Naufragio
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Cuando un día se borraron los recuerdos
qUEL naufragio se había adueñado por completo de la vida de Teresa y se había convertido en el centro de todos sus pensamientos. Desde aquel día, hacía ya varios meses, en que descubrió las cartas escondidas de su abuela, se le había despertado un ansia sin freno por descubrir todo cuanto había ocurrido en aquel maldito barco durante la madrugada del día 5 de marzo de 1916 en las lejanas aguas del océano Atlántico.
Poco a poco, decenas de personas desconocidas habían recobrado la identidad y la vida a través de sus hallazgos. Familias enteras que habían desaparecido en el fondo del mar y cuyo rastro había sido enterrado, sepultado por el olvido y la desmemoria de las generaciones posteriores. Ahora tenían nombres y apellidos y, de nuevo, todos ellos eran, a la vez, protagonistas de su propia historia.
La memoria.
Nunca antes Teresa se había dado cuenta de lo inherente que es a la vida la presencia de los recuerdos; y que incluso el presente precisa hacerse evidente a través de la memoria. Sin ella, un voluminoso libro de páginas en blanco llenaría de vacío absoluto nuestra existencia.
«Como mi madre», decía para sí, tratando de ocultar la pena y la rabia que la invadían cada vez que recordaba la situación de aquel ser tan querido.
Nunca, cuando aparecieron los primeros síntomas de la enfermedad, dejó de estar con ella en la casa. Y, ahora, un tiempo después, cuando la evolución de la demencia obligó a ingresarla en la residencia, todos los martes y jueves procuraba estar en Barcelona para visitar a su madre enferma. Se sentaba a su lado en el jardín, bajo los olmos, e iniciaba una larga conversación a la que ella se sumaba únicamente con miradas perdidas y silencios interminables.
Unas veces le hablaba de su divorcio, de su inmensa soledad desde entonces, o de la maldita prejubilación de la radio. En otras ocasiones recordaba en voz alta algunos momentos entrañables de su vida familiar en la casa de sus padres, cuando ella todavía era una niña o cuando dejó de serlo para convertirse en una jovencita.
—Mamá, ¿recuerdas cuando una vez de pequeña tuve el sarampión y el médico os mandó cubrir con celofán rojo todas las bombillas que iban a estar encendidas en mi habitación? Me parecía estar en un mundo irreal y mágico. Era invierno, y a menudo te sentabas a mi lado en la cama para leerme un cuento; después, me dejabas jugar con un joyero tuyo lleno de collares y de pulseras. Era una caja de sorpresas, algo nuevo y fantástico para mí. Removiendo en su interior y acariciando aquellos abalorios me sentía en la gloria y deseaba seguir estando enferma hasta la eternidad. Luego, a la hora de dormir, papá se recostaba en un sillón cerca de la cama y pasaba toda la noche junto a mí leyendo un libro y acompañándome en silencio y con los ojos abiertos.
Mercedes, la madre de Teresa, no se enteraba de nada, aunque parecía que desde ese mundo tan lejano del olvido la escuchara con algún interés. Pero, según los médicos, su mal era irreversible y no era posible recobrar la lucidez ni recuperar la memoria, ya extraviada para siempre. Le habían robado su pasado. Y su identidad.
—Nunca he olvidado —seguía diciéndole Teresa a su madre— aquellas mañanas de domingo, cuando, al despertar, papá y tú me dejabais acostarme con vosotros en vuestra cama. Por los postigos del balcón medio abiertos se colaba un rayo de sol y sobre las sábanas flotaban pequeñas partículas de polvo en suspensión que hacían el milagro para mí de que el rayo de luz se hiciera visible, como algo corpóreo que se podía tocar. Era una maravilla mamá. Con mis manos acariciaba el haz luminoso, y entonces, miles de partículas diminutas volaban, esparciéndose como locas y tratando de regresar a su antigua posición.
Con frecuencia, Teresa trataba de contar a su madre sus progresos en la investigación sobre el naufragio del Príncipe de Asturias, y a veces, en aquellas ocasiones, intuía que los ojos de la anciana brillaban de un modo especial, como si percibiera en su interior alguna sensación relacionada con el relato de su hija.
Cuando se le declaró la enfermedad, la maldita proteína le fue borrando la memoria inmediata y reciente. Poco a poco se le desvanecieron los recuerdos y escapó de su mente la vida consciente, como cuando alguien desliza por encima del encerado un borrador. Quedó inmutable tan sólo, durante un tiempo, lo lejano, lo muy lejano. Y así, Mercedes, la madre de Teresa, volvió a ser aquella niña de dos años que viajaba a bordo del vapor Infanta Isabel, navegando de regreso a España. Las enfermeras contaron que muchas noches la anciana se despertaba llorando, pidiéndole a gritos a su madre que no se tirara al mar.
Fue una niña durante muchos meses en los que dejó de ser ya para siempre la madre de Teresa, a la que incluso llamaba mamá, hablándole con una voz terriblemente infantil.
Había regresado al principio cuando tan cerca estaba ya del final. Fueron tan sólo unos pocos meses. Muy pocos. Luego llegó la nada, el vacío absoluto, el fin, el no ser.
Teresa fijó su atención de nuevo en los documentos que le habían fotocopiado en el Archivo General de la Administración y que ahora tenía frente a ella sobre la mesa de su departamento del AVE que la llevaba de nuevo a Barcelona. El comunicado número 15, enviado por el cónsul Gómez Trevijano al ministro plenipotenciario de España en Brasil, hablaba de algunos cadáveres encontrados por unos pescadores en una de las playas de la isla de San Sebastián. Estaba fechado casi un mes después de haber ocurrido el naufragio.
Excelentísimo señor,
Muy señor mío,
Tengo la honra de poner en el superior conocimiento de V.E. la relación de los cadáveres encontrados en las playas del municipio de Ubatuba procedentes del naufragio del malogrado vapor español Príncipe de Asturias y sepultados en el cementerio de aquella localidad:Tres cadáveres de mujeres incompletos, deformados y ennegrecidos, encontrados en la playa Grande.Un cadáver de hombre a quien falta el abdomen y completamente deformado, encontrado en la isla dos Porcos.Un esqueleto incompleto encontrado en la referida isla.Un cadáver de mujer, completamente deformado, encontrado en la playa de las Torrinhas.Un cadáver completamente putrefacto y disforme, al parecer de un marinero, encontrado en la playa Mansa.Cuatro cadáveres de mujeres disformes y en completo estado de putrefacción, encontrados en la Punta Grossa.Un cadáver de hombre, igualmente en completo estado de putrefacción, encontrado en la misma Punta Grossa.
Cuatro cadáveres de mujeres, deformes y en completo estado de putrefacción, encontrados en la playa de Lázaro.Un cadáver de hombre encontrado en la misma playa anterior en completo estado de descomposición.Dos esqueletos incompletos encontrados en la ensenada de la Barra.Dos esqueletos, igualmente incompletos, encontrados en Perequé Mirim.Estos veintiún cadáveres fueron enterrados sin poder ser reconocida su identidad, debido a su estado avanzadísimo de descomposición.Dios guarde a V.E. muchos años.
Era espantoso. Teresa no pudo continuar leyendo aquellos informes. Recogió los papeles, los colocó de nuevo en la carpeta y se refugió entre las manos que, temblorosas, sostenían su cabeza. No podía dejar de imaginar a aquellas gentes, a su propio abuelo, despedazados por los peces y los tiburones, y arrojados por las olas, como muñecos inertes, contra los acantilados y las rocas de la costa.
«Durante muchos años, demasiados —pensó Teresa— el misterio del Príncipe de Asturias ha permanecido sin explicación ninguna. Como si a alguien le hubiera interesado que nunca se conociera la verdad de lo que ocurrió aquella madrugada en el océano. Y ahora parece que queda demasiado lejos como para retomar de nuevo ese misterio. A pesar de todo, me gustaría ir hasta el final y saber por qué mi abuelo nunca pudo llegar a su destino. Hay muchas incógnitas que han quedado sin resolver. Nadie se acuerda ya de esa tragedia, y su memoria ha desaparecido incluso de las efemérides que acostumbran a publicar los periódicos. Es como si en algún momento alguien hubiera querido borrarlo de la historia y del recuerdo de los españoles».
Incluso Gómez Trevijano, el cónsul de España en Santos, tuvo que dejar la oficina consular tras el naufragio, según dijeron oficialmente, por motivos de salud. Tanta fue la tensión a la que se vio sometido durante su investigación. O tan incómodo fue para las autoridades lo que descubrió y reveló en torno al naufragio.
oy el capitán cenará en nuestra mesa —comentó Juan
Mas i Pi a su joven esposa, ajustando al ojal de su chaleco la fina cadena que sujetaba su reloj de oro.
Ocupaban uno de los camarotes de preferencia en primera clase, al que se accedía directamente desde el vestíbulo de la escalinata principal.
Mas i Pi era un prestigioso escritor y periodista, nacido en la localidad catalana de Vilanova i la Geltrú y afincado en Buenos Aires desde 1886, donde dirigía El Diario Español.
Ahora regresaban, tras pasar una temporada de vacaciones en España, que habían repartido entre Barcelona y Madrid visitando a familiares y amigos.
—Serás, sin duda, la más distinguida y hermosa de todas las damas.
No era ningún cumplido, ya que Soila era una mujer muy hermosa. Tenía una especial candidez en su mirada y sus gestos eran extremadamente delicados y exquisitos.
Se habían conocido en Brasil, donde él comenzó su carrera periodística y tuvo oportunidad de relacionarse con los jóvenes intelectuales de aquel país. Desde muy joven se convirtió en la compañera inseparable de su vida y en una lectora fiel e insaciable de sus trabajos, aunque algunas veces le reprochaba de manera simpática el excesivo número de horas que dedicaba a la escritura que, según ella, era la causa de la tremenda miopía que sufría y que le obligaba a mirar a través de unos grandes y espectaculares quevedos de concha.
En esta travesía, sin embargo, Juan Mas i Pi tenía una ocupación más importante que la escritura, ya que era el responsable de aquellas veinte misteriosas cajas que habían sido embarcadas en Barcelona y que constituían un cargamento muy especial. Buena prueba de ello es que no llevaban más que cinco días de viaje y ya en varias ocasiones le había pedido permiso al capitán para revisar su buen estado en la bodega.
Por otra parte, escribía intensamente una serie de textos relacionados con aquella misión tan especial, unas páginas que formarían parte de un nuevo libro, que sería la segunda parte de Los españoles en el centenario argentino, que había publicado con mucho éxito en Buenos Aires en 1910. Un nuevo título que estaba aguardando con fruición el conjunto de la colectividad española, calculada en más de un millón de personas.
El Príncipe de Asturias navegaba frente a la costa de Mogador, a unas cuatrocientas cincuenta millas de Cádiz y muy cerca de Casablanca. El mar ese día estaba bastante agitado y unas negras y amenazadoras nubes hacían prever la inminente llegada de la lluvia.
Los pasajeros, por la tarde, después del almuerzo, habían tenido una sorpresa agradable: recibieron un periódico, impreso a bordo y presentado con un esmero tipográfico difícil de superar. Tras el encabezado con el nombre del vapor Príncipe de Asturias, llevaba el pomposo título de Boletín de ruta con noticias recibidas por telegrafía sin hilos. En él se daban a conocer varios de los radiogramas que habían llegado a la oficina Marconi con escuetas noticias de España y del mundo. Era una hoja plegada, de buen papel estucado y tamaño octavo.
En ese primer ejemplar, fechado en alta mar el 22 de febrero de 1916, se anunciaba que cada dos días iba a publicarse un nuevo noticiario de parecidas características.
Los viajeros lo acogieron con gran interés y pasaron buena parte de la tarde leyendo y comentando las más recientes informaciones sobre la guerra en Europa.
El periódico se convirtió aquella tarde, y a partir de entonces, en una nueva distracción para llenar las largas y tediosas horas a bordo del vapor. Y es que en todos los trasatlánticos, a pesar de los esfuerzos que hacían las navieras para ofrecer un servicio agradable y entretenido, los días pasaban lentos y monótonos y eran casi siempre iguales los unos a los otros. Las diversiones a bordo se resumían en leer, pasear por cubierta, conversar, flirtear y, sobre todo, en acudir al restaurante con el fin de saborear los variados servicios que se sucedían a lo largo de toda la jornada. Cada cuatro horas el mayordomo, Joaquín Cruz, hacía sonar la campana llamando a los pasajeros al comedor. A las seis de la mañana para el desayuno, a las diez para el almuerzo, a las dos de la tarde con el fin de servirles un refresco, a las cinco para la cena y a las nueve de la noche para un servicio de café, té o chocolate.
Las compañías navieras rivalizaban tratando de mejorar constantemente sus ofertas gastronómicas. El Príncipe de Asturias brin daba, tanto en primera como en segunda clase, un exquisito almuerzo a base de sopa, un entrante diferente cada día, tres platos fuertes, postres variados y café; y una increíble cena con pastas finas de Italia, cinco platos fuertes, postres, dulces, repostería y café. Los jueves y los domingos se servían helados y champán. Y al contrario de lo que se pueda creer, los pasajeros de tercera clase tampoco estaban nada mal alimentados, ya que a diario comían abundantes platos de legumbres, cocido, carne y pescado.
Entre comida y comida, muchos viajeros entretenían su tiempo en largas partidas de tresillo, de ajedrez y de bridge, y en el juego de las chapas, tan en uso en los barcos, y que tenía también en el buque muchos partidarios.
Junto al capitán, Juan Mas i Pi y su esposa compartieron mesa con el empresario decorador Luis Descotte Jourdan, los esposos Enrique Nicholl y Ana González Grasa y el eminente jurista argentino Pedro Nolasco Arias.
—Esta tarde le he visto muy ocupado escribiendo en la biblioteca —comentó, a modo de saludo, este último, dirigiéndose a Juan Mas i Pi.
—Estoy escribiendo sobre mi viaje por España. Tengo intención de publicar una serie de artículos en mi periódico sobre la patria ausente. De esta manera —añadió—, intentaré sobrellevar el vivir lejos otra larga temporada.
Mas i Pi tenía una voz suave y muy cadenciosa, y hablaba con una extraordinaria cortesía y exquisitez. Era de tez pálida, cabello rizado, pulcro en su persona y muy correcto.
—He leído muchos de sus trabajos y me parecen muy vibrantes y elocuentes —intervino Luis Descotte.
—Y castizos —remató Enrique Nicholl—, son extremadamente castizos.
—¿Y qué le ha dejado un mejor recuerdo de este viaje? —quiso saber Ana González Grasa.
—Indiscutiblemente, además de los buenos amigos, que afortunadamente tengo muchos, la Puerta del Sol de Madrid, los cafés y el parque Güell de Barcelona, lugares a los que siempre me gusta regresar.
Muy cerca de ellos, en una mesa contigua, el médico Francisco Zapata compartía mantel con su colega, el cordobés Fernando Pérez y su familia. Al poco rato se sumaron también al grupo los cuatro miembros de la familia de Rafael Ottone, un importante empresario italiano, fabricante de aceite.
—Éste es un viaje muy feliz para nuestra familia —dijo nada más llegar, a modo de presentación—, ya que mi hijo Jorge va a casarse dentro de muy pocos días en Argentina.
—Enhorabuena —acertó a decir Margarita Gardey—. ¿Y quién es la afortunada?
—Una encantadora señorita de Rosario de Santa Fe —contestó Jorge, un tanto azorado.
—Es la mayor de la familia de don Santiago Pinasco —añadió Rafael Ottone—. Él y sus hijas nos esperarán en Montevideo.
—Brindemos, pues, por los novios —dijo Francisco Zapata, levantando su copa de vino.
Susana Pérez Gardey observaba como hipnotizada al médico del Príncipe de Asturias, el sevillano Francisco Zapata, que se había convertido muy pronto en el personaje más popular entre los jóvenes del trasatlántico. Era apuesto, con mucha simpatía, y el uniforme le sentaba muy bien, según decían las jóvenes pasajeras. Tenía un atractivo más que especial, ya que Zapata era uno de los pioneros del deporte del fútbol en España. Con sus tres hermanos, Fermín, Manuel y Miguel, había formado parte del grupo de fundado res, en 1905, del Sevilla Foot-Ball Club en el que jugó como delantero centro.
—Mi hermano Miguel Zapata Castañeda estudió ingeniería en Suiza y fue quien se trajo de aquel país el gusanillo del fútbol, del que logró contagiarnos a toda la familia.
A Francisco Zapata le gustaba hablar de los partidos que había disputado con aquel histórico Sevilla en el descampado que existía en el denominado Huerto de la Mariana, donde unos años después se construyó la plaza de América.
—Más tarde jugamos en el prado de San Sebastián, un inhóspito terreno que se dedicaba a la feria de ganado durante el mes de abril y que era un lugar de esparcimiento de los sevillanos los domingos y días festivos.
Zapata recordaba con mucho cariño aquellos primeros tiempos con el Sevilla, donde él actuaba tanto de médico como de delantero.
—Jugamos un partido contra los marineros del vapor Córdoba, amarrado en el Guadalquivir, a los que ganamos por cinco goles a uno.
Juan Mas i Pi y la encantadora Soila da Silva fueron aquella noche el centro de atracción en el comedor de primera clase. Su mesa era de lo más granado y la cena transcurrió en animada conversación.
—Háblenos de ese misterioso cargamento que llevamos con tanto mimo en el interior de nuestras bodegas —inquirió de repente el capitán.
—¿Misterioso? —dijo sorprendida la señora Nicholl.
—Son veinte cajas de gran tamaño, que el señor Mas i Pi cuida de una manera muy especial —indicó el capitán.
—Efectivamente —intervino entonces Juan Mas i Pi—. Viajan en este barco las veinte estatuas del Monumento de los Espa ñoles que en Buenos Aires conmemorará el Centenario de la Independencia.
Una admiración general de sorpresa recorrió toda la mesa. Conocían el proyecto, pero no podían imaginar que ellos tuvieran el privilegio de acompañar a esas estatuas.
Juan Mas i Pi contó cómo había participado activamente en el proyecto del monumento y cómo había sido uno de los impulsores del mismo. Por eso se sentía orgulloso de que al fin, después de tantos años y tantas dificultades, las estatuas llegaran a su destino.
—En el año 1908, en Buenos Aires, en el transcurso de una reunión del Club Español, varios de sus miembros pensamos que era imposible una actitud de indiferencia por parte de los españoles que vivíamos en la Argentina ante la celebración de su independencia, y tomamos la decisión de donar un monumento con el que esa colectividad homenajeara a los argentinos con ocasión de los festejos por el Centenario de la Revolución de Mayo. Y así pusimos en marcha el fabuloso proyecto del Monumento a la Carta Magna y las Cuatro Regiones Argentinas.
—Pero la colosal obra no pudo estar terminada para los festejos de la ciudad —puntualizó Luis Descotte Jourdan, que había conocido los pormenores de aquel proyecto.
—Efectivamente —contestó rápidamente Mas i Pi—. Una serie de acontecimientos adversos han retrasado más de ocho años la inauguración del monumento que ahora, con la llegada de las estatuas, por fin será posible realizar.
—Por eso dicen —intervino el magistrado Pedro Nolasco—, a raíz de esos acontecimientos adversos, que pesa una maldición sobre las estatuas del monumento.
—¿Una maldición? —preguntó asombrada la señora Nicholl.
—Sí, sobre las estatuas, según parece, pesa una terrible maldición que ya ha costado la vida a varias personas.
Aquel grupo de comensales escuchó, entonces, la larga y penosa historia de aquel proyecto que se había iniciado ocho años antes con el objetivo de ser inaugurado durante los actos de celebración del Centenario de la Independencia en junio de 1910.
La idea de homenajear a los argentinos surgió el 6 de julio de 1908 en una reunión en el seno del prestigioso Club Español de Buenos Aires y, poco a poco, fue cobrando forma, hasta que se tomó la decisión definitiva en una reunión de los presidentes de las cinco sociedades españolas más prestigiosas en Argentina: la Asociación de Socorros Mutuos, la Sociedad Española de Beneficencia, la Cámara de Comercio Española, la Asociación Patriótica y el Club Español. En ese encuentro se acordó formar una comisión de cien personas que debía preparar y llevar a cabo el homenaje así como fijar la actitud que debía asumir la colectividad española, a fin de ser representada dignamente en los festejos del centenario argentino y, sobre todo, con el claro objetivo de encontrar ideas y concretarlas en una fórmula definitiva. «Señores —dijo al terminar esa reunión Manuel Durán, en quien recayó el cargo de presidente—, está abierto el palenque a las iniciativas, no se niega la voz a nadie y será bien recibido cuanto aquí se exponga».
La propuesta que tomó forma de manera más inmediata fue la construcción de un gran palacio, aunque también se habló después de un monumento, y entre una y otra idea giraron todas las opiniones posteriores. Más tarde se desechó el palacio porque Buenos Aires contaba con espléndidos edificios y se aceptó como única la idea de levantar un colosal monumento.
Hubo otras propuestas que no llegaron a cuajar. El poeta don Leopoldo Basa, por ejemplo, propuso que se buscasen por toda España las quince mil obras de mayor valor publicadas desde 1810 a 1910 para ofrecérselas a las bibliotecas de Argentina, como muestra de lo que España había producido en esta centuria gloriosa. Se pensó también en copiar los mejores cuadros del Museo del Prado para enriquecer con ellos el Museo Nacional Argentino.
Una vez tomada la decisión del monumento, entre las cien personas de la comisión reunieron ciento cincuenta mil pesos y convocaron a toda la colectividad española con el fin de recaudar fondos para la realización del proyecto.
A partir de entonces hubo que pensar en el lema que debía inspirar ese conjunto artístico, hasta que llegaron a definir dos ideas claves, que fijaron como objetivos fundamentales: las raíces de Argentina, que eran hondamente españolas, y la Constitución del 52, redactada en la ciudad de Paraná.
—Esa Constitución —dijo muy solemne Juan Mas i Pi a sus compañeros de mesa— tiene como preámbulo la definición más hermosa de la Argentina cuando habla de «asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino». No podía haber, pues, mejor homenaje para esta república que ofrecerle, en forma imperecedera, el preámbulo de su Constitución, que condensa aquello que los extranjeros más aman de nuestra nación: la libertad de que gozan y la nueva patria que encuentran quienes, por azares diversos, han perdido la suya en el viejo mundo.
—Un objetivo muy loable y hermoso —afirmó Enrique Nicholl—. Le felicito sinceramente, señor Mas i Pi.
—Pero quisimos asimismo reflejar en ese monumento ese algo que vincula a los españoles con la República Argentina, un país en el que nunca podemos sentirnos huéspedes. Algo que une desde muy antiguo a argentinos y españoles; algo que no morirá nunca, algo que está en la esencia misma de su carácter: la estirpe, la raza, el idioma, la procedencia, el tronco común. Los argentinos son como los españoles, se llaman como ellos, tienen sus mismos apellidos, tienen sus virtudes fundamentales. El monumento, por lo tanto, tenía que simbolizar esa vinculación eterna de los españoles y argentinos por el idioma y por la estirpe.
—Les aseguro —dijo entonces el capitán— que me siento muy satisfecho y orgulloso de llevar en mi buque las estatuas de este magnífico monumento con tan preclaras intenciones.
Propongo, si les parece, un brindis por el proyecto, por los argentinos y por los españoles.
Tras el brindis, Ana González Grasa, la señora Nicholl, dirigiéndose al matrimonio Mas i Pi, preguntó de nuevo:
—Pero ¿es verdad lo que han dicho de que pesa una misteriosa maldición sobre esas veinte estatuas que llevamos en el buque?
—Puede estar tranquila, todo eso no es más que una fabulosa leyenda que se ha desarrollado al hilo de algunos acontecimientos adversos sin importancia.
Juan Mas i Pi contó, entonces, toda la historia y los avatares de la construcción del monumento. Una tarea que no fue nada fácil de llevar a término, ya que una vez definido y concretado el espíritu del mismo, hubo que buscar quien lo realizara. De inmediato surgieron los nombres de los tres escultores más prestigiosos y respetados de aquellos años. Los miembros de la comisión pensaron que debía ser hecho conjuntamente por Mariano Benlliure, Agustín Querol y Miguel Blay, en hermosa colaboración de sentimiento y arte.
El doctor Carlos Malagarriga, ilustre jurisconsulto y secretario de la comisión del monumento, viajó a Madrid con el fin de contactar con ellos y activar las gestiones para convertir el proyecto en una realidad. No obstante, no pudo de ninguna manera poner de acuerdo a los tres escultores. Todos, en las largas reuniones que se celebraron para debatir el proyecto, consideraban un honor insigne el hecho de colaborar en la magnífica obra del monumento aun cuando no hicieran más que una parte del mismo, pero, una vez a solas, cada uno de los artistas quería ser único y no tener que repartirse con nadie la inmensa gloria del trabajo. Por lo tanto, hubo que decidirse por uno de ellos. Malagarriga prefería a Blay pero la comisión de Buenos Aires inclinó su voto por el arrogante e insigne Agustín Querol.
El gran escultor catalán Agustín Querol i Subirats, nacido en Tortosa y de cuarenta y seis años, era uno de los más notables artistas de la época, cuyas obras monumentales podían admirarse en distintos lugares de España y de América. Acometió finalmente el proyecto, por el que cobró la nada despreciable cantidad de ochocientas mil pesetas; con mucho entusiasmo realizó varios bocetos y trabajó en esta monumental obra sin descansar un instante. Pero un año después, el 14 de diciembre de 1909, la muerte le sorprendió inesperadamente en pleno trabajo y con el cincel en la mano. Una afección reumática acabó de manera fulminante con su vida.
El escultor Cipriano Folgueras y Doiztúa se hizo cargo, a partir de entonces, de continuar la construcción de las veinte colosales estatuas de bronce siguiendo los bocetos de Querol, pero Folgueras falleció también cinco meses más tarde, repentinamente como su antecesor, de un ataque cardiaco antes de concluir el proyecto. Otro artista, José Monserrat Portella, tuvo que tomar el relevo a partir de aquel momento y terminar el monumento. Pero la serie de infortunios no acabaron aquí, ya que una nueva calamidad se cernió sobre aquel trabajo al declararse, en mayo de 1913, una huelga brutal del personal de las canteras de Carrara que impidió que el mármol encargado para la obra pudiera llegar a tiempo a Barcelona. El monumento, por lo tanto, por todas estas circunstancias, no pudo inaugurarse como estaba previsto durante los festejos de Buenos Aires en 1910 y no estuvo finalizado hasta el mes de mayo de 1914.
—Efectivamente —intervino el capitán—, creo recordar que yo mismo tenía que transportar a bordo del Príncipe de Asturias las veinte estatuas de bronce en nuestro segundo viaje a Buenos Aires. Aunque no conozco la razón por la que no fueron embarcadas.
—Quedaron en tierra —repuso inmediatamente Juan Mas i Pi—, porque fueron embargadas por varios acreedores de la familia del escultor Agustín Querol. Hubo que acometer engorrosos trámites judiciales, que se han demorado dos largos años, y que permitieron eliminar esta traba y hacer posible ahora el viaje de los bronces.
—No podrá negar usted —dijo Luis Descotte Jourdan, dirigiéndose a Mas i Pi— que hay una evidente maldición en torno a las estatuas.
—Lo único cierto, amigo mío —le contestó el escritor—, es que ahora esas veinte obras de arte están terminadas, felizmente resguardadas en las bodegas de este buque, y a punto ya de llegar a su destino en Argentina. Las inconveniencias de estos años y los infortunios son tan sólo parte del pasado y no debemos darle mayor importancia.
El comedor de primera clase del Príncipe de Asturias estaba situado en la parte delantera de la cubierta principal, tres niveles por debajo del puente de mando. Era amplio y muy lujoso, con grandes ventanales que comunicaban con las galerías de cubierta y con la toldilla de proa del vapor. Sus paredes estaban decoradas con bellos paneles de roble japonés y marcos de nogal. En uno de sus extremos estaba la gran escalinata, casi siempre muy transitada, por la que se accedía a la cubierta superior, donde se encontraban la sala de música, la biblioteca y la sala de fumar. En el centro del comedor destacaba una amplia cúpula elíptica rematada con una claraboya con hermosos cristales decorados.
El servicio de camareros era siempre muy esmerado, y la cocina, situada en la planta inferior, preparaba platos muy exquisitos y variados, que se anunciaban en el correspondiente menú. Las vajillas de bellísima porcelana así como la finísima cristalería y la cu bertería de plata llevaban grabadas las iniciales que identificaban a la Compañía Pinillos. Las mantelerías eran finas y bordadas con bellos encajes. Y los centros de mesa estaban adornados con flores naturales, por lo que el vapor llevaba siempre en las bodegas un buen número de macetas bien cuidadas.
Esa noche el jefe de cocina sustituyó la habitual pasta italiana por un consomé Julien, tras el que sirvió una coliflor al natural, jamón York glacé, filetes de pargo a la riojana, ternera mechada con ensalada, quesito de Puerto Príncipe y postres variados. Los vinos fueron blancos y tintos del Penedés.
La orquesta, formada por cinco músicos, amenizaba todos los días las comidas y las cenas con algunos valses y fragmentos de populares zarzuelas.
Las cenas eran una ocasión muy especial para que tanto las señoras como los caballeros se arreglaran y vistieran con elegancia. Para ello —especialmente ellas—, debían pasar buena parte de la tarde haciendo uso del servicio de peluquería o ayudadas por sus doncellas, preparándose para esa velada tan distinguida.
Hay que tener en cuenta que los equipajes de los pasajeros de primera clase eran, en general, muy voluminosos. Una parte de ellos permanecía en las bodegas a la espera de llegar al punto de destino, pero algunos de los baúles habían ido directamente a los amplios vestidores de los camarotes para cubrir las necesidades de la travesía.
Las horas de la noche en los trasatlánticos eran los instantes de la elegancia, el refinamiento y la distinción. Primero, para la cena, y más tarde, en la sala de música o la de fumar, donde unos conversaban o bailaban, y otros aprovechaban para jugar al póquer o al bridge. Era también el momento propicio para los encuentros galantes, en ocasiones casi furtivos; para el coqueteo y para los gestos seductores y las miradas discretas e insinuantes. Para muchos, la hora del flirteo, del halago, del cortejo y del amor.
Guillermo Cárdenas se acercó decidido a una joven que permanecía sentada en una de las butacas de la sala de música y la invitó a bailar.
—¿Le apetece bailar un vals?
Se había fijado en ella desde el primer día en que la vio entrar en el comedor. Casi siempre estaba sola, paseando por cubierta, a la hora de las comidas o en alguno de los corredores, con la bata de baño esperando turno para la ducha.
—No debería hacerlo —contestó la joven, a la vez que llevaba a sus labios la taza de té que tenía en la mesa cercana—. No creo que una mujer casada deba aceptar una proposición como la suya.
—z Casada? Perdone, pero yo la he visto siempre sola desde que embarcamos en Barcelona.
—Mi marido está en Montevideo esperando mi llegada.
—¿Y cree que a su marido, allá en Montevideo, le va a importar que bailemos esta noche usted y yo?
—No, efectivamente, no creo que haya nada malo en bailar un vals —dijo, incorporándose para aceptar la proposición del caballero.
—Claro que no. ¿Qué va a haber de malo?
Guillermo rodeó con su brazo la cintura de la joven y oprimió su delgado talle con delicadeza. Sus pies inmediatamente comenzaron a moverse al compás de aquella melodía.
—¡Ah, me encanta el vals! —dijo ella—. Si no fuera porque es tan agotador, estaría bailándolo eternamente.
—¿Pues sabe usted que hace cien años en Inglaterra se le consideraba como un baile inmoral?
—¿Al vals?
—Sí, algunos caballeros ingleses, en 1813, condenaron el vals por su inmoralidad. Y mucho más recientemente, en nuestros días, un manual de buena conducta, publicado también en Inglaterra, de fine el vals como un baile demasiado obsceno para ser bailado por señoritas.
—Pues si es así —dijo ella, sonriendo—, como yo soy una señora, debo tener licencia para la obscenidad.
Su sonrisa era fascinante. Y ella era increíblemente atractiva. Tenía los ojos negros y un cuerpo frágil y extremadamente delicado. Guillermo no podía evitar sentirse seducido por aquella muchacha.
—Bailar el vals —comentó entonces ella, con los ojos entornados— produce una sensación gratísima. Me siento ingrávida, dejándome llevar por su música.
Su voz era dulce, delicada, y sonaba como una caricia.
«Este baile —pensó ella— enciende en mis entrañas un ardor desconocido. Me aviva, me despierta».
Sonaron los últimos compases y caminaron hasta la cubierta acristalada, desde la que se disfrutaba de una magnífica noche estrellada en el océano.
—Su esposo es un hombre afortunado —dijo Guillermo, buscando un cigarrillo en su pitillera.
—No conozco todavía a mi esposo —contestó ella casi de inmediato—; no le he visto nunca.
La expresión de sorpresa del joven desconcertó a la muchacha, que quiso explicarle su afirmación.
—Nuestro matrimonio se ha celebrado por poderes; él en Montevideo y yo en San Sebastián. Mi padre, que le conoce, dice que es buena persona, aunque es mucho mayor que yo. Tiene cincuenta y dos años y yo acabo de cumplir los veintiséis.
—¿Y no le da miedo la incertidumbre de un matrimonio por conveniencia?
—Es la voluntad de mi padre y por eso la he aceptado de buen grado.
—Pero ¿no ha pensado que quizás con él usted no será nunca feliz?
—Trataré de ser una buena esposa y con eso basta. Por lo demás, ya he tenido ocasión de vivir gozosa en estos años de mi juventud. San Sebastián es una ciudad muy cosmopolita donde una muchacha puede permitirse vivir de manera muy moderna, casi como en París.
Guillermo adivinó una languidez extraña y una sombra de desaliento en la mirada de aquella joven por la que él empezaba a sentir una atracción casi lasciva.
—Mi marido era amigo de mi padre, compañero de escuela y de juegos en San Sebastián. Marchó a América con la promesa de mi padre de ir a reunirse con él unos meses después. Pero nunca se atrevió a hacerlo. Se escribieron muchas cartas, pasó el tiempo, le habló de mí, vio unas fotografías y le pidió casarse conmigo.
—Pero ¿y la voluntad de usted?
—Yo no puedo contrariar la voluntad de mi padre.
—¿Y su madre también está de acuerdo?
—Mi madre murió al poco de nacer yo. He vivido todo este tiempo sola al lado de mi padre.
Juan Mas i Pi y sus compañeros de mesa, Enrique Nicholl, Pedro Nolasco y Luis Descotte Jourdan, proseguían en el salón de fumar la animada conversación iniciada durante la cena sobre la evolución de las relaciones entre España y la República Argentina.
—No cabe duda —afirmaba rotundamente Mas i Pi— de que la embajada española, que estuvo presente en los actos de la independencia, presidida por la infanta Isabel, consiguió borrar cien años de distanciamiento, hizo olvidar divergencias, disipó dudas y recelos, y puso el sello de un reconocimiento oficial que ya tardaba demasiado en llegar y en hacerse evidente.
—Y gracias a ello —intervino el jurista Pedro Nolasco—, la leyenda de una América hecha toda de maravillas, en la cual el emi grante no tenía más trabajo que el de inclinarse a recoger las pepitas de oro, se disipó, afortunadamente, no sólo en España sino en toda la mente europea.
—Era necesario dar cuanto antes ese paso —prosiguió Mas i Pi—, porque en Argentina, la inmensa mayoría de la gente, ¿por qué no decirlo?, mostraba hacia la nación colonizadora una especie de rencor y malevolencia de todo punto incomprensible.
—Lamentables consecuencias, querido amigo, de una educación equivocada.
Todos los contertulios dirigieron sus miradas hacia Enrique Nicholl, que acababa de intervenir en la conversación con una afirmación tan tajante.
—Hasta hace poco —prosiguió— se estuvieron enseñando en las escuelas primarias de Argentina errores de historia peligrosos y malsanos. Pero, efectivamente, la actitud española en el centenario logró poner punto final a todos esos conflictos y malentendidos. Y al mismo tiempo, España fue adquiriendo conciencia de la existencia de una Argentina diferente. Este país ya no era la América fabulosa del enriquecimiento fácil y no siempre legítimo con el que habían soñado los españoles.
—Sin duda ahora —intervino de nuevo Mas i Pi— existe un nuevo y más justo criterio de la vida. Por eso se necesita abrir el surco, sembrar las semillas doradas del pan futuro para recibir los cariños de esta tierra, que es toda generosidad.
Luis Descotte contó a los presentes que él y su familia habían participado, como invitados del gobierno, en los actos conmemorativos del Centenario de la Independencia de Argentina, en el mes de mayo de 1910. Y recordó con gran emoción el momento en que la infanta Isabel, que presidió la embajada española, firmó en Buenos Aires el acta de la colocación de la primera piedra del monumento erigido por la colonia española en aquel país.
—En el centenario argentino —manifestó Luis Descotte—, España, su gobierno, su pueblo y la masa de españoles residentes en Argentina consagraron su afecto y su cordialidad.
—Es que, al final, se dieron cuenta, unos y otros dijo Juan Mas i Pi, de que en la Argentina había un millón de españoles y otro millón de hijos de españoles, unidos a este país por hondos lazos de afecto.
—Recuerdo —intervino de nuevo Luis Descotte— cómo el carruaje que transportaba a la infanta se vio rodeado desde el primer momento por una verdadera multitud que a duras penas le dejaba avanzar. Una muchedumbre que, entusiasta, quería aplaudir a la noble señora. Momentos después, asomada al balcón de la Casa Rosada recibió el aplauso unánime de cincuenta mil personas congregadas en la plaza de Mayo.
—No se pudo elegir mejor embajadora —dijo entonces Enrique Nicholl—. Muy amada en su tierra por los poderosos y por los humildes. La infanta Isabel trajo algo más hermoso que una alta delegación oficial: la representación unánime del alma española que se concentraba en ella misma.
Guillermo Cárdenas se acostó inquieto aquella noche. No era capaz de borrar de su mente el recuerdo de aquella joven con la que había bailado un vals inolvidable.
Ahora se daba cuenta de que no conocía su nombre, apenas sabía nada de ella, pero, ¡qué extraña sensación de alivio le invadía al evocar su lejana presencia!
Era una mujer hermosa, elegante, gentil, y que le provocaba una sobreexcitación extraordinaria. Recordaba sus párpados, su boca, sus blancos dientes, su sonrisa dolorosa, su mirada inquietante, la frescura de su aliento.
¡Tenía tan presente aquella mano blanca que ella le tendió al despedirse y que él apenas se atrevió a rozar con sus labios!
Acababan de separarse y ya pensaba en cómo le gustaría verla de nuevo para volver a vivir tan siquiera un solo instante junto a ella. Se sentía fascinado por aquella desconocida, cuya ausencia ahora tanto le turbaba.
A Julia —ése era su nombre—, en la soledad de su camarote, no la dejaba dormir la agitación y el recuerdo de aquel vals interminable, entregada en los brazos de Guillermo.
¿Había vivido alguna vez algo parecido?
Se sorprendió al sentir dentro de ella una extraña sensación como no la había sentido jamás. Le parecía que toda su sangre bullía dentro de su corazón y que éste pudiera estallar de gozo en cualquier momento.
Se sentía arrebatada por un sentimiento extraño que nunca había experimentado.
¡Guillermo!
¿Qué pretexto podría inventar para volver a verle?
Aquella noche, en el océano, los dos bajo un mismo cielo plagado de estrellas, muy cerca el uno del otro, tuvieron un idéntico sueño.
Los caballeros tomaban ya la última copa antes de acostarse. Ana González Grasa y Soila da Silva habían acudido a la sala de fumar en busca de sus esposos para retirarse a sus respectivos camarotes.
—España se debe hoy a América —decía Mas i Pi en aquel momento—. Todos los españoles están en la obligación de considerar estas repúblicas como algo propio.
—Se impone un renacimiento hispano —apostilló Pedro Nolasco.
Ya de pie y a punto de despedirse, ajustándose los quevedos, el joven escritor dijo a los presentes:
—Es necesario que haya en España un poco más de interés hacia la vida de estas repúblicas, donde miles y miles de españoles trabajan y prosperan. Señores, buenas noches.
Aquella noche, tras haber escuchado el relato de su maldición, algunos pasajeros se fueron a dormir con la preocupación de las veinte colosales estatuas que viajaban en las bodegas del Príncipe de Asturias. Cada una de ellas pesaba ochocientos kilos, estaban construidas en el mejor bronce y representaban diferentes alegorías sobre las cuatro regiones argentinas.