Naufragio

Naufragio


TERCERA PARTE » La angustia del cónsul Trevijano

Página 20 de 31

La angustia del cónsul Trevijano

a despertó por la mañana el tañido de las campanas de uno de los próximos conventos de Alcalá de Henares. Por la ventana entreabierta del antiguo Colegio Menor de San Jerónimo se colaron las primeras luces del día y se escuchó el piar dulce de algunos pajarillos. Unos suaves golpes en la puerta le indicaron que le traían el desayuno, que había ordenado para las ocho de la mañana. El olor del humeante café le excitó el apetito.

Teresa había descansado y se sentía bien. Desayunó hojeando los periódicos del día, se arregló, ordenó sus cosas y al cruzar la calle entró en el Archivo de la Administración para recoger las fotocopias que había encargado el día anterior y con la intención de seguir revisando nuevos documentos.

Una vez en la sala de investigadores, se dispuso a consultar las cajas pendientes todavía de la embajada en Buenos Aires. En una de ellas encontró un legajo correspondiente al naufragio del Príncipe de Asturias. Se trataba de la correspondencia oficial de Pablo Soler y Guardiola, ministro plenipotenciario de España en Argentina. A través de múltiples cablegramas, los españoles residentes en aquel país le preguntaban por la suerte de sus parientes en la tragedia y él trataba de darles información y consuelo. Había también muchas cartas en las que se solicitaba ayuda económica para que las viudas o los huérfanos de las víctimas pudieran regresar a España o reorganizar su vida en Argentina.

La embajada de España se vio desbordada por la gran cantidad de testimonios de dolor y de pésame que llegaron, enviados por los embajadores de los distintos países acreditados en Buenos Aires o por entidades culturales y recreativas, que decidieron abrir suscripciones para el socorro a beneficio de los náufragos y de sus familiares. Hubo en todo el país funciones cinematográficas, conciertos musicales y representaciones teatrales a beneficio de los damnificados, de las que se guardaban en ese legajo recortes de prensa, carteles anunciadores y propaganda muy diversa.

Teresa leyó cartas muy emotivas enviadas por el Casal Catalá, el Centro Asturiano, el Ateneo Hispano Americano, la Asociación Española de Socorros Mutuos, el Centro Región Valenciana, Cruz Roja Española y un sinfín de entidades e instituciones.

La solidaridad se había puesto inmediatamente en marcha y se recaudaron grandes cifras de dinero para ayudar a los damnificados. Teresa recordó cómo en España había ocurrido lo mismo, y los periódicos durante varios meses estuvieron informando sobre la marcha de la suscripción pública abierta a beneficio de las familias de las víctimas del naufragio. Igualmente pudo descubrir cómo mucha gente ajena al naufragio se benefició de estos fondos, consiguiendo pasajes a mitad de precio para regresar a España. Gentes humildes y necesitadas, pero que nada tenían que ver con el objetivo para el que había sido recaudado el dinero.

Al mediodía recogió todas sus cosas, agradeció la ayuda a la gente del Archivo y se encaminó a la estación del tren para regresar a Madrid, y una vez allí, en la estación de Atocha, tomar el AVE hasta Barcelona.

Tenía prisa por leer el resto de los informes elaborados por el cónsul español en Santos que le habían fotocopiado en el Archivo y que constituían una novedad en las investigaciones del naufragio.

Una vez acomodada en su plaza, puso sobre la mesa la carpeta repleta de documentos y se dispuso a conocer la versión oficial que fue remitida desde Brasil para la instrucción sumarial del caso.

La mayor parte de los escritos, cuyo destinatario era el ministro plenipotenciario de España en Río de Janeiro, hacían referencia a las medidas de rescate adoptadas por la Marina de Brasil que, según el cónsul, no supo reaccionar debidamente ante la magnitud de la catástrofe. El representante español en Santos se quejaba continuamente de la falta de atención de las autoridades brasileñas ante sus demandas de ayuda, tanto después del naufragio como a partir del momento en que aparecieron varios cadáveres en el mar y, sobre todo, cuando fueron rescatados nuevos supervivientes, lo que podía hacer pensar que había posibilidades de encontrar a otros náufragos con vida.

Excelentísimo señor,

Tengo la honra de confirmar a V.E. mi telegrama de esta misma fecha, poniendo en su superior conocimiento que he sido informa do oficialmente por las autoridades de Villa Bella de que han aparecido en las costas de las islas Búzios cuatro nuevos sobrevivientes del naufragio del Príncipe de Asturias que son: Diego García, fogonero; Joaquín Santos, timonel; y Ramón Hernández y su hijo Juan, de tres años, pasajeros.

Suponiendo que puedan encontrarse más náufragos salvados, he rogado al comandante de este puerto que ordenara la salida de un barco de guerra para que recorriera nuevamente aquellos parajes.También me comunicaron las autoridades de Ubatuba que habían aparecido en aquella playa doce cadáveres en completo estado de descomposición, y por consiguiente, desfigurados hasta el extremo de no haber podido reconocérseles las facciones, que fueron enterrados sin identificar.Dios guarde a V.E. muchos años.

Poco a poco el rostro de Teresa se fue demudando como consecuencia de lo que iba conociendo a través de esas cartas. Siete días después del naufragio los cadáveres de los fallecidos todavía flotaban por las aguas del océano sin que la Marina de Brasil atendiera las reiteradas peticiones de socorro del consulado español.

Excelentísimo señor,

Es lamentable verdaderamente que la conducta observada por las autoridades navales no haya sido tan activa como requería este consulado y reclamaban las circunstancias al no enviar, al conocerse las primeras noticias del siniestro, un buque de guerra que reuniese buenas condiciones para la navegación de altura, buena marcha y provisto de aparatos de radiotelegrafía, como por ejemplo el cazatorpe deros Timbira, que ha permanecido en el puerto sin recibir orden de salir en vez del remolcador aviso farolero Tenente Lahmeyer que tuvo que buscar inmediato refugio al no poder sostenerse en aquellas costas en donde el mar se mantiene siempre muy fuerte.

Tampoco se ha atendido el requerimiento de este consulado, al conocer las noticias oficiales que hacían saber el descubrimiento de nuevos sobrevivientes, ordenando la salida inmediata de un buque para recorrer nuevamente aquellos parajes.Dios guarde a V.E. muchos años.

El cónsul Trevijano vivió, por lo que parece, unos días angustiosos tratando de que los cadáveres tuvieran una sepultura digna y de que no quedara ningún lugar sin rastrear en busca de posibles supervivientes. De sus palabras se deduce igualmente que la actuación de la Marina de Brasil no estuvo a la altura de las circunstancias a pesar de que en los periódicos de la época se afirmara que de inmediato fueron enviados varios barcos de rescate al lugar del accidente.

Excelentísimo señor,

En vista de la gravedad de encontrarse muchos cadáveres insepultos flotando sobre las aguas he recurrido al juez federal, quien comunicó el hecho al vicealmirante inspector general de puertos y costas y al excelentísimo señor ministro de Marina, para que tomasen urgentes medidas al respecto. Dada la urgencia e importancia del asunto, así como la desidia mostrada por las autoridades navales en todo lo referente a las consecuencias de este triste siniestro, me permito solicitar la valiosísima mediación de esta legación de S.M. cerca del gobierno federal de la república, esperando que, como consecuencia de todas estas medidas, sean al fin dictadas por quien proceda las oportunas órdenes para que sean enviados barcos que recorran aquellas costas y puedan al menos, ya que no salvar supervivientes, recoger los cadáveres que el mar despidió de su seno y que deben recibir cristiana sepultura.

Dios guarde a V.E. muchos años.

Teresa recordaba haber leído en un libro escrito por el periodista brasileño José Silvares y publicado en Brasil, que los buques de la Marina no pudieron participar en las tareas de rescate porque las pésimas condiciones del mar impidieron que pudieran aproximarse al lugar donde el Príncipe de Asturias había naufragado. Tan sólo el mercante francés Vega y el trasatlántico español Patricio de Satrústegui, de la Compañía Trasatlántica, pudieron rescatar a los supervivientes y rastrear la zona en busca de cadáveres.

Excelentísimo señor,

No se tienen noticias en este puerto de que se hayan dictado hasta la fecha medidas de ningún género para que algún barco de guerra sea encargado de recorrer las costas próximas al lugar del siniestro, y la agencia consignataria de la compañía del buque mani no haber podido enviar nuevamente ningún otro, por no existir ninguno en este puerto en condiciones de ser fletado. En todo caso, ya por el tiempo transcurrido, no hay esperanza alguna de poder salvar otros náufragos, y los cadáveres que el mar arroja a la costa parece que al fin pueden ser recogidos por las autoridades de la isla, que aprovechan que ha abonanzado el estado del mar y salen en pequeñas embarcaciones. Los cadáveres son enterrados en aquellos mismos lugares por su avanzado estado de descomposición.

Al mismo tiempo, tengo la honra de poner en el superior conocimiento que los cuatro náufragos que fueron recogidos y salvados por unos pescadores de las islas de Búzios llegaron ayer a este puerto y declararon en este consulado de mi cargo que su salvación fue debida a la circunstancia de haber podido utilizar una balsa-bote del Príncipe de Asturias que flotaba cerca de ellos, y en la que, arrastrados por las corrientes, fueron impelidos hasta las costas de las referidas islas de Búzios, en donde fueron recogidos por unos pescadores al día siguiente de ocurrir el naufragio, teniendo que permanecer allí, debidamente atendidos por aquellas pobres gentes hasta que después de siete días, por haber amainado el temporal, pudieron trasladarlos a Villa Bella en la isla de San Sebastián, en una piragua o canoa de los mismos pescadores.Dios guarde a V.E. muchos años.

Cuando el ministro plenipotenciario español, preocupado por las constantes denuncias de Trevijano, quiso conocer la versión oficial de las autoridades brasileñas recibió del Ministerio de Asuntos Exteriores una atenta carta en la que le decían lo siguiente:

Excelentísimo señor ministro de España,

Sobre el naufragio del paquete Príncipe de Asturias tengo la honra de declararle que este ministerio tomó las medidas posibles en tales casos, mandando el remolcador Lahmeyer durante tres días a recorrer el litoral próximo al lugar del siniestro, no encontrando superviviente alguno de aquel naufragio.Atentamente,

La llegada de la azafata del AVE preguntándole si deseaba tomar la merienda interrumpió la lectura de todos aquellos documentos e informes escritos en los días posteriores al naufragio. Teresa guardó con cuidado los papeles en una carpeta y aceptó, gustosa, la bandeja con la comida.

1 amanecer en la bahía de Cádiz es siempre un espectáculo sorprendente y hermoso. Pero aquella mañana, desde la cubierta del vapor atracado en el muelle de Pinillos, los pasajeros pudieron ver cómo el sol aparecía por detrás de la sierra y sus rayos se extendían sobre el mar, formando en las aguas que bañaban al buque una sucesión de amarillas lentejuelas. En la ciudad, coronada de luz, destacaba el color blanco de la cal en los caseríos.

Algunos pasajeros aprovecharon el tiempo de la escala para bajar a tierra y dar una vuelta por la bella ciudad andaluza a cuyo embrujo era difícil resistirse, especialmente en aquellos días previos a las tradicionales fiestas del Carnaval.

—Los Carnavales de Cádiz —comentó el doctor Zapata— son muy parecidos a los de Brasil. Las agrupaciones de chirigotas y com parsas bailan al ritmo de la samba con movimientos que recuerdan a los de Río de Janeiro.

El puerto de Cádiz, con la presencia de las grandes compañías navieras, se había convertido en el segundo en importancia después de Barcelona. La ciudad tenía una población de apenas setenta mil habitantes, pero desde sus muelles se podía viajar a cualquier parte del mundo. Salían buques hacia Filipinas, a Norteamérica, Cuba y América del Sur. Trasatlántica y Pinillos rivalizaban de manera muy especial con sus buques y sus atractivas ofertas a los viajeros. El marqués de Comillas y Antonio Pinillos eran, en aquellos años, los dos grandes dueños del mar y de las líneas de navegación, y su ambición no tenía límites.

Antonio Belaúnde se acomodó en uno de los camarotes de preferencia. Regresaba a Buenos Aires tras una temporada en España, donde se había ocupado de resolver algunos asuntos relacionados con sus negocios. Asimismo aprovechó el tiempo para ver a su familia en Vizcaya. Había nacido en Bilbao, aunque siendo muy joven emigró a Argentina, donde le sonrió la fortuna y llegó a crear la firma comercial Belaúnde y Cía., muy conocida en Buenos Aires, dedicada a los negocios de importación y exportación, con la que había acumulado una inmensa fortuna.

Antonio, que acababa de cumplir cincuenta y un años, en el muelle de Cádiz conoció a otros viajeros que también iban a embarcar en el Príncipe de Asturias. El doctor Fernando Pérez Gómez era uno de ellos. Se instaló con su esposa Margarita Gardey en el camarote número 36 de primera clase, y sus tres hijos, Susana, Juan y Fernando, en los camarotes contiguos 32 y 34. El doctor y su esposa eran cordobeses, aunque sus hijos habían nacido en la ciudad de Buenos Aires, donde el doctor era muy apreciado y gozaba de un gran prestigio profesional. Ahora, toda la familia regresaba a la Argentina tras pasar una temporada en su tierra natal.

—Buenos Aires —solía decir Fernando Pérez— es nuestra casa. Allí tenemos el trabajo y allí hemos creado a nuestra familia, pero Córdoba es la cuna que no olvidamos nunca. Por eso venimos cada vez que podemos hacerlo para reencontrarnos con nuestras raíces y para que nuestros hijos conozcan la tierra de sus padres y de sus abuelos.

Los tres hijos del doctor Pérez Gómez habían vivido unas semanas inolvidables en Córdoba, y dejaban atrás un montón de buenos amigos con los que habían compartido momentos muy entrañables. Juan, el mayor de los hermanos, conservaba sobre todo el recuerdo muy reciente de una buena amiga a la que había prometido escribir varias cartas a lo largo de todo el viaje.

La llegada del trasatlántico Príncipe de Asturias, el 20 de febrero de 1916, no significó nada especial para don Antonio Martínez Pinillos, que vivió aquel día como una jornada de trabajo normal y corriente en su despacho en el primer piso del palacete que albergaba las oficinas de la naviera, en la plaza de San Agustín de Cádiz. Ni los comentarios de sus fieles allegados, ni la visita que le rindió el capitán Lotina sirvieron para despertar su curiosidad por conocer de cerca su trasatlántico más moderno y lujoso, la auténtica joya de la corona de la compañía. Ni lo vio tan siquiera el día del viaje inaugural, ni quiso hacerlo en ninguna de sus escalas posteriores.

Don Antonio permanecía encerrado todas las horas del día en su despacho, cuyas paredes casi nunca traspasó. Se cuenta que jamás llegó a ver de cerca ninguno de sus propios barcos, ni conoció personalmente a sus colegas navieros o a los agentes consignatarios. Era un hombre de una austeridad sin límites, que vivía exclusivamente dedicado a trabajar con sus gruesos libros de contabili dad. Vestía con gran sobriedad y usaba una gorra de visera calada hasta las cejas. Tenía una espesa barba blanca muy poblada.

Había nacido en el corazón de La Rioja, en la Sierra de Cameros, de donde su familia partió muy pronto para Andalucía, con el fin de establecerse como consignataria de buques en la ciudad de Cádiz.

De Antonio Martínez Pinillos se cuenta la anécdota de que en una ocasión se vio obligado a recibir, muy a regañadientes, en su despacho, a Antonio López, marqués de Comillas, fundador y presidente de su más grande competidor, la Compañía Trasatlántica. Don Antonio estaba acompañado por uno de sus hombres de confianza que junto a él, de pie, iba a recibir a su ilustre colega. Antonio López, al entrar en el despacho, confundió a su anfitrión y se dirigió directamente hacia el empleado de Pinillos, dándole un abrazo muy cordial e ignorando por completo al auténtico Antonio Martínez Pinillos. Tal era su porte de hombre oscuro, humilde y reservado. Su fortuna, sin embargo, era muy grande, ya que poseía una de las flotas navieras más importantes de Europa.

Aunque Trasatlántica gozaba del privilegio de ser la compañía bandera de España, y por lo tanto, la que contaba con la ayuda y subvención oficial del estado, Pinillos no le anduvo nunca a la zaga y pronto se convirtió en un rival duro de roer con la flota más moderna de este país. Era una compañía familiar que se mantenía exclusivamente con los ingresos de los pasajes de sus viajeros y de unas primas de ayuda a la navegación otorgadas por el gobierno con el fin de desarrollar el intercambio comercial con América del Sur. Unas primas que precisamente acababan de ser suprimidas en febrero de 1916, razón por la cual Pinillos, que ante todo debía perseguir la rentabilidad de sus servicios, había decidido suspender el servicio del Río de la Plata con sus vapores rápidos, por lo que este viaje del Príncipe de Asturias era el último que realizaba a aquellas latitudes, para integrarse posteriormente a la línea de las Antillas.

La rivalidad entre ambas compañías fue una constante en sus respectivas historias, y cada vez que uno de ellos construía un nuevo trasatlántico, el competidor trataba de superarle con otro mejor, más grande y con mejores servicios. De esta manera, cuando Pinillos puso en servicio el Infanta Isabel, considerado el mayor buque mercante jamás abanderado en España, cuentan que en la Trasatlántica sufrieron un disgusto descomunal y dicen que, presas de un gran berrinche, llegaron a exclamar: «¡Conque Infanta Isabel! ¡Pues nosotros construiremos un buque mejor que se llamará Infanta Isabel de Borbón!». Y efectivamente, poco tiempo después, botaron el Infanta Isabel de Borbón y el Reina Victoria Eugenia, capaces de transportar más de dos mil pasajeros y con una dotación de doscientos hombres. Pero Pinillos reaccionó, como era su costumbre, y con objeto de mantener su primacía en el océano, mandó construir el Príncipe de Asturias, el mejor buque de la Marina mercante, el más lujoso y el más moderno.

Al salir de Cádiz, al atardecer, se repitieron las escenas dolorosas de las despedidas. La ciudad a esa hora estaba radiante con el sol escondiéndose por detrás del horizonte plateado, despidiendo al Príncipe de Asturias, que iniciaba su larga singladura por el Atlántico.

—¡Atención a la máquina! —ordenó el capitán unos minutos después de las siete de la tarde—. Todo listo para la maniobra —le comentó a su vez al práctico, que a su lado esperaba sus instrucciones en el puente de mando.

El primer y el segundo oficial, que se encontraban en la proa y en la popa del buque con el contramaestre y varios marineros, dieron también el aviso de que todo estaba preparado para iniciar el desatraque.

Docenas de gaditanos en el muelle observaban atentos la delicada maniobra y las evoluciones de cada uno de los tripulantes.

—Dejar un largo y un spring a proa y a popa. Engranar la cadena del ancla para comenzar a virar. Atención a popa, tomar el cabo de remolque del remolcador.

Las órdenes eran precisas y rigurosas. El oficial del puente, atento al práctico y al capitán, las hacía llegar de inmediato a sus compañeros de proa y de popa.

—Largo y spring a proa y popa, cadena engranada y lista para virar y remolque firme a popa.

Toda la tripulación iba de un lugar a otro como si fueran piezas de la maquinaria de un reloj. Moviendo los cabos y atentos a las instrucciones de los oficiales, la mayoría de las cuales les llegaban en forma de pitadas emitidas con potentes silbatos.

—Proa y popa, lascando los cabos poco a poco, a medida que el costado vaya abriendo del muelle.

Era la definitiva orden del práctico para que el buque comenzara a separarse del muelle al que estaba atracado desde el día anterior.

—Atención a proa, virando la cadena. Atento el remolcador, empiece a tirar con poca fuerza en dirección perpendicular al muelle.

En ese instante, el costado del Príncipe de Asturias se fue distanciando del muelle gradualmente arrastrado por el remolcador y ya con las únicas amarras de proa y de popa sujetándolo a tierra.

Las voces y los gestos de los pasajeros y las de quienes habían acudido a despedirles se hicieron más dramáticos que nunca.

—Siento una pena inmensa y una emoción muy grande cada vez que oigo sonar la sirena de un vapor —comentó Cecilia Drouillet al uruguayo Leonardo Ordoqui, apoyados ambos en la barandilla de estribor—. En un instante, un mundo se desvanece y otro nuevo revive en la lejanía. Es la gran paradoja de las travesías. Un universo de soledades y de grandes ausencias que, a su vez, aviva la esperanza de continuos renaceres y nuevos horizontes.

—La cara y la cruz de una misma moneda —repuso el joven, mientras observaba con cierto descaro el perfil seductor de aquella encantadora francesa.

—Es como si en cada ocasión —dijo ella—, la vida nos regalara a la vez la oportunidad de la nostalgia y de la ilusión. Cada vez que un vapor se hace a la mar me invade una gran desesperanza tras la cual se esconde el renacer de un nuevo y fantástico impulso vital.

El Príncipe de Asturias se encontraba ya a una distancia de unos veinte metros del muelle, y el práctico transmitió una nueva orden:

—Popa, larga todo de tierra. Proa, larga todo de tierra y sigue virando la cadena.

Antonio Salazar y Rufino Onzaín, con su grupo de hombres en la proa y en la popa, respondieron casi al unísono.

—Claro de tierra.

Poco a poco el remolcador continuó arrastrando al enorme trasatlántico, abriendo la popa, mientras la proa se iba separando merced al esfuerzo de la cadena del ancla que se iba recogiendo lentamente.

Manuel Vilaró, el contramaestre, muy al tanto de esta maniobra, hizo repicar cuatro veces la campana del castillo de proa. Eso indicaba al puente que el grillete numero cuatro ya estaba a bordo, y quedaban unos cien metros de cadena en el agua.

Francisco Moral y Saturnina Casado contemplaban el trasiego de los tripulantes y de vez en cuando juntaban sus cabezas, sintiéndose felices de iniciar esa travesía, tratando de atrapar un sueño en aras del amor que estaba a punto de ser una realidad.

A Francisco le había gustado Saturnina desde el primer momento en que la vio, cuando tuvo oportunidad de fijarse en su mirada. Y aquel mismo día decidió, sin pensárselo dos veces, que aquella muchacha, y sobre todo su mirada, tenían que ser exclusivamente para él.

Y así fue.

Y él para ella, que Saturnina llegó a volverse loca por las sonrisas y por la piel y las presencias de Francisco.

Ahora viajaban a Buenos Aires, donde creían que se les abrirían generosamente las puertas de un mundo mejor.

—Ésta va a ser nuestra mejor apuesta, Saturnina. Nos espera un futuro como nunca lo hubieras podido imaginar.

A los pocos minutos, cuando entró el grillete número tres, el contramaestre hizo repicar tres veces la campana del castillo de proa. El anda estaba cada vez más cerca y quedaban tan sólo setenta y cinco metros de cadena en el agua.

Dolores Lucena pensaba en el reencuentro con su esposo, que ahora, por fin, tenía un buen empleo en la estación Almafuerte del Ferrocarril Central.

Viajaba con sus cinco hijos para reunirse con José Rosa Reina que, dos años antes, había decidido huir del pan con aceite de todos los días para buscar una vida mejor en Argentina para él y toda su familia.

Dolores, que no andaba escasa de buenos redaños, se había armado de valor y con los hijos y casi la casa entera a cuestas había decidido embarcar para que los pequeños, Antonio, José, Juan, María y Manuel pudieran crecer cerca de su padre, que para eso, pensaba ella, eran una familia.

Sentada en un rincón de la toldilla contemplaba el cielo de Cádiz, que ya nunca más volvería a ver en mucho tiempo.

Al entrar el grillete número dos, que suponían cincuenta metros de cadena bajo el mar, repicó dos veces la campana. Y un poco después, hubo un último repique, cuando entró el número uno y restaban tan sólo veinticinco metros de cadena.

Ramón Badía, sentado en la cubierta de toldillas, se dispuso a escribir una carta a Teresa, su esposa, que aguardaba su llegada en Argentina. Pidió, para ello, papel y lápiz a uno de los marmitones de cubierta.

—Llegarás antes tú que la carta —le comentó el joven marinero.

Tenía razón, pensó; mejor será enviarles un cablegrama al llegar a Las Palmas.

—¡Tengo tantas ganas de reunirme con ella! —respondió con una sonrisa.

Casi al instante sonó un repique continuado. El contramaestre acababa de ver que el ancla zarpaba del fondo e indicaba de nuevo con la campana que la proa ya no estaba sujeta al fondo de ninguna manera.

El Príncipe de Asturias, en ese momento, se encontraba a setenta y cinco metros del muelle donde estuvo atracado, y con la proa orientada hacia la bocana del puerto de Cádiz. El práctico indicó al capitán:

—Avante poca las dos máquinas. Proa al centro de la bocana. —A la vez, avisó al remolcador—: Cabo de remolque en banda, sin hacer fuerza, acompañando solamente.

El capitán transmitió la orden al oficial del puente, José Márquez, para que accionara los telégrafos de máquinas.

—Avante poca las dos máquinas. Gobierna al centro de la bocana —le indicó también al timonel.

El enorme trasatlántico, en aquel momento, al ponerse en marcha los dos potentes motores de 8.000 HP, reaccionó con un ligero estremecimiento y comenzó a desplazarse lentamente por sus propios medios.

Los pasajeros sintieron de nuevo cómo el inmenso corazón del buque recobraba su vida y comenzaba a palpitar, emergiendo sus latidos desde lo más hondo del vapor.

Pocos minutos después, saliendo ya de la bocana, el práctico transmitió una nueva orden:

—Popa, larga el remolque y avisa cuando las hélices estén claras. Parar máquinas —le indicó al capitán.

—¡Parar máquinas! —ordenó al oficial.

Durante unos instantes el Príncipe de Asturias siguió avanzando por efecto de la inercia, mientras recogían el cabo de remolque con los motores parados para que no pudiera enredarse en las hélices.

—Hélices libres —gritó desde la popa el segundo oficial.

—Avante media las dos —ordenó el práctico—. Timonel, cayendo a babor con diez grados hasta el rumbo 299.

Quince minutos más tarde, el vapor, ya en el canal de salida, había dejado atrás los bajos de las Puercas, y en las inmediaciones de la boya del Diamante pararon las máquinas para que pudiera desembarcar el práctico, cuya embarcación se encontraba atracada al costado de estribor.

—¡Avante toda, las dos máquinas! —ordenó el capitán—. Timonel, sigue al mismo rumbo. Proa y popa, listos de maniobra.

El Príncipe de Asturias navegaba, de noche ya, por el océano con rumbo a las islas Canarias.

El jerezano Luis Tallacigos, dependiente de una importante notaria de Buenos Aires, regresaba a su trabajo después de haber pasado las Pascuas con su familia. El viaje de ida lo había hecho en el Príncipe de Asturias, y le gustó tanto que, al llegar a Cádiz, cambió su pasaje de regreso, que tenía reservado en el Infanta Isabel, el 5 de enero, por una nueva plaza en el nuevo trasatlántico. Se sentía a gusto a bordo de este buque y durante los días que pasó en Jerez no hizo más que comentar sus maravillas a todos sus familiares y paisanos.

A la izquierda del vapor veían la bella ciudad de Cádiz, con sus blancos caseríos, y a estribor, poco a poco fueron desapareciendo de la vista San Fernando, coronado por la cúpula de su observatorio; el pintoresco y alegre Puerto Real; El Puerto de Santa María, en la desembocadura del Guadalete; y la risueña y poética Rota.

Muchos pasajeros desde la cubierta todavía saludaban con sus pañuelos, mientras la noche hacía acto de presencia y las estrellas aparecían magníficas en el firmamento.

En un instante, el buque dobló la punta de San Felipe y en el horizonte las luces gaditanas se convirtieron en pequeñas luminarias cada vez más diminutas y lejanas. El mar entonces se hizo, finalmente, dueño de la noche.

—Hola, Ventura, ¿qué nos vas a dar hoy para cenar?

—Hola, señorita Carolina. Para usted hoy el cocinero ha preparado un exquisito vol-au-vent.

—Ja, ja, ja. ¡Vol-au-vent! ¿Y esto qué es?

—Carolina, no molestes, deja al camarero en paz.

—No molesta, señora, no se preocupe. El vol-au-vent son unas riquísimas tartaletas rellenas de verdura que, seguro, le van a encantar.

La familia de la Peña viajaba de regreso a Buenos Aires, y Carolina, la única hija del matrimonio, siempre se mostraba risueña y había hecho un montón de amigos en los pocos días que llevaban de viaje.

—Ventura tiene una hija de mi edad, mamá. Siempre dice que le recuerdo mucho a su niña.

El joven camarero siguió ofreciendo pan a los comensales sentados en aquella mesa del comedor de segunda clase, junto a la cubierta de la popa del vapor.

—¿Le apetece un panecillo de Viena, señorita?

—No, muchas gracias.

Era una voz dulce, melodiosa. Los ojos de Ventura, el joven y apuesto camarero, se fijaron en los de aquella mujer que acababa de darle las gracias. No la había visto hasta ahora. Era Marina Vidal, una muchacha que, nada más acceder a bordo del Príncipe de As turias en Cádiz, había despertado la atención de los jóvenes pasajeros. Era joven y bien parecida, de carácter muy abierto, que enseguida se granjeó la simpatía de sus compañeros de viaje. Regresaba a Brasil tras visitar durante unas semanas a sus padres en Galicia. Desde hacía algunos años vivía en Río de Janeiro, donde había abierto una tienda de joyas y lencería en la céntrica rua da Assembléa. Tenía veintiséis años, había nacido en Marín, muy cerca de la Escuela Naval, y era la menor de una familia numerosa de seis hermanos. Con los años todos habían ido abandonando su pueblo natal y emigraron para probar fortuna a diferentes lugares de América. Ramón, el mayor, se estableció en Argentina, Manuela se marchó a Cuba, María se quedó en Lisboa, más cerca de los padres, y Carmen, Dolores y Marina probaron suerte en Brasil. Marina había mostrado desde siempre un carácter aventurero y soñaba con viajar, conocer el mundo y encontrar a un apuesto príncipe azul con el que casarse.

Había llegado a Cádiz el día anterior a la partida en un barco de cabotaje desde Vigo, un servicio que habitualmente prestaba la Compañía Pinillos para traer a Cádiz a los pasajeros procedentes de Galicia. Marina llevaba consigo un gran cargamento de joyas y lencería, que pensaba vender en su tienda de Brasil. Era una muchacha despierta y simpática que hablaba y hablaba sin parar, sobre todo con su amigo José Vianna, un estudiante brasileño, algo más joven que ella, hijo del intendente de Santa Anna do Livramento, que regresaba a su casa de Montevideo.

Ir a la siguiente página

Report Page