Naufragio

Naufragio


TERCERA PARTE » Con la familia de Rufino Onzaín

Página 17 de 31

Con la familia de Rufino Onzaín

a familia de Rufino Onzaín, el segundo oficial del Príncipe de Asturias, no tiene ninguna duda sobre la actuación de su abuelo en el puente de mando antes y después de encallar contra el fatídico arrecife de Punta Pirabura.

—Mi abuelo era un hombre de una integridad y una rectitud fuera de serie.

Ésta fue la primera observación que una de las nietas de Rufino le hizo a Teresa al interesarse por la personalidad del marino que se convirtió en uno de los auténticos héroes del naufragio.

—Buena prueba de esto es que fue condecorado con la Medalla de Salvamento de Náufragos y con dos Cruces al Mérito Naval, concedidas por su actuación durante el naufragio del Príncipe de Asturias.

Rufino Onzaín, malherido y aturdido por la lucha que tuvo que mantener contra las olas, logró ser rescatado por unos compañeros en un bote de salvamento, y una vez allí, estuvo durante varias horas y sin descanso intentando salvar al mayor número posible de náufragos que pedían auxilio en el océano. En ese bote logró salvar de perecer ahogadas a ciento veinticinco personas, entre pasajeros y tripulantes del vapor.

—«Hice lo que pude y lo que era mi obligación», decía siempre mi abuelo cuando alguien le recordaba aquel heroico comportamiento.

Rufino conservó durante toda su vida un pequeño trozo del cabo de la maroma de aquel bote de salvamento, y lo tuvo en su casa de Barcelona colocado a los pies de una imagen de la Virgen del Carmen, en su dormitorio.

Teresa pudo averiguar, tras ese encuentro con la familia del que fuera segundo oficial, que éste había sido siempre un hombre muy serio, que apenas reía y que inculcó a los suyos un carácter muy severo y un gran espíritu de sacrificio.

—De pequeños —recuerda una de sus nietas— nos hacía correr y nadar en la playa de Gorliz, tanto con buen tiempo como con mal tiempo, con frío o con calor. Tenía auténtica obsesión por el ejercicio físico, y era un auténtico sargento de varas, como lo había sido también su padre, el abuelo Eulogio.

El padre de Rufino Onzaín, según cuenta la familia, tenía un cierto parecido con el novelista ruso León Tolstoi, sobre todo por la larga e hirsuta barba, que le daba un aspecto severo y extremadamente serio. Eulogio Onzaín —ése era su nombre—, hijo y nieto de legendarios marinos mercantes vascos, bregado en mil aventuras en la mar, capitaneó varios buques con los que viajó a los puertos más remotos del planeta. Empleado desde muy joven en la Compañía Trasatlántica, navegó en el velero mixto Cataluña, con el que cubrió la línea del Mediterráneo a Buenos Aires, y posteriormente en los vapores Patricio de Satrústegui, Isla de Panay e Isla de Mindanao, con los que realizó en varias ocasiones la larga ruta de Barcelona a Manila, en la que se invertían más de treinta días de difícil navegación a través del Mediterráneo, Canal de Suez, mar Rojo, mar de Arabia, océano índico y el mar de la China Meridional. Precisamente en uno de esos viajes, en 1886, capitaneando el Isla de Mindanao, trasladó desde Filipinas a Barcelona los restos del beato Valentín de Berriochoa, segundo patrón de Vizcaya y mártir en Vietnam.

Eulogio Onzaín abandonó, años más tarde, la vida del mar y fue nombrado inspector jefe de la Compañía Trasatlántica en Nueva York. Allí fue donde nació Rufino Onzaín.

—Mi abuelo Rufino tuvo la nacionalidad española y estadounidense —le contó Francisca Onzaín a Teresa—, y eso le salvó en la Guerra Civil de una muerte segura, cuando miembros del gobierno republicano lo apresaron por su ideología y sobre todo por su posición social. Iban a fusilarle, y la embajada de Estados Unidos, en el último instante, consiguió su libertad.

Rufino habló siempre muy poco del naufragio del Príncipe de Asturias y cuando lo hizo fue para defender la actuación del capitán, su amigo y admirado José Lotina, al frente del vapor.

—«Desde que se produjo el choque —contó mi abuelo en unas declaraciones al llegar a Buenos Aires—, no hubo a bordo un solo momento mal empleado en los escasos cinco minutos que tardó el Príncipe de Asturias en sumergirse. El capitán permaneció en su puesto hasta el último momento, enérgico y dando órdenes con relativa serenidad. No hubo suicidios de ningún tipo. El fuerte oleaje hizo que todos fuéramos barridos del buque».

Sus declaraciones tienen sobre todo el valor testimonial de que él fue una de las últimas personas que vieron con vida al capitán Lotina. Y tampoco hay que olvidar que Onzaín era el oficial de guardia en el puente de mando en el momento del naufragio. Su testimonio, por lo tanto, pudo ser capital en la investigación sobre las causas del naufragio.

EN TENERIFE LOS NÁUFRAGOS DEL PRÍNCIPE DE ASTURIAS

Lo que dice el segundo oficial

Ayer tarde llegó a este puerto de Santa Cruz el vapor Patricio de Satrústegui, conduciendo a los tripulantes supervivientes del magnífico vapor de la Compañía Pinillos Príncipe de Asturias, perdido, como se sabe, en las costas del Brasil.Enseguida que pisaron tierra se dirigieron a las oficinas de la central de telégrafos a comunicar a sus respectivas familias su llegada a Tenerife, donde quedarán hasta la llegada aquí de un vapor de la misma compañía que los conduzca a Cádiz.A bordo del Satrústegui pasó una comisión de damas de la junta de Señoras, otra de la Cruz Roja, autoridades de Marina, alcalde señor Casariego, cónsules de la Argentina y de Cuba y otras personas, con objeto de disponer el traslado y alojamiento de los desgraciados náufragos.En el semblante de todos ellos se reflejan los sufrimientos ocasionados por tan tremenda desgracia, atenuada en parte hoy por haber logrado llegar a tierra canaria donde fueron recibidos y agasajados por el numeroso público que desde el momento que fue señalado el vapor acudió al muelle.En el Hotel Camacho hemos tenido ocasión de oír a los náufragos algunos pormenores de la terrible catástrofe, que tan dolorosa impresión ha causado en todas partes.

El segundo oficial, señor Onzaín, lo mismo que sus compañeros, hállase todavía bajo el peso abrumador de la desgracia que ha llevado el luto y la consternación a centenares de hogares.Abusando de su amabilidad, rogamos al señor Onzaín que nos facilitara algunos antecedentes de la catástrofe que aún se llora en muchos hogares españoles.Empezó diciéndonos: «Yo podría facilitar a ustedes datos interesantísimos sobre este horrible suceso; pero me sucede que no sé por dónde comenzar. Presencié tantas escenas trágicas y emocionantes que al recordarlas se me hace aún más difícil el relacionarlas».Nos dijo que media hora antes de hundirse el hermoso vapor español había entrado de guardia, sustituyendo a su compañero, el primer oficial. Al iniciarse el accidente, estuvo junto con el capitán del barco, José Lotina, y comenzaron a dar las órdenes necesarias para organizar el servicio de salvamento; pero todo fue inútil dada la rapidez con que se hundió el Príncipe de Asturias.Al preguntarle si era cierto que el capitán se había suicidado nos manifestó que no era cierto, que un golpe de mar lo había arrebatado del puente, desapareciendo en la oscuridad de las aguas, y probablemente inconsciente, murió ahogado.Nos dijo que suponía que la mayor parte de los pasajeros no pudo salir de los camarotes. Nos contó que cuando él nadaba, tropezó con frecuencia con un crecido número de cadáveres que flotaban sobre las aguas.El señor Onzaín estuvo cerca de cinco horas en el agua hasta que pudo llegar al bote que lo salvó, el único que, de todos los que llevaba el Príncipe de Asturias, pudo ser lanzado al mar. En ese único bote se salvaron la mayoría de los tripulantes y pasajeros supervivientes.

Cuando regresó a España después del naufragio, Rufino Onzaín quiso continuar sin descanso con su vida de marino. Capitaneó varios buques y se incorporó a la Compañía Trasatlántica. Tuvo también ocasión de ver varias veces en Cádiz a aquella muchacha que le había vuelto loco y se había apoderado de sus sueños al salir de Barcelona. Francisca Suárez Berry, a la que todos conocían como Panchy, tampoco pudo evitar, con el tiempo, sentirse atraída por aquel brillante capitán, y en 1921 contrajeron matrimonio en la iglesia del Carmen de la ciudad de Cádiz.

Rufino Onzaín navegó a través del Atlántico y estuvo varias veces en Buenos Aires, una ciudad que le gustaba casi tanto como Barcelona. Tuvo cinco hijos, Rufino, María Vicenta, Carmen, Victoria y Francisco. Los dos varones fueron capitanes, como su padre. Francisco, el menor, fue capitán del mercante Almudena, en el que viajó el novelista José María Gironella a Egipto, Ceilán y la India, y donde se inspiró para escribir su libro Personas, ideas y mares.

Rufino fue condecorado una vez más en 1944 con la Medalla del Trabajo; llegó a ser director de la Nacional Elcano y murió en Barcelona el 5 de febrero de 1968, a los setenta y seis años de edad.

quella mañana, Cecilia Drouillet había salido a la cubierta sin su habitual sombrero, y el viento alborotaba su pequeña melena rubia. Miraba el océano a esa hora de la mañana lleno de destellos plateados y pensaba en su porvenir. Había invertido todos sus ahorros en la compra de elegantes prendas de vestir, con el fin de venderlas en su tienda de moda en Buenos Aires, donde le esperaban su madre y su hermana.

Cecilia era joven y muy hermosa. Desde su llegada al barco había despertado la admiración de todos los caballeros. Sonreía siempre con un gesto espontáneo y cordial, y tenía un acento francés que la hacía muy graciosa e interesante. Vestía a la moda de París, con bastante atrevimiento, que contrastaba con el estilo mucho más recatado de las españolas o argentinas.

Viajaba en un camarote individual de primera clase y trataba de relacionarse con las esposas de los acaudalados pasajeros.

—Todo cuanto pueda sembrar aquí —pensaba a menudoserá en beneficio de mis ventas en Buenos Aires.

Estaba decidida a hacer un buen negocio, ya que la moda francesa tenía muy buena aceptación en Argentina. Además, en París, que ahora vivía las dificultades de la Gran Guerra, se podían encontrar muy buenas oportunidades a precios mejores que nunca. Por eso Cecilia incluso se atrevió a pedir prestada una fuerte suma de dinero a una buena amiga de Buenos Aires, con la seguridad de poder reembolsarla en muy poco tiempo. Su madre y su hermana aguardaban con impaciencia la llegada de la mercancía, que iba a servir para presentar en la tienda de la calle Charcas la nueva moda para otoño e invierno.

La cubierta de botes, en el puente superior de paseo, donde ahora se encontraba, era un lugar a esa hora todavía muy poco concurrido. A través del enrejado de la claraboya sobre la gran escalinata principal le llegaba el rumor de las conversaciones de los pasajeros que, poco a poco, iban saliendo del restaurante de primera clase donde acababan de tomar su desayuno.

Miguel Balmas Jordana se había refugiado en la sala de fumadores de segunda clase donde, sentado frente a un pequeño velador, tomaba notas para su cuaderno de viaje:

Sábado, 19 de febrero de 1916 Hace tres días que navegamos. El mar, hasta ahora, está llano y tranquilo, y los viajeros se quejan de esa excesiva tranquilidad. Una pequeña tempestad, una mar gruesa, según dicen, eliminaría la monotonía de estos días tan iguales, largos, pesados. Los nuevos avances han quitado al viaje marítimo toda la emoción y toda la poesía de hace unos años. Ni las calmas, ni los vientos retrasan ya, o precipitan, la marcha del vapor. El momento de ver tierra también carece de emoción, porque el día y la hora de este acontecimiento son conocidos por todos, ya que están fijados de antemano con exactitud matemática. La gente de a bordo, falta ya de toda sensación anímica, no tiene otra distracción que el flirt.

En estos momentos y a estas alturas de viaje el flirt ha hecho estragos en el pasaje. Nadie se ha librado de caer en sus garras, excepto una jovencita chilena y yo. Una muchacha que honra a su país y que es una potente afirmación de que en Chile las mujeres tienen unos ojos hermosísimos. Excepto ella y yo, los demás están todos en pareja.Esta jovencita chilena, que habla dulcemente con el ritmo encantador e insinuante de su país y tiene un espíritu sutil y observador, me comenta a menudo la ligereza de estos flirts a plazo fijo que acaban con el viaje. Por las noches me acompaña a recorrer el buque para reírnos juntos de la ridiculez de este pequeño mundo que no sabiendo en qué malgastar el tiempo lo pasa engañándose mutuamente, teniendo plena conciencia del engaño del que unos y otros son objeto.Ayer noche, después de comentar con mi dulce amiga chilena el proceso de los flirts, al retirarnos, la acompañé hasta la puerta de su camarote y una vez allí le di las buenas noches. Detrás de nosotros bajó un camarero que se sorprendió silenciosamente en cuanto vio que después de mi despedida, me dirigía solo hasta mi camarote.Quién sabe si queriendo huir del flirt mundano y convencional, he caído en uno más serio y romántico. Esta mañana cuando hemos subido a la toldilla de los botes, los marineros y la gente nos miraba, sonriendo de un modo especial. Ya no tengo ninguna duda, la gente de a bordo cree que es algo más que un flirt mi buena amistad con la joven chilena.

Cecilia Drouillet hizo, desde el primer momento, muy buena amistad con Ana González Grasa, la joven y distinguida esposa de Enrique Nicholl. Juntas daban largos paseos por la cubierta y entretenían su tiempo conversando sobre lugares y aficiones comunes. Otras veces tomaban parte en alguno de los pasatiempos que se organizaban para los pasajeros de primera clase en el amplio puente superior. La mayoría de ellos eran entretenidos juegos ingleses de habilidad, que servían para hacer más soportable las largas y tediosas jornadas de navegación. En alguna ocasión, se sumaban también a alguna de las partidas de bridge que se organizaban en alguno de los salones del buque y, sobre todo, hablaban de la moda y comentaban sus últimas lecturas, a lo que ambas eran muy aficionadas. El Príncipe de Asturias contaba con una bien surtida biblioteca, que las dos mujeres visitaban con bastante frecuencia. Allí había libros de Ricardo León, de López de Haro, Pío Baroja, Julio Verne, Luis Coloma y otros autores de moda en aquellos años. Cecilia, desde hacía días, se mostraba absorta con la lectura de Madama Crisantemo, la nueva novela de Pierre Loti, un escritor francés todavía poco conocido en España y Argentina.

—Le confieso que nunca me había sentido tan fascinada por la lectura de un libro como con las novelas de mi compatriota Pierre Loti.

—Pues yo debo confesarle con toda sinceridad que nunca hasta ahora había oído hablar de él.

—Su auténtico nombre es Julien Viaud, y sus libros, que narran casi siempre historias de países exóticos, tienen un carácter de auténtico ensueño. En su juventud fue marino de guerra y eso le dio ocasión de conocer casi todo el mundo. A bordo de los barcos ha escrito la mayoría de sus obras, por eso se dice de Loti que es el poeta del mar.

—Pues parece una lectura muy adecuada para nuestra situación actual —dijo Ana González, esbozando una media sonrisa.

—Le aseguro —afirmó con rotundidad Cecilia— que es un escritor extraordinariamente sensible, y sus libros están llenos de melancolía y de ternura. Por otra parte, conoce el alma femenina mejor incluso que una mujer.

—Creo que ya no voy a tener más remedio que leer una de esas novelas.

—No lo dude. Con ellas se sentirá transportada a los lugares más remotos y exóticos del mundo.

—z Pierre Loti, ha dicho que se llama?

—Sí. Julien Viaud, por lo que parece, era un hombre tan tímido, que sus compañeros de la Marina le apodaron Loti, que es el nombre de una pequeña flor de la India que tiene la virtud de esconderse y ocultarse a la mirada de cualquier observador.

—¡Hum! ¡Qué historia tan hermosa!

Ir a la siguiente página

Report Page