Naufragio
TERCERA PARTE » La historia de Marina Vidal
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La historia de Marina Vidal
LE ruego, en primer lugar, quiera disculpar los errores que encuentre en esta carta. Hace poco tiempo he sufrido un derrame cerebral y aún me estoy restableciendo del mismo. Disculpe también la fea caligrafía, pero es que todo lo que antes de la enfermedad podía hacer con mi mano derecha, ahora debo aprender a hacerlo con la izquierda. Me ha costado mucho esfuerzo y sacrificio escribirle pero quería enviarle estas líneas con un toque muy personal.
cresa encontró la carta en el buzón, al llegar a casa, abatida, tras toda una jornada de trabajo en el Archivo Histórico. Le llamaron poderosamente la atención tanto el franqueo como el remite de Santos, en Brasil. Rasgó el sobre con impaciencia y se encontró con un montón de hojas escritas a mano, con una letra torpe, pero con un estilo muy cariñoso.
La enviaba Laura García Lordello, la sobrina de Marina Vidal Castro, una de las seis únicas mujeres supervivientes del Príncipe de Asturias.
Teresa supo de ella a través del consulado de España en Santos, donde le dijeron que tenía buenas informaciones del naufragio, le escribió hablándole de sus investigaciones y, ahora, varias semanas después, llegaba la tan esperada carta de respuesta.
Marina, según el relato de su sobrina, sobrevivió al naufragio, regresó a Galicia y se encerró en una casa de campo, a muy pocos kilómetros de Vigo, donde se dedicó a cultivar flores en un pequeño jardín.
Laura García decía que en 1972 había viajado a España con el fin de localizar a su tía Marina, de la que tanto le había hablado su madre en Brasil. Vivía en la llamada Quinta del Peñasco, en Chapela, una aldea de Galicia, su tierra natal. La encontró muy anciana, pero a pesar de ello le contó la historia del naufragio del Príncipe de Asturias.
Vi su figura, alta y serena, al alejarme de las vías del tren, en un pequeño apeadero después de Vigo, y enfilar la cuesta hacia la urbanización, tal como ella misma me había indicado por carta. Mi tía, Marina Vidal, me esperaba junto a la verja de entrada a la pequeña casa, situada en una loma, próxima a Chapela. Acariciaba dulcemente una de las flores del jardín, mientras extendía su mirada hacia las aguas tranquilas de la ría de Pontevedra. Habían transcurrido casi sesenta años, una vida entera, pero no había logrado nunca ahuyentar el fantasma que la perseguía a todas horas desde aquella noche fatídica en que le ganó, aún no sabía cómo, la partida a la muerte.Me contó que tenía veintiséis años cuando el naufragio, y que además de salvar su vida pudo también ayudar en el mar a otros que estaban a punto de perderla. Los periódicos brasileños dijeron que se había portado como una heroína. Una extraña heroína, me dijo, contemplando el placido horizonte, cuyo destino dio un vuelco aquella trágica madrugada de Carnaval.Después del accidente, y una vez en España, mi tía Marina nunca más quiso viajar por mar y por eso resolvió establecerse pa ra siempre en Galicia. Se casó unos años más tarde con un señor viudo que tenía un hijo de su anterior matrimonio, José, pero cuando yo estuve en su casa, su marido ya había muerto y su hijo trabajaba en el camposanto de Chapela.
Durante muchos años, la tía Marina estuvo cultivando flores y cerezas en su jardín. Las vendía a algunos hoteles y restaurantes de Vigo. Llevaba una vida tranquila, muy diferente a la de aquella Marina que tantas veces recordaba mi madre y que fue una aventurera en su juventud.Me mostró una medalla que conservaba desde el naufragio. Fue un regalo del fraile franciscano al que ayudó, una vez en el mar, a nadar hasta el bote que les salvó la vida.Pasé toda una tarde en su casa de Chapela. Tenía más de ochenta años pero gozaba de una buena memoria y recordaba bastantes detalles del naufragio.Me contó que estaba convencida de que el Príncipe de Asturias había sido torpedeado y que ella vio perfectamente cómo algo impactaba contra el casco del navío. Nunca pudo probarlo porque se trataba de hechos relatados tan sólo por ella y que nunca pudo demostrar. Pero una cosa sí es bien cierta y es que cuando ella habló conmigo y me contó su historia del naufragio, estaba muy lúcida a pesar de la edad. Recuerdo que me dijo que al llegar a Santos tras el naufragio, contó a los periodistas que había visto un torpedo. Pero nadie le hizo caso.No sé si estoy siéndole útil en sus pesquisas pero me gustaría haberla ayudado en alguna cosa. Le pido nuevamente disculpas por la letra, muy fea, de mi carta, pero quería escribirle estas líneas con un toque personal aunque haya tenido que hacerlo con sacrificio a consecuencia de mi estado tras el derrame cerebral.Hago votos para que pueda usted hacer un buen trabajo. Sinceramente, le envío cordiales saludos.
Cuando Teresa, tras leer varias veces la carta de Laura García Lordello, llamó a Chapela para conocer más detalles sobre Marina Vidal Castro, pudieron revelarle muy poco sobre su existencia. Nadie sabía nada de la historia del naufragio. Aunque algunos, los más viejos del lugar, decían haber conocido a esa anciana agradable, dulce y muy reservada, que cultivaba flores y vivía en compañía de un hijastro soltero, que trabajaba como enterrador en el pequeño cementerio de la parroquia.
ue casi como un juego para la mayoría de los pasajeros, y sobre todo para los niños. La tripulación, durante el desayuno, les había advertido que a media mañana se iba a realizar un simulacro de salvamento.
—Deben salir todos ustedes a las cubiertas, provistos de sus correspondientes chalecos salvavidas. Y no olviden que el camarote tiene señalada una zona en la cubierta de botes de salvamento adonde deberán dirigirse los pasajeros. Tras la puerta de entrada de sus compartimentos encontrarán un aviso con esta indicación.
A la hora prevista, y convocados por el repique de una campana, hombres, mujeres y niños fueron apareciendo, pertrechados con sus vistosos chalecos amarillos, por los corredores y los entrepuentes del vapor. Hubo algunos, no obstante, mostrándose un tanto reacios, que se resistían a participar en ese ejercicio por conside rarlo banal e innecesario. Pero, al fin, la vehemencia de los oficiales logró convencerles de la necesidad de un buen entrenamiento para situaciones de emergencia.
—Entiendan ustedes que, a pesar de que éste es un buque completamente seguro, los reglamentos internacionales nos obligan a realizar estos simulacros, con el fin de que el pasaje esté siempre debidamente informado.
Una vez en cubierta, les explicaron que el buque disponía de varios botes de salvamento y que éstos eran suficientes para transportar a todos los pasajeros y a los tripulantes.
—Cada uno de estos botes —decía el oficial— tiene asignados a varios marineros, que, en caso de necesidad, se harán cargo de los mismos.
Les señalaron los lugares donde se encontraban esas embarcaciones a las que deberían dirigirse sin perder la calma en caso de sonar la señal de alarma. Y les contaron que en caso de siniestro se avisaría a los pasajeros a través de varios repiques de campana y de toques intermitentes de la sirena del barco. Más tarde, la tripulación les iría dando las oportunas instrucciones a través de unas bocinas.
—Y tranquilos, deben estar ustedes siempre muy tranquilos. Todo está previsto para hacer frente a cualquier contingencia, y no hay razón nunca para alarmarse, y mucho menos tratándose del Príncipe de Asturias.
Durante el almuerzo, el reciente simulacro de salvamento fue ese día, naturalmente, el tema de conversación en todas las mesas, y de manera muy especial en la del capitán, que se había sentado con la familia de Marcial Aguirre y la del doctor Fernando Pérez Gómez.
—¿Es verdad, capitán, que este trasatlántico es insumergible? —preguntó Margarita Gardey.
—Así es, señora —respondió—. Yo mismo supervisé su construcción en los astilleros de Glasgow.
—¿Y si es así —quiso saber la dama—, por qué hemos tenido que hacer un simulacro de salvamento?
—Naturalmente se trata de un ejercicio de pura rutina, mi querida señora. No debe usted preocuparse en absoluto, puesto que forma parte de los procedimientos habituales en todo buque de pasaj e.
La imagen de los pasajeros con sus aparatosos salvavidas ajustados sobre los trajes de los caballeros y los vestidos de las damas, así como los ejercicios de evacuación del buque, habían ayudado a crear un cierto clima de preocupación y nerviosismo, y devolvieron a muchas personas el recuerdo de la tragedia del Titanic y, sobre todo, el muy reciente naufragio del Lusitania, un lujoso trasatlántico de Gran Bretaña, hundido, en la primavera de 1915, por el torpedo de un submarino alemán U-Boot en aguas del Atlántico.
—La navegación marítima —dijo el capitán a sus compañeros de mesa— avanza siempre un gran paso de gigante gracias a los desastres y a los errores de los demás. Toda tragedia hace posible que en el futuro puedan salvarse muchas vidas. La pérdida del Titanic, por ejemplo, sirvió para corregir muchas imperfecciones anteriores y ayudó a conseguir barcos tan seguros como éste en el que navegamos.
—¡Dios nos libre de una desgracia así! —exclamó Segunda, la esposa de Marcial Aguirre.
—Ellos no llevaban suficientes botes salvavidas —siguió contando José Lotina—. Nosotros tenemos los necesarios, y con capacidad para llevar cómodamente, si hiciera falta, a todos los pasajeros y tripulantes del vapor.
Un cierto aire de tranquilidad asomó a los rostros de todos los comensales ante las afirmaciones tan contundentes y esclarecedoras del capitán.
—Como ya les he dicho, yo estuve varios meses en los astilleros de Rusell & Co, en Glasgow, y les puedo asegurar que al proyectarse la construcción de este buque se tuvo el mayor cuidado en todo lo concerniente a la seguridad de los pasajeros.
—¿Entonces es insumergible? —insistió de nuevo Margarita Gardey.
—En efecto, este buque tiene la gran novedad de los compartimentos estancos que impedirían en cualquier circunstancia el hundimiento del trasatlántico. El casco está dividido en varias bodegas estancas e independientes y tiene un doble fondo en toda su extensión, subdividido en tanques de lastre de agua, que pueden vaciarse o llenarse independientemente, ajustándose así la estabilidad del buque a todas las condiciones de su servicio. A popa del cuarto de máquinas existe también un tanque grande y profundo que puede llenarse cuando el vapor no lleva mucha carga, mejorando así la estabilidad del buque y sus condiciones marineras.
Lotina era consciente, en todo momento, de la gran responsabilidad que tenía sobre sus espaldas como capitán de aquella nave, con capacidad para casi dos mil pasajeros. A su cargo y pendientes de sus decisiones viajaban muchas familias, que dormían cada noche tranquilas, porque confiaban en su capitán. Muchas veces le preocupaba tanta responsabilidad y se hubiera cambiado por cualquiera de sus oficiales. En otras ocasiones, sin embargo, se sentía orgulloso del puesto que ocupaba. Le había costado muchos esfuerzos. Pero ahora tenía tras de sí una brillante carrera. Se sentía satisfecho de su barco. Era uno de los más lujosos y modernos de toda Europa, comparable a los mejores de Inglaterra, Francia o Italia.
—Hasta hace muy poco —comentó en la mesa— existía el convencimiento de que sólo las naciones marítimas muy ricas podían permitirse el lujo de poseer líneas servidas con vapores de primera clase, y que las naciones de segundo orden, como España, Ita lia, Grecia, Noruega o Dinamarca tenían que nutrir sus marinas con los buques amortizados anteriormente por las naciones ricas.
—Naturalmente —intervino entonces el doctor Fernando Pérez, que asistía con interés a la conversación—, a raíz de la pérdida de nuestras colonias, todos los navieros españoles, de forma unánime, pensaron que ya podían celebrarse los funerales de nuestra Marina mercante.
—Pero eso —terció rápidamente Lotina— ha sido así tan sólo en el pasado. Yo mismo he tenido que asistir a gran número de bautizos de buques viejos, de segunda mano, con más de veintidós años de vida, comprados por un naviero español. Pero Italia, un país que antes era también de segundo orden, nos enseñó el camino que se debe seguir para colocarse entre las navieras de primer orden.
—¿Y cuál es la fórmula, capitán? —preguntaron todos con curiosidad.
—Muy sencillo. Con barcos nuevos. Adquiriendo barcos nuevos en el extranjero o construyéndolos en el propio país. De esta manera, España, al contrario de todas las previsiones, al día siguiente de haber perdido las colonias consiguió que su Marina mercante tuviera un desarrollo tan espectacular que se llegó a colocar en el cuarto lugar en el orden de tonelaje de todos los pabellones del mundo.
Marcial Aguirre, con su voz suave y serena, puntualizó:
—Éste es el procedimiento que siguen las grandes compañías inglesas: venden los buques que se quedan anticuados, se deshacen de ellos, para substituirlos por otros nuevos. No es nada fácil convertir un buque viejo en buque moderno, por inmejorable que sea su casco.
—Y esto mismo ha sido posible en España —le interrumpió Lotina— gracias a la existencia de compañías como la nuestra. Pinitos, Izquierdo y Compañía ha entrado en el verdadero camino del progreso, encargando a los mejores astilleros la construcción de buques de primera clase. Por esa razón, actualmente nuestros buques son dignos de figurar entre los mejores de las trasatlánticas del mundo.
—¡Bravo, capitán! Nos está usted haciendo sentir muy orgullosos de nuestros barcos.
—Y pueden estarlo. Yo sé de muchas familias que han ido al Plata en los más lujosos buques italianos y franceses y han querido regresar en nuestros vapores de Pinillos. La mayoría de esas personas me han comentado que nos prefieren por encontrar en nosotros, no sólo un lujo parecido al de las mejores compañías europeas, sino también un trato mucho más familiar, una gran seguridad y la más completa comodidad.
—La verdad es que nosotros —intervino el doctor Fernando Pérez— siempre hemos utilizado los servicios de esta compañía naviera y no tenemos más que elogios para ustedes.
—Les diré que los buques de la casa Pinillos han realizado, en su reciente y corta historia, más de quinientos viajes por mar y han recorrido la suma total de cinco millones y medio de millas. Es decir, que podrían haber dado doscientas cincuenta y cuatro veces la vuelta al mundo por la línea del Ecuador o haber realizado nada menos que veintisiete veces la distancia que nos separa de nuestro satélite, la luna.
—¡Oh!
—Y lo más notable, y lo digo con orgullo, es que en todo este tiempo no han tenido ningún percance importante. Lo que demuestra que la seguridad es un objetivo fundamental en nuestra compañía. Como les decía antes, pueden viajar ustedes tranquilos.
El Príncipe de Asturias navegaba a toda máquina rumbo al sur, casi en paralelo con la costa africana. El clima había cambiado mucho desde la salida de Canarias y, a bordo, el calor y la humedad eran sofocantes. Una lejana borrasca en el horizonte amenazaba con estropear el día. El viento soplaba con fuerza y el mar estaba cada vez más revuelto. Por todas partes resonaba el crepitar de las cubiertas y mamparos de madera, y el vapor se balanceaba con las constantes acometidas de las olas.
Antonio Roig y Ángela se encontraban a menudo y daban juntos largos paseos, comentando sus respectivos proyectos para el futuro. Entre ellos existía ya una buena amistad y el tuteo se había impuesto como norma en su relación.
Esa mañana, tras el simulacro, se habían apostado, sentados en un rincón, en los peldaños de una de las escaleras del entrepuente, tratando de resguardarse de los continuos embates del mar.
—Ángela, ¿tú crees que algún día podré regresar a Barcelona? Muchas veces pienso que a lo mejor ya no voy a ver nunca más a mi madre ni a ninguno de los míos.
—Pero al menos sabes que tu madre está en Barcelona. La mía ya no me espera en ninguna parte.
—Es verdad, no debí decirlo. Perdona, Ángela, lo siento.
—No tienes de que preocuparte. Es normal que pienses así.
—Es que muchas veces, aquí en el barco me da la impresión de que he dejado de ser yo mismo y que estoy viviendo como en un sueño, otra vida diferente.
—Creo que esto nos pasa a todos. Estamos dejando atrás todo lo que hasta ahora hemos sido y todo lo que hemos querido.
—Quizás despertaremos en algún momento de todo esto de ahora. Quién sabe sí en cualquier instante, al abrir los ojos, volveremos a recuperar nuestras cosas de siempre.
—Estaría bien —susurró Ángela, esbozando una leve sonrisa.
—Sólo me sabría mal porque tú ya no estarías a mi lado.
Se hizo un silencio. Largo. Denso. Eterno.
Lo interrumpió Antonio con una frase que encendió el corazón de Ángela.
—Tú eres la única parte de mi sueño de la que no quisiera despertar nunca.
Ángela tomó con suave delicadeza las manos del muchacho y le miró a los ojos.
—¿Crees —le dijo— que podremos seguir viéndonos una vez que hayamos llegado a América?
—No lo sé, imagino que Montevideo y Buenos Aires deben de estar muy lejos.
Un viento húmedo e incómodo les obligó a abandonar la cubierta y refugiarse en el interior de la bodega, por donde correteaban algunos niños y varias mujeres que, sentadas en taburetes, habían formado amplios corrillos.
El comedor de segunda clase, con capacidad para albergar a la totalidad de los ciento veinte pasajeros, estaba situado en la cubierta superior de la popa del buque. Era amplio, muy luminoso y confortable. Los muebles eran de roble ahumado y los paneles y los marcos estaban esmaltados en blanco. En uno de los extremos había un piano, que servía para amenizar las comidas y las cenas. Junto a él, una puerta daba acceso al salón de fumar, preparado con todos los accesorios necesarios para hacer cómoda la estancia, incluyendo un bar y un tocador.
—Buenos tardes, señores. Cuando ustedes quieran pueden entrar para la comida.
El maitre era un tipo muy agradable, que se esmeraba siempre para que los pasajeros se sintieran cómodos y bien servidos.
A Luciano Unda y su esposa, María Elena Wilson, se les veía casi siempre juntos en todas partes, y a la hora de las comidas les gustaba sentarse cerca de las ventanas que daban al puente de paseo en una de las pequeñas mesas preparadas para seis comensales. Desde allí veían el mar. Era una pareja joven y enamorada. Ambos tenían veintinueve años y llevaban poco tiempo de matrimonio. Habían embarcado en Barcelona, adonde habían llegado unos días antes de la salida procedentes de San Sebastián. Luciano era un comerciante muy estimado en Buenos Aires, ciudad a la que regresaba con su esposa, tras pasar una temporada en España. Compartían mesa habitualmente con otros dos matrimonios amigos, también de San Sebastián: Luis Echevarría y Eusebia Garitamendia, y José González y su esposa María del Carmen.
—¿Dónde os habíais metido? —preguntó María Elena, al ver llegar a sus amigos—. Esta mañana, después del simulacro, os hemos buscado por todas partes.
—Es que nosotras, al terminar aquel jaleo, hemos querido ir a la peluquería, mientras Luis y José paseaban por cubierta. Ya sabes que no hay cosa que más les guste que charlar de sus cosas mirando la larga estela del barco.
El camarero Buenaventura Rosés se había acercado a la mesa para indicarles el menú del día.
—Hoy tenemos pastas finas de Italia, potaje de garbanzos y costillas a la Villaroy. ¿Prefieren vino blanco o vino tinto?
Los vinos que se servían a bordo eran casi siempre de Villafranca del Penedés, de las bodegas de Rómulo Bosch y Alsina, el consignatario de Pinillos en Barcelona.
—Está cambiando el tiempo —comentó Luis Echevarría, al percatarse de los continuos movimientos del buque.
—Antes de venir al comedor nos han dicho los Marconi que efectivamente se avecinaba un poco de mar gruesa para esta tarde y noche.
El cambio repentino del tiempo, con la llegada de la borrasca, hacía presagiar un mar un tanto agitado, lo que resultaba incómodo para los pasajeros.
—Creo que vamos a tener una sesión de baile un tanto desagradable —sentenció Luciano Unda—. Esto cada vez se está poniendo peor.
—Pues a mí —intervino su esposa— no me gusta nada cuando el barco se zarandea de este modo.
Poco a poco, el resto de los pasajeros se iba acomodando en sus respectivas mesas.
—Buenas tardes, damas y caballeros.
—Buenas tardes.
En la mesa contigua, ocupada por el argentino José María Sanz Tomás y su hijo Ricardo, acababan de sentarse el pianista catalán José Solá Pujol y el periodista Miguel Balmas Jordana, en compañía del viticultor navarro Cesáreo Arrasate y del empresario barcelonés Carlos López Naquil, hermano del conocido violinista de la época, Antonio López. Con ellos estaba, como venía siendo habitual desde hacía unos días, Marta, la joven chilena amiga de Miguel.
—¿Se han fijado ustedes —comentó el empresario de vinos al poco de sentarse— en la cantidad de gente que a todas horas y en todas partes, aquí en el barco, está tomando mate? Si consumieran vino —prosiguió— con esa misma voracidad, estoy seguro de que yo me haría rico en muy poco tiempo.
—Es que el mate —intervino José María Sanz— es, sin duda alguna, la bebida más popular y el mejor entretenimiento de los argentinos y uruguayos.
—Y también de los chilenos —apostilló Marta.
—En realidad lo es de toda América del Sur —prosiguió el argentino—. Se cuenta que los primeros consumidores de la infusión de yerba mate fueron los indígenas del Alto Paraguay y que posteriormente los jesuitas, a través de sus misiones, se encargaron de difundir su consumo entre toda la población de Sudamérica.
Balmas Jordana, tras sorber un poco del vino que acababan de servirle, se sumó a la conversación.
—Según sus entusiastas, que los hay en todas partes —dijo—, el mate es una infusión que tonifica, calma los nervios, tiene efectos estimulantes y obra incluso más milagros que el agua de Lourdes.
—Además —continuó la joven chilena—, su preparación exige de un cuidado muy exquisito.
—Es todo un ritual —afirmó contundente José María Sanz—. A esa operación, que parece tan simple, de agregar agua caliente al recipiente donde se han colocado previamente las hojas de mate se le llama cebarlo, y según decimos los argentinos, esa tarea exige de una gracia tan especial como bailar un tango con verdadero aire criollo.
Hubo una sonrisa general de aceptación tras las palabras del argentino.
—Realmente las horas sorbiendo mate —añadió el periodista catalán— pasan tranquilas, plácidas y serenas.
—Por otro lado —prosiguió Marta—, es una de las bebidas más socializadoras de cuantas existen, ya que se invita a todos los amigos y conocidos presentes a sorber de la infusión a través de la bombilla.
—¿La bombilla? —preguntó extrañado el viticultor.
—Sí, así se llama al artilugio metálico por el que se sorbe la infusión.
—Un mate no se le niega a nadie, decimos en Argentina —afirmó con rotundidad Sanz Tomás.
—Y tampoco nadie a quien se le ofrezca —dijo López Naquil— lo puede despreciar.
Se consideraría una auténtica ofensa difícil de enmendar.
—El mate —apostilló Miguel Balmas Jordana— es un ingenioso procedimiento que han inventado los hombres y las mujeres de América del Sur para pasarse agradablemente la mayoría del tiempo sin hacer nada. O casi nada.
En otro lugar del comedor, y en una de las mesas largas dispuestas para varios comensales, se habían juntado algunos jóvenes, entre los que estaban Marina Vidal y José Martins Vianna. Con ellos se sentaron los esposos Francisco de la Peña y Cecilia Peña, con su hija Carolina. Y minutos más tarde se incorporaron los cuatro frailes capuchinos que viajaban en el vapor, los italianos Fulgencio y Rafael y los españoles Pablo y Francisco, este último al cargo de los anteriores.
—Vamos a Santos —dijeron— destinados a la iglesia franciscana de esa ciudad.
Los cuatro vestían unos hábitos muy austeros y calzaban unas sobrias sandalias de cuero sobre los pies desnudos. Lucían unas frondosas barbas, lo que les daba un aspecto muy venerable. Sobre todo a fray Francisco, el mayor de todos, cuya espléndida barba le llegaba casi hasta la cintura.
—Tengo ya cincuenta años y he estado en varios quehaceres al servicio de Dios en distintos lugares del mundo. Ahora, mi nueva misión es acompañar a estos jóvenes hermanos para que se hagan cargo de nuestra iglesia en Santos. Después, si Dios quiere, regresaré a España para esperar el momento de reunirme definitivamente con el Señor.
Hablaba con una enorme solemnidad, con voz grave y pausada, y se lamentaba continuamente de un agudo dolor en los oídos.
—Llegué muy joven por primera vez a América. Tenía apenas veinte años y a los pocos meses enfermé gravemente de tuberculosis, por lo que tuve que regresar a España, hasta que me repuse y recobré la salud. Cinco años más tarde volví al servicio de Dios en las misiones; primero África y después Brasil.
Fray Francisco tenía las cejas casi tan pobladas como la barba, y su mirada, aunque un tanto languidecida, se mantenía todavía viva y aguda. Sus compañeros de mesa le escuchaban con respeto.
—Estoy preocupado porque a veces pierdo el conocimiento, y me han dicho los médicos que puede ser una enfermedad del corazón.
—¿De qué parte de España es usted? —le preguntó Marina Vidal.
—De la provincia de León, cerca de Asturias. Precisamente ahora he tenido ocasión de estar unos días en mi pueblo. He podido aprovechar este viaje para ver a los pocos hermanos que me quedan vivos. Desde la última vez que vine a España, hará unos cinco años, se me han muerto dos de ellos. Cada vez me queda menos familia y cada vez también son más dolorosas las despedidas de los pocos que aún viven.
A fray Francisco, en la mesa, los otros frailes le llamaban santo.
—Es una costumbre entre nosotros, por respeto a la edad. Y porque la verdad es que este hombre es un santo.
—Tenía catorce años cuando entré en el seminario. A los veinte me hice misionero. Ha sido una larga vida.
—Cuéntenos algo del mundo de las misiones —le pidieron los jóvenes comensales a fray Francisco.
Fue muy escueto en su respuesta.
—Nosotros, donde quiera que estemos, atendemos la iglesia, montamos escuelas y cuidamos de la salud de nuestros feligreses.
La presencia de Marina Vidal y de José Martins Vianna en esa mesa alegraba la comida. Eran de carácter muy extrovertido y afable. Sobre todo la joven gallega, que tenía un temperamento muy jovial y muchas ganas de divertirse.
—Para esta próxima semana —sugirió— deberíamos preparar una fiesta de Carnaval. —Llevaba días dándole vueltas a la idea—. Dentro de siete días, el sábado, estaremos a la altura de Río de Janeiro, y el barco pasa tan cerca de la costa que veremos las luces de la ciudad y los fuegos de artificio. ¡Qué mejor ocasión para celebrar el Carnaval!
Marina llevaba un tiempo al frente de la tienda de ropa, el suficiente para conocer de cerca los festejos del Carnaval. Y para contagiarse de su entusiasmo.
—¡Oh, el Carnaval! —dijo, casi soñando y con los ojos cerrados.
Extendió los brazos y movió el cuerpo, como si simulara bailar al ritmo de una samba. En la mesa, todos sonrieron y aplaudieron el simpático gesto de la joven gallega.
El joven brasileño, José Martins Vianna, de veinte años, hijo del intendente de Santa Anna do Livramento, les contó que acababa de finalizar sus estudios en Suiza y que esperaba, ansioso, regresar a su tierra donde pensaba trabajar como ingeniero civil.
—Llevo tres años en Europa, y ya tengo muchas ganas de volver a mi país.
Desde el primer momento, cuando el embarque en Barcelona, había entablado, a pesar de la diferencia de edad, una buena amistad con fray Francisco, con quien mantenía largas conversaciones. Sobre lo trascendente y lo intrascendente, sobre el sentido de la vida y sobre las grandes y las pequeñas pasiones.
—A menudo me habla —contaba José en la mesa, refiriéndose al anciano fraile— de su temor al mar, porque no sabe nadar. Siempre me comenta que, si por algún motivo, cae al agua durante la travesía, deberá entregar, sin remedio, su vida definitivamente a Dios. Pero no se preocupe, fray Francisco —prosiguió, dirigiéndose al venerable anciano—, que si cae al mar, yo me lanzaré detrás de usted para rescatarlo.
En la mesa había otro joven, igualmente recién graduado. Era el argentino Pedro Alberto Rava, de diecinueve años. Regresaba de Italia, donde había estado estudiando durante cinco años.
—Terminé los estudios pero ahora, casi sin tiempo para nada, he tenido que embarcar a toda prisa, huyendo del ejército.
—¿Del ejército?
—Sí, soy hijo de italiano y el gobierno de ese país me exigía, una vez licenciado, que cumpliera el servicio militar. Por eso, a la primera de cambio he decidido regresar a Argentina, donde viven mi padre y mi hermano. ¿Te imaginas, viejo, irme al ejército con la que ahora tienen montada en Europa?
Intervino entonces Francisco de la Peña, que escuchaba atentamente el relato de su compatriota, para decir:
—No lo dude, ha hecho usted bien regresando a casa. Nosotros, los argentinos, debemos permanecer al margen de ese conflicto, que ni nos va ni nos viene.
—Los italianos también están hartos de la guerra —aseguró Pedro Rava—. Yo he visto los muelles de Italia llenos de jóvenes tratando de escapar como fuese de la llamada del ejército.
Pedro tenía como compañero de camarote al paraguayo Emiliano Fornells, de veinte años, que regresaba a su país después de haber terminado sus estudios en Barcelona.
Era un grupo joven y siempre animado, con la única nota curiosa de la presencia de los cuatro frailes capuchinos quienes, a pesar de todo, mantenían siempre un espíritu jovial.
En otro lugar del comedor charlaban animadamente las dos parejas de recién casados de Enguera.
—Yo todavía no he podido quitarme el mareo de encima —decía Teresa Martín.
—Pues hoy tal parece que estemos dentro de una coctelera.
—Desde nuestro embarque en Valencia que no he podido controlar mi cabeza. Nunca había estado tan indispuesta.
El buque bailaba ligeramente al compás de los embates del mar, y mientras, Daniel Martínez contaba una y otra vez a Teresa y sus amigos las maravillas de la ciudad de Morteros, donde les aguardaba, según él, una vida feliz y extraordinaria.
—Al llegar a Buenos Aires, en el mismo puerto, tomaremos el Ferrocarril Central Argentino, que nos conducirá hasta Rosario. Un viaje de apenas quinientos kilómetros siguiendo el cauce del río Paraná. Una vez allí, iremos, también en tren, a San Martín de las Escobas, Angélica, Rafael y, por fin, Morteros. Ya veréis cómo os gusta. La ciudad está en una cumbre llamada Los Altos, y tiene unas vistas magníficas hacia la laguna.
Leopoldo Ribas, compañero de mesa, escuchaba con interés el relato del joven maestro valenciano. Era un hombre menudo, de avanzada edad y extremadamente educado, que no pudo evitar intervenir en la conversación.
—Actualmente todo es muy fácil para llegar hasta allí. Yo también voy a esa zona. Concretamente a Santa Fe. Y le aseguro que el viaje de ahora es un auténtico paseo sin complicaciones. Cuando yo llegué por primera vez a la Argentina, hace unos treinta años, aquello sí que fue una auténtica aventura. Tuvimos que viajar durante varios días en vapor por el río Paraná, desde Buenos Aires hasta Santa Fe. Desde allí, como era la época del año en que el caudal estaba bajo, hubo que remolcar el vapor hasta el embarcadero, tirándolo con caballos. Y ahí no acabó todo, porque desde Santa Fe partían varias carretas que nos transportaron hasta las cercanas colonias donde trabajaban los emigrantes.
»Aquéllos eran tiempos de muchas penurias y dificultades para las gentes que desde Europa llegaban a Argentina. Yo era muy pequeño, un chaval de muy pocos años. Mis padres tuvieron que abandonar España huyendo de la miseria, pero lo pasaron muy mal también en aquellas nuevas tierras. Encima, mi hermana murió de meningitis durante el viaje. Imagínese que tormento para la familia.
»Casi un mes de travesía en el vapor a través del Atlántico, varios días encerrados en Buenos Aires en el hotel de inmigrantes a la espera de la autorización para la entrada, cuatro o cinco días remontando el Paraná, tres largas jornadas en carreta por caminos di fíciles y peligrosos y finalmente una triste colonia donde malvivían los emigrantes tratando de conseguir su sustento. Ése era el fantástico milagro de América con el que soñaban tantos y tantos compatriotas nuestros.
»Miren, tengo las manos encallecidas de tanto trabajar la tierra. Fue duro, muy duro. Sobre todo porque las cosechas no rendían. Pero allí conocí a la que hoy es mi mujer, la madre de mis hijos. Gracias a ella aprendí a sobrellevar las dificultades y los malos tragos.
—Y gracias a gente como usted —le dijo Daniel—, aquellas colonias progresaron y se convirtieron en tierras fértiles y ricas. Morteros, el pueblo adonde vamos, es hoy un lugar próspero, cuya población se dedica a la extracción de leña y al cultivo del algodón y del maíz. Hay varios molinos harineros y una famosa carpintería, Casa Cerri, dedicada a la confección de muebles que se venden a todo el país. Hay ahora muchos inmigrantes trabajando allí, la mayoría son italianos, piamonteses y toscanos. Muchos de sus hijos son mis alumnos en la escuela. Serán tus alumnos también —añadió, mirando a su Teresa.
Junto a otra de las ventanas del comedor se sentaba Ramón Hernández con su esposa Rufina Larriaga y sus dos hijos gemelos, Juan y Francisco. Con ellos compartía mesa el pequeño Juan Santa Cruz, de cinco años, acompañado de su señorita de compañía. Era hijo de la famosa tiple española María Santa Cruz, que estaba actuando con gran éxito en un teatro de Buenos Aires. El pequeño iba a reunirse con su madre tras muchos meses de separación. En el buque había hecho buena amistad con los hermanos Juan y Francisco, y los tres compartían habitualmente juegos y diversiones.
Ramón procedía de Eibar y marchaba con su familia a Buenos Aires con el fin de emprender una nueva vida como comer ciante. Como tantos otros, le había dado muchas vueltas al proyecto, pero, una vez tomada la decisión, estaba muy ilusionado con la idea de lo que iba a ser su nueva vida.
—¿Están libres estos cubiertos?
Acababan de llegar José Lara Purizabal y su esposa María Bazáñez, con su pequeña hija Edelmira, de cinco años.
—Sí, claro que sí, pueden ustedes sentarse.
José era de Algorta y su esposa de Guecho, hija de un concejal de aquella localidad. Iban a Chile con el fin de establecerse en aquel país. Con ellos viajaba el joven Hornero Inchaustieta, también de Algorta, de veintidós años y amigo de la familia Lara.
Aunque habían coincidido en algunos lugares del buque no habían tenido todavía ocasión de conocerse.
—Nosotros vamos a Buenos Aires —dijo Ramón a los recién llegados—. Tenemos planes para trabajar allí.
—Pues nosotros vamos a Santiago de Chile —contestó José, estrechándole la mano.
Las dos esposas se sentaron una frente a la otra e intercambiaron una breve sonrisa a modo de saludo.
—Éste es nuestro primer viaje por el océano —dijo Rufina, la esposa de Ramón.
—Y el nuestro también —repuso María.
Las dos familias rápidamente simpatizaron y comenzaron a hablar de sus respectivos proyectos, exponiendo tanto sus ilusiones como sus temores ante la nueva vida que iban a comenzar.
—Es duro dejar atrás a la familia.
—A la familia y a las raíces. Sobre todo a las raíces —sentenció, con un cierto aire de resignación, José Lara—. A partir de ahora, será necesario construir una nueva identidad, y eso implicará dejar atrás el pasado, olvidarlo por completo.
—Tendremos que adaptarnos —intervino Ramón— a partir de ahora a otras costumbres y a otras culturas.
—Así es la historia de la emigración a América, y no queda más remedio que aceptarlo. Es la historia de unas grandes esperanzas, pero también la del desarraigo y el dolor.
Quedaron en silencio durante unos breves instantes. Fue Ramón Hernández quien, sin levantar la mirada del plato, dijo:
—Hay mucho sacrificio en la esperanza de la nueva tierra.
Rufina y María habían permanecido calladas, escuchando a sus maridos. Pero esta última, impresionada por lo que acababa de escuchar, preguntó dirigiéndose a Ramón:
—¿Usted cree que algún día llegaremos a sentirnos arraigados en esa nueva tierra?
—Ojalá pudiera responder a esa pregunta, que yo mismo me formulo muchas veces. Sólo le puedo decir que existe un conflicto evidente entre la identidad de la que se viene y la que se forja allí adonde vamos.
—Quizás exista ese conflicto —intervino José Lara—, pero mire usted, yo he hablado con muchos compatriotas nuestros, vascos, catalanes y navarros, instalados en América, y cualquiera de ellos se la jugaría ahora por su nuevo país. Están comprometidos hasta el fondo con él como si fuera el suyo desde siempre.
Al atardecer, la tripulación les anunció que a la vista, muy lejos, tenían las islas de Cabo Verde, cuya silueta se podía distinguir a estribor, en el lado opuesto de la costa africana.
—Estas islas están situadas a trescientas veinte millas del Cabo Verde, frente a la ciudad de Dakar, y del cual toman su nombre.
El vapor llevaba recorridas ya desde Cádiz más de mil quinientas millas, lo que suponía que se encontraban en la mitad del viaje. Debían realizar ahora el definitivo salto a través del océano hasta llegar a la costa americana.
En la misma dirección del lugar donde se encontraba Cabo Verde, los pasajeros divisaron grandes aglomeraciones de algas flotantes.
—Es lo que los marinos llaman el sargazo, también conocido como uva de mar.
Y vieron innumerables peces voladores que, en sus increíbles saltos, llegaban a proyectarse a varios metros de altura.
La luna estaba en cuarto menguante.
Los pasajeros de tercera paseaban por el castillo de proa y por las toldillas, tratando de resguardarse de los continuos golpes del mar.