Naufragio

Naufragio


TERCERA PARTE » Álvaro

Página 26 de 31

Álvaro

mPLIAR tamaño a doscientos. Expandir. Contrastar y suavizar el fondo. Limpiar. Duplicar.

Teresa observaba con atención la fotografía tomada .por el pasajero del Infanta Isabel, Manuel Balda, proyectada en la pantalla de su ordenador de sobremesa. Muy despacio, con ayuda del zoom, ajustó el aumento hasta más allá de diez veces su tamaño, recorriendo a continuación con el ratón toda la superficie del buque, tratando de buscar hasta los más pequeños detalles de aquella instantánea.

—Lo habré intentado como mínimo un centenar de veces. Queriendo descubrir la expresión de cada uno de los rostros, de los gestos de los pasajeros y tripulantes del vapor.

La verdad es que era un empeño absurdo, ya que al aumentar de tal modo el tamaño de la fotografía la convertía en una imagen borrosa, en la que los píxeles se desproporcionaban e impedían ver cualquier cosa más allá de unos perfiles grisáceos, ya conocidos hasta la saciedad por Teresa.

Siempre los mismos.

—Esta imagen es, para mí, una de las secuencias más dramáticas del naufragio del Príncipe de Asturias.

—Sí, es tremenda esta fotografía.

Junto a ella, sentado en la mesa del salón que Teresa utilizaba como lugar de trabajo y con un vaso de whisky en la mano, su amigo Álvaro, el profesor de Alcalá de Henares, la observaba complaciente. Había viajado a Barcelona para llevarle personalmente los documentos que hacían mención al enterramiento de su abuelo. Tras el encuentro, decidieron cenar en Cesc, un pequeño restaurante catalán en la calle Consejo de Ciento, donde cocinaban, según ella, las mejores setas de Barcelona, y luego Teresa insistió en mostrarle todos sus papeles, fotografías y descubrimientos sobre el Príncipe de Asturias.

—¡Cómo podían pensar, en aquellos instantes, cuando se encontraban ya tan próximos al final del viaje, que nunca más volverían a tierra y que tan trágico fin habían de tener pocos días des

La ampliación de la imagen mostraba la proa del buque, donde se amontonaban decenas de pasajeros a los que se distinguía perfectamente, agitando los brazos y saludando el paso del Infanta Isabel.

Teresa seguía desplazándose con el ratón por la superficie del trasatlántico, tratando de capturar las siluetas de cada uno de los viajeros.

—Me gustaría poder atrapar cada uno de sus pensamientos y penetrar en lo más recóndito de lo que fue su vida en ese preciso instante.

Álvaro esbozó una sonrisa, se llevó el vaso a los labios y tras una ligera pausa dijo:

—No cabe duda de que vives totalmente inmersa en ese asunto del naufragio.

—Sí, se ha convertido en lo único que en este momento da sentido a mi existencia. Ya te conté que últimamente estaba pasando una mala racha.

Evitó la mirada persistente de su amigo y observando de nuevo la pantalla del ordenador añadió:

—Lo siento, debo de ser muy aburrida siempre hablando de lo mismo.

—No, no me aburres lo más mínimo. Al contrario. Estoy encantado de estar contigo.

Notó, apenas sin verle, la mirada de él, plácida, profunda; tan sugerente a sus espaldas, que la hizo sentir una dulce excitación.

Hubo un silencio.

Se giró entonces repentinamente hacia él, mirándole a los ojos y sonriéndole para decirle:

—Por cierto Álvaro, casi se me olvida decírtelo. Gracias por haber venido y, sobre todo, gracias por haberme ayudado a encontrar a mi abuelo. Ha sido un hallazgo inesperado que ha cambiado radicalmente mi vida.

Álvaro seguía observando atentamente a aquella mujer en la que no había dejado de pensar desde que la que descubrió, aquella mañana, en la mesa contigua del Archivo General de la Administración.

—No tienes por qué dármelas.

Sus ojos, su mirada, le recordaron a un sueño. Por eso aquel día la siguió hasta el vestíbulo, arrastrado por un impetuoso y extraño impulso. Ahora estaba, una vez más, cerca de ella, escuchando sus historias sobre aquel barco que tanto la obsesionaba.

—¿Me sigues, Álvaro? ¿Seguro que no te aburro?

—No, claro que no. Me parece todo muy interesante.

Teresa se sentía inquieta. No sabía muy bien la razón —quizás fuera por el vino de la cena—, pero lo cierto es que la excitaba la presencia tan cercana de Álvaro.

«Es la primera vez desde el divorcio —pensó— que estoy a solas con un hombre en mi casa. La primera vez».

Tomó de la mesa su vaso de whisky, que apenas había probado y con él en la mano dijo:

—Fue el destino una vez más. Toda esta gente del barco, sin saberlo, tenía un destino común.

Álvaro se fijó en los dedos de Teresa, jugando, quizás de manera inconsciente, con uno de los hielos que llenaban el vaso. Levantó la mirada y se encontró con sus ojos, tan negros como su hermosa cabellera.

Teresa vestía un pantalón vaquero, que le ajustaba poderosamente la figura de las piernas. Y una camisa negra bajo la que se entreveía una piel tersa y bien cuidada.

—Cuando se hizo esta fotografía —siguió diciendo—, les quedaban tan sólo cinco días para el final. Cinco días para la vida, para el amor, para la ilusión, para la esperanza.

Estaba cerca de él, muy cerca. Lo notaba próximo. Aunque permanecían atentos a la pantalla en la que ella seguía recorriendo con el ratón la imagen del vapor al paso del Infanta Isabel.

Álvaro se sentía atraído por aquella mujer. Por su rostro tan cerca; le obsesionaban sus labios, su movimiento al hablar, al respirar, al suspirar.

las cinco de la mañana, cuando apenas apuntaba el alba y sus primeras luces hacían palidecer el reflejo de las estrellas, el Príncipe de Asturias cruzó la línea del Ecuador. La sirena del vapor, en aquel instante, sonó varias veces anunciando a los pasajeros que estaban en el grado cero de latitud.

A pesar de lo temprano de la hora, los músicos de la orquesta en la cubierta de toldillas empezaron a interpretar alegres pasodobles y comenzó una animada fiesta, que se prolongó a lo largo de todo el día.

La tradición de celebrar el paso del Ecuador en los barcos de pasajeros se remonta a muy antiguo, cuando en los veleros que viajaban a América, el cruce de la línea era un acontecimiento muy festejado con bromas de todo tipo entre pasajeros y tripulantes. Esa costumbre continuó después también en los grandes trasatlánticos de vapor.

Por la noche, a la hora de la cena, en los comedores de primera y segunda clase del Príncipe de Asturias se sirvió champán Ducal, la marca habitual en todos los buques de Pinillos. Muchos pasajeros aparecieron vestidos con disfraces, y como venía siendo habitual en la ocasión, las mujeres se vestían de hombres y los hombres de mujeres.

Tras la cena se procedió a la ceremonia del bautizo de quienes cruzaban por vez primera la línea del Ecuador. Se vertió champán en un cubo de plata y con un ramo de violetas el capitán roció las cabezas de todos esos pasajeros. El acto continuó con algunos discursos extravagantes y hubo varios brindis por el viejo dios Neptuno y por todos los peces del mar. En la sala de baile, esa noche, algunas personas cantaron al son de la orquesta e incluso alguien se atrevió con algún tango, considerado todavía en esos primeros años del siglo xx como una danza un tanto indecorosa y atrevida.

El viticultor navarro Cesáreo Arrasate comentaba con un grupo de amigos la preocupación que para los comerciantes de vinos suponía este delicado momento del cruce del Ecuador.

—El paso de la línea, aunque les parezca mentira, es la gran prueba de fuego para los vinos españoles. Es necesario que tengan dieciséis o diecisiete grados para pasar con éxito el Ecuador. De lo contrario se estropean y se agrian con la fermentación. Y quien dice el vino dice lo mismo de cualquiera de los otros artículos alimenticios. En estas condiciones, claro, entiendan que los mercados pueden llegar a perderse de una manera muy fácil.

—No podía imaginar que ocurriera una cosa así.

—Los franceses, por el contrario, no le tienen ningún miedo a la línea. Envían sus vinos con menos de doce grados y llegan en mejores condiciones que los españoles. Y por si fuera poco, los ven den más baratos. Por eso, entre otras cosas, se están haciendo los amos de América.

—El problema —intervino el uruguayo Ceferino Bergongies que los españoles no se han tomado nunca la molestia de estudiar nada comercialmente. Me duele que entre España y nuestros países de América no existan los intercambios comerciales que tendría que haber, y que yo deseo fervientemente, por eso hablo así. Pero hasta que los españoles no se convenzan de que no han de vender lo que ellos quieran sino lo que nosotros les queramos comprar, no ganaran ni un solo mercado. Es necesario estudiar al comprador y amoldarse a sus gustos.

—Tiene usted toda la razón —afirmó, contundente, Cesáreo Arrasate—. Desgraciadamente para ellos, la mayoría de mis colegas comerciantes españoles creen que casi no tienen nada que aprender.

Al anochecer, muchos pasajeros se entretuvieron mirando el firmamento en el primer día del hemisferio austral y tratando de localizar la mítica Cruz del Sur, la estrella más famosa entre los navegantes de aquellas latitudes.

—Decía Humboldt que en las soledades oceánicas se saluda a una estrella como a un amigo del que se ha estado largo tiempo separado.

La voz del recién llegado le resultó muy familiar a la joven francesa.

—Buenas noches, monsieur Descotte, ¿todavía despierto?

Cecilia Drouillet estaba absorta junto a la barandilla de babor contemplando la inmensa cúpula celeste que les envolvía por completo. El viento agitaba sus cabellos y la noche la hacía aparecer sumamente atractiva y misteriosa.

—Imposible conciliar el sueño en una noche tan mágica y especial, en que la belleza de algunas mujeres rivaliza en resplandor con la hermosura del cielo austral.

—Gracias, monsieur, ¿y ha logrado usted descubrir la tan ansiada Cruz del Sur?

—Sí, ahí está, radiante como siempre, y le aseguro que, sobre todo esta noche, no me cansaría nunca de sentir su presencia tan cerca de nosotros.

—Es muy extraña esa sensación —dijo entonces la joven francesa— de ver cómo de pronto, poco a poco, desaparecen del firmamento las estrellas que conocemos desde nuestra infancia y su lugar lo ocupan otras nuevas, diferentes y desconocidas.

Ir a la siguiente página

Report Page