Muertos prescindibles
—¿Quieres que te acompañe?
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—¿Quieres que te acompañe?
My apagó el motor y se volvió hacia Billy, que estaba a su lado, en el asiento del acompañante. Acababan de detenerse delante de la terminal 4 de Arlanda. Billy echó una mirada rápida al reloj. Faltaban cuarenta y cinco minutos para que saliera el avión.
—No, no hace falta. Además, aquí el aparcamiento cuesta un ojo de la cara.
—Como quieras.
Billy se soltó el cinturón de seguridad, se inclinó hacia ella y le dio un beso.
—Te llamaré cuando sepa cuánto tiempo estaré fuera.
My asintió y entonces Billy abrió la puerta del coche y salió. Acababa de sacar su equipaje del maletero cuando oyó que se abría la puerta del lado del conductor y vio que My salía del vehículo.
—Cuando vuelvas… —empezó ella andando hacia él.
—No sé.
—¿Qué?
—Todavía no sé cuándo volveré —repitió Billy mientras cerraba el maletero—. Te lo diré en cuanto lo sepa.
—No, no es eso lo que quería decirte —replicó My, acercándose aún más. Cuando estuvo junto a él, lo cogió por un lado de la cazadora desabrochada—. He dicho que cuando vuelvas…
—¿Sí?
—¿Qué te parece si nos vamos a vivir juntos?
Billy habría podido enumerar fácilmente por lo menos veinte preguntas que no lo habrían sorprendido tanto como la que acababa de formularle My. No sabía cómo responder, pero también se daba cuenta de que el silencio era la peor respuesta imaginable. Sin embargo, no lograba articular una contestación. La posibilidad de vivir juntos ni siquiera se le había pasado por la cabeza. ¿Cuánto tiempo hacía que salían? Desde la noche de San Juan. ¿Cuánto era eso? Unos tres meses, aproximadamente. ¿No era demasiado pronto? Y si lo era, ¿podía decirlo? En cualquier caso, estaba obligado a pronunciarse.
—No quieres —dijo My, confirmando su sensación de que estaba tardando demasiado en contestar.
—No, es sólo que me he quedado un poco sorprendido.
—¿Porque hace poco tiempo que nos conocemos?
—Sí, en parte por eso, pero también… —No completó la frase. ¿Qué más podía decir? No disponía de mejores argumentos que diez segundos antes—. O, mejor dicho, sí. Es por eso.
—Pero nos llevamos muy bien y prácticamente vivimos juntos, aunque cada uno conserva su casa.
Era cierto. Habían pasado mucho tiempo juntos desde el principio de su relación y casi se podía decir que vivían juntos, tal como había señalado My. A veces se quedaban en casa de ella, pero la mayoría de las noches las pasaban en casa de Billy, que llevaba cierto tiempo trabajando muy poco. En las últimas semanas no hubo mucho que hacer en la oficina y, antes de eso, Billy había estado apartado de sus funciones. Le habían abierto una investigación interna por haber matado a Edward Hinde de un disparo. La policía siempre investigaba los casos en los que un policía disparaba su arma reglamentaria, sobre todo cuando había víctimas mortales. Pero después de varios interrogatorios y de dos visitas a Håkan Persson Riddarstolpe, psicólogo de la dirección general, le habían permitido reintegrarse a su puesto.
Billy observó que My lo miraba con expresión amenazadora. No iba a tener más remedio que darle una respuesta.
—¿Dónde quieres que vivamos? ¿En mi casa? —dijo finalmente.
—Puede ser en la tuya, en la mía o en una casa nueva que compremos… De eso hablaremos más adelante. Ahora lo importante es saber si tú quieres.
—Sí… Sí, claro que quiero —respondió Billy—. De verdad —añadió, esperando que My prestara más atención a las palabras que al tono titubeante con que las formulaba.
—Muy bien, lo hablaremos cuando vuelvas. Suerte con la investigación.
Se puso de puntillas y le dio un beso. Bill se quedó detrás del coche, con la maleta en la mano, mientras ella volvía a ponerse al volante y arrancaba.
Se despidió con la mano y ella le devolvió el saludo.
Mientras cruzaba la calle, un taxi tocó el claxon. Se volvió para mirar y vio a Vanja en el asiento del acompañante.
También Vanja lo saludó con la mano y él la saludó a ella.
Se detuvo para esperarla.
Era un poco extraño, pero no pudo evitar pensar que Vanja y My nunca habían estado tan cerca la una de la otra como en esos últimos segundos, cada una en un coche diferente. Nunca habían coincidido. Estaba pensando en irse a vivir con My, y sin embargo Vanja, la más cercana de sus colegas y quizá su mejor amiga —o por lo menos su mejor amiga hasta hacía poco—, ni siquiera conocía a su novia. ¿No era una señal inequívoca de que estaban yendo demasiado deprisa? ¿O sería simplemente la prueba de su cobardía por no haberse atrevido a presentarlas? ¿Era por eso que no había querido que My lo acompañara al interior de la terminal? Estaba bastante seguro de que a Vanja no iba a gustarle My y existía cierto riesgo de que el sentimiento fuera mutuo.
Era un problema.
Pero quizá acabara por resolverse solo. Faltaba poco para que Vanja se marchara a hacer un curso en Estados Unidos. Era casi seguro que una de las tres plazas disponibles sería para ella. Billy ni siquiera se había molestado en presentar la solicitud. Se decía que no quería vivir tres años en el extranjero, que el contenido del curso no era para él y que ya encontraría otros programas de formación más acordes con sus inquietudes si alguna vez decidía seguir estudiando. Algún curso sobre temas más técnicos. Algo más propio de su ámbito.
Todo eso era cierto en parte, pero en el fondo Billy sabía que una de las razones por las que no había presentado la solicitud era porque no sabía cuál sería su reacción si Vanja conseguía una plaza y él no.
—¡Hola! ¿Por qué estás tan pensativo? —le preguntó Vanja mientras lo saludaba con un abrazo.
—¿Pensativo yo? No, para nada.
A raíz de su investigación, de la falta de trabajo en la unidad y de la concentración de Vanja en las pruebas del FBI, prácticamente no se habían visto en los últimos meses. Ahora Billy se daba cuenta de que la había echado de menos.
—¿Cómo has llegado hasta aquí?
—Me trajo My en coche.
—Ah, ¿de modo que todavía estás con My?
¿Eran imaginaciones suyas o había un punto de decepción en el tono de Vanja?
—Sí, todavía.
—Me alegro.
No le preguntó cuándo pensaba presentársela.
Él tampoco sacó el tema.
Se encaminaron juntos hacia la terminal.
Billy y Vanja entraron en el vestíbulo y enseguida vieron a Torkel y a Ursula junto a las pantallas que anunciaban las llegadas y las salidas. A su lado había una mujer joven, de unos veinticinco años. Alta, bastante más que Vanja, más de metro ochenta. Pelo largo y castaño, recogido en una sencilla coleta. Rostro huesudo y alargado. Ojos de mirada despierta, de color azul claro, que se volvieron hacia Billy y Vanja cuando Torkel levantó la mano para saludarlos. Después de los abrazos de bienvenida, Torkel se volvió hacia la joven alta y delgada, que hasta ese momento se había mantenido al margen, observándolos con una sonrisa.
—Esta es Jennifer, de la que ya os he hablado. Vendrá con nosotros.
Vanja le tendió la mano.
—Encantada. Yo soy Vanja.
—De hecho, ya nos conocemos.
—¿Ah, sí?
—Sí, nos vimos hace unos meses, en una cantera de grava en Bro, cuando encontré un vehículo quemado que vosotros estabais buscando.
¡Claro! Vanja asintió en silencio. Que no recordara a Jennifer obedecía en parte a que se trataba de una agente uniformada que le había presentado un informe en algo así como treinta segundos, y en parte a que ella misma se había esforzado por olvidar aquel día. Hacía un calor insoportable, estaba enfadada y con resaca, y le había dicho a Billy que se consideraba mejor policía que él, lo que había estado a punto de costarle la relación de amistad entre ambos y de acabar con el grupo. Después, Billy y ella habían hablado al respecto. Lo habían resuelto. Pero a veces tenía la sensación de que no habían logrado recuperar del todo lo que había entre ellos antes de aquel día en la cantera de grava de Bro.
—¿Encontrasteis al chiquillo? —preguntó Billy, después de estrecharle la mano a la recién llegada.
—¿Perdón?
—¿No estabais buscando a un niño desaparecido cuando encontraste el coche quemado?
—¡Sí, claro que sí! Lukas Ryd. Lo encontramos, sí. Había salido a dar una vuelta y se había perdido.
Jennifer le sonrió a Billy. A diferencia de Vanja, él se acordaba de ella y también de lo que estaba haciendo cuando se habían conocido. Era una persona observadora, que se había fijado en ella. Billy le devolvió la sonrisa.
Vanja retrocedió un paso.
Cuando Torkel le había anunciado su intención de incorporar al grupo a una potencial sustituta suya, no había pensado que fuera a ser tan joven. Y cuando sonreía, aparentaba menos edad todavía. Se le borraban las líneas duras en torno a los ojos y parecía más relajada. ¿De verdad podía sustituirla una persona tan joven y con tan poca experiencia? ¿En qué estaría pensando Torkel?
¿No valía ella mucho más que eso?
Claro que sí.
De hecho, muy pronto se iría a ampliar su formación en Estados Unidos. Por eso Jennifer estaba ahí. En realidad, Vanja se alegraba de que Torkel ya hubiera elegido una sustituta, porque eso significaba que estaba seguro de que iban a concederle la plaza. Se había visto obligado a asegurar el futuro de su equipo. En honor a la verdad, Vanja también era joven e inexperta cuando Torkel la había contratado —tenía que reconocerlo—, ¡pero no tanto!
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un comentario de Ursula.
—Bueno, se nos ha acabado la tranquilidad.
Vanja se volvió hacia las puertas giratorias y vio a Sebastian, que se dirigía hacia ellos con una sonrisa satisfecha y autocomplaciente en los labios, una sonrisa que pocas semanas antes la habría sacado de quicio. Ahora, sin embargo, se limitaba a observarla.
—Me estáis esperando a mí, ¿no? —dijo Sebastian, y dejó la maleta en el suelo y le dio un abrazo a Vanja—. Me alegro de volver a verte.
—Yo también.
Billy se los quedó mirando. No acababa de entender la relación entre los dos. O, mejor dicho, sí, la entendía. Vanja había olvidado su rencor hacia Sebastian cuando este le había ofrecido a Hinde cambiarse por ella, a cambio de que la dejara ir. Eso lo podía entender.
Pero había algo más.
Edward Hinde había dirigido sus asesinatos únicamente contra mujeres que habían mantenido relaciones sexuales con Sebastian, y en una lista de potenciales víctimas, Billy había encontrado el nombre de la madre de Vanja. Así pues, era indudable que Sebastian se había acostado con Anna Eriksson. Billy había investigado un poco el asunto por su cuenta mientras estuvo apartado de su puesto, pero no había llegado a ninguna conclusión. Por un lado, le resultó imposible determinar dónde y cuándo se habían conocido Sebastian y la madre de Vanja, y por otro, le había parecido un poco sucio hurgar en la vida sexual de la madre de una colega. Puede que Anna Eriksson tuviera o hubiera tenido una aventura extramatrimonial con Sebastian, pero en todo caso no era asunto suyo. Desde luego, podía preguntarse si la actitud de Vanja hacia Sebastian habría sido igual de positiva si hubiera sabido la verdad, pero él no pensaba ser quien se lo contara. No quería arriesgarse a que su amistad con Vanja, ya bastante maltrecha, recibiera un nuevo golpe.
—Disculpad la tardanza —dijo Sebastian cuando terminó la ronda de saludos—, pero tuve que quedarme un rato esperando a un cerrajero.
—¿Te habías dejado la llave dentro de casa? —le preguntó Ursula, con una expresión que Sebastian interpretó como una mueca de perversa satisfacción.
—No. —Sin añadir nada más, se volvió hacia Jennifer con una cálida sonrisa—. ¿Has dicho que te llamas Jennifer?
—Sí. Jennifer Holmgren.
Sebastian hizo un gesto afirmativo y repitió su nombre entre dientes. Al notar que Ursula lo miraba con desdén, Torkel se volvió hacia él.
—¿Puedo hablar un momento contigo?
Sin esperar respuesta, lo agarró por un brazo y se lo llevó a unos diez pasos del grupo.
—Ni se te ocurra acostarte con ella —le dijo en voz baja pero firme en cuanto estuvieron fuera del alcance de los oídos de sus colegas.
Sebastian echó un vistazo por encima del hombro de Torkel, en dirección al resto del grupo. Jennifer estaba distraída hablando con Billy, pero Ursula le devolvió la mirada. Probablemente había adivinado lo que Torkel le estaba diciendo. Sebastian le sonrió.
—¿Crees que querrá acostarse conmigo? —preguntó, volviendo a concentrarse en Torkel.
—No, no lo creo. Pero tienes una habilidad asombrosa para llevarte a la cama a todas las mujeres. Lo único que te digo es que esta vez no lo intentes.
—De acuerdo.
Torkel guardó silencio y miró a Sebastian. ¿De acuerdo? ¿Nada más? Había sido demasiado fácil.
De repente, tuvo la sensación de que acababa de empeorar las cosas. Cuando a Sebastian le decían lo que tenía que hacer, muchas veces reaccionaba haciendo exactamente lo contrario. No podía permitir que nadie decidiera por él. ¿Habría conseguido Torkel que Jennifer se volviera mucho más interesante para él, solamente por prohibirle que se acostara con ella?
Existía ese riesgo.
Incluso era muy probable que fuera así.
—Te lo digo en serio —añadió, recalcando las palabras—. Si lo intentas, estás en la calle.
Se lo dijo sin quitarle la vista de encima. Esperaba que su alegría por volver a trabajar en el equipo fuera mayor que su necesidad de oponerse a la autoridad.
—Entendido. No ocurrirá nada.
—Muy bien. De acuerdo.
Torkel se volvió para regresar con los demás y Sebastian lo siguió.
—Por cierto, ¿por qué la has llamado?
—Porque puede que sea la sustituta de Vanja.
Sebastian se detuvo y agarró a Torkel por el brazo, quizá con un poco más de dureza y brusquedad de lo que habría sido apropiado.
—¿Por qué? —le preguntó cuando Torkel se volvió hacia él con el asombro pintado en el rostro—. ¿Para qué? ¿Adónde piensa irse Vanja?
—Ha solicitado un cargo en un programa de formación del FBI.
Sebastian reconoció las palabras y comprendió su significado, pero no pudo asimilarlas del todo. Ni tampoco quiso.
—¿En Estados Unidos? —fue lo único que consiguió articular.
—Allí es donde suelen hacer las cosas los del FBI, sí.
—¿Por cuánto tiempo? ¿Cuánto dura…?
Sebastian sentía que se le estaba quedando la boca seca. Tuvo la sensación de que su voz sonaba como un graznido, pero quizá fuera porque le zumbaban los oídos. Torkel no pareció notarlo.
—¿El curso?
—Sí.
—Tres años. Empieza en enero.
Torkel siguió caminando en dirección a los demás, pero Sebastian se quedó parado, como si tuviera los pies clavados en el suelo.
Tres años.
Tres años sin su hija.
Cuando por fin había conseguido establecer una relación con ella.
Oyó que lo llamaban. Una vez más. Vio que los demás se habían detenido antes de llegar a la escalera que conducía a los controles de seguridad. Lo estaban apremiando para que fuera de una vez con ellos. Recogió la maleta y echó a andar, con el cuerpo a punto de viajar a Jämtland y los pensamientos en un lugar muy lejano.