Naufragio
TERCERA PARTE » 4 de marzo de 1916
Página 28 de 31
4 de marzo de 1916
1 día 4 de marzo, desde primeras horas de la tarde, varias familias aguardaban en los muelles de Santos la llegada del Príncipe de Asturias. Había anunciado su entrada en el puerto para las seis y el capitán Lotina tenía una reconocida fama de puntual y riguroso.
Casi a la misma hora fallecía de un ataque al corazón el único telegrafista de la isla de San Sebastián, en la pequeña localidad de Villa Bella. Hasta el día siguiente, debido a las dificultades de las comunicaciones, no se pudo decidir el envío de otro para reemplazarlo.
No lejos de allí, en el otro extremo de la isla, el torrero del faro de Punta Boí, en su refugio solitario, observaba cómo el barómetro descendía muy rápidamente.
—Vamos a tener tormenta —pensó.
Un denso banco de nubes apareció por el horizonte a la hora del crepúsculo arrastrándose por la superficie del mar. Pero el torrero no pudo advertir a nadie de la llegada de aquella borrasca, ya que no tenía ningún tipo de comunicación, ni telegráfica ni telefónica, con el continente.
Subió hasta lo alto de la torre y atrancó con fuerza puertas y ventanas, tratando de resguardar todo el edificio del viento y del aguacero que se avecinaba. Desde arriba miró al exterior. El haz luminoso del faro barría incesantemente la superficie del mar. No había ningún vapor a la vista. Ni los pescadores se habían atrevido a salir con los augurios de mal tiempo. Ellos, mejor que nadie, olisqueaban la llegada de los frentes nubosos. Eran unos pocos y vivían con sus familias en construcciones muy sencillas en pequeños asentamientos alrededor de la isla.
El torrero llevaba muchos años en el faro y se sabía de memoria todos los buques que habitualmente navegaban por aquella ruta.
—A esta hora —pensó— ya debe de estar muy cerca el Príncipe de Asturias, que llega a Santos cumpliendo su larga travesía desde Europa.
Nunca había embarcado en ninguno de los grandes mercantes que atracaban en los muelles de Santos. Le daba mucho respeto el mar, precisamente a él, que estaba acostumbrado a soportar las embestidas más terribles del océano desde su atalaya, en el extremo más oriental de la isla. Para ese hombre los buques eran sólo fantasmas de acero que le acompañaban en su larga soledad. Los observaba noche y día, los notaba cerca, escuchaba el tableteo de los émbolos, el campanilleo de las hélices girando sin parar, el crujido de su poderosa estructura.
San Sebastián, a pesar de ser la mayor isla marítima de Brasil, era un lugar casi deshabitado y de vegetación exuberante. No había caminos abiertos a través de la selva, y para desplazarse de un extremo a otro, tanto el torrero como los pescadores tenían que hacerlo por la costa navegando en pequeñas piraguas. Por eso, cuando llegaba el mal tiempo, sus escasos habitantes quedaban aislados y a la espera de que más tarde o más temprano llegara la bonanza.
La isla, antiguamente poblada de indígenas tupiguaranis, fue conocida con el nombre de Maembipe, algo así como el lugar del canje de mercaderías y rescate de prisioneros, una zona dedicada a las negociaciones entre las tribus de la época. Más tarde, en tiempos de la colonia, los primeros exploradores enviados por Portugal llegaron a Maembipe el 20 de enero de 1502, día de San Sebastián, por lo que la bautizaron, como era costumbre, con ese nombre. Se trataba de una expedición comandada por Gonzalo Coelho, compuesta por tres carabelas, y de la que formaba parte el navegante italiano al servicio de la corona portuguesa Américo Vespucio, quien afirmó que si realmente existiera el paraíso en la tierra, estaría ciertamente muy cerca de ese lugar en el que trescientas cincuenta cataratas y una de las cuencas de agua dulce más importante del continente convierten a la isla en un auténtico vergel.
Fue también años después el escondrijo donde recalaron los más famosos piratas ingleses, franceses y holandeses, y elegido como refugio por el legendario corsario Thomas Cavendish, conocido como el Navegador. Recaló en una de sus playas, tras ordenar a sus hombres en la fatídica noche del 25 de diciembre de 1588 el ataque por sorpresa a la ciudad brasileña de Santos. Saquearon e incendiaron todas las casas y los navíos cuando toda la población estaba asistiendo a la misa del gallo en la antigua iglesia de la Misericordia. El peligroso Cavendish murió poco tiempo después a manos de su propia tripulación, víctima de un motín a bordo de su nave.
El torrero miraba siempre al mar con un gran respeto porque sabía que estaba en medio de un auténtico cementerio de navíos hundidos, con impresionantes historias sobre terribles naufragios. Cerca de cien embarcaciones, entre cargueros, antiguos veleros y buques de pasaje, se fueron a pique en estas costas y descansan en el fondo de sus aguas. Alguna vez oyó decir que las rocas de las inmediaciones de Punta Pirabura poseían un especial magnetismo porque almacenaban en su interior gran cantidad de uranio y de magnetita, razón por la cual alteraban los campos magnéticos de los instrumentos de navegación y descontrolaban, hasta llegar a volverlas locas, a las brújulas de todos los navíos.
—Es algo inexplicable —habían relatado muchos marineros supervivientes de los naufragios—, tal parece que una fuerza misteriosa lleve al buque hacia los acantilados, hasta hacerle colisionar contra los arrecifes y las rocas.
Los cargueros Atilio y Velásquez en 1905 y 1908, el Harthor en 1909, el Crest, el France, el Vitoria, el Borborema, el Guarany, y una lista interminable de mercantes naufragaron en ese lugar a lo largo de la historia, casi siempre en medio de un mar agitado o una tempestad, con fuertes vientos y olas de más de cinco metros.
El torrero, que había presenciado algunas de esas catástrofes, sabía que hasta los más experimentados navegantes desconfiaban de este faro y lo consideraban como uno de los escenarios más malditos de la costa de Brasil. Las rocas de sus acantilados, y muy especialmente la temible Punta Pirabura, hacían muy difícil que los barcos que venían de Europa con rumbo sur pudieran atisbarlo y distinguir su potente haz de luz. Y en días de neblina o tormenta la visibilidad todavía era más crítica. Por eso los marinos andaban con mucha precaución y reparo por estas costas.
No hacía mucho tiempo, los periódicos de Santos se habían hecho eco de una campaña, promovida por muchos capitanes, reclamando medidas urgentes para la implantación de un nuevo faro en el extremo de Punta Pirabura, argumentando en su defensa los diversos desastres marítimos ocurridos en esa zona de la isla.
Más allá de la medianoche, el torrero comenzó a intranquilizarse. Desde lo alto de unos peñascos, en Punta Boí, la luz del faro, con un alcance de diez millas, rastreaba la superficie del mar y el Príncipe de Asturias no aparecía por ninguna parte. Se había desatado una gran tormenta y una espesa niebla dificultaba la visibilidad. El buque español hacía muchas horas que debía haber tomado la posición de Punta Boí, el último lugar de recalada antes de enfilar el rumbo hacia el puerto de Santos.
Los muelles del puerto de Santos ya estaban vacíos. Tras una larga espera, todas las personas que aguardaban la llegada del vapor habían regresado a sus casas. Troncoso les informó que el trasatlántico llegaba con retraso debido al temporal, y que realizaría la maniobra de entrada en el puerto a las nueve de la mañana del día siguiente.
El cuerpo del infortunado telegrafista descansaba a esas horas en Villa Bella y su desconsolada esposa recibía el pésame de los vecinos de la aldea. Al día siguiente estaba previsto celebrar un funeral en la pequeña iglesia de Nuestra Señora de la Ayuda y el Buen Suceso, y enterrar su cuerpo en el camposanto aledaño a la misma.
1 choque fue brutal. La mayoría de pasajeros y tripulantes dormían y, de pronto, como en un sueño, escucharon un rasguño salvaje, irracional, un arañazo que despedazaba sin piedad todo el fondo del casco sumergido de la nave.
Y luego, durante unos instantes, el silencio y una quietud total.
Y más tarde, un sordo rumor que provenía de las entrañas del buque y que se convirtió pronto en un estruendo desgarrador.
El casco del trasatlántico, por debajo de la línea de flotación, se abrió por la mitad, astillándose en mil pedazos, como si fuera de vidrio, y el agua entró violentamente con un formidable estrépito inundando, antes que nada, los entrepuentes donde dormían los pasajeros de tercera clase.
Eran las cuatro y quince minutos de la madrugada del día 5 de marzo de 1916.
Una gran sacudida y los gritos desesperados de su compañero despertaron a Francisco Cotanda, primer radiotelegrafista del Príncipe de Asturias, que dormía en un camarote contiguo a la sala de comunicaciones.
—¡Paco, por Dios, levántate! ¡Ha ocurrido algo grave!
Cotanda, aturdido, abrió los ojos de inmediato y miro atónito a su amigo.
—¿Qué sucede? —apenas acertó a preguntar.
—Creo que hemos colisionado contra algo. El buque está varado muy cerca de la costa.
Luis Esteller, que en aquel momento se hallaba de guardia, con la voz entrecortada trataba de ponerle al corriente de lo que acababa de suceder.
—¡El golpe ha sido muy violento, un encontronazo terrible! ¡Habrá que pedir socorro! Voy al puente a buscar información.
Francisco Cotanda, sin pensárselo dos veces, se arrojó de un salto sobre el manipulador del telégrafo y puso en marcha la estación Marconi, para tratar de pedir auxilio, mientras su compañero salía precipitadamente en busca de las órdenes del capitán.
En el exterior había una gran tempestad que se desencadenaba furiosa. Una cortina de agua que se desplomaba de manera formidable y el viento que rugía ensordecedor.
—¡Por todos los demonios! ¡El barco se hunde!
El capitán José Lotina en el puente de mando, que no había abandonado desde el inicio de la tormenta, se dio cuenta inmediatamente de la gravedad del espantoso choque contra los arrecifes. Agarró el tubo acústico que se encontraba a su espalda y comunicó rápidamente con el jefe de máquinas, ordenándole que parara las máquinas y cerrara los compartimentos estancos para evitar a toda costa que el agua inundara las bodegas.
—¡Cierra inmediatamente todas las compuertas, Dionisio, por Dios! ¡Vacía los tanques de lastre!
—Intentaré hacerlo, José. El fondo del buque está abierto en dos mitades y el agua del mar entra con una fuerza increíble por todas partes. ¡Esto es un infierno! ¡No sé si será posible!
Lotina conocía de sobra a su amigo Dionisio Oñate. Sus pueblos eran vecinos y habían crecido juntos desde muy pequeños. Sabía que haría todo lo posible, e incluso lo imposible, allí abajo, en las entrañas del Príncipe de Asturias, por salvar el buque. Podía contar con él.
Al girarse descubrió la mirada grave pero cómplice de Rufino Onzaín, segundo oficial, que a su lado daba órdenes sin parar al oficial de telegrafía.
—¡Pidan auxilio de inmediato! ¡Lancen un SOS y den nuestra posición! ¡Háganlo tantas veces como sea necesario!
Luis Esteller se lanzó escaleras abajo y regresó a la cabina con objeto de transmitir las órdenes del segundo oficial.
El pasajero de primera clase Antonio Belaúnde hacía rato que estaba despierto y escuchó con toda claridad tres sordos ruidos acompañados de un gran estremecimiento.
—El primero fue casi uniforme, como si el casco del buque con su inercia triturase los grandes pedruscos del fondo del mar. Tras él siguió otro menos intenso, como si el barco resbalase sobre un fondo erizado de puntas escabrosas. Inmediatamente vino un golpe seco, rudo, decisivo, que detuvo la marcha de la nave.
Fue tal la violencia de la colisión que el buque pareció que saltaba por el aire y Antonio Belaúnde se dio de bruces contra el suelo. Su reloj se detuvo en ese preciso instante señalando para siempre las cuatro y quince minutos de la mañana.
Marina Vidal, la joven gallega, tras la celebración del Carnaval había decidido darse una ducha antes de acostarse porque el calor en el camarote se le hacía insoportable. Estaba en el cuarto de baño colectivo de segunda clase, envuelta en una toalla, cuando el enorme trasatlántico golpeó violentamente contra los arrecifes de Punta Pirabura. Marina cayó al suelo conmocionada, escuchó un golpe tremendo, ensordecedor e inmediatamente los cristales a su alrededor se partieron en mil pedazos. Casi al mismo tiempo, empezó a oír gritos de terror, dolorosos y desesperados, que llegaban de todas partes.
El torrero de Punta Boí no había podido conciliar el sueño en toda la noche y seguía con la mirada clavada en el horizonte, en busca del Príncipe de Asturias.
—¿Dónde se habrá metido ese condenado?
Según sus cálculos llevaba más de diez horas de retraso.
«¡Demonios! Si está por aquí cerca —decía para sus adentros—, lo debe estar pasando muy mal con esta tormenta».
Los bancos de niebla eran persistentes y se arrastraban como una lapa por la superficie del océano.
No estaba muy seguro, pero en algún momento le pareció oír el gemido grave y lastimero de una lejana sirena. Trató de prestar atención, pero el viento y la tormenta apagaban cualquier otro sonido.
«Habrá sido mi imaginación», pensó, alejándose de la ventana.
No podía ni figurarse que muy cerca de él, tras las colinas de Punta Pirabura, se estaba desencadenando la peor tragedia de aquellos mares.
—¡Paren las máquinas principales! ¡Mantengan activos los motores auxiliares!
Una vez más, la voz de Lotina llegó a la sala de máquinas a través del tubo acústico, pero los hombres de Dionisio Oñate, ni él mismo, podían escucharle. Se veían totalmente incapaces de controlar la maquinaria del Príncipe de Asturias.
No les dio tiempo ni a parar las máquinas ni a reaccionar en modo alguno ante la catástrofe. El agua salada del océano entraba a raudales, como una auténtica avalancha, y en contacto con el agua hirviendo de las calderas de vapor podía ocasionar una fuerte explosión de un momento a otro.
—¡Salid, salid todos de aquí! ¡Fuera todos! —gritaba desesperadamente el jefe de máquinas.
Apenas había transcurrido medio minuto de la colisión cuando las enormes calderas cilíndricas saltaron de sus alojamientos y aplastaron y achicharraron a los fogoneros.
—¡Cuidado muchachos, el agua está hirviendo!
—¡Ayudadme!
—¡Socorro! ¡Me quemo!
La mayoría de aquellos hombres estaban abrasados, y chillaban desesperados con sus carnes abiertas en llaga viva. Se retorcían en el suelo como poseídos por el mismísimo diablo. Gemían de dolor. Sus compañeros no podían hacer nada por ellos. Trataban de escapar como fuera de aquel infierno.
Francisco Zapata, el médico sevillano, salió de su camarote y trepó con todas las fuerzas que le permitían sus pulmones por la empinada escalerilla de babor hasta llegar extenuado al puente de mando.
—¡Estamos perdidos, estamos perdidos! —le comentó el capitán al verle llegar.
Zapata era un hombre tranquilo y trató de conservar la calma.
—¿Qué podemos hacer, capitán?
—No lograremos salir de aquí. Tratemos al menos de salvar a esta gente
—Cuente conmigo.
La fuerte trepidación que se produjo al estallar las calderas, un minuto después de la colisión con los arrecifes, alarmó mucho más a todos los pasajeros y tripulantes.
—¡Arriba todos! ¡Hay que salir de aquí! ¡Vamos a cubierta!
El bodeguero de segunda clase, Buenaventura Rosés, bajó a toda prisa al departamento donde dormía el pasaje de tercera con la intención de ayudarles, pero no pudo conseguirlo porque el agua entraba a raudales en la bodega, que ya esta estaba casi inundada. Corrió entonces a cubierta con ánimo de prestar ayuda en los trabajos del lanzamiento de botes.
A las cuatro y dieciséis minutos, tras la primera explosión de las calderas, se apagaron todas las luces y el buque quedó en una oscuridad total. Un grito unánime, pavoroso, recorrió todos los rincones el buque.
—¡Nos hundimos!
—¡Socorro!
Al instante, en los pasillos y en todas las escaleras se aglomeraron docenas de pasajeros que, histéricos, trataban de buscar una salida. Iban casi desnudos, con sus camisas de dormir, enloquecidos por el horror.
A tientas, tratando de avanzar entre aquella multitud desquiciada, el joven Buenaventura consiguió tras grandes esfuerzos llegar a la toldilla donde estaban los botes de salvamento.
—El sollado de emigrantes está completamente inundado —le dijo, exhausto, al segundo oficial, que trataba de organizar el rescate junto al capitán.
Al escuchar el comentario del bodeguero, Dionisio Oñate, el jefe de máquinas, sin pensárselo dos veces se lanzó corriendo escaleras abajo. Recordó a una familia amiga de Gorlitz que viajaba en el buque, cuya protección le habían encomendado, y quiso ir a por ellos.
—¡Debo sacar de allí a esa pobre gente!
No regresó nunca más.
El estudiante brasileño José Vianna había despertado con un gran sobresalto al oír los gritos desesperados de una mujer alojada en el camarote contiguo al suyo. Al incorporarse en la cama, escuchó también un estrépito incesante de carreras en los pasillos y escaleras, y comprendió que algo grave sucedía fuera. Se dirigió al conmutador de la luz eléctrica. Dio vuelta a la llave pero la lámpara no se encendía. Se vistió como pudo, salió del camarote y a tientas subió por una de las escaleras laterales hasta el primer puente.
Allí se cruzó con Guillermo Cárdenas que, fuera de sí, recorría los corredores inundados del buque llamando a gritos a Julia. Iba como un poseso, con el rostro desencajado, a medio vestir, sólo con un pantalón, descalzo y con el torso desnudo.
Habían estado juntos esa noche en la sala de baile y más tarde, sigilosamente, desaparecieron para encerrarse en el camarote de ella. Unas horas después, algo vino a interrumpir su apasionado encuentro: tras una enorme sacudida, sintieron que el suelo se resquebrajaba justo debajo de sus pies. Guillermo abrió la puerta y se asomó al exterior.
—No te asustes, querida, iré a ver qué ocurre.
Lo que vio le dejó petrificado. El pasillo interior se estaba inundando y el agua hervía. Muchas personas corrían y gritaban a su alrededor. Al llegar a la escalinata principal comprendió la magnitud de la catástrofe y regresó a toda prisa en busca de Julia. Cuando al fin pudo llegar al camarote, la puerta estaba abierta, y ella había desaparecido sin dejar rastro alguno.
—¡Julia!
Francisco Cotanda pudo transmitir cuatro veces la señal de socorro, pero al querer indicar la procedencia de la llamada con las iniciales del buque E.C.S., se apagaron todas las luces y las dinamos del navío dejaron de funcionar. Quiso entonces comunicar sirviéndose de los acumuladores de reserva, pero no tuvo tiempo, porque el agua, con un ruido infernal, invadió la sala de radiotelegrafía y arrebató al joven telegrafista con una violencia terrible arrojándole al mar.
En el corredor de los camarotes de primera clase cundió el pánico al quedarse totalmente a oscuras. Antonio Belaúnde fue uno de los primeros en lanzarse precipitadamente hacia la cubierta. En el pasillo se cruzó con Francisco Chiquirrín, que llevaba el rostro desencajado y caminaba en silencio, sin decir ni una palabra. Parecía un muñeco inanimado, con el pelo revuelto y la mirada perdida en el vacío. A la vez, en proa comenzó a oír desesperados gritos de angustia y sollozos de terror. Veloz, caminó en dirección contraria hacia la puerta de popa para tratar de subir a la toldilla de botes, pero la escalera de acceso se encontraba obstruida por varias personas que, como él, trataban de ganar la salida.
En aquel momento, la sirena del buque empezó a sonar de manera incesante dando la lastimera voz de alarma.
Era un quejido angustioso, terrible.
—¡El motor de emergencia! ¡Activen el motor de emergencia!
En la cubierta de botes junto al puente de mando el capitán seguía dando órdenes con serenidad acompañado del médico y los oficiales de guardia. Trataba por todos los medios de que pudieran hacer funcionar el motor auxiliar que existía cerca de la oficina de radiotelegrafía, para que hubiera luz en la cubierta de botes y se pudieran realizar las operaciones de salvamento. El segundo telegrafista, ayudado por algunos marineros, trataba de arrancarlo, pero todo esfuerzo resultaba inútil y el maldito motor no se ponía en marcha.
Era noche cerrada sin luna, y el océano embravecido se había hecho por completo amo y señor de la cubierta del buque. Olas enormes arrasaban todo cuanto encontraban a su paso. Truenos y relámpagos se sucedían sin cesar, soplaba un viento feroz y la lluvia caía formando grandes cortinas de agua.
Del interior del trasatlántico surgían continuos estruendos y fogonazos, y toda su estructura crujía al resquebrajarse por dentro.
Apestaba a aceite quemado y el vapor se escapaba por las innumerables grietas abiertas en el casco de acero con un resoplido fatigoso, que hacía presagiar su cercano e inevitable final.
Emiliano Fornells, que compartía camarote con los dos hermanos capuchinos, Rafael y Eugenio, al percibirse de la colisión contra el arrecife, escapó corriendo en busca de una salida, pero antes trató infructuosamente de despertar a los dos frailes que seguían en sus literas durmiendo plácidamente. Al final de una loca carrera, se encontró en medio del comedor, rodeado de gente que corría y gritaba desesperada.
—Unos llamaban a sus hijos y otros a sus esposas —contaría más tarde—, y todos estaban histéricos y enloquecidos.
Fue una vez allí, cuando se dio cuenta de que iba completamente desnudo, por lo que regresó corriendo al camarote en busca de un pantalón. Los dos frailes seguían durmiendo, a pesar del gran revuelo que había en el buque. Logró despertarles con grandes esfuerzos. Una vez en cubierta y ayudado por la luz de los relámpagos pudo ver que la costa estaba cerca. Se arrojó al agua con decisión.
José Vianna, tras un sublime esfuerzo, consiguió llegar a la cubierta superior, donde encontró a muchos pasajeros gimiendo de terror.
—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó a un oficial.
—El buque ha quedado varado en la arena cerca de la costa. No se preocupe. Ya estamos preparando los botes de emergencia para llevarles a tierra.
En aquel instante, el vapor dio un violento bandazo y se escoró peligrosamente hacia estribor.
Un enorme crujido resonó en la oscuridad. Parecía que el trasatlántico se resquebrajara en mil pedazos.
Eran las cuatro y diecisiete minutos.
Antonio Belaúnde no podía atravesar la muralla de pasajeros que trataban de huir por la escalera, obstruyendo el paso hasta la cubierta. El buque se inclinaba cada vez más, y era imposible mantener el equilibrio sin aferrarse constantemente a los pasamanos. Pensó en regresar corriendo a su camarote para coger su salvavidas con la intención de arrojarse al mar, y en ese momento se cruzó con tres tripulantes que subían del puente inferior protegiéndose de una avalancha de agua.
—¡Cálmense, cálmense todos! —gritaban a la multitud.
—¡Cálmense, el accidente no es grave y la situación está controlada!
Antonio Belaúnde trató de ganar de nuevo el pasillo, pero el vapor siguió inclinándose tanto a estribor que lo hizo caer al suelo. Dejó definitivamente de pensar en el salvavidas y trató de escapar hacia la cubierta temiendo quedar encerrado en el interior de la nave.
Corrió, corrió desesperadamente.
—¡Dense prisa, muchachos! ¡Pronto, esos botes!
El capitán apremiaba a los que en el puente trataban de arriar los botes de salvamento del costado de babor. Desesperadamente, sin ninguna luz a bordo, en completa oscuridad, intentaban desprenderlos de sus amarres. Pero resultaba imposible porque el mar, sumamente agitado, barría sin cesar las cubiertas del buque.
El diplomático Carl Frederick Deichman y Luis Descotte Jourdan ocupaban sendos camarotes de lujo en la cubierta superior, muy cerca del salón de fumadores. Los dos aparecieron en la galería de paseo, vistiendo solamente sus camisas de dormir y en un instante se dieron cuenta de que el buque estaba herido de muerte.
—Hay que salir de aquí cuanto antes —dijo el norteamericano, tratando de hacerse oír entre aquellos rugidos de la tormenta—, no creo que esto permanezca a flote mucho tiempo.
—Seremos pasto de los tiburones —contestó Descotte, mientras observaba, agarrado a la barandilla, el pavoroso espectáculo del océano.
—Pero es nuestra única alternativa. De lo contrario, aquí nos iremos a pique con el vapor, en unos instantes.
No había otra opción mejor. Luis Descotte lo sabía y por eso tomó la decisión.
—De acuerdo, le sigo, y sea lo que Dios quiera.
A pesar de su gran corpulencia, el cónsul no dudó lo más mínimo y se lanzó al mar, intuyendo la gravedad de la situación. Antes echó una última mirada a su amigo y le dijo:
—Hay que tratar de ganar la costa como sea. Nade con todas las fuerzas de que sea capaz.
Luis Descotte le siguió, y una vez en el agua, dieron fuertes brazadas, tratando de alejarse del peligroso remolino que formaba el vapor y que podía engullirlos hacia el fondo sin remisión posible.
—¡Estamos perdidos! ¡Vamos a morir, nos vamos a ahogar! —le dijo sollozando Lucila Josefina Rodríguez a su esposo, José González, en mitad del comedor de segunda clase, donde reinaba una gran confusión.
El buque estaba peligrosamente escorado hacia el costado de estribor y hundido de proa. Las olas que barrían la cubierta, amenazaban con invadir definitivamente toda la estructura del buque.
—¡Ven a mis brazos! —suplicaba Lucila, tratando de que su esposo se levantara del suelo, adonde había caído presa de un ataque de pánico—. ¡Moriremos juntos, amor mío, moriremos juntos!
Rufino Onzaín, el doctor Zapata y otros hombres luchaban inútilmente contra los elementos. Por más que lo intentaban, era imposible arriar los botes de babor.
—¡Onzaín, venga aquí con más gente!
Era la voz del capitán que les llamaba desde la cubierta de estribor.
—Tratemos —les dijo entonces— de echar este bote al agua. No nos va a dar tiempo para más.
Era el bote n° 1, en el que a partir de aquel momento todos concentraron sus esfuerzos.
—¡A los botes! ¡Hay que subirse a los botes!
La gente, presa del pánico, al descubrir la intención de los tripulantes, se dirigió a la cubierta de estribor en confuso tropel. Pero esta parte era hacia donde estaba escorado el buque y los fuertes embates del mar se llevaron a muchas personas y arrastraron con ellas a muchos artefactos y utensilios del vapor.
Lucila tuvo que hacer un gran esfuerzo para levantar a su marido.
—¡Salta conmigo! —le dijo—. ¡Salvémonos!
Saltó desde una ventana y nadó con todas sus fuerzas hasta que pudo asirse a un tronco de corcho que flotaba en el agua. A su alrededor había otros náufragos que luchaban con el mar embravecido y trataban de alejarse del buque para evitar ser arrastrados por el remolino que engulliría en breve al trasatlántico.
Gritó desesperada, llamando a su esposo, y le buscó entre los cuerpos que se agitaban alrededor de las olas, pero ya nunca más le volvió a ver.
Apenas dos minutos y medio después de la colisión, la confusión a bordo era horrible ya que, al no poder arriar ningún bote, los pasajeros veían que no había salvación para ellos y cada vez eran más los que se lanzaban al mar con la esperanza de ganar la costa a nado.
—Todo está perdido. ¡Dios mío! ¡Pobre gente! —exclamó de nuevo el capitán.
Las escenas en todos los rincones del trasatlántico, orgullo de la Marina mercante española, eran espantosas. Hombres y mujeres de rodillas erguían los brazos al cielo pidiendo ayuda. Lloraban y gritaban desesperados.
Muchos niños corrían solos, asustados, llamando a voces a sus madres.
Por los camarotes, los comedores, las cocinas y las bodegas corría el agua hirviendo y abrasaba a cuantos encontraba en su camino.
Y el mar, implacable y asesino, invadió rápidamente el buque y las olas arrastraron a cuantos se encontraban sobre las cubiertas.
La mayoría de los pasajeros que dormían en los camarotes de primera clase, no tuvieron tiempo de reaccionar, ya que estaban en la proa, y fueron tragados inmediatamente por el océano. Marcial Aguirre, su esposa y sus cuatro hijos murieron ahogados mientras dormían, lo mismo que Francisco Jaureguialzo y toda su familia. El pánico y la asfixia acabaron con la vida del doctor Pérez Gómez, de Margarita Gardey y de Susana, Juan y Fernando, en plena juventud. El mar, en apenas un instante, llevó al traste todas las ilusiones de los Ibarguren, que soñaban con una nueva vida de millonarios en Argentina. Aurelia Minondo ya no vería cumplida su vocación de ingresar en un convento y Juan Miguel Patricio Alsina no podría reunirse de nuevo con su padre. Los Chiquirrín habían perecido pocos momentos después de la colisión.
Segunda económica quedó también casi completamente destruida por la explosión de las calderas. Los más afortunados fueron algunos pasajeros de segunda clase, cuyos alojamientos se encontraban en popa, la zona del buque que todavía permanecía más alejada del mar.
Julia se encontraba atrapada entre una avalancha de pasajeros enloquecidos que en tropel trataban de escapar hacia el exterior por la gran escalinata principal. Llegó a oír la llamada cercana de Guillermo, buscándola, pero su voz, al contestarle, quedó ahogada entre los gritos de auxilio de aquella multitud.
Francisco Zapata estuvo todo el tiempo junto al capitán tratando de ayudar en la faena de arriar los botes de salvamento. Una tarea imposible de llevar a cabo porque el mar enfurecido lanzaba toneladas de agua que caían incesantemente sobre el vapor.
Los hombres estaban agotados de tanto luchar contra lo imposible.
El reloj del puente de mando señalaba las cuatro y dieciocho minutos de la madrugada.
—¡Cuidado! ¡Agárrense fuerte!
Una gigantesca ola sepultó por completo toda la cubierta de proa y alcanzó a todos los que estaban en la galería de botes, junto al puente de mando.
Zapata cayó al mar después de golpear violentamente contra el costado del buque, produciéndose graves contusiones en el brazo y hombro izquierdos.
No podía nadar. Le dolía todo el cuerpo. Estaba exhausto. Haciendo un gran esfuerzo y luchando con el oleaje, pudo asirse a la puerta de un camarote que flotaba en el agua. A muy pocos metros, pudo ver el poderoso trasatlántico que agonizaba, tocado de muerte. Era una imagen dantesca, imposible de olvidar. Dirigió su mirada hacia la cubierta de botes de estribor, donde había estado hacía tan sólo un instante. No había ni rastro del capitán ni de los hombres que se afanaban en liberar los botes de salvamento. Todo estaba perdido. Vio a la gente correr desesperada hacia el saltillo de popa, que iba elevándose despacio a la vez que el buque hincaba la proa hacia el profundo abismo del océano.
Rafael Ottone pudo llegar con dificultad al puente superior de paseo, arrastrando literalmente a su mujer y sus tres hijos. Las escenas de pánico allí eran terribles y las olas barrían la cubierta sin tregua. Una de ellas golpeó con fuerza a los Ottone y todos sus miembros desaparecieron en un instante para siempre. Sólo Rafael al caer, y ya en el aire, consiguió agarrarse a su hijo mayor y salvarse ambos de una muerte segura.
A Antonio Belaúnde no le dio tiempo a llegar hasta la zona de los botes de salvamento. Estaba tratando de subir por una de las escalerillas laterales cuando vio avanzar con un gran estrépito esa masa imponente de agua que llegó de proa y recorrió toda la cubierta. Fue tan formidable su impulso que, sin poder evitarlo, le levantó, le zarandeó, le estrelló contra el techo y lo arrojó violentamente al mar.
—¡Federico, me ahoggg...!
—¡Teodora, agárrate fuerte!
El pasajero de tercera, Federico Lázaro, en el entrepuente de popa trataba de agarrar a su esposa que volaba, literalmente engullida por la maldita ola. Desesperado, quiso tomarla entre sus brazos pero el torbellino de agua embravecida se la arrebató, y a pesar de los múltiples esfuerzos que hizo para salvarla, tuvo que ver cómo caía al mar y se la tragaba sin remedio hacia el fondo entre gritos enloquecidos y con una expresión de terror que nunca podría olvidar en su vida. Desapareció de su vista para siempre.
Cuando el camarero Alejandro López iba a saltar por la borda notó que alguien le sujetaba por los hombros y violentamente trataba de quitarle el chaleco salvavidas. Era un pasajero que, en un ataque de histeria, enarbolaba una navaja y amenazaba a Alejandro, tratando de arrebatarle el chaleco. Al intentar defenderse, el joven camarero recibió varias puñaladas en el costado. Herido y casi sin fuerzas, logró quitarse de encima a su agresor y saltar al agua. Tenía cinco cuchilladas que sangraban abundantemente. Cuando ya en el mar, nadando, se alejaba del lugar del siniestro, miró hacia la borda donde aquel pasajero seguía gritando como un poseso, aferrado a la barandilla del vapor.
Tan sólo habían transcurrido tres minutos desde la colisión contra los arrecifes de la isla de San Sebastián. Tres minutos que se hicieron eternos para Marina Vidal, que intentaba llegar a su camarote para rescatar sus valiosas pertenencias.
—Las joyas —pensaba—, sobre todo debo proteger las joyas.
Pero decenas de personas corrían en sentido contrario y le impedían avanzar por los negros corredores del vapor. No podía seguir, aquella gente se convirtió en una avalancha que presa del pánico la arrastró hasta la cubierta.
Una vez allí, las olas la arrojaron, desnuda, al mar.
Lejos de allí, en el primer piso de su hogar en Rufino, en la República Argentina, Teresa despertó sobresaltada. Se incorporó en la cama y miró el reloj sobre la cómoda del dormitorio. Eran algo más de las cuatro y cuarto de la madrugada. Hacía bastante calor. A su lado, la pequeña Mercedes dormía plácidamente. La cubrió con la sábana y la observó con cariño durante largo tiempo. La vida en Rufino, tan difícil lejos de toda la familia, se le había hecho mucho más llevadera tras el nacimiento de la niña. Tanto ella como Ramón ahora tenían por quien luchar.
Ya no pudo conciliar el sueño en toda la noche, la invadía una extraña inquietud. Faltaban muy pocos días para el regreso del ma rido, al que echaba mucho de menos. Desde su partida, iba a hacer ya casi dos meses, no dejó de pensar en él ni un solo instante, pero esa noche sentía algo especial dentro de ella, una sensación de que algo no iba bien. Quiso distraerse y pensó:
«A estas horas estará durmiendo en la litera del vapor».
Manuel Salagaray no sabía nadar. Se mantenía a flote a merced de los terribles embates gracias al chaleco salvavidas. La explosión de las calderas y las olas que barrieron la cubierta le habían lanzado al océano. De vez en cuando tenía que cerrar los ojos para evitar la visión, demasiado macabra, de los cadáveres que le rodeaban flotando en el agua. Y muchas veces tuvo que sobreponerse al horror de tropezar y enredarse con el cuerpo rígido e inerte de alguno de ellos, lo que cada vez le producía un escalofrío espeluznante.
—¡La chimenea! ¡Cae la chimenea!
Los gritos surgieron desesperados de todas partes. La humeante y poderosa chimenea del buque se quebró con un gran estruendo y fue a caer por el costado de estribor muy cerca de donde se encontraba el joven practicante.
—Llegué a ver el fuego corriendo sobre el agua y cómo venía hacia mí y se me echaba encima —recordaría tiempo después.
Estalló en mil pedazos al contacto con el agua. Y una llamarada intensa se expandió por todas partes.
—¡Dios mío! —gritaba consumido por aquel dolor insoportable—. ¡Mi espalda! ¡Me está abrasando! ¡Socorro!
Varios fragmentos incandescentes se incrustaron en la cara y el cuerpo de Salagaray, produciéndole dolorosas quemaduras. Y entonces gritó, gritó como un condenado, creyendo que había llegado su hora final.
El espectáculo era fantasmagórico. En mitad de la tormenta que no cesaba, el Príncipe de Asturias tenía la proa totalmente sumergida en el océano y se iba inclinando cada vez más con la popa y las hélices totalmente fuera del agua. Parecía que de un momento a otro iba a hundirse para siempre en el fondo del océano.
Los gritos de terror se esparcían con crecida insistencia y una gran multitud de sombras se apilaban en las cubiertas, chillando despavoridas.
Eran las cuatro y veinte de la madrugada del día 5 de marzo de 1916, cuando hubo una última y gran explosión.
Y el buque se hundió completamente.
Todo había durado un instante, tan sólo cinco minutos. Dentro del casco quedaron atrapados más de cuatrocientos pasajeros y tripulantes. Otras ciento cincuenta personas luchaban desesperadamente por salvar su vida en el lugar del naufragio.
Luis Esteller, el segundo telegrafista, trató de abandonar precipitadamente la sala de telegrafía tras oír esa terrible explosión. No había logrado, por más que lo había intentado, poner en marcha el motor auxiliar, pero ya era demasiado tarde. Debía salir de allí como fuera, porque el agua entraba a raudales a través de los mamparos por el boquete abierto en la amura de estribor.
—¡Estoy atrapado!
La escotilla de la sala de telegrafía estaba totalmente obstruida por varios de los botes y trozos de madera desprendidos del barco tras la primera explosión.
Estaba aprisionado en una trampa donde iba a perecer ahogado sin remedio alguno.
Esteller hacía desesperados esfuerzos para librarse de todos los amasijos que le impedían moverse. Y el barco se hundía por momentos. Daba patadas a todo cuanto había a su alrededor, tratando de hacer un hueco por el que escapar. Parecía imposible. Estaba seguro de que había llegado su final.
Afortunadamente, un nuevo balanceo del buque hacia el costado de babor desplazó algunos de los artefactos que le impedían el paso, dejando un breve hueco por donde pudo escapar y ponerse a salvo milagrosamente. Fue en el mismo instante en que el buque desapareció totalmente en medio de un gran torbellino de agua y humo que envolvió a un sinnúmero de pasajeros y tripulantes arrastrándolos consigo al profundo abismo. Los gritos desgarradores de las víctimas contribuían a aumentar la magnitud de la tragedia que allí se desarrollaba.
El pasajero de tercera clase, Juan Martínez, fue uno de los que se vieron arrastrados hacia al fondo del océano en el interior de un bote de salvamento. Había llegado a subirse a él con otras personas esperando a que consiguieran arriarlo los tripulantes que a su lado hacían esfuerzos desesperados por cortar las amarras.
Juan no tuvo escapatoria, se lo tragó el imponente remolino hacia las profundidades del océano.
Sabía que no tenía salvación e intentó morir lo más rápido posible, abrió la boca para hacer breve la agonía y comenzó a tragar agua como un desesperado.
Pero de pronto...
De pronto se sintió arrastrado a gran velocidad hacia la superficie por una fuerza que le resultaba inexplicable.
Una vez en el exterior, incrédulo, abrió los ojos y trató de conocer la identidad de su salvador. Era un cajón de coñac al que se había abrazado de manera inconsciente durante su descenso y que le sirvió de flotador tirando de él bruscamente hacia arriba.
El espectáculo que presentaba el océano alrededor del lugar del siniestro tras el hundimiento del Príncipe de Asturias no era para ser descrito. Agudos gritos se escapaban de los numerosos náufragos que creían que la muerte se cernía sobre ellos de manera implacable. Pasajeros y tripulantes luchaban desesperadamente con las olas asiéndose a los salvavidas y a todo lo que flotaba, intentando en vano defenderse y defender a los seres queridos de una muerte irremediable.
Todo ocurrió en apenas cinco minutos. Largos y lentos, dramáticos. Agónicos. Cinco minutos que cambiaron el sentido y el destino de centenares de personas.
Cinco minutos.
El tiempo suficiente para que Juan Mas i Pi abriera los ojos en la oscuridad y se encontrara con los de su esposa a su lado en los que se dibujaba una terrible mueca de espanto y horror.
Cinco minutos.
El tiempo preciso para que Carmen Palenciano abrazara a sus ocho hijos y les llenara de ternura.
Cinco minutos eternos que no consiguieron detenerse, ni un instante, para que Guillermo y Julia pudieran encontrarse y renovar el amor que había nacido, apenas unos días antes en las entrañas y soledades del buque.
Apenas cinco minutos que no bastaron para nada.
Fue tan sólo el tiempo justo para que Miguel Balmas Jordana recobrara la imagen perdida de aquel anciano de pelo blanco que le esperaba en Barcelona.
Cinco minutos.
Los suficientes para que Antonio Roig y Ángela no llegaran a hacer realidad ninguno de sus sueños.
Y para que se esfumaran las ilusiones y fantasías de centenares de emigrantes de todas partes de España que perseguían una vida mejor.