Naufragio

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TERCERA PARTE » La sepultura de José Lotina

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La sepultura de José Lotina

cRESA contactó con Fernando García Echegoyen, que pasaba por ser el mejor conocedor de los naufragios de buques españoles. Marino mercante y dedicado desde hacía tiem a la investigación y peritación de siniestros marítimos, era, sin duda, un experto y la persona idónea para obtener una mayor información sobre el hundimiento del Príncipe de Asturias y, sobre todo, para que pudiera valorar toda la documentación que había logrado obtener en el Archivo General de la Administración. po

Fernando vivía cerca de Málaga, en Antequera, pero decidió desplazarse a Barcelona y quedaron citados en uno de los restaurantes que existen frente al antiguo muelle de pescadores, de donde antiguamente partían los trasatlánticos de la naviera Pinillos, Izquierdo y Compañía.

—No he sido capaz de leer este documento sin sentir un gran escalofrío —le dijo Teresa, nada más encontrarse y casi a modo de saludo—. Se trata —añadió, mostrándoselo— del informe que elaboró el cónsul español en Santos para las autoridades de Marina españolas, que realizaron la investigación sobre el naufragio. Su contenido, como verás, es terrible, auténticamente estremecedor.

Fernando era un tipo alto y corpulento, con una sonrisa franca y amplia. Tomó aquellos papeles y los leyó con detenimiento. Su rostro, a medida que avanzaba en la lectura, iba cambiando de expresión. Sólo al terminar, y después de un largo silencio, comentó a Teresa.

—Tienes en tu poder un documento de mucho valor. Has encontrado nada menos que la localización de los enterramientos de los náufragos del Príncipe de Asturias en las playas de la isla de San Sebastián. Es la primera vez que veo un informe tan exacto y preciso. Es todo un hallazgo. Además, creo que también estamos ante un dato muy revelador.

—¿Qué quieres decir? —preguntó muy sorprendida, dado el nuevo tono de voz de Fernando.

—Déjame que lo vea de nuevo con más detenimiento, pero creo que has dado en la diana con un hallazgo muy importante.

Fernando leyó de nuevo el informe, mientras Teresa revisaba con extrema curiosidad la otra copia del mismo.

Excelentísimo señor,

Muy señor mío,

Tengo la honra de elevar al superior conocimiento de V.E. la siguiente relación de los cadáveres del naufragio del vapor español Príncipe de Asturias que han podido ser encontrados en las inmediaciones del lugar del siniestro por la expedición enviada por los agentes en esta ciudad de la casa armadora del malogrado buque a aquellos parajes, que recorrieron, después de no pocos obstáculos y dificultades, en el espacio de veintinueve días. Sin desviar la mirada de aquellos papeles, Fernando llevó una copa de cerveza a sus labios y luego, tras sorber el contenido de la misma, comentó:

—Es la primera vez que los investigadores del naufragio tenemos constancia de la existencia de esta expedición, enviada por la agencia consignataria de Pinillos a la isla de San Sebastián. Debió de ser un trabajo arduo y riguroso, ya que invirtieron casi un mes, según dice aquí, en la búsqueda de los cadáveres.

Teresa recordó, en aquellos momentos, la satisfacción del funcionario del Archivo de la Administración cuando le comunicó que había encontrado unas cajas con legajos totalmente inéditos sobre el naufragio. Estaba claro, una vez más, que se trataba del informe sumarial instruido tras el naufragio, buscado afanosamente y sin éxito por muchos investigadores.

El documento proseguía con una relación muy detallada de los cadáveres que habían sido encontrados y sepultados en diferentes playas de la isla de San Sebastián.

En el cementerio de playa de Serraría, sito en la cumbre del morro, que se halla a la izquierda de quien viene del mar, fue sepultado el 7 de marzo el cadáver de un hombre de estatura regular, algo gordo, barba poblada y hecha, bigote rapado, calvo, que vestía pantalón negro y camisa con iniciales B. D. e iguales iniciales en el calzoncillo. La sepultura quedó señalada con cruz de madera con iniciales iguales a las del traje.En la misma playa de Serraría, entre el morro del cementerio y la barraca de canoas, fueron enterrados dos hombres que habían sido encontrados en completo estado de putrefacción y vistiendo sólo pantalón sin inicial alguna. La sepultura quedó señalada con una cruz de madera.A la distancia de unos ocho metros de la anterior sepultura, fueron enterrados los cadáveres de una mujer y de un hombre, encontrados en estado de descomposición, algo mutilados por los peces; la sepultura está debajo de un «esquineiro» y quedó señalada con una cruz de madera.En la playa de Guanxuma quedó sepultado un cadáver mutilado, a punto de no conocerse el sexo, enfrente de las ruinas de una casa. Señal: una cruz de madera.

En la playa do Estacio tuvieron sepultura los cadáveres de un hombre y de una mujer completamente despedazada y desnuda; el hombre vestía pantalón y camiseta, pareciendo ser un tripulante, pero sin ninguna otra señal particular, muy mutilado y completamente descarnado el rostro. Señal: cruz de madera.En la playa da Sellada, encima del morro que da para el costado de la izquierda de quien entra, se señalaron con cruz de madera las sepulturas de tres hombres y dos mujeres, encontrados completamente mutilados y putrefactos.En la misma playa, detrás de una barraca de paja, fueron señaladas con dos cruces de madera las sepulturas de una mujer y de un hombre, que aparecieron en la orilla del mar, deformes y putrefactos.En la playa dos Castelhanos, entre dos islas que tiene en la entrada, están enterrados y marcados por una cruz de madera de los mismos destrozos del vapor dos cadáveres, siendo uno de hombre y otro de mujer, desnudos y en muy mal estado, sin ser posible tomarles señal alguna.Enfrente a la isla que queda a la izquierda de quien entra en la misma playa y también a la izquierda, de quien viene del mar para la selva, junto al embarcadero que allí existe para canoas, está enterrado el cadáver de un hombre, desnudo, en muy mal estado, pero que presentaba en el maxilar superior derecho tres dientes coronados de oro. Cinco metros más adentro de la anterior sepultura quedó sepultado otro hombre mutilado y putrefacto, sin ropas y sin poder distinguirse señal alguna particular. Quedaron las sepulturas señaladas con cruces de madera.En la bahía do Sombrio, en el sitio denominado Ponta do Meio fueron sepultados dos hombres y una mujer, en muy mal estado de conservación y algo mutilados sin poderse tomar nota de señal ninguna de los mismos, quedando las sepulturas señaladas por una cruz de madera.

En la misma bahía y sitio denominado Garopa fueron sepultados dos cuerpos informes, señalándose la sepultura con una cruz de madera.Fueron también sacados de la mar y enterrados dos cuerpos deformados, sin poder determinar sexo ni distinguirles otras señales, señalándose con cruz de madera la sepultura.En la misma bahía y en el sitio denominado Figueira do Sombrío quedó señalada la sepultura de dos hombres deformados y sin ofrecer señal particular.En el mismo Figueira do Sombrío recibieron sepultura tres hombres a quienes no se distinguió señal particular alguna por su estado de putrefacción y mutilación. A continuación, se enterraron en el mismo lugar seis mutilados y disformes no presentando señal particular ninguna y en muy mal estado. Separada de esa fosa anterior por una tabla, recibió sepultura una mujer, también deformada, que tenía al cuello una cadenita de oro de eslabones finitos y colgando de ella una medalla de oro en forma de reloj, y viéndose cabellos detrás de su cristal. La fosa de los diez últimos cadáveres señalada con una cruz está un poco a la derecha de quien entra en el citado Figueira do Sombrío, detrás de una piedra grande redonda que hay en la playa del costado del morro. —¡Qué espanto! —dijo Teresa, apartando con angustia la mirada de aquellos papeles—. No puedo proseguir con la lectura de estos informes. ¡Imagino a todos esos pobres infelices, convertidos en cadáveres, despedazados y comidos por los peces!

—Es algo muy normal en todos los naufragios —apuntó Fernando, tratando de serenarla—. Ten en cuenta que aquélla es una zona en la que abundan los tiburones, y muchos supervivientes debieron perecer atacados por esos escualos cuando trataban de alcanzar la costa o mientras braceaban desesperados en medio de la noche y del temporal.

—¡Qué muerte más horrenda! ¡Y pensar que uno de ellos era mi abuelo!

—Debió de ser algo terrible, desde luego.

—je imaginas lo que pudo ser el horror de aquellos momentos? No consigo quitarme de la cabeza la imagen de esos cientos de personas, irreconocibles y con los cuerpos completamente destrozados.

—Los tiburones, sin embargo —le dijo Fernando—, no fueron los responsables de esas mutilaciones de que hablan todos estos informes. Los peces más pequeños y los crustáceos especialmente son los auténticos depredadores en esas circunstancias. Se sienten atraídos por los ojos de los cadáveres, por sus rostros y por la figura de cada uno de ellos, y consiguen despedazarlos casi por completo.

—¡Qué horror!

Uno y otro, tras un pesado silencio, prosiguieron con la lectura.

A lo largo de la misma playa Figueira do Sombrío, unos cincuenta metros más adelante de la fosa anteriormente relatada, recibieron sepultura dos cuerpos informes y putrefactos.En la misma bahía do Sombrio y sitio denominado Galhetas do Sombrio queda señalada con una cruz la fosa de nueve cuerpos deformados y en muy mal estado.En el mismo Sombrío y sitio denominado bahía do Sombrío fueron sacados del agua dos cuerpos deformados y en mal estado que fueron enterrados en un sitio señalado con cruz de madera.En Ubatuba, en la playa das Toninhas, después de la entrada de esta playa por el morro y atravesando un pequeño riachuelo en cascada, y en el segundo camino que da para la selva, a unos cincuenta metros de la playa, a la mano izquierda, fue sepultado el cadáver de una mujer completamente desnuda y en un estado avanzadísimo de descomposición, a la que le fueron encontradas las siguientes joyas: alianza de oro sin iniciales, un pendiente con dos imitaciones de brillantes, uno grande y otro pequeño, una pulsera que parece de oro macizo de dos hilos en espiral. Estas joyas fueron recogidas por el delegado de policía local y han sido entregadas al colector federal de Ubatuba.

En la misma playa das Toninhas fueron sepultados tres cadáveres de mujeres desnudas y completamente deformadas. También fue sepultado en la misma playa otro cadáver de mujer. Dos de estos cuatro cadáveres fueron retirados del agua con falta absoluta de miembros y uno de ellos presentaba a la vista solamente el tronco. Fueron señaladas las sepulturas con una cruz.En la isla dos Porcos, frente a Ubatuba, fueron sepultados dos cuerpos que parecían ser de hombre, muy mutilados y en estado de descomposición, quedando la sepultura señalada con una cruz de madera.En playa Mansa fue sepultado el cadáver de un hombre completamente putrefacto y deforme.En Ponta Grossa de Ubatuba fueron enterrados cuatro cuerpos, al parecer todos de mujer. En el mismo sitio también fue sepultado un hombre, sin ropas, mutilado y en muy mal estado.En playa de Lázaro fueron retirados del agua y dándoseles sepultura cuatro cuerpos muy mutilados y en descomposición, al parecer de mujer.Tuvieron sepultura en Enseada dos cuerpos deformes, en estado completo de descomposición.En el sitio denominado Perequé Mirim fueron recogidos dos cuerpos incompletos y putrefactos. Todas las sepulturas quedaron señaladas con cruces de madera.En Boa Vista quedó sepultado el cadáver de una mujer joven, frente a la Enseada, en el lado izquierdo de quien sube por el camino y a unos cincuenta metros de una pequeña playa de pie dra. Este cadáver representaba ser de joven de edad de quince a dieciocho años, y le fueron encontrados una alianza de oro sin iniciales, con dos líneas indicando la juntura, que usaba en el dedo mayor de la mano derecha; un anillo con engarce para tres piedras de oro o plaqué, pero sólo conteniendo dos piedras, una imitando un brillante a un lado, otra de igual tamaño imitando esmeralda al centro; este anillo estaba en el meñique de la mano izquierda. La sepultura quedó señalada con dos cruces de madera y las joyas a cargo del inspector Manuel Victorio de Souza. El cadáver presentaba en la boca dos dientes obturados a oro, siendo un diente mayor del maxilar superior y la segunda muela del mismo maxilar.

En la playa de Sete Fontes fueron enterrados dos cadáveres informes, putrefactos, sin poder ser determinado su sexo, y semidesnudos.Las joyas recogidas a algunos de los cadáveres y que quedan enumeradas se encuentran en poder de la autoridad judicial que las retiene a disposición de los que prueben ser herederos de las víctimas. —Es curioso —dijo de repente Fernando García Echegoyen—, no había encontrado en ninguna parte una información semejante.

—¿A qué te refieres? —preguntó sorprendida Teresa.

—Siempre, hasta ahora, se había dicho que en las diferentes playas de la isla se habían registrado muchos casos de profanación de cadáveres, con el fin de apoderarse de sus pertenencias, principalmente de los relojes, cadenas, pulseras y otras joyas. Los diarios de la época contaron que los pescadores incluso llegaron a cortar los dedos a los cadáveres para apoderarse de sus anillos. Me sorprende muy gratamente este informe, porque indica todo lo contrario y hace referencia a una actitud impecable y honesta por parte de los pescadores que habitaban la isla de San Sebastián.

—Nunca nadie les agradeció lo que hicieron por aquellas víctimas.

—¡Mira! —interrumpió Fernando a Teresa—. Éste me ha parecido que puede ser uno de los párrafos más interesantes del informe. Déjame leerlo con calma.

En la playa de Fome. Hombre robusto, rostro despedazado por los peces, completamente vestido con pantalón blanco, chaleco blanco con botones de madreperla y dolmán negro, que aún presentaba en la manga dos galones dorados algo separados indicando, según la persona que lo enterró, que había espacio para otro galón; también llevaba puesto cinto de cuero con hebilla de metal. Está enterrado en la referida playa de Fome, en el remanso que forma la playa y como a treinta metros de ella, en un pedazo de terreno no arcilloso que queda rodeado de piedras, teniendo a la izquierda de quien mira para la mar una barraca de guardar piraguas cubierta de teja de barro y al pie de ésta un camino que conduce a una casa sita en la cima del morro, y a la derecha, tres cocoteros altos y el desagüe de una cascada que forma una pequeña laguna que vierte al mar. Fue recogido y enterrado por el morador del lugar, Sebastián Francisco dos Santos. La sepultura quedó señalada con cruz de madera de una tabla de bote que vino a la playa.Santos, 31 de mayo de 1916.

—¡Bingo!

—¿Qué ocurre? —exclamó Teresa sorprendida.

—Creo, casi con toda seguridad, que este cadáver, del que se habla aquí, es el del capitán José Lotina.

—¿Del hombre que supuestamente se suicidó?

—Sí, Teresa, si no me equivoco creo que has dado sin pretenderlo con la sepultura del personaje más buscado del naufragio del Príncipe de Asturias.

—¿El capitán? —repitió desconcertada Teresa—. ¿Estás seguro?

—Sí, creo que no existe la menor duda. Por la descripción que aquí se hace de la vestimenta se trata de un oficial del barco. Lo que está describiendo es una mezcla de uniformes de invierno y de verano de la Marina mercante española. El pantalón blanco y el chaleco blanco corresponden al uniforme de verano, y el llamado dolmán negro corresponde al uniforme de servicio en invierno. En realidad, es azul, lo que ocurre es que al estar mojado pudo parecer negro. Una guerrera azul marino cruzada con botones de madreperla o latón.

—Podría ser de cualquiera de los oficiales del buque.

—Sí, pero teniendo en cuenta que el siniestro tuvo lugar a las cuatro quince de la madrugada se reduce mucho el margen de posibilidades. Ten en cuenta que a esa hora únicamente estaban de servicio, y por tanto uniformados, el capitán, el segundo oficial, el cuarto oficial, y el segundo y cuarto maquinistas.

—Cinco oficiales.

—A estos últimos hay que descartarlos ya que en la sala de máquinas no iban uniformados. Llevaban una especie de mono de trabajo, un pantalón y una guerrera sin galones, con botonadura simple hasta el cuello, unas veces de color caqui y otras grisáceo.

—Efectivamente, ese uniforme no se corresponde con la descripción del cadáver.

—Hemos descartado también al primer oficial y al agregado, que se habían retirado a sus camarotes a dormir, y lo más probable es que ya se hubieran quitado el uniforme. Y ni uno ni otro se corresponden con el perfil de hombres robustos, que describe el informe.

—Sólo quedan tres posibles oficiales en el puente de mando.

—Efectivamente, y de esos tres oficiales, dos consiguieron sobrevivir: el segundo oficial, Rufino Onzaín, y el cuarto oficial, Alfredo Dorda. Todo indica que el único cadáver uniformado debería ser el del capitán.

—¡Sorprendente!

—Pero hay más detalles que debemos tomar en consideración y que nos confirman esa hipótesis.

—¿Por ejemplo?

—¿Qué oficiales llevaban dos galones como se describe en el documento consular?

Teresa sonrió ante la pregunta de Fernando, ya que ella poco o nada sabía de graduaciones y de galones en la Marina mercante.

—La graduación en los oficiales de cubierta —trató de explicarle— estaba indicada por dos grupos de galones. Todos llevaban un galón dorado, liso y grueso, cosido sobre paño negro. Además, algunos oficiales llevaban un segundo grupo compuesto de uno o varios cordoncillos cosidos sobre paño negro. En el caso del capitán, eran tres cordoncillos; dos para el primer oficial; y uno para el segundo oficial. Los terceros y cuartos oficiales llevaban únicamente el grueso galón dorado. Si tenemos en cuenta que el segundo y el cuarto oficial se salvaron y que el cuerpo del tercer oficial fue recogido flotando en el mar, únicamente quedarían por aparecer los cuerpos del capitán Lotina y del primer oficial, Salazar. Pero está claro que este último había salido de guardia y había regresado a su camarote. Todo parece confirmar que se trata del capitán. Pero todavía hay algo más.

Fernando miró a Teresa, esbozando una media sonrisa, por lo que ella pensó que todavía tenía un nuevo y definitivo as en la manga.

—El uniforme descrito es un uniforme no reglamentario. Un uniforme de fantasía compuesto por prendas del uniforme de vera no y el de invierno. El único que se podría permitir, en un vapor con un régimen interno tan estricto, llevar un uniforme no reglamentario era el capitán. Y por último, hay un detalle muy importante que tampoco debemos pasar por alto: el chaleco blanco. Conocemos algunos retratos realizados por pintores de prestigio, tanto del capitán Lotina, como del primer oficial, Salazar, y del segundo, Rufino Onzaín. En esas ocasiones, según era costumbre en la Marina mercante española, se solían vestir con su uniforme y prendas favoritas. Ni Salazar ni Onzaín usaron nunca chaleco blanco de fantasía. Sin embargo, José Lotina, el capitán del Príncipe de Asturias, aparece en varios retratos diferentes con el mismo uniforme que llevaba el cadáver descrito en el informe consular: guerrera azul con chaleco blanco y botones de madreperla, una curiosa combinación muy poco usual en la Marina mercante española.

—Por lo que deduzco, no queda ninguna duda.

—Efectivamente, sin ningún género de dudas, y tan sólo pendiente de una posterior verificación forense, me atrevo a confirmar que el cadáver enterrado en la playa de Fome corresponde al del capitán José Lotina Abriqueta, oficial al mando del trasatlántico español Príncipe de Asturias.

—¡No lo puedo creer!

—Pues créetelo. Es el capitán. Y el informe no refiere en ningún momento que el cráneo estuviera reventado. Habla únicamente de un rostro despedazado por los peces, al igual que en la descripción del resto de cadáveres. Resulta difícil suponer que se hubiera volado la cabeza de un disparo y no hubiera signos claros y evidentes de una voladura de este tipo. Ahora, con más razón que nunca —afirmó Fernando García Echegoyen—, me niego a creer que el capitán se hubiera suicidado.

n cuanto el lujoso Príncipe de Asturias fondeó en medio del puerto de Las Palmas, decenas de pequeñas embarcaciones le rodearon, ofreciendo a los pasajeros la posibilidad de llevarles a tierra para visitar la isla. Aunque estaba próxima la hora de la cena y la mayoría prefirió esperar al día siguiente para desembarcar. Muchos deseaban aprovechar esas horas del crepúsculo para escribir las últimas cartas que iban a poder enviar a sus familiares antes de cruzar el océano Atlántico.

En el puente de mando, tras las maniobras oportunas para fondear el buque en mitad del puerto, José Lotina, antes de retirarse a su camarote, convocó a Antonio Salazar y a Rufino Onzaín y les dijo:

—Sobre todo, a partir de ahora, no pierdan ustedes detalle en las guardias de todo cuanto ocurra a su alrededor. Ojo con todo lo que se mueva por el interior del puerto. Les aseguro que estamos en medio de un auténtico polvorín. Y no me gustaría que mi barco se viera envuelto en ningún problema.

La advertencia del capitán José Lotina en torno a la mesa de derrota tratando de poner en guardia a sus oficiales estaba plenamente justificada, ya que desde hacía unas horas las aguas próximas a Las Palmas estaban siendo el escenario de una encarnizada persecución de un corsario alemán por parte de varios buques de guerra franceses e ingleses.

—Avísenme sin contemplaciones al menor movimiento que crean sospechoso.

—Jan grave es la situación? —preguntó el segundo oficial, Rufino Onzaín.

—No olvides Rufino —contestó Lotina en un tono cansino y a la vez extremadamente cordial—, que estamos en mitad de una condenada guerra en la que ninguno de los contendientes se anda con chiquitas. Y desde ayer, por si fuera poco, este puerto donde nos encontramos se ha convertido en el centro del huracán.

El día anterior, por la tarde, un buque de guerra francés de unas trece mil toneladas se había acercado a Las Palmas comunicándose por medio de señales luminosas con un acorazado inglés que se encontraba fondeado en el puerto. Pocos momentos después el buque británico levó anclas, se acercó al francés, que aguardaba en la bocana de la dársena, y juntos se perdieron en el horizonte.

Corrió el rumor, a partir de esa maniobra, de que numerosos buques, franceses e ingleses, perseguían cerca de Canarias a un corsario alemán que llevaba a bordo como prisioneros a las tripulaciones de siete vapores ingleses que habían sido torpedeados por los alemanes.

Al día siguiente, poco antes de que el Príncipe de Asturias arribara a Las Palmas, un crucero francés entró en el puerto navegando a marcha muy lenta y volvió a zarpar a los pocos minutos. Casi a la misma hora se recibió por radiotelégrafo la noticia de que en Santa Cruz de Tenerife había entrado, burlando la vigilancia, el corsario alemán que estaba siendo perseguido por ingleses y franceses. Según comunicaron posteriormente, se había valido de la estratagema de izar la bandera inglesa y cambiarla por la alemana de guerra en cuanto ya estuvo dentro de las aguas territoriales españolas. Se trataba del Westburn, un vapor inglés que se dirigía a Argentina con un cargamento de carbón mineral.

Luis Descotte llevaba todo el día dándole forma a una larga carta que había comenzado a escribir el mismo día de la salida de Barcelona y que aún no sabía si la iba a entregar al correo de Las Palmas para hacerla llegar a María Victoria Gabel a su actual domicilio de Zúrich, donde había pasado con ella y con toda su familia unas semanas inolvidables. Tampoco estaba nada seguro de que hubiera que poner punto final a esa relación de tantos años, por más que su esposa, la parisina Julieta Adelmeleck, hubiera sido tan tajante con el ultimátum que le lanzó antes de partir de Buenos Aires.

—¡Ella o yo! Si decides mantener la relación con esa alemana, será mejor que no regreses.

Lo cierto es que se encontraba ante un dilema difícil de resolver. Las dos mujeres de su vida le exigían, de ahora en adelante, celosas y hartas de tanta rivalidad, una dedicación exclusiva para el resto de sus vidas. Y en esta ocasión, Luis Descotte Jourdan, siempre tan seguro de todos sus actos, estaba a punto de perder el control de la situación.

En Zúrich, María Victoria le había recibido hacía pocas semanas con una gran sorpresa: una nueva nieta, llamada Ofelia, fruto del matrimonio de María Herminia —la hija de ambos— con el joven julio José Cortázar. Una criatura de apenas seis meses, que le pareció una muñeca encantadora. Además, el pequeño Cocó, como familiarmente llamaban al primer nieto, julio Florencio, que tenía dos años, había crecido de tal modo, que se había convertido en todo un muchacho digno del apellido Descotte, que el abuelo nunca dudó lo más mínimo en otorgarle.

No, no estaba dispuesto a renunciar a esta familia de ningún modo.

Pero, por otra parte, en Buenos Aires le esperaban sus otros cuatro hijos y un quinto que venía de camino. Carlos, el primogénito, con dieciocho años, era ya todo un hombre, con responsabilidades al frente del negocio de decoración y del que su padre se sentía muy orgulloso.

Y qué decir de Julieta. Era una esposa ejemplar, servicial, algo orgullosa y arrogante, pero amorosa y sensual.

No, tampoco quería privarse por nada del mundo de su familia oficial en Argentina.

Luis Descotte, tan seguro siempre en lo tocante a los negocios, se encontraba hecho un auténtico lío a la hora de resolver los problemas familiares.

Decidió acostarse y dejar la decisión sobre la carta para el día siguiente por la mañana.

El jueves, desde primera hora, la mayoría de los pasajeros abordaron las pequeñas falúas que les aguardaban en torno al buque y que, al precio de una peseta por persona, les llevaban a tierra.

La ciudad de Las Palmas tenía para los viajeros el inmenso atractivo de ser un pequeño paraíso tropical, con hermosas playas, bonitas calles y un puerto libre, por lo que era una buena ocasión para hacer algunas compras, ya que los precios eran mucho más baratos que en cualquier otra parte. Generalmente, los pasajeros, en los pequeños bazares y tenderetes de los alrededores de la plaza de Santa Catalina, se abastecían de tabaco, de algunas bebidas alcohó licas y de excelentes cortes de seda para hacerse un traje o un vestido.

Guillermo despertó aquel día un poco más tarde de lo habitual. Le había costado conciliar el sueño, con el ánimo encendido por el recuerdo de aquella muchacha cuya presencia le había hecho perder definitivamente el sentido.

Por fin quedó rendido sobre la cama casi con las primeras luces del alba. Exhausto y trastornado penetró en el mundo de los sueños donde de nuevo se encontró con ella.

Le despertó el escándalo de las grúas chirriando y acarreando voluminosos fardos desde unas enormes gabarras abarrotadas de equipajes, de mercancías y de carbón. Asomado a la tronera, Guillermo descubrió un bullicio y un tráfago al que estaba muy poco acostumbrado. La chimenea del Príncipe de Asturias lanzaba grandes humaredas y apestaba a vapor, a aceite hirviendo y a carbón.

Se desperezó, se arregló rápidamente y bajó al comedor a tomar su desayuno, con la esperanza de ver aparecer de un momento a otro a la muchacha que se había convertido, en apenas unas horas, en dueña de todos sus pensamientos.

La familia al completo del médico cordobés Pérez Gómez embarcó en una de las primeras falúas para así poder aprovechar mejor el tiempo en Las Palmas. El capitán había anunciado su decisión de zarpar a las seis de la tarde y disponían de casi todo el día para recorrer la ciudad. Nada más llegar a tierra, Juan Pérez Gardey, el mayor de los tres hijos, compró una postal y la envió a una de sus amigas cordobesas. Le contó que, desde hacía un par de días, navegaban con el mar un tanto revuelto, le decía que la recordaba con mucho cariño, que esperaba volver a verla pronto, y le prometía es cribirle de nuevo al llegar a su próxima escala en la ciudad brasileña de Santos.

Las calles de Las Palmas de Gran Canaria, poco a poco, cobraron un aspecto muy festivo con la presencia de los pasajeros del Príncipe de Asturias, que vestían por primera vez atuendos muy veraniegos, acordes con el sofocante calor de las islas en esa época del año. Las señoras lucían vestidos blancos y grandes pamelas con las que se protegían del sol, y la mayoría de los caballeros cubrían sus cabezas con graciosos sombreros canotiers.

Roberto Miranda y su esposa María, que habían embarcado en Almería con destino a Buenos Aires, pisaron tierra con el deseo de conocer la ciudad, alquilaron un carruaje de caballos y pidieron al cochero que les diera un largo paseo por la población y sus alrededores.

Miguel Linares, Carmen Palenciano y su extensa prole de ocho hijos decidieron desembarcar con la ilusión de conocer aquel lugar que desde la cubierta del vapor les parecía paradisiaco. Carmen, además, quería enviar una carta a su padre, Pantaleón Palenciano, que había quedado muy solo y deprimido en Albánchez, tras la marcha de los diez miembros de su familia. Le escribió contándole que acababan de llegar a Las Palmas y que estaban realizando una feliz travesía. «No tengas ninguna preocupación por nosotros y por los niños —le decía a su padre—, porque todos estamos bien y muy contentos».

José Santamaría y su esposa paseaban apaciblemente por las pequeñas callejuelas del entorno de la plaza de Santa Catalina, en compañía de los hermanos César y Senidión Martínez y de la cuñada de ambos, la bellísima italiana Ángela Santuni. Habían coincidido en varias ocasiones en cubierta y en el comedor, y mantenían una buena relación.

José Santamaría llevaba muchos años alejado de su Vigo natal. Ahora residía en Santiago de Chile, donde unos años antes había contraído matrimonio con Berta García, una bella chilena que le había dado tres hermosos hijos. Hacía unos meses se le había presentado la oportunidad de viajar a España con una misión que le había encomendado el gobierno chileno para el que trabajaba en Santiago.

—Debía realizar un informe sobre el funcionamiento del servicio militar en España, con el fin de poder implantarlo en Chile —había comentado a sus amigos durante uno de sus frecuentes encuentros.

El matrimonio llegó a España el 14 de enero y pasaron un mes en Vigo, al lado de los padres y hermanos de José. Allí mismo pudo encontrar toda la información necesaria para llevar a cabo su investigación. Después viajaron a Barcelona para embarcar en el Príncipe de Asturias.

Antes de partir de nuevo hacia Chile, José Santamaría visitó el periódico Faro de Vigo, donde había encontrado una gran ayuda para su informe, con el fin de despedirse de sus buenos amigos. Allí declaró que su esposa había quedado enamorada de tal modo de la ciudad viguesa, que habían tomado la decisión de que, una vez cumplido el encargo del gobierno y realizado el oportuno informe, iban a regresar con sus tres hijos de corta edad el próximo otoño a España para establecerse definitivamente en Vigo.

César y Senidión Martínez venían de La Rioja, donde tenían grandes propiedades en Viniegra de Abajo. Viajaban a Buenos Aires en compañía de su cuñada, Ángela Santuni, que acababa de enviudar recientemente.

Antonio Belaúnde y Francisco Chiquirrín coincidieron en la terraza de un café en el corazón del antiguo barrio de Vegueta, frente a la catedral de Santa Ana y cerca de la antigua residencia del gober nador, donde se alojó Cristóbal Colón en algunos de sus viajes a América. Un hermoso edificio colonial del siglo xv.

—¿Ha leído usted la noticia del vapor inglés? —preguntó, tras los saludos de rigor, Antonio Belaúnde a su amigo Francisco Chiquirrín.

—¿Qué noticia? —respondió éste, un tanto alarmado.

ha visto usted los periódicos de esta mañana?

—No, todavía no he tenido ocasión de leerlos.

Le mostró la portada del ejemplar de El Diario de Las Palmas que tenía sobre el velador, junto a una taza de humeante café, y que publicaba una inquietante información a toda página sobre la llegada a Santa Cruz de Tenerife del vapor inglés Westburn.

EL VAPOR INGLÉS WESTBURN ENTRA EN EL PUERTO DE SANTA CRUZ CON BANDERA DE GUERRA ALEMANA

Santa Cruz, 24 de febrero Un nuevo acontecimiento extraordinario, relacionado con la Gran Guerra, acaba de ocurrir con la llegada del vapor Westburn conduciendo prisioneras las tripulaciones de seis buques hundidos en el Atlántico por el corsario alemán Moewe.A eso de las dos de la tarde fue señalado un buque que venía del sur y cuya nacionalidad se ignoraba. Pocos momentos antes había llegado, fondeando frente al muelle, el crucero de guerra inglés Sutlej, de doce mil toneladas y ochocientos hombres de tripulación, uno de los buques que hacen la vigilancia en aguas de estas islas.Alguien observó que el barco señalado cambió de rumbo inesperadamente y navegó con dirección a tie rra, para continuar luego costeando su viaje hacia esta capital. Pero cuando la sorpresa llegó a su colmo y determinó que una multitud de curiosos acudiera al muelle, ávida de noticias sensacionales, fue cuando el referido buque pasó frente al cuartel de San Carlos y enarboló la bandera alemana de guerra.

Poco después, a eso de las cinco y cuarto de la tarde, ganó el puerto, pasando frente al Sutlej.Muchas de las personas congregadas en el muelle aseguran que el crucero británico dirigió sus cañones al buque que llegaba, siguiéndole hasta que fondeó.El buque sorpresa, con la bandera de guerra alemana, resultó ser el vapor inglés Westburn, de tres mil trescientas toneladas. Francisco Chiquirrín dejó el ejemplar del periódico sobre la mesa y comentó a su amigo:

—Esta guerra es un juego de escaramuzas, todas ellas tan sobresalientes que nunca dejarán de sorprendernos.

—Lo peor —repuso su compañero— es que este océano, por el que nosotros navegamos desde hace unos días, se ha convertido en un lugar extremadamente peligroso.

—Demasiado peligroso. Incluso para los países que, como el nuestro, tienen condición de neutrales.

La noticia que publicaban, con gran alarde tipográfico, los periódicos de Las Palmas venía a confirmar la misma información que el día anterior había llegado a oídos del capitán Lotina y que le hizo tomar grandes precauciones.

Seis vapores ingleses habían sido hundidos frente a las costas de Brasil tras ser torpedeados por el corsario alemán Moewe. Su comandante ordenó posteriormente que sus hombres hicieran pri sioneros a todos los miembros de las tripulaciones, que sumaban ciento noventa y nueve hombres y entre los que había diez españoles. En las mismas aguas del Atlántico, frente a Pernambuco, el buque de guerra alemán apresó después al carguero británico Westburn al que ordenó poner rumbo hacia las Canarias, a donde llegaron tras dieciséis días de navegación en pésimas condiciones, ya que escaseaban los víveres y los prisioneros tan sólo pudieron alimentarse de galletas, café y carne salada. Además, los alemanes tenían bombas a bordo y les amenazaban con volar el buque en caso de que se diera algún conato de insubordinación.

—Es una provocación tremenda todo lo que ocurre en esta guerra —afirmó, rotundo, Antonio Belaúnde.

—Y lo más grave —sentenció Francisco Chiquirrín— es que todos esos buques que han sido hundidos eran mercantes sin ninguna participación en el conflicto bélico.

—Vaya usted a saber si al igual que este corsario alemán, habrá otros más que también estén haciendo sus correrías por el Atlántico.

—Como le digo, navegar por estas latitudes no es nada seguro mientras dure esta guerra, que parece no tener fin.

Luis Descotte decidió finalmente no echar la carta al correo. Su vida estaba ligada tanto a María Victoria como a Julieta, y era incapaz de renunciar a cualquiera de ellas. Lo resolvería como en su momento resolvió el problema que se le planteó el 25 de mayo de 1908 con motivo de la inauguración del Teatro Colón en Buenos Aires. Victoria le exigió entonces estar presente en la función de gala, acompañada de su hija María Herminia, que acababa de cumplir los catorce años. Y Julieta, como es natural, pensaba que debía estar igualmente en esa función y, lo que es peor, amenazaba con montar un escándalo si descubría a «la otra» en algún lugar del teatro aquella noche de gala.

Luis Descotte pasó varios días, con sus respectivas noches, con una angustia indescriptible y sin poder resolver el problema hasta que, en el último momento, dio con la solución oportuna, que le libró de un serio disgusto en cada uno de sus dos hogares. Aquella noche estuvieron en el teatro sus dos mujeres, y ambas disfrutaron de la velada. La dignidad y el orgullo de Julieta, como esposa oficial, no se vio manchada en modo alguno, ya que acompañó a Luis Descotte en una localidad de segunda fila de platea, junto a sus cuatro hijos; y María Victoria se salió también con la suya y estuvo presente en la función inaugural en un palco semioculto y protegido con una cancela, semejante al de los antiguos teatros medievales españoles y franceses. No hay que olvidar que la prestigiosa casa Descotte fue la encargada de la decoración del nuevo teatro, por lo que fue sencillo habilitar ese discreto lugar.

Luis Descotte estaba seguro de que antes de llegar a Buenos Aires se le ocurriría una solución para salvar las exigencias de sus dos mujeres.

Guillermo la encontró paseando por la cubierta de toldillas y contemplando el trajín de los fogoneros que acarreaban hacia las bodegas grandes sacos cargados de carbón.

—No debería estar usted aquí —le dijo, acercándose a ella y a modo de saludo—. El ambiente está muy enrarecido y la carbonilla que sube de los entrepuentes no es buena para respirar.

—Buenos días, Guillermo —contestó con una amplia y espléndida sonrisa—. No le había visto llegar.

Sintió un gran alivio al oír aquella voz, que desde la noche anterior le resultaba tan cercana.

—¿Ha descansado usted bien? —dijo él en un tono muy galante.

—Magníficamente. He aprovechado la quietud y el silencio de una noche primaveral y sin los vaivenes de la navegación. ¿Y usted?

—Bueno, digamos que he podido descansar. Pero le mentiría si no le dijera que la he echado a usted mucho de menos.

Julia sintió una agradable agitación y contestó con disimulada coquetería.

—¿A mí? ¿Me ha echado usted de menos? ¿Por qué?

—No lo sé, pero su ausencia se me hacía eterna y muy difícil de sobrellevar.

—¿Mi ausencia?

Julia sonrió con picardía, observó a Guillermo y a continuación desvió la mirada hacia las gabarras que faenaban junto al buque.

—Creo que debería usted evitar decir estas cosas —dijo sin mirarle—. Suponen un serio peligro.

—¿Un peligro?

—Sí, un peligro. Recuerde que voy a Buenos Aires a reunirme con mi marido.

—Un marido al que usted no conoce.

—Pero es mi marido, a fin de cuentas.

Callaron los dos. Hubo un silencio largo, casi eterno. Ambos tenían muy recientes todavía las sensaciones de la noche anterior.

Fue Guillermo quien, al poco rato, decidió interrumpir aquella pausa.

—Ayer noche, tras despedirla, caí en la cuenta de que todavía no conocía su nombre.

—Julia. Me llamo como mi difunta madre.

—Es un nombre muy hermoso. Tanto como la mujer a quien, en este caso, corresponde.

Los ojos de aquella muchacha centelleaban a la nueva luz del día de un modo muy sensual. Llevaba un vestido beis muy ligero, con el talle tan ajustado que modelaba perfectamente su figura. Se movía con un cierto nerviosismo y se sentía extrañamente poseída por un goce infinito que adormecía su voluntad y que difícilmente podía esconder ante los ojos de Guillermo.

—¿No le apetece a usted desembarcar? El día va a ser muy largo y aquí arriba el ambiente es incómodo con tanto trajín de cargas y descargas. Y el aire levanta mucha carbonilla y se está haciendo irrespirable.

Guillermo dijo esto muy cerca de ella, casi susurrándole las palabras con los labios rozando sus mejillas.

—¿Le apetece que demos una vuelta por Las Palmas? El barrio de Santa Catalina está próximo al puerto y, según me han comentado, posee un encanto muy especial.

Guillermo Cárdenas acababa de cumplir los treinta años, era alto y tenía el porte elegante y distinguido. Lucía un pequeño bigote muy cuidado y vestía con elegancia. Acababa de pasar las Navidades con sus padres en España y ahora regresaba a Buenos Aires, donde ocupaba un alto cargo en la Compañía Telefónica del Plata.

Julia no opuso ninguna resistencia y se dejó sujetar del brazo mientras descendían por la escala lateral en busca de la falúa que debía llevarles hasta el cercano muelle.

Llegados el día anterior desde la vecina isla de La Palma, los miembros de la familia Benítez embarcaron en el Príncipe de Asturias con destino a Argentina.

Ezequiel Benítez, de treinta y un años y recién casado, era hermano de Agustín Benítez Rodríguez, secretario del juzgado de Santa Cruz de La Palma, y de José Benítez, director del periódico El Mercurio de La Habana. Embarcó por la tarde en Las Palmas en compañía de su madre y de su hermana Pino, con delicado estado de salud, que venía acompañada de su novio, ya que pensaban contraer matrimonio en la ciudad de Buenos Aires en cuanto ella se restableciera de su enfermedad.

Como ellos, otras muchas familias de emigrantes canarios embarcaron también en el trasatlántico de Pinillos poniendo rumbo hacia un futuro incierto y lleno de dudas y de sinsabores. Viéndoles ascender lentamente por la escalera del costado de estribor, daban la triste impresión de llegar de un mundo miserable, con rostros abatidos y gestos inanimados, arrastrando todo el pesar de su fracaso y llevando una pena infinita escrita en las cuencas profundas de sus ojos.

El médico Francisco Zapata y Rufino Onzaín, el segundo oficial, entretenían su tiempo libre jugando una partida de ajedrez en el corredor cubierto, contiguo a los camarotes de los oficiales.

—Te toca mover, y creo que esta vez tengo a tu rey completamente amenazado.

—Querido doctor, nunca cantes victoria hasta el final de la partida. Y estate alerta porque me quedan la dama, dos caballos y un alfil, y puedo realizar con ellos todavía inesperados ataques a tu cerrada defensa.

Ambos eran muy aficionados al juego del ajedrez e incluso tenían su público fiel en varios de sus compañeros que seguían de cerca cada una de sus partidas.

Zapata tenía un juego agresivo con aperturas espectaculares y ataques casi siempre imprevistos. Por eso, en ocasiones, se precipitaba y cometía algunos errores de principiante. Onzaín, por el contrario, era mucho más reflexivo, meditaba mucho cada uno de sus movimientos. Su juego era más metódico y seguro. Al médico le gustaba celebrar con comentarios divertidos cada una de sus capturas. El segundo oficial se mostraba casi siempre reservado, tanto en sus defensas como en sus ataques, valientes, protegiendo cada una de sus piezas.

Frente al tablero eran grandes rivales, y tan buenos adversarios como excelentes amigos.

En el buque se había extendido de tal modo la popularidad y experiencia de ambos jugadores que tanto uno como otro tenían apalabradas algunas partidas con varios de los pasajeros, igualmente aficionados al ajedrez.

Poco a poco, desde primeras horas de la tarde, los pasajeros del trasatlántico comenzaron a regresar al vapor. Lo hacían en pequeños grupos, comentando los episodios de la jornada, que la mayoría había ocupado realizando algunas compras, paseando a la sombra de las palmeras, y muchos de ellos haciendo buen acopio de yerba mate para consumir durante las restantes y tediosas jornadas de navegación.

Francisco Cotanda, el primer radiotelegrafista del Príncipe de Asturias, a eso de las cinco de la tarde hizo llegar al puente de mando un despacho urgente recibido a través del cable desde la Comandancia de Marina de Las Palmas y que iba dirigido a todos los capitanes de los buques que navegaban por el entorno de las islas Canarias. Lo entregó al primer oficial.

Aviso de naufragio del buque Westburn en latitud N 28' 31'10 y longitud W 9° 57'35. Los buques que naveguen por la zona deben hacerlo por fuera de la enfilación de Punta del Roquete con Punta de Antequera hasta rebasar el poblado de San Andrés, si proceden del norte.

—¿Ha visto, capitán? —dijo Salazar, entregando el mensaje a José Lotina—. Los alemanes han hundido el Westburn.

—Ya lo decía yo —contestó, tras leerlo detenidamente y atusándose el bigote—, hay que andarse con mucho ojo en esta guerra. ¿Ha comprobado las coordenadas?

—Sí —contestó el primer oficial—. Están lejos de nuestro rumbo. El naufragio ha sido frente a la bocana del puerto de Santa Cruz de Tenerife.

—De todos modos, extreme las precauciones al máximo. Ingleses y alemanes deben estar ahora con sus buques, muy cerca de nuestra línea de navegación.

El vapor inglés Westburn, que había entrado en el puerto de Tenerife ostentando la bandera de guerra alemana, tripulado por marineros germánicos y con ciento noventa y nueve prisioneros de diferentes nacionalidades a bordo, al transcurrir las horas reglamentarias, y con arreglo al derecho internacional, tuvo que abandonar Tenerife por tratarse de un puerto neutral. En cuanto llegó a alta mar, frente a la denominada Punta de Antequera, el navío detectó que le perseguía el crucero inglés Sutlej. Inmediatamente, el oficial alemán al mando, comandante Herr Badewitz, dio la orden a los tripulantes del Westburn de que abandonaran el buque, embarcando con sus hombres en unos pequeños botes que pusieron rumbo a Tenerife. Pocos instantes después se oyó una terrible explosión y el Westburn voló por los aires y se hundió rápidamente. Los alemanes prefirieron destruir el buque antes que devolverlo a los ingleses. Esta maniobra fue observada por numeroso público que acudió al muelle, ávido de contemplar la persecución de ambos buques. A una distancia muy escasa de la playa observaron cómo el Westburn se hundía lentamente por la parte de popa, se escoraba luego y desaparecía finalmente en medio de un torbellino de agua y humo. Unas horas después, los marinos alemanes lograron desembarcar con los botes en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. En su declaración a la Co mandancia de Marina, negaron la voladura del navío y explicaron el accidente alegando que se habían producido graves averías en el interior del buque que abrieron algunas irreparables vías de agua.

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