Naufragio

Naufragio


TERCERA PARTE » Domingo, 5 de marzo de 1916

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Domingo, 5 de marzo de 1916

nTONIO BELAÚNDE, una vez en el agua, se dispuso a luchar con el oleaje con todas sus energías. Aunque era buen nadador, en varias ocasiones se sintió desesperado y a punto de perder la vida. La suerte quiso que pudiera asirse a una pequeña tabla en la que encontró descanso, pero el mar estaba muy revuelto y le arrojaba continuamente restos del naufragio que le golpeaban y le dañaban todo el cuerpo. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para conservar la calma.

Marina Vidal, sin embargo, no conseguía sobreponerse a la dura impresión de la tragedia y de cuanto veía a su alrededor.

—A mi lado —contaría más tarde— vi muchas mujeres que se hundían, ya sin fuerzas, sosteniendo a sus pequeños en brazos. Cuando desaparecían, desfallecidas, exhaustas, devoradas por el mar, realizaban el último y desesperado esfuerzo de levantar a sus hijos con los brazos fuera del agua tratando de que alguien en un último instante consiguiera salvarles. De esa manera, vi cómo se escapaban delante de mí, durante siete horas en el mar, centenares de vidas por las que no pude hacer absolutamente nada.

No lejos de allí, Francisco Cotanda, el primer telegrafista, braceaba desesperadamente tratando de alejarse del barco que se hundía con rapidez entre crujidos siniestros y aterradores gritos de angustia de los que se ahogaban.

—¡Paco, aquí! ¡Paco!

Oyó la voz de su compañero, Luis Esteller, que surgía de entre la niebla.

—¡Luis! ¿Estás bien?

—¡Estoy a tu espalda! ¡Ven hacia aquí!

Nadó furiosamente, hasta el límite de sus fuerzas, tratando de llegar hasta su compañero, que estaba sosteniéndose sobre una tabla. Se asió, por fin, también a ella y los dos se abrazaron llorando.

—¡Estamos vivos, Paco, estamos vivos!

Eran muy amigos, ya que antes de coincidir en el buque habían estado juntos en la campaña de Melilla.

Permanecieron abrazados un buen rato hasta que vieron muy cerca un bote de salvamento con la quilla al aire. Pensaron que por su tamaño ofrecía más garantía, y se agarraron a él.

Allí estuvieron hasta el alba.

Con la primera claridad del día, Antonio Belaúnde, al que ya comenzaban a fallar las fuerzas, vio pasar muy cerca uno de los fardos de corcho que el vapor traía en su carga, al que estaban sujetos dos camareros del buque. Soltó la pequeña tabla en la que se mantenía y trató de llegar hasta ellos. Una vez juntos, tomaron la decisión de intentar llegar a nado hasta la costa, que se hallaba bastante cerca, pero por más que lo intentaron una corriente contraria muy fuerte les dificultó las cosas y no les dejó avanzar.

—Sentí que ya no podía más y me detuve sin fuerzas, abandonando a mis compañeros, para tratar de descansar. A mi lado había varios cadáveres rígidos, flotando inanimados, que no me atre ví ni a mirar por temor a reconocerles. La mayoría llevaba ropas ricas, por lo que supuse que eran pasajeros de primera clase.

Estaba falto de energías por completo y casi ahogado por la cantidad de agua que había ingerido. Se dispuso a morir.

—En la lejanía, entonces, me pareció que alguien me hablaba.

—¡Venga por aquí, alcánceme si puede!

La voz partía de una distancia de unos treinta metros. Nadó penosamente hasta aquel lugar, donde su amigo Enrique Nicholl le llamaba, aferrado al trozo de una balsa deshecha y casi totalmente sumergida. Con él había otro pasajero y tres cadáveres, dos de ellos eran niños, que permanecían rígidos y sujetos a la balsa.

—A partir de entonces —contó Antonio Belaúnde cuando fue rescatado—, pasaron las horas despacio, interminables, la tormenta amainó, el tiempo empezó a despejarse y más tarde salió el sol. La costa parecía más cercana pero estaba desierta, y el macabro espectáculo del mar, lleno de restos del naufragio y de cadáveres flotando en el agua, tenía contornos de pesadilla. A veces se oía un grito de angustia, y en la superficie del agua, ya más calmada, se distinguían diminutos puntos negros que correspondían a las cabezas de los náufragos, que aún luchaban por sobrevivir. De vez en cuando alguno de ellos, ya sin vida para sostenerse, desaparecía definitivamente en una zambullida mortal.

El domingo al mediodía empezó a reinar cierta intranquilidad en el puerto de Santos. El Príncipe de Asturias todavía no había entrado ni había sido avistado en ninguna parte.

Desde primeras horas de la mañana, muchas personas se habían congregado en el muelle para recibir a sus familiares y amigos, y un ambiente festivo, como era habitual cada vez que atracaba un gran trasatlántico procedente de Europa, se hizo dueño del lugar. Pero a medida que transcurrían las horas sin tener noticias del vapor, la preocupación y la angustia iban propagándose por el puerto.

Nadie sabía nada, ni nadie decía nada.

Los mensajes que llegaban desde la entrada al estuario de Santos no eran nada satisfactorios y todo eran informaciones vagas y negativas sobre la presencia del buque. No se tenía ninguna noticia del vapor español. Ni tampoco había sido avistado desde las playas próximas a Guaruja, al comienzo del canal, en la bocana del puerto.

Troncoso, la agencia consignataria de Pinillos, dirigió un radiograma apremiante al capitán Lotina:

ECS comunique posición y hora prevista de llegada a Santos.

Pero ese despacho nunca tuvo contestación.

El bodeguero Buenaventura Rosés había conseguido resguardarse en una balsa a la que también llegaron dos pasajeros, un camarero, y más tarde, Antonio Linares, el timonel del vapor.

Al amanecer, con las primeras luces del día, oyeron a Manuel Salagaray que pedía socorro.

—¡Ayuda! ¡Por favor, ayuda!

Por más que buscaban, no le veían por ninguna parte. Por fin, tras varios intentos desesperados, Buenaventura descubrió a lo lejos, en la dirección de donde procedía la voz, un bote de salvamento en el que se encontraban cuatro personas. Salagaray, puesto en pie, hacía desesperados esfuerzos para que alguien le viera.

—¡Socorro! ¡Que alguien nos ayude! ¡Vamos a estrellarnos contra las rocas!

El bote, sin control ninguno, era arrastrado por las olas peligrosamente, hacia el acantilado.

—Antonio —le dijo Buenaventura al timonel—, hazte cargo de esta balsa mientras yo trato de llegar hasta ellos. —Y antes de lanzarse al mar añadió—: Trata de recoger a cuantos náufragos puedas. Yo haré lo mismo con el otro bote.

Nadó hasta el lugar donde estaba Salagaray, y allí encontró a varios compañeros del buque: Antonio, el pañolero de cubierta; Amorós, el repostero; los camareros, Juanillo, Paco y Emilio; Miguel, el cocinero; el paje, José, y una pasajera.

Buenaventura Rosés tomó los remos y consiguió hacerse con el control del bote. Lo llevó mar adentro en busca de otros supervivientes.

El cantinero Jaime Noceda había estado nadando durante toda la noche y pensando en Mariona, su mujer, y en las niñas, que sabía le esperaban en su casa de la Barceloneta. Eso, sólo eso, le dio fuerzas para combatir el agotamiento y para luchar contra la soledad y el miedo a los tiburones que presentía cerca, acechándole continuamente. Muy agotado ya, vio en el agua, entre la neblina, algo blanco que se acercaba lentamente al lugar donde se encontraba.

¡No podía creerlo! ¡Era uno de los botes de salvamento que acudía en su ayuda!

Buenaventura y Jaime se fundieron en un abrazo.

Todos juntos, a partir de entonces, fueron recogiendo a otros náufragos hasta que determinaron que había que ir a tierra, para desembarcarlos y poder salir nuevamente a recoger a más gente. Pero el temporal no amainaba y era imposible atracar en ninguna parte. Hubo que dar un rodeo y llevar el bote a sotavento, hacia donde rompía el mar, en el lugar llamado Pedras Duras, donde consiguieron recalar en una ensenada denominada Valle Sereno.

Buenaventura desembarcó a los náufragos, cambió a algunos remeros, que ya estaban muy fatigados, y formó una nueva tripulación, dispuesta a salir de nuevo al mar.

El segundo maquinista trató de retenerlos en tierra.

—¡Buenaventura, volved! ¡Es una locura lo que vais a hacer! ¡No lo conseguiréis!

Salagaray, de pie en el bote, contestó:

—Compañeros, no os preocupéis. Debemos hacerlo. Si perdemos la vida habrá sido por salvar a los demás que nos están esperando a merced de las olas.

Al rebasar la punta de Pedras Duras encontraron a varios pasajeros y tripulantes, nadando y a punto de morir, entre ellos el médico Francisco Zapata y el segundo oficial Rufino Onzaín, que habían tragado mucha agua y se hallaban en muy mal estado.

—Debemos llevarles a tierra —recomendó el practicante.

Buenaventura Rosés decidió dirigir de nuevo el bote al lugar donde antes habían desembarcado a los demás náufragos.

No hubo manera de convencer a Rufino Onzaín de que se quedara en la playa. A pesar de la gravedad de sus heridas y de su agotamiento se empeñó en ponerse al mando del bote, salir de nuevo al mar e iniciar sin pérdida de tiempo la búsqueda de otros náufragos.

Buenaventura gobernaba una vez más el timón. Mientras, el doctor Zapata y Salagaray en la playa atendían a los supervivientes.

Gran cantidad de cajas de coñac, pertenecientes al cargamento del vapor, llegaron con las olas de manera providencial a la orilla de Pedras Duras. Gracias a este licor, el médico y el practicante pudieron reanimar con fricciones y utilizándolo como bebida estimulante a los extenuados náufragos que iban siendo rescatados por sus compañeros.

—Cuatro veces salimos y cuatro veces arribamos a tierra con la embarcación llena de supervivientes —recordó días después Rufino Onzaín—. Conseguimos transportar a más de un centenar de ellos. Y cada vez que efectuaba un nuevo viaje, dejaba en tierra a los que tripulaban el bote, porque se hallaban rendidos de cansancio, y hacía embarcar a gente nueva para seguir el salvamento.

María Elena Wilson lloraba desconsoladamente en un rincón de la playa por su esposo, Luciano Unda, con quien viajaba y a quien creía muerto. Su sorpresa y alegría fueron indescriptibles cuando vio que en el último viaje del bote llegaba su marido sano y salvo, rescatado por el bote del segundo oficial.

Pedro Alberto Rava, de diecinueve años, descansaba exhausto sobre la arena de la playa. Su respiración era muy fatigosa. Había nadado hasta el amanecer tratando de llegar a la costa pero tuvo que desistir cuando se encontraba a unos cincuenta metros, al ver cómo otras personas que, como él, trataban de llegar a tierra, morían despedazadas contra las rocas.

—Uno de ellos —contó una vez en tierra— era el francés Luis Descotte Jourdan, al que había visto algunas veces en el barco. Su cuerpo estaba completamente destrozado.

Eran, por la situación del sol, las tres de la tarde. Llevaban casi doce horas en el mar.

Rufino Onzaín y sus hombres salieron por quinta vez con el bote para recoger a los pocos náufragos que aún pudieran quedar con vida.

El telegrafista Francisco Cotanda, malherido pero ya a salvo, reposaba con la vista fija en el océano.

—Había pasado siete horas en el agua —relató al llegar a Santos— y estaba extenuado; pero no sentía el dolor de mis heridas, porque mis pensamientos se concentraban en el recuerdo de aque lla espantosa catástrofe que acababa de vivir. Veía todavía, una y otra vez, cómo el hermoso buque se hundía en el agitado mar, bajo la negrura de un cielo de tormenta; aún herían mis oídos los gritos de angustia de los que luchaban con las olas; y lloré desconsoladamente, recordando a todos, a mis queridos compañeros de a bordo y a los que, buscando la fortuna, encontraron la muerte, que les acechaba emboscada cerca del país de sus esperanzas.

onsieur le capitán, ¿puede usted subir al puente por favor?

Habían transcurrido unas ocho horas después del naufragio cuando el Vega, un carguero francés de la Société Générale de Transports Maritimes, que viajaba desde Salvador de Bahía con un cargamento de café, cacao y tabaco, estaba a punto de avistar el faro de Punta Boí. La voz del primer oficial, señor Langlois, llegó muy clara a través del tubo acústico al camarote del capitán. Uno de sus hombres, de guardia en el puente, había descubierto una gran cantidad de despojos diseminados por el mar. Le pareció que podían ser los restos de un naufragio.

—¿Qué es lo que sucede? —preguntó al traspasar la puerta de la cabina.

—Capitán, debería usted echar un vistazo al mar.

Auguste Poli, un hombre grueso, altivo y con un gran mostacho, observó detenidamente a su alrededor.

—Páseme los prismáticos —pidió a Langlois.

El oficial le tendió los anteojos y con ellos siguió escrutando el océano.

—¡Qué extraño!

—Sí, señor.

—¡Avante poca! ¡Doscientas revoluciones!

Redujo la marcha y decidió que sus hombres echaran una ojeada a aquellos despojos.

—Capitán —gritó entonces desde la borda uno de los marineros—, hay varios cadáveres flotando en el agua.

—¡Mon Dieu! ¿Qué es lo que debe haber sucedido?

No había ninguna duda, se trataba de un naufragio.

El capitán Poli dio instrucciones para que toda la tripulación estuviera muy alerta y con los ojos bien abiertos tratando de encontrar algún superviviente.

Navegaban a muy poca velocidad y, desde el puente, Poli y Langlois observaban a través de los prismáticos, intentando descubrir alguna señal de vida a su alrededor.

—¡Aquí, aquí, señor! ¡Por la amura de babor!

A lo lejos, en medio de todos los restos, acababan de divisar a dos hombres aferrados a una tabla, que hacían señas enarbolando una camisa.

—A babor veinte —ordenó el capitán.

—A babor veinte, señor.

Avanzaron rápidos, al encuentro de aquellos hombres, que sujetos a la improvisada balsa hacían desesperados esfuerzos para llamar la atención de los tripulantes del Vega.

En pocos minutos llegaron a su altura.

—¡Parar máquinas!

El capitán dio órdenes para que los izaran a bordo. Venían maltrechos y agotados, y se identificaron como Romualdo Carmona, agregado del Príncipe de Asturias y Alejandro López, camarero del mismo vapor, e informaron sobre el naufragio del trasatlántico.

—Señor Langlois —dijo Poli a su primer oficial—, dirija al Vega a toda máquina hacia el lugar del accidente.

—Sí, señor.

—Y ocúpese de que atiendan a este hombre —añadió el capitán, señalando a Alejandro López, que presentaba una herida sangrante en el costado derecho.

Una vez en la enfermería les comentó que había sido acuchillado en la cubierta del buque por un pasajero desesperado que intentaba quitarle el salvavidas.

—¡Le miserable combat pour la vie! —comentó sonriente el joven Langlois.

A medida que el Vega avanzaba hacia el lugar de la catástrofe el panorama era cada vez más desolador y revelaba la magnitud de la tragedia ocurrida durante la madrugada. En un radio de varias millas a la redonda había restos esparcidos por todas partes, procedentes del Príncipe de Asturias.

—Bajen los botes de salvamento —ordenó el capitán— y rastreen la zona en busca de supervivientes.

En aquel momento, Rufino Onzaín en su bote cargado de supervivientes realizaba un nuevo viaje hacia la ensenada de Valle Sereno. Había estado toda la noche rescatando náufragos y llevándoles a aquel lugar, a resguardo del temporal. De pronto, a lo lejos, uno de sus hombres avistó la silueta de un buque que se acercaba hacia donde ellos se encontraban. Remaron con todas sus fuerzas mientras a la vez hacían señales con sus camisas atadas a los remos.

—¡Es un vapor, señor, y viene en nuestra dirección!

La tripulación del Vega les descubrió, se aproximó a ellos y les subió a bordo.

Onzaín, exhausto y malherido, fue llevado a presencia del capitán Poli al que relató los pormenores del naufragio y el rescate de los supervivientes.

—Hay más de un centenar de náufragos —le comentó— refugiados en una ensenada al sur de la isla.

—¿Me puede usted llevar hasta ellos? —preguntó el capitán.

—¡Claro que sí! —contestó con firmeza el segundo oficial—. Debe usted aproximar el buque a la costa y luego arriar los botes que tenga disponibles. Y démonos prisa porque algunos de los náufragos están en muy mal estado.

—Suba al puente —indicó el capitán—. Me ayudará en la operación.

A gran velocidad el Vega, siguiendo las indicaciones de Rufino Onzaín, se acercó al lugar conocido como Pedras Duras, en las proximidades de Punta Boí, en una maniobra que resultó difícil ya que debido a la fuerte marejada era muy peligroso aproximarse a la costa.

Una vez allí arriaron tres botes y, acompañados por el segundo oficial del Príncipe de Asturias, se dirigieron al lugar donde se hallaban los náufragos, una pequeña ensenada formada por varias rocas.

Es de suponer el entusiasmo con el que fueron recibidos.

—A medida que éramos rescatados —contaron más tarde los supervivientes— recibíamos ropas de abrigo, pertenecientes a la tripulación del buque que también nos ofrecían los escasos alimentos que llevaban a bordo.

El rescate fue un ejemplo de generosidad sin límites. El Vega recogió, con la ayuda de sus botes salvavidas, a los náufragos que permanecían en el agua y a los que se encontraban al abrigo de la ensenada, en total ciento cuarenta y tres personas desnudas, sedientas y hechas polvo.

—En el mar, bajo el casco de mi buque —declaró más tarde el capitán Poli—, debía de haber más de quinientos cadáveres. Ha sido imposible hacer nada por ellos.

Tampoco se pudo enviar ningún cable a Santos informando sobre el naufragio, ya que el vapor francés no llevaba a bordo aparatos de radiotelegrafía.

A las ocho de la mañana del lunes 6 de marzo, más de veinticuatro horas después del naufragio, el Vega entró en el puerto de Santos, donde comunicó la trágica noticia.

Una multitud enfebrecida, que llevaba esperando en los muelles desde hacía dos días la llegada del Príncipe de Asturias, recibió a los supervivientes con auténtica consternación y con vivas demostraciones de afecto. Allí estaba también el señor Troncoso, agente de la Compañía Pinillos en dicho puerto, Gonzalo G. Trevijano, cónsul de España y diversas autoridades brasileñas.

las nueve y quince minutos de la mañana del día 6 de marzo de 1916 el trasatlántico español Patricio de Satrústegui que se encontraba navegando desde Río a Buenos Aires, recibió un radiograma urgente dirigido al capitán:

Príncipe perdido Punta Boí. Pedimos recoja náufragos por aquellas alturas. Eulogio Onzaín, el tercer oficial, de guardia en el puente de mando, sintió un gran sobresalto y se lanzó escaleras abajo en busca del camarote del capitán.

—¡El Príncipe de Asturias ha naufragado! ¡Nos piden desde Santos que vayamos en su ayuda!

Enrique Aparicio, capitán del trasatlántico leyó el mensaje que le mostraba el oficial e inmediatamente ordenó:

—Fuerce las máquinas al máximo y ponga rumbo hacia el lugar indicado. En unos instantes me reúno con usted en el puente.

Antes de abandonar el camarote, Eulogio Onzaín acertó a decir:

—Mi hermano Rufino viaja en el Príncipe de Asturias como segundo oficial.

—Lo sé —contestó el capitán—. No pierda la esperanza y regrese a su puesto, por favor.

Poco después del mediodía avistaron las primeras señales del naufragio: botes destrozados, cuarteles de escotillas y diversos objetos flotando en el mar.

—Éste es el lugar. A partir de aquí iniciaremos la búsqueda. Paren las máquinas y arríen al agua los botes números 11 y 12.

Patroneados por el primer oficial, Antonio Vives Orts, y el segundo oficial, José de la Hormaza y Calvo, las dos embarcaciones iniciaron con serias dificultades las tareas de reconocimiento.

Soplaba mucho viento y el mar estaba muy revuelto debido a la fuerte marejada, lo que dificultaba el avance y hacía muy peligrosa cualquier aproximación a la costa.

—Mire señor, allí, en la playa. Hay algo que brilla sobre la ensenada.

El primer oficial fijó su mirada en aquel lugar. Efectivamente había algo extraño que merecía su atención. Hizo desembarcar al tercer contramaestre y un marinero, quienes a duras penas, aprovechando un momento de calma, pudieron llegar hasta aquellas rocas, donde encontraron varias botellas de coñac vacías y un barril de aceitunas a medio consumir. Muy cerca había restos de un bote de salvamento, totalmente hecho pedazos. Lograron identificarlo como el número 17 del Príncipe de Asturias. No había duda. Todo hacía suponer que allí habían estado muy recientemente algunos de los supervivientes del naufragio.

—¡Ehh!

—¿Hay alguien ahí?

—¡Holaaaa!

Voceando con todas sus fuerzas y en todas direcciones, los dos hombres se internaron en el frondoso bosque, que comenzaba casi en la misma orilla hasta que decidieron que era materialmente imposible continuar por aquellos parajes tan inhóspitos.

—Regresemos al bote —dijo el contramaestre—. Éste no es un lugar de albergue para personas, más bien parece una guarida de las fieras. Aquí no hay nadie.

De nuevo en el bote, siguieron rastreando la zona en busca de alguna señal de vida.

Varias aves de rapiña posadas sobre una roca llamaron la atención de los marineros. Al acercarse descubrieron el cadáver de un hombre desnudo y bailando a merced de las olas. Era el tercer oficial del Príncipe de Asturias.

Mientras los dos botes realizaban su minucioso reconocimiento, el capitán, Enrique Aparicio, y el tercer oficial, Eulogio Onzaín, observaban desde el puente de mando del Patricio de Satrústegui, navegando a muy poca velocidad y con la ayuda de los prismáticos, todos los lugares próximos al siniestro.

A las cuatro y media de la tarde, convencidos ya de que era imposible que en aquel lugar hubiera ningún superviviente, se dio la orden a los botes para que regresaran al vapor. Tras una jornada de intensa búsqueda, habían logrado encontrar seis cadáveres.

Media hora después, a las cinco, el Patricio de Satrústegui se cruzó con un remolcador, que se dirigía al lugar del siniestro. Por medio de la telegrafía contactaron con él y le indicaron la localización exacta del lugar de la catástrofe.

Instantes después, el telegrafista del Satrústegui irrumpió en el puente de mando con un radiograma para el capitán.

—Señor, a bordo del remolcador viaja el cónsul de España en Santos.

Informa que a bordo de un mercante francés han llegado a Santos ciento cuarenta y tres supervivientes del naufragio. Dice también que el capitán Lotina desapareció en el océano y el segundo oficial, Rufino Onzaín, sobrevivió y está sano y salvo.

Eulogio Onzaín, que escuchaba con atención las noticias llegadas desde el remolcador, dio un tremendo suspiro de alivio. Su hermano estaba vivo y podría reunirse felizmente con él.

—Enhorabuena, Eulogio —le dijo, sonriendo, el capitán.

El martes 7 de marzo, a primera hora de la mañana, el Patricio de Satrústegui arribó al puerto de Santos. Los seis cadáveres que transportaba fueron sepultados ese mismo día en el cementerio de la ciudad, llamado de Philosophia.

INFORME SOBRE LOS CADÁVERES RECOGIDOS POR EL VAPOR PATRICIO DE SATRÚSTEGUI

El vapor Satrústegui recogió seis cadáveres que llevó a Santos y fueron enterrados en el cementerio de Sabóo.José Márquez, cuarto oficial del vapor, fue sepultado en la cuadra de Jazigo 1' sepultura carneira (nicho) n° 167 de adultos, con plazo de cinco años.Hombre de barba blanca, como de cincuenta años, vestido con camisa de dormir, marcada con las iniciales F.P., que según el personal de servicio a bordo, era el pasajero Fernando Pérez Gómez, pasajero de primera clase, que dormía en el camarote n° 34 y que viajaba acompañado de su esposa, dos hijos y una hija. Fue enterrado en la cuadra 9a, n° 318 por cinco años.Hombre de barba, de unos treinta y seis años, vestido con camisa de dormir con las iniciales L.D. Se identificó como el pasajero de primera clase Luis Descotte Jourdan, súbdito argentino. A este cadáver el capitán del vapor Patricio de Satrústegui le recogió un anillo de oro con brillante, otro anillo de hierro y una alianza con la inscripción J.A. a L.D. Sep. 23-97. Fue sepultado en la cuadra 9a de adultos, sepultura n° 317, con plazo de cinco años.Hombre aún joven, cara raspada, cabellos castaños oscuros, vestía pantalón y chaqueta de cachemira clara, calzoncillo de hilo y camisa de media color amarillo, ambos con iniciales J.P. Calzaba borceguíes negros con botones, medias negras y ligas de cuero. Es tá sepultado en la cuadra 9a de adultos, sepultura n° 319, con plazo de cinco años.

Mujer aparentemente de treinta y ocho a cuarenta años, robusta en estado de embarazada de cinco meses, vestía camisa de percal con iniciales C.B. en letras góticas y blusa azul. Suponen algunos camareros supervivientes del naufragio que la vieron, que pertenece a pasajera de tercera clase; está sepultada en la cuadra 9a de adultos, sepultura n° 315, con plazo de cinco años.Mujer de unos veintitrés años, desnuda, cabellos castaño oscuros; está sepultada en la cuadra 9a de adultos, sepultura n° 316, concedida por cinco años. Algunos camareros náufragos que la vieron suponen puede tratarse del cadáver de una pasajera de segunda clase. Fueron retirados del cadáver un par de pendientes pequeños de oro teniendo en medio como una media pepita negra incrustada. El día 6 de marzo, un día después del naufragio la noticia se difundió rápidamente. El cónsul español en Santos informó al ministro plenipotenciario de España en Persépolis y éste, a su vez, transmitió la noticia a España a través de un radiograma que decía,

(6 marzo, 10.50 a.m.)

Príncipe de Asturias naufragó Punta Boí.

A partir del día siguiente, 7 de marzo, los periódicos de todo el mundo dedicaron páginas enteras a la noticia. De esta forma empezaron a conocerse algunos nuevos detalles y pormenores del naufragio.

LA CATÁSTROFE DEL PRÍNCIPE DE ASTURIAS

Nuevos detalles del siniestro

Buenos Aires, 7. El diplomático yanqui mister Deimhann, logró ganar la tierra a nado. Peor suerte tuvo el ciudadano argentino Luis Descotte, cuyo cuerpo acabó completamente destrozado contra las rocas al intentar llegar a tierra.

LA ODISEA DE ANTONIO FRANCO, UN PEQUEÑO NÁUFRAGO DE DIEZ AÑOS DE EDAD

Montevideo, 10. Se comenta en Río de Janeiro la valentía de un niño español que ha conseguido salvarse del siniestro.Antonio Franco, con tan sólo diez años de edad, tuvo la cabeza lo suficiente serena como para superar la histeria y lanzarse al agua con uno de los chalecos salvavidas. Una vez en el mar, sufrió el vergonzoso ataque de uno de los pasajeros que, tras un violento forcejeo, consiguió robarle el flotador. Antonio, sin perder la calma, siguió nadando, con rápidas brazadas, tratando de alcanzar la playa.«Me costó llegar a tierra a nado —declaró al ser rescatado—, pero ya estoy aquí y ahora me propongo ir a Buenos Aires, pues aquí en el chaleco tengo cinco pesetas que me dio mi padre al salir de casa».

Río de Janeiro, 7. El Príncipe de Asturias soportaba desde el sábado un violento temporal. Los pasajeros salvados dicen que el choque fue horriblemente violento. El vapor se partió en dos y no hubo tiempo material para arriar más que contados botes, ni siquiera para pedir auxilio por la radiografía. Las pocas personas que se han salvado parece que se refugiaron en una isla desierta, donde se sentía un calor infernal, padeciendo los náufragos los efectos terribles de la sed.

LA NOTICIA EN ESPAÑA EL JEFE DEL GOBIERNO HABLA A LOS PERIODISTAS

Madrid, 7. El conde de Romanones, jefe del gabinete, al recibir a los periodistas esta mañana, les habló del asunto visiblemente emocionado, calificando la pérdida del Príncipe de Asturias de verdadera desgracia nacional.Añadió que en todo momento una catástrofe de estas proporciones da origen a la exteriorización del sentimiento público; pero en las actuales circunstancias, la pérdida del Príncipe de Asturias representa algo más, que tiene relación directa con la economía nacional. Se trata de uno de los mejores paquetes de la Marina española y su tonelaje representa casi la mitad del tonelaje neto que anualmente se incorpora a la Marina mercante nacional. Es, por consiguiente, una pérdida doblemente sensible.

TELEGRAMA DE S.M. EL REY

Madrid, 7. S.M. el rey ha enviado a la naviera Pinillos Izquierdo y Cía el siguiente telegrama, una vez conocido el naufragio del Príncipe de Asturias:La reina y yo profundamente conmovidos al conocer triste noticia del naufragio del vapor Príncipe de Asturias compartimos de corazón el dolor por la pérdida de tantas y tan preciosas vidas; le ruego transmita a las familias de las víctimas la expresión de nuestro pésame más sincero y de nuestra simpatía en estos angustiosos momentos.

ESCAPA POR CUARTA VEZ DE UNA MUERTE SEGURA

La Independencia, 11. Entre los tripulantes salvados del naufragio del Príncipe de Asturias figura Diego Iglesias Rivas, natural de Almería. Este marinero ha escapado por cuarta vez de la muerte y quiera Dios que sea la última que se vea en tan triste situación. Nuestra enhorabuena a tan afortunado paisano, a su novia y a su familia.

EN MUCHAS CASAS DE BARCELONA REINA UNA DESESPERANTE DESOLACIÓN

La Vanguardia, 9. Es indescriptible la consternación que reina en la populosa barriada de la Barcelone ta. No se habla más que del naufragio, pues más de la mitad de los tripulantes residían allí con sus familias.

UNA FAMILIA DE ALMERÍA VÍCTIMA DE LA CATÁSTROFE DEL PRÍNCIPE DE ASTURIAS

El Defensor de Almería, miércoles, 16 de marzo de 1916

Almería, 16. Se encuentra en Almería el vecino de Albánchez, don Pantaleón Palenciano, que sufre el inmenso dolor de haber perdido diez seres queridos en la catástrofe ocurrida al Príncipe de Asturias.Con gran congoja y pesar indescriptible, nos ha referido dicho señor Palenciano que en el puerto de Almería embarcaron, con destino a Buenos Aires, una hija suya, el marido de ésta y sus ocho nietos.El día antes de la catástrofe tuvo el desventurado abuelo una carta de Las Palmas, en que su familia le daba cuenta del feliz viaje que realizaban.

LLEGA A BUENOS AIRES EL SUPERVIVIENTE MÁS JOVEN DEL PRÍNCIPE DE ASTURIAS

Buenos Aires, 10 de marzo. Entre los náufragos ha llegado una pequeña criatura, Pedro García, de año y medio, a quien salvaron por una curiosa confusión que le dio la vida. Uno de los pasajeros, que viajaba con sus tres hijos, en un momento desesperado, al caer al mar, creyendo salvar a uno de ellos, recogió a esta criatura y se la llevó con él. Los dos lograron salvarse. Pedro García, cuyos padres han muerto, ha llegado a Buenos Aires con el resto de náufragos.

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