Naufragio

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TERCERA PARTE » La sepultura de José Lotina

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Cuando Roberto Miranda y su esposa regresaron al muelle con la decisión de embarcar de nuevo en el trasatlántico, la última falúa ya había regresado y el Príncipe de Asturias, haciendo sonar varias veces su estridente sirena, levaba anclas y zarpaba hacia su próximo destino en Santos. El matrimonio, presa de un gran disgusto, no daba crédito a lo que veían sus ojos. El vapor, solemne, se alejaba lentamente, mientras ellos estaban en tierra y todas sus pertenencias viajaban a bordo. Por más que intentaron encontrar una solución, en la agencia consignataria les indicaron que el buque había salido a la hora anunciada y que los pasajeros habían sido previamente informados sobre los horarios. La única solución era esperar en Las Palmas hasta que, unos días después, pudieran embarcar en algún otro buque. Pero el Infanta Isabel, también de Pinillos, no iba a fondear, en su viaje a América del Sur, hasta el día 24 de marzo, por lo que el panorama era desolador para la pareja, que debía permanecer un mes en las islas Canarias. El consignatario, sin embargo, al poco rato dio con otra solución mejor, aunque un tanto incómoda. Si lo deseaban, podían embarcar en un buque de carga que iba directamente a Buenos Aires y que llegaría muy pocos días después del Príncipe de Asturias. No les quedaba otra solución y aceptaron, aunque de mala gana, esa sugerencia. Evidentemente, era una incomodidad, pero lo que ellos aún no podían imaginar en aquellos instantes era que esa contrariedad iba a significar su mejor seguro de vida.

Julia y Guillermo Cárdenas se encontraron en cubierta, cerca del castillete de proa, al anochecer después de la cena, y contemplaron la hermosa puesta de sol sobre los perfiles de la cercana isla de Hierro, la última imagen de tierra española que dejaron atrás antes de internarse en la soledad del inmenso océano.

Un enorme brazo de fuego se esparció desde el horizonte sobre el mar y envolvió con su resplandor a las dos sombras que en aquel instante se fundían en un beso interminable.

El Príncipe de Asturias, en medio de aquel universo, era un pequeño mundo que avanzaba hacia lo desconocido.

Somos un eslabón en la cadena de las generaciones, y debemos a veces, curiosamente, pagar las deudas del pasado de nuestros ancestros. Se trata de una especie de lealtad invisible que nos impulsa a repetir, lo queramos o no, lo sepamos o no, situaciones agradables o acontecimientos dolorosos. Somos menos libres de lo que creemos, pero tenemos la posibilidad de reconquistar nuestra libertad y de salir del destino repetitivo de nuestra historia si comprendemos los lazos complejos que se han tejido en nuestra familia.

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