Naufragio
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Plentzia, el hogar de José Lotina
n una de las calles de Plentzia está todavía en pie, cargada de recuerdos, la casa donde vivió José Lotina. En una de sus paredes, cerca de la entrada, cuelga un retrato suyo al óleo, en el que viste el uniforme de capitán de la Compañía Pinillos sobre un chaleco blanco con botones de madreperla y una cadena de oro de la que pende un pequeño reloj.
En esa casa, donde ahora pasan todos los veranos sus nietas, nacieron los cuatro hijos de José Lotina: José, Marina, Roberto y Charo, la más pequeña.
Y en algunos rincones de Plentzia todavía permanece viva la vieja leyenda del suicidio del capitán, un maldito y absurdo colofón en la biografía del insigne marino que en su día fue declarado hijo adoptivo de la localidad, poco antes de morir en el naufragio.
Teresa, tras despedir al taxi que la había llevado desde Bilbao, visitó el Museo Plasentia de Butrón, donde pudo conocer la historia de algunos de los marinos ilustres del lugar. Allí se conservan algunos antiguos recortes de prensa en los que pudo leer las noticias del naufragio del Príncipe de Asturias, tal como las contaron algunos periódicos de la época.
RELATO DE LA CATÁSTROFE
Informes oficiales
Las últimas noticias que se reciben de Río de Janeiro sobre el naufragio del Príncipe de Asturias dicen que han perecido cuatrocientas cincuenta y dos personas, en su mayoría de nacionalidad española.Refiere la tripulación que la rapidez con que ocurrió el siniestro impidió toda labor de salvamento, y que las señoras salvadas lo fueron estando ya en el agua, pues no llegaron a transcurrir cinco minutos entre el momento en que se produjo el choque y el hundimiento del buque, que se inclinó de costado inmediatamente después de la embestida por proa.Muchos pasajeros no tuvieron tiempo siquiera de abandonar sus camarotes. De los que llegaron a cubierta y se arrojaron por la borda, casi ninguno pudo salvarse, pues desaparecieron con el remolino producido al hundirse el buque, que también arrastró a las lanchas que aún se hallaban en el costado del trasatlántico.El capitán, don José Lotina ha desaparecido. Testigos presenciales afirman que se suicidó disparándose un tiro con un revólver, junto al primer oficial, don Antonio Salazar.El valor del Príncipe de Asturias puede estimarse en diez millones de pesetas, aproximadamente. —Ésta es la única información de que disponemos —le dijeron a Teresa, mostrándole algunos viejos recortes de prensa—. Asi mismo nos han llegado referencias de que el capitán y otros miembros de la tripulación habrían bebido demasiado y su falta de atención hizo que el buque se estrellara contra los arrecifes. Se suicidaron, según parece, a causa del sentimiento de culpa que les provocaba el accidente.
Efectivamente, todo coincidía con las declaraciones de algunos supervivientes recogidas por algunos periódicos de la época, que dijeron al llegar a Santos que el capitán Lotina y sus oficiales estaban borrachos, ya que habían estado celebrando el Carnaval. «Su negligencia —afirmaron— fue la causa del desastre, y por eso, después de la colisión, el capitán se metió un revólver en la boca y se levantó la tapa de los sesos».
Lo mismo hicieron, según estas declaraciones, el primer oficial, Antonio Salazar y el sobrecargo, Antonio Llinás.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó Teresa—. Nada de todo esto se corresponde con la idea que yo tengo, tanto del capitán como de los oficiales del trasatlántico.
Recordaba que en el libro de Fernando García Echegoyen, Los grandes naufragios españoles, había leído recientemente una defensa a ultranza de la actuación del capitán aquella noche del hundimiento:
Lotina era un vasco de la vieja escuela, de estrictos y rígidos principios morales que ejercía el mando de una forma muy estricta, incapaz de cometer ningún desliz en el puente de mando. Tenía toda la confianza de la familia Pinillos, y resulta impensable, no ya que estuviese borracho, sino que a bordo se celebrase una fiesta de Carnaval. —Pero hay un sector de Plentzia que se ha creído todas estas burdas historias y que no guarda una buena imagen de mi abuelo.
Quien decía esto era Miren Lotina, una de las nietas del capitán, que acompañaba a Teresa en su recorrido por Plentzia. Licen ciada en filología románica, ejerce como profesora de literatura en un instituto de Bilbao.
—Dicen los entendidos que en un porcentaje muy alto de historias de naufragios siempre se afirma que el capitán acaba suicidándose. Según García Echegoyen, esta idea obedece a una deformación de la creencia generalizada de que el capitán tiene que hundirse con su barco.
Teresa abrió su inseparable carpeta y extrajo algunos de los documentos que había conseguido en la hemeroteca del Archivo Histórico de Barcelona.
—Hubo en su día varios desmentidos a todas estas declaraciones que trataban de calumniar a tu abuelo. Mira —dijo, mostrándole la fotocopia de un periódico—, ésta es la nota que hizo pública Troncoso Hermanos, la agencia consignataria de Pinillos en Santos, y que apareció en todos los periódicos, tanto de Brasil como de España. Puedes leerla.
Miren examinó con atención el contenido de aquella información que Teresa le mostraba.
Las informaciones publicadas por la prensa son exageradas y no se ajustan a la verdad. De acuerdo con los relatos de los pasajeros y de los tripulantes del navío naufragado, el capitán y los oficiales del mismo se mantuvieron serenos, en sus puestos, hasta que fueron barridos del puente de mando por las olas gigantescas, y no se registró ningún suicidio. —De verdad —comentó sin levantar la mirada de aquel papel—, me gustaría que todo esto hubiera servido para lavar la imagen de mi abuelo, pero, por lo que parece, no fue suficiente. Todavía, hoy en día, existen dudas sobre su comportamiento en el naufragio.
Teresa mostró entonces otro documento a Miren Lotina.
—El diario La Correspondencia de España publicó, pocos días después de la catástrofe, unas declaraciones del segundo oficial, Rufino Onzaín, quien afirmaba rotundamente que el capitán había actuado de forma más que prudente durante la aproximación al faro de Punta Boí. Dijo también que «en los cinco minutos escasos que el buque se mantuvo a flote, no hubo un momento mal aprovechado, y el capitán, personalmente, estuvo en la cubierta de botes y dirigió el salvamento con gran serenidad, animando a todo el mundo con sus palabras».
Las dos mujeres estaban sentadas en el interior de un pequeño café, junto al paseo que recorre el cauce de la ría de Plentzia. Teresa, con la carpeta abierta sobre la mesa, iba revelando a Lotina todos los detalles de su trabajo de investigación.
—Un periódico de Barcelona quiso conocer, en marzo de 1916, la opinión sobre las causas del naufragio de Leopoldo Benítez, el presidente de la Asociación de Capitanes y Pilotos de la Marina Mercante Española. Fue compañero de tu abuelo, ya que navegó en la misma época como capitán en diversos buques de Pinillos. Sus manifestaciones constituyen un testimonio muy interesante y aclaran muchas dudas sobre lo que pudo ocurrir en el puente de mando aquella noche del naufragio.
EL NAUFRAGIO DEL PRÍNCIPE DE ASTURIAS Así debió ocurrir
Una entrevista de J. Quintana Conozco bien al personal de los buques de la casa Pinillos y estoy seguro de que cumplieron con su deber. Tengo, además, en el más alto concepto al infortunado capitán Lotina que, en su largo tiempo de mando, ha hecho miles de maniobras magníficas. Es decir, que en un momento, en un segundo, debido a su inteligencia y a su sangre fría, habría salvado la vida a los seres que iban en su buque. Creo que Lotina puso todos los recursos de su ciencia y de su práctica para salvar al vapor y a su pasaje.
Hay muchos que ahora achacan la culpa de la catástrofe al capitán. Éstos son los de siempre; son los eternos contramaestres de muralla, como vulgarmente les llamamos, que fumando la pipa al abrigo de los muelles, maniobran admirablemente, pero que una vez a bordo se mueren del susto.El capitán y el oficial de guardia se dieron cuenta de que estaban en peligro al sentir el choque violentísimo contra las piedras, es decir, cuando ya era imposible maniobrar de cualquier manera.Conozco bien la configuración de la isla de San Sebastián por haber pasado por allí infinidad de veces. Con la corriente que existe en aquellos parajes es muy fácil desviarse tres o cuatro millas, las suficientes para no avistar la luz de Punta Boí, que no ilumina sino una línea de este a oeste, dejando a oscuras la parte oriental de la isla de San Sebastián.No hubo tiempo, con seguridad, de organizar el salvamento, porque Lotina y los oficiales lo hubieran hecho, estoy seguro. —Ya ves —dijo Teresa— como hay mucha gente que piensa que tu abuelo actuó con responsabilidad.
—Ojalá todo el mundo pensara como tú. Es muy fácil levantar una calumnia y ni toda una vida es suficiente para reparar la dignidad de una persona.
—No te preocupes. El tiempo os dará la razón y pondrá de nuevo las cosas en su lugar. Estoy segura.
Miren y Teresa pasearon hasta el cementerio de Plentzia, al borde de una colina, sobre uno de los recodos de la ría de Butrón. Allí, la familia Lotina tiene un panteón vacío desde hace más de cien años. Nadie está enterrado en él.
—El tío José murió fusilado en la Guerra Civil; sus hermanas, la tía Marina y la tía Charo, murieron en el exilio, en México y en Londres; y Roberto, mi padre, está enterrado en Bilbao. Y el abuelo José, el padre de todos ellos, allí está, en algún lugar del fondo del océano.
1 día había amanecido algo gris y plomizo y eran muy pocos los pasajeros que a aquella hora estaban en la cubierta del Príncipe de Asturias. La mayoría todavía dormía o tomaban su desayuno en alguno de los comedores del vapor.
Miguel Balmas Jordana paseaba por la cubierta de toldillas, se había subido el cuello de la chaqueta para resguardarse del frío y había encendido un cigarrillo, que consumía despacio, casi masticando el humo, que expulsaba rítmicamente a través de la nariz. Le dio por recordar aquel momento, hacía ya cuatro años, en que había tomado la decisión de marchar a la Argentina. Estaba asqueado de la situación en Cataluña, donde ya no había un hueco para sus aspiraciones políticas. Lo decidió casi sin pensárselo dos veces. Tuvo el tiempo justo para ordenar sus cosas, hacer el equipaje para una larga temporada y despedirse de los amigos. En el fondo, le gusta ba la idea, aunque muchos la calificaran entonces como una peligrosa osadía. Ahora, sin duda, pasado el tiempo, se sentía satisfecho de aquella decisión.
Apuró el cigarrillo, tiró la colilla al agua y se apoyó en la barandilla, observando a un grupo de gente congregada en uno de los muelles del puerto, cerca del lugar donde estaban fondeados. Varias personas, en una larga fila, aguardaban en silencio, con aire de derrota. Esperaban para embarcar en el trasatlántico.
Una pequeña falúa tuvo que hacer varios viajes para transportar a los cincuenta y cuatro pasajeros y sus equipajes hasta el Príncipe de Asturias, fondeado en aguas del puerto de Almería. Todos eran emigrantes que viajaban a América en busca de nuevas oportunidades. Huían del hambre y de la miseria e iban en busca de su supervivencia y la de sus familias. Los más jóvenes, sobre todo, buscaban una excusa para librarse de la temible guerra de África y del servicio militar obligatorio de los pobres, ya que no podían pagar las mil quinientas vergonzosas pesetas que les redimían de cumplirlo. En la mayoría de sus rostros, mientras enfilaban la escalerilla para acceder al vapor, se reflejaba el dolor de los desposeídos, que ellos no intentaban disimular.
—Mírales, todos ellos van en busca de la tierra prometida.
José Solá, compañero de camarote de Miguel, se situó a su lado, con los codos apoyados en la barandilla. Estaba casi irreconocible, con una gorra calada hasta las orejas y la barba sin afeitar.
—¿Sabes que más de seiscientos mil españoles han emigrado a América, abandonando sus pueblos y sus familias, en los últimos cinco años?
—Dentro de muy poco, no obstante —intervino Miguel—, la mayoría de ellos se habrán arrepentido y querrán regresar, pero ya será tarde. Demasiado tarde.
—Es triste y sombrío el porvenir de España —sentenció José Solá.
Mientras conversaban, los emigrantes subían pesadamente por la escalerilla del vapor. Venían con dos o tres pequeñas maletas, algunos fardos y había quien llevaba una manta sobre los hombros. Las mujeres sostenían a sus hijos en brazos y eran ayudadas por los hombres para no resbalar al ascender por las traviesas de madera.
—Éstos ya han dado el paso definitivo —siguió diciendo José Solá—, y ahora, una vez aquí, al pisar el suelo del barco, cerrarán los ojos a todo cuanto dejan atrás.
—Comienza una nueva vida para esta gente. Ojalá tengan suerte.
Los recién llegados observaban con curiosidad las cubiertas del buque por donde ya empezaban a merodear algunos de los pasajeros recién levantados.
—Lo peor es la emigración clandestina —dijo Miguel Balmas—, cuya cifra es muy alarmante. A mi periódico llegan constantemente informaciones sobre esos incautos que son reclutados por redes de tráfico fraudulentas, y que salen de forma ilegal, atravesando furtivamente nuestras fronteras. Asimismo, hay muchos marineros y algunos oficiales que lo toleran y, a cambio de unas pocas pesetas, miran a otro lado a la hora del embarque.
José Solá falseó la voz, empleando un tono parecido a una cantinela, para decir a continuación:
—¡No emigréis, no emigréis!, les dicen muchos párrocos desde los púlpitos. Si no tenéis una necesidad o una causa grave, no emigréis. Tratan de quitarles el sueño con prudentes consejos, pero ellos siguen tan obstinados como antes.
Juan José Solá Pujol, de veintiocho años, era un cotizado pianista catalán que regresaba a Argentina tras haber pasado una larga temporada con su madre en Barcelona, como hacía todos los años. Aprovechaba el verano austral para pasar las Navidades en familia. Viajaba con un pasaje de segunda clase, por lo que debía compartir camarote con algún otro viajero. En este caso con el periodista Miguel Balmas Jordana.
El alojamiento de los emigrantes estaba en los entrepuentes de las bodegas, un lugar también conocido como sollado de emigrantes, entre la cubierta de segunda clase y la sala de máquinas, una amplia zona entre las bodegas de carga de proa y popa. En ese habitáculo había unas largas hileras de literas metálicas, equipadas con un jergón y una manta. El espacio era muy reducido, tanto para moverse como para respirar, y por descontado, no se gozaba de ninguna intimidad, ya que tan sólo había unas pequeñas cortinas que servían para separar una cama de otra.
Un repentino alboroto anunció la llegada de los pasajeros que acababan de embarcar en Almería.
—Mirad por ahí y buscad diez camas que estén juntas —gritaba una mujer, enviando a sus hijos a por literas vacías.
—¿Diez camas? —exclamó sorprendida otra pasajera—. ¿Para qué quiere usted diez camas?
—Para dormir, bonita, y porque somos diez de familia, mi alma; yo, mi marido y ocho hijos. Y uno más que la Virgen quiere que ya esté esperando.
—¡Calla ya! —la reprendió el marido a su lado.
—¡Quita, si me casé a los veinte, tengo treinta y ocho, y desde entonces no he dejado de parir!
—¿Y de dónde vienen todos ustedes?
—De Albánchez, mi vida, pero ahora nos vamos todos a la Argentina, porque cuesta un dineral alimentar todas estas bocas y aquí el campo está seco y no da para vivir.
—Nosotros venimos de Valencia.
—Qué estrecho está esto, ¿no?
—Sí, pero no se queje, porque aquí en el barco nos dan una manta, un lugar para dormir y tres comidas calientes cada día. ¿Qué más quiere usted?
—¡Ay, madre! ¡Pero si no se puede ni respirar!
—Aquí la señora tiene toda la razón —intervino una nueva pasajera—, pero claro, a los de los barcos les interesa llevar a mucha gente; a ellos mientras vaya cayendo dinero les importa un comino que la gente se les muera.
—¡Hombre, tanto como morirse!
—Es una forma de hablar, mire usted.
—Es que los que somos pobres, somos unos desheredados —dijo alguien, al fondo.
—Unos tíos siesos, y unas gachís siesas, eso es lo que somos.
—¿Y eso qué es, señora?
—Unos malajes.
Fernando Usero Cruz logró convencer a su mujer para que no le acompañara en este primer viaje a Argentina. Era mejor esperar a que él pudiera encontrar algún buen trabajo antes de embarcar a toda la familia en esa loca aventura. Muy a regañadientes, ella estuvo de acuerdo y se quedó en Cabo de Gata con sus tres hijas pequeñas.
Fernando tenía treinta y tres años y había nacido en Turrillas, un pequeño lugar de casas blancas, árido y solitario. Desde muy joven, asomado al inmenso balcón de su pueblo sobre el Campo de Tabernas, una llanura inmensa de almendros y de olivos, comenzó a soñar con las lejanas montañas de la Sierra de Filabres y las de la Alhamilla y con el horizonte oculto que adivinaba detrás de aquellos altos cerros de la lejanía, y poco a poco, su mundo se le hizo pequeño y tomó la decisión de ir a probar fortuna al otro lado del mar, donde decían que era posible encontrar una vida mejor.
Había dejado su pequeña maleta sobre una litera que vio vacía y estaba todavía un poco aturdido por la decisión que acababa de tomar y que ahora ya no tenía vuelta atrás.
Uno de los jóvenes emigrantes que se estaba acomodando a su lado le tendió la mano.
—Hola, amigo, yo me llamo Gaspar Morilla y soy de Níjar.
—Yo soy Fernando Usero, de Turrillas.
—¿También vas a Argentina?
—Voy a salir de esta miseria; y a probar, a ver lo que hay allí.
—Peor que esto no creo que pueda ser.
—A mí me duele dejar Almería.
—¡Almería! ¡Qué cerca y qué lejos está de nosotros nuestra tierra!
Se quedaron los dos en silencio. Usero dirigió de nuevo la mirada al recién llegado y retomó la conversación.
—Yo trabajaba en el campo, ¿y tú?
—Me ganaba el pan como herrero en mi pueblo.
—¿Una vez allí, tú crees que será fácil encontrar trabajo?
—Algo saldrá, hombre, algo saldrá.
Al dejar atrás el puerto de Almería, los viajeros empezaron a contemplar por el lado de estribor las magníficas cimas nevadas de Sierra Nevada, y más cerca, casi al borde del mar, entre la blanca espuma que fosforecía en la popa del vapor, los recién llegados reconocieron sobre los perfiles de la Sierra de Gádor y de la Alhamilla, centelleando a la luz del sol, las diminutas manchas blancas de los pueblos que dejaban para siempre.
Navegaban próximos a la costa, ya que el trasatlántico, antes de cruzar el estrecho, debía fondear en el cercano puerto de Málaga para recoger a algunos nuevos pasajeros.
—¡Dios mío, si hasta me parece que puedo acariciarlo todo con mi mano!
—Es como un paisaje pintado con un pincel.
—Ay, mi Almería.
—¿Y usted cree que vale la pena llorar por ella?
—No lo sé, pero a mí me da un dolor muy grande. Muy grande. Toda mi familia, mi vida entera, se me queda perdida entre esos montes para siempre.
—Yo lo siento todo muy lejos ya, aunque parezca tan cerca.
—¡Qué ruindad, señor, qué ruindad!
Pantaleón Palenciano, de pie, solo, en mitad del muelle, observaba al buque que se perdía en la lejanía, dejando un rastro de humo y de amargura en el cielo de Almería.
Pantaleón Palenciano había decidido viajar con sus hijos y nietos durante todo el día anterior a la partida en el nuevo automóvil de línea, desde Albánchez hasta Almería, para acompañarles a embarcar en el Príncipe de Asturias. Carmen Palenciano Molina, su hija mayor, y su esposo, Miguel Linares García, se iban a Buenos Aires con sus ocho hijos, el mayor de dieciocho años y la más pequeña de siete meses. La tarde anterior, en el pueblo, antes de las despedidas, Carmen les dio a todos la buena nueva de que estaba esperando un nuevo descendiente.
—¡Bendito sea Dios! ¿Y a éste cuándo le conoceré? —dijo el abuelo.
—No se preocupe, padre, que ocasiones ya tendremos.
El matrimonio Linares tenía previsto pasar algunos años en Argentina. Llevaban toda su ropa y una fuerte suma en metálico para sobrevivir con holgura hasta que decidieran en qué empleaban su futuro en aquella nueva tierra de promisión. Con ellos viajaba también una joven almeriense, María García, que les servía en calidad de criada.
Pantaleón Palenciano estaba con una gran pena porque los que se iban eran ya la única familia que le quedaba en Albánchez desde que sus otras dos hijas se fueron a Cuba unos años antes.
—Mamá, vamos arriba, a decir adiós al abuelo.
—Llevad cuidado —les advirtió Carmen Palenciano—, y sobre todo, que María cuide de los pequeños.
—¡Virgen Santa!, no le arreo la ganancia detrás de tanto niño —le dijo su vecina de litera—. ¡Y con otro que va en camino!
—Pues ya me dirá usted para qué estamos las mujeres en este mundo —contestó ella— si no para dar hijos a la familia.
La vida a bordo, al tercer día de navegación, había tomado ya un ritmo de gran pesadez y monotonía. Sólo las horas de las comidas eran un motivo de distracción. A las seis de la mañana se servía el desayuno, a las diez, el almuerzo, y la cena, a las cinco de la tarde. En primera y segunda clase, además, se ofrecía un refresco a las dos de la tarde y un chocolate a las nueve de la noche. Los menús eran muy variados y abundantes, incluso para los pasajeros de tercera clase, que todos los días tomaban sopa, legumbres, carne y cocido. Los jueves y los domingos, en el comedor de primera, se servían helados y champán.
Antonio Roig descubrió a Ángela sentada en uno de los bancos del pozo de popa. Se había fijado en ella las dos tardes anteriores, durante sus habituales paseos por cubierta.
Tenía la mirada perdida hacia el horizonte, contemplando la estela blanca que dejaba tras de sí el vapor. Viajaba sola, sin otra compañía que sus pensamientos, quizás sus recuerdos.
—Buenos días, ¿le molesta que me siente a su lado?
Le miró y, sin decir nada, se desplazó ligeramente, para permitir que se sentara en el mismo banco donde ella acostumbraba a ver pasar las horas.
—¿Viaja usted a Argentina? —le preguntó sin mirarla.
—No, a Montevideo.
—¿Tiene a alguien de familia que la espera?
—Mi hermana vive allí y yo voy a reunirme con ella. Hace un año murió mi madre y ahora, cuando por fin he podido aliviar el luto, he decidido dejar la casa para ir a vivir con ella en Montevideo.
—Crea que lo lamento.
—Mi padre también falta desde hace tiempo, y ahora estaba viviendo con unos tíos en el pueblo.
—Yo voy a Buenos Aires, a trabajar con un hermano de mi madre.
Tras un largo silencio, Antonio volvió a dirigirse a la muchacha.
—Me fijé en usted cuando embarcamos en Barcelona. Permítame decirle que me pareció muy hermosa.
—¡Qué dice usted! Las pobres no somos hermosas nunca.
—Pues a mí sí me lo parece.
Ángela sonrió, a la vez que se ruborizaba ligeramente y trataba de ocultar su rostro desviando la mirada al suelo.
—Yo me llamo Antonio, ¿y usted?
—Ángela.
—La he visto pasar muchas horas sola, aquí en cubierta.
—Es que los días se hacen muy largos aquí en el mar, y todos son iguales unos a otros.
—¿Sabe? —dijo entonces él, esbozando una media sonrisa—. Con usted, sin darme cuenta, acabo de meter la pata.
—¿Ah sí? ¿Por qué?
—Es que nos hemos puesto a hablar y a hablar, y le he dicho que me llamo Antonio.
—¿Y entonces, cómo se llama?
—Que sí, que me llamo Antonio, pero mi madre me dijo que no se me ocurriera en el barco decir que me llamo Antonio. En el barco me llamo Salvador.
—A mí me gusta más Antonio.
—Y a mí, pero es que para poder salir de Barcelona me cambiaron los papeles, y me dijeron que me llamaba Salvador.
—¿Y eso? ¿Había hecho usted algo malo?
—Uno de mis hermanos murió en Ceuta hace cuatro meses cumpliendo el servicio militar. A mí me sorteaban ahora y a mi madre le entró miedo de que pudiera tocarme ir a filas. Consiguió cambiarme los papeles y embarcarme con otro nombre a Buenos Aires para trabajar con mi tío, un hermano de mi madre. Si descubren el cambio, me mandan a la guerra.
—¿A qué guerra?
—No sé, a la guerra. ¿Me promete que guardará el secreto?
—No se preocupe, que yo no diré nada. Pero entre nosotros prefiero llamarle Antonio.
—¿Podré venir a hablar con usted todas las tardes?
—Si usted lo quiere, claro que sí.
En cubierta, sobre todo en los pozos de proa y de popa donde se reunían los emigrantes, había mucha gente. Ellos, los hombres, estaban apostados a la barandilla, con los brazos cruzados, con la gorra calada, los ojos vencidos y ausentes. Ellas, sentadas en las tumbonas, permanecían en silencio, con la mirada perdida, los párpados caídos y con las manos sobre el regazo. Los niños correteaban por las cubiertas. Fernando Usero y Gaspar Morilla caminaban sin rumbo fijo, apurando las colillas, que les quemaban los dedos.