Naufragio

Naufragio


TERCERA PARTE » Emigrar equivale a nacer otra vez.

Página 15 de 31

Emigrar equivale a nacer otra vez.

EDUARDO ZAMACOIS

Por la noche, en el tren

on un mimo exquisito, Teresa abrió la carpeta donde guardaba las últimas fotocopias y documentos sobre el naufragio del Príncipe de Asturias, se colocó las pequeñas gafas que le corregían la vista cansada y comenzó a leer algunas de aquellas informaciones aparecidas en los periódicos de 1916.

Fernando Usero, un joven emigrante andaluz, se ha salvado. Al caer al agua, nadó en la oscuridad hasta que sintió un fuerte golpe en la espalda. Se giró y vio que era un bote salvavidas, que había sido arrancado de los pescantes por la fuerza del mar. Se subió a él y, una vez allí, empezó a rescatar a los que estaban cerca. La joven Marina Vidal estaba entre ellos. Con una increíble suerte, y con doce personas a bordo, consiguieron llegar a la costa y refugiarse en lo alto de una roca. Otros pasajeros no tuvieron tanta fortuna, y al llegar exhaustos cerca de las piedras, fueron arrojados por el oleaje contra éstas y murieron, quedando sus cadáveres flotando sobre al mar, como muñecos de cartón.

De las cincuenta y cuatro personas de la provincia de Almería que viajaban en el Príncipe de Asturias sólo han logrado salvarse dos pasajeros y el tripulante José Marín, que residía en esta capital. Los pasajeros son Fernando Usero Cruz, de treinta y tres años, natural de Turrillas, y José Torres Torres, de dieciocho años, que vivía en Sorbas. Ambos se dirigían a la Argentina.El primero es hermano de Antonio Usero, conocido industrial, dueño del establecimiento de abacería situado en la calle de Granada, número 46. La esposa de dicho pasajero vive con sus tres hijas en Cabo de Gata. Era un experto nadador y, como viajaba solo, debió arrojarse al agua en el momento del naufragio, y sin tener que preocuparse de la vida de sus deudos, se apartó del lugar de la catástrofe, sustrayéndose así a una muerte segura.El otro superviviente era un muchacho recio y fornido que, en unión de dos amigos de escasa edad, quiso buscar en tierras americanas un lugar donde ocupar sus brazos para procurarse el necesario sustento. —¿Ha decidido usted ya lo que va a tomar?

La presencia del camarero la distrajo de sus lecturas y la devolvió a la realidad. Hacía mucho tiempo que no viajaba en un tren, con un vagón restaurante de esos elegantes, como de película. Ocupaba una de las primeras mesas en un extremo del comedor, y mien tras consultaba el menú para la cena, se sintió cómoda y a gusto. Por primera vez en mucho tiempo.

Pidió unas espinacas a la crema y ternera con guisantes, y dedicó una sonrisa amable al camarero tras servirle la bebida y ofrecerle pan. Sorbió un poco de vino y pensó de nuevo en todas aquellas familias que habían perecido en el naufragio del Príncipe de Asturias. Los Linares Palenciano, con sus ocho hijos, los Aguirre, los Pérez Gardey, los Cosme, los Hernández. Y así docenas de mujeres, hombres y niños de todas las edades. Vidas arrancadas de cuajo, sepultados para siempre en el fondo del océano.

Teresa había decidido ir a Bilbao con la intención de visitar Plentzia y Gorlitz, los lugares donde todavía se conservaba la memoria del capitán Lotina, de Rufino Onzaín y de Dionisio Oñate, el jefe de máquinas del vapor.

No había regresado al País Vasco desde que estuvo con su marido en unas cortas vacaciones para conocer el Guggenheim al poco de ser inaugurado. Ahora se daba cuenta de que era la primera vez en mucho tiempo que viajaba sola, y que casi nunca había hecho nada, aparte de trabajar, sin contar con la compañía de su esposo.

En aquel momento se planteó si le echaba de menos. ¿Le echaba de menos? ¿Consideraba quizás inútiles todos los años que había pasado a su lado? ¿Se sentía frustrada? ¿Acaso lamentaba ahora la decisión que ambos habían tomado hacía apenas unas semanas?

Fue él quien planteó la separación. Argumentó rutina, indiferencia, monotonía; y habló de silencios y de distanciamiento. Mil excusas. La verdad, aunque lo negó al principio, es que había otra mujer. Teresa lo admitió muy mal, no podía aceptarlo, su orgullo femenino no se lo permitía. Se sentía herida, humillada, vencida. No le pudo perdonar nunca una vileza semejante. Empezó a sentirse mal, agotada, como si la vida de repente le pesara. Y el exceso de soledad que desde entonces la cercaba a todas horas se con virtió en una pesadilla y en un continuo malestar. No le fue nada fácil salir de esa confusión. Lo peor no era el desamor; lo que le dolía en lo más hondo de su alma no era la mentira, sino el haberse convertido de la noche a la mañana en dos seres, tan próximos y extraños, que fueran capaces de mantener una relación que desembocó en el engaño. El sentimiento de haber fallado, de haberse equivocado.

Encontró en la historia del naufragio una tabla de salvación, y puso sus cinco sentidos en un suceso que quizás en otro momento hubiera pasado por su vida como algo pasajero y anecdótico. Ahora, sin embargo, le estaba sirviendo de refugio para no acabar hecha polvo para siempre. Esta noche, por vez primera, incluso se sentía cómoda y tranquila.

Mientras cenaba se distraía observando a los otros comensales. ¿Quiénes eran todas esas personas que estaban como ella en ese tren? Eran extraños. Como lo era para Teresa la humanidad entera, ya que su matrimonio y el trabajo la habían absorbido de tal modo que no tenía más amigos que su propio rostro reflejado en los espejos, y las cuatro paredes de su casa.

—¿Le importa que la acompañe a tomar café?

Desde el otro lado del pasillo había surgido la voz que muy pronto descubrió que se dirigía a ella. Un hombre de pelo canoso, porte elegante y bastante edad, al que había visto tomar algunas notas en una agenda, la invitaba a tomar un café. No le dejó ni tiempo a improvisar ninguna respuesta, porque, sin cruzar más palabras, el caballero se sentó frente a Teresa y la saludó sonriendo.

—No tema usted, ni me considere un impertinente. Lo que ocurre es que estamos todos tan solos en este vagón, tan silenciosos, que quizás un poco de conversación nos aliviará la monotonía del viaje.

—No se preocupe.

—¿Está usted trabajando en alguna investigación o en algún reportaje? Me he fijado, y disculpe la intromisión, en como miraba varias fotocopias de periódicos.

—No, no soy periodista ni investigadora. En realidad, ahora no soy nada, porque me acaban de jubilar. Todo esto no es más que una búsqueda personal que estoy realizando sobre un naufragio.

—¿Un naufragio?

—Sí, el naufragio de un trasatlántico español en el que murió uno de mis familiares.

—¿Y cómo se llamaba ese trasatlántico?

—Era el Príncipe de Asturias. Ocurrió en 1916.

—Es curioso, pero nunca había oído hablar de ese naufragio.

—Murieron en él casi quinientas personas, y muchos lo conocen como el Titanic español.

—¡Qué barbaridad!

—El capitán era de Plentzia, y se han escrito sobre él muchas falsedades. Mire, casi todas las informaciones de la época dicen que se suicidó al comprobar que se hundía el buque. Incluso hay supervivientes que aseguran que le vieron con un revólver en la mano, pegándose un tiro en la sien. A él y al primer oficial.

—¿Y por qué piensa usted que son falsedades?

—Porque yo no creo que haya sido así. He leído mucho sobre el capitán Lotina y no puedo creer que se quitara la vida y no fuera capaz de estar al frente del buque hasta el último momento. Hay mucho de leyenda en todo esto.

—Si usted lo dice.

—En casi todos los naufragios, cuando no sobrevive el capitán, se especula con su suicidio. Lo mismo ocurrió en el Titanic, hasta que se pudo demostrar lo contrario.

—Por lo que deduzco, en el Príncipe de Asturias no sobrevivió el capitán.

—No, ni nadie le vio en el mar, ni su cuerpo fue encontrado en ninguna parte. Desapareció misteriosamente. Por eso se ha tejido la leyenda del suicidio.

—¿Y usted por qué cree que todo esto no es más que una leyenda?

—Porque me gusta creer en su hombría de bien. Era un hombre noble, recio, serio, responsable, profesional y con una trayectoria brillante como marino. No le creo capaz de un final semejante. Mi abuelo no podía haber estado en manos de un irresponsable.

—z Su abuelo?

—Sí, mi abuelo falleció en el naufragio. Era uno de tantos emigrantes que viajaban en el vapor. Iba de Barcelona a Buenos Aires para reunirse, tras cerrar unos negocios en España, con su esposa y con su hija de dos años, mi madre.

—Lo lamento de verdad.

—Por eso estoy investigando la historia del hundimiento, porque quiero recuperar la memoria olvidada de aquellos cientos de personas que, como mi abuelo, perdieron la vida en la tragedia.

—Me parece muy interesante su proyecto. De verdad que le deseo toda la suerte del mundo. Si en algo puedo ayudarle, me llamó Alfredo Hernández, soy un pequeño empresario y me encantaría poder servirle en lo que sea. —Sacó de la cartera una tarjeta de visita y se la entregó a Teresa, a la vez que le decía—: He tenido mucho gusto en conocerla. Ha sido un café mucho más agradable de lo que podía imaginar. Que tenga un feliz viaje.

—Un viaje a Plentzia que tiene, para mí, mucho significado. Voy con la idea de reencontrarme con el pasado del capitán, de su segundo oficial, del jefe de máquinas y de otros marineros, cuya cuna fue la ría de Butrón.

SPECIAL_IMAGE-page0166_0000.svg-REPLACE_ME

as dos parejas de recién casados habían decidido prolongar su luna de miel en Valencia, por lo que aplazaron unos días su viaje a Argentina. En las oficinas de los Señores Requena e Hijos, consignatarios de Pinillos, en la calle Colón, número 62, cambiaron los pasajes que tenían reservados desde hacía tiempo en el vapor Cádiz por otros en el lujoso Príncipe de Asturias, dos semanas más tarde.

Ahora, antes del embarque, aprovechaban para dar un último paseo por el centro de Valencia, tomar una horchata y visitar a la Virgen en su camarín junto a la catedral.

Quedaba menos de un mes para las fiestas, pero ya se respiraba el ambiente de Fallas por todas las calles y plazas de la ciudad. Aquellos jóvenes sabían que no iban a vivir la emocionante Nit del Foc durante los próximos años, y por eso, a pesar de que estaban contentos e ilusionados con el viaje, se mostraban apenados por todo cuanto dejaban a sus espaldas.

Daniel Martínez Aparicio era maestro de escuela, y había salido de Enguera unos años antes con la intención de probar fortuna en Argentina. Dejó atrás, en el pueblo, a una muchacha, también maestra, que, hecha un mar de lágrimas, le hizo prometer que volvería a por ella en cuanto reuniera unos ahorros, los suficientes para casarse.

Y así sucedió.

A Daniel las cosas le sonrieron e incluso llegó a montar una pequeña escuela en Morteros, una villa situada en la provincia de Córdoba, en el centro del país. Tenía treinta años y decidió que había llegado el momento de regresar al pueblo con la intención de cumplir el compromiso de boda con Teresita Marín Ibáñez, la muchacha que le había esperado con impaciencia durante todos esos años.

—Ya veras cómo te gustará Morteros —le repetía a su joven esposa, una y otra vez—. Está muy cerca de la laguna de Mar Chiquita, un inmenso mar salado donde se pescan los mejores y más sabrosos lenguados que puedas imaginarte. Es el único lugar de Argentina donde se puede ver por las tardes al sol ocultándose tras un hermoso horizonte de agua plateada.

El párroco de Enguera tuvo que realizar un trabajo extra ya que el mismo día, a finales de enero, casó a Teresa con Daniel y también a un hermano de éste, Miguel Martínez Aparicio, con Matilde Garrigós Martí, otra muchacha que ardía en deseos de emigrar a Argentina, seguramente contagiada por la ilusión de su amiga Teresa. Y ese entusiasmo no se detuvo ahí, sino que otros tres jóvenes enguerinos, uno de ellos Alfredo Garrigós, hermano de Matilde, también decidieron dejar el pueblo y probar fortuna en América del Sur.

Los siete proyectaron embarcar en el puerto de Valencia con el fin de iniciar una nueva vida al otro lado del Atlántico.

Amarrado al muelle, el viernes 18 de febrero, el Príncipe de Asturias embarcó cuatro pasajeros de segunda clase y veintiocho de tercera. También cargó varias toneladas de arroz, vino, pimentón y azulejos, y gran cantidad de muebles valencianos, muy apreciados en Argentina y Uruguay. Y como la escala, sobre todo por las labores de carga, se demoró algunas horas, varios pasajeros aprovecharon para pisar el suelo de la ciudad y almorzar en alguno de sus renombrados restaurantes.

Vicente Barberá Masip, un conocido reportero gráfico valenciano, estuvo durante todo el día en los muelles, sacando algunas placas del moderno trasatlántico, de algunos de los viajeros y de las faenas de carga. Trabajaba habitualmente para ABC y su especialidad eran las instantáneas de la vida cotidiana en Valencia.

Antonio Salazar del Campo, capitán de la Marina mercante y primer oficial del Príncipe de Asturias, fue su anfitrión a bordo del buque y quien le mostró las dependencias del mismo.

Las placas de Barberá Masip reflejaron con absoluta fidelidad la vida cotidiana del lujoso vapor. La mayoría de los pasajeros fueron retratados en las cubiertas, descansando en las cómodas mecedoras o bien paseando en animada conversación o contemplando la ciudad desde la borda. Algunos de los oficiales fueron sorprendidos por la cámara en el puente superior cuando se relajaban enfrascados en una reñida partida de ajedrez, un juego en el que el doctor Zapata mostraba un gran conocimiento.

Ramón Badía sabía que ya estaba muy cerca de Teresa y de su pequeña Mercedes, que le esperaban en Mendoza. Había comprado una preciosa muñeca de porcelana para la niña y un broche de nácar para su mujer. Además, ya había comenzado a hacer nuevos pla nes para el viaje definitivo de regreso con toda la familia a Barcelona. Si todo iba bien, con el dinero que había invertido podría hacerse cargo de un pequeño establecimiento de comidas en la calle Puertaferrisa, en su confluencia con la calle del Pi, en la plaza conocida como de la Cucurulla. Era un lugar muy céntrico, próximo a las Ramblas y a la catedral, una zona de comercio donde la clientela parecía asegurada. Con la experiencia adquirida en el restaurante de Mendoza, Ramón y Teresa, que se daban buena maña en el arte de la cocina, pensaban que podrían salir adelante con su nuevo proyecto. Por eso estaban muy ilusionados.

Ramón era un muchacho joven, bien parecido y de trato muy agradable. Tenía mucha facilidad para relacionarse con los demás, caía simpático y su carácter era jovial y espontáneo. En el vapor, apenas en veinticuatro horas, había hecho buena amistad con algunos jóvenes de su misma edad, con los que entretenía el tiempo en cubierta hablando de sueños y de quimeras.

Ir a la siguiente página

Report Page