrededor la superficie plateada del Mediterráneo por la que el vapor se deslizaba con solemnidad. A medio camino, Lotina, que iba por delante, se detuvo un instante, saludó a algunos pasajeros de primera clase, y esperó a que su compañero llegara a su altura.
—Onzaín, le voy a revelar algo —dijo el capitán, bajando la voz para que tan sólo le oyera el segundo oficial—. Espero de usted la mayor reserva y discreción.
—Naturalmente. Cuente usted con ello —respondió, un tanto sorprendido, Rufino Onzaín.
Lotina esbozó entonces una media sonrisa, se ajusto la gorra y se cercioró de que nadie más les escuchara.
—Este que ahora iniciamos va a ser también mi último viaje. He comunicado a Pinillos mi firme decisión de retirarme del servicio activo.
El segundo oficial le miró sorprendido.
—¿Deja usted el mando del Príncipe de Asturias, capitán?
Lotina apoyó sus brazos en la barandilla de estribor y respondió sin dejar de mirar el lejano y oscuro horizonte.
—Veinte años en la mar es demasiado tiempo. Quiero, a partir de ahora, dedicarme a la familia, a mi esposa y a mis hijos. Las ausencias de un marino son muy duras de llevar. Usted lo sabe tan bien como yo. Ha llegado la hora de volver definitivamente a Plentzia y disfrutar de los amigos y de las gentes del pueblo.
—¿Es firme esa decisión, capitán?
—Sí, como le he dicho, ya lo he hablado con la compañía. Al regresar a Barcelona, después de esta travesía, todo habrá terminado.
—La verdad es que no sé qué debo responderle. Me alegro por usted, pero entienda que también lo lamente. De verdad que lo lamento. Permítame decirle que la Marina mercante perderá a un gran capitán. Y todos nosotros a un hombre y a un marino excepcional.
—Gracias, Onzaín. Le ruego que no comente usted nada a nadie sobre esta decisión. No me gustaría que se propagaran los rumores antes de hora por el buque.
—Pierda cuidado, capitán.
Los dos camarotes de la familia Chiquirrín eran de los más grandes y confortables del trasatlántico. Estaban en la segunda cubierta, junto a la toldilla de botes. En uno de ellos se acomodó el matrimonio y en el otro su pequeño sobrino, Juan Miguel Patricio Alsina, de diez años, acompañado de Aurelia Minondo Rota, la señorita de compañía.
Aurelia tenía diecinueve años y era hija de Nicomedes Minondo, secretario del ayuntamiento de Valle de Arce y corresponsal en Nagore del Diario de Navarra. Le había costado mucho tomar la decisión de hacer este viaje, ya que eso le suponía tener que aplazar unos meses su ingreso en un convento de religiosas de Navarra, que constituía, en aquel momento, su más decidida vocación.
Luis Descotte Jourdan había regresado a su camarote de lujo donde, sentado en el saloncito de la entrada, leía de nuevo la carta que le había escrito María Victoria poco antes de partir de Zúrich y que todavía conservaba el aroma inequívoco de su perfume. El caballero argentino no era un hombre dado a sutilezas, pero sintió cómo los ojos se le irritaban ligeramente al revivir el contenido de aquella misiva que no entendía en modo alguno.
Varias veces comenzó a escribir una respuesta en el papel en blanco que tenía sobre la mesa, con el fin de enviarla al correo al llegar al puerto de Cádiz, pero al fin desistió de su intento y las hojas arrugadas fueron a parar al cesto de los papeles.
—Mejor está así —pensó.
Tres días antes, en Zúrich, había planteado a María Victoria Gabel, la que fuera secretaria de su padre, poner punto final a su relación de muchos años. Le había dolido mucho dar ese paso, porque la quería con locura y le había dado dos hijos entrañables: María Herminia y Julio José. Pero Julieta Adelmeleck, la esposa francesa que le esperaba en Buenos Aires, con sus cuatro hijos y otro en camino de un quinto embarazo, le había amenazado con romper el matrimonio si no acababa definitivamente con su relación adultera. ¡Ella o yo!, cuentan que dijo la parisina, que era de armas tomar. Luis Descotte, que hasta entonces, con la excusa de atender sus boyantes negocios de decoración, disfrutaba de dos familias con las que convivía sin problemas alternativamente en Europa y en Argentina, tuvo que tomar una difícil decisión.
Pero María Victoria en Zúrich, tras la conversación en la que él planteó las pretensiones de su mujer, se negó en redondo a aceptar ningún plantón, y al partir, le entregó una carta muy dura en la que ella también exigía sus propias condiciones. Con esa carta entre las manos, después de seis semanas de estancia en Europa, el 17 de febrero de 1916, como ya es sabido, Luis Descotte Jourdan embarcó en el Príncipe de Asturias para regresar a Buenos Aires. No había solucionado nada y tenía a sus dos mujeres fuera de quicio a ambos lados del océano. Por si fuera poco, su hija María Herminia había alumbrado un hermoso bebé, al que bautizaron con el nombre de julio Florencio Cortázar, y que poco podía imaginar que, con el paso de los años, se convertiría en un prestigioso escritor. De momento era, tan sólo, un nuevo motivo de preocupación para Luis Descotte Jourdan.