Naufragio
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Abril de 1916
1 día 20 de marzo de 1916 los tripulantes supervivientes del Príncipe de Asturias iniciaron el viaje de regreso a España a bordo del vapor de la Compañía Trasatlántica, Patricio de Satrústegui.
Fueron despedidos en el puerto de Santos por el cónsul de España, las autoridades brasileñas, el agente de la Compañía Pinillos y gran número de personas pertenecientes a la colonia española.
Antes de zarpar, el juez brasileño que instruyó el sumario sobre el naufragio, solicitó autorización del capitán Enrique Aparicio para dirigirles unas palabras. Felicitó a todos en general por su buen comportamiento en aquellos momentos de peligro y, al mismo tiempo, pronunció unas sentidas palabras en memoria de las víctimas.
—Quiero dejar constancia —añadió al término de su intervención— de que una vez oídas las declaraciones de todos los pasajeros y tripulantes supervivientes, todos ellos coinciden en alabar la conducta heroica del segundo oficial, Rufino Onzaín, quien a pesar de hallarse desfallecido y malherido permaneció once horas al frente de una débil embarcación, defendiéndola hábilmente contra los elementos y consiguiendo salvar de una muerte segura a un gran número de personas.
Emocionado, Onzaín recibió un documento en el que se acreditaba en nombre de la justicia el citado agradecimiento por su comportamiento en el naufragio.
El 4 de abril el Patricio de Satrústegui llegó a Santa Cruz de Tenerife y dos días más tarde, a bordo del vapor Barcelona, iniciaron la travesía hacia la península. Llegaron primero a Cádiz y después a Barcelona, en cuyo puerto hicieron su entrada al atardecer del lunes 17 de abril de 1916, cuando se cumplían dos meses exactos de la salida del Príncipe de Asturias del puerto de Barcelona.
En el muelle de Baleares, la joven Mariona y sus dos niñas esperaban la llegada del bodeguero Javier Noceda, y doña justa pudo abrazar, por fin, a Manuel Salagaray.
Centenares de personas asistieron, emocionadas, a la llegada de los tripulantes supervivientes del naufragio. Un anciano de cabello blanco quiso acudir también aquella tarde al puerto de Barcelona, al que nunca llegó su hijo Miguel Balmas Jordana.
Cuatro días antes, el 13 de abril, a las once de la mañana, se produjo un hecho que tuvo escasa repercusión en los medios de comunicación. A ochenta millas de Barcelona, un submarino alemán torpedeó al buque mercante francés Vega, que procedente de Brasil se dirigía al puerto de Marsella con un cargamento de café, cacao y tabaco. Su capitán, Auguste Poli, recibió el aviso de los alemanes para que abandonara el buque antes del ataque. Una vez todos los tripulantes estuvieron en los botes salvavidas, el Vega fue hundido con dos cañonazos y un torpedo. La tripulación estuvo varias horas a merced de las olas hasta que fueron recogidos por el vapor correo español Jaime II.
El Vega había salvado a ciento cuarenta y tres náufragos del Príncipe de Asturias.
Ramón Hernández, que viajaba con su esposa y sus dos hijos gemelos, fue incluido desde el primer momento en la relación de desaparecidos, ya que ni él ni su familia se encontraban entre los supervivientes que fueron rescatados por el mercante francés Vega. Sin embargo, siete días más tarde fue encontrado con vida por unos pescadores en la pequeña isla de Buzios, próxima a la de San Sebastián. Había llegado allí, totalmente extenuado, con su hijo Juan de cuatro años y los tripulantes Diego García y Joaquín Sánchez.
—Cuando caí al agua —declaró a la prensa al llegar a Santos— la cerrazón y la oscuridad eran completas. No veía nada. Llevaba a mi hijo en brazos y nadé con todas mis fuerzas hasta que conseguí agarrarme a algo que flotaba. Era una de las balsas del Príncipe de Asturias en la que estaban dos tripulantes del vapor. Las corrientes nos apartaron muy rápidamente del lugar del siniestro y nos llevaron a una isla donde fuimos debidamente atendidos por unos pescadores. Habíamos estado más de doce horas en el mar, perdidos completamente. Aquellas pobres gentes cuidaron de nosotros hasta que después de siete días, cuando amainó el temporal, nos trasladaron en una piragua a Villa Bella, en la isla de San Sebastián. Desde allí telegrafiaron a Santos dando conocimiento de nuestra salvación.
Este suceso conmovió de manera muy especial a la opinión pública, ya que habían transcurrido muchos días y, naturalmente, se les daba por muertos.
Las embajadas de España en Argentina, Brasil y Uruguay recibieron centenares de cartas en las que se daba cuenta de la situación desesperada en que habían quedado muchos hogares, sumidos en la desolación y la ruina tras la pérdida de varios de sus familiares. En todos esos países se inició una campaña muy generosa de donaciones para paliar la situación de las víctimas del naufragio.
Años después, la memoria borró el recuerdo de aquella tragedia.
onocí la historia del Príncipe de Asturias a través de Fernando García Echegoyen, marino mercante, experto en naufragios y excelente amigo desde nuestro ya lejano primer encuentro. Quiero darle las gracias por su paciencia infinita conmigo y por sus siempre acertadas recomendaciones.
Para escribir este libro he investigado, durante dos largos años, en todo tipo de archivos tratando de reconstruir fielmente aquel viaje que se inició en Barcelona el 16 de febrero de 1916 y cuyo trágico final aconteció en la madrugada del 5 de marzo, en la costa de Brasil.
Le debo mucho a Canal de Historia y especialmente a Mercedes Rico y a Pedro Lozano, que creyeron que el naufragio del Príncipe de Asturias podía ser un buen documental de televisión. El posterior guión y el trabajo de investigación para éste fue el germen de esta novela.
La verdad es que ha sido muy difícil rescatar del olvido la historia del Príncipe de Asturias. Nuestro particular Titanic había desaparecido, casi por completo, de la memoria de nuestro país e incluso de las efemérides de los periódicos. Por eso me gustaría reseñar y agradecer el apoyo que he encontrado en muchas personas e instituciones.
Javier Aznar Colet y Silvia Dahl me abrieron las puertas del Museu Maritim de Barcelona, donde se conservan muchas fotografías, documentos, así como una hermosa maqueta del trasatlántico.
Los funcionarios de la Biblioteca Nacional y de las hemerotecas de Barcelona, Madrid y Sevilla hicieron posible que pudiera encontrar todas las noticias e informaciones en torno al naufragio aparecidas en la prensa de todas las provincias españolas, así como en diversos países de todo el mundo. Agradezco, de un modo muy especial, a Cristina Antón, de la sección histórica de la Hemeroteca Municipal de Madrid, sus buenos consejos y, sobre todo, su interés por el proyecto.
Todos los personajes de la novela son reales, como lo son sus historias e, incluso, la mayoría de los diálogos. Para la labor de recuperación de todas esas vivencias he contado con la valiosísima colaboración de los familiares de gran número de pasajeros y tripulantes del Príncipe de Asturias. La relación sería interminable pero quiero dejar constancia, sobre todo, de mi agradecimiento a Isabel Saavedra, a Miren Lotina, a Cristina y a Víctor Salagaray, a Panchy y Mario Onzaín, a la familia Usero, en Almería, y a Carolina Zapata, que desde México me ha manifestado en repetidas ocasiones su aliento por este trabajo.
He conversado mucho, también, con Laura García Lordello, sobrina de Marina Vidal Castro. Desde Santos me escribió una carta emocionante, que conservo con mucho cariño.
He querido, en todo momento, respetar la verdad de cuanto ocurrió a bordo del trasatlántico español Príncipe de Asturias y ponerme en la piel de cada uno de los protagonistas. Tan sólo el personaje de Teresa es producto de la ficción. Pero no así la historia de sus abuelos, que es auténtica y que me conmovió desde el primer momento en que su nieta, una buena amiga, me la contó.
Con el periodista brasileño, José Carlos Silvares, infatigable investigador del naufragio, he mantenido largas e interesantes con versaciones a través de internet. Y a Rico Blay, también en Brasil, le agradezco su colaboración, sus sugerencias y su amistad.
El novelista uruguayo Juan Antonio Varese me sirvió de gran ayuda para rastrear los archivos de Montevideo.
Juan Manuel Otero, en Buenos Aires, es un amigo incondicional que sigue trabajando, con gran entusiasmo, por la recuperación de las estatuas sumergidas en el Atlántico. Ojalá él y su gente consigan repatriar esa primera estatua, ya rescatada y que se conserva en Río de Janeiro, con ocasión de los festejos del bicentenario de Argentina en 2010.
Tomás Betrán Acín, desde Barcelona, me ha ayudado a recrear los ambientes de mi entrañable ciudad natal, en aquellos años de comienzos del siglo xx.
Carlos Peña Alvear, que navegó por todos los mares y océanos como capitán de la Compañía Trasatlántica, ha estado siempre dispuesto, en largas conversaciones telefónicas o en torno a un café, para asesorarme sobre el argot y los procedimientos de la navegación y de la marina mercante a principios del siglo xx.
El equipo al completo de la sala de investigadores del Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares, ha sido fundamental en mi labor de investigación. Gracias a ellos pude encontrar documentos inéditos sobre el naufragio y emocionantes historias familiares. Recuerdo, de manera muy especial, aquella mañana en que noté un cosquilleo en el estómago al descubrir uno de esos documentos, lo envié por fax a García Echegoyen y, al rato, me llamó para decirme que ese legajo que le acababa de enviar revelaba de forma inequívoca el enterramiento del capitán Lotina. Yo estaba en la calle, frente al archivo, y creo que lloré de emoción.
No quisiera olvidar tampoco a un montón de gente que me ha aportado datos imprescindibles y que ha dedicado mucho de su tiempo para ayudarme en mi trabajo: Yolanda y Ana Gesteira Ponce, del Archivo del Concello de Redondela; Emilio García, del centro de Información de la Embajada de Estados Unidos en Madrid; don Ermelindo José Enterríos Silva, cura párroco de San Fausto de Chapela; Mirta Magariños, en Montevideo; Enrique Boix Campos, que me ayudó a rastrear el diario Las Provincias de Valencia; Alejandro Santa, de la Biblioteca del Congreso de la Nación, en Buenos Aires; José María Otero, de la hemeroteca del Diario de Cádiz; Julián A. Ezquerro, responsable de la biblioteca del Museo Histórico Sarmiento de Buenos Aires; los responsables del archivo de la Universidad de Glasgow; Montse Segalá, que me abrió las puertas de la Universidad de Barcelona; Valle Távora de la Facultad de Medicina de Sevilla; los responsables del archivo y la biblioteca del Museo Naval de Madrid; Rodrigo Santos Daparte, del consulado de España en Santos; Agustín Rodríguez, historiador del Sevilla Club de Fútbol; Alicia Torres Déniz, del Arxiu de Barcelona; y a Gema Gutiérrez, que me sugirió el título de la novela.
Quiero dar las gracias, también, de un modo muy particular:
A Ymelda Navajo, directora de La Esfera de los Libros, por haber confiado en mi proyecto.
A Berenice Galaz Villasante, mi editora, por haber estado a mi lado, siempre. Por sus buenos consejos. Por sus palabras de ánimo. Por su sonrisa permanente.
A Paz López Felpeto, que me ha ayudado a corregir los textos de mi novela.
A mi esposa, mi compañera Carmen, por haber sido cómplice de mis largas ausencias, cuando he permanecido tantas horas y tantos días a bordo del Príncipe de Asturias, viviendo otras vidas distintas a la mía.
A mis hijas, que leyeron el primer manuscrito y me ayudaron a corregirlo y a mejorarlo.
A Luis del Val, buen amigo, que ha sabido alimentar mi ilusión por el proyecto.
A todos los familiares y descendientes de los pasajeros y tripulantes del Príncipe de Asturias. Mi mejor recuerdo y homenaje a todos cuantos perdieron la vida en ése y en cualquier otro naufragio. Ojalá la memoria de sus antepasados deje de permanecer en el olvido.
Al mar y a su inmenso poder de seducción.
A mis sueños de cada noche, de entre los que ha surgido esta novela.
A Penkas, nuestra perra, que conoce mejor que nadie, probablemente, mis quebraderos de cabeza para dar vida a los personajes.
A Malgrat de Mar, en el Maresme catalán, donde hace años aprendí a soñar con antiguos buques hundidos en la costa.
Y a Majadahonda, en Madrid, donde he encontrado la serenidad y la paz necesarias para escribir este libro.
Apéndice
* Este listado ha sido elaborado por el autor basándose en listas parciales aparecidas en periódicos de la época, porque no existe ninguna lista oficial de la Compañía Pinillos. Todas las personas del listado estaban en el buque pero no están todos los que embarcaron en el último viaje del Príncipe de Asturias. La suma de estas listas da 411 pasajeros y tripulantes, pero se calcula que en el vapor viajaban más de 600 personas porque las listas de pasajeros de tercera clase y tripulantes están incompletas. Sólo sobrevivieron 59 pasajeros y 87 tripulantes.
PRIMERA CLASE
SEGUNDA CLASE
CLASE ECONÓMICA
TERCERA CLASE
RELAQÓN DE SUPERVIVIENTES
Primera clase (7 pasajeros)
Segunda clase (9 pasajeros)
Segunda clase económica (9 pasajeros)
Tercera clase (34 pasajeros)
TOTAL 59 pasajeros (2 niños, 6 mujeres, 51 hombres)
Tripulantes
TOTAL 87 tripulantes
RELACIÓN DE TRIPULANTES FALLECIDOS DE LOS QUE SE CONOCE EL NOMBRE
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