Naufragio

Naufragio


TERCERA PARTE » Los documentos del consulado

Página 18 de 31

Los documentos del consulado

eSDE la terminal del AVE, en la estación de Atocha, Teresa tomó un tren de cercanías que la llevó hasta Alcalá de Henares. Una vez allí le resultó muy fácil encontrar, al comienzo del paseo de Aguadores, el Archivo General de la Administración, donde, tras identificarse en el control de entrada, accedió a la sala de consulta para investigadores. La funcionaria que la atendió la ayudó a manejar los índices de los archivos y le recomendó que inicialmente buscara en los fondos del Ministerio de Asuntos Exteriores. Así lo hizo, y allí encontró los legajos de las embajadas de España en Argentina y Uruguay, así como los de la legación de España en Río de Janeiro. Le adjudicaron una mesa, llenó su solicitud a través de las páginas de intranet y luego esperó con impaciencia a que trajeran las cajas desde el depósito.

El Archivo General de la Administración custodia en sus ocho plantas, y a lo largo de ciento sesenta y un kilómetros de estanterías, varios millones de documentos elaborados por la administración del estado en la historia moderna de nuestro país.

Teresa observó con curiosidad a quienes ocupaban los puestos de trabajo cercanos al suyo. Varias personas, jóvenes en su mayoría, consultaban antiguos expedientes, a la vez que tomaban apuntes, escribiendo afanosamente en sus ordenadores portátiles. Casi todas las mesas estaban ocupadas. Se preguntó qué estaría buscando toda esta gente. Aquél era un mundo nuevo para ella, totalmente desconocido, al que se acercaba por vez primera. Todos los que estaban allí hurgaban en el pasado para dar vida a seres y a hechos que ya no existían desde hacía mucho tiempo entre nosotros. En esa sala de Alcalá de Henares se rastreaba la memoria colectiva del país, a través de las relaciones de los españoles con los diferentes organismos de la administración, a lo largo de la historia.

Se levantó decidida, bajó las escaleras hasta el vestíbulo principal y en el exterior fumó un cigarrillo para entretener la espera de los legajos. Nunca hasta ahora Teresa había sentido ninguna atracción especial por el pasado, más bien se rebelaba contra esas actitudes conservadoras, que consideraba anticuadas y pasadas de moda; ella defendía el futuro, lo nuevo y lo inmediato como valores exclusivos de su época. Recordaba las muchas ocasiones en que se había manifestado contraria a las conductas de su esposo, un hombre apegado a las tradiciones, a las viejas costumbres familiares y a todo cuanto tuviera que ver con la conservación de las raíces y la historia. Ella era todo lo contrario. Le gustaba mirar siempre hacia delante, renovarse y mantener lo que consideraba una actitud moderna ante la vida. En la radio había trabajado siempre en el Departamento de Relaciones Públicas donde, con otros compañeros, tuvo ocasión de poner en marcha un equipo de gente muy decidida y con muchas iniciativas pioneras. Sin embargo, ahora, de pronto, empezaba a sentir una extraña seducción por los fantasmas del pasado, y se encontraba muy a gusto removiendo archivos y viejos papeles, ahondando en la historia de los seres anónimos que habitaron la vida cotidiana del ayer, y que incluso influyeron en su propio entorno familiar.

—Somos unos proscritos. La calle es el único lugar donde se nos permite fumar. Aunque, no lo dude, pronto nos pondrán un cencerro como a los leprosos de antaño.

Teresa sonrió la ocurrencia de aquel desconocido que parecía dirigirse a ella, fumando a su lado y resguardándose del frío, muy intenso, aquella mañana de noviembre. Se había fijado en él en la sala de investigadores, observándola de reojo a través de los resquicios de una voluminosa caja llena de legajos.

—Demos gracias porque todavía nos queda la calle —siguió diciéndole—, pero hasta esto nos prohibirán el día menos pensado. Aunque si le digo la verdad, esto ya no es fumar ni nada que se le parezca; le aseguro que echo de menos aquellos tiempos, nada lejanos, en que el cigarrillo me servía de refugio para mis pensamientos durante el estudio.

—Tiene usted razón —intervino Teresa—. Hay ocasiones en que un cigarrillo relaja y acompaña tanto como el mejor de los amigos.

—¿Es su primera vez en esta casa? Me ha parecido verla un tanto desorientada allá arriba con los archivos.

—Sí, es mi primera vez. Debo confesarle que soy una novata. Éste no es mi mundo y creo que se me nota.

—La verdad es que casi todos nos sentimos extraños en este lugar. Estamos casi siempre de paso aunque lo frecuentemos, como es mi caso, muy a menudo. Es un almacén de datos muy fríos y muy impersonales, al que acudimos una y otra vez para resolver una duda o un problema, y para seguir buceando en nuestra investigación. Así es este trabajo.

—Yo, para ser sincera, estoy aquí tratando de encontrar respuestas a una inquietud muy personal. Vengo siguiendo la llamada de una emoción.

—¡Qué curioso! Es la primera vez que oigo una cosa así.

—Sería largo de explicar y quizás tampoco me entendería. Además, ya hemos apurado nuestros cigarrillos, y será mejor que regresemos o el frío acabará con nosotros.

Una vez en la sala, la funcionaria indicó a Teresa que sus cajas ya estaban localizadas. Le entregó un volante con la referencia de cada una de ellas y le dijo que sólo podía consultarlas de una en una. Le dio, asimismo, un lápiz, unas hojas en blanco y unos guantes blancos, necesarios para remover los documentos de cada uno de los legajos. El lápiz era para tomar notas. Estaban prohibidos los cuadernos, los bolígrafos, plumas y rotuladores.

Se acercó a la estantería y tomó una primera caja al azar. Era la correspondiente a la legación de España en Río de Janeiro. Extrajo un primer legajo y deshizo con esmero el lazo de la cinta que protegía los documentos. Aquellos papeles desprendían un inquietante olor a rancio y tenían un aspecto vetusto, sombrío, como si pertenecieran a un mundo enterrado en el olvido. Los hojeó con delicadeza, sin prestar mucha atención todavía al contenido de cada uno de aquellos escritos. Vivía una extraña sensación, como si abriera la puerta a una dimensión nueva y desconocida. Le sorprendieron aquellas caligrafías tan cuidadas, las tintas empleadas y la tipografía azulada de las antiguas máquinas de escribir.

En su mayoría era correspondencia del cónsul español en Santos, Gómez Trevijano. Había también muchas notas escritas a mano, escuetos radiogramas, recortes de prensa y contabilidades del consulado.

De pronto sintió una gran emoción, ya que frente a ella tenía una serie de legajos encabezados por una hoja en la que podía leerse escrito a mano:

1916. Naufragio del vapor Príncipe de Asturias.

Los abrió con impaciencia. Eran los informes enviados por el cónsul a su superior, el ministro plenipotenciario de España en Petrópolis, Manuel García Jové, dándole cuenta de los pormenores del naufragio. Se trataba de una serie de relatos muy extensos y detallados de todo cuanto ocurrió aquella madrugada del 5 de marzo de 1916 y en los días posteriores, que el cónsul redactó para incorpo rar a las diligencias sumariales que tuvo que enviar a las autoridades de Marina en Madrid.

Teresa detuvo su atención en el primero de esos informes. Estaba escrito a máquina el día 8 de marzo de 1916.

CONSULADO DE ESPAÑA EN SANTOS

Excelentísimo señor ministro plenipotenciario de España Petrópolis Muy señor mío,

Tengo el sentimiento de confirmar a V.E. mis telegramas de fechas 6 y 8 del corriente, comunicando la terrible catástrofe ocasionada por el naufragio del vapor español Príncipe de Asturias ocurrido a la altura de Punta Boí (isla de San Sebastián) en la madrugada del 5, y en el que perecieron entre tripulantes y pasajeros cuatrocientas cuarenta y cinco personas.Habiendo sido informado que el vapor francés Vega, con matrícula de Marsella, había entrado en el puerto de Santos en la mañana del lunes 6 comunicando la tristísima nueva del naufragio y conduciendo ciento cuarenta y tres supervivientes, me trasladé inmediatamente a esta ciudad, desde la cual, después de informarme de que las víctimas eran muy numerosas y que los salvados se hallaban perfectamente atendidos, decidí partir para el lugar del siniestro en un pequeño remolcador fletado por la agencia en esta plaza de la Compañía Pinillos Izquierdo, a la que pertenecía el malogrado vapor, para organizar la manera de continuar el salvamento, a pesar del mucho tiempo transcurrido ya desde el momento del naufragio (cerca de treinta horas). La noticia no se pudo conocer antes debido, en primer lugar, a encontrarse sin comunicación telegráfica ni telefónica con el continente el faro de Punta Boí, en la ya referida isla de San Sebastián, así co mo por la falta de aparatos de radiotelegrafía a bordo del vapor francés Vega, que habiendo aparecido ocho horas aproximadamente después del naufragio en el lugar del mismo, tuvo que esperar a arribar al puerto de Santos para poder comunicar la noticia en la mañana del siguiente día.

Afortunadamente el vapor Patricio de Satrústegui de la Compañía Trasatlántica de Barcelona, que navegaba de Río de Janeiro a este puerto, pudo ser informado del siniestro por telegrama de la agencia en Santos y se encontraba ya en Punta Boí reconociendo la costa, pues ni el remolcador de la compañía que me conducía, ni el que el gobierno había enviado media hora antes lograron por su poca marcha llegar hasta las costas de la isla antes de la noche. Una vez allí, debido al imponente estado del mar y al muy poco tonelaje de los barcos, no pudimos acercarnos a la referida punta hasta el día siguiente en que, viendo lo infructuoso de nuestros trabajos, al no encontrar una sola vida que salvar en toda la costa, dejé al remolcador encargado de buscar, si era posible, algún cadáver que el mar arrojase, y emprendí el viaje de regreso a esta ciudad en donde era necesaria mi presencia, convencido de que no había más sobrevivientes que los que condujo el Vega cuanto que el Satrústegui que, como antes queda indicado, nos había precedido en dieciocho horas, no había encontrado más que seis cadáveres que trajo a este puerto, habiendo tenido que renunciar a continuar sus trabajos de salvamento.El número tan crecido de las víctimas fue debido a las circunstancias excepcionalmente tristes que concurrieron en el naufragio: tales como el haber ocurrido éste a las cuatro quince de la madrugada, o sea, en hora en que la mayor parte del pasaje se encontraba descansando en los camarotes; así como la forma en que ocurrió el choque con la roca, que produjo el hundimiento en cinco o seis minutos, haciendo imposible completamente las operaciones de salvamento que el capitán de la nave intentó, sin lograr más que encontrar la muerte. Fue un marino que hasta el último momento supo cumplir con su deber.

Solamente uno de los botes salvavidas de los que conducía el buque pudo ser aprovechado, por haber sido lanzado de los pescantes por la violencia del choque, y refugiados en él unos marineros de la tripulación pudieron recoger al segundo oficial, que tomando el mando de la embarcación pudo lograr salvar y conducir a tierra sucesivamente hasta ciento veinticinco personas que flotaban a merced de las olas, asidos a diversos restos del naufragio; pudiendo allí esperar la aparición del vapor francés Vega que, habiendo visto las señales de auxilio que le hicieron, los recogió a su bordo.En cuanto a las causas que pudieron determinar la catástrofe, parece indudable que fueron debidas a las corrientes fortísimas que impelieron al buque fuera de su rumbo, así como a la desviación de la aguja del compás motivada por las perturbaciones atmosféricas causadas por el tiempo de tormenta que reinaba, y de la existencia en la isla, según la opinión de algunos técnicos, de mineral de hierro y hasta de piedra imán. En todo caso, he comenzado, como ya tuve la honra de informar a V.E. por telégrafo, a instruir las primeras diligencias sumariales, que remitiré a la superioridad para que pasen a las autoridades competentes de Marina, que esclarecerán los hechos y dictaminarán al respecto.No terminaré este informe sin poner en el superior conocimiento de V.E. que he recibido por parte de las autoridades, cuerpo consular, sociedades españolas y, en general, cuantas entidades importantes existen en esta población, muestras de sentido pésame por el siniestro que todos tanto lamentamos; y que se han abierto suscripciones en varias de ellas para acudir en auxilio de los náufragos, habiéndome ya entregado el señor cónsul de Alemania, en nombre de la colonia de su nación en Santos, la cantidad de 3.250.000 reales.

Continuaré informando a V.E. de cuanto ocurra relacionado con este asunto, así como si aparecieran más cadáveres que pueden encontrarse en el casco del buque siniestrado que se halla sumergido a gran profundidad, y que quizás, elevados a la superficie, sean arrojados por el mar a la costa, si no ocurre, como es de temer, que sean devorados por los tiburones, de los que parece se hallan infestados aquellos parajes.Dios guarde a V.E. muchos años. SPECIAL_IMAGE-page0220_0000.svg-REPLACE_ME

Teresa no llegó a saberlo hasta el final de la mañana, pero tenía entre las manos una documentación inédita sobre el naufragio del Príncipe de Asturias. Otros investigadores habían acudido en los últimos años al Archivo General de la Administración con ánimo de encontrar documentos que desvelaran la verdad de lo ocurrido en el naufragio, y todos ellos consultaron las cajas y los legajos correspondientes a la embajada de España en Buenos Aires. Nadie tuvo acceso a los documentos que ahora ella manejaba. Efectivamente, unos minutos antes de la hora del cierre supo, a través de los responsables de la sala de investigadores, que las cajas correspondientes a la legación de España en Río de Janeiro nunca hasta ese momento se habían habilitado ni clasificado, y por lo tanto, esos documentos que ella acababa de examinar difícilmente podían haber visto la luz con anterioridad, eran inéditos y desconocidos por cuantos investigadores hubieran querido averiguar lo que ocurrió en el Atlántico y en Santos en aquellas jornadas posteriores al naufragio. Hasta ahora todo cuanto se sabía procedía de fuentes informativas periodísticas, pero nunca se habían localizado los documentos que formaron parte del sumario oficial que se instruyó en el Ministerio de Marina español. Teresa tenía ante sí los documentos oficiales de la investigación, los informes elaborados por el cónsul español en Santos, en colaboración con los responsables de Troncoso Hermanos, la agencia consignataria de la naviera Pinillos en Brasil. Uno y otro representaban, sin duda, la máxima autoridad concerniente a los intereses del vapor español y de sus pasajeros. El valor de estos informes, por lo tanto, era muy grande, y Teresa, casi por casualidad, persiguiendo el rastro de sus abuelos, se había convertido en poseedora de una primicia informativa en torno al naufragio del trasatlántico español.

Eran dos simples cajas de cartón, de esas que se montan como un rompecabezas. En su parte exterior, de manera bien visible, venía escrito un código de referencia, y en el interior de cada una había tres legajos repletos de documentación diversa emitida por el consulado en Santos, dependiente de la legación en Río de Janeiro. La caja 51/16297 contenía el legajo sobre el naufragio del Príncipe de Asturias. En su interior, perfectamente numerados y clasificados estaban los diecinueve informes y varios cablegramas que el cónsul Gómez Trevijano había enviado a las autoridades de Marina y al ministro plenipotenciario en la embajada de Petrópolis. Habían sido escritos sobre papel satinado, con el membrete del consulado de España en Santos.

Solicitó que le fotocopiaran esos documentos, y como le indicaron que no iba a poder recogerlos hasta el día siguiente, decidió buscar un hotel y quedarse en Alcalá de Henares.

Una vez en el exterior, caminó por la calle de los Colegios hasta la pequeña plaza de los Doctrinos, donde se detuvo para contemplar el antiguo convento de las carmelitas descalzas del Corpus Christi.

—¿Le gusta? Fue construido en el siglo xvü y popularmente se le conoce como el convento de Afuera, por hallarse fuera del recinto amurallado, junto a la puerta de Aguadores.

No le había visto acercarse. Era aquel tipo con el que había compartido un cigarrillo por la mañana, en el vestíbulo del Archivo de la Administración.

—Esta calle —siguió diciéndole— es uno de los lugares más interesantes del centro histórico de Alcalá de Henares. En otro tiem po se la llamó la calle de Roma por la creencia de que por ella discurría la antigua vía que unía Emérita Augusta (Mérida) con Caesar Augusta (Zaragoza). Después pasó a llamarse de los Colegios porque estuvo flanqueada, casi en su totalidad, por gran cantidad de colegios, tanto universitarios como de órdenes religiosas. Algunos desaparecieron y otros todavía existen.

Teresa sonrió como única respuesta. Su mirada se encontró con la de aquel caballero, de mediana estatura, barba muy poblada y de aspecto un tanto desaliñado.

—Perdone por mi intromisión, pero le recomiendo una visita a la pequeña ermita de los Doctrinos, aquí mismo, en una de las esquinas de la plaza.

No tenía ninguna prisa y se dejó llevar hasta un cercano edificio de aspecto muy sobrio, sobre cuya puerta destacaban los dos escudos de Cisneros así como un gracioso reloj de sol.

—En un principio se la conoció como ermita del Cristo de la Misericordia hasta que pasó a llamarse de los Doctrinos cuando, en 1581, el licenciado Juan López de Úbeda instaló en ella un seminario para la enseñanza de la doctrina cristiana a los niños. Esta ermita está considerada como la cuna de dos de las órdenes religiosas más importantes de nuestro Siglo de Oro: los jesuitas y los calasancios.

Se encontraba cómoda en aquel lugar, escuchando las explicaciones que le daba aquel agradable desconocido.

—Algunos estudiosos dicen, aunque no se puede afirmar con exactitud, que en esta ermita vivió San Ignacio de Loyola durante sus tiempos de estudiante en Alcalá. Pero sí es totalmente cierto que en el patio trasero de la ermita, el llamado Corral de Mataperros, se instaló el primer colegio de la Compañía de jesús.

—¿Corral de Mataperros?

—Sí, así se le denomina, ya que en él se enterraba a todos los que morían fuera de la Iglesia: los suicidas, ajusticiados y acciden tados. Actualmente, como puede ver, se ha convertido en un apacible y hermoso jardín.

—¿Es usted de Alcalá? Conoce muy bien su historia y sus rincones.

—He vivido aquí mucho tiempo, en mi época de profesor universitario. Ahora, no obstante, me han obligado a jubilarme y ya no me queda más que la investigación.

—Si le sirve de consuelo, estoy en su misma situación.

—Usted es todavía muy joven, ¿cómo van a jubilarla?

—Ahora, después de los cincuenta, según parece, estorbamos todos en el mundo del trabajo.

Teresa empleó un tono agrio, que su acompañante percibió de inmediato.

—¿Va usted a alguna parte?

—No, voy a buscar un sitio para comer y luego intentaré pasar la noche aquí mismo. Mañana debo recoger unas fotocopias en el archivo y después regresaré a Barcelona.

—¿Es su primera vez en Alcalá de Henares?

—Sí, es mi primera vez.

—¿Me permite, si no le incomoda, que la invite a almorzar? Conozco muy bien los mejores lugares de esta ciudad.

Le miró unos instantes antes de contestar, y después dijo casi de inmediato.

—Está bien. Pero deberemos buscar un restaurante donde permitan fumar.

—Eso déjelo de mi cuenta. No va a haber ningún problema.

uenas noches, señores, ¿alguna novedad? 1

—Buenas noches, capitán, ¿quiere conocer los últimos radiogramas sobre el estado del tiempo?

—Léamelos, por favor, léamelos usted mismo.

El segundo oficial buscó entre los mensajes amontonados en la mesa de derrota y leyó los que hacían mención a la situación meteorológica.

—Tenemos marejada en el estrecho y mar gruesa en el Atlántico.

—Gracias, oficial. Mantenga las máquinas a toda fuerza.

Era noche cerrada cuando el Príncipe de Asturias enfilaba la difícil travesía del Estrecho de Gibraltar. El capitán había subido al puente para gobernar el buque en aquellas aguas y para comprobar el cambio de rumbo. Le preocupaba la presencia ha bitual en toda esta zona de barcos de guerra ingleses y de sumergibles alemanes. Era una posición realmente estratégica y la guerra no tenía ningún tipo de miramiento con los buques de pasajeros; muy al contrario, los sumergibles alemanes atacaban y hundían a los vapores mercantes, fuera cual fuera su nacionalidad. No se molestaban en establecer distinción alguna. Por eso, aunque España después del desastre del 98 había decidido no tomar partido por ninguna de las grandes coaliciones militares que dominaban el mundo y mantenía una posición neutral en el conflicto europeo, sus buques mercantes no estaban exentos de peligro. La sola sospecha de que a bordo de un trasatlántico viajara un único pasajero inglés o alemán era motivo suficiente para detener el barco e incluso para provocar su hundimiento. Lotina tenía muy recientes algunos episodios de guerra que él mismo u otros compañeros habían vivido en estas aguas por las que ahora navegaba; y en la mente de todos estaba el reciente hundimiento del trasatlántico británico Lusitania, torpedeado por el submarino alemán U 20, en el que habían fallecido mil ciento noventa y ocho personas.

Alemania comunicó entonces, como única justificación a su inesperado ataque, que tenía razones suficientes para creer que Inglaterra había armado todos sus buques mercantes y que en ellos viajaba tripulación militar camuflada con el fin de atacar a todos los submarinos alemanes. Por eso, todo lo que flotaba en el mar significaba para ellos un presunto enemigo, no era posible hacer ninguna distinción, y opinaban que la mayoría de las veces no era nada prudente comprobar si los mercantes eran realmente lo que parecían.

Era lógico que Lotina y sus hombres se mostraran intranquilos, sobre todo porque sabían perfectamente que muy cerca de la línea de navegación donde se encontraba ahora el Príncipe de Asturias, según las informaciones de que disponían, dos submarinos U-Boot alemanes rastreaban habitualmente la zona en busca de buques enemigos.

El capitán estaba preocupado también porque uno de sus pasajeros de primera clase, Enrique Nitcholl, había ingresado en el vapor con pasaporte inglés y, a pesar de su condición de ciudadano nacido en España, podría crear problemas en caso de ser detenidos y abordados por los alemanes. Además, viajaba el diplomático Carl Deichman, embajador de Estados Unidos, cuya presencia le resultaba inquietante. Por otra parte, en esta época de guerra era muy frecuente que entre los pasajeros hubiera algún espía camuflado, navegando de uno a otro continente.

Lotina rastreaba de vez en cuando el horizonte, tratando de descubrir algún indicio sospechoso en la superficie del mar. Era una noche clara, transparente, con una luna en cuarto menguante, que permitía ver con bastante claridad la silueta de la costa a ambos costados del vapor.

Poco a poco, por estribor, el perfil de la roca cada vez más próxima se había ido agigantando, y ahora surgía frente a ellos la pared casi vertical del imponente Peñón.

—¿Hay alguna noticia sobre la posición de los submarinos alemanes?

La pregunta iba dirigida, en esta ocasión, a Francisco Cotanda, primer telegrafista, que había acudido al puente avisado por el capitán.

—No, señor. No ha habido ningún tipo de indicación por parte de los buques que navegan por la zona.

—Mantengan los oídos muy abiertos a partir de ahora.

—Sí, capitán.

La mayoría de los pasajeros compartían esa inquietud de los oficiales del Príncipe de Asturias. Estaban en cubierta, llenos de angustia. El miedo de que detuvieran el buque, la preocupación de que, una vez en la cama, les obligaran a levantarse para someterlos a un registro, y sobre todo, el temor a encontrarse con un submarino alemán, hacía que todo el mundo estuviera despierto a pesar de lo avanzado de la hora.

El Príncipe de Asturias navegaba a dieciséis nudos por las aguas un tanto revueltas del Estrecho de Gibraltar. A babor, la claridad de Ceuta se distinguía en el cercano horizonte. Por el costado de estribor, los focos de la gran plaza inglesa iluminaban la noche, rastreando la superficie del mar. Una y otra vez, el vapor se encontraba deslumbrado bajo el haz de las potentes luces, que lo buscaban en medio de la noche. Los pasajeros permanecían en las toldillas en silencio, conteniendo el aliento y la respiración.

—¿Se sabe algo de los submarinos? —volvió a inquirir el capitán.

—No, señor.

—¿Y hay algún buque inglés a la vista?

—Ninguno, capitán.

Los ingleses solían aparecer por sorpresa desde su cercana posición de Gibraltar, obligando a los trasatlánticos a entrar en el puerto y, una vez allí, les sometían a un minucioso registro, tanto de papeles como de pasajeros y tripulantes. Era siempre algo engorroso y molesto que Lotina trataba de evitar. Y el único modo de hacerlo era encomendándose a la Virgen del Carmen, de la que el capitán era un ferviente devoto.

Los oficiales de guardia rastreaban con los prismáticos las aguas próximas al vapor en busca de cualquier indicio de la presencia de un barco inglés o de un submarino alemán.

A lo lejos, en la proa del buque, la punta de Tarifa, el extremo más meridional de la península, y Tánger, al otro lado, al pie de la sierra, señalaban el próximo final de la angustia.

En aquel momento, a toda velocidad, y en dirección contraria, a muy poca distancia del trasatlántico, cruzaron como dos sombras dos torpederos ingleses con las luces apagadas. En la torreta de vigilancia se dibujaba el perfil de varios oficiales, dirigiendo sus prismáticos hacia el trasatlántico.

Apenas habían rebasado la popa del vapor cuando detuvieron su marcha y se pararon, dejándose mecer por las olas, como si fueran dos monstruos marinos que vagaran sobre las aguas.

Allí permanecieron durante un buen rato hasta que se convirtieron en dos puntos negros, minúsculos, lejanos, en mitad de la noche. Unos minutos después, el Príncipe de Asturias navegaba sin contratiempos por el océano Atlántico. Sólo el haz de luz de los reflectores rastreando el estrecho le siguió acompañando hasta que doblaron Tarifa, y Gibraltar quedó, por fin, oculto en el horizonte. Los ingleses habían permitido esta vez que el buque siguiera su camino sin tropiezos. Aún quedaba, sin embargo, el peligro permanente de los submarinos alemanes. Los temidos U-Boot, cuya presencia se podía hacer patente en cualquier momento.

La gente se fue a dormir y la cubierta se quedó sola y despej ada.

Una vez que el Príncipe de Asturias hubo dejado por la aleta de babor las luces de la ciudad de Tánger, ya en pleno Atlántico y gobernando al nuevo rumbo hacia la bahía de Cádiz, Lotina se retiró a descansar, no sin antes advertir al oficial de guardia:

—Que los serviolas sigan en sus puestos una hora más. Buena guardia y avíseme si se produce cualquier novedad.

—Buenas noches, capitán. Así lo haremos.

El buque comenzó a notar, al poco rato, el efecto de la mar gruesa del Atlántico, y el movimiento de cabeceo comenzó a ser constante. El Príncipe de Asturias navegaba a diecisiete nudos. La proa descendía rítmicamente al compás de las olas. Era como una montaña rusa que engullía al vapor en una cima profunda, insondable, y que lo elevaba de nuevo hacia la superficie. Al ritmo de las olas. Una y otra vez. Del fondo a la superficie. El océano era una masa sólida, densa, como el mar de lava de un gigantesco volcán. Un so nido ronco, grave, surgía de las entrañas de aquella masa informe, casi pegajosa.

Estaba loco por su mujer. Dionisio Oñate era el jefe de máquinas del Príncipe de Asturias y ni el escándalo insoportable de las calderas hirviendo, ni el calor sofocante de los compartimentos estancos del vapor conseguían hacerle olvidar a su dulce María Ibarra. La quería con locura. Vivían en Gorliz, su pueblo natal, en la ría de Bilbao, con sus dos pequeños, Dionisio de cuatro años y Ramón, el pequeño, de apenas dos años. Venía otro de camino que iba a nacer, según el médico, casi coincidiendo con el regreso del padre de su viaje a América.

Dionisio desempeñaba uno de los trabajos más duros a bordo de un trasatlántico. La mayor parte de su tiempo transcurría en las entrañas del buque donde, por término medio, había que soportar una temperatura que rondaba los cincuenta grados y que llegaba a superar los sesenta junto a las calderas. Los fogoneros debían ir relevándose cada media hora, para hacer más soportable su trabajo y, de vez en cuando, para no asfixiarse, se zambullían completamente vestidos en unas grandes tinas de agua preparadas para poder refrescarse. El jefe de máquinas, además de su misión como responsable del perfecto funcionamiento del complejo sistema de propulsión a vapor del buque, tenía la dificil tarea de hacer lo más llevadero posible el trabajo de los fogoneros que durante la travesía apenas veían ni una sola vez la luz del día.

—La sala de máquinas —solía contar Dionisio Oñate— es un lugar muy difícil de humanizar y donde las horas son pesadas, eternas, muy duras y casi imposibles.

Era el corazón del buque, cuyas puertas casi nadie extraño osaba traspasar. Era un infierno, o peor que el mismo infierno, donde el rugido del fuego, consumiendo toneladas de carbón, y el bu fido ensordecedor del vapor que vomitaban continuamente las calderas creaban un mundo sobrecogedor, alucinante. Y en esa atmósfera densa, sucia y casi impenetrable trabajaban los fogoneros, una raza de hombres hechos de una materia especial. Oñate era uno de ellos. Era el jefe de máquinas pero sabía comportarse como uno más entre ellos. Un vasco recio, noble, entero, generoso, capaz de dar la vida por sus hombres.

Se sentía orgulloso de la moderna planta propulsora que el Príncipe de Asturias utilizaba para su navegación: dos potentes máquinas de cuádruple expansión, que desarrollaban una fuerza de 8.000 HP cada una de ellas; y cinco voluminosas calderas cilíndricas, que producían el vapor necesario para mover las hélices a través de émbolos, cilindros, cigüeñales y bielas.

—En cada uno de sus viajes desde Barcelona a Buenos Aires —le gustaba comentar a los pasajeros ávidos de curiosidad—, el trasatlántico consume mil ochocientas toneladas de carbón.

Durante la travesía del estrecho, Oñate siempre acostumbraba a permanecer junto a las máquinas en previsión de que fueran detenidos por algún torpedero inglés y obligados a entrar en Gibraltar para una inspección rutinaria, como había ocurrido en algunas ocasiones. Algo que resultaba molesto tanto para los pasajeros como para los tripulantes, y que acarreaba un retraso considerable en la carta de navegación.

Dionisio Oñate quería a su mujer tanto como el primer día. Entretenía sus horas libres escribiéndole cartas de amor, que luego echaba al correo en cada uno de los puertos de las escalas. María, en Gorliz, las leía en voz alta en compañía de sus dos hijos, Dionisio y Ramón, que poco podían entender por su corta edad aquellas palabras tan hermosas que su padre dedicaba a su madre. Ella, después, con sumo cuidado las doblaba cuidadosamente y las guardaba en su bolso, para tenerlas siempre muy cerca. En muchos de estos escritos solía recordarle los días tan felices que habían pasado, poco después de casarse, en un viaje que hicieron a la Exposición Universal de París, donde conocieron la celebre Torre Eiffel.

En Gorliz vivían en una casa grande, cerca de la de sus padres, Juan Ignacio y Lorenza, a la que en el pueblo conocían como «la casa blanca». Dionisio tenía nueve hermanos.

Ir a la siguiente página

Report Page