Naufragio

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TERCERA PARTE » La memoria del abuelo

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La memoria del abuelo

e extrañó que sonara el teléfono de casa tan pronto por la mañana. Últimamente no recibía llamadas de nadie más que en el móvil. Descolgó con cierta preocupación pensando que podía ser de la residencia, con alguna noticia sobre su madre. —Hola, ¿te he despertado?

La voz le pareció familiar, pero no atinaba a precisar de quién se trataba.

—Soy Álvaro, te llamo desde mi casa en Madrid.

Recordó de inmediato al profesor universitario con el que había almorzado en Alcalá de Henares.

—Hola, Álvaro. No, no me has despertado, estaba arreglándome para salir a la calle.

—Es que ayer estuve en el archivo y me preguntaron por ti; habían localizado unas nuevas cartas del cónsul de Santos que pensaban podrían interesarte para tu investigación.

Se oyó a través del auricular un ruido de papeles.

—Hice unas copias, las tengo aquí a mi lado. Si quieres, te leo el párrafo que creo puede ser lo que tanto andabas buscando.

Teresa aguardó con impaciencia esos nuevos datos que su amigo le anunciaba. Si le llamaba a esas horas es que realmente se trataba de algo importante.

—Dime, por favor, léeme ese documento del que me hablas. Me tienes en ascuas.

—Pues ya verás en cuanto conozcas su contenido. ¿Me dijiste que tu abuelo se llamaba Ramón Badía, verdad?

Teresa estaba cada vez más nerviosa e intrigada.

—Sí, Ramón Badía, eso es.

—Te leo textualmente: «En la bahía do Sombrio, en el sitio denominado Ponta do Meio, fueron sepultados dos hombres y una mujer, en muy mal estado de conservación y algo mutilados por los peces, quedando las sepulturas señaladas por una cruz de madera. Uno de los hombres, el más joven, llevaba una alianza de oro en el dedo anular de la mano izquierda con las iniciales RB y TF y la fecha del 8 de mayo de 1915».

Se le paralizó el corazón.

Y hubo un largo silencio.

—¿Teresa, estás ahí? ¿Me has oído?

Le dio un vuelco el corazón al escuchar el contenido de aquel nuevo informe del cónsul de España en Santos.

—Sí, sí te he oído. ¿Podrías repetir la descripción de ese hombre, por favor?

—Naturalmente —dijo Álvaro—. Uno de los hombres, el más joven, llevaba una alianza de oro en el dedo anular de la mano izquierda con las iniciales RB y TF y la fecha del 8 de mayo de 1915.

Tras otro largo silencio, Teresa gritó entre sollozos.

—¡Es mi abuelo, Álvaro, es mi abuelo!

Era el abuelo. Sin lugar a dudas. Las iniciales de la alianza coincidían con las de sus abuelos y también la fecha de la boda: Ramón Badía y Teresa Figueras, 8 de mayo de 1915.

No había duda.

Era él.

Además, curiosamente, el anillo estaba en el anular de la mano izquierda, donde según la costumbre, y a diferencia del resto de España, solían llevarlo los matrimonios catalanes. Era el anillo de la boda de sus abuelos.

—¡Mutilado por los peces! —dijo entonces Teresa.

Y sintió un escalofrío.

—Teresa, ¿estás bien?

La voz de su amigo sonaba algo inquieta a través del auricular del teléfono.

—Sí, estoy bien. Gracias, Álvaro. No sabes cuánto agradezco tu llamada. No te puedes imaginar lo que significa para mí este hallazgo. O sí, creo que puedes imaginarlo. Gracias, muchas gracias. Ahora debo colgar, ya hablaremos.

—Te haré llegar la copia del documento. Adiós, Teresa, llamaré en otro momento.

Al colgar, tras despedirse de Álvaro, se quedó inmóvil durante un buen rato, con la mirada perdida en el vacío. Nunca hasta entonces hubiera podido imaginar que la historia de su abuelo llegaría a calar de tal manera en su propia vida. Hasta el punto de sentirse totalmente inmersa en el destino de aquel ser al que sólo conoció a través de los relatos y las fotografías de la abuela.

Teresa pensó de inmediato que debía marchar a Brasil. Sí, organizaría un viaje para ir al encuentro del lugar donde descansaba la memoria de su abuelo. Era una de las ventajas del ERE de la emisora de radio. Podía disponer de su tiempo como le viniera en gana.

levaban cuatro días y cuatro noches sin ver tierra. En mitad del océano. Navegaban descendiendo por el meridiano 27 frente al golfo de Guinea, ya muy cerca de la línea del Ecuador, y pronto entrarían en las cálidas aguas de la corriente de Brasil.

Hacía mucho calor. Tanto, que algunos pasajeros permanecían hasta muy entrada la noche en cubierta. La sola idea de tener que ir al camarote para vestirse para la cena asustaba a cualquiera. Ni en la toldilla de proa se sentía el aire fresco. Era agobiante.

A las nueve de la mañana, después del desayuno, alguien corrió la voz de que a proa se distinguía, todavía muy lejana, la silueta de otro trasatlántico. Los tripulantes confirmaron la noticia. Era el Infanta Isabel, gemelo del Príncipe de Asturias, que realizaba el viaje inverso, desde Buenos Aires a Barcelona.

Francisco Cotanda, el primer telegrafista, entró en el puente de mando con un radiograma para el primer oficial.

—Hemos recibido un comunicado del Infanta Isabel. Llevan rumbo norte 20 este y viajan a dieciocho nudos. Dice el oficial al mando que en veinte minutos estarán junto a nosotros.

—Conteste al comunicado —ordenó Antonio Salazar—. Dígales que cuando ambos estemos a la vista reduciremos, como de costumbre, la velocidad a doce nudos.

—Entendido, señor. Enviaré el radiograma inmediatamente.

—Cuando estén a la vista —añadió el primer oficial, dirigiéndose al agregado—, procedan, como de costumbre, saludándoles con las banderas en el mástil de proa.

Poco a poco, la mayoría de pasajeros acudieron a cubierta para tratar de divisar al otro trasatlántico. Apoyados en la borda, y algunos de ellos con la ayuda de unos anteojos, miraban fijamente hacia el horizonte intentando descubrir aquel buque que, según decían, se acercaba a toda velocidad.

—No logro distinguirlo. ¿Por dónde dicen que se acerca?

—Allí está, por el costado de babor. ¿Ven ustedes el humo de la chimenea?

Los tripulantes les ayudaban a localizarlo y señalaban hacia el lugar donde ellos sabían que se encontraba el Infanta Isabel.

—Viene directo hacia nosotros.

En efecto. Lo que primero fue un diminuto punto negro en la lejanía, muy difícil de localizar, poco a poco fue tomando forma hasta que, al fin, se distinguió claramente su silueta.

El capitán Lotina, de pie en la parte exterior de su camarote, acompañado por algunos de sus oficiales, observaba con los prismáticos, atento a la maniobra de aproximación de ambos buques. Pudo ver claramente a su homólogo, Leopoldo Benítez, que comandaba el Infanta Isabel y que junto al puente de mando les saludaba con gesto simpático.

Eran las diez de la mañana del jueves 28 de febrero. Los dos hermosos buques de Pinillos, el Príncipe de Asturias y su gemelo el Infanta Isabel se iban a encontrar a menos de doscientos metros de distancia en aguas del océano Atlántico, cruzando el paralelo de los cinco grados de latitud norte y el meridiano 27 de longitud oeste.

El primer oficial se dirigió al agregado, que estaba junto al teléfono de órdenes.

—¡Atención a la máquina! ¡Avante poca!

—Avante poca, señor.

En aquel instante, los oficiales al mando de ambos buques, al unísono, ordenaron a las máquinas que redujeran la marcha, para que se prolongara al máximo ese momento.

Los pasajeros de los dos trasatlánticos estaban asomados en la borda, saludándose con enorme griterío e intensa alegría. Era el feliz encuentro de aquellos que marchaban a tierras extrañas para procurarse un porvenir halagüeño, y de algunos otros que, ya desengañados, retornaban a la patria.

Las banderas en lo alto de los mástiles de proa se dieron la bienvenida y las sirenas de uno y otro no dejaban de sonar.

De pronto, desde el lugar donde estaban los pasajeros de tercera, a bordo del Infanta Isabel, empezaron a escucharse unos gritos unánimes, lastimosos, dirigidos a la gente del Príncipe de Asturias:

—¿Adónde vais, infelices? —gritaban con todas sus fuerzas.

—Vais al hambre y a la miseria —decían otros, a pleno pulmón.

—Hace seis años —comentó el periodista Balmas Jordanaoí los mismos gritos desesperados. Reconozco que no fueron inútiles, ya que ellos, grabados en mi mente, siempre me guiaron, sobre todo en mis primeros días de vida americana.

La observación del periodista no pareció ser del agrado de su buena amiga Marta, que le interrumpió airada.

—Pues permíteme que discrepe, porque no me parecen nada oportunas las voces de esas gentes.

—Creo que tienen razón. Nuestros emigrantes deben tener claro a lo que se enfrentan para poder emprender la fuerte lucha que dentro de unos días tendrán que comenzar.

—No creo que sea bueno ahora infundirles desesperanza.

—Quizás esos gritos, por un momento, hayan debilitado un tanto su fe en el país a donde van, pero les prepararán mejor para emprender la lucha que dentro de unos días tienen que comenzar. Les será así más fácil salir victoriosos.

Uno de los pasajeros del Infanta Isabel, Manuel Balda, muy aficionado a la fotografía, preparó su cámara fotográfica para tomar una instantánea del Príncipe de Asturias navegando, junto a ellos.

Con sumo cuidado colocó la placa en el interior de la cámara, ajustó el objetivo y miró por el visor. El Príncipe de Asturias ofrecía una imagen magnífica, llevaba todos sus toldos desplegados para proteger al pasaje del sol y del viento. Las cubiertas del gran trasatlántico español estaban repletas de pasajeros y tripulantes que, ajenos a su trágico destino, gesticulaban y saludaban alborozados a los del Infanta Isabel.

Fue la última foto, la última imagen que se conoce tomada antes del naufragio. Después las máquinas recobraron su ritmo habitual y los buques se fueron distanciando en silencio. Seis días después el Príncipe de Asturias desapareció bajo las aguas.

En la sala de fumar de primera clase, por la noche, algunos caballeros, tras la cena, comentaban las noticias de la guerra que llegaban a través del radiotelégrafo.

—El vapor inglés Dingle ha sido hundido en el Atlántico, y se ha salvado uno solo de sus tripulantes.

—Esta guerra parece no tener fin. Y la actuación de los alemanes y los ingleses está arruinando por completo la seguridad del transporte en el Atlántico.

—Y lo que es peor, poniendo en serio peligro las vidas de centenares de pasajeros de países no beligerantes.

—Unos y otros han hecho que los mares vuelvan a ser pasto de piratas sin escrúpulos.

—Lean, lean esto. También ha sido hundido el francés Memphis en el que han perecido tres fogoneros y dos bodegueros.

—A mí me preocupa lo que pueda estar ocurriendo en la ruta de América del Sur, hacia donde nosotros nos dirigimos.

—Pues lamento decirle que no es nada segura ya que ayer mismo el vapor inglés Tennyon Lampert and Hatline, que viajaba de Río de la Plata a Nueva York se vio obligado a entrar en el puerto brasileño de Port Maranhao con graves averías causadas por la explosión de un torpedo disparado por un submarino alemán. Han perecido tres miembros de la tripulación: un inglés, un holandés y un americano.

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