Naufragio

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TERCERA PARTE » Octubre de 1991

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Octubre de 1991

eTENTA y cinco años después del naufragio del Príncipe de Asturias, en el mes de octubre de 1991, se hizo realidad el sueño de gran número de ciudadanos argentinos, cuyo objetivo era rescatar las veinte estatuas de bronce que descansaban en el fondo del océano junto a los restos del trasatlántico.

Pocos se acordaban ya de la tragedia cuando varios buceadores de una empresa holandesa, especializada en rescates marítimos, se sumergieron en las peligrosas aguas de Ilhabela y en medio de una visibilidad casi nula, motivada por las constantes y fuertes corrientes de la zona, trataron de rescatar los tesoros del buque naufragado.

Aunque una parte considerable de su estructura quedó enterrada en la arena, todavía era posible identificar algunas zonas del vapor, de la sala de máquinas y unos cuantos ojos de buey de la cubierta de segunda clase.

El Príncipe de Asturias reposa en las profundidades del océano, a unos cuarenta y cinco metros de profundidad, con el casco lleno de herrumbre y convertido en un arrecife bajo un espeso manto de vegetación exuberante, de algas y de crustáceos. Una zona en la que habitan varias familias de peligrosos tiburones que invitan a desistir de sus propósitos a muchos de los que persiguen curiosear por el entorno del famoso trasatlántico español.

A lo largo de todos estos años, desde que en 1916 el buque desapareció bajo las aguas del océano, han sido muchas las expediciones que no le han dejado descansar tranquilo y han tratado de rescatar algunas de sus pertenencias.

El objetivo principal de la mayoría de estos buceadores era el oro que, según se decía, transportaba con destino a Argentina, así como las joyas de los numerosos pasajeros de primera clase que viajaban en el lujoso trasatlántico. Ni lo uno ni lo otro se encontró nunca. Al menos, que se sepa.

Pero en el año 1991 la expedición holandesa tenía otra finalidad. Se trataba de intentar recuperar el mayor número posible de las estatuas que llevaba a bordo el Príncipe de Asturias y cuyo destino era el Monumento de los Españoles de la ciudad de Buenos Aires. Varios ciudadanos argentinos y brasileños habían creado la Fundación Iberoamericana Príncipe de Asturias cuyo objetivo era el apoyo al rescate de las esculturas originales del monumento que fueron donadas por la comunidad española residente en la Argentina para la conmemoración del Centenario de la Independencia Nacional.

Se pudo rescatar una ninfa la cual, pese al lógico deterioro ocasionado después de tantos años sumergida en el océano, mantenía todavía sus exquisitas formas cinceladas por las manos del maestro Querol, autor del proyecto original. Los buzos que participaron en las tareas del rescate informaron de que pudieron localizar las otras estatuas que existen en el fondo del mar junto a la estructura del buque. Por razones financieras, dado que era un proyecto de muy bajo presupuesto, sólo se pudo, lamentablemente en esa ocasión, rescatar una pieza.

La ninfa se encuentra actualmente en el Museo Naval de Ilha das Cobras, en Río de Janeiro, bajo la custodia de la Armada y a la espera de que las autoridades brasileñas den definitivamente, tras resolver los complicados requisitos necesarios, la autorización correspondiente para trasladarla a Argentina.

cresa empujó la puerta artesonada de hierro forjado que conducía al jardín de la residencia donde vivía su madre y la buscó con la mirada. Bajo el mismo olmo de todas las tardes, como si no hubiera transcurrido el tiempo, la encontró con su sonrisa de siempre, y como siempre también, con la mirada perdida en el vacío. Se sentó a su lado y le cogió una mano a la vez que le daba un beso en la mejilla.

—Hola, mamá.

No hubo más respuesta que un silencio ausente.

Teresa regresaba de un breve viaje a Brasil, donde había ido con el fin de conocer el lugar donde decían los documentos que estaba enterrado el abuelo. Voló toda una noche a través del Atlántico, aterrizó en Sáo Paulo, alquiló un coche y se fue a Santos y después por mar a Ilhabela. Una vez allí contempló el océano y caminó hasta la torre blanca del faro de Punta Boí, desde donde descubrió el peligroso saliente de Punta Pirabura, contra cuyos arrecifes se estrelló el trasatlántico español en aquella aciaga madrugada del 5 de marzo de 1916. Todos aquellos parajes, sobre los que tanto había leído, ahora se le mostraban próximos y al alcance de su mano.

La playa de Ponta do Meio, a la que llegó en una pequeña embarcación, le pareció un lugar tranquilo, al resguardo de los vien tos y de las frecuentes marejadas, situada en un recodo de la bahía do Sombrio, muy cerca del lugar donde naufragó el Príncipe de Asturias. Precisamente esa proximidad le hizo pensar que quizás su abuelo intentó ganar la costa a nado y, como otros muchos, pereció con el cuerpo despedazado contra las rocas.

Al atardecer de ese mismo día, sentada sobre unos riscos cerca de la playa y viendo el monótono ir y venir de las olas mansamente, durante apenas unos instantes que le parecieron toda una eternidad, Teresa arrojó al mar toda su inmensa soledad. Se enjuagó unas lágrimas, cerró los ojos y al abrirlos de nuevo se sintió bien, mejor que nunca. Se puso de pie, desanduvo un largo camino y regresó a Barcelona, de donde había partido unos pocos días antes.

Le llevó a su madre un puñado de arena y unos pétalos de las flores que crecían en aquel lugar tan lejano. Las había conservado entre las páginas del mismo libro donde guardaba las viejas fotografías de los abuelos.

Tras un breve silencio, abrió aquel volumen y le mostró las flores, todavía verdes, de contornos suaves y redondeados.

—Son del abuelo, mamá. Crecen en su jardín, muy lejos de aquí. Está en lo alto de una playa, en un mirador rodeado de árboles frondosos y de plantas donde brotan las más maravillosas flores que puedas imaginarte.

Sacó del bolso un saquito blanco, desanudó un cordoncillo, lo abrió y derramó sobre su mano izquierda un poco de arena. Se la mostró a su madre.

—Huele, mamá. Ésta es la tierra en la que reposa el abuelo.

Teresa tomó la mano de su madre, la abrió dulcemente y le derramó un poco de arena. Luego le cerró la mano y la sujetó con la suya. Su madre apretaba con una fuerza increíble la mano cerrada y parecía que intentaba penetrar en el interior de cada uno de los granos de arena que mantenía dentro de ella.

Sonreía.

—¿Recuerdas todo lo que te conté y todo cuanto te leí sobre el naufragio de aquel fabuloso trasatlántico llamado Príncipe de Asturias? Creo que he llegado al final, mamá; creo que he cerrado todas las ventanas que permanecían todavía abiertas.

Aun sabiendo que su madre no comprendería nada de cuanto le dijera, Teresa le hizo un pormenorizado relato de todos sus hallazgos relacionados con el naufragio. Le habló de sus encuentros con los familiares de los supervivientes, le contó su viaje a Brasil y de su intensa búsqueda en los legajos del Archivo General de la Administración; le mostró varias fotografías y, por fin, trató de hacerle entender que había encontrado la sepultura del abuelo en una de las playas de Ilhabela, y que éste reposaba en una tierra hermosa, muy bella, y de la que alguien en una ocasión dijo que era el paraíso.

Teresa advirtió algo extraño en el semblante de su madre, una sensación de paz muy poco habitual.

Con el puño todavía cerrado y muy apretado, reteniendo la arena, la anciana suspiró.

A decir verdad fue algo más que un suspiro.

Teresa notó, a través de la mano que le tenía cogida, un escalofrío que traspasaba a su piel.

Y la inundó una paz infinita.

—¿Mamá? —dijo Teresa—. ¿Estás bien?

—Papá —respondió la anciana, con una insospechada dulzura— ha traído una muñeca de porcelana para mí y un broche de nácar para mamá.

Una pequeña nube ocultó el sol durante unos breves instantes y una ráfaga de aire, una suave brisa de otoño, hizo volar algunas hojas amarillentas del jardín de la residencia.

Teresa se levantó y caminó despacio hacia la puerta de salida, que se le antojó como un agujero de la memoria.

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